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martes, 15 de noviembre de 2011

"EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS" DE FERNANDO CLEMOT (BARATARIA EDICIONES) YA EN LAS LIBRERÍAS


Cuando miraba por el catalejo al que me subía mi padre suponía que me aguardaba una vida llena de emociones y aventuras.

El libro de las maravillas, de Fernando Clemot.

Fernando Clemot nació en Barcelona en 1970. Ha obtenido premios como el Setenil de relatos en 2009 o el Kutxa Ciudad de San Sebastián 2006. Ha publicado el libro de cuentos Estancos del Chiado (Paralelo Sur Ediciones, 2009), que obtuvo el premio Setenil 2009; la novela El golfo de los Poetas (Barataria, 2009), finalista de los premios Ateneo de Sevilla y Logroño de novela y que representó a España en el European First Novel Festival; y en italiano, junto a Klaus Zilles, la antología En la frontera: I migliori racconti della letteratura chicana (Gran Vía Edizioni: Milán, 2008). Ha participado en las antologías Siglo xxi: Los nuevos nombres del cuento español (Menoscuarto, 2010), Tiempo narrado (Paralelo Sur, 2010) y Al otro lado del espejo: Narrando contracorriente (Ediciones Escalera, 2011).
En este momento imparte talleres de narrativa creativa en el Laboratorio de Escritura de Barcelona y en la Universitat Autònoma de Barcelona. Ha colaborado en las revistas literarias Quimera, Barcarola, Culturamas, Literaturas, El problema de Yorick, Revista de Letras, Calidoscopio, La Jiribilla, El Otro, Kafka, Ajícara, Paralelo Sur o La Siega.


Sabiendo ya cercano el final de su vida, el narrador de El libro de las maravillas ingresa en una clínica de reposo donde se ve obligado a hacer balance. Convencido de que lo experimentado hasta entonces no ha valido gran cosa, decide elaborar una suerte de catálogo de vidas no vividas. Es así como, tomando por modelo el libro de Marco Polo, va recopilando historias ajenas con el convencimiento de que «un cambio radical en el presente puede modificar de forma definitiva nuestro pasado». Llevado por una curiosidad insaciable por el prójimo, va dejando constancia escrita de las vivencias de otros pacientes, como Bridoso y su invierno de emigrante en Hamburgo, donde fue testigo de una trágica inundación, o Bessa, cuya travesía en el maltrecho Ponta do Sol por el Mar del Norte acabó en naufragio. Y entre estas vicisitudes y las de otros personajes –todos con su historia a cuestas– que pueblan la clínica Dantas, va urdiendo una narración calidoscópica que le permite compensar las carencias de su pasado.

Con El libro de las maravillas, Fernando Clemot logra un entramado de voces que van solapándose hasta dar cuerpo a una historia única e insólita, una novela de novelas que constituye una rotunda apuesta por el poder reparador de la palabra.

Eduardo Iriarte

lunes, 11 de enero de 2010

Un cuento de Fernando Clemot


CRISTAL ESMERILADO



"...casi en contra de mi voluntad y como estimulado por el deber de completar con la vista lo que he intuido por el oído, me he puesto a observar la escena desde el resquicio de la puerta..." Alberto Moravia, El hombre que mira.



