La enfermedad del lado izquierdo

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jueves, 15 de septiembre de 2011

Un cuento de Jon Bilbao

Horror a bordo del Boris Butoma
Por
Jon Bilbao

del libro
RUSIA IMAGINADA: DIEZ VIAJES POR EL PAISAJE RUSO
Nevski Prospects



Desde la ventanilla del tren Anna Ivánovna Pretrova solo veía una llanura nevada. Las únicas alteraciones en el monótono panorama eran las torres de alta tensión y las estacas rojas que asomaban entre la nieve y señalaban las lindes de las propiedades. Sobre todo ello, una techumbre gris de nubes. El límite de los árboles había quedado atrás. Hacía demasiado frío para los árboles. Anna pensaba, sin embargo, que tal ausencia se debía en realidad a lo que moraba en el destino al que se dirigía, algo que con el tiempo lograba corromper árboles y cualquier otra forma de vida. Ni siquiera se podía consolar soñando con la aún lejana primavera. Entonces, cuando la nieve se derritiera, en los espacios despejados no asomarían los brotes nuevos de la tundra, sino que solo vería la luz una tierra negra y pútrida. Así pensaba que sucedería.

Un revisor recorrió el vagón anunciando que acababan de sobrepasar el Círculo Polar Ártico. Sonreía al decirlo. Algunos pasajeros aplaudieron.

Anna no necesitó que le dijeran que estaban llegando a Múrmansk. Un banco de niebla ocultó el triste paisaje. Después comenzaron a vislumbrarse las siluetas de los inmensos tanques de combustible, de los almacenes y de las fábricas.

La corriente del Golfo discurría ante la península de Kola a la altura de Múrmansk y evitaba que el mar se congelara incluso en lo más crudo del invierno, circunstancia que había convertido el lugar en el mayor puerto del norte de Rusia y, posteriormente, en cuartel de la Armada de Guerra Soviética. El precio a pagar por la ausencia de hielo era una niebla permanente, fruto del contraste entre la temperatura del mar y de la atmósfera. Pero Anna tampoco daba crédito a esa explicación.

Caído el comunismo, el dinero para las soldadas y el mantenimiento de los barcos había empezado a escasear. Múrmansk dejó atrás el esplendor vivido durante la Guerra Fría y se sumió en un declive que rebajó el puerto a la categoría de cementerio naval. La desembocadura del río Kola se hallaba erizada de muelles y diques, y estos a su vez de grúas, donde se desmantelaban, cuando no se dejaba que simplemente se pudrieran, naves tanto civiles como de guerra, incluidos los siempre temidos submarinos nucleares.

Su hermana la esperaba en el andén de la estación. A Anna le costó reconocerla. Ella solo era una niña cuando Sofía se casó y se fue de Moscú. Le sorprendió lo envejecida que estaba. Sofía llevaba un anorak con los colores de la bandera nacional, remendado con cinta aislante. Le quedaba demasiado grande; las mangas le tapaban las manos. Las dos hermanas se miraron sin abrazarse.

¿Es tu equipaje?, preguntó Sofía.

Anna asintió. Sostenía una maleta en cada mano.

Te dije que un solo bulto. En casa no tenemos mucho sitio.

Seguro que nos las apañaremos.

Sofía la miró fijamente. Luego dijo:

Ya veremos.

Cogió una de las maletas, hizo una seña a Anna para que la siguiera y echó a caminar hacia el coche. A mitad de camino se detuvo para decir:

Siento lo de tu marido.

Ya. Gracias.

Y siguieron caminando.

El edificio donde vivía Sofía parecía un bloque de nichos: un rectángulo tendido sobre el costado más largo, entre marrón y gris, con hileras de ventanas cuadradas. Alexéi, el marido, estaba sentado a la mesa del salón. Los gemelos, uno a cada lado, observaban lo que hacía. Alexéi aplicaba un soldador a un circuito electrónico. Cuando las dos mujeres entraron ninguno se levantó. Miraron de arriba a abajo a Anna.

Esta es vuestra tía, dijo Sofía.

Alexéi asintió. Los chicos ni siquiera eso. Tenían dieciocho años. A Anna le parecieron indistinguibles. Ambos, y también el padre, eran de rasgos alobunados.

Te enseñaré la casa, dijo Sofía.

Alexéi y los chicos volvieron a lo suyo.

La casa tenía una habitación, que ocupaban los padres; un salón, donde había unas literas para los chicos; una cocina y un baño. La mayor parte de este se hallaba ocupada por una bañera que no era la original de la estancia. Era enorme y reposaba en el suelo como un gran cascarón esmaltado.

Alexéi la trajo de los barcos, explicó Sofía.

También había conseguido en los barcos el calentador de agua, el armario del dormitorio y el óleo cuarteado que adornaba el salón. Anna descubriría más adelante otras cosas, como sábanas y toallas con el nombre de las naves de las que procedían bordado en ellas.

De momento dormirás en la cocina.

¿En el suelo?

Claro, en el suelo.

¿De momento?

Eso es.

Sofía guardó silencio, en guardia por si su hermana replicaba. Como no lo hizo, añadió:

Deja tus cosas donde no molesten demasiado.

Del salón llegaron exclamaciones de alegría. Alexéi y los chicos se daban palmadas en la espalda. Cuando Sofía preguntó qué pasaba, su marido levantó el circuito electrónico, al que había conectado un pequeño altavoz y algo que parecía un tubo negro de un palmo de largo, y dijo:

¡Mira, Sofía! ¡Está funcionando! ¡Funciona!

Del altavoz surgía un tenue crujido.

Muy bien, dijo Sofía, en absoluto impresionada. ¿Podemos cenar ya?

El responsable de que la casa de Sofía y Alexéi, así como varias más en Múrmansk, estuvieran repletas de objetos procedentes de barcos era el mayor Vitali Nóvikov, oficial al mando de la cercana base naval de Severomorsk. Este se veía a sí mismo como una bien aceitada bisagra entre dos eras: la comunista, que continuaba añorando, y la capitalista, que sabía inevitable pero cuya irrupción contemplaba con recelo. Cuando la actividad naval comenzó a mermar y el puerto de Múrmansk pasó a ser un gigantesco desguace y depósito de residuos nucleares, a Nóvikov se le ocurrió una idea para que los habitantes de la ciudad obtuvieran algún beneficio de la nueva situación.

Sirviéndose en parte de su autoridad, en parte de su notable poder de persuasión, había logrado que cada vez que una embarcación era desahuciada y remolcada a los diques de desguace, antes de que las cuadrillas con sopletes comenzaran a despiezarla, la gente de Múrmansk pudiera acceder a la nave y llevarse lo que quisiera. El pueblo recibiría así, sin más coste que el sudor de su frente, a la vieja usanza, unos bienes que podía disfrutar, o bien vender a cambio de unos muy necesarios rublos. Estos desguazadores no profesionales eran como las hormigas que mondan un cadáver hasta no dejar más que el esqueleto; en este caso, el esqueleto era lo realmente valioso: el acero, el noventa por ciento del peso del barco, que los ávidos vecinos de Múrmansk dejaban desnudo, dispuesto para ser troceado y enviado a las acerías, donde se fundía para fabricar los productos de la nueva era.

Anna ayudó a su hermana a preparar la cena. Desde que Sofía se había ido de Moscú solo se habían visto un par de veces; en ambos casos, encuentros breves y de compromiso. En la práctica eran dos desconocidas. Lo que sabían la una de la otra se reducía a recuerdos de una infancia lejana en Moscú; Anna, una niña caprichosa, y Sofía, una adolescente callada que permanentemente parecía estar rumiando algo. Cada una a su modo, siempre insatisfechas.

Anna miraba a Sofía de reojo. No recordaba que su hermana tuviera el rostro tan alargado. Sofía no había cumplido los cuarenta pero ya parecía una anciana. Estaba muy arrugada y tenía las manos callosas, de un color entre rosa y naranja. A Anna no le gustaría que la tocasen unas manos como esas.

Cenaron en el salón y Alexéi explicó a su cuñada cómo iban a ser las cosas en adelante. Toda la familia trabajaba en los barcos, y a partir del día siguiente Anna iría con ellos. A cambio obtendría techo, comida y puede que unos rublos. Por supuesto, también tendría que echar una mano a Sofía en la casa.

Añadió que era un buen trabajo. Algunos desguazadores hacían tonterías. Se metían donde no debían. Habló de cargueros con restos de mineral de uranio en las bodegas. Habló de respirar amianto y asbesto. Pero ellos no, ellos eran listos. Tenían equipos. Además conocían a la gente adecuada. Sabían antes que los demás cuáles eran los barcos que merecían la pena.

Alexéi hablaba con gravedad, los codos apoyados en la mesa, tomando un sorbo de vodka entre frase y frase. Anna le miraba las mejillas, recorridas por un entramado de capilares rotos, y el jersey con puntos saltados. Alexéi se llevó un bocado a la boca y trituró un trozo de cartílago.

El aparato en el que estaba trabajando antes, explicó, era un contador Geiger. Antes tenían otro, pero dejó de funcionar. Le contó, sin ocultar su orgullo, cómo había comprado un tubo Geiger a un soldado de la base y cómo había fabricado él mismo un contador nuevo. Siempre llevaban un contador cuando entraban en un barco. Si detectaba radiación, daban media vuelta.

Anna no supo si sentirse inquieta o tranquilizada por esa información. Lo de la radiación, las historias que había oído, era todo cierto.

No te preocupes, dijo él leyendo su expresión. Es un buen trabajo, repitió. Los hay mucho peores. Desmantelar los submarinos nucleares. Eso sí que es malo. Malo de verdad. No te gustaría nada. A esa gente la desnudan en el mismo muelle y la manguean y la frotan con cepillos, a quince grados bajo cero.

Los chicos no abrieron la boca en toda la cena. Comían con la cabeza muy cerca del plato. Miraban de reojo a Anna, que se había soltado el pelo y llevaba las uñas pintadas de rojo.

Sofía tampoco habló.

En las siguientes semanas Anna descubrió que quizás hubiera trabajos peores, pero que desmantelar barcos no le gustaba nada. Cada mañana la familia acudía a algún muelle para sumarse a una masa de desguazadores pertrechados con palancas, destornilladores eléctricos y sopletes. Cuando los soldados les daban permiso para subir a bordo comenzaba una carrera para llegar los primeros a los camarotes y la cocina, donde se encontraban las mejores piezas. Abundaban los insultos, los empujones y los codazos. Al subir atropelladamente por la pasarela, de vez en cuando alguien caía al agua y los soldados reían a carcajadas. Arramblaban con todo lo que fuera vendible: muebles, vajillas, cocinas, generadores eléctricos, interruptores de la luz, cable, escotillas, ojos de buey, chalecos salvavidas... Para saber cuándo llegaban los barcos, había que pagar a los soldados; para subir a los barcos antes que los demás, había que pagar a los soldados; para acceder a la sala de máquinas y llevarse piezas de los motores, había que pagar a los soldados. Y aun así, instalados al pie de la pasarela, los soldados podían quedarse con lo que quisieran del botín. Del dinero pagado, la mayor parte iba a parar a los bolsillos de Nóvikov.

