
miércoles 4 de noviembre de 2009
Cuentos canallas

Un cuento de Clarice Lispector

Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.
Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!
Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.
Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.
Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:
-¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!
Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
-¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
-¡Y yo tampoco -juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros.
Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡"Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!" La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.
Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.
Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.
Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.
domingo 1 de noviembre de 2009
Nuevo libro de relatos de Carlos Salem

Al parecer, ha dejado sus cuentos más canallas para este libro.
Ángeles y demonios separados por una barra de bar.
El pirata de los tugurios vuelve a la carga.
Arm & ready
viernes 30 de octubre de 2009
"El colibrí blanco" en Conocer al Autor

El incendio y otros relatos, de José Naveiras

José Naveiras García
(Ediciones Atlantis, 2009)
¿Nos conocemos a nosotros mismos?
Mejor dicho: ¿nos reconocemos en las palabras de los demás?
Yo creo que no, que no nos conocemos ni aceptamos lo que los demás ven en nosotros. Nos da miedo mirar dentro por si nos asusta lo que podamos descubrir. Seguramente tenemos pavor al “vacío”, a ser personas “huecas”, porque sabemos que nos rellenamos con pretensiones de ser algo más.
Eso es lo que cuenta José Navieras en estos relatos. De ahí, quizá, el miedo a asomarse a ellos, igual que tememos ver la verdad en nuestra propia alma.
El terror de lo cotidiano está presente en cada uno de estos 27 relatos. La monotonía, la vida gris, la dictadura del destino. Con un tono narrativo marcado por la distancia que logra dar profundidad a los relatos, José Naveiras nos envuelve en humanidad. No podremos despojarnos de nuestra verdadera personalidad, ni forzar la sonrisa, ni inventar hipócritas palabras para evitar complicarnos la vida.
Para que no haya ninguna duda, José Naveiras utiliza a menudo el personaje narrador en primera persona. Para que no puedas apartar la mirada del espejo en el que se convierten estos relatos. Atrévete y entra en ellos.

