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domingo, 26 de diciembre de 2010

Pampanitos verdes, de Óscar Esquivias


PAMPANITOS VERDES
Óscar Esquivias
(Ediciones del viento, 2010)

SPA (Salud Para el Alma)

Existe un tipo de literatura que tiene poderes curativos. No me refiero a los tan demandados libros de autoayuda o a aquellos que redescubren civilizaciones lejanas y paradisíacas donde el consumismo y el estrés no existen. He hablado de literatura y estos ejemplos, desgraciadamente, no lo son; aunque no les quito el mérito de hacer que la gente lea. No, me refiero a ese tipo de narrativa que línea a línea, párrafo a párrafo tiene el poder de serenar el espíritu humano, de volverlo confortable, amistoso, de congraciarlo de nuevo con la vida. El poder de sanar el alma. Este tipo de literatura se da en pocos autores y en ninguno tan frecuentemente como en Oscar Esquivias.
Toda la narración procedente del ordenador del autor burgalés está dotada de bálsamos contra las prisas y las malas conductas compulsivas que a diario ejercemos los llamados seres humanos. La linealidad, el tono monocorde (y no por ello aburrido) que le caracteriza, su cercanía verbal, el sentimiento bondadoso, tierno, la melancolía, la belleza, hacen que el lector se enganche a sus historias, sean estas novelas o relatos, y se deje abandonar por la sensación última de volver a tener alegría por vivir.
Así me ocurrió con la lectura de la reeditada Jerjes conquista el mar o con su Inquietud en el Paraíso. Se puede decir entonces, que la literatura de Óscar Esquivias es el antídoto que necesitamos en la actualidad.

Pampanitos verdes esta lleno de historias de este tipo. Tiene la facultad Óscar Esquivias de hacer fácil lo complicado, de narrar sin necesidad de metáforas o adjetivos definitivos y enganchar al lector con su prosa cristalina y sus historias del ayer. Todos los relatos del libro están unidos por el mismo quiebro en la trama: el paso de una época a otra en la vida de una persona, el porqué de ese paso, la fundamentación del cambio de rumbo que toda historia debe contener. Lo curioso es que esa unidad temática no se dio para este libro de cuentos o no precisamente para él, sino que estos relatos tuvieron vida propia e independiente en los últimos dos años, reuniéndose en esta ocasión para su publicación. Esto significa que Óscar Esquivias dedicó buena parte de estos años a una obsesión: cuándo dejamos de ser lo que fuimos y nos convertimos en lo que somos. Y no sólo cuándo, también cómo.
Por simpatía, el aspecto postal de algunos de los relatos me ha llamado la atención (Viene Gordon, Mail Pride Chigado 2008) por su conocimiento casi exacto de la materia, al igual que el tratamiento de aspectos cotidianos en las vidas de los personajes. Se permite jugar con las estructuras narrativas (Monólogo del técnico de sonido es un buen ejemplo) y colma cada uno de los relatos de un sentimiento de asunción del hecho fundamental que permite mirar a la vida de otra manera: con una especie de melancolía positiva (si eso es posible).

Como esquiviano bebedor compulsivo, algunos de los relatos que contiene Pampanitos verdes ya me eran conocidos, como El chico de las flores o Viene Gordón, pero afronté su lectura olvidándome de lo leído para volver a sentir el trance de la sanación. El chico de las flores, con el que se inicia el libro, tiene un final ascendente, meteórico, que no recordaba o no quería recordar (no estoy seguro, táchese la opción equivocada si la hubiese). Viene Gordon tiene un quiebro en la trama que dejará impactado al lector que sin lugar a dudas empatizó con el personaje principal del relato. Son ejemplos de la estela en zigzag del barco sobre un mar en calma, de cómo Óscar Esquivias es capaz de engancharte con su narrativa sedosa y aparentemente simple para tirarte de la barca una vez que pareces calmado.
Exactamente igual que un mago, que se remanga la chaqueta, que te enseña las manos (siempre limpias), las manos (como recién lavadas), los pelos de los antebrazos de sus manos (¿pero son sus manos?) mientras te roba la cartera. Lo mejor es que Óscar Esquivias te roba la cartera y saca de ella lo podrido, lo mundano, para meterte una flor de papel tintada de ternura y te la vuelve a colocar en el bolsillo.
¿Y después?
Después la sonrisa, la exclamación, la sensación de conformidad con uno mismo, la sanación del alma, la alegría de vivir.
Como el mejor de los medicamentos.
Como la mejor de las magias.

Salud para el alma.

Esteban Gutiérrez Gómez, 2010