Había accidentes, había explosiones cuando un soplete cortaba una tubería donde quedaban restos de combustible, había peleas; los desguazadores llevaban cuchillos ocultos bajo las ropas, y algunos, pistolas. Olor a petróleo. El estruendo de los generadores portátiles para alimentar los focos. Días enteros y también noches desmontando tablillas de parqué.

Durante los descansos a Anna le contaban historias. Le hablaron de desguazadores que morían de asfixia al quedar atrapados en espacios confinados; de una bodega repleta de cerdos muertos; de un lobo famélico que encontraron a bordo de un cablero, hecho un ovillo en la cabina del capitán. Nadie sabía cómo había llegado allí. Sus aullidos resonaban en los corredores. Lo dejaron encerrado hasta que enmudeció. A los desguazadores les encantaban esas historias, las repetían una y otra vez, estaban ávidos de ellas, comparaban versiones. Parecían la auténtica razón por la que acudían a los barcos.

Alexéi felicitaba a sus hijos cuando conseguían una buena pieza -una brújula dorada, un samovar, una cristalería casi completa-. Descansaba las manos en la cintura mientras recuperaba el aliento y sonreía viéndolos desmontar una válvula o arrancar un lavabo. Los dos eran obedientes, recios y de pocas palabras. Le gustaría tener no dos, sino diez, veinte como ellos, todos a sus órdenes. Anna seguía sin distinguir a los gemelos, que apenas le hablaban, aunque la observaban fijamente cuando pensaban que ella no se daba cuenta.

Los dos pares de guantes que Anna tenía acabaron destrozados. Los usaba para trabajar. Con el poco dinero que le dio Alexéi, compró una crema para las manos y otros guantes, más resistentes que los anteriores pero no tanto como le recomendó su hermana. Los destrozó igualmente. Continuaba durmiendo en la cocina. Sus cosas, guardadas en las maletas. Cada noche, tumbada en un colchón que debía levantar al amanecer, imaginaba que el resto de la familia susurraba sobre ella. Vestía ropa vieja de los chicos. Se ponía varias camisetas, una encima de otra. Olían a lejía, y debajo de las mangas y a lo largo de la espalda tenían un indeleble color amarillento.

Cada día hacía más frío. Una tarde el sol se puso y ya no volvió a salir. Durante los dos meses siguientes una noche permanente se sumaría a la niebla de Múrmansk. Las chimeneas de las fábricas proyectaban columnas de humo a la oscuridad. Los mejores ratos para Anna llegaban cuando podía disfrutar de aquella inmensa bañera. Su hermana le había prohibido llenarla del todo y siempre aporreaba la puerta en el mejor momento, mientras ella dormitaba con la nuca apoyada en el borde esmaltado. La bañera reposaba sobre calzos de madera y un trozo de manguera conectaba el desagüe con un agujero en el suelo. Mientras Anna se bañaba, la vivienda se sumía en un silencio inhabitual. Cuando salía del baño envuelta en un albornoz y con una toalla en la cabeza, los rostros de todos se volvían hacia ella. Las fosas nasales de Alexéi y de los chicos se dilataban. Anna agachaba la mirada y se metía rápidamente en la cocina.

Por fin consiguió distinguir a los gemelos. Uno la siguió llamando tía pero el otro empezó a dirigirse a ella por su nombre.

Una mañana, mientras ella y el gemelo que la llamaba por su nombre desmontaban lámparas en un viejo dragaminas, este le dijo, sin mirarla a los ojos, que si necesitaba cualquier cosa se lo dijera a él, que podía ayudarla y que le gustaría mucho hacerlo. Añadió que no pensaba dedicarse a eso toda la vida, que iba a dejarlo lo antes posible, que ahorraba para irse a otro sitio.

Y ya no dijo más porque Alexéi apareció en la puerta del camarote donde desmontaban las lámparas y los miró detenidamente y les ordenó darse prisa. Esa noche, durante la cena, Alexéi bebió más vodka del que solía tomar entre semana. Lanzaba miradas de furia al gemelo que llamaba a Anna por su nombre. Después de la cena siguió bebiendo. Sofía intentó quitarle la botella, y él le gritó que se metiera en sus asuntos y la llamó bruja y espantapájaros. Poco después se ponía en pie derribando la silla y empezaba a golpear al gemelo que llamaba Anna a Anna. Este se limitó a cubrirse la cabeza con los brazos mientras su padre le daba puñetazos y patadas. El otro gemelo trataba de detenerlo sin conseguirlo; Alexéi era aún más robusto que sus hijos. Sofía gritaba. Lo llamaba animal y borracho. Por fin Alexéi se detuvo y se metió a zancadas en el dormitorio y cerró la puerta dando un portazo. Anna seguía refugiada en el rincón desde el que, horrorizada, había presenciado la escena.

Algunos días Sofía no iba a los barcos. Hacía la compra o se quedaba en casa limpiando o zurciendo la ropa de su marido y de sus hijos. Esos días le gustaban. Detestaba los barcos. Le habría gustado escapar de Múrmansk en cualquiera de aquellas embarcaciones. Sin embargo se dedicaba a despiezarlas, ayudaba a que nunca más volvieran a navegar.

Cuando se quedaba en casa husmeaba en las cosas de sus hijos y de su hermana. Un día descubrió en una de las maletas de Anna un paquete con tres pastillas de jabón envueltas en papel de celofán; una dorada, una lavanda y una rosa, cada una con su correspondiente lazo plateado. El aroma de las pastillas escapaba de los envoltorios. Y también encontró un par de pendientes que en inspecciones anteriores no estaban allí.

Su hermana no tenía dinero para comprar aquellas cosas. Ni los chicos para regalárselas.

Sofía volvió a dejarlo todo como lo había encontrado.

Alexéi nunca le había regalado pendientes.

Al mayor Nóvikov no le gustaba la comida de la base. Cada mediodía se desplazaba a Múrmansk, a una casa cercana a los muelles, donde una anciana, antigua cocinera de un restaurante en la época dorada del puerto, le preparaba sus platos favoritos. Después de comer hojeaba el periódico o echaba una cabezada en el sofá de la anciana. Si se sentía benevolente atendía a los que, sabiendo que se le podía encontrar allí, acudían a pedirle algo.

Sofía vio el coche de Nóvikov ante la casa de la anciana. Dos soldados montaban guardia en la entrada. Les dijo que quería ver al mayor. Uno pasó adentro mientras el otro se quedaba con ella sin quitarle ojo. Un momento después salía el secretario del mayor y le preguntaba quién era y qué quería. Sofía dijo que era la mujer de Alexéi Vasíliev y que quería hablar con el mayor sobre un barco. El secretario asintió. La iniciativa del mayor de permitir a los vecinos el acceso a los barcos había disfrutado de gran éxito al principio, cuando la gente de Múrmansk había acudido en masa a los muelles, ya fuera por necesidad o como mero pasatiempo. Pero la dureza del trabajo y, sobre todo, el comportamiento territorial de los que afrontaron de forma más profesional la tarea pronto redujeron la afluencia a una serie de grupos organizados. Alexéi y sus gemelos eran bien conocidos por el secretario, que ordenó a Sofía que esperara. Entró en la casa y poco después salía con la noticia de que el mayor hablaría con ella. Antes de permitirle entrar, uno de los soldados la cacheó. En uno de los bolsillos encontró una bolsa de plástico que contenía un fajo de billetes; a Sofía le había costado años ahorrarlos en secreto. El secretario examinó brevemente el dinero y se lo devolvió.

Pasaron al salón, donde el mayor tomaba té en compañía de la anciana. Esta se abrigaba con una bata floreada y de su barbilla crecían unos pelos grises. Nóvikov llevaba la guerrera desabotonada y tenía la cara roja. Los dos habían estado riéndose, recordando viejos cotilleos sobre oficiales que habían pasado por Múrmansk, habituales del restaurante de la anciana. Sofía miró a esta esperando que se levantara y se fuera, pero eso no sucedió. La vieja le dedicó una sonrisa burlona sin moverse de su butaca.

¿Qué quieres?, preguntó el mayor.

Un barco. Antes que los demás.

¿Cuánto tiempo antes?

Unos días. Todos los posibles.

¿Qué tipo de barco?

Uno grande.

El mayor sorbió de su té.

¿Por qué vienes tú en lugar de tu marido?

Él está trabajando.

Está trabajando, y piensa que si te envía a ti a pedírmelo hay más posibilidades de que acceda, dijo el mayor mirándola de la cabeza a los pies.

No tengo ni idea de lo que piensa mi marido, dijo Sofía tendiendo la bolsa con el dinero.

El secretario se adelantó para cogerla y asintió al mayor, que se acarició el vientre y luego preguntó:

¿Hay algún barco como el que nos pide?

El secretario dijo que el Borís Butoma llevaba varios días atracado pero que no tendría turno en los muelles de desguace hasta, por lo menos, dentro de dos semanas.

¿Qué tipo de barco es?, quiso saber Sofía.

Un buque cisterna militar. Veintidós mil toneladas.

Podéis subir a bordo mañana.

Ella negó con la cabeza.

Iremos dentro de dos días.

El secretario se encogió de hombros.

¿Algo más?, preguntó el mayor. Si no es así, puedes irte.

Dos días después Alexéi y los chicos dedicaron la jornada a recorrer Múrmansk y la vecina ciudad de Kola para vender las últimas cosas recuperadas de los barcos. En ocasiones como esa alquilaban la furgoneta de un conocido. Llevaban hablando de ello una semana. A veces las negociaciones se ponían tensas y a Alexéi le gustaba hacerse acompañar por los gemelos para que le guardasen las espaldas. Salvo en esos casos, era una labor mucho más liviana que el trabajo en los muelles. Volvían a casa con dinero en los bolsillos y caprichos que se concedían, como alguna cinta de música para los chicos y, para Alexéi, vodka mejor que el que bebía habitualmente.

A Anna también le gustaban esos días, en los que se veía liberada de ir a los barcos. Podía quedarse en casa con Sofía, que siempre se las arreglaba para mantenerla ocupada o hacerla sentir culpable por algo, pero eso era mejor que desmontar inodoros cubiertos por una costra de porquería o abrir un armario y que una rata te saltara a la cara.

