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lunes, 3 de noviembre de 2008

Muelas y señales, de José Ángel Barrueco

Sigo a vueltas con la antología HANK OVER (RESACA) dedicada a Charles Bukowski por los hijos de Satanás. Como dice Pepo Paz, "la cabra tira al monte", y alguno de los cuentos que se incluyen en esta antología, aún resuenan en mi cabeza.

Eso ocurre con Muelas y señales, de José Ángel Barrueco. Es un cuento plenamente inserto en la tradición del realismo sucio español (heredera de aquellos cuentos de Carver, Cheever, Fante y el mismísimo Charles Bukowski). Es, además, una narración que parte de un hecho real: el autor fue el protagonista principal del cuento.

El cuento llega al lector. Sudas, sudas, como ellos. Penas, como ellos. Te jodes, como ellos. Y te beberías las cervezas bien frías, como ellos. Eso significa que transmite, que las descripciones están conseguidas y que los personajes son no sólo creíbles, sino verdaderos.

Que el protagonista sea, además, escritor (como Jab), y recurra a este tipo de curro para sobrevivir, dice muy a las claras cómo están las cosas en la realidad literaria de los "sin nombre". Pero como dijo una vez David González: “nadie dijo que esto fuera fácil”.

Otra cosa: dice el axioma “Si algo puede ir mal, irá mal. Si puede ir a peor (peor que mal), irá a peor”. Todo ello se verifica en este relato de JAB. A pesar de ello, como descubriréis si el fragmento que podéis leer a continuación es lo suficientemente atractivo como para ir a la librería y haceros con un ejemplar por 12 euros (de risa), “la cabra tira al monte”, y nada le impide a ese personaje-escritor ponerse delante de un papel en blanco a volcar historias que rondan su cabeza.
Así somos los cuentistas.

José Angel Barrueco
Muelas y señales (fragmento)

Hete aquí viviendo como un gusano
día tras día, genio del hambre,
fiel a una vocación sagrada.
John Fante

Maldigo a quienes creen que ser bohemio y maldito es agradable y encantador.
Me llamo Martín de Acero y soy escritor. Algunas personas, en esta ciudad, se empeñan en ofenderme despojando mi identidad de ese sustantivo, pero siempre dije que si uno pasa la mañana escribiendo cuentos, o fragmentos de novelas, o ensayos, o lo que sea, bueno, el caso es que no es barrendero, ni notario, ni empleado de oficina. Es, simplemente, un tipo que escribe, que se dedica a escribir. No hay vuelta de hoja.
Tengo veintinueve años y en breve voy a cumplir los treinta y sé que quizá estas páginas no vean nunca la luz. No me importa. Llevo los zapatos gastados y rotos y los dobladillos del pantalón hechos trizas. Mis camisas, a menudo, conservan los lamparones del día anterior. Suelo ir por la calle sin afeitar, con barba de una semana, y en invierno me pongo un abrigo largo, uno de esos que llaman tres cuartos, que me otorga el aspecto de bohemio cuya etiqueta se empeñan en adjudicarme. Mi estampa no es elegante y nunca me he puesto traje y corbata, pero siempre salgo a la calle con el cabello limpio. En las cafeterías a las que acudo pido café o un zumo que me revitalice el organismo, y los sábados procuro emborracharme, así que, en teoría, para los habitantes de esta ciudad estoy empezando a tomar una inusual fama.
Aún vivo con mi familia. Pertenecíamos a la clase media. Pero eso era antes. Ahora me temo que somos de la clase baja. A veces nos cuesta llegar a fin de mes sin que nos corten el agua caliente o sin que la compañía de la luz nos deje a oscuras.
Quizá sea mi aspecto, pero algunas personas me consideran un escritor maldito y un bohemio en regla. Para ser un maldito nadie tendría que haberme publicado, y algunas de mis obras circulan por ahí. Y, si doy pinta de bohemio, tal vez sea por mi bajo nivel de vida.
Escribir es un trabajo. La gente piensa que es una aventura romántica. Nada de eso. Procuro madrugar, me siento ante el ordenador y las horas transcurren. Es un ordenador viejo que va a trompicones y tiene las teclas desgastadas. Cuando la mañana termina, suele dolerme el culo y en la espalda tengo molestias.
Un escritor vende poco, salvo si es uno de esos tipos célebres que arrasan en las librerías y cuyos libros todo el mundo regala por Navidad. Los críticos y los esnobs acostumbran a machacar sus novelas y su reputación, pero no veo nada de perjudicial en enriquecerse escribiendo. Si un doctor se enriquece sanando enfermos, ¿querrá eso decir que es un mal médico?
Hace unas semanas pasé unos momentos malos. Muy malos. Debía algún dinero y, a menudo, me encontraba a esa gente con la que había contraído deudas.
-¿Cuándo demonios vas a pagarme?
-Pronto, muy pronto.
-¿Vas a ganar algún premio gordo?
-Sí, Alfredo, voy a ganar un premio gordo y luego te pagaré.
-Más vale que sea cierto.
Por supuesto, era mentira. No es barato enviar relatos y novelas a los concursos. Cuesta dinero. Dinero para el cartucho de tinta, dinero para hacer copias en la copistería, dinero para los sobres y los sellos y también para los envíos certificados.
En aquellos días de los que hablo no llevaba mis cuentas muy mal. Con mis ahorros podía permitirme salir los fines de semana, invitar a una chica de vez en cuando a cenar y comprar folios y cartuchos de tinta. Entonces me cogí un catarro (a pesar de que era verano) y empezaron a dolerme las muelas. [....]

ficha técnica
editorial: CABALLO DE TROYA
lugar de edición: MADRID
año de edición: 2008
formato: OTROS
páginas: 304
ISBN: 978-84-96594-21-0

5 comentarios:

Ada dijo...

Conozco este cuento. También yo sigo a golpes de lectura con la resaca, pero quién se puede resistir. Me encanta.
Este cuento además dice verdades como puños, nadie de los que nos gusta a escribir dudamos de que todo lo que se cuenta aquí sea cierto, todo verdad y de la buena, o de la mala.
Hala, a seguir dándole a la tecla.
Besos

BACO dijo...

La verdad es que Vivente Muñoz y Patxi Irurzum tuvieron un acierto con los antologados. ahora mismo, si tuviesen que elegir, tendrían problemas: son (somos) muchos los hijos de satanás.
El relato es muy Cheever, si bien muestra las penas y putadas sufridas por un joven escritor sin un puto duro, lo hace con una pizca de ironía que envuelve la narración de un halo que hace simpatizar al lector con el protagonista del mismo.
Gracias por passarte por aquí.
Salud!

Anónimo dijo...

http://100cuentos.blogspot.com
Quieres participar?

luisa dijo...

No lo conocía. Si en cambio las palabras de Fante. Me ha encantado comprobar que lo que siente una es muy parecido a lo que él describe en este texto. Escribir es un oficio solitario. Es esclavo, y en la mayoría de los casos no da ni para pipas. Aún así, seguiremos con la andadura y sinceramente espero no acabar con barba de siete días.

Luisa.

BACO dijo...

Siempre para adelante.
Pase lo que pase.
Un abrazo