Transparente
Cuelga una a una las prendas de la colada. El viento que corre por la azotea mueve y hace bailar la ropa. La camisa de Rodrigo le acaricia la cara una y otra vez y ella continúa colgando lo que queda en el cesto sin apenas moverse del sitio, alargando los brazos en busca del sitio vacío de la cuerda. La camisa le acaricia de nuevo y ella deja que continúe, con los ojos cerrados, por necesidad. Se abstrae con los roces y continúa de pie ensimismada con los brazos colgando y las pinzas cayendo de sus manos al suelo.
Suena el móvil y su melodía la devuelve a la azotea. Dime Rodrigo... No, nada... pensaba en cuando éramos jóvenes y yo aún no era transparente.
La observo de nuevo, después de tanto tiempo.
Se toca el pelo con una distracción premeditada. Vuelve a encender un cigarrillo. Creo que es el segundo en el rato que llevamos aquí sentados.
La sirvo agua en su copa y noto que su mano tiembla cuando se la acerca a la boca.
Apaga el cigarrillo a medias y vuelve a tomar la copa de agua. Su mano sigue temblando.
-¿Cuánto tiempo hace ya? –pregunta mientras deja la copa sobre la mesa.
-Cinco años, creo. Quizás algo más.
-Estás estupendo.
-Ya.
Aparece el camarero y ambos pedimos la comida. Ella, para variar, una ensalada y de segundo algo de verdura. Yo, algo raro, con un nombre de esos muy largos. En realidad da lo mismo, apenas lo probaré, no debería haber venido.
Otra vez coge la copa. Veo que su copa ya está demasiado sucia, la deben sudar las manos porque entre el pintalabios y las marcas de sus dedos la copa está hecha un asco.
Comienza a contarme su vida desde que dejó de estar conmigo. No la presto demasiada atención, pero ha debido ser una vida triste ya que al poco rato parece haber terminado. Vuelve a estar callada y con la copa de agua en su mano de nuevo.
-¿Y bien?, ¿no vas a contarme nada de ti? –comenta seria
-Creo que mejor no, no quiero que sepas nada de mí.
Vuelve a beber de su copa. Cuando la deja sobre la mesa la lleno de agua otra vez.
-¿Para qué has venido entonces?
-No lo se, dímelo tú.
Lo cierto es que no tendría que haber venido, no se que es lo que estoy haciendo aquí con ella. Nada de lo que me diga me interesa y preferiría no haberlo hecho.
El camarero vuelve con los primeros platos y ambos jugueteamos con la comida, metiéndola luego en la boca sin ganas.
-Me han dicho que te va muy bien con una chica, ¿es verdad? –me pregunta sin levantar la vista del plato.
-Creo que de las diecisiete cosas que menos te deben importar en la vida, una de ellas es esa.
Ahora tomo yo mi copa y bebo agua de ella. Me fijo en ella y veo que está llorando. Esbozo una sonrisa.
-¿Y eso?, ¿desde cuando lloras?
-Eres un cabrón. Me hablas como queriendo vengarte de mi cuando solo quería saber como te va todo. –gimotea sobre su ensalada sin levantar aún la vista.
-Vaya, lo mismo que tú en el tiempo estuviste a mi lado. ¿Recuerdas?, la diferencia es que yo aún no se de quién te vengabas entonces.
Tiene la boca metida en su copa que ha perdido casi totalmente su transparencia ya y gimotea dentro de ella, haciendo que lágrimas, agua y saliva se mezclen. Deja la copa en la mesa, al mismo tiempo que le indico al camarero que cambie su copa. Saca un pañuelo del bolso y se seca las lágrimas.
-¿Sabes?, aún recuerdo cuando me decías que yo había provocado un incendio dentro de ti. –me dice mientras guarda de nuevo el pañuelo en el bolso.
-Ahora ya no quedan ni las cenizas de aquello, hace tiempo que vino alguien a soplarlas. –me doy cuenta que ya la he contado algo que no quería.
-Siempre tan poético.
-Mira, esto es una estupidez, creo que ha debido irte muy mal en estos años y como te has quedado sin nadie a quien poder joder, me llamas a mí para probar suerte –va a responderme, pero con un gesto la callo, aún no he acabado- Eso o quizás has encontrado a otra persona que te haya hecho el mismo daño que sueles provocar, si es así, felicita a ese tipo de mi parte. Desde este momento es mi héroe.
Me levanto, recojo mis cosas y me preparo para irme, ella continúa llorando en la mesa con la mano agarrando la copa. La gente de alrededor la mira de reojo y parece incómoda por la escena. Me acerco al maître y tras dudar un momento, opto por pagar la factura de la comida. Vuelvo a echar un vistazo hacia la mesa y sigue gimoteando sobre su plato. Esbozo mi segunda sonrisa y salgo del restaurante satisfecho por la comida de hoy.
miércoles 28 de octubre de 2009
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Juan Jacinto Muñoz Rengel
(Ed. Salto de Página, 2009)
Por Esteban Gutiérrez Gómez
Intro.
Decir que Juan Jacinto Muñoz Rengel es un especialista en el cuento sería obvio para muchos de los seguidores de este blog, pues conocerán de sobra su trabajo. Decir, además, que domina las técnicas clásicas y que aplica la teoría con rigor científico para lograr su propósito (el propósito de cualquier cuentista: sorprender al lector, conmocionarlo, crearle una realidad paralela de la que le sea difícil salir, alterar su normalidad, cambiar su mundo de tal manera que éste no sea el mismo después de haber leído el cuento), es también una obviedad; añadir, además, que es heredero (Borges, Bioy Casares) y trasmisor (algunos de sus alumnos del taller Fuentetaja y muchos de sus admiradores en todo el mundo) de lo mejor que en cuento fantástico podemos llevarnos a los ojos es asumir una verdad.
I.
El proyecto literario que nos ofrece Juan Jacinto Muñoz Rengel no tiene equivalencia entre lo publicado en los últimos veinticinco años. No encontraran una propuesta tan armada de artificios y juegos, tan profunda, tan ambiciosa, tan inmortal.
