La enfermedad del lado izquierdo

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El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

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lunes, 2 de febrero de 2009

Un adelanto de lo que puede venir


Monotonía de lluvia
tras los cristales
(fragmento)
(título de un poema de Antonio Machado)


Se fumaban un porro después de cenar. Así desde que se casaron, hace más de cinco años.
Era una rutina, el calmante de una jornada áspera y vulgar que se reflejaba en sus pupilas.
Aprovechaban ese momento, sentados en la mesa de la cocina, uno frente a otro, bajo la luz blanquecina del fluorescente, para charlar un poco de los asuntos que tuviesen en la cabeza.
Juan comenzaba su rollo diario sobre actitudes irrespetuosas, jefes desconsiderados, incomunicación organizativa, envidias manifiestas, leyes selváticas y demás reproches sobre el ambiente de trabajo. Fuese el trabajo que fuese.
En esos momentos, según el grado de indignación de Juan, Adela empezaba a saber cómo de verdad estaban las cosas, y si tenía que temerse o no, unas semanas de convivencia extra que cada vez le resultaban más insoportables. Era ya un imposible convencerle de que el problema no eran los demás. Había salido tarifando de más de doce empleos en estos cinco años. Y no más porque el padre de Adela contuvo todos sus nervios antes de explotar, dos años después de haberlo contratado y ponerlo al frente de un brillante negocio de mensajería, que Juan solito derribó por completo.
Adela parecía escucharle con atención, pero en realidad hacía tiempo que sabía desconectar y esperaba paciente que el efecto de la maría apareciese. Mientras tanto, ella solía preguntarse, todas y cada una de aquellas noches de los últimos diez meses, por qué no había abandonado esa casa cuando pudo hacerlo, cuando cambiaba sin riesgo un hombre por otro, una realidad por una promesa que no podía ser peor. Y, de seguido, recordaba a aquel tipo y, todas y cada una de esas noches, se preguntaba qué sería de él.
Adela tenía, por supuesto, algún puente tendido a la realidad y era capaz de mover el rostro en sentido afirmativo o negativo con pleno acierto cuando Juan preguntaba ¿No hubieses hecho tú lo mismo?, o ¿Tú crees que eso es lógico?, y todo ese tipo de preguntas imbéciles que él hacía para autoafirmarse en sus convicciones, aún a costa de ser un eterno perdedor.
Hacía tiempo ya que Adela dejó de decir la verdad, intentando apoyarlo, sacarlo de esa espiral de crecimiento negativo que le llevaba, invariablemente, al pozo que él mismo cavaba bajo sus pies. Intentó también lo contrario, utilizar la ironía con malicia para hacerle ver la realidad, pero Juan, pagado de sí mismo, no tenía la inteligencia suficiente para captar las sutilezas de Adela, y Adela no sabía hacerlo peor. No, no era tan vulgar como para eso.
Compartían el porro de cada noche que, los viernes, se convertía en dos o tres más. Esa era la única noche que Adela disfrutaba algo de la compañía de su marido, cuando olvidaba todas aquellas batallas de sus trabajos y todo aquel lodo se deshacía entre una espesa nube de humo y comenzaban las risas y no te preocupes porque lo que tiene solución, se solucionará, y lo que no, ¿para qué preocuparse?, y menos mal que te tengo a mi lado, y, tú, ¿no tienes nada que contarme?
Y entonces Adela hablaba de lo suyo, de aquel ordenador lleno de cactus que cada día le ofrecía la información del tiempo y que distribuía entre las compañías de transporte para evitar incidencias. Era todo tan monótono, tan mecánico, tan aburrido. Pero ella siempre decía lo mismo: evité unos cuantos accidentes de La Peninsular con el asunto de una niebla espesa en el norte. Siempre lo mismo: evité unos cuantos accidentes de La Peninsular con el asunto de una niebla espesa en el norte. Fuese la estación del año que fuese. Y Juan, sorprendiendo una vez más a Adela, nunca decía que se repetía, nunca dijo nada. Se limitaba a acariciarle con el dorso de la mano uno de sus carrillos, a pellizcárselo con cariño y a besarle la frente antes de decir, con las voz más dulce que sabía poner, eres un ángel, un ángel de la guarda.
Entonces venían las copas, gin tonic con pulpa de limón, ella; whisky de malta, doce años, sólo con hielo, él; y todo se limitaba a hablar de padres, hermanos, amigos, vecinos; desconocidos mencionados por padres, hermanos, amigos y vecinos; famosos y tertulianos de la tele, y de más vida externa en la búsqueda de una diana apetecible.
No podían evitarlo. Las comparaciones, por supuesto a propuesta de Juan, eran dolorosas y el jugo a sacar de todo aquello, no tenía desperdicio. Adela lo sabía, y al principio se indignaba porque se daba cuenta que estaba haciendo precisamente aquello que ella criticaba a los demás, pero luego pensó que era la única manera de sobrevivir en aquel matrimonio. Sí, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
Últimamente el objeto de todos aquellos comentarios maléficos solía ser Gabriel, el hermano mayor de Juan. Gabriel era la diana preferida por muchos factores que no necesariamente coincidían en ambos. Para Juan era un ser despreciable, un multimillonario que se estaba forrando a costa del trabajo de los ilegales en su empresa de construcción. Era además un villano que trataba con la mafia administrativa para conseguir favores, y recordaba, cada día, cada viernes, la fiesta que dio en su chalet de cuatro plantas con ascensor, garaje para diez coches, piscina cubierta y parcela de diez mil metros cuadrados, y a la que acudieron el alcalde, un famosillo de los de sesenta mil euros por aparición y dos paletos trajeados con cara de ser hermanos de Tony Soprano. No podía ver sus coches de lujo, sus sirvientas mulatas, y su pose de empresario del año cada vez que le preguntaba cómo le iban las cosas. Sólo se contentaba cuando hablaba de sus tres divorcios y cuando recordaba su mirada perdida en aquellos encuentros a solas, casi de resaca, cuando en conversaciones de hermano le confesaba que jamás había sido feliz.
A Adela el odio le venía de haber sido seducida, utilizada y rechazada, por este orden, en varias ocasiones durante sus primeros años de matrimonio. Es más, a punto de casarse con Juan, unas semanas antes, follaron como locos en un motel de carretera durante un fin de semana entero, cuando Juan se marchó con los amigos (me perdonarás hermano, pero tengo un proyecto entre las manos que no puedo dejar escapar) haciéndose mil quinientos kilómetros al sur para disfrutar de una despedida de soltero en las islas.También le odiaba porque era el tipo de hombre que a ella le gustaba, guapo y cabrón seduciendo, como los niños malos; delicado y violento en la cama, como los hombres que saben perfectamente dónde está el barómetro de una mujer. Era un encantador de serpientes, y le odiaba porque le amaba, y no soportaba verlo con aquellas mujeres, cada vez más jóvenes y bonitas, a las que conquistaba y las hacía pasar por el juzgado para garantizarse algo de amor. [....]