Se tapó hasta la coronilla cuando su cuñado y los gemelos entraron en la cocina a desayunar. Poco después se relajaba al oírlos salir de casa. Cambió de postura, dispuesta a seguir durmiendo un rato más, pero no le fue posible. Minutos más tarde su hermana le ordenaba ponerse en pie. Tenían que ir a un barco. Ellas dos. Le habían hablado de uno al que los desguazadores no podrían subir hasta más adelante, pero ellas iban a hacerlo hoy. Ya lo había arreglado con los soldados.

Anna se quejó, dijo que ellas solas no conseguirían nada. Su hermana respondió que se centrarían en las cosas valiosas de verdad. Y añadió que si dejaban pasar esa oportunidad y Alexéi se enteraba, las echaría de casa a las dos. Anna se puso en marcha a regañadientes, con los pliegues de la almohada aún marcados en la cara. Era de noche. Seguiría siendo de noche durante unas semanas más.

Sofía llevaba anotada la ubicación del Borís Butoma.El muelle donde estaba atracado se encontraba aguas abajo de Múrmansk, cerca de la desembocadura del Kola. Aquella era una zona que no solían frecuentar, un cajón de sastre donde languidecían barcos cubiertos de herrumbre, algunos de ellos escorados o yaciendo ya en el lecho del puerto, junto a otros que aguardaban un atraque mejor. Sofía se detuvo frente a una garita y entregó al soldado que dormitaba dentro el pase facilitado por el secretario de Nóvikov. El soldado lo echó al fondo de un cajón y siguió dormitando. Ellas condujeron todavía un largo trecho hasta alcanzar el muelle. Pasaron ante hileras de almacenes cerrados o en ruinas.

Aquí no hay nadie, dijo Anna.

Mejor. Menos molestias.

Sofía dejó el coche en un callejón entre dos almacenes. Cuando su hermana le preguntó por qué no aparcaba junto al barco, aquella respondió que debían ser discretas. No querían que el coche llamara la atención de alguien, ¿verdad?

¿Quién va a venir aquí?

Coge tus cosas.

La pasarela era estrecha, empinada y solo teníapasamanos a un costado. Subieron por ella haciendo equilibrios, cargadas con el equipo.

¡Vaya!, exclamó Anna cuando llegaron arriba.

Era el barco más grande en el que había estado. Caminaron por la amplia cubierta, recorrida por elsistema contra incendios y de la que asomaban las salidas de venteo de los inmensos tanques que había debajo. Sofía se detuvo.

Es mayor de lo que pensaba, dijo. Si cargamos con todo esto no nos dará tiempo a acabar hoy. Cogeremos solo lo imprescindible y dejaremos aquí el resto.

Comenzó a seleccionar las herramientas que llevarían y a repartirlas entre ella y su hermana.

¿Solo una linterna?, preguntó Anna.

Será suficiente. Estaremos todo el tiempo juntas.

Llevamos el Geiger, ¿verdad?

Por supuesto.

Se dirigieron a la popa y buscaron una escotilla.

Pero en lugar de subir hacia el puente y los camarotes, Sofía comenzó a bajar hacia las bodegas y la sala de máquinas.

¿Adónde vamos?, quiso saber su hermana.

Hoy no tenemos competencia. Lo que haya en los camarotes seguirá allí dentro de un rato. Por una vezquiero echar un vistazo ahí abajo.

Con Alexéi nunca vamos ahí abajo.

Sofía, que iba en primer lugar y empuñaba la linterna, se detuvo y apuntó a su hermana a la cara. Anna se quejó y alzó una mano para protegerse de la luz.

Alexéi se equivoca a menudo, pero no le gusta que se lo digan. Muchos de estos barcos los usaban parahacer contrabando. Si queda algo, no estará en el puente de mando.

Está bien, dijo Anna con reticencia. Pero enciende el Geiger.

Sofía torció la boca pero obedeció a su hermana pequeña. El contador crujió; la medida correspondía a la radiación de fondo que podía encontrarse en cualquier lugar.

¿Más tranquila?

Anna resopló. Siguieron bajando. Se asomaban a las estancias ante las que pasaban pero no veían nada de interés. El suelo de los corredores estaba cubierto de prendas de ropa sucias y arrugadas, cajas rotas y papeles polvorientos. La linterna dibujaba un cono bien definido en la espesa negrura.

¿Sabes dónde estamos?, preguntó Anna. Esto parece un laberinto.

Deja de decir tonterías y abre los ojos. Busca algo que nos podamos llevar. No me dejes todo el trabajo como de costumbre.

Bajaron aún más. Bajaron tanto que Anna no podía creer que todavía siguieran en el barco. Le parecía que tenían que haber abandonado la nave y que lo que ahora recorrían era una red de túneles que se extendía quién sabe si bajo el muelle o bajo el mar. Los mamparos oxidados, el fuerte olor a humedad y el aire pesado, que costaba introducir en los pulmones, reforzaban su impresión. Se cruzaron con unas cuantas ratas.

Sofía se detuvo junto a una compuerta, la abrió y se asomó adentro.

Parece un almacén. Hay cajas. Puede que hayamos tenido suerte.

Anna entró. La estancia era amplia, el techo se elevaba a unos cuantos metros y, en efecto, al fondo había varias cajas de madera, aunque alguien ya las había revisado; estaban abiertas y el suelo sembrado de espuma de poliestireno. Iba a decírselo a su hermana cuando la compuerta se cerró con un fuerte golpe y el almacén, o lo que fuera aquel lugar, quedó sumido en la oscuridad. No había ni un resquicio de luz. Anna gritó llamando a Sofía. No hubo respuesta. Avanzó a tientas hacia la compuerta, o hacia donde creía que estaba. Tropezó con algo y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Siguió adelante arrastrándose. Tanteó el mamparo hasta dar con la compuerta, que encontró bloqueada. Se puso a golpearla con los puños. Mientras tanto no dejó de llamar a su hermana con todas sus fuerzas.

Después de cerrar la compuerta, Sofía había dejado caer todo lo que llevaba consigo, salvo la linterna, y echado a correr para alejarse de los gritos de Anna. Llegó a unas escaleras que subió de tres en tres. El haz de luz brincaba ante ella. Tomó un corredor por el que no recordaba haber pasado antes; los gritos de Anna cada vez más distantes. Nuevas escaleras y otro corredor, medio obstruido por unas estanterías y una pila de cajones y sillas rotas. Al sobrepasar la barrera, esta se vino abajo y terminó de cegar el pasillo. Siguió corriendo. Su hermana golpeaba un mamparo con algo sólido, seguramente la palanca que llevaba entre su equipo. Todo el Borís Butoma temblaba.

Al acometer un nuevo tramo de escaleras, Sofía tropezó, la linterna se le escapó de la mano, cayó contra un escalón, se oyó el ruido de un cristal al romperse y todo quedó a oscuras. En el almacén, Anna reunió sus últimas fuerzas para dar otro golpe con la palanca. Luego se dejó caer sentada en el suelo. Lloraba. Se le ocurrió que podría aplicar la palanca al borde de la compuerta y que quizás así lograra abrirla. Sin embargo siguió sentada y llorando y repitiendo entre sollozos e hipidos el nombre de su hermana.

Sofía tanteó los escalones hasta dar con la linterna. No hubo forma de encenderla. La bombilla estaba rota. Se cortó en un dedo al comprobarlo. Se maldijo a sí misma. Luego se repitió que tenía que mantener la serenidad, que con serenidad saldría de allí. No sabía en qué parte del barco estaba, pero todo lo que tenía que hacer era subir. Buscar unas escaleras y subir. Siempre hacia arriba. De esa forma llegaría a la cubierta o a algún sitio donde hubiera luz. Entonces recuperaría la otra linterna y volvería a por su hermana.

Solo quería asustarla. Dejarla encerrada a oscuras un rato. Luego le diría que se había desorientado y dado vueltas por los corredores hasta conseguir encontrar de nuevo el almacén. Su hermana no la creería, aunque eso no tendría importancia. Sofía quería que se fuera. Por el miedo producido por el encierro, por la evidencia de que no era querida o por ambas razones. Eso era lo que Sofía había planeado. Quería que las cosas volvieran a ser como antes, cuando Alexéi y ella y los gemelos estaban solos y todo iba bien.

Se pegó a un mamparo y, arrastrando los pies para no tropezar con las cosas que había por el suelo, avanzó en busca de unas escaleras.

Anna dejó de repetir el nombre de su hermana. Calló un momento y empezó a llamar a Alexéi. Él encontraría aquel sitio y la sacaría de allí. Alexéi derribaría la puerta si no quedaba más remedio. En cuanto notara su ausencia se lanzaría a buscarla. Y luego echaría a Sofía de casa por haberle hecho aquello a su hermana. La echaría a patadas.

Alexéi era mucho mejor que su difunto marido. Este se emborrachaba cada noche; Alexéi, solo los fines de semana. Y era inteligente; había fabricado el contador Geiger para protegerse a sí mismo y proteger a su familia. Había mantenido a Anna a salvo de la radiación. Gracias a él seguía conservando los dientes y su bonito pelo. Y la casa no estaba mal, con todas aquellas cosas que había llevado de los barcos. Solo le hacían falta unos arreglos. Los chicos eran mayores y pronto se irían, y entonces ella y Alexéi dispondrían de tranquilidad y de más sitio para ellos.

Alexéi, Alexéi... ¿Dónde estás?

Se abrazó a sí misma y cerró los ojos con fuerza para no ver la oscuridad. Seguiría así todo el tiempo que fuera necesario.

Adelante y hacia arriba.

Sofía subió a tientas un tramo de escaleras y se topó con una compuerta cerrada. Fue incapaz de abrirla. Deshizo el camino. Había adoptado el método de no apartar su mano izquierda del mamparo del mismo lado. Creía que así evitaría moverse en círculos. Respiró hondo. Había que dar con otra escalera. Buscar luz. Cualquier luz.

Maldijo la noche polar.

Adelante y hacia arriba.

Alexéi y los gemelos entraron en casa riéndose. Habían vendido todo el cargamento y a buen precio. Alexéi llegaba achispado. Había comprado una botella de vodka por el camino y la había abierto en la furgoneta. Uno de los gemelos se encargó de conducir.