Los cuentos fantásticos que conforman De mecánica y alquimia trasportarán al lector a mundos lejanos o inexistentes y les provocarán paradojas que se le van formulando en su mente según avanza la lectura. Y cada una de ellas en su momento. Qué gran conquista ésta, que independientemente del bagaje cultural del lector o de su práctica literaria, cada uno verá formulada su paradoja en el momento preciso. Porque ese es uno de los secretos que esconde este volumen de cuentos: han sido elaborados con infinidad de formulas para lograr llegar a todos.
El dominio de la maquinaria en su construcción, el tono narrativo empleado, los giros en las tramas y lo oculto (pero revelado); los principios y finales óptimos, que tensionan la atención del lector, hacen que el interés prenda en él como un fuego ambicioso que no parará hasta arrasar su mente. No en vano, muchos de estos cuentos han obtenido premios literarios de relevancia.
La atmosfera especial que emana de cada uno de los cuentos de este volumen (la típica atmósfera de cuento), la propuesta de innumerables mecanismos lúdicos al lector, la densidad que desprenden cada uno de ellos ( acumulativa, cuanto a cuento, como después explicaré), su contenido abismal en cuanto a pretensión literaria, y, atención, la vinculación de unos con otros de tal forma que la lectura lineal de los cuentos es casi obligatoria, hacen que la propuesta de Juan Jacinto Muñoz Rengel sea meritoria sólo por ello, por la causa, aunque no hubiese logrado el efecto deseado en el lector (que es muy poco probable).
Este libro se ha fraguado durante años, la vinculación de un relato con el siguiente (existe una ordenación temporal de los mismos) en forma de trama añadida, la utilización de instrumentos de decantación de humores, habrá obligado una y otra vez a Juan Jacinto Muñoz Rengel a la reescritura de los cuentos sin hacerles perder “naturalidad”.
Ese es el secreto de su alquimia: el lector disfrutará de la lectura y se preguntará cómo es posible. El lector admirará a Juan Jacinto Muñoz Rengel por su genialidad, por su chispa creativa. Sin embargo no sabe que para conseguir sorprenderle, cautivarlo, el autor estuvo tres años buscando el párrafo clave de la historia o aquella palabra demoledora que causó su nocaut.
II.
De mecánica y alquimia pretende mostrar la trasformación del mundo a través de los elementos mecánicos y químicos. La materia y la psique, cuerpo y alma, involucrados en el proyecto de la evolución. Desde el Toledo musulmán hasta nuestros días la ambición del hombre siempre ha sido la misma: obtener aquello que desea y no pagar un alto precio por ello. En diversas etapas en ese recorrido histórico se detiene Juan Jacinto Muñoz Rengel, mostrando las trasformaciones de ese mundo en cada época. Pero esas trasformaciones son una metáfora porque en realidad siempre ocurren. Ocurren con la muerte (se pasa del estado “vivo” al estado “muerto”), y ocurren cuando un personaje humano se trasforma en un pez o se humaniza un robot o cobra vida un pedazo de barro. Y estos son ejemplos de los personajes que pueblan estos cuentos: robots, golems, fantasmas, objetos inanimados que comienzan a hablar.
El primero de los cuentos “El libro de los instrumentos incendiarios” obligó al camarero que me servía el desayuno a calentarme dos veces el café porque me sumergía tanto en el ambiente de cuento, en ese Toledo musulmán de sabios astrónomos y de constructores de máquinas del futuro, que lograba abstraerme de la realidad. En el cuento ya se utilizan casi todas las armas narrativas de Juan Jacinto Muñoz Rengel, logrando la atmósfera ideal y proponiéndonos infinidad de juegos y lecturas.
El siguiente cuento, “El relojero de Praga”, muestra al menos dos (quizá en ulteriores lecturas descubra alguno más, porque les aseguro que este volumen de cuentos esconde muchísimos secretos), al menos, decía, dos hilos de seda casi imperceptibles que lo unen al primero, siendo consecutivo en el tiempo (ya dije que los cuentos están ordenados cronológicamente) volviendo a crear atmósfera de cuento legendario, clásico, inmortal. La historia no tiene desperdicio y todos aquellos que hayan visitado Praga y hayan estado frente a las esferas doradas del reloj, sentirán un estremecimiento helador.
Lo mismo ocurre con el siguiente cuento, con “Lapis philosophorum”. Juan Jacinto Muñoz Rengel nos introduce en una abadía medieval en la Provenza y nos presenta al hijo de Nostradamus. Hijo que hereda los poderes proféticos de su padre a pesar de sus impedimentos y que luchará contra su maestro, un monje que busca la Piedra Filosofal y que será consumido por su ambición.
Y así cuento tras cuento, situando la acción en algún lugar de Europa y en momentos consecutivos de la Historia. Sagas malditas, juegos de muerte, historias cada vez más fantásticas. La evolución por la trasformación del mundo, el cambio a través de elementos mecánicos y químicos.
Epílogo.
Hay un cuento clave en este volumen. Se trata de “El sueño del monstruo”. La historia es clásica, sobre todo para muchos de nosotros, los cuentistas que no publicamos porque parece ser que a nadie le importa lo más mínimo lo que tenemos que decir. El personaje principal es un escritor y la acción se sitúa en Londres mediado el siglo XIX. Nuestro escritor no logra publicar, pero su mente no deja de trasladarle historias que escribir. Son historias descabelladas, con personajes imposibles. Se nos presentan intercaladas entre frazadas de la realidad cotidiana y aburrida de ese personaje escritor. Quién sabe si no es este escritor “fracasado”, que acaba tragado por el mundo de la ficción, el personaje que, a modo de delegación cervantina en Cidi Hamete Benengeli, ha escrito los cuentos que conforman este volumen.
Vale.