5 comentarios:

José Cruz Cabrerizo dijo...

Y a mí que me gustan estos relatos, así con buenos y malos, con las cosas claras y con chicha.
No puedo decir más allá de eso, que me gusta este fragmento.

Abrazos.
José Cruz Cabrerizo

BACO dijo...

Pues eso es suficiente para mí.
Esperemos que el proyecto fragüe y el relato pueda leerse entero (junto con otros).
Un saludo, José

Jesús Ortega dijo...

A mí también me ha gustado. Pero es curioso, yo, al contrario que José, no le veo ni buenos ni malos...

Hay cosas muy finas en tu relato, Esteban, como aquello de "Adela no sabía hacerlo peor"... Esa es una gran verdad: hay personas que no saben hacerlo peor, es decir, que no saben hacerlo (lo que sea) como todo el mundo ni para todo el mundo, aunque el mundo sea alguien tan limitado como tu propio marido...

Abrazos

Miguel A. Zapata dijo...

Buen relato, Esteban. Como un buen filetón de buey a la porteña: vuelta y vuelta por fuera y crudo sabrosón por dentro. "Delicado y violento en la cama..." ¡Qué envidia!

BACO dijo...

Jesús:
¡Jo, cómo hilas! Es clave esa frase en el relato. Significa que la ironía (bien utilizada) es un arma de la inteligencia, y él no llega a comprenderlo. La ironía vive en el filo del cuchillo, a un lado está el sarcasmo, al otro el vacío.
Buena reflexión, Jesús.


Señor de los Micros:Le aseguro que el final no dejará impávido a nadie. Esas noches terminana de una manera...
Gracias por la vista, MAZ