La enfermedad del lado izquierdo

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lunes, 30 de noviembre de 2009

Un cuento de Fernando Clemot


Como sabrán, el barcelonés Fernando Clemot ha ganado recientemente con Estancos del Chiado el Premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicados en castellano en España. El libro tiene una difícil distribución, pero puede encargarse por internet o, si tienen la suerte de vivir o visitar Madrid con regularidad, pueden dirigirse a la librería 3 rosas amarillas (la semana pasada quedaban algunos ejemplares). En todo caso, no se pierdan esta lectura.





Terrazas de otoño



"...Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado..."
" ...y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella..."


El Quijote; parte primera, capítulo VIII




Prefería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pullover pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.
No se me olvida el año, el mes, el día, soplaba fuerte aquella mañana, se llevaba el viento las últimas simientes de estío, el polvo, las hojas, los plásticos se arracimaban en el naciente de las sillas metálicas, pero no hacía aquella impostura sino mejorar mi galante facha; se levantaban las solapas de la gabardina engallando mi quijada, héroe salvaje, un Andrea Sperelli clavando tacones, tableteaba como si pasara un convoy sobre las chapas que cubren las obras, se me abría de tanto en tanto la chaqueta de pana y yo la cerraba con parsimonia, apretándome todo hacia dentro, apresando con el codo un libro doblado de Moravia o Gozzano, como un Lazarote amarrado a su lanza. Llegué con este paso a una de mis moradas favoritas, ocho o diez meses tendidas frente a un largo de muralla romana, en el centro una torre mocha, casi irreconocible por una restauración en ladrillo rojo que la subía seis metros sobre el nivel de la plaza.
Dulce afán... Es el otoño tiempo de reflexión y donosura, el alma se abre entonces como vertida en una poza quieta, se amplía y remansa tras el rápido fluir del verano, es balsa asentada de aceite; el tiempo se lastra en éste paular inmóvil, se aploma cansado del violento transitar de los meses centrales, hacemos planes, abrimos libros olvidados, tiempo de préstamos y avales, de poesía y amores lentos como atardeceres... Languidecen en este invernadero las pasiones añorando anteriores excesos, esperan de forma inconsciente algo que de nuevo las violente, que las saque de aquella modorra en que se consumen. Es ese mismo viento que ahora barre estas mesas casi vacías, a pocos días de ser retiradas, el que nos conmueve por dentro, el que avienta sentimientos pasados y deja nuestra alma como una tabla rasa, bruñida y perfecta, lista para ser hendida.
Con la seguridad del cazador veterano, ducho en otoños y estaciones frías, vencedor de mil batallas, así también aguardaba, de nuevo en aquellas terrazas, capitán de mi mesnada, héroe que al sentarse siente rebotar en sus hombros la cabellera de las presas vencidas. Arrogante y frío me aposenté en las mesas de atrás, poco expuesto, al abrigo casi del toldo de la cafetería, un café por favor, y pensé que luego tomaría un Pernod, tal vez Cynard, que recuperaría así algo del sabor de la rue Mouffetard, del Capitole de Toulouse, de la ebriedad de aquel verano que pasé con Christine, bebería de nuevo el néctar de juventud que escancié en su pecho y que ahora intento recuperar en sorbos breves de Pernod, dulces, o de Cynard, amargos, quizá no tan breves ni afilados como sus aureolas, ni tan dulces ni tan amargos, sólo reflejo, afilado recuerdo sobre la mixtura verde de aquella copa, que era sólo cristal, recuerdo ebrio y lánguido, sólo reflejo.
A pocos metros de allí, bajo el anfiteatro que forman la muralla romana y el Palacio Real, desembarcan los autobuses que llegan al centro. Matrículas extranjeras, negras de Francia y Portugal, de provincias perdidas, blancas con un escudo del lander las alemanas, apretadas y estrechas como una fila de hormigas las italianas, muchos de aquellos extranjeros acaban allí... A menudo llegan también excursiones desde los complejos hoteleros del norte, cámara de fotos al hombro, visitas guiadas, mujeres jóvenes y maduras, solitarias todas, desahuciadas a menudo por una vida aburrida en su pequeña ciudad perdida, de su insulso lander o departamento, deseosas de encontrar algo que les saque de su cárcel se afanan en pedir aperitivos para adormecer su impaciencia. A menudo las veía consumirse, inquietas volviendo la espalda, abominando a su compañero, a su pasado y futuro, hilvanando una mosquitera de sueños que nunca podrán cumplir... Sería fácil acercarse allí y desenterrarla de entre las garras de aquel mediocre, siempre metido en el taller, en su estúpida asociación de algo...
Pero no era ya momento de aquel tipo de reyertas, lindando los cuarenta ha cambiado mi tempo, era ya cazador apacible, Nemrod discreto, más seguro y frío, en la espesura aguardaba mis presas, a buen cobijo, sin avanzar hacia ellas... Esperaba siempre solemne tras el parapeto de una novela o una fila de versos, Pavese, Eugenio de Andrade, Vallejo, como con Sheyla, Lorena o Canyoon, no recuerdo más, hubo sin cuento, y fue así, sin fogosidades ni prisas, sin audacias ni engaños de timador, cara a cara, a pie parado aguardé siempre mi suerte, la visera levantada, como recibe el valiente al enemigo en la justa... se despejó frente a mí aquella caterva de cuerpos, se vaciaban en un instante dos autocares venidos de lugares lejanos y discretos, Apulia y Aachen, soles y bosques, pero no estaba mi suerte allí... Se levantó la niebla y dejó nacer de su seno de concha marina una nueva presencia, suave y aislada, Lady Godiva brotada de medieval muralla, blanca e inerme, ajena a todo tumulto se posa con suavidad a mi diestra, a sólo dos mesas, al principio de lado, frágil el gesto, como una abeja en su cáliz se ajusta la falda y deja una carpeta larga con tiento moroso. Adivino una primera pulsión, un mirar que no mira, primera señal, zarza ardiendo, llama que no quema de Santa Teresa.