El botón de muestra:
El pescador de esponjas
Entró en la cantina, buscó con la mirada, evitando los cuerpos de los feligreses que se desparramaban sobre las mesas, se acercó al capitán y le dijo:
—Soy un pescador de esponjas.
El capitán rio de buena gana.
—¡Todo el mundo en Kalymnos es pescador de esponjas! —Al reír descubrió la doble hilera de dientes podridos, y las encías ulceradas, enmarcadas en una barba gris. Luego la sonrisa volvió a sumirse en las comisuras de una boca torcida, y se bebió el vaso de un trago, como para cauterizar las llagas que lo mortificaban.— A ver, muchacho, ¿de cuántas expediciones has vuelto ya con vida?—
De ninguna todavía, señor. Pero puedo contener la respiración durante mucho tiempo, soy fuerte, no me importa el riesgo y aprendo rápido. Y si he venido hasta estas islas es porque quiero ser un pescador de esponjas de Kalymnos. —El pecho desnudo del joven precipitaba su ritmo conforme avanzaba en su discurso, y sus grandes pulmones parecían querer escapar a algún otro sitio.
—Comprendo —dijo el hombre, volviendo a encajar la mirada entre las botellas que se alineaban tras la barra—, eres todo voluntad.
Esa noche el capitán llevó al joven a su casa, y le ofreció hospedaje y alimento a cambio de unas pocas monedas, hasta que partieran para la siguiente expedición. Mientras tanto, esos días practicarían la pesca de esponjas en la orilla, a tres o seis metros de profundidad, le dijo, algo que necesita tanto de técnica como de astucia, y de mucho tesón. Aquella misma noche comieron sardinas con pan y aceitunas, sobre una mesa de madera ennegrecida por el hollín y la grasa. Antes de que el joven se retirara a su alcoba, la esposa del capitán le pidió que le diera la mitad de las monedas como señal. El muchacho así lo hizo, y la mujer contó una a una cada pieza de cobre, y las envolvió en un pañuelo manido que fue a parar a su seno. Cuando subía las escaleras, el joven miró hacia el calor del hogar, y vio al hombre y a la mujer allí de pie, siguiendo sus pasos fijamente, con ojos redondos y chispeantes, como dos gatos que cazan en la noche.
Principiaba el otoño, la estación en la que comienzan las partidas de pesca a lo ancho del Egeo, para luego alcanzar las costas de Túnez, Libia y Egipto. El joven tendría que aprender pronto el oficio de buzo, si quería hacerse rico recolectando las esponjas que todos conocían como el oro de Kalymnos. En su primera jornada, nadando con un cilindro de metal entre los brazos, cuya base de vidrio le permitía ver el fondo marino, aprendió a distinguir la acaracolada y porosa psilo de la esponja lagophyto, que era más bien como un gran trozo de seta, o de la tsimoucha, que parecía alargar sus dedos anaranjados hacia los cuerpos de los pescadores.
—Es cierto que estos animales valen su peso en oro —le dijo el capitán, sentado junto a las capturas—. Pero no te engañes, ningún buzo de las islas del Dodecaneso se hace rico pescando esponjas. Con mayor probabilidad se dejará aquí la vida, prendida de cualquier arrecife. O quedará paralítico. Ni siquiera yo, con un pequeño barco de no más de seis tripulantes, llegaré nunca a escapar de la miseria. En estos fondos no hay ninguna piedra filosofal.
—Pero mucha gente se ha hecho rica con las esponjas... —decía el muchacho, siguiendo al capitán por las rocas, tratando de distinguir dónde pisaba el marinero para apoyar él su pie en el mismo sitio.
—Unas cuantas familias, sí. Pero ellos no pescan, ellos tienen sus empresas en Londres, en Kiev y en Moscú. ¿Has visto la casa de los Vouvalis, aquí en Pothia?
—Sí —asintió el joven, con un suspiro preñado de sueños.
—Pues tú nunca tendrás una casa así. —El capitán se volvió para mirarle.— Tú morirás aquí —sentenció con la línea negra de su boca, y al torso bronceado del muchacho lo recorrió un escalofrío disfrazado de húmeda brisa del crepúsculo.
—Me están saliendo unas extrañas durezas en las manos y en los pies— dijo el muchacho, sentado en la mesa de la oscura cocina, anegada por el humo de las sardinas asadas.
—Es normal —le contestó el capitán—, habrás cogido hongos.
—Pero son más bien como verrugas, enormes y llenas de escamas.
—¿Te duelen? —preguntó la mujer.La esposa del capitán era achaparrada y obesa, tenía la nariz torcida y pegada al labio superior, y llevaba el pelo grasiento recogido en un moño.
—No. Pero no dejan de crecer, y se me empiezan a extender por todo el cuerpo —continuó el joven, señalando con el dedo algunas erupciones que le rodeaban el codo.