No hay peor momento que el anochecer para arribar de un viaje.
Es bajo el influjo de esa luz mórbida donde se apagan las emociones de la jornada y resplandecen todos los miedos, chirrían como vidrios en nuestras plantas antiguos fantasmas que creíamos sofocados, se endurecen las certezas como una piedra que nos ha de llevar al fondo; añoramos entonces hogares y vidas pasadas, a nuestros padres muertos, a las parejas condenadas y a las amantes que no pasaron de serlo.
Si el viaje es de retorno a una ciudad conocida se afean todos los síntomas; acuden a recibirnos los que habitaron allí con nosotros, los que compartieron una vida pasada que se nos presenta con sus mejores galas, se agigantan virtudes discretas de aquel tiempo y se achican las miserias y pecados con que nos confundieron; no hay maleta con más lastre que el pasado, somos sólo fatiga al anochecer de este viaje, tristes esclavos del recuerdo.
Hacen cerco en sus fachadas sepia las primeras luces de Lisboa; me palpo el pecho, dicen que las heridas del muerto se abren y sangran a la vista del asesino; con las ciudades en las que vivimos debe suceder lo mismo, acude el recuerdo a recoger nuestro equipaje a la estación, o muchas veces ya antes, como ahora que bordeamos el Tajo y ya se adivina la presencia de la ciudad, aparecen las urbanizaciones más proletarias, las mismas que descubrí con curiosidad la primera vez que llegué, las carreteras concurridas que van hacia el norte, son las mismas por las que huíamos del centro en aquellos sábados enervados, saciados de salitre y saliva. A lo lejos la línea de cables del puente y una catenaria de utilitarios humildes cruzando el Veinticinco de Abril, focos que susurran al oído que mientras esté allí no me van a soltar los recuerdos, que harán presa de mí los vestigios morbosos de mi plenitud sexual, los instantes frívolos y también los más dulces, los de los últimos meses aúllan detrás como reses de matadero. Me duelen como la resaca de mis últimas veladas en Lisboa, cuando parecía que se acababa el mundo, aquellas noches que hinchan como el cuello de un ave las velas negras de mi nostalgia.
Hubiera preferido otra estación, Santa Apolonia o la Gare de Oriente, cerca de la Expo, no en el Rossío, allí no podría ampararme la noche; ellos esperaban, los vería sólo con cruzar el arco de herradura, y si no llegaran acudiría una niebla tricotada con su aliento, mal asunto, me envolvería y repetiría a cada paso con su lengua de chiribita, ¿por qué no te quedaste aquí, con nosotros? ¿no eras acaso feliz? ¿de qué te ha servido tanta aventura? ¿porqué te fuiste? ¿no ves?, nosotros seguimos iguales.
Fantasmas o ausencias iba a ser la estación su escenario, y aquella certeza hizo más acalorada la espera, anochecía bajo un cielo de conchas líquidas, tan sucio como las aguas en que se reflejaba el convoy. De tanto en tanto temblaba el suelo con el trantrán lento de puentes, se arrastraba el convoy por la ribera sur del río, aplastando rieles oxidados, se ahogaba como esos viejos que salen a correr y llegan sin resuello, esos abuelos que hacen sufrir a sus nietos; con aquel convoy igual, se le hacía largo el trayecto, silbaba exhausto al pasar arrabales llenos de uralitas y desguaces de coches. Miré con más atención por la ventanilla; había fluorescentes morados y amarillos, los restaurantes de Cacilhas, alguna farola torcida se acercaba al río a limpiarse su cara, un rostro de luz ártica que alumbraba unas barcas, aquellas que había atrapado el estiaje del río.
