martes 22 de diciembre de 2009

Premios LUARNA a los mejores blogs literarios de 2009




Compañeros de aventuras literarias (y periodísticas),
Después de intensas semanas buscando patrocinador, lugar y fecha para la entrega de premios, y pensando en la diferentes categorías, ya podemos convocar el "I Premio Revista de Letras" a los mejores blogs de crítica y creación literaria en castellano. No hace falta decir que nos hace mucha ilusión poner en valor el excelente trabajo de centenares de internatutas y, por ello, os rogamos a que nos ayudéis a difundir este proyecto en el que los protagonistas serán los mejores blogueros.
REVISTA DE LETRAS, fiel a su apuesta por la Red como lugar de encuentro global en el que compartir sensibilidades, y consciente de la importancia de la blogosfera para la difusión y creatividad literaria, convoca, con el patrocinio de la editorial digital LUARNA los PREMIOS REVISTA DE LETRAS a los mejores blogs literarios de 2009.
Las categorías convocadas, a las que los blogueros pueden acceder para la selección previa, son:

.Premio al mejor blog nacional de crítica literaria(para blogs en España)

.Premio al mejor blog internacional de crítica literaria(para blogs en español del resto del mundo)

.Premio al mejor blog nacional de creación literaria(para blogs en España)

.Premio al mejor blog internacional de creación literaria(para blogs en español del resto del mundo)

.Premio al mejor blog editorial(para blogs en español gestionados por editorialesde cualquier país)

La convocatoria se abre hoy, día 18 de diciembre. Desde este momento y hasta el 8 de enero de 2010, los blogueros que deseen participar deben remitirnos su inscripción con datos personales y enlaces correspondientes a mailto:premis@revistadeletras.net .

El 8 de enero, REVISTA DE LETRAS dará a conocer los 5 blogs finalistas en cada categoría. Desde ese momento y hasta el 30 de enero, los lectores seleccionarán mediante sus votos a los ganadores.

Los premios consistirán en un trofeo y un diploma acreditativo. Como patrocinadora, la editorial digital LUARNA obsequiará a los ganadores con un dispositivo booq y un crédito para descargas de eBooks desde su web http://www.luarna.com/

Los blogs ganadores se darán a conocer en un acto abierto al público que celebraremos en la librería BERTRAND de Barcelona, el 20 de febrero, a las 18 horas.

Saludos cordiales,

José A. Muñoz

Revista DeLetras

Dirección y Comunicación

lunes 21 de diciembre de 2009

*****MACROFIESTA NAVIDEÑA del micro******


La editorial Páginas de Espuma y Tres rosas amarillas te invitan a la *****MACROFIESTA NAVIDEÑA del micro******
Lecturas acompañadas de delicatessen y muchas sorpresas más. ¡No puedes perdértela!

LIBRERÍA TRES ROSAS AMARILLAS
TRES ROSAS AMARILLAS, C.B.
C.I.F.: 852919698E
CL SAN VICENTE FERRER, 34
28004 - MADRID
Tel.: 915228108 / Fax: 915228108
www.tresrosasamarillas.com / info@tresrosasamarillas.com

domingo 20 de diciembre de 2009

Mujeres cuentistas



MUJERES CUENTISTAS
(Antología de relatos)

Inés Matute, Inma Luna, Ángeles Jurado, Ana Pérez Cañamares, Marina Sanmartín, Roxana Popelka, Déborah Vukusic, Carmen Camacho

Ed. Baile del sol, 2009
228 páginas.ISBN: 978-84-92528-81-3


Zarpazos
Por Esteban Gutiérrez Gómez

El género breve está de enhorabuena: se acaba de publicar un libro de relatos, de cuentos, de minificciones, una antología escrita sólo por mujeres. Enhorabuena. La narrativa breve no es una excepción al resto de narrativa y, está mal decirlo pero es así, es un mundo dominado por hombres.
Por eso tiene un valor de inicio esta antología, porque nos permite conocer los que escribe la mujer de hoy. Todas las autoras con jóvenes, sus propuestas son atrevidas, innovadoras y podremos llegar a descubrir con ellas “el lado oscuro de la Luna”.

Se abre el libro con dos cuentos de Inés Matute: paisajes extraños, futuros caóticos, fantasías trabadas fruto de desamores que se devienen en marcas rosadas en la piel, en futuras cicatrices en el alma. El cambio de imágenes y de tiempo, continuo, quizá logre el propósito de hacernos sentir desasosiego y, entonces, comprenderemos.

Le siguen las propuestas de Inma Luna, excelente poeta, que busca con sus relatos la reflexión, quizá más terráquea, más con los pies en el suelo, más social, más contra el mundo. Sus micros con armas arrojadizas en busca de heridas. “Pundonor” es una muestra ejemplarizante de lo que escribo.