—Tonterías, eso son tonterías para un mozo sano y fuerte como tú. Se te curarán solas —zanjó la mujer, frotando con ambas manos los hombros desnudos del apuesto muchacho.
Más tarde en la cama, el joven pescador de esponjas soñó que estaba en el fondo del mar, y que no podía librarse de la piedra que los buceadores usan como lastre para mantenerse pegados al lecho marino. Arriba, en el sueño, de pie sobre la cubierta de un barco, deformados por las ondulaciones de una masa de agua verde, estaban el capitán y su esposa, observando cómo se ahogaba sin que ninguna onda conmoviera la expresión de sus semblantes, con ojos grandes como platos.
Cuando las esponjas son sacadas del agua, son de color negro y tienen un aspecto poco atractivo. Apenas el muchacho arrojaba sobre las rocas las esponjas que había amontonado en su cilindro de metal, el capitán las pisoteaba con fuerza, hasta romper los tejidos internos. Luego, entre ambos, las sumergían en el mar en una red, y las dejaban allí durante horas, para que se les desprendiera la membrana exterior y todos los tejidos, y se quedaran en la mera fibra del esqueleto. El muchacho era tenaz e incansable, sonreía por cualquier motivo, y cada jornada sus proporciones clásicas de efebo se sumergían en el mar dos veces más que el resto de los aprendices de buzo que practicaban en la orilla. A pesar de que la enfermedad que le atacaba las manos y los pies lo estaba deformando por completo.
Cada atardecer, al final de la jornada, los dos hombres golpeaban las esponjas capturadas con las ramas de una palma, para eliminar cualquier cuerpo extraño trabado entre las fibras, una vez desechados los tejidos. Pero aquel día lo hubo de hacer el capitán sin ayuda, porque los dedos del muchacho se habían convertido en un manojo de bultos chatos, como una ristra de mórbidos berberechos, que no le permitía coger nada punzante. Más tarde, al regresar a casa, el joven se tuvo que apoyar en los viejos hombros del capitán, porque sus pies regastados no le permitían ya desplazarse por la tierra firme.
—Las tenderemos en el patio, y cuando estén secas las prensaremos —le decía el capitán, para hacerle pensar en algo distinto que su dolor—. Luego el comerciante al que se las vendamos las recortará en su taller, y les dará formas de fantasía, y las bañará en agua y ácido hasta que se tornen doradas.
En la casa, la mujer ayudó a su marido a subir al joven a su alcoba, y sumando las fuerzas de ambos lo consiguieron introducir en la cama; los peldaños quedaron manchados por un rastro blanquecino, como la baba de un molusco gigante. Una vez bien arropado en su jergón, los ancianos permanecieron un rato mirándolo, complacidos. El lecho del joven era blando y confortable, tenía el poder de sumirlo en el sueño apenas lo tocaba, meciéndolo con el vaivén de las algas acunadas por la marea; y sin embargo, luego, el joven acababa siempre arrastrado hasta pesadillas angustiosas, pesadas, con la forma de un remolino que se hunde y se hunde en las profundidades. A la mañana siguiente, las piernas del muchacho terminaban donde empezaban sus rodillas.
—¡No tengo piernas! —lloró el muchacho venido del norte en busca de fortuna.
—No te preocupes —le tranquilizó el viejo marino—, para bucear no son estrictamente necesarias las piernas. Podrás seguir haciéndolo en cuanto te recuperes.
—¡Pero no podré andar! ¡Ya no puedo andar, ya no hay nada ahí abajo, mis pies no están! ¡Y puede que pierda mis manos! Entonces no podré pescar, ni coger nada, no volveré a ser una persona normal nunca más...
—Vamos, tienes que ser fuerte —dijo la vieja, acompañándolo de nuevo a la cama—. Acuéstate y pronto estarás bien.—¿Han llamado a un médico? —preguntó el muchacho.
—Sí —respondió ella—. Pronto estará aquí. Ahora está en otra isla, pero es muy buen médico y pronto llegará. Duérmete.
La mujer lo ayudó a meterse en la cama, estiró la sábana sobre el colchón deforme, que cada día se mostraba más y más grande, y revistió los extremos de membrana que habían quedado al descubierto. Allí, arropado, el perfil del joven pescador de esponjas parecía una cordillera de arena deshaciéndose bajo el agua, un hatillo de sangre, carne y esperanzas filtrándose sobre un tamiz de millares de poros. Los viejos, sin perder detalle, se abrazaron.
Relato extraído de “De mecánica y alquimia", Salto de Página, 2009
martes 27 de octubre de 2009
Un cuento de Ana María Matute