Como imaginaba me aguardaban en un taxi frente a la estación de Restauradores. Mònica había venido con Sabi, su eterna compañera de juergas con la que nunca llegué a intimar, estaban deslumbrantes los dos, ella con el pelo alisado y un rojo más lucido que nunca, las expresiones sin mella tras diez años, igual que si exhumara los tiempos del piso de Almirante Reis... Poco antes la había conocido en el Barrio Alto y me dijo que no solía bailar con chicos más altos que ella, yo tampoco con chicas tan guapas, se echó a reír y me anotó el teléfono en un chivato de Camel; al día siguiente la busqué por todo Setúbal, jugaba cuando llegué al futbolín, le cambió la cara como también le mudó al otro chico, un amigo lánguido con el que volví a tropezar otras veces, una compañía de vaivén, un reserva que siempre soñó con acceder al estatus de amante.
Mónica, la misma mirada entonces que ahora, las venitas rojas rasgando la pureza glacial de tus iris, junto a ella Sabi, melosa y cruel, siempre atenta a torpedear cualquier vestigio de complicidad, antaño cumpliste bien tu cometido, como lo intentas ahora insistiendo en que vaya con vosotras a una discoteca de las Docas, reiríamos mucho, estaba lleno de paletos, como los pesados de los que antaño las liberábamos cuando había que volver a casa... Pero no, pronto se rompería todo, aquella visión tenía tacto de cristal fino, lo dejaríamos así, no me gustaría ver como os desvanecéis, me miraron extraño, hacía diez años que no nos veíamos, no me apetece ir allí, insistí, en la rua dos Fanqueiros, casi tocando la plaza Comercio. Llovía al bajar del taxi, ¿volveremos a vernos?, seguían hablando entre ellas y sólo Mónica se volvió para susurrarme algo, un suspiro que no acerté a entender, no oía nada, el taxi cerró las puertas y se puso en marcha, ni el taconeo del diesel consiguió apagar sus risas, eterna frivolidad avenida abajo, hacia las Docas, hacia la nebulosa más profunda de mi memoria.
Bajé confundido, sin saber si había estado en el taxi con alguien o era la añoranza que me jugaba una mala pasada. Despertaba ahora frente al timbre ajedrez de la Pensão Alegría, blanco el pezón y negra la aureola, gastada su piel de tantas yemas; me abrieron con un timbrazo y subí los dos tramos de escalones con una barandilla de madera oscura, todo parecía escarchado, venido a menos, como esos comercios que se van quedando anticuados; el rodapié algo más despintado, y el mobiliario y el moño de la señora Úrsula un poco más tronados. Dentro todo me era igualmente familiar; aquí pasé los primeros dos meses, sin conocer a nadie, un tiempo rico en emociones, con los sentido siempre abiertos, limpios como los de un niño de teta. Me saluda sin afecto la señora y me da la misma habitación, no me pregunta qué hago aquí, se le escapa una sonrisa de cumplido, no muy limpia, acabó un poco enfadada por lo de la muerte de su padre, don Ricardo, yo todavía andaba por Lisboa pero no quise ir... Casi no lo recordaba pero ella me la guarda; es malo aguantar los rencores encerrados, doña, esa sonrisa hipócrita hará que esos enconos se avergüencen, como todos los sentimientos menores los rencores son tímidos, se esconden y la irán envenenando, doña Úrsula, dentro del cuerpo los humores se van aislando y viven poco, se agrian y los arrastra la sangre... le acabarán enfermando, luego más tarde emergen, son unas fiebres o una tos inoportuna, un ictus terrible le helará el aliento y no habrá entonces coñac que lo remedie.
Tendría que haberlo hablado antes con doña Úrsula, yo apreciaba a su padre, don Ricardo fue el primero que me abrió la puerta de esta pensión y también la primera persona que conocí en esta ciudad, yo venía como ahora, revenido de frío y cansancio, andando de la estación de Martim Moniz con la mochila a cuestas, él me enseñó el cuarto, ¿se va a quedar mucho tiempo?, y yo le devolví un no sé, el se rió con ganas, pues mire hijo le explicaré una historia, allí delante, y me señaló una fachada negra como el hollín enfrente de la pensión, allí vivió un hombre desgraciado, era joven como usted, quiso toda su vida ser poeta y a lo máximo que llegó fue