Se extrañaron al no encontrar en casa a ninguna de las mujeres. Alexéi estaba hambriento y rompió a maldecir. Las cosas de Sofía y Anna seguían donde siempre. No había ninguna nota que informara de que hubieran salido. De pronto Alexéi corrió al dormitorio y miró bajo la cama, donde guardaban el equipo que llevaban a los barcos. Sus maldiciones se redoblaron. Aquellas perras se lo habían llevado todo. Los sopletes, el contador Geiger… Habían abandonado sus escasas y estúpidas pertenencias pero se habían llevado lo único que había de verdadero valor en la casa. A continuación Alexéi miró en el escondite secreto de su mujer, un hueco detrás de un rodapié, donde ella guardaba sus ahorros, y lo encontró vacío. Ordenó a uno de los gemelos que corriera a ver si el coche estaba donde tenía que estar. Mientras tanto siguió insultando a las dos hermanas. Aseguró que ellas solas no conseguirían nada. Que morirían de hambre o que volverían a casa con la cabeza gacha y en adelante tendrían que hacer siempre lo que él dijera. Y añadió que entonces preferirían haber muerto de hambre.

Luego ordenó al otro gemelo que le preparara algo de cenar y él se sentó a la mesa del salón y siguió maldiciendo y bebiendo.

Su hijo obedeció. Entró en la cocina y cerró la puerta. Apoyado en el borde del fregadero lloró en silencio. Se tapó los ojos con una mano mientras se mordía la otra para que su padre no lo oyera. El llanto le deformó los rasgos. Imposible saber de cuál de los gemelos se trataba.

Primer amanecer después de dos meses de oscuridad. El sol asoma tras el horizonte y tiñe de color salmón las nubes.

La casa de Alexéi está más desordenada y sucia que cuando su mujer vivía allí, pero entre él y los chicos se las apañan. Vuelven de los barcos al final de la tarde, Alexéi se sienta a beber, se acuerda de Sofía. Seguro que ella llevaba tiempo pensando en irse; la llegada de su hermana aceleró sus planes. La echa de menos a ratos. Los gemelos preparan la cena, la llevan a la mesa. Él toma un bocado y dice:

No está mal. No está mal.

Después dice que ha oído hablar de un buque cisterna que llegará a los muelles en pocos días. Podría ser interesante. Se pregunta en voz alta si merecerá la pena pagar a Nóvikov para subir a bordo antes que los demás. Los gemelos cenan en silencio. Su opinión no importa.

Al mayor Nóvikov no le ha sentado bien la comida. La empanada que la anciana le ha servido como segundo plato llevaba demasiadas coles en el relleno. Se suelta el botón del pantalón y resopla. Se pone en pie tambaleándose y llama a su secretario. Cuando este aparece Nóvikov le dice que antes de volver a la base dará un paseo para bajar la comida. Luego le ordena buscar a esa bruja y sacarla del rincón donde esté escondida. Quiere que ella lo acompañe.

Poco después Nóvikov recorre los muelles a pie. Lleva el cuello del abrigo levantado y suelta pequeños eructos por un costado de la boca. La anciana lo sigue a regañadientes. Sopla un viento húmedo y helador. La anciana tirita. Nóvikov se da cuenta pero hace como que no. Esa vieja no se moverá de allí hasta que él le permita irse. La próxima vez tendrá más cuidado a la hora de preparar el relleno de la empanada. Ya le había dicho que tiene problemas para digerir las coles.

El mayor se detiene con expresión contraída en el borde del muelle. El agua es de color grafito y en la superficie flota basura y las manchas de hidrocarburo forman unas auras multicolores alrededor. Si la maldita corriente del Golfo no pasara por allí, tendrían hielo, piensa. El hielo tiene sus cosas buenas. Evita ver el sucio color del agua y también la basura. En otros puertos tienen hielo y se las apañan. A continuación menea la cabeza y sonríe, divertido por la capacidad de las personas para envidiar incluso lo que no quieren.

Fuente:
http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/2083/Horror_a_bordo_del_Boris_Butoma

martes, 13 de septiembre de 2011

Un cuento de Miguel Sanfeliu




El hombre invisible


Recuerdo que ella me dijo que su padre había muerto. Creo recordarlo bien, aunque en aquel momento yo estaba desabrochando los botones de su blusa en el interior de mi coche y es posible que la memoria me esté jugando una mala pasada, pero no lo creo. Lo dijo claramente: muerto desde hacía varios años, de repente, un infarto o algo así; por eso me extrañó tanto verlo sentado en el salón de su casa cuando ella me invitó a subir a conocer a su madre. Un hombre más bien pequeño, calvo, de aspecto desvalido, sentado con las piernas muy juntas en uno de los sillones situados junto a la ventana y que me miraba como si me suplicase algo.
—Creía que tu padre había muerto —dije.
—Y así es —me respondió ella.
Y yo me quedé con una medio sonrisa en la cara, sin acabar de entender qué era lo que ocurría. Volví a mirar al hombre. Seguía allí, observándome con expectación.
—Siéntate, te traeré un café —me dijo Lidia.
Y yo no tuve tiempo de preguntarle quién era aquel hombre. No encontré las palabras apropiadas. La vi desaparecer tragada por la cocina y estuve un rato parado, de pie, pensando qué hacer, hasta que decidí acercarme a él y sentarme a su lado, en el sillón que quedaba libre.
—Hola —le dije.
Tardó un poco en contestar. Primero miró a nuestro alrededor por si había alguien más con nosotros y, al comprobar que estábamos solos, se inclinó un poco hacia delante.
—¿Puede usted verme?
Me sorprendió su pregunta. Se me ocurrió entonces que aquel hombre era en realidad un fantasma, el fantasma del padre muerto de Lidia a quien, vete a saber por qué, yo podía ver. Esta idea me puso nervioso.
—Sí —dije—, puedo verle.
Y pensé en ofrecerme como intérprete, por si quería decirle algo a su familia, o en preguntarle qué tal era la vida en el otro lado, si se encontraba bien, si era feliz, de algún modo, si necesitaba que fuéramos corriendo a una iglesia a rezar por él, no sé.
—Ellas dicen que no existo —me dijo casi en un susurro.
Una bola empezó a hacerse grande en mi garganta y tuve que carraspear.
—¿Cómo dice?
—Que ellas dicen que no existo. Hacen como que no me ven. Me ignoran. Es así desde hace tres años. Aún no sé por qué. Fue cosa de mi mujer. Ella fue la que me condenó a este estado ¿sabe?
Pero la verdad es que yo no sabía de qué me estaba hablando. No entendía nada de lo que decía.
—Fue hace tres años. Tres años llevo viviendo este infierno, joven. Tres años. Demasiado tiempo ¿no cree? —miró un momento por la ventana, como si rememorase algo, y luego volvió a mirarme y siguió hablando—. Todo por una tontería. Muy injusto, créame. Yo siempre he procurado que no les faltara de nada. No fue culpa mía perder el trabajo. ¡Claro que se me agrió el humor! ¿A quién no? A ver, dígame, si a usted le despiden después de veinte años trabajando en la misma empresa, dígame, ¿tiene ganas de estar riendo? Yo estaba que mordía, es cierto. Muy alterado, mucho. Saltaba por cualquier cosa. ¡Ala! El teléfono contra la pared, el plato de comida a tomar por culo, la silla a la mierda. ¡Todos a la mierda! ¡Todos! ¡A la mierda!
Miré hacia la puerta de la cocina, convencido de que Lidia saldría; o su hermana o su madre vendrían a ver qué pasaba, pero no apareció nadie, como si aquel hombre no estuviera gritando a pleno pulmón como un loco.
—Cálmese, por favor —dije.
—No se asuste, joven. Gritar es lo único que me queda. Y nunca me sirve de nada. ¿Ve como nadie me hace caso? De no ser por usted yo ya empezaba a pensar que era invisible. Lo han conseguido. Esta situación es horrible. Ella reunió a las niñas, delante de mí. Yo estaba aquí sentado, aquí mismo, como ahora. Y ella y las niñas sentadas alrededor de la mesa esta de aquí —señaló la mesa que estaba en el centro del salón, una mesa marrón oscuro, de madera—. Les dijo: niñas, vuestro padre ha muerto, se ha ido, ya no vive con nosotras. Y yo aquí. No se lo pierda. ¡Yo aquí mismo! Y ella diciendo que ya no estoy, que no existo. Yo pienso: ¿pero qué coño dice esta tía loca? Me levanto y le pregunto qué está diciendo a las niñas. Y ninguna me mira. Les grito. ¿Qué pasa aquí? Y ni caso, como si de verdad no me oyeran. Ni me miraban. Vamos, que ni me han vuelto a mirar ni a hablar desde ese día. No me ponen plato en la mesa, ni silla; como en la cocina, solo, las sobras que encuentro por ahí. ¿Se puede creer lo que le estoy contando?
—Pues, la verdad…
—Claro. No me extraña. ¿Quién puede creerse algo así? Si es que es de locos, es de locos. Yo hablo, me muevo por la casa, y nada, ni me miran. A veces me rebelo ¿sabe? Un día, al principio, me encerré en el cuarto de baño y estuve allí tres días, sin comer ni nada, para ver si me pedían que saliera, pero nada. No me dijeron nada. Las oía decir que el baño estaba estropeado y no sé cómo se las apañaron, pero ninguna habló conmigo. Al final salí de allí, claro. Tenía hambre. Luego he intentado varias cosas. Bah, tonterías. Ni se inmutan. Las empujo cuando nos cruzamos por el pasillo y siempre dicen que han tropezado con algo y pasan de mí. O les apago el televisor y ellas dicen que se ha estropeado y se van a otro cuarto. No sirve de nada. Esto es inaguantable. No es vida, se lo digo yo. Soy un muerto en vida. Un muerto en vida… Y sí, podría marcharme, claro que podría, pero no sé adónde ir ¿se lo puede creer? A veces bajaba a la calle y charlaba con algún tendero, para asegurarme de que todavía estaba aquí, para comprobar que había gente que podía verme. Pero ya no salgo. Quizá me he acostumbrado a ser invisible. No sé. Además, ella fue diciendo por ahí que dejaran de verme, que me ignoraran, y sé que algunos le hacían caso. Cada vez tenía que ir más lejos para encontrar a alguien que admitiese mi presencia.
El hombre empezó a sollozar y yo fui incapaz de animarlo. Nunca me había encontrado con una situación así. No sabía qué podía aconsejarle. Pensé en ponerle una mano en el hombro, pero entonces apareció Lidia con dos tazas de café, una para ella y otra para mí. Se sentó a mi lado, en una silla, y me sonrió.
—¿Qué tal estás? —me dijo.
—Bien, es sólo que no entiendo la situación de tu padre…
Ella se puso tensa.
—¿Qué quieres entender? Ya te dije que murió. No hay nada que entender.
—¿Y quién es este hombre, entonces? —dije señalando al sillón en el que estaba sentado.
—¿Qué hombre? ¡Por el amor de Dios! ¿Qué te pasa?
—Este hombre que está aquí sentado.
—¡Ahí no hay nadie! ¿Qué pretendes? Me estás asustando. Mi padre murió, ya te lo dije.
El hombre entonces empezó a decir que no estaba muerto, como una letanía, para molestar nuestra conversación.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Pero ella parecía no oírle. Cuando miraba hacia el sillón como yo le pedía, parecía no verle. Todo era muy extraño. Llamó a su madre, y a su hermana, para que me confirmaran que el hombre estaba muerto. Y ellas me lo confirmaron, claro. Una tragedia, dijeron. Murió de repente. No pudo superar su despido. Nunca hablaban de ello porque son recuerdos dolorosos.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Me contaron que estaba irascible, que la vida con él se volvió insoportable, pero no le guardaban rencor. Un día salió y ya no volvió, contó la madre. Murió en la calle, ésa era la versión oficial. Fue terrible, me dijeron.
Y el hombre seguía con su letanía.
—No estoy muerto, no estoy muerto, no estoy muerto…
Pero nadie le hizo caso. Tomamos el café tranquilamente y luego me marché.
La siguiente vez que visité la casa de Lidia, el hombre seguía allí, sentado en el mismo sillón, y su rostro se iluminó al verme, sin duda ilusionado ante la perspectiva de charlar con alguien. Pero hice como que no le veía. Me saludó y fingí no escucharle. Entonces agachó la cabeza y empezó a balancearse ligeramente, adelante y atrás, diciendo: «Me llamo Ricardo Sepúlveda Gutiérrez y no estoy muerto». Una y otra vez, como si rezara.
Lo ignoré por completo. A fin de cuentas, Lidia era una muchacha que me gustaba bastante.