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
Extraído de “El árbol de oro y otros relatos”, de Ana María Matute
lunes 26 de octubre de 2009
La literatura en España (un artículo de José Ángel Barrueco)
domingo 25 de octubre de 2009
El nº1 de AOLdE en la librería 3 rosas amarillas

Será el martes 27 de octubre, a las 20:30 horas y contará con la presencia de Miguel Ángel Zapata, Roxana Popelka, Ana Pérez Cañamares, Carlos Salem y José Ángel Barrueco; de muchos de los seleccionados para la publicación en este número y de todo el equipo de la revista.
Luego nos tomaremos un vino y nos iremos de fiesta.
Estáis invitados.
jueves 22 de octubre de 2009
aL oTRO lADO del eSPEJO en el Festival literario Getafe Negro
12.00 h
PRESENTACIÓN
REVISTA AL OTRO LADO DEL ESPEJO
Primer número de una publicación que recopila cuentos inédito de autores consagrados y noveles, editada por la asociación cultural La vida rima.
Coordina Jesús Bonilla
Carpa de actividades
Ver programa:http://www.getafenegro.com/ediciones/II/

Contaremos con muchos de los autores que han participado en el número, encabezados por Lorenzo Silva.
José Ángel Barrueco y yo en Getafe Negro
Será el Sábado 24 de octubre miércoles 21 de octubre de 2009
Presentación del nuevo libro de cuentos de Juan jacinto Muñoz Rengel