a llevar con el negocio de su padre. Se llamaba Cesário Verde y murió de tuberculosis con treinta años... bonito recibimiento aquel de don Ricardo... Pasé toda la noche dándole vueltas a la historia de aquel poeta desconocido, llovía con rabia y repicaba el tejado, debió coger la enfermedad por aquella humedad maldita que parecía pudrir toda la casa, toda la ciudad, llovía desde hacía tiempo, debía ser la misma lluvia entonces que ahora porque el verdín todavía sigue entre las tejas, me moría aquellos días, me despertaba a cada instante la tos, sería por la maldición de Verde, quizá me crecía el verdín en el pecho, pensé. Siempre que volví a por aquella calle me acordé de lo que me dijo el viejo, miraba aquella casa con respeto, recordaba la fiebre que pasé durante dos días, las noches de lluvia, como la de ahora, parece que no ha parado de llover desde que llegué, hoy, ayer, bajo las mismas mantas abrasadas de lavadoras.
Palpo su tela endurecida, estas ropas desteñidas albergaron también a los que llamaba los amantes furtivos, nada muy romántico, eran enredos rutinarios, casi obligatorios, buscaban dar calor a sus vidas enmohecidas, grises empleados de los bancos ellos y secretarias de las aseguradoras de la rúa Aurea ellas, los veía esconderse primero bajo los toldos, o en los veladores de la pequeña cafetería, luego a las tres justo en la puerta, los oía pared con pared, apenas tres cuartos de hora, penaron también entre estas sábanas, hubo rupturas y celos, una chica del Totta & Açores llamaba traidor entre sollozos a su amante. Era, en general, una pensión más bien dada a nostalgias y postraciones que a alegrías, por eso me pareció siempre chocante su nombre, porque la pensión Alegría es uno de los lugares más tristes de Lisboa, y no se ¿por qué he vuelto aquí?, ¿porqué no fui al hostal de Madame Santa o a las Docas con Mónica y Sabi?, estaría apartando a paletos como en los buenos tiempos, cuando empezaron las clases y llegaron las amistades luminosas, yo ya no estaba aquí, les conté que había vivido allí y se rieron mis nuevas compañías, es sórdido, yo no dormiría ni aunque me pagaran, y fue así como acabé en el hostal de Saldanha, a tiro de piedra de las facultades. Siempre oí decir que las lluvias de la primavera anticipan un verano hermoso y sin duda las dos estaciones que siguieron a aquel fueron las más notables de mi existencia.
Mucho tuvo que ver en aquella época de felicidad mi cambio al hostal de madame Santa, porque era madame y no señora o doña como quería que la llamaran, era curioso porque me enteré que solo había vivido una temporadita en Dijon, muy poco tiempo, de allí trajo un hijo que le salió traficante, su amor irreducible por los cigarrillos mentolados y cierta afectación en los gestos que a todos nos parecía ridícula. Era alta y vieja, se ribeteaba los párpados con un rimel verde y la ojera con un contorno dorado, trataba de ser estricta, me dejó muy claro al alquilar el cuarto que no se podía fumar en las habitaciones, allí solo podía fumar ella y yo tendría que abrir la ventana que daba al patio de luces si quería pegarle a un pitillo. Siempre me pareció la Madame una anciana lasciva y maliciosa por lo que nunca respondía a sus miradas e insinuaciones.
Recuerdo bien nuestro patio de luces, allí daba mi única ventana y morían la mayoría de los cuartos; tenía al menos cinco plantas, las mismas que la pensión, y de los pisos superiores solían llegar sonidos infectos, reverberados en mil huecos cornisas y tuberías. También caían a menudo los cigarrillos lanzados de todas las habitaciones, había un poso en el fondo del patio de botellas de plástico, papeles y preservativos de cursos anteriores... Asomado a este fondo de inmundicia pasé las primeras tarde en Saldaña, con una pierna en el quicio de la ventana y otra dentro, leyendo