Tras ella, Ángeles Jurado Quintana, mi primer descubrimiento. Eso es lo que tienen las antologías, que te muestra el hacer de escritores que no conocías. Nunca había leído nada de Ángeles. Historias realmente buenas, escritas con pulcritud, buscando el efecto de impactar al lector. Si piensan que saben todo respecto al clásico “La cenicienta”, lean “Conociendo a la madrastra” y déjense llevar por su prosa encantada. Ninguna de sus propuestas narrativas (cultiva por igual el relato, el cuento y la minificción) me ha dejado indiferente.

Respiro (mejor dicho, inspiro: el cigarrito de después) y vuelvo al libro. Me espera Ana Pérez Cañamares y ya sé que seguiré disfrutando de la lectura. Aún guardo en la garganta el gusto a herrumbre de su anterior libro de cuentos “En días idénticos a nubes”. Cuentos cortos, micros, dentelladas, metáforas de vida (“La gacela y la leona”). Para mi sorpresa, en “Noche de reyes” se permite una sutil ironía que vuelve a hacerme temblar. ¿Acaso no es esa la función del “cuentero”?
Sí, claro que sí. Directo al corazón.

También ya conocía a Roxana Popelka. Y también me gustaban sus anteriores propuestas, siempre al límite de lo acostumbrado, al límite externo, claro, ¿y por qué no? ¿Por qué no si todo cabe si se saben utilizar adecuadamente las palabras?
Conforme a este espíritu transfronterizo, la autora gijonesa vuelve a hilar historias de cada día, monotonía de lluvia tras los cristales, pasando de personaje a personaje sin centrarse en uno de ellos, extendiéndose en datos que puede no interesen al lector pero que hacen focalizar su mente en los verdaderos zarpazos que llegarán más tarde. Sacrifica el ritmo y la intensidad de la narración en pos del efecto sedimento, de la reflexión final que provocan. Es su estilo, la marca de la casa: popelka. Como botón de muestra: “El camino más corto”.

Tras las historias de vidas vacías, de perdedores (todos somos perdedores), Marina Sanmartín. Marina gusta vestir a sus personajes de piel hombruna, gusta sentirlos musculizados y jugar con sus silencios. Inquietantes silencios como “El tic tac de los relojes”. Marina es capaz de trasformarse en pieles ajenas llenas de tinta, profundas criaturas de papel.

Pero si de lo que se trata es de jugar, prepárense por que llega Déborah Vukusic y su mezcla de poemas en prosa y prosa ritmada, o , dicho de otra forma: llega la música de las palabras. No me defrauda Vuk con sus propuestas: atrevidas, erógenas, licuadas; propuestas que te corrompen, de esas por las que te gusta dejarte llevar hasta que (¡hijapu...!) llega el portazo y te quedas en la calle con los calzoncillos por las rodillas. El golpe final maestro de “Delicias, Mon amour”, de “Mustafá y el ruiseñor”; la visualización perfecta de “El grillo di di”; enterito, enterito, su “Borges ha muerto”. Yo también, Vuk, más fuerte.

Y llega el final (cigarrito de satisfacción y sonajero de púas en el cenicero). Entonces me encuentro la segunda sorpresa (¿He escrito antes que en todas -todas- las antologías se descubre siempre algún autor al que seguir?): Carmen Camacho. También había leído poemas suyos y vamos a ver qué tal la prosa. Pues, para ser breve, inmejorable. Sus micros son abismales, verdaderas cargas de profundidad en busca del submarino mental del lector (todos, no dejaría de destacar ninguno de ellos). Pero tendrán que llegar a un relato, “La jaca” para comprender el dominio de esta mujer del lenguaje, su saber hacer, la utilización de silencios y metáforas, la busca de la complicidad del lector. Y, si me lo permiten, una última recomendación. Dejen el relato “Colmaré todos tus sueños” para el final y váyanse a la cama. Carmen y yo escucharemos sus risas desde donde quiera que estemos.

Es, en definitiva, una propuesta divertida y muy interesante. No todo será de su gusto, pero obtendrán una panorámica inmejorable de lo que hoy por hoy están escribiendo las mujeres jóvenes. Eso sí, no busquen clásicos. Aunque, quizá, con el tiempo...


jueves 17 de diciembre de 2009

Un cuento de Donald Barthelme







Lo primero que la bebé hizo mal...




