
Como dice nuestro común amigo David González en el prólogo, en este libro de cuentos tienen cabida desde tiernas historias de amor (achispadas con esa gota de esencia del autor) hasta realismo sucio del más abismal; tiene cuentos inmersos en la corriente del realismo mágico del boom latinoamericano y cuentos de pura denuncia social (crítica irónica).
Es curioso lo que podemos saber de un autor al leer sus narraciones porque, aunque él diga no ser autobiográficos, muchos de estos cuentos destilan humores (generalmente etílicos) de su infancia y juventud.
No busque el lector una unidad temática en este libro de cuentos, no la hay. El lector debe prepararse para saltar de un relato con crítica social a otro colmado de ironía y desde éste a uno que versa sobre la infancia y acabar en uno completamente subversivo. Eso si no se dan los cuatro elementos a la vez (como, por ejemplo, en “Retrato de familia” o en “La ciudad del futuro”).
Me gustan especialmente varios relatos (no loas enumero todos): “El pan nuestro de cada día”, “Anticuento de navidad número un millón”, “La leyenda del perro errante”, “B.S.O.”, “Buzón de voz”, “Ángeles en el infierno”, “Melancolía otoñal” o, el antes mencionado, “Retrato de familia”. Cada uno tiene algo de lo que busco en un buen cuento, un alma propia que comulga cuando lo leo con la mía.
La polla más grande del mundo (y otros 69 cuentos) es un libro recomendable, divertido, desengrasante; que muestra a un narrador muy inteligente, que domina recursos propios del cuento, que encuentra el tono apropiado que atribuir al narrador en cada relato, y que no duda en poner la ironía y el cachondeo al servicio de la causa en iguales proporciones a las de la sensibilidad melancólica de los recuerdos en otros cuentos.
Antes de terminar de hablar de este libro debo desvelar una obsesión que puede que ni el mismo Patxi sepa que tiene. Se trata de la “Chica del tiempo”, esa maciza que enfocan siempre de muslos hacia arriba, con buenas peras y ceñido pantalón.
A Patxi le pone. A quién no.
© Esteban Gutiérrez Gómez, (BACØ), 2009
EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA
Zarraluki es un pueblo pequeño, situado en lo más profundo del
corazón de un valle de alta montaña, hasta el que sólo es posible
llegar a través de carreteras secundarias, caminos o pistas forestales
que se retuercen y estrechan como una maraña de lombrices. Cada
lunes, si el pueblo no ha quedado aislado por la nieve, una furgoneta
recorre el valle y reparte el correo, los periódicos... En Zarraluki
el atentado de las Torres Gemelas ocurrió el 17 de septiembre, pero
el pan que comen es calentito, crujiente, del día. Casi siempre. En
Zarraluki hay una panadería, seis niños y una maestra y un panadero
que son novios. Casi siempre. A veces esta pareja discute y Txema,
el panadero, se encierra en su casa y echa la persiana de su tienda
hasta que no se reconcilia con Julia, la maestra. Txema, el panadero,
es todo un profesional y no se cree esas novelas de realismo
mágico hispanoamericano de segunda hornada en las que se amasan
magdalenas con lágrimas, ni que éstas después se convierten en
animalitos en los corazones de quienes las comen. Txema lo que
cree es que su trabajo es muy serio, tan serio que para hacerlo bien
debe estar concentrado. Txema sabe que si abriera su tienda cuando
discute con Julia su pan no sería el mismo, que necesita equilibrio
en su vida para que los ingredientes, el tiempo de cocción,
también se equilibren, y que de no ser así sus clientes se sentirían
defraudados. En el fondo Txema, sin saberlo, piensa lo mismo que
esos narradores hispanoaméricanos, y en el pueblo sucede lo mismo que en sus novelas, pues las riñas de esta pareja alteran por
completo desde la dieta alimenticia de todos los zarralukitarras,
hasta su estado de ánimo.
Por ejemplo a Julia, cuando riñe con el panadero se le avinagra
el carácter y condimenta con él una ensalada de deberes para
los seis niños del pueblo que los extravía por las capitales de Asia o
pone a cocer en la cazuela de una división de once cifras sus risas
infantiles. A los zarralukitarras les gusta oír el eco de las carcajadas
de sus seis niños en las calles del pueblo porque cuando Txema y
Julia discuten en las calles de Zarraluki en lugar de esas risas sólo se
escucha un viento frío que silba como una serpiente venenosa, y dentro
de las casas el pálpito, cada vez más lento, de los corazones asustados
de los mayores, que oyen acercarse en pantunflas a la muerte
arrastrando de su mano a sus padres, y a los padres de sus padres con
su árbol genealógico hecho un hatillo de ramas a la espalda.
La panadería de Txema es, además, bar y estanco y cuando él
y su novia discuten los zarralukitarras ni siquiera pueden ver esfumarse
todo ese terror en las volutas de un cigarrillo o ahogarlo al
fondo de unos vasos de vino, con lo cual las habitualmente cordiales
relaciones entre los vecinos se vuelven extrañas, y en cada familia
resucitan fantasmas que se sientan junto a la chimenea y cuentan
historias de viejas disputas familiares por las tierras o de asesinatos
y venganzas en guerras civiles.
En pocas ocasiones, por tanto, una pareja dispone de tantas
personas dispuestas a solucionar sus crisis como esta. Cuando Txema
y Julia discuten los zarralukitarras cortan las flores más lozanas de
sus invernaderos y las envían a la casa de la maestra, o recolectan la
miel más dulce de sus panales y la dejan a la puerta de la del panadero.
Txema y Julia saben que son ellos y no su pareja quien lo
hace, y a veces incluso hasta les indigna la idea de que su relación
afecte de esa manera a tantas personas, que todas ellas puedan asomarse
de una manera tan indiscreta a la misma, pero en el fondo se
quieren y siempre terminan por reconciliarse, y es de esta manera cómo Txema vuelve a abrir su tienda, y los zarralukitarras salen de
sus casas, y los fantasmas y la muerte en pantunflas regresan a las
suyas, y en las calles del pueblo se escuchan de nuevo las risas de
los niños.
Zarraluki, en definitiva, es un pueblo que parece pertenecer
a otro mundo, pues su vida depende por completo del amor.

5 comentarios:
Muy interesante todo. Ahora bien, la foto no es nada romántica.
Salud.
el tio de la foto da asco, se ve fatal
Hasta para la foto de la solapa es irónico el amigo Patxi.
Pues yo le veo su puntito, gamberrete, irónico, efectivamente. Y el cuento es precioso.
De acuerdo en todo, anónimo: gamberrete, irónico y el cuento es un pasón.
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