a Andrade o Valente, pensando si también enfermaría como Verde de tanto respirar de aquel vertedero, a menudo me preguntaba qué hacía en Lisboa, mirando por aquella ventana, aguardaba tal vez un acontecimiento fatídico que lo revolucionara todo, que asomara alguno los que lanzaban los cigarros desde los pisos altos, un amigo de la juerga y la borrachera que me enseñara una vida nueva y divertida, o una chica, ¿por qué no?, podía llamar la atención de alguna de las que me había cruzado en la entrada del hostal, ver la sonrisa limpia de cualquiera de las que intuía que podían ser mis amantes, sabía que apretaban en sus labios las boquillas que veía caer carbonizadas, docenas durante tardes enteras, drogado por el sopor del la rutina.
Con el paso de los días se endureció mi pose en la ventana, intentaba ahora adoptar un aire inicuo, desvaído, un abandono sáfico que debía prender de aquella que pudiera asomar. Liquidaba uno tras otro los Ducados que me llegaban en los paquetes semanales, con galletas y fiambres que siempre tiraba, pero seguía inquieto, con mi atención en un punto que llamaba ahora mi atención. Era arriba, en una de las ventanas del tercer piso, a mi derecha, reparé que en ese lado era donde algunos cuartos tenían la ducha y pronto pasó a ser mi principal entretenimiento, y digo principal porque no había entonces otro, seguía solo en una ciudad extraña, sin amigos, maldiciendo de continuo mi carrera, era demasiado técnica, muy masculina y aburrida, eran otros, los de Humanidades, los que se divertían, los que conocían chicas de otros países y hacían en amor en las habitaciones contiguas, los oía bailar y reír hasta tarde mientras yo seguía arrastrando mis tardes como una carga fatigosa, encadenando un Ducados tras otro, alternando lecturas de Almeida Faria, Durrell o Miller con gruesos tomos de Delineación, con la única pasión de reconocer las figuras que se movían tras la ventana del tercero.
Llegué a sentirme en aquellos días un mirón compulsivo, la sublimación de todo lo que odiaba, luché pero era aquella una batalla perdida ya que mi voluntad y el instinto iban por caminos distintos; no podía alejar la vista de aquel juego de sombras, de vapores a veces cuando ventilaban, era inútil, volvía a la mesa y trataba de leer un rato, repasaba apuntes, pero de forma inevitable mi atención volvía a la ventana, a aquel mundo que me era ajeno y que se movía toscamente cincelado tras un cristal de esmeril.
De todas aquellas formas intuidas había una que llamaba especialmente mi atención, a tal punto llevó mi obcecación que conocía ya sus horarios: sabía fielmente que se duchaba por la mañana a las ocho y veinte, justo después de que lo hiciera una chica de pelo castaño que abría el agua caliente para hacer que el vapor lo velara todo. Recuerdo que aquel delirio debió durar unas tres semanas; hizo que perdiera o llegara tarde a muchas clases de primera hora y varios profesores me llamaron la atención por mis retrasos, debían achacarlo imagino a pereza, a que se me enredaban las sábanas como a tantos estudiantes extranjeros aunque en verdad debía madrugar más que la mayoría, entre ocho y veinte y la media estaba yo con exactitud kantiana en la ventana esperando a mi ninfa de piel de mármol. Era un ritual angustioso, había que aguardar unos minutos, abría la ventana y dejaba que se despejaran las brumas de la chica anterior. Deduje que se duchaba con agua tibia o fría, a tal punto llegaba casi la notaba temblar tras el cristal esmerilado, tenía la piel muy blanca, tanto como el universo añil que la rodeaba, el pecho grueso y pesado se vencía moroso, sus aureolas pendían como dos castañas gruesas, con divina cadencia... pese a lo blanco de su piel era muy oscuro el color de sus pezones, un bosquejo grueso de lápiz bermejo sobre sepia, apenas intuía el resto ya que los diminutos recortes del cristal me dejaban un desdibujado bosquejo del cuerpo, el pelo panocha, las caderas anchas y claras, cándida y voluptuosa como una bacante de Dante Gabriel Rossetti.