Volví a abrir un libro tres veces leído, los mismos otoños que llevaba en la ciudad, Un bello estate, ecos de veranos pasados transidos de sol y pereza, intento permanecer ajeno y releo allí donde dice, en el año hermoso en el que empezaron a vivir, y vuelvo entonces mi vista a mi nueva compañera de juegos, joven y hermosa, y pienso que la frase se le encaja como un molde a su matriz, que todos tenemos un año primero, el Año Triunfal de los fascistas o el Primero de los revolucionarios, un tiempo en que descubrimos aficiones y pavores, en el que el alma despega o se estrella en el primer saliente, en que quedamos totalmente escindidos en un antes y un después de aquello, sea verano o otoño, placer o dolor intenso lo que marque este punto... Fue aquella la primera vez que reparaba en ello; mi año hermoso debía estar lejano, mi bello estate yace enterrado bajo un limen de nombres que ni siquiera recuerdo, porque los nombres, como el lodo y las noches en blanco, se asientan, se posan sobre nuestra memoria sin nosotros saberlo, nos cubren como una Pompeya asolada de cenizas de la que sólo emergen los más altos tejados, los que más en nosotros crecieron y que sólo asoman ahora desdentados y mochos, aquí y allá Atlántidas quebradas, lejanos los restos unos de otros, cercados por un mar de rescoldos y humo, gris el suelo y el cielo, relámpagos apagados por el silencio.
Para cuando volví la vista había cambiado su posición. Se volcaba hacia delante con la carpeta abierta entre sus manos, un cuaderno de dibujo y un carboncillo con el que intenta bosquejar la muralla, los contrafuertes del Palacio, el jardín languidecía frente a nosotros. Yacía absorta, como si la tarea la alejara de todo lo que la rodeaba, se sentía más fuerte, intuí, y en esta seguridad suya sentí más deseos de observarla, de esbozar también sus perfiles hasta tener mi justo boceto, un primer hálito suyo antes de completar el cuadro, quería dibujarla también poderosa, embutida en sus caderas anchas y claras que asoman entre el jersey y el tejano, vasija que va creciendo hasta moldear un pecho breve, puede que incorrecto y maleado, bello y único.
Sonrió y se curvaron sus labios, como sus carnes blancas sus ojos claros, ,rasgándose las pupilas acuosos como un himen, como hebras de diamantes e imaginé que también se debían iluminar así, extremados de dolor y de sorpresa, tras la primera acometida. Me pareció toda ella suntuosa fortaleza, como debió Alejandro soñar también con las riquezas de Tiro o Babilonia cuando estaba a sus puertas; respondí a la sonrisa brevemente y retomé la lectura, anhelante todavía costaba recobrar el punto, no será el asedio tan largo como el de otras plazas y tú serás mi tributo, mi dulce Roxana, exótica como tantas otras, como Adeline, como Berta, dormiremos de día con las ventanas abiertas hasta que nos ciegue la luz, haremos el amor en colchones en el suelo, con el frío del azulejo en la espalda, en habitaciones huecas y mal aparejadas, beberemos tequila con salitre de mar hasta herir nuestras gargantas raspadas de noche.
Despierto, veo y no veo, no me he equivocado, ella está allí haciéndome una señal con el lápiz y el cuaderno, con su mal castellano pregunta si puede hacerme un retrato. Por trinar en aquella risa y adormecerle los ojos se cederían imperios, me tornaría traidor y cobarde, sería un Don Julián desarrapado, un cobarde Darío o rey Poro, el Guzmán que rinde su torre, acuchillaría Viriatos como Didalco y Minuro, Roma no paga a traidores, mi ángel, pero por ti todo lo vendo...
No dudé y acepté florido el dibujo, le ofrezco una silla pero al cerrar el libro me indica que siga, que en esa traza quiere que sea así, yo de lado y con las piernas cruzadas, me quiere distraído, y en eso acierta, pues quizá no hay manera mejor de leer a Pavese... Trato de cuadrarme en una pose digna, una mezcla entre Arthur Miller y un tribuno romano, y ella sigue raspando con su carboncillo la hoja, entre nosotros sólo ese cuchicheo del lápiz deshaciéndose entre la maraña de fibras del papel, y yo que me muevo inquieto, deseo levantar la vista, libar en aquellos ojos melosos que tan cerca presiento... En las pocas palabras que hemos cruzado he creído reconocer su acento, parece norteamericana, probablemente del interior, de las enormes llanuras de cereales que cruzan aquel país, ojalá sea así, son estupendas estas mujeres de tierra adentro, fieles y solícitas, fuertes como mastines... Intenté levantar la vista pero finalmente desisto, entre nosotros sólo el cri-cri del carbón, insecto que sigue excavando su túnel, y el leve rumor del viento que me abre de nuevo la chaqueta, no puedo evitar un escalofrío inquieto y me imagino ya a solas con ella, hasta siento mis manos apoderándose ya de aquellas caderas anchas, maternales, posadas en aquel pecho breve, de aureolas rosadas a buen seguro...
- ¡Ya lo tiene!- me despierta su voz y extiende hacia mí su cuaderno- ¿Quiere verlo?
- Claro que sí...
Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado. Preferí no mirar hacia la chica, notaba las mejillas encendidas como si tuviera una hoguera bajo las piernas... Entre un juego de líneas y sombras oscuras adiviné mis facciones, aquella panocha canosa, con las arrugas cayendo de los pómulos como si fuera una tartera, el pelo ralo y escaso empezaba mucho más atrás de lo que siempre había imaginado, papada de camaleón abajo y ojos mínimos, necróticos, arriba... todo coronado por una suma expresión de envanecimiento, de estupidez, que puede que fuera lo peor de aquel retrato, mi pose ridícula, engallada, que daba un toque cómico al retrato. Sentía mi cuerpo tal que si ganara peso, como si reblandecidas mis carnes empezaran a filtrase a través de las trabas de la silla. Sólo la voz de la chica me despertó de aquella pesadilla... no sé si lo hubo o sólo imaginé pero noté un deje socarrón en sus palabras.
- No sé si le acaba de gustar... pero lo que sí tiene que hacer es pagarme.
Sin pedir precio ni mediar palabra alcancé un billete que llevaba en el bolsillo y ella pareció quedar satisfecha. Se levantó y la vi perderse avenida abajo, pegada a lo largo de muralla, el cuaderno cogido por el codo, como solía llevar yo mis libros, los pantalones sueltos dejaban casi sus caderas al descubierto... Se movía con un descaro que me ofendía; no volvió la vista atrás, pensé que los saqueadores tampoco vuelven la vista hacia la ciudad incendiada.
Pagué y tomé el camino de mi casa. El viento soplaba más fuerte de vuelta, me abría la chaqueta y parecía entrar por cada intersticio de la ropa, temblaba y rehuía ojear mi figura en fuga en los cristales lustrados. Mi paso ya no tableteaba tan enérgico sobre las chapas que cubren las obras... Subí los dos tramos de la escalera y busqué con ahínco el sofá; una última mirada al retrato, boqueaba humillado y herido, el cuerpo como si lo hubieran manteado, fláccido, el yelmo deslustrado, mi cota y armadura deshechas como si me hubiera reventado el espaldar una lanza.
Me puse con parsimonia una copa y pensé qué amargos son los frutos que deja la caballería andante, y mientras bebía me fui sintiendo más y más viejo, vencido, como Alonso Quijano en la playa de la Barceloneta, rebozado en arena, inválido para más aventuras.


