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jueves, 25 de junio de 2009

En días idénticos a nubes, Ana Pérez Cañamares









En días idénticos a nubes
Ana Pérez Cañamares
(Ed. Baile del Sol, 2009)

Adolescente fui en días idénticos a nubes,

cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,

y extraño es, si ese recuerdo busco,

que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.


Perder placer es triste

como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;

aquél fui, aquél fui, aquél he sido;

era la ignorancia mi sombra.


Ni gozo ni pena; fui niño

prisionero entre muros cambiantes;

historias como cuerpos, cristales como cielos,

sueño luego, un sueño más alto que la vida.


Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos,

las hallará vacías, como en la adolescencia

ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.


Luis Cernuda


La edad de las luces
por Esteban Gutiérrez Gómez

Este poema de Luis Cernuda es el preámbulo al libro de relatos de Ana Pérez Cañamares centrado sobre aquella edad en la que todos nos sentíamos algo perdidos entre tantos descubrimientos: la adolescencia.

El libro se publicó por primera vez en el año 2003 editado por Mileto, y ha sido una feliz idea su reedición por parte de Baile del Sol.

En días idénticos a nubes muestra una prosa cuidada, medida, nada ñoña al tratar un tema tan delicado como los sentimientos de los quinceañeros. Las historias que cuenta Ana Pérez Cañamares nos llevan de la mano a nuestra propia adolescencia en la que descubríamos los secretos de la vida que nos ocultaban los adultos. Esa complicidad del lector, máxime tratándose de cuentos bien formados, con finales abiertos muy del estilo de Cheever y Carver (pero a punto de despeñarse por el acantilado), hace de cada uno de los relatos una joya narrativa.


No faltan las referencias al pecado de jugar con los tabúes, como el incesto, si bien se presentan de forma natural, sin tener en cuenta imposiciones sociales, vistos desde la perspectiva de quién se abre a lo novedoso en esa edad de las rvelaciones.




La locura de entonces, el no saber pero querer explorar, el desconfiar del propia pensamiento, el estar aburrido de vivir sin siquiera haber empezado a hacerlo, el tener pocas esperanzas en un futuro que se abre inmenso ante nosotros, está tratado de forma magistral por Ana Pérez Cañamares que ha logrado un tono narrativo y una distancia en el tiempo ideal para que el lector aborde estas historias.

Los veintiún cuentos que presenta el libro nos llegarán muy adentro, nos harán recordar aquellos tiempos de pérdida del sentido de la orientación, de caminar sin mano a la que agarrarse, de aventura cada minuto, cada segundo. Ese es uno de los méritos más importantes de esta obra: lograr una complicidad del lector en cada relato, no es nada fácil.


Destaco dos cuentos espléndidos de trama trabajada, con utilización de recursos técnicos importantes propios del cuento y muy bien acabados. Son “El biquini rojo” y “Tocarle la cara”. Ana consigue en ellos una atmósfera y una captación del lector mayúscula.

El relato que he elegido para ilustrar el libro es un buen ejemplo de lo que escribo. No pude evitar recordar al leerlo, con una sonrisa en los labios, aquellas pantallas de plástico que, situadas sobre la pantalla original del televisor en blanco y negro, lograban el milagro de dotar de colores supuestamente originales a aquella vieja televisión. Todo se veía verde o rojo, o se veía de un color u otro parte de la pantalla, pero en ningún caso aquello semejaba una televisión en color.
Así vivíamos nosotros por entonces, en la edad de las luces, de los descubrimientos, cuando las cosas parecían de una manera y realmente eran de otra, y llegaban los primeros desencantos y ya empezábamos a tener ganas de dejar de vivir.





John Wayne cabalga sobre el arcoiris




Vino a llamarme Pura. Yo estaba tumbada en el sofá del cuarto de estar, leyendo un tebeo. Por encima de mi cabeza la oí, a través de la ventana que daba al rellano de la escalera.


—¡Tere! ¡Tere! ¡Que te lo estás perdiendo!



La mandé callar porque mis padres dormían la siesta. Cuando abrí la puerta, me agarró por la manga y nos precipitamos escale­ras abajo. Me hablaba en lo que a ella le parecía voz baja, una particular forma de grito ahogado.



—En el segundo, que tienen tele en color.



—¿Quiénes del segundo?



—¿Quiénes van a ser? ¡Mario y Cristina! Están todos viéndola desde el descansillo. ¡Ponen una de John Wayne! Hasta los caba­llos se ven de colores.



Bajamos de cuatro en cuatro los escalones, aplaudiendo con nuestras chanclas el espectáculo por anticipado. La música de saloon sonaba tan alta como si las bailarinas de cancán estuvieran levan­tando las piernas sobre la mesa de centro del segundo izquierda.



Mario y Cristina estaban en primera fila, haciendo valer su con­dición de anfitriones. Detrás estaban Conchi, Pilar y por último los gemelos del quinto. Pura y yo nos colocamos al final. Entre todos ocupábamos el tramo de escalera desde el tercero al segun­do, como si estuviéramos sentados en gradas. Tuvimos que espe­rar a que los ojos se nos acostumbraran para captar algo más que destellos y figuras que volaban y caían. Cuando por fin pude dis­tinguir a John Wayne entre la barahunda, le aticé un codazo a Pura, cuyos ojos de miope se salían por encima de las gafas.



