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martes, 1 de septiembre de 2009

Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra


Mirar al agua
Javier Sáez de Ibarra

(Páginas de Espuma, 2009)

Canon de belleza,
por Esteban Gutiérrez Gómez



Lápiz y papel
una estufa encendida
casa de poeta.
David González





El carillón del reloj del Ayuntamiento comienza a tañer las campanadas que marcan las cinco de la tarde y el anciano ya ha dado las tres vueltas al cerrojo que guarda el mundo gris que genera su sustento. Anda el hombre deprisa, sin miedo a resbalar por los adoquines mojados, porque el tiempo, fuera de la puerta que acaba de cerrar, es “su” tiempo, y no soporta desaprovecharlo.
Ya en casa, se desprende del abrigo de paño marrón, deposita la cartera de piel vuelta sobre la mesa de la entrada y pone a calentar agua para un té.
Un instante más tarde, aparece enfundado en su batín granate descolorido por la zona del cuello, los puños y los codos, y calzado con zapatillas de felpa a cuadros.
Silva el agua hirviendo. Dos cucharadas soperas de te negro con cardamomo y hierbabuena, dos de azúcar y unas gotas de licor de miel colman una jarra grande de cerveza con tapa que jamás conoció el sabor del agua de cebada.
El anciano, jarra en mano, abre con alivio la puerta que da paso a su mundo apenas veinte minutos después de abandonar sus obligados quehaceres diarios.

En la penumbra pueden distinguirse los libros, las revistas y los periódicos que cubren cada uno de los muebles de la habitación. Son decenas de torres asimétricas que amenazan con venirse abajo, sin embargo, cierta estética decadente parece ampararlas. Las paredes están cubiertas de láminas a color de revistas, de reproducciones de cuadros de diferentes estilos y épocas. El narrador no reconoce ni uno solo de ellos, por lo que poca información más puede añadir. Frente a la ventana en la que se percibe la profundidad de la noche, a espaldas de una antiquísima estufa de carbón, una mesa de despacho cubierta de folios manuscritos nos da idea de a qué se dedica el anciano en su tiempo de ocio. Sin embargo, es el sillón orejero de piel, quizá marrón, desgastado en sus reposabrazos y estratégicamente colocado entre la estufa y la ventana, el que ocupa el anciano con premura depositando la jarra con el té sobre la mesa. Hace frío dentro de la habitación.

El rostro del anciano ofrece ahora una sonrisa de satisfacción. Empieza el momento más deseado del día, de cada uno de sus días. Con el sabor salado del poemario de ayer, que pretendía cambiar el mundo a golpes de verdadero amor, el anciano se enfrenta a su lectura favorita: los cuentos; porque poemas y cuentos son suficientes para colmar su ansia intelectual en lo concerniente a la literatura. Coge el libro largamente deseado que culmina una de aquellas columnas de papel, enciende la luz de la lamparilla que apenas mancha de amarillo su hombro izquierdo y se dispone a disfrutar, por sexta o séptima vez, de aquellos relatos que marcaron su juventud.

La relectura ya no le obliga, como al principio, a disfrutar de los cuentos por separado, a razón de uno al día, porque cree conocer cada uno de los mecanismos utilizados y la profundidad filosófica que ampara cada propuesta. Cree haber desentrañado los misterios que relato a relato se ofrecen al lector. Pero ello no es óbice para disfrutar una vez más de esas lecturas. Todo lo contrario.