Devorado por aquella pasión pensé que lo mejor que podía hacer era disimular mi deseo, esconder la mirada ansiosa tras un porte airado; imaginaba que si se reparaba en ello podía olvidarme de conocer a alguien, mi nombre estaría señalado y debería abandonar aquel hostal... con estos pensamientos dejaba pasar la tarde, languidecía reclinado en aquel poyo que manchaba mis pantalones de yeso. Iba decayendo septiembre y con él las horas de tarde, cada vez se encendía antes la luz de los cuartos y cada vez tenía menos sentido mi presencia en la ventana. Hacía frío y las ráfagas de viento norte revolvían como un hocico una madriguera el estrecho patio de luces. De forma casi natural fui abandonando aquella malsana costumbre, fui normalizando mis hábitos y en cierta forma hallé de mis cuitas consuelo.
Coincidió todo aquello con mis primeras amistades serias, fue por casualidad, en la biblioteca de la Universidade Nova. Formamos pronto un grupo que entonces me pareció casi ideal; elevado y promiscuo, ahora ya tenía muchas tardes ocupadas, conocí a chicas y en todas busqué siquiera un reflejo de aquel cuerpo, Cathy, María, un débil hálito de aquella textura estaba también en el tejido de la fría Debi, al extender mis manos sobre ellas me alumbraba un deseo hermano al que sentía con aquella figura del cuarto de baño. No, nunca olvidé aquel cuerpo quebrado por los taladros del cristal esmerilado, se me antojaban todas mis amantes pálidas representaciones de aquel primer deseo, alivios de una codicia insatisfecha, igual con Mónica en los días de Almirante Reis como con Jutta cuando dejé Lisboa, siempre busqué aquel cuerpo primero en otros cuerpos.
No debí volver nunca aquí; es un campo yermo, no queda nada que no sea yo de mi pasado; el recuerdo no son más que olvidos, menciones imprecisas, deseos, cachivaches ya oxidados que hay que desenterrar con las uñas hasta que cedemos porque nos duelen. No vendrá Mònica a buscarme, quedara eternamente con Sabi en alguna discoteca de las Docas, quedará cristalizada y será entonces una clepsidra en la burbuja de alguna mañana pasada, como en los tiempos de Almirante Reis, cuando temblaba su piel blanca entre racimos de sábanas caídas. Si siguiera aquí sólo me quedaría perder el sentido, correr hacia Saldaña y hospedarme de nuevo donde madame Santa, volver a mi ventana y tratar de aventar rescoldos apagados, olfatear aquellas paredes como si fuera perro, ir ya de día a la puerta de la Universidade Nova, ver si encontraba algo de mis antiguas amantes en otros rostros huraños.
Fue una bella estación aquella, una “bella estate” de Pavese; nos las prometíamos muy felices pero la vida es rácana y suele darnos menos de lo que soñamos. La última vez que hablé por teléfono con Mònica estaba de au-pair en Bruselas, luego supe que vivía con Manuel, el tipo del futbolín, su perrito faldero de tristes miradas. Luego vino la nada, el tiempo nos fue separando como chalupas batidas por el oleaje, no supe más de ella, como tampoco de la fría Debi, Cathy o María, nos fuimos hundiendo todos en un mar embravecido, éramos náufragos que va separando el temporal, leños que cogen peso embrutecidos hasta que de un golpe de mar se hunden. Qué agrios nos han hecho estos años a todos, volver a una ciudad conocida es una mal viaje, hiede el pasado como la hiel, se diría que la vida nos regurgita...
Nadie vendrá a despedirme, quizá el recuerdo de la chica del cristal, tintineando sus dedos en el vidrio repetirá una y otra vez en un hermético código telegráfico, ¿por qué no te quedaste aquí? ¿no eras acaso feliz? ¿de qué te ha servido tanta aventura?