—Pura..., pero, Pura, eso es trampa, eso no es una tele en co­lor. Mi tía tiene una y no es así...



—Schssssssss —me contestaron todos.



Lo que podía vislumbrar, entre las cabezas de mis vecinos y las rejas de la ventana, era una televisión en blanco y negro cubierta por un cuadrado de tiras de celofán pegadas unas a otras en hori­zontal, de forma que el sombrero de John Wayne era verde, su cara de un rosa primer día de playa, la camisa naranja y los panta­lones azul celeste. Era un John Wayne de carnaval, al que nadie podía tomar en serio.



Pura se acercó a mi oído y me dio en el punto que ella tan bien conocía.



—Si no te gusta, te puedes ir, pero que sepas que ha sido idea de Mario.



Miré el cogote de Mario y le imaginé orgulloso de haber guiado a sus amigos hasta el lejano oeste, y sin pensarlo más me lancé a cabalgar con él por llanuras rosas, montados sobre caballos azu­les, bajo un cielo verde esperanza.



Y allí estábamos, asistiendo en primera fila a la arenga del jefe indio hacia sus nunca tan coloridos guerreros, cuando sobre sus gritos se superpusieron otros que surgían de la habitación del fon­do. La madre de Mario y Cristina cruzó el cuarto de estar a trompicones, tapándose la cara con un pañuelo de hombre, y se encerró en el cuarto de baño. Luego apareció el padre, que arran­có el celofán, lo arrugó y lo lanzó a través de la ventana en un escorzado primer plano, gritando: «¿Qué es esta mierda?». La per­siana se cerró en un repentino THE END.



Lo peor no fue el silencio, ni siquiera cuando lo rompieron los sollozos de Cristina. Lo peor fue ver a Mario subiendo las escale- ras con su papel de celofán en la mano, doblemente herido y humillado. Nos quedamos como tontos, sin saber qué hacer. Pura le pasó el brazo por los hombros a Cristina, y ambas encabezaron la triste procesión de descenso a la calle.



Yo seguí a Mario hasta el pasillo de los trasteros. Allí estaba, sentado en el último escalón, la cabeza apoyada en la mano que agarraba el celofán. Me senté a su lado, bajo la luz de la claraboya por la que se veía el cielo gris.



Por primera vez sentía que no había nada que decir. Cogí su mano y el celofán quedó allí, como un huevo de colores empolla­do en el hueco de nuestras palmas.



—Tere, ¿tú me tienes miedo?



—¿Quién, yo? ¿Miedo? ¿Por qué?



La vergüenza y la ira tiñeron su rostro como el de un John Wayne de trece años.



—Porque a lo mejor yo soy como él. Porque a lo mejor yo de mayor también pego. Porque podría pegarte a ti. No sabía qué decir, pero supe que tenía que hacer algo. Algo que lo sacara de aquel futuro horrible. Me levanté, bajé dos escalones, puse mi cara a la altura de la suya. Aquellos ojos azules me inspiraban. Y de repente lo hice. Zas. Zas. Le aticé dos bofetadas con todas mis fuerzas.



—Que no se te olvide que yo tengo la misma edad que tú. Y que yo también puedo pegarte a ti. Sus ojos se abrieron de sorpresa y dolor. Y como si por fin se hubieran dilatado los bastante como para hacerles hueco, dos enor­mes lágrimas gemelas cayeron por sus mejillas cruzadas por cinco franjas rosas.



Cuando se dejó caer de espaldas sobre el suelo me abalancé sobre él, dispuesta a pedirle perdón, a decirle que no sabía por qué había hecho aquello.



Por sus convulsiones supe que se estaba riendo. Como si le hubiera contado un buen chiste. Me tumbé a su lado y seguimos riendo cuando extendió el papel celofán sobre nosotros, para que las nubes que se veían por la claraboya fueran nubes en technicolor.

6 comentarios:

luisa dijo...

Me ha gustado mucho este relato. Seguro que el resto del libro no tiene desperdicio. Ha sabido plasmar muy bien ese fino hilo que teje la adolescencia. Tan difícil de ver y tan frágil. Tiene la ternura y la fuerza de la niñez y el factor sorpresivo de los que empiezan a mirar con otros ojos las certezas. Creo que Ana es una buena narradora que no deberíamos perdernos.

Un beso para los dos.

BACO dijo...

Hola, Luisa. Es un libro a recomendar. Ojalá ana siga escribiendo cuentos, es muy buena narradora.
Besos.

Ana Pérez Cañamares dijo...

Esteban, MUCHÍSIMAS GRACIAS, por esta reseña tan cariñosa y sentida. Espero que quienes se acerquen al libro encuentren los relatos a la altura de tus palabras.
Un besazo

Ana

BACO dijo...

Muchísimos de nada, Ana, disfruté con su lectura.
Espero que nunca dejes de escribir relatos.
Un beso.

Ada dijo...

Me gusta que esos colores nos lleven por una edad en la que precisamente más colorista es, y de ahí parta la historia de esa adolescencia que todos recordamos, con nostalgia, después nos vamos quedando en la gama de los grises y a un paso del negro, por qué??
Ana es una buena poeta y como cuentista no desmerece nada. Ojalá siga en los géneros.
Gracias por la reseña, Esteban.
Gracias por escribir, Ana, sobre todo para que yo te pueda leer.
Besos a los dos.

BACO dijo...

Un beso, Ada.
Estoy con tus rebeldes electrodomésticos.