(c) Fernando Clemot


6 comentarios:

Luisa dijo...

Buenísimo. No sólo el cuento en sí, qué lo es, sino también en las forma de contarlo. Tiene una magnífica prosa. Merecido el premio.

Un beso.

BACO dijo...

El relato que le antecede en el libro, LEVANTE, sí que vale por sí sólo el premio.
¡Qué maravilla!

Besos. Luisa

Juan Carlos Márquez dijo...

Mi favorito es "Estancos del Chiado", por su atmósfera sentimental, por la nostalgia, por lo que nunca va a volver.

BACO dijo...

Y si te digo; Juan Carlos, que acabo de regresar de Lisboa y que tengo tan reciente el recorrido por el Chiado que parecía estar viviéndolo.
Buen relato también,
un saludo JC

mos dijo...

El relato es sorprendente. Muy bien contado y exquisito en su desarrollo.
El final te sorprende y te atrapa por la historia que encierra.
Buen autor; perfectamente recomendable.
Baco, he abierto mi modesto blog el cual, intentaré ir mejorándolo si aprendo a manejarme.
Te espero en mi orilla.
Un abrazo de Mos.
Mosenlaorilla.blogspot.com

BACO dijo...

Bienvenido al club, Mos.
Seguiré tu blog.
Fuerte abrazo