Fernando Clemot, obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2009 con Estancos de Chiado. Este cuento, obtenido de la revista La siega (gracias), se ofrece a los lectores con la única intención de que conozcan un poco más la obra de Fernando Clemot y valoren un libro que cuesta 10 euros y vale su peso en oro.
La fotografía de Lisboa es mía.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Un cuento de Fernando Clemot


Como sabrán, el barcelonés Fernando Clemot ha ganado recientemente con Estancos del Chiado el Premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicados en castellano en España. El libro tiene una difícil distribución, pero puede encargarse por internet o, si tienen la suerte de vivir o visitar Madrid con regularidad, pueden dirigirse a la librería 3 rosas amarillas (la semana pasada quedaban algunos ejemplares). En todo caso, no se pierdan esta lectura.





Terrazas de otoño



"...Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado..."
" ...y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella..."


El Quijote; parte primera, capítulo VIII




Prefería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pullover pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.
No se me olvida el año, el mes, el día, soplaba fuerte aquella mañana, se llevaba el viento las últimas simientes de estío, el polvo, las hojas, los plásticos se arracimaban en el naciente de las sillas metálicas, pero no hacía aquella impostura sino mejorar mi galante facha; se levantaban las solapas de la gabardina engallando mi quijada, héroe salvaje, un Andrea Sperelli clavando tacones, tableteaba como si pasara un convoy sobre las chapas que cubren las obras, se me abría de tanto en tanto la chaqueta de pana y yo la cerraba con parsimonia, apretándome todo hacia dentro, apresando con el codo un libro doblado de Moravia o Gozzano, como un Lazarote amarrado a su lanza. Llegué con este paso a una de mis moradas favoritas, ocho o diez meses tendidas frente a un largo de muralla romana, en el centro una torre mocha, casi irreconocible por una restauración en ladrillo rojo que la subía seis metros sobre el nivel de la plaza.
Dulce afán... Es el otoño tiempo de reflexión y donosura, el alma se abre entonces como vertida en una poza quieta, se amplía y remansa tras el rápido fluir del verano, es balsa asentada de aceite; el tiempo se lastra en éste paular inmóvil, se aploma cansado del violento transitar de los meses centrales, hacemos planes, abrimos libros olvidados, tiempo de préstamos y avales, de poesía y amores lentos como atardeceres... Languidecen en este invernadero las pasiones añorando anteriores excesos, esperan de forma inconsciente algo que de nuevo las violente, que las saque de aquella modorra en que se consumen. Es ese mismo viento que ahora barre estas mesas casi vacías, a pocos días de ser retiradas, el que nos conmueve por dentro, el que avienta sentimientos pasados y deja nuestra alma como una tabla rasa, bruñida y perfecta, lista para ser hendida.
Con la seguridad del cazador veterano, ducho en otoños y estaciones frías, vencedor de mil batallas, así también aguardaba, de nuevo en aquellas terrazas, capitán de mi mesnada, héroe que al sentarse siente rebotar en sus hombros la cabellera de las presas vencidas. Arrogante y frío me aposenté en las mesas de atrás, poco expuesto, al abrigo casi del toldo de la cafetería, un café por favor, y pensé que luego tomaría un Pernod, tal vez Cynard, que recuperaría así algo del sabor de la rue Mouffetard, del Capitole de Toulouse, de la ebriedad de aquel verano que pasé con Christine, bebería de nuevo el néctar de juventud que escancié en su pecho y que ahora intento recuperar en sorbos breves de Pernod, dulces, o de Cynard, amargos, quizá no tan breves ni afilados como sus aureolas, ni tan dulces ni tan amargos, sólo reflejo, afilado recuerdo sobre la mixtura verde de aquella copa, que era sólo cristal, recuerdo ebrio y lánguido, sólo reflejo.
A pocos metros de allí, bajo el anfiteatro que forman la muralla romana y el Palacio Real, desembarcan los autobuses que llegan al centro. Matrículas extranjeras, negras de Francia y Portugal, de provincias perdidas, blancas con un escudo del lander las alemanas, apretadas y estrechas como una fila de hormigas las italianas, muchos de aquellos extranjeros acaban allí... A menudo llegan también excursiones desde los complejos hoteleros del norte, cámara de fotos al hombro, visitas guiadas, mujeres jóvenes y maduras, solitarias todas, desahuciadas a menudo por una vida aburrida en su pequeña ciudad perdida, de su insulso lander o departamento, deseosas de encontrar algo que les saque de su cárcel se afanan en pedir aperitivos para adormecer su impaciencia. A menudo las veía consumirse, inquietas volviendo la espalda, abominando a su compañero, a su pasado y futuro, hilvanando una mosquitera de sueños que nunca podrán cumplir... Sería fácil acercarse allí y desenterrarla de entre las garras de aquel mediocre, siempre metido en el taller, en su estúpida asociación de algo...
