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lunes, 4 de febrero de 2008

MIGUEL TORGA: El alma buena de Trás-os-Montes


Me estoy dando cuenta de que me gusta explicar cómo llego a los cuentistas del mes.
Cuando pienso en Miguel Torga, mi boca forma una circunferencia admirativa (la O de ESFERA) que perdura desde hace años, y un sentimiento agradable de afecto me inunda, pero todavía no sé a qué motivo cierto se corresponde.
El caso es que el nombre de Miguel Torga lo leí por primera vez en una entrevista de Manuel Rivas. Lo citaba como una de sus referencias, como una -la más importante quizá- de sus influencias.
Yo, loco por entonces (la bendita vehemencia que origina la pasión) con los libros de relatos de Rivas ¿Qué me quieres amor? y Ella, maldita alma, roto por En salvaje compañía y Los comedores de patatas, me dejé aconsejar y acudí a la biblioteca en busca de algo de Miguel Torga.
Lo primero que leí (no puedo evitarlo, primero los cuentos y luego lo demás), fue un libro de relatos titulado Bichos, un bestiario bellísimo en el que Torga inunda al lector de bondad. La prosa poética de Miguel Torga no me sorprendió porque, igual que Rivas, Torga procedía de la poesía. Sí dibujó la O de mis labios esa afinidad entre los dos escritores, ese sentimiento terroso de que la vida vale lo que vale una buena conversación con un amigo a la puerta de una casa de pueblo.
Es estonces cuando el escritor se me hace personaje y procuro saber algo de él. Nacido en Trás-os-Montes, la comarca más pobre y desolada de Portugal, Miguel Torga surgió años después de haber venido al mundo realmente, porque Miguel Torga es un pseudónimo literario. Su vida fue dura; sus padres eran campesinos sin recursos, lo que le obligó a elegir entre el seminario (único cauce de enseñanza para los pobres) o la huída, y eligió la huida. Con 13 años emigró Brasil y se curtió como persona a las órdenes de un tío suyo que había “hecho las Américas”. De vuelta en Portugal, y a pesar de que aquel tío ejerció durante algún tiempo su mecenazgo, trabajó mientras estudiaba la carrera de medicina. Una vez acabada, ejercició de médico, hasta el día de su muerte, en la tierra que le vio nacer. Estuvo en la cárcel por su inconformismo político y su defensa de la dignidad humana. Fue perseguido, señalado con la cruz de San Andrés, y la censura de la dictadura de Somoza impidió ver la luz de muchos de sus libros, entre ellos uno que denunciaba la represión franquista en España. Recibió el premio Camoens de literatura (equivalente al premio Cervantes) al final de su carrera, en 1990, y es considerado una figura fundamental en la literatura portuguesa. A pesar de eso, Torga huyó siempre del resplandor de la fama hasta su muerte a los 87 años en 1995.
Casi toda su vida la narra él mismo en una obra fundamental que inició en 1937 y acabó a finales de los ochenta, publicada en capítulos a la manera de los fascículos, y que hoy se conoce como La creación del mundo. Esta fue mi segunda lectura.
Pero había más libros de cuentos, traducidos todos por Eloísa Álvarez y publicados en España por Alfaguara. Así me hice con Rua que recoge, con igual lenguaje y efecto, historias urbanas de una ternura y una tremendidad magistrales. Melancolía, lirismo, naturalidad, extrema bondad, todo sacado de dentro, de la caja abisal que contiene los sentimientos del pueblo.
Luego llegué a Cuentos de la montaña y los personajes rurales se convertían en barro de alfarero, en esencia de criaturas. El empleo de las palabras justas para crear el ambiente adecuado a una trama cuasireal. Muy Rivas, muy Torga, tanto monta, monta tanto.
Piedras labradas es el último de los libros de relatos bellos y aparentemente sencillos, que leí de Miguel Torga.
Su descubrimiento hizo que añadiese, una muesca más en mi vara lesbia, allí donde se anotan aquellos autores que merecen tanto la pena, que releerlos no sólo es una obligación sino también un placer.
Así que, acabo de escribir esta reseña en el blog, y busco con la mirada en la estantería de los cuentos. Allí están. Reempezaré por Cuentos de la montaña, y la O que se perfila otra vez en mi rostro, no sé bien el porqué.