Lo primero que la bebé hizo mal fue arrancar páginas de sus libros. Por eso pusimos una regla: que cada vez que rompiera una página tenía que quedarse sola en su cuarto cuatro horas seguidas con la puerta cerrada con llave. Al principio rompía una página al día y la regla funcionaba bien aunque los gritos y el llanto que salía de detrás de la puerta nos destrozaban los nervios. Razonamos que ese era el precio que había que pagar. O parte del precio. Pero conforme mejoraba su habilidad manual empezó a romper dos páginas al día lo que significaba ocho horas sola en su habitación a puerta cerrada. Lo que representaba el doble de problemas para todos. Pero aún así no dejaba de hacerlo. Y después, conforme pasaba el tiempo, había días en que rompía tres o cuatro páginas lo que la llevaba a su habitación hasta dieciséis horas de una vez, interfiriendo con su rutina alimenticia y preocupando a mi esposa. Pero yo sentía que si se ha puesto una regla hay que apegarse a ella, ser consistente. Si no, no se logra el efecto deseado. Tenía catorce o quince meses por aquellos días. Con frecuencia, por supuesto, se quedaba dormida tras una hora de llanto y era un alivio. Su habitación estaba bastante bien. Tenía un maravilloso caballo-balancín de madera y casi cien muñecas y peluches. Había miles de cosas que hacer en esa habitación si se hacía buen uso del tiempo. Había rompecabezas y cosas así. A veces, por desgracia, descubríamos, al abrir la puerta que había roto más páginas de más libros mientras estaba dentro y que, para ser justos, había que añadir esas páginas al total.


La bebé se llamaba Nacida Bailando. Le dimos a la bebé de nuestro vino, del tinto, del blanco, del azul y le hablamos con sinceridad. Pero no funcionó.


Debo decir que era realmente inteligente. Te acercabas hasta donde estaba jugando en el suelo, en una de esas raras ocasiones en que estaba fuera de su habitación, y había un libro abierto junto a ella y lo inspeccionabas y parecía que estaba perfecto. Pero si te fijabas más, descubrías que una de las páginas tenía una esquina rota, algo que podría pasar por el desgaste típico. Pero yo sabía lo que había hecho. Ella había roto esa esquina y se la había tragado. Tenía que contar y así lo hacía. Era capaz de llegar a cualquier extremo con tal de engañarme. Mi mujer dijo que tal vez estábamos siendo demasiado rígidos y que la bebé estaba empezando a perder peso. Pero yo le replicaba que la bebé aún tenía mucha vida por delante y que tenía que convivir en el mundo con los otros, que tenía que vivir en un mundo donde había muchas, muchas, muchas reglas, que si no aprendes a jugar con las reglas estás condenado a no tener personalidad en el mundo, marginado por los demás, en el ostracismo. Lo máximo que llegamos a tenerla encerrada en la habitación fue de ochenta y ocho horas y terminó cuando mi esposa abrió la puerta forzándola con una palanca aunque la bebé aún nos debía doce horas porque había roto veinticinco páginas. Volví a colocar la puerta en su marco y le añadí un candado enorme, de esos que sólo se abre con una tarjeta magnética y me guardé la tarjeta.


Pero las cosas no mejoraron. La bebé salía de su habitación como un murciélago que saliera del infierno y corría hasta el libro más cercano, Buenas noches, Luna o algo parecido, y comenzaba a arrancar páginas a lo loco. Quiero decir, había treinta y cuatro páginas de Buenas noches, Luna en el suelo en diez segundos. Y la portada y la contraportada. Cuando sumamos todas sus deudas, en horas, vimos que no iba a salir de su habitación hasta 1992, si acaso. Y estaba empezando a estar bastante delgada y pálida. No había salido al parque en semanas. Teníamos lo más parecido a una crisis ética en nuestras manos.


La resolví declarando que estaba bien eso de arrancar las páginas de los libros y que, más aún, había estado bien lo de arrancar páginas en el pasado. Eso es algo de lo más maravilloso de ser padre. Que tienes un montón de oportunidades para tomar decisiones, cada una tan importante como el oro. La bebé y yo nos sentamos felices en el suelo, uno al lado del otro, arrancamos páginas de los libros y, a veces, sólo para divertirnos, salimos a la calle y juntos destrozamos un parabrisas.


miércoles 16 de diciembre de 2009

Presentación del sPECIAL pEQUES de la Revista aL oTRO lADO DEL eSPEJO

VIERNES 18/12/09
18:30h
Fundación Centro de Poesía José Hierro
AVDA. ARCAS DEL AGUA S/Nº
GETAFE /MADRID
metro CONSERVATORIO
http://www.cpoesiajosehierro.org/

Una revista de cuentos no sólo para niños,
aunque ellos sean los que escribieron los cuentos
y los ilustraron con muchos de sus dibujos.

martes 15 de diciembre de 2009

Un cuento de Cortázar





Axolotl
Julio Cortázar


Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

domingo 13 de diciembre de 2009

AOLdE en León: una crónica personal








Ocurrió hace más o menos un mes. Hacía 25 años que no había vuelto a ver a Carlos Pina, cantante del grupo madrileño Panzer, 22 años en RNE 3 pinchando rock, experto musicólogo y, sobre todo, un buen amigo. Cuando nos reencontramos hablamos como si solo hiciese unas horas que no nos veíamos. Empezó la charla preguntándome qué podía decir de estos 25 años, una frase que lo resumiese ya que eres escritor, y sin pensar, le dije: Tengo muchos amigos.

Luego medité lo que había dicho. Lo pensé por las noches, esos últimos pensamientos que no se fuerzan en la noche. Sí, tengo muy buenos amigos. Y cada día más, porque hace tiempo que decidí que era lo único que me importaba del verbo “tener”.