Tuve el placer de conocer a Miguel Sanfeliu esta primavera y de volverlo a ver en la Feria del Libro de Madrid y en la presentación del nuevo libro de Miguel A. Zapata.

Amante del cuento y excelente practicante de lo breve, creo que dará mucho que hablar.

Los pequeños placeres saldrá a la venta este mes de septiembre.

lunes, 22 de agosto de 2011

Un cuento de Joao Anzanello Carrascoza



SEÑAL DE LOS TIEMPOS
Por: Joao Anzanello Carrascoza.


La pareja se detuvo en mitad del camino para descansar. Estaban los dos extenuados de tanto huir. Se cobijaron en un establo, al costado de la carretera, y enseguida la mujer sintió las primeras señales. Había sido una parada providencial, el momento y el lugar adecuados para que naciera el niño. Nadie sospecharía de un establo en medio de una carretera desierta.

En esa noche, bajo la luz sin pausa de una estrella, la mujer sufrió intensamente los dolores del parto. La madrugada ya estaba alta cuando, entre sus gemidos sordos, se distinguió un extraño vagido.

Miraron al niño, atónitos. Pero se cuidaron de no caer en el mismo error del pasado. Aprovecharon restos de madera que por allí había y separaron dos trozos, preparando el ritual. Fueron rápidos. El marido, carpintero, tenía mucha práctica.

Allí mismo crucificaron al niño. Luego juntaron los animales y siguieron viaje.











Acabo de terminar de leer El volumen del silencio. Editado por Baile del Sol, comprende una selección de los mejores relatos del cuentista João Anzanello Carrascoza. Ha sido todo un descubrimiento y he disfrutado con muchos de estos relatos como hace mucho tiempo no disfrutaba de un volúmen de cuentos. Más adelante publicaré una reseña del libro, pero sirva esta introducción para recomendarlo a mis amigos amantes de lo breve.


lunes, 10 de enero de 2011

Festival de minificción en madrid

El tamaño SÍ que importa
Ya sabéis el dicho:
"lo bueno, si es breve, dos veces bueno"
mICROrRELAToS
MIERCOLES 12 DE ENERO
DIABLOS AZULES
21:00 HORAS
Espero veros por allí

viernes, 3 de diciembre de 2010

“Cuentos de la Carne”, Ana Patricia Moya

Groenlandia presenta:

“Cuentos de la Carne”
Ana Patricia Moya

El nuevo libro de relatos eróticos.

Ya disponible en los siguientes links:

http://www.scribd.com/doc/44552401/Cuentos-de-La-Carne
http://www.issuu.com/revistagroenlandia/docs/cuentos_de_la_carne
*****
Por fin Periquilla saca los pies bajo la sábana y nos muestra su narrativa corta.
De la mano de Pepe Pereza nos adentraremos en los rincones más protegidos de su cerebro.
Porque lo erótico, ya saben, reside en la cabeza.
En una habitación siempre iluminada.
La que ocupa la imaginación.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Un cuento de Ana María Matute (¡PREMIO CERVANTES!)




El niño al que se le murió el amigo


Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:


-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.


El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.


Extraído de “El árbol de oro y otros relatos”, de Ana María Matute

Recupero esta entrada. Ana María Matute se merece el Premio Cervantes. Me he alegrado mucho, porque mucho he disfrutado de sus relatos.
¡Disfruta, reina!

martes, 2 de noviembre de 2010

Un cuento de Alejo Carpentier



Viaje a la semilla




I


-¿Qué quieres, viejo?...


Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.


Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.


Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.




II


Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.


Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.


En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.


El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.


Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida




III


Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.


Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.


Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.




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A propósito del cuento al revés (el cuento que comienza por el final, por el desenlace, pero que mantiene la intensidad y atrapa al lector hasta el final, que es el principio) incluimos en el nº3 de AOLdE un relato de Fernando Aramburu ("Enemigo del pueblo", de su libro Los peces de la amargura) que, a nuestro parecer, cumple con creces el requisito y es un ejemplo a seguir. Javier Serrano (también publicado en ese número) añade este otro cuento clásico a la lista.


viernes, 29 de octubre de 2010

Un cuento de Felisa Moreno Ortega


EL NÚMERO CUATRO

No sé cuánto tiempo llevo encerrada aquí. Al principio gritaba y arañaba las paredes con mis uñas, hasta sangrar. Finalmente desistí; a veces un pequeño sollozo me asaltaba, otras era una lágrima salada que rebañaba ansiosa con mi lengua para deleitarme en su sal, hastiada de los alimentos tan sosos que me obligaban a ingerir.

La habitación tiene cuatro muebles, es importante lo del número; todo aquí es par, menos yo, aunque pienso que también estoy duplicada. Algunos días consigo verme a mí misma tumbada encima de la cama, con las piernas cruzadas y las manos sobre el pecho, como en el último reposo de un difunto. En una esquina hay un par de sandalias de tacón alto, están destrozadas y cubiertas por una pasta seca. No me atrevo a tocarlas.
El armario está vacío, tiene cuatro cajones, con frecuencia los saco y me entretengo con ellos, los alineo y les explico la lección, como cuando era niña y jugaba a ser maestra. Aunque parecen iguales, cada uno dispone de una personalidad diferenciada, el izquierdo superior atesora una mancha de aceite en el fondo con forma de diamante, el inferior está desconchado en el frontal, como si hubiera sido picoteado por un ave hambrienta. El superior derecho huele intensamente a alcanfor y el cuarto sufre un descuadre estructural, lo que obstaculiza el encaje en su hueco.
Me divierte meterme dentro del armario, permanezco un buen rato aspirando el aire viciado y oscuro. Cuando por fin salgo, disfruto con la sensación de libertad, lleno los pulmones de aire y grito con todas mis fuerzas. Las paredes acolchadas se tragan el sonido de mi voz, como los pavos de la abuela engullían el maíz hinchado que le arrojábamos desde la puerta del corral. ¿Por qué recuerdo esos pavos de moco colorado y no el motivo por el que estoy aquí?

El otro mueble es una butaca de piel sintética, con cuatro patas y cuatro botones adornando el respaldo. Juego a marcarlos en mi espalda, hasta hacerme daño, otra excusa para gritar. El sillón es rígido, como los que se ven en los hospitales de la seguridad social.

Un descalzador es el tercer elemento. Siempre me pregunto qué hace aquí, si yo no tengo zapatos. Me da asco usar las sandalias, aunque debieron de ser bonitas en su momento. Creo que los pies me han crecido de tanto andar descalza por la habitación. La banqueta me da escalofríos, siento como si estuviera allí para recordarme algo que trato de olvidar.

El cuarto mueble, y último, es la cama. No tiene mantas, ni colcha, ni sábana superior; sólo la bajera, fuertemente sujeta al colchón con unas correas. No puedo taparme con nada y eso me impide conciliar el sueño. Para mí no existía mayor placer que esconderme bajo una sábana, sentirla sobre mi cuerpo, resguardarme en el hueco que moldea, acogedor y cálido como el vientre de una madre. Hay cosas que transcienden de la propia memoria.

Además del mobiliario y las sandalias, junto a una esquina hay una ducha y un váter. De la ducha casi nunca sale nada. Todos los días, cuando creo que es de día, porque nunca veo la luz del sol, abro el grifo y me meto en ella, esperando que caiga el agua sobre mí. Puedo aguardar durante horas. He aprendido que, casi siempre, la paciencia me es recompensada. Aun así, en ocasiones, me desespero y golpeo la pared con los puños, hasta despellejarlos. El agua me calma, la necesito, ¿por qué me la niegan?

No hay espejos, apenas recuerdo cómo es mi cara. La recorro con los dedos, creo que soy guapa, la piel suave, las facciones rectas, el cuello largo, los hombros esbeltos. Estoy desnuda, ya me he acostumbrado. Llevo peor lo de no tener sábanas para cubrirme por las noches. Mis miedos infantiles me atacan, nada me protege de los monstruos.

No sé lo que he hecho para merecer este castigo. Ni siquiera sé si esto es un castigo o una forma de vida. Me cuesta trabajo recordar los momentos en los que me movía libremente por las calles, cuando el sol me calentaba el rostro y el aire despeinaba mi cabello y me arrullaba con sus susurros. A veces pienso que todo eso sólo es un sueño, que no hay otra realidad que la que encierran estas cuatro paredes. Cuatro.

Los zapatos. Es lo último que recuerdo con claridad, estaban allí, sobre un estante forrado con terciopelo verde. Eran unas sandalias doradas, con pequeñas incrustaciones de brillantes y tacones de vértigo. Me recuerdan a las que yacen abandonadas en una esquina de este cuarto. Cuánto las desee nada más ver mis pies vestidos con ellas. El precio…, sí, eran muy caras.

La puerta se abre, es la hora de la cena, entra el encapuchado de siempre y me deja la comida en el suelo. Como todos los días le pregunto quién soy, qué hago allí encerrada, obtengo el mismo silencio que ayer, la misma indiferencia a mis gritos.

Las sandalias…, eran realmente preciosas, con ellas puestas me sentía la reina de la fiesta, capaz de conseguirlo todo, incluso ese papel en la nueva película de un afamado director. ¿Soy actriz?