Os dejo con “Otoño”, un relato extraído de su libro Piedras Labradas, que contiene una metáfora brillantísima (los raíles…) y esconde en el final una bella declaración de amor. Como siempre, a ver que os parece, cuentistas.


OTOÑO

Paula llevaba un ramo de claveles en la mano.
–¿Qué tomas?
–Un té.
Dejó las flores sobre la mesa de mármol y, mientras su marido hablaba con el camarero, miró de reojo al grupo en el que Alberto, de espaldas, estaba charlando.
–¿Cuánto tiempo tardarás en la modista?
–¡Ah, pues no lo sé! Comprende que es imposible saberlo exactamente…
–Claro. Entonces es mejor que cada uno haga sus cosas por separado.
–Está bien.
–Yo tengo que ir a Correos, a la delegación de hacienda, al Departamento de Medicina legal, a la Secretaría…
Se calló.
Su vida y la de su mujer era paralelas. Nunca se encontrarían.
–¿Te sirvo más?
–No. Gracias.
Se puso también él azúcar, y comenzó a tomarse el café, medio distraído.
–Son bonitos tus claveles… –le dijo finalmente.
–¡Pobrecillos! Hacen lo que pueden… Claveles, en otoño…
Se quedó sin saber exactamente si ella hablaba sólo de los claveles o si había aprovechado aquel pretexto para torturarse.
Y decidió tantear el terreno.
–Las flores tardías tienen una belleza especial… Algo irreductible y melancólico al mismo tiempo… A mí me gustan.
Era precisamente algo irreductible y melancólico lo que ella sentía por Alberto. Un amor desvaído, y a pesar de todo presente, como el color de aquel ramo.
–¡Qué gentileza! Si no tuviese un espejo justo en frente de mí… Así es incluso una crueldad.
Efectivamente, no podía hacerse ninguna ilusión. En el límpido cristal que reflejaba su imagen, todo se había marchitado irremisiblemente. Blanca, gorda, deforme, su figura daba pena.
–Me estaba refiriendo a los claveles.
–¡Ah! Menos mal…
–Claro que eso no quiere decir…
–¡Por favor!
Alberto seguía de espaldas, charlando.
–¿Nos vamos?
–Bueno.
Mientras su marido pagaba la cuenta, se levantó y retocó el pelo. Ya en la calle, al despedirse, él se acordó de repente de que el ramo se había quedado sobre la mesa.
–¿Y los claveles?
–Los he dejado allí.

Piedras labradas
Miguel Torga


Editorial Alfaguara
Colección: Literaturas Páginas: 104-105
Fecha de publicación: 01/1/1992

Género: Cuentos Precio: 11.00 €
ISBN: 8420424803
EAN: 9788420424804
Traducción de Eloísa Álvarez

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2008

2 comentarios:

Ada dijo...

"Los he dejado allí"... y allí se quedó varado un amor que no tenía más sustento que el recuerdo de lo que fue o de lo que pudo a ver sido, eso que siempre acompaña, aunque pasen los años.Existen instantes en que, como un breve destello, todo se sabe, y es entonces cuando aciertas con la decisión que tomas.Entonces eres fuerte para dejar el ramo de claveles sin que duela demasiado.
Besos.
P.D. Añado a Miguel Torga a mis libros por leer, ya anticipo que me gustará. Buena recomendación.

mos dijo...

Las vidas paralelas nunca se encuentran. Como los raíles.
Ya lo dice ella: un amor desvaído.
Me ha gustado este otoño donde lo que se cae es el amor.
Interesante la vida del autor.
Nos vemos en-con tu Laberinto.
Un abrazo de Mos.