En León, por suerte, amplié esa lista; porque esto de la amistad es una cosa de sentimiento, de vibración del alma, que no se puede forzar ni improvisar. Esa empatía que nos une, esos hilos invisibles de seda, volvieron a aflorar allí.

Vicente Muñoz Álvarez no sólo fue para nosotros un maestro de ceremonias, un generoso cicerone en su ciudad, no sólo nos dedicó su tiempo y sus esfuerzos, sino que ofreció su mirada, a veces serena y dulce, a veces ceñuda y dura, las más de las ocasiones reflexiva, abierta para aquel que quisiese entender. En la mirada se forjan esos hilos de seda invisibles de los que hablo. Sólo entendiendo que la fraternidad no es una cuestión de familia se comprenderá lo que digo. Seguramente fueron esos hilos, hace tiempo tejidos entre ese corazón andante que es Gsús Bonilla y el propio Vic, lo que nos llevó a León a presentar nuestros proyectos.
Seguramente.
Así que no tiene nada que ver con el débito de tiempo, de peticiones, de lo que haga falta, que seguro haré cuando Vic decida venir a Madrid. No, es más que eso, muchísimo más. Eso son favores a devolver entre la gente agradecida. Pero las palabras, las miradas, el calor, la simpatía de caracteres, me dicen que me he traído algo de él a casa y que allí dejé también un pedazo de mí.
Gracias, bro. Gracias por todo.

Pero no sólo Vic. Me reencontré con Raquel Lanseros. Nos conocimos fugazmente hace más de dos años en una Feria del libro en Fuenlabrada. Se iluminaron sus ojos al verme (siempre los ojos, las miradas que no saben mentir, ya sabéis) y nos abrazamos, corazón con corazón, diez, veinte, treinta segundos, porque algo de uno y otro compartíamos sin saberlo. Raquel, que colgado de su sonrisa me llevaba su nuevo poemario, Croniria (Hiperión, 2009), poemario que acaba de salir del horno y con el que ha ganado el premio Antonio Machado 2009. Intercambiamos hachas de guerra, por supuesto, y un colibrí más quedó en León. Y no sólo el colibrí...

Y a ese tren de humanidad e inconformismo que es Xen Rabanal, al que tenía muchísimas ganas de conocer. Xen que se lanzó al vacío con la lectura del relato con el que José Ángel Barrueco (hilito invisible también) colaboró en el nº 1 de AOLdE (y que él mismo, con buen criterio, se niega a leer en público dado el tono narrativo del mismo). Se tiró al vacío, a esa niebla en la que se zambulle a diario de su blog, y salió airoso (sí, Jab, lo puedes flipar, salió airoso. Metió diez o doce morcillas de las suyas, picantes, y fue el más aplaudido de la noche). Xen, que me miró a los ojos y me dijo que él era Bufa por las mismas razones por las que yo soy Baco, y nos dimos un abrazo de los de soldar almas. Porque somos perdedores, como todos, pero nosotros lo sabemos y no tenemos miedo a nada.

Espíritus indomables el de Vic, el de Xen, y el de otros muchos que elegimos esa razón para vivir.
Forjadores.

Allí estaba también Rafael Saravia, al que vi recientemente en la presentación conjunta de la colección de poesía que para Amargord está realizando Luis Luna, y en la que participa con Pequeñas Conversaciones. Rafael anda liado con las IX Jornadas Leteo que se inauguran el día 16 de diciembre en León y que contarán con la presencia de Paul Auster. También Rafa desprendía calor humano amigable que compartir con abrazos.

Conocí a Jorge Pascual, poeta que tensa su cuerpo como un arco a la hora de recitar, porque las palabras son dardos que disparar al corazón; a Antonio T. (cachi en la hostia, se me olvidó el apellido), que se llevó mis dos libros y las dos revistas y que escribe cuentos "que son la vida"; a Cruz, que viajará por los autobuses de León de casa al trabajo, del trabajo a casa, abriendo los lomos rojos y negros y haciendo aletear al colibrí; a Markos Bayón, que me hizo acabar la noche con un subidón de buen rollo (por si ya no era poco el que colmaba mi alma) gracias al polifacético recital que siguió a la presentación de AOLdE. Markos es elautognomo, y lo es porque, gracias a la tecnología digital, se basta y se sobra para transformarse en cinco sobre un escenario. Ya antes disfruté de una experiencia parecida con The Secret Society en las Noches Árticas de la sala El Grito en Fuenlabrada. Me llevé su CD yEN ALGÚNlugarmomento y lo disfruté de regreso a Madrid en el coche.

Disfruté relamiéndome del sábado, recordando todos y cada uno de los sorbos que bebí, todos y cada uno de los abrazos, todas las manos que estreché, los cigarrillos que compartí, las pieles que besé y los labios que me besaron y, por supuesto, todas las miradas amistosas que entendí.

Ya sabéis:
invisibles
hilos trenzados
de seda.