"El planeta de los libros" dedicó un programa al mundo del cuento
martes 20 de octubre de 2009
"El colibrí blanco" vuela y vuela...

Hoy programa doble: Grabación del vídeo sobre "El colibrí blanco" para Conocer al autor y entrevista a las 22:00 en "El planeta de los libros" de Radio Círculo (100.4 FM).
Aquí, unos cuantos amantes de lo breve daremos cancha al cuento de la mano de Nieves Martín.
Que vuele...
Dos amigos premiados en el Certamen Getafe Negro

Así es:
MARCELO LUJÁN ha resultado ganador del Certamen Literario Ciudad de Getafe, en su modalidad de novela negra (ojo que este es el año Luján y si no, al tiempo), y LUISA FERNÁNDEZ ha obtenido el accesit en la modalidad relato corto.
Enhorabuena a los premiados.
La entrega de premios sera el jueves 22 a las 20.30 h:
GALA DE LAS LETRAS
Ceremonia de entrega de los premios del Certamen Literario Ciudad de Getafe, en su modalidad de relato corto y novela negra, que concede la editorial Edaf. Por primera vez, también se entrega en Getafe el premio Xatafi- Cyberdark de la Crítica Literaria de Literatura Fantástica a novela ya publicada, que en ediciones anteriores se entregaba en la Semana Negra de Gijón. Y, además, el premio al mejor microrrelato del concurso virtual de Getafe Negro.
A continuación, concierto de la Banda Municipal de Getafe con una selección de música policiaca para recordar.
Teatro-Auditorio Federico García Lorca
Pincha sobre el cuervo para obtener el programa completo de actividades.
+COSAS
Seguimos con Getafe Negro y su Feria del Libro.
El sábado por la tarde estaré firmando ejemplares de mis libros en la caseta de la Editorial Drakul junto a José Ángel Barrueco que firmará su novela "Recuerdos de un cine barrio" que acaba de ser reeditada. Pincha aquí si quieres leer el primer capítulo (y entonces seguro que nos vemos el sábado porque querras más).
Por cierto que "El colibrí blanco" lo tienen ya disponible (o lo tendrán en un par de días) en su página web (la de Drakul) con iguales condiciones que "El laberinto de Noé": un 5% de descuento sobre el PVP y envío gratuito a domicilio en 2/3 días a cualquier punto de España. Querer es poder.
Y+
Y el domingo, presentación en la Feria del Festival Getafe Negro (con sorpresas) del Nº1 de Al Otro Lado del Espejo, cuya versión digital lleva ya más de doce mil descargas gratuitas. En breve saldrá una entrada con todos los datos del evento.