Sí, era un contrato para hacer una película, me lo ofrecieron nada más ver mis zapatos, ¿o fue al revés?, ¿compré las sandalias después de firmarlo? Recuerdo algunas palabras sueltas, recuerdo la boca con bigote fino que las pronunciaba: cine experimental..., oportunidad única en su carrera..., mucho dinero..., estudio sobre soledad..., mucho dinero... Recuerdo que pensé que con esa cifra podría comprarme las preciosas sandalias doradas.

Cómo he podido olvidar algo tan importante. Me siento en el descalzador para comer, la bandeja sobre mis rodillas. La comida se compone de una sopa y un puré indescriptible. Este último cambia de color cada día, pero mantiene el gusto insulso, a cartón mojado. He pensado en dejar de ingerirla, si enfermo tendrán que llamar a un médico y él me sacará de aquí; siempre desisto, el hambre consigue doblegar mis propósitos. Es un puño que aprieta mi estómago y me obliga a tragar.

El número cuatro sigue rondando mi cabeza, como si fuera lo único que puede sobrevivir dentro de ella. Cuatro, cuatro, cuatro… ¿Cuatro qué? Cuatro muebles en la habitación, cuatro cajones, cuatro botones en un sillón, cuatro… ¡¡¡¡¡¡años!!!!!!
De repente lo comprendo todo, mi memoria intermitente vuelve a torturarme con la verdad, he vendido cuatro años de mi vida para comprarme unas sandalias.

Cuatro, cuatro, cuatro… ¿Cuatro qué?


(Relato incluido en el libro Trece cuentos Inquietantes, editorial Hipálage, 2010)


Felisa Moreno Ortega : http://felisamorenoortega.blogspot.com/


miércoles, 20 de octubre de 2010

Un cuento de Jean-Marie Gustave Le Clézio





“La Rueda de Agua”