Agradecimientos: a los que nos acompañaron la noche del sábado, a July (un beso), a Joaquín Revuelta que se hizo eco de la visita en La Crónica de León y a todos aquellos que están dispuestos a saber vivir una amistad.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Reportaje sobre "El colibrí blanco" en SER Madrid Sur


Si pincháis aquí podreís ver un completo reportaje sobre el vuelo del colibrí sobre Fuenlabrada, con una pequeña entrevista, imágenes de la presentación y una breve reseña.

Muchas gracias, amigos de la SER y de Localia.

sábado 5 de diciembre de 2009

Presentación de la revista aL oTRO lADO DEL eSPEJO en León



Parte del equipo que formamos AOLdE estaremos en León el sábado 12 de diciembre presentado el número 1 de la revista. Estaremos arropados por gente cuentista de allí, como Vicente Muñoz Álvarez, y esperamos muchos amigos del norte.


José Naveiras y yo aprovecharemos para presentar también nuestros más recientes proyectos literarios.



Una noche de cuento en León, uno de los focos principales en el género desde hace años que no pierde vigencia gracias a la nueva sangre que decide apostar por lo breve.



¡¡¡ALLÍ NOS VEMOS!!!

martes 1 de diciembre de 2009

Especial Peques de "Al Otro lado del Espejo"



El cuento, para quién lo disfruta.
El cuento, para los niños.
El cuento por y para los niños.
Lo demás fue dejarles hacer.
Especial Peques de Al Otro lado del Espejo.
Fenomenal trabajo y gran grupo humano alrededor del proyecto.
Ya a vuestra disposición.


En marzo de 2009, la revista aL OTRO LADO DEL ESPEJO, comienza a ver la luz gracias al empeño de la asociación cultural La Vida Rima. Su pretensión: llenar el vacío inexcusable que el panorama literario español se empeñaba en hacer al relato, al cuento. La revista dedica sus páginas -físicas y virtuales- al relato en sí mismo, sin más pretensiones; con ilustraciones que acompañan y complementan. Un espacio donde tienen cabida los escritores de relato, los cuentistas, los microrelatistas, los ya conocidos y los no tanto. Conseguida su puesta en marcha y animados por la magnífica aceptación de la que disfruta, el paso siguiente, difícil,pero también satisfactorio y sin duda el obligado, era hacer que nuestro especial anual, en este caso, el primero, fuese dedicado a los niños. Esos receptores ancestrales del cuento, con sus cabecitas llenas de historias. Así que, un puñado de ilustradores rebuscaron en su lado más infantil para acompañaresos cuentos, el maestro Jordi Sierra i Fabra nos regaló uno de sus cuentos para niños y no tan niños –gracias Jordi- y 16 mentes pensantes en pleno desarrollo nos han mostrado loque sueñan.Disfrutemos de la imaginación y de la frescura que solo los peques poseen, mientras lo posean.

lunes 30 de noviembre de 2009

El laberinto de Noé en Conocer al autor




Fue mi primera criatura de papel.
Todavía me hablan de ella, espero que por mucho tiempo. I
Incluso ahora alguién me han dicho que ha entendido mejor esta propuesta (después de leerse el colibrí).
Va por ustedes.

Un cuento de Fernando Clemot


Como sabrán, el barcelonés Fernando Clemot ha ganado recientemente con Estancos del Chiado el Premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicados en castellano en España. El libro tiene una difícil distribución, pero puede encargarse por internet o, si tienen la suerte de vivir o visitar Madrid con regularidad, pueden dirigirse a la librería 3 rosas amarillas (la semana pasada quedaban algunos ejemplares). En todo caso, no se pierdan esta lectura.





Terrazas de otoño



"...Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado..."
" ...y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella..."