El anciano recuerda entonces la primera vez. Era por entonces estudiante de periodismo y jamás hubiese pensado que acabaría gestionando contratos de suministro de gas en Iaşi, en la zona rumana de Moldavia. Eligió periodismo porque tuvo la no tan engañosa idea de que trascribir noticias tenía algo que ver con ficcionar la realidad. Porque lo que el quería, lo que ya por entonces deseaba, era escribir, sentirse escritor.
La primera vez, continuo contándoles los pensamientos del anciano (sentado en su sillón, enfundado en su batín, la vista perdida en los recuerdos), fue en julio del año dos mil nueve, poco después de la aparición del libro. Hubo por entonces un gran revuelo mediático porque se había alzado con el premio a libros de cuentos más dotado económicamente en aquel momento, el Ribera de Duero. Eso, en aquella época y en aquél país, en el que la literatura estaba dominada por la narrativa extensa o novela con sus diferentes apellidos, marcó un punto de inflexión y un camino a seguir por el mundo editorial. Bien es cierto que el mundo editorial sólo se movía a impulsos comerciales, y que dudaba a la hora de arriesgar cualquier mínima cantidad de dinero por un género “sin lectores”, pero pronto descubrieron que a los lectores del género extenso tan sólo había que descubrirles la posibilidad de disfrute cuasi instantáneo que el cuento les ofrecía. Algo así como obtener placer intelectual en unos minutos, sin tener que detenerse en tramas y descripciones que no hacían otra cosa que alargar el inevitable y esperado desenlace. El anciano recuerda aquella especie de batalla, en la que participó de modo activo, y a la que se sumó, con una importancia moderada, el sector publicista que acabó de crear la necesidad de lectura de lo breve en una sociedad por entonces tan alocada y presurosa, tan tonta. Pero el golpe definitivo a la novela se produjo desde los medios de publicación diarios justo cuando se iniciaba su declive definitivo a favor de la prensa digital. A ello contribuyó de forma definitiva el que la mayoría de editores y jefes de redacción eran cuentistas (de algo les servía, al fin, su licenciatura en periodismo).
Luego se supo que al premio optaron muy buenos libros de cuentos, de muy alta calidad, comparables al ganador en ese aspecto pero incomparables al mismo en su novedosa propuesta.
Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra, en aquel entonces profesor de Literatura para adolescentes y maestro de futuros escritores, supuso el inicio de la llamada revolución de lo breve. Con la distancia que ofrece el tiempo trascurrido, esa revolución coincidió con otros muchos factores que confluyeron en la llamada de atención, en el giro de cabeza de los lectores, que poco a poco participaron de la complicidad que el cuento les pedía y agradecieron ser parte de los textos que leían y, por descontado, tener en las manos un ligero libro que condensaba esencias frente a los voluminosos mamotretos que exigían esfuerzo físico más que mental y producían esguinces de muñecas.
Era el momento, recuerda el anciano, se exigía lo breve, lo intenso, lo difuminado, lo aparente: dar que pensar. Pero Mirar al agua no interesó a esos lectores conversos, a los descubridores de la Nueva América narrativa. No estaban preparados para disfrutar de un libro así. Mirar al agua ocupó altares en las bibliotecas de los amantes del cuento antes de la revolución. El porqué era lógico: se trataba de un libro que multiplicaba el riesgo, que proponía una visión nueva de la creatividad en los ordenes estéticos y literarios, un nuevo concepto de belleza no mercantilizado, que ahondaba como jamás se recordaba en propuestas filosóficas que obligaban a un replanteamiento de los nichos establecidos en la conciencia durante generaciones. De un libro que proponía dieciséis proyectos narrativos diferentes, en forma y fondo, con aplicación de técnicas y recursos formales novedosas en consonancia con los anteriores libros de cuentos que el autor publicó (El lector de Spinoza en 2004 y Propuesta imposible en 2008, ambos en una editorial, Páginas de Espuma, que en una década se convirtió en la editorial referente en cuanto al género breve concernía en España, hasta que dejó de apostar por los noveles y llegó la venta digital y poseer literatura en papel pasó a ser un lujo).
Cada uno de los cuentos era, aún hoy es, una invitación, un desafío al lector. Y eso es lo que más aprecian los lectores de cuentos, que se les ponga a prueba.
Eso recuerda el anciano, acariciando los lomos desgastados de su ejemplar de Mirar al agua, sin siquiera haberlo abierto todavía. Toda aquella conmoción le llega a la cabeza con ecos de cambio de rumbo. A él también le afectó y le supuso seleccionar el camino narrativo que elegiría y del que jamás se ha arrepentido. La mirada extraviada regresa desde sus pensamientos y sus ojos cobran la lucidez. Entonces mira a su alrededor y reconoce satisfecho el tesoro de los libros de papel que han sobrevivido al frío y las láminas (una a una miradas y disfrutadas cada noche) que cubren el papel ajado de las paredes. Aquel libro que marcó su nueva concepción de creación y dio un significado distinto al término “belleza”. Quizá eso fue lo más significativo, interiorizar que el arte puede ser abominable si utiliza la crueldad humana para satisfacerse o puede ser maravilloso si se representa como una vía de escape a esa realidad (Escribir mientras Pelestina), o la