El sol todavía no ha salido sobre el río. Por la angosta puerta de la casa, Juba mira las aguas planas que ya espejean, al otro lado de los campos grises. Se incorpora en la cama, aparta la sábana que lo envuelve. El aire frío de la mañana le da escalofríos. En la casa oscura, hay otras formas enrolladas en las sábanas, otros cuerpos dormidos. Juba reconoce a su padre, al otro lado de la puerta, a su hermano y, al fondo, a su madre y a sus dos hermanas muy juntas bajo la misma sábana. Un perro ladra largamente, en alguna parte, con una voz extraña que canta y luego se estrangula. Pero no hay muchos ruidos en la tierra, ni en el río, pues el sol todavía no ha salido. La noche está gris y fría, lleva el aire de las montañas y del desierto y la luz pálida de la luna.
Juba mira la noche temblando, sin moverse de su cama. A través de la manta de juncos trenzados, el frío de la tierra sube y se forman gotas de rocío sobre el polvo. Fuera, las hierbas brillan un poco, como filos húmedos. Las acacias grandes y delgadas están negras, inmóviles en la tierra resquebrajada.
Juba se levanta sin hacer ruido, dobla la sábana y enrolla la estera, luego camina sobre el sendero que atraviesa los campos desiertos. Mira el cielo, al este, y adivina que el día aparecerá de un momento a otro. Siente la llegada de la luz en el fondo de su cuerpo, y la tierra también lo sabe, la tierra labrada de los campos y la tierra polvorienta entre los arbustos de espinos y los troncos de acacias. Es como una inquietud, como una duda que viene desde el cielo, recorre el agua lenta del río y se propaga a ras de la tierra. Las telas de araña tiemblan, los pastos vibran, los moscardones sobrevuelan las charcas, pero el cielo está vacío, pues los murciélagos se han ido y todavía no han llegado los pájaros. Bajo los pies descalzos de Juba, el sendero es duro. La vibración lejana camina al mismo tiempo que él, y los grandes saltamontes grises comienzan a brincar por los pastos. Lentamente, mientras Juba se aleja de la casa, el cielo se aclara río abajo. La bruma desciende entre las orillas, a la velocidad de una balsa, estirando sus membranas blancas.
Juba se detiene en el camino. Mira un instante el río. Sobre las orillas de arena, los juncos mojados están inclinados. Un gran tronco negro oscila en la corriente, se hunde y saca sus ramas como el cuello de una serpiente que nada. La sombra está todavía sobre el río, el agua es pesada y densa, fluye formando pliegues lentos. Pero más allá del río, ya aparece la tierra seca. El polvo es duro bajo los pies de Juba, la tierra roja está quebrada como las vasijas viejas, los surcos zigzaguean, semejantes a antiguas fisuras.
La noche se abre poco a poco, en el cielo, sobre la tierra. Juba cruza los campos desiertos, se aleja de las últimas casas de campesinos, ya no ve el río. Sube un montículo de piedras secas de donde cuelgan algunas acacias. Juba recoge del suelo algunas flores de acacia que mastica al escalar el montículo. El jugo se esparce en su boca y disuelve el embotamiento del sueño. Al otro lado de la colina de piedras esperan los bueyes. Cuando Juba llega cerca de ellos, los grandes animales patean cojeando y uno de ellos echa la cabeza hacia atrás para mugir.
«¡Tttt! ¡Uta, uta!», dice Juba y los bueyes lo reconocen. Sin dejar de chasquear con la lengua, Juba les quita las trabas y los conduce hacia lo alto de la colina de piedras. Los dos bueyes avanzan con dificultad, cojeando, porque las trabas han entumecido sus patas traseras. El vapor sale de su hocico.
Cuando llegan frente a la noria, los bueyes se detienen. Se agitan y tiran para atrás, hacen ruidos con la garganta, las pezuñas golpean el piso y despiden piedras. Juba ata los bueyes en el extremo de un largo madero. Mientras ajusta las bestias en el yugo, sigue chasqueando la lengua contra el paladar. Las moscas comienzan a volar alrededor de los ojos y el hocico de los bueyes y Juba ahuyenta las que se posan en su cara y en sus manos.
Los animales esperan junto al pozo, el pesado timón de madera cruje y rechina cuando dan un paso adelante. Juba tira de la cuerda atada al yugo y la rueda comienza a gemir, como un barco que se sacude. Los bueyes grises caminan pesadamente por el sendero circular. Las pezuñas se apoyan sobre las huellas del día anterior, cavan los antiguos surcos en la tierra roja, entre las piedras. En el extremo del largo madero está la gran rueda que gira al mismo tiempo que los bueyes y cuyo eje impulsa el engranaje de la otra rueda vertical. La larga correa de cuero baja hasta el fondo del pozo, llevando los cubos hasta el agua.
Juba excita a las bestias haciendo chasquear la lengua continuamente. También les habla, en voz baja, suavemente, porque la oscuridad envuelve aún los campos y el río. La pesada máquina de madera rechina y cruje, se resiste, vuelve a empezar. Los bueyes se detienen cada tanto, y Juba tiene que correr tras ellos, darles un latigazo en las nalgas, empujar el timón. Los bueyes retoman su marcha circular, la cabeza gacha y resoplando.
Cuando el sol sale por fin, ilumina de una vez los campos. La tierra roja está llena de surcos, muestra sus bloques de greda seca, sus piedras agudas que brillan. Sobre el río al otro lado de los campos, la bruma se rasga, el agua se ilumina.
Una bandada de pájaros surge brutalmente de las orillas, entre los juncos, estalla en el cielo claro lanzando su clamor. Son las gangas, las perdices del desierto, y sus gritos agudos sobresaltan a Juba. De pie sobre las piedras de los pozos, las sigue por un instante con la mirada. Los pájaros suben alto en el cielo, pasan frente al disco del sol, luego se inclinan nuevamente hacia la tierra y desaparecen en las hierbas del río. Lejos, al otro lado de los campos, las mujeres salen de las casas. Encienden los braseros, pero la luz del sol es tan nueva que no llega a empañar el brillo rojo del carbón de madera que está ardiendo. Juba oye gritos de niños, voces de hombres. Alguien, en alguna parte, llama y su voz aguda resuena largo rato en el aire:
«Ju-uuu-baa».
Ahora los bueyes caminan más rápido. El sol recalienta sus cuerpos y les da fuerzas. El molino gime y rechina, cada diente del engranaje cruje al encajar en el otro, la correa de cuero, tensa por el peso de los cubos, produce una vibración continua. Los cubos suben hasta el brocal del pozo, se derraman por la canaleta de chapa, vuelven a bajar golpeando las paredes del pozo. Juba mira el agua que fluye haciendo olas a lo largo de la canaleta, corre por la acequia, baja a espacios regulares hacia la tierra roja de los campos. El agua corre como tragos lentos y la tierra seca bebe ávidamente. El barro invade el fondo del foso y el flujo regular avanza, metro a metro. Juba no se cansa de mirar el agua, sentado sobre una piedra en el borde del pozo. Junto a él, la rueda de madera gira muy lentamente, crujiendo, y el zumbido continuo de la correa sube por el aire, los cubos golpean contra la canaleta de chapa, uno después de otro, derraman el agua que fluye sibilante. Es una música lenta y llorosa como una voz humana, llena el cielo vacío y los campos. Es una música que Juba reconoce día tras día. El sol se eleva lentamente por encima del horizonte, la luz del día vibra sobre las piedras, sobre los tallos de las plantas, sobre el agua que fluye en la acequia. Los hombres caminan a lo lejos, en la curva del campo, siluetas negras en el cielo pálido. El aire se calienta poco a poco, las piedras parecen inflarse, la tierra roja brilla como una piel de hombre. Hay gritos, de un extremo a otro de la tierra, gritos de hombres y ladridos de perros, y que retumban en el cielo sin fin, mientras la rueda de madera gira y cruje. Juba ya no mira más a los bueyes. Les da la espalda, pero oye el aliento que les raspa la garganta, que se aleja, que vuelve. Las pezuñas de los animales golpean siempre las mismas piedras en el camino circular, se hunden en los mismos huecos.
Entonces Juba envuelve su cabeza en la tela blanca y ya no se mueve. Mira a lo lejos, tal vez, al otro lado de los campos de tierra roja, al otro lado del río metálico. No oye el ruido de la rueda que gira, no oye el ruido del pesado timón de madera que gira alrededor de su eje.
«¡Eh-oh!»
Canta en su garganta, lentamente, él también, con los ojos entrecerrados.
«¡Eeeeh-oooh, oooh-ooooh!»
Con las manos y el rostro ocultos bajo la tela blanca y el cuerpo inmóvil, Juba canta al mismo tiempo que la rueda que gira. Abre apenas la boca y su canto sale largamente de su garganta, como el aliento de los bueyes, como el zumbido continuo de la correa de cuero.
«¡Eeh-eeh-eyaah-oh!»
El aliento de los bueyes se aleja, vuelve, gira sin cesar a lo largo del camino circular. Juba canta para sí mismo y nadie lo puede oír, mientras el agua fluye a borbotones a lo largo de la acequia. La lluvia, el viento, el agua pesada del gran río que desciende hacia el mar, están en su garganta, en su cuerpo inmóvil. El sol sube sin prisa en el cielo, el calor hace vibrar las ruedas de madera y el timón. Quizá sea el mismo movimiento que mueve el astro hacia el centro del cielo, mientras los bueyes avanzan pesadamente a lo largo del camino circular.
«¡Eya-oooh, eya-oooh, oooh-oh-ooo-oh!»
Juba oye el canto que sube en él, que atraviesa su vientre y su pecho, el canto que viene de la profundidad del pozo. El agua fluye en olas, del color de la tierra, y desciende hacia los campos desnudos. El agua gira también, lentamente, rodea los ríos, rodea los muros, rodea las nubes alrededor del eje invisible. El agua fluye estallando, crujiendo, fluye sin cesar hacia el abismo oscuro del pozo donde los cubos vacíos la vuelven a tomar.
Es una música que no puede terminar, pues está en todo el mundo, en el mismo cielo, donde asciende lentamente el disco solar, a lo largo de su camino curvo. Los sonidos profundos, regulares, monótonos, suben de la gran rueda de madera de engranajes plañideros, el torno gira alrededor de su eje haciendo su queja, los cubos de metal descienden hacia el pozo, la correa de cuero vibra como una voz y el agua sigue fluyendo por la canaleta ,en oleadas, inunda el canal de la acequia. Nadie habla, nadie se mueve y el agua cae en cascadas, crece como un torrente, se expande en los surcos, en los campos de tierra roja y de piedras. Juba inclina un poco la cabeza hacia atrás y mira el cielo. Ve el lento movimiento circular que deja sus huellas fosforescentes, ve las esferas transparentes, los engranajes de la luz en el espacio. El sonido de la rueda de agua llena toda la atmósfera, gira interminablemente con el sol. Los bueyes caminan al mismo ritmo, con la frente inclinada, la nuca tiesa bajo el peso del yugo. Juba oye el ruido sordo de sus pezuñas, el ruido de su aliento que va y viene, y les sigue hablando, les dice palabras graves que duran mucho, palabras que se mezclan con el quejido del timón, con los ruidos de esfuerzo de los engranajes de las ruedas, con el tintineo de los baldes que suben sin cesar, derraman el agua.
«¡Eeeya-ayaaah, eyaaa-oh! ¡Eyaaa-oh!»
Luego, mientras el sol sube lentamente, arrastrado por la rueda y por los pasos de los bueyes, Juba cierra los ojos. El calor y la luz forman un torbellino suave que lo transporta en esa corriente, a lo largo de un círculo tan vasto que parece que nunca se volverá a cerrar.
Juba está sobre las alas de un buitre blanco, muy alto en el cielo sin nubes. Se desliza sobre sí mismo, a través de las capas del aire, y la tierra roja da vueltas lentamente bajo sus alas. Los campos desnudos, los caminos, las casas de techos de hojas, el río de color metal, todo gira alrededor del pozo, haciendo un ruido que cruje y se desvencija. La música monótona de las ruedas de agua, el aliento de los bueyes, el gorgoteo del agua en la acequia, todo eso da vueltas, lo transporta, lo levanta. La luz es grande, el cielo está abierto. Ahora no hay más hombres, han desaparecido. Solamente hay agua, tierra, cielo, planos móviles que pasan y se cruzan, cada elemento semejante a una rueda dentada que muerde un engranaje.
Juba no duerme. Ha abierto nuevamente los ojos y mira frente a él, más allá de los campos. No se mueve. La tela blanca cubre su cabeza y su cuerpo y respira suavemente.
Entonces aparece Yol. Yol es una ciudad extraña, muy blanca en medio de la tierra desierta y de las piedras rojas. Sus altos monumentos todavía se mueven, indecisos, irreales, como si no hubieran sido terminados. Son semejantes a los reflejos del sol en los grandes lagos de sal.
Juba conoce bien esta ciudad. La ha visto a menudo, a lo lejos, cuando la luz del sol está muy fuerte y un velo de fatiga cubre los ojos. La ha visto a menudo, pero nadie se ha acercado, por los espíritus de los muertos. Un día, le preguntó a su padre el nombre de la ciudad, tan bella y tan blanca, y su padre le dijo que se llamaba Yol, y que no era una ciudad para los hombres sino solamente para los espíritus de los muertos. Su padre también le habló de aquel que reinaba en esta ciudad, hace mucho tiempo, un joven rey que había venido del otro lado del mar y que llevaba el mismo nombre que él.
Ahora, en la música lenta de las ruedas, en la luz cegadora, cuando el sol está en lo más alto del cielo, Yol ha aparecido, una vez más. Crece delante de Juba y él ve claramente sus grandes edificios temblar en el aire caliente. Hay altas torres sin ventanas, casonas blancas en medio de jardines de palmeras, palacios, templos. Los bloques de mármol brillan como si acabaran de ser cortados. La ciudad gira lentamente alrededor de Juba y la música monótona de la rueda de agua se parece al rumor del mar. La ciudad flota sobre los campos desiertos, liviana como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal y, frente a ella, fluye el agua del río Azan como un camino de luz. Juba escucha el rumor del mar, al otro lado de la ciudad. Es un ruido muy pesado, que se mezcla con los redobles del tambor y con los bramidos de las bocinas y de las tubas. El pueblo de Himyar se amontona en las calles de la ciudad. Hay esclavos negros llegados de Nubia, cohortes de soldados, caballeros de capas rojas con cascos de cuero, los niños rubios de los habitantes de las montañas. El polvo sube por el aire, por encima de los caminos y de las casas, forma una gran nube gris que se arremolina en las puertas de las murallas.
«¡Eya! ¡Eya!», grita la multitud, mientras Juba avanza a lo largo de la vía blanca. Es el pueblo de Himyar que lo llama, que le tiende los brazos. Pero él avanza sin mirarlos, a lo largo de la vía real. En lo alto de la ciudad, por encima de las casas y de los árboles, el templo de Diana es inmenso, sus columnas de mármol parecen troncos petrificados. La luz del sol ilumina el cuerpo de Juba y lo embriaga, y él oye crecer el rumor continuo del mar. La ciudad a su alrededor es liviana, vibra y se ondula como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. Juba camina y sus pies no parecen tocar el suelo, como si lo transportara una nube. El pueblo de Himyar, los hombres y las mujeres caminan con él, la música escondida resuena en las calles y en las plazas y, a veces, el rumor del mar queda cubierto por los gritos que llaman:
«¡Juba! ¡Eya! ¡Ju-uuu-baa!».
La luz aparece de repente, cuando Juba llega a lo alto del templo. Es el mar inmenso y azul que se extiende hasta el horizonte. El lento movimiento circular traza la línea pura del horizonte y la voz monótona de las olas retumba contra las rocas.
«¡Juba! ¡Juba!»
Las voces del pueblo de Himyar gritan y su nombre suena en toda la ciudad, por encima de las murallas color tierra, en los peristilos de los templos, en los patios de los palacios blancos. Su nombre llena los campos rojos, hasta los límites del río Azan.
Entonces Juba sube los últimos peldaños del templo de Diana. Está vestido de blanco, sus cabellos negros están atados con una cinta de hilo dorado. Su bello rostro color cobre señala la ciudad y sus ojos oscuros miran, pero es como si vieran a través del cuerpo de los hombres, a través de los muros blancos de los edificios.
La mirada de Juba atraviesa las murallas de Yol, va más allá; sigue los meandros del río Azan, pasa la extensión de los campos desiertos, va hasta los montes Amour, hasta el manantial de Sebgag. Ve el agua clara que surge entre las rocas, el agua preciosa y fría que fluye haciendo su ruido regular.
La multitud se calla ahora, mientras Juba mira con sus ojos sombríos. Su rostro se parece al de un joven dios y la luz del sol parece multiplicada en sus ropas blancas y en su piel color cobre.
La música surge nuevamente, como un clamor de pájaros, reverbera entre los muros de la ciudad. Hincha el cielo y el mar, su onda se aleja largamente.
«Soy Juba», piensa el joven rey, luego dice en voz alta, con fuerza:
«¡Soy Juba, el hijo de Juba, el nieto de Hiempsal!».
«¡Juba! ¡Juba! ¡Eya-oooh!», grita la multitud.
«¡Soy Juba, vuestro rey!»
«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!»
«¡He regresado hoy y Yol es la capital de mi reino!»
El rumor del mar sigue creciendo. Ahora, por los escalones del templo sube una joven mujer. Es hermosa, lleva un vestido blanco que se mueve con el viento y sus cabellos claros están cargados de chispas. Juba toma su mano y camina con ella hasta el templo.
«¡Cleopatra Selene, hija de Antonio y de Cleopatra, vuestra reina!», dice Juba.
El ruido de la multitud cubre la ciudad.
La joven mira sin moverse las casonas blancas, las murallas y la extensión de tierra roja. Tiene una leve sonrisa.
Pero el lento movimiento de las ruedas continúa y el ruido del mar es más fuerte que las voces de los hombres. En el cielo, el sol desciende poco a poco, en su camino circular. Su luz cambia de color en los muros de mármol, alarga las sombras de la columnas.
Es como si ahora estuvieran solos, sentados en lo alto de los escalones del templo, junto a las columnas de mármol. A su alrededor, la tierra y el mar giran mientras emiten su quejido regular. Cleopatra Selene mira el rostro de Juba. Admira el rostro del joven rey, la frente alta, la nariz aguileña, los ojos alargados rodeados por el dibujo negro de las pestañas. Ella se inclina hacia él y le habla suavemente en una lengua que Juba no puede comprender. Su voz es suave y su aliento perfumado. Juba, a su vez, la mira y dice:
«Todo es hermoso aquí, hace tanto tiempo que deseo volver. Cada día, desde mi infancia, pensaba en el momento en que podría volver a ver todo esto. Quisiera ser eterno, para no abandonar nunca esta ciudad y esta tierra, para ver esto siempre».
Sus ojos sombríos brillan por el espectáculo que lo rodea. Juba no deja de mirar la ciudad, las casas blancas, las terrazas, los jardines de palmeras. Yol vibra a la luz de la tarde, ligera e irreal como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El viento que sopla mueve los cabellos de Cleopatra Selene, el viento lleva hasta la parte más alta del templo el rumor monótono del mar.
La voz de la joven lo interroga, pronunciando simplemente su nombre:
«¿Juba… Juba?».
«Mi padre murió vencido aquí mismo», dice Juba.
«Me llevaron como un esclavo a Roma. Pero hoy esta ciudad es bella y quiero que sea aún más bella. Quiero que no haya una ciudad más bella sobre la Tierra. Se enseñará la filosofía, la ciencia de los astros, la ciencia de las cifras, y los hombres vendrán de todos los puntos del mundo para aprender.»
Cleopatra Selene escucha las palabras del joven rey sin comprender. Pero también mira la ciudad, escucha el rumor de la música que gira alrededor del horizonte. Su voz canta un poco cuando lo llama:
«¡Juba! ¡Eyaaa-oh!».
«En la plaza, en el centro de la ciudad, los maestros enseñarán la lengua de los dioses. Los niños aprenderán a venerar el conocimiento, los poetas leerán sus obras, los astrólogos predecirán el porvenir. No habrá tierra más próspera ni pueblo más pacífico. La ciudad resplandecerá por los tesoros del espíritu, por esta luz.»
El hermoso rostro del joven rey brilla en la claridad que rodea el templo de Diana. Sus ojos ven lejos, más allá de las murallas, más allá de las colinas, hasta el centro del mar.
«Los hombres más sabios de mi nación vendrán aquí, a este templo, con los escribas, y yo estableceré con ellos la historia de esta tierra, la historia de los hombres, de las guerras, de los grandes hechos de la civilización, y la historia de las ciudades, de los cursos de agua, de las montañas, de las orillas del mar, desde Egipto hasta el país de Cerné.»
Juba mira a los hombres del pueblo de Himyar que se amontonan en las calles de la ciudad, alrededor del templo, pero no oye el ruido de sus voces, escucha solamente el rumor monótono del mar.
«No he venido por venganza», dice Juba.
Mira también a la joven reina sentada a su lado.
«Mi hijo Ptolomeo va a nacer», sigue diciendo. «Reinará aquí, en Yol, y sus hijos reinarán después de él, para que nada se termine.»
Luego, se pone de pie, en la plataforma del templo, completamente frente al mar. Una luz cegadora está sobre él, la luz que viene del cielo, que hace resplandecer los muros de mármol, las casas, los campos, las colinas. La luz viene del centro del cielo, inmóvil sobre el mar.
Juba ya no habla. Su rostro parece una máscara de cobre y la luz brilla en su frente, en la curva de su nariz, en sus pómulos. Sus ojos sombríos ven lo que hay más allá del mar. A su alrededor, las paredes blancas y las estelas de calcita tiemblan y vibran como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El rostro de Cleopatra Selene está inmóvil también, iluminado, apaciguado como el rostro de una estatua.
Juntos, de pie el uno contra el otro, el joven rey y su esposa están sobre la plataforma del templo y la ciudad gira lentamente a su alrededor. La música monótona de las grandes ruedas ocultas llena sus oídos y se confunde con el ruido de las olas sobre las rocas de la orilla. Es como un canto, como una voz humana que grita de muy lejos, que llama:
«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!».
Las sombras se agrandan en la tierra, mientras el sol baja poco a poco hacia el oeste, a la izquierda del templo. Juba ve los edificios temblar y deshacerse. Se deslizan como nubes y, en el cielo y en el mar, el canto de las ruedas se vuelve más grave, más quejumbroso. Hay grandes círculos blancos en el cielo, grandes ondas que nadan. Las voces humanas disminuyen, se alejan, se desvanecen. A veces, todavía, se oyen los acentos de la música, los sonidos de las tubas, las flautas agrias, el tambor. O los gritos guturales de los camellos, cerca de las puertas de las murallas. La sombra gris y malva se extiende bajo las colinas, avanza en el valle del río. Sólo el templo está iluminado por el sol, se levanta sobre la ciudad como un navío de piedra.
Ahora Juba está solo en las ruinas de Yol. Las ondas lentas pasan sobre los mármoles quebrados, agitan la superficie del mar. Las columnas descansan en el fondo del agua, los grandes troncos petrificados perdidos entre las algas, las escaleras devoradas. No quedan hombres ni mujeres aquí, no hay más niños. La ciudad se asemeja a un cementerio que tiembla en el fondo del mar, y las olas vienen a golpear los últimos peldaños del templo de Diana, como un escollo. Siempre está el ruido monótono, el rumor del mar. Es el movimiento de las grandes ruedas dentadas que rechinan todavía, que gimen, mientras el par de bueyes atados al timón hace más lenta su marcha circular. En el cielo azul oscuro, la luna creciente ha salido y brilla con su luz sin calor.
Entonces Juba se quita el velo blanco que cubre su cabeza. Tiembla, porque el frío de la noche llega rápido. Sus miembros están entumecidos y tiene la boca seca. En el hueco de su mano, toma un poco de agua de un cubo inmóvil. Su bello rostro está muy oscuro, casi negro, por todo el calor del sol. Sus ojos miran la extensión de los campos rojos, donde ahora no hay nadie. Los bueyes se detienen en su camino circular. Las grandes ruedas de madera ya no giran, pero crujen y rechinan y la larga correa de cuero vibra todavía.
Sin prisa, Juba deshace los nudos de los bueyes, separa la pesada viga de madera. La noche avanza al otro lado de la tierra, río arriba. Cerca de las casas, los fuegos de brasas están encendidos y las mujeres están paradas frente a los braseros.
«¡Ju-uuu-baa! ¡Ju-uuu-baa!»
Es la misma voz que llama, aguda y musical, en alguna parte al otro lado de los campos desiertos. Juba se da la vuelta y mira por un instante, luego desciende el montículo de piedras guiando a los bueyes por la correa. Cuando llega al pie del montículo, Juba anuda las trabas a los jarretes de los bueyes. El silencio en el valle del río es inmenso, ha cubierto la tierra y el cielo como un agua calma donde no se mueve ni una ola. Es el silencio de las piedras.
Juba mira a su alrededor, largo rato, escucha el ruido de la respiración de los bueyes. El agua ha dejado de fluir por la acequia, la tierra bebe las últimas gotas, en las fisuras de los surcos. La sombra gris ha cubierto la ciudad blanca de los templos livianos, las murallas, los jardines de palmeras.¿Queda, quizás, en alguna parte, un monumento en forma de tumba, una cúpula de piedras partidas, donde crecen las hierbas y los arbustos, no lejos del mar? Tal vez mañana, cuando las grandes ruedas comiencen de nuevo a girar, cuando los bueyes vuelvan a empezar, lentamente resoplando, por su camino circular, tal vez entonces la ciudad aparezca nuevamente, muy blanca, temblorosa e irreal como los reflejos del sol. Juba gira un poco sobre sí mismo, mira solamente la extensión de los campos que descansan de la luz bañadas por el vapor del río. Luego, se aleja, avanza rápidamente por el camino, hacia las casas donde esperan los vivos.