El Quijote; parte primera, capítulo VIII




Prefería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pullover pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.
No se me olvida el año, el mes, el día, soplaba fuerte aquella mañana, se llevaba el viento las últimas simientes de estío, el polvo, las hojas, los plásticos se arracimaban en el naciente de las sillas metálicas, pero no hacía aquella impostura sino mejorar mi galante facha; se levantaban las solapas de la gabardina engallando mi quijada, héroe salvaje, un Andrea Sperelli clavando tacones, tableteaba como si pasara un convoy sobre las chapas que cubren las obras, se me abría de tanto en tanto la chaqueta de pana y yo la cerraba con parsimonia, apretándome todo hacia dentro, apresando con el codo un libro doblado de Moravia o Gozzano, como un Lazarote amarrado a su lanza. Llegué con este paso a una de mis moradas favoritas, ocho o diez meses tendidas frente a un largo de muralla romana, en el centro una torre mocha, casi irreconocible por una restauración en ladrillo rojo que la subía seis metros sobre el nivel de la plaza.
Dulce afán... Es el otoño tiempo de reflexión y donosura, el alma se abre entonces como vertida en una poza quieta, se amplía y remansa tras el rápido fluir del verano, es balsa asentada de aceite; el tiempo se lastra en éste paular inmóvil, se aploma cansado del violento transitar de los meses centrales, hacemos planes, abrimos libros olvidados, tiempo de préstamos y avales, de poesía y amores lentos como atardeceres... Languidecen en este invernadero las pasiones añorando anteriores excesos, esperan de forma inconsciente algo que de nuevo las violente, que las saque de aquella modorra en que se consumen. Es ese mismo viento que ahora barre estas mesas casi vacías, a pocos días de ser retiradas, el que nos conmueve por dentro, el que avienta sentimientos pasados y deja nuestra alma como una tabla rasa, bruñida y perfecta, lista para ser hendida.
Con la seguridad del cazador veterano, ducho en otoños y estaciones frías, vencedor de mil batallas, así también aguardaba, de nuevo en aquellas terrazas, capitán de mi mesnada, héroe que al sentarse siente rebotar en sus hombros la cabellera de las presas vencidas. Arrogante y frío me aposenté en las mesas de atrás, poco expuesto, al abrigo casi del toldo de la cafetería, un café por favor, y pensé que luego tomaría un Pernod, tal vez Cynard, que recuperaría así algo del sabor de la rue Mouffetard, del Capitole de Toulouse, de la ebriedad de aquel verano que pasé con Christine, bebería de nuevo el néctar de juventud que escancié en su pecho y que ahora intento recuperar en sorbos breves de Pernod, dulces, o de Cynard, amargos, quizá no tan breves ni afilados como sus aureolas, ni tan dulces ni tan amargos, sólo reflejo, afilado recuerdo sobre la mixtura verde de aquella copa, que era sólo cristal, recuerdo ebrio y lánguido, sólo reflejo.
A pocos metros de allí, bajo el anfiteatro que forman la muralla romana y el Palacio Real, desembarcan los autobuses que llegan al centro. Matrículas extranjeras, negras de Francia y Portugal, de provincias perdidas, blancas con un escudo del lander las alemanas, apretadas y estrechas como una fila de hormigas las italianas, muchos de aquellos extranjeros acaban allí... A menudo llegan también excursiones desde los complejos hoteleros del norte, cámara de fotos al hombro, visitas guiadas, mujeres jóvenes y maduras, solitarias todas, desahuciadas a menudo por una vida aburrida en su pequeña ciudad perdida, de su insulso lander o departamento, deseosas de encontrar algo que les saque de su cárcel se afanan en pedir aperitivos para adormecer su impaciencia. A menudo las veía consumirse, inquietas volviendo la espalda, abominando a su compañero, a su pasado y futuro, hilvanando una mosquitera de sueños que nunca podrán cumplir... Sería fácil acercarse allí y desenterrarla de entre las garras de aquel mediocre, siempre metido en el taller, en su estúpida asociación de algo...
Pero no era ya momento de aquel tipo de reyertas, lindando los cuarenta ha cambiado mi tempo, era ya cazador apacible, Nemrod discreto, más seguro y frío, en la espesura aguardaba mis presas, a buen cobijo, sin avanzar hacia ellas... Esperaba siempre solemne tras el parapeto de una novela o una fila de versos, Pavese, Eugenio de Andrade, Vallejo, como con Sheyla, Lorena o Canyoon, no recuerdo más, hubo sin cuento, y fue así, sin fogosidades ni prisas, sin audacias ni engaños de timador, cara a cara, a pie parado aguardé siempre mi suerte, la visera levantada, como recibe el valiente al enemigo en la justa... se despejó frente a mí aquella caterva de cuerpos, se vaciaban en un instante dos autocares venidos de lugares lejanos y discretos, Apulia y Aachen, soles y bosques, pero no estaba mi suerte allí... Se levantó la niebla y dejó nacer de su seno de concha marina una nueva presencia, suave y aislada, Lady Godiva brotada de medieval muralla, blanca e inerme, ajena a todo tumulto se posa con suavidad a mi diestra, a sólo dos mesas, al principio de lado, frágil el gesto, como una abeja en su cáliz se ajusta la falda y deja una carpeta larga con tiento moroso. Adivino una primera pulsión, un mirar que no mira, primera señal, zarza ardiendo, llama que no quema de Santa Teresa.
Volví a abrir un libro tres veces leído, los mismos otoños que llevaba en la ciudad, Un bello estate, ecos de veranos pasados transidos de sol y pereza, intento permanecer ajeno y releo allí donde dice, en el año hermoso en el que empezaron a vivir, y vuelvo entonces mi vista a mi nueva compañera de juegos, joven y hermosa, y pienso que la frase se le encaja como un molde a su matriz, que todos tenemos un año primero, el Año Triunfal de los fascistas o el Primero de los revolucionarios, un tiempo en que descubrimos aficiones y pavores, en el que el alma despega o se estrella en el primer saliente, en que quedamos totalmente escindidos en un antes y un después de aquello, sea verano o otoño, placer o dolor intenso lo que marque este punto... Fue aquella la primera vez que reparaba en ello; mi año hermoso debía estar lejano, mi bello estate yace enterrado bajo un limen de nombres que ni siquiera recuerdo, porque los nombres, como el lodo y las noches en blanco, se asientan, se posan sobre nuestra memoria sin nosotros saberlo, nos cubren como una Pompeya asolada de cenizas de la que sólo emergen los más altos tejados, los que más en nosotros crecieron y que sólo asoman ahora desdentados y mochos, aquí y allá Atlántidas quebradas, lejanos los restos unos de otros, cercados por un mar de rescoldos y humo, gris el suelo y el cielo, relámpagos apagados por el silencio.