posibilidad de ver las cosas de otra manera, incluso de no verlas, de sentirlas de modo diferente apreciando otra realidad creativa, renegando de unos ojos ciclópeos acostumbrados y enseñados por un mal social (Jerónimo G.), y la determinación de que los amaneceres o los anocheceres son obras de arte que se nos ofrecen y despreciamos en su valor porque no cuestan nada, porque en el basurero una lata oxidada de sardinas parecía carente de belleza y colocada sobre un pedestal blanco e iluminada con una luz cegadora se nos aparecía como una metáfora de vida (Ready-made). Sí, lo recuerda perfectamente, como recuerda a aquella mujer que hace arte de un hecho cotidiano, y que repite anualmente para afirmar que todo lo que lleva dentro, todo su mundo abstracto, todas sus proyecciones creativas se simplifican en un desafío al mundo desde una ventana en un populoso barrio italiano (Una ventana en Via Speranzella), y, sobre todas aquellas propuestas, la necesidad de meditar sobre la relación entre el mal y la belleza, la necesidad de discernir, de apreciar lo bello sin obligarse a seguir los cánones comerciales y de enfrentar ese sentimiento que lo bello genera en los hombres frente a su aparentemente intrínseca maldad (La belleza).
El anciano menea la cabeza ligeramente, como negando algo pero, todo lo contrario, les aseguro que está afirmándose en sus recuerdos. Coge la jarra de té aromado (palabra de Javier Sáez de Ibarra que el narrador suscribe, si se le permite la licencia) y se brinda un sorbo largo que parece inundar su interior con satisfacción. Abre, entonces sí, el libro y busca el índice para elegir aquellos cuentos que más le apetece leer. Pero nada más posar su vista sobre la lista de relatos recuerda el otro aspecto sobresaliente de la obra: su voluntad de innovar, de traspasar límites, de disolver imposibilidades. Reconoce en los títulos de los relatos las imágenes proyectadas (composiciones contemporáneas que en aquella época utilizaban medios audiovisuales en mixtura con los orgánicos o con los elementos fundamentales de la naturaleza, fotografías, lienzos, performances, collages, graffitis, composiciones abstractas, ready-made, autorretratos, paisajes) y, más allá de lo visible, la cantidad de técnicas y recursos formales empleados que hacen de cada una de los relatos una propuesta literaria diferente.
El tono narrativo empleado en Mirar al agua, el relato con el que comienza el libro, es fundamental para llevar al lector allí donde Javier Sáez de Ibarra quiere llevarle, para hacerle subir desde la incomprensión simpática con el personaje a la posibilidad de empezar a saber si alguien te guía adecuadamente. Y se permite el anciano una sonrisa irónica, porque eso mismo hizo él con aquellos que renegaban del cuento como género literario, para pasar de contemplarlo como algo menor a ser fundamental para los buenos amantes de la literatura. Sonríe porque siempre pensó que el arte abstracto descrito en el relato por Javier Sáez de Ibarra podría ser una metáfora del cuento.
Y qué decir de Un hombre pone un cuadro, en el que la aparente historia principal que se cuenta con profusión de descripciones va tornándose secundaria una vez que el narrador da detalles de aquella fotografía que el hombre trata de colgar. Pero es tan liviano ese camino, suspira nuestro anciano quizá con ganas ya de la relectura.
No le da tiempo, el siguiente título que encuentra, Las Meninas, es un ejercicio extremo de la utilización del diálogo, un cuento dialogado (magnífico el tono narrativo diferenciador utilizado para cada personaje, el único recurso disponible por Javier Sáez de Ibarra al prescindir del narrador), que tiene la facultad de conformar una fotografía memorable.
Pero había uno, uno... Sí, vuelve a sonreír el anciano al reconocer el título de uno de los relatos preferido del libro: La superstición de Narciso o aprender del que enseña. Merece la pena recordarlo más sosegadamente, detenerse en él. Como en Mirar al agua, el autor da un vuelco total a la narración, y el relato principal, magistralmente urdido, sin una fisura que muestre equivocada la teoría del primer Narciso sobre el arte de atraer, aparece difuminándose por los comentarios a pié de página (más acá de Foster Wallace) de un aparente relato secundario que se muestra dominante al final, con completa pérdida de objetividad, y que nos ofrece al segundo Narciso. Pero no sólo eso: la captación de la mente del lector, el enfoque de la misma primero a la televisión, luego al narciso gigoló y, finalmente, sobre el crítico proclive a lanzar anatemas. Y, además, para completar la esfericidad del relato, la sutil patina de ironía que envuelve la trama, la que Javier Sáez de Ibarra otorga a los dos narcisos, cruel metáfora de sus respectivos fracasos.
En fin, mueve de nuevo el anciano la cabeza como negando, pero no, afirmando aquella maestría demostrada por el autor. Mira de nuevo el índice y levanta las cejas. Hay tantos y tantos buenos relatos en ese libro.
La belleza, sí, ¿qué es la belleza? Se levanta del sillón y gira noventa grados una de las láminas de la pared, se aleja un paso y la contempla un instante. Realiza la misma operación con cada lámina de la habitación. Sigo sin reconocer ninguno de los cuadros, pero todos parecen ahora diferentes. Desprenden, tengo que confesarles, una cierta atracción almada. Cuando acaba, el anciano recupera el libro que dejó sobre la mesa y se sienta de nuevo en el sillón.