Cuento perteneciente a "Mondo y otras historias" (Tusquets, 2010)

Jean-Marie Gustave Le Clézio ganó el premio Nobel de literatura en 2008.

Presentación de "Un koala en el armario"



El próximo jueves, 21 de octubre, a las 20.00h., Cuadernos del Vigía y Tres rosas amarillas te invitan a la presentación de UN KOALA EN EL ARMARIO de GINÉS S. CUTILLAS. Intervendrán el autor, Clara Obligado y Carmen Peire.


UN KOALA EN EL ARMARIO es finalista del Premio Setenil 2010 al mejor libro de relatos publicado en el año. Según el escritor Jesús Ortega, unos cuentos que pueden atraer a los jóvenes al mundo de lo breve.

jueves, 7 de octubre de 2010

Un cuento del nuevo Novel de literatura, Vargas LLosa


EL ABUELO
Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida hacía rato, y bajo ellas sombras imprecisas que se deslizaban de un lado a otro, con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.
Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaido y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. "¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?" Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los macizos de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacía la calle sin ser visto.
"¿Y si hubiera venido ya?", pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo hubieran despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría gritado.
Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menos fuerte, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su saco, encontró el cuerpo duro y cilindrico de la vela que compró esa tarde en el almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con elegancia, batiendo levemente y en circulo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y velas de diversos tamaños. "Esta", dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla pero don Eulogio no aceptó y abandonó la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club Nacional, encerrado en el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía consigo y extrajo el precioso paquete. La tenia envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.
A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara por las afueras de la ciudad; corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo seria más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas, iban deslizándose distraidamente sobre el borde del canal paralelo a la carretera, cuando de pronto lo divisó.
-"¡Deténgase!" -dijo, pero el chofer no le oyó-. "¡Deténgase! ¡Pare!".
Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era de niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva lengueta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo.

Dos días la tuvo oculta en un cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza; se diría que examinaba con devoción profunda y algo de pavor, los dibujos sangrientos y mágicos del circulo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio, estuvo indeciso, preocupado; podían sobrevenir complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino habitada por animalitos grises y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenia decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas invadía súbitamente el palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él, desde su ventana, observaba la escena con un catalejo.
Había imaginado que limpiar la calavera sería algo muy rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído polvo y era tal vez excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y brillaba como una mina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que desapareciera la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza seria posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo a quien arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies, y él ni siquiera notaba que el aceite iba humedeciendo también el filo de sus puños y la manga de su saco. De pronto, puesto de pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club Nacional. El automóvil que ocupó en la Plaza San Martín lo dejó a la espalda de su casa, en Orrantia. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.
En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxigeno conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra y cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado por las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera de modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía limpia.
La pérgola estaba a unos veinte metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano, de divisar al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No esperó más; extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre las piedras y colocar a ésta, como un obstáculo, en medio del sendero. Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa, por el orificio del cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y, aunque sus palabras eran todavía incomprensibles, supo que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo; lo fulminó el nieto, chillando: "Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy". Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.
¿Venia corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente lo que había imaginado, cuando una llamarada súbita creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. "Se ha prendido toda", exclamó maravillado. Había quedado inmóvil y repetía como un disco "fue el aceite, fue el aceite", estupefacto, embrujado ante la fascinante calavera enrollada por las llamas.
Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un alarido de animal atravesado por muchisimos venablos. El niño estaba ante él, las manos alargadas, los dedos crispados. Lívido, estremecido, tenia los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su garganta, independientemente, hacía unos extraños ruidos roncos. "Me ha visto, me ha visto", se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquella cabeza llameante. Sus ojos estaban inmovilizados con un terror profundo y eterno retratado en ellos. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de terror. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan, cuando sintió voces y pasos que venian y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero menos sincero que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más tranquilo.
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Un excelente narrador que me ha hecho disfrutar de momentos álgidos literariamente hablando.
Como persona, no sé, aunque no comulgo con su ideario político.
En todo caso, mi enhorabuena.