Para cuando volví la vista había cambiado su posición. Se volcaba hacia delante con la carpeta abierta entre sus manos, un cuaderno de dibujo y un carboncillo con el que intenta bosquejar la muralla, los contrafuertes del Palacio, el jardín languidecía frente a nosotros. Yacía absorta, como si la tarea la alejara de todo lo que la rodeaba, se sentía más fuerte, intuí, y en esta seguridad suya sentí más deseos de observarla, de esbozar también sus perfiles hasta tener mi justo boceto, un primer hálito suyo antes de completar el cuadro, quería dibujarla también poderosa, embutida en sus caderas anchas y claras que asoman entre el jersey y el tejano, vasija que va creciendo hasta moldear un pecho breve, puede que incorrecto y maleado, bello y único.
Sonrió y se curvaron sus labios, como sus carnes blancas sus ojos claros, ,rasgándose las pupilas acuosos como un himen, como hebras de diamantes e imaginé que también se debían iluminar así, extremados de dolor y de sorpresa, tras la primera acometida. Me pareció toda ella suntuosa fortaleza, como debió Alejandro soñar también con las riquezas de Tiro o Babilonia cuando estaba a sus puertas; respondí a la sonrisa brevemente y retomé la lectura, anhelante todavía costaba recobrar el punto, no será el asedio tan largo como el de otras plazas y tú serás mi tributo, mi dulce Roxana, exótica como tantas otras, como Adeline, como Berta, dormiremos de día con las ventanas abiertas hasta que nos ciegue la luz, haremos el amor en colchones en el suelo, con el frío del azulejo en la espalda, en habitaciones huecas y mal aparejadas, beberemos tequila con salitre de mar hasta herir nuestras gargantas raspadas de noche.
Despierto, veo y no veo, no me he equivocado, ella está allí haciéndome una señal con el lápiz y el cuaderno, con su mal castellano pregunta si puede hacerme un retrato. Por trinar en aquella risa y adormecerle los ojos se cederían imperios, me tornaría traidor y cobarde, sería un Don Julián desarrapado, un cobarde Darío o rey Poro, el Guzmán que rinde su torre, acuchillaría Viriatos como Didalco y Minuro, Roma no paga a traidores, mi ángel, pero por ti todo lo vendo...
No dudé y acepté florido el dibujo, le ofrezco una silla pero al cerrar el libro me indica que siga, que en esa traza quiere que sea así, yo de lado y con las piernas cruzadas, me quiere distraído, y en eso acierta, pues quizá no hay manera mejor de leer a Pavese... Trato de cuadrarme en una pose digna, una mezcla entre Arthur Miller y un tribuno romano, y ella sigue raspando con su carboncillo la hoja, entre nosotros sólo ese cuchicheo del lápiz deshaciéndose entre la maraña de fibras del papel, y yo que me muevo inquieto, deseo levantar la vista, libar en aquellos ojos melosos que tan cerca presiento... En las pocas palabras que hemos cruzado he creído reconocer su acento, parece norteamericana, probablemente del interior, de las enormes llanuras de cereales que cruzan aquel país, ojalá sea así, son estupendas estas mujeres de tierra adentro, fieles y solícitas, fuertes como mastines... Intenté levantar la vista pero finalmente desisto, entre nosotros sólo el cri-cri del carbón, insecto que sigue excavando su túnel, y el leve rumor del viento que me abre de nuevo la chaqueta, no puedo evitar un escalofrío inquieto y me imagino ya a solas con ella, hasta siento mis manos apoderándose ya de aquellas caderas anchas, maternales, posadas en aquel pecho breve, de aureolas rosadas a buen seguro...
- ¡Ya lo tiene!- me despierta su voz y extiende hacia mí su cuaderno- ¿Quiere verlo?
- Claro que sí...
Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado. Preferí no mirar hacia la chica, notaba las mejillas encendidas como si tuviera una hoguera bajo las piernas... Entre un juego de líneas y sombras oscuras adiviné mis facciones, aquella panocha canosa, con las arrugas cayendo de los pómulos como si fuera una tartera, el pelo ralo y escaso empezaba mucho más atrás de lo que siempre había imaginado, papada de camaleón abajo y ojos mínimos, necróticos, arriba... todo coronado por una suma expresión de envanecimiento, de estupidez, que puede que fuera lo peor de aquel retrato, mi pose ridícula, engallada, que daba un toque cómico al retrato. Sentía mi cuerpo tal que si ganara peso, como si reblandecidas mis carnes empezaran a filtrase a través de las trabas de la silla. Sólo la voz de la chica me despertó de aquella pesadilla... no sé si lo hubo o sólo imaginé pero noté un deje socarrón en sus palabras.
- No sé si le acaba de gustar... pero lo que sí tiene que hacer es pagarme.
Sin pedir precio ni mediar palabra alcancé un billete que llevaba en el bolsillo y ella pareció quedar satisfecha. Se levantó y la vi perderse avenida abajo, pegada a lo largo de muralla, el cuaderno cogido por el codo, como solía llevar yo mis libros, los pantalones sueltos dejaban casi sus caderas al descubierto... Se movía con un descaro que me ofendía; no volvió la vista atrás, pensé que los saqueadores tampoco vuelven la vista hacia la ciudad incendiada.
Pagué y tomé el camino de mi casa. El viento soplaba más fuerte de vuelta, me abría la chaqueta y parecía entrar por cada intersticio de la ropa, temblaba y rehuía ojear mi figura en fuga en los cristales lustrados. Mi paso ya no tableteaba tan enérgico sobre las chapas que cubren las obras... Subí los dos tramos de la escalera y busqué con ahínco el sofá; una última mirada al retrato, boqueaba humillado y herido, el cuerpo como si lo hubieran manteado, fláccido, el yelmo deslustrado, mi cota y armadura deshechas como si me hubiera reventado el espaldar una lanza.
Me puse con parsimonia una copa y pensé qué amargos son los frutos que deja la caballería andante, y mientras bebía me fui sintiendo más y más viejo, vencido, como Alonso Quijano en la playa de la Barceloneta, rebozado en arena, inválido para más aventuras.