Dejémosle con sus cuentos, dejémosle disfrutar de la lectura. Parece que, ahora sí, abre las páginas del mismo y se ajusta las gafas a la nariz. Seguro que el libro volverá a una de las repisas y la estufa permanecerá apagada una noche más. Qué mayor sacrificio puede hacer. Pero tomó su elección y fue consciente de ello: decidió amar la literatura.

El botón de muestra: Mirar al agua (primer cuento del libro)

3 comentarios:

luisa dijo...

Muy original tu forma de hacer una reseña: un cuento para un libro de relatos. No podía ser menos siendo tan cuentista como eres. “La revolución de lo breve”, es el sueño de muchos. Me he reído un rato con lo de “los esguinces de muñecas”. Me temo que más de un escritor está conchabado con otros tantos traumatólogos (seguros, pólizas, reaseguros). El cuento o el relato es un género que debería ser enseñado desde la infancia. No habría tanta “falta de gusto por él”. Mi hijo tuvo una profesora en segundo curso de primaria que les leía una poesía todos los días y luego se la entregaba en fotocopias, (y puedo asegurarte que no estaba dentro del “programa” escolar). Mi hijo me ha leído muchas. Creo que: “avivando el ojo”, puede nacer un gusto temprano, y por tanto continuado. Nos falta “educación”.

El cuento de Sáez de Ibarra, también habla un poquito de esa “educación visual”, siempre tan controvertida. No sería la primera vez que alguien encuentra ese “punto visual”, tan abstracto para muchos, en un ligue de turno. Mira, yo empecé a fumar por ligarme a mi marido. Ya sabes, ¿tienes fuego?

Muy buenos; el tuyo y el de él.

BACO dijo...

Gracias Luisa por tu curradísimo comentario.
Todo por el cuento.

Anónimo dijo...

Me ha encantado la crítica, y el cariño desde el que se nota que está escrita. Totalmente de acuerdo con Luisa.

María.