(c) Fernando Clemot


martes 24 de noviembre de 2009

Presentación de "Mujeres cuentistas" 26-Nov 20:30 h.


26-Nov

20:30 h.

3 rosas amarillas

No son muchas las autoras de cuento en España, por lo menos, no son muchas las publicadas. Baile del sol nos propone una antología de relatos de mujeres, una antología actual, en la que podremos ver los caminos que está tomando el cuento femenino.

Tan solo anticipo que a nadie dejarán indiferentes. La sal y la pimienta de la vida en cada una de las propuestas narrativas.

Allí estaremos Sir Naveiras y yo para presentarlo, junto a muchas de las cuentistas antologadas en el volúmen.

lunes 23 de noviembre de 2009

Un relato de Italo Calvino


Las ciudades y los intercambios

Italo Calvino


A ochenta millas de proa al viento maestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde en cada solsticio y cada equinoccio intercambiamos nuestros recuerdos.


(Extraído de Las ciudades invisibles, biblioteca Italo Calvino, Siruela 1994)
Imágen tomada de internet

domingo 22 de noviembre de 2009

Adiós a "El síndrome Chejov", el mejor blog en castellano dedicado al mundo del cuento


Es una lástima, pero una bitácora con 5 años a sus espaldas es una rara avis en el mundo bloguero. El blog require dedicación y constancia y son muchas las veces que los que somos escritores y blogueros nos preguntamos qué estamos haciendo. Muchos autores de cuentos con los que he tenido la ocasión de conversar, que crearon su propio espacio personal, me han acabado diciendo que esa pregunta se la hacen a menudo, si no sería mejor dedicar todo ese esfuerzo y todo ese tiempo a escribir o a realizar otras actividades menos vistosas pero más reconfortantes.

El mismo Miguel Ángel Muñoz lo comentó en alguna ocasión.

Pero qué ocurre si, como él, a base de esfuerzo y tiempo, de sapiencia y honradez, de trabajo y entusiasmo, se convierte en uno de los mejores blogs dedicados al relato, en un baluarte de la narración breve. Qué ocurre si los visitantes comienzan a conocerlo más por su blog que por sus libros de cuentos. Qué ocurre si los putrefactos espectros abisales que, como en todos los mundos, también pueblan este espacio sideral, se dedican a minusvalorar un trabajo creativo que sólo por serlo -creativo- merece un mínimo respeto.

El caso es que "El síndrome Chejov" echa el cierre. Correré a guardar sus entrevistas con Poli, con Carlos Castán, con tantos y tantos excelentes cuentistas. Esas entrevistas que sabían sacarle todo el juego que los autores podrían mostrarnos gracias a que MAM se había leído y releído no sólo el libro que era objeto de la entrevista, sino todos los libros del autor. Esas entrevistas que nos mostraban las intimidades, las formas de hacer, los demonios internos que poblaban a esos autores. Esas entrevistas tan largas y entrañables que en raras ocasiones podemos encontrar en un medio impreso en papel.

Es una lástima, sí, pero volveremos a saber de Miguel Ángel Muñoz. Eso seguro. Y, respecto "al síndrome": que la tierra te sea leve.