Pero no era ya momento de aquel tipo de reyertas, lindando los cuarenta ha cambiado mi tempo, era ya cazador apacible, Nemrod discreto, más seguro y frío, en la espesura aguardaba mis presas, a buen cobijo, sin avanzar hacia ellas... Esperaba siempre solemne tras el parapeto de una novela o una fila de versos, Pavese, Eugenio de Andrade, Vallejo, como con Sheyla, Lorena o Canyoon, no recuerdo más, hubo sin cuento, y fue así, sin fogosidades ni prisas, sin audacias ni engaños de timador, cara a cara, a pie parado aguardé siempre mi suerte, la visera levantada, como recibe el valiente al enemigo en la justa... se despejó frente a mí aquella caterva de cuerpos, se vaciaban en un instante dos autocares venidos de lugares lejanos y discretos, Apulia y Aachen, soles y bosques, pero no estaba mi suerte allí... Se levantó la niebla y dejó nacer de su seno de concha marina una nueva presencia, suave y aislada, Lady Godiva brotada de medieval muralla, blanca e inerme, ajena a todo tumulto se posa con suavidad a mi diestra, a sólo dos mesas, al principio de lado, frágil el gesto, como una abeja en su cáliz se ajusta la falda y deja una carpeta larga con tiento moroso. Adivino una primera pulsión, un mirar que no mira, primera señal, zarza ardiendo, llama que no quema de Santa Teresa.
Volví a abrir un libro tres veces leído, los mismos otoños que llevaba en la ciudad, Un bello estate, ecos de veranos pasados transidos de sol y pereza, intento permanecer ajeno y releo allí donde dice, en el año hermoso en el que empezaron a vivir, y vuelvo entonces mi vista a mi nueva compañera de juegos, joven y hermosa, y pienso que la frase se le encaja como un molde a su matriz, que todos tenemos un año primero, el Año Triunfal de los fascistas o el Primero de los revolucionarios, un tiempo en que descubrimos aficiones y pavores, en el que el alma despega o se estrella en el primer saliente, en que quedamos totalmente escindidos en un antes y un después de aquello, sea verano o otoño, placer o dolor intenso lo que marque este punto... Fue aquella la primera vez que reparaba en ello; mi año hermoso debía estar lejano, mi bello estate yace enterrado bajo un limen de nombres que ni siquiera recuerdo, porque los nombres, como el lodo y las noches en blanco, se asientan, se posan sobre nuestra memoria sin nosotros saberlo, nos cubren como una Pompeya asolada de cenizas de la que sólo emergen los más altos tejados, los que más en nosotros crecieron y que sólo asoman ahora desdentados y mochos, aquí y allá Atlántidas quebradas, lejanos los restos unos de otros, cercados por un mar de rescoldos y humo, gris el suelo y el cielo, relámpagos apagados por el silencio.
Para cuando volví la vista había cambiado su posición. Se volcaba hacia delante con la carpeta abierta entre sus manos, un cuaderno de dibujo y un carboncillo con el que intenta bosquejar la muralla, los contrafuertes del Palacio, el jardín languidecía frente a nosotros. Yacía absorta, como si la tarea la alejara de todo lo que la rodeaba, se sentía más fuerte, intuí, y en esta seguridad suya sentí más deseos de observarla, de esbozar también sus perfiles hasta tener mi justo boceto, un primer hálito suyo antes de completar el cuadro, quería dibujarla también poderosa, embutida en sus caderas anchas y claras que asoman entre el jersey y el tejano, vasija que va creciendo hasta moldear un pecho breve, puede que incorrecto y maleado, bello y único.
Sonrió y se curvaron sus labios, como sus carnes blancas sus ojos claros, ,rasgándose las pupilas acuosos como un himen, como hebras de diamantes e imaginé que también se debían iluminar así, extremados de dolor y de sorpresa, tras la primera acometida. Me pareció toda ella suntuosa fortaleza, como debió Alejandro soñar también con las riquezas de Tiro o Babilonia cuando estaba a sus puertas; respondí a la sonrisa brevemente y retomé la lectura, anhelante todavía costaba recobrar el punto, no será el asedio tan largo como el de otras plazas y tú serás mi tributo, mi dulce Roxana, exótica como tantas otras, como Adeline, como Berta, dormiremos de día con las ventanas abiertas hasta que nos ciegue la luz, haremos el amor en colchones en el suelo, con el frío del azulejo en la espalda, en habitaciones huecas y mal aparejadas, beberemos tequila con salitre de mar hasta herir nuestras gargantas raspadas de noche.
Despierto, veo y no veo, no me he equivocado, ella está allí haciéndome una señal con el lápiz y el cuaderno, con su mal castellano pregunta si puede hacerme un retrato. Por trinar en aquella risa y adormecerle los ojos se cederían imperios, me tornaría traidor y cobarde, sería un Don Julián desarrapado, un cobarde Darío o rey Poro, el Guzmán que rinde su torre, acuchillaría Viriatos como Didalco y Minuro, Roma no paga a traidores, mi ángel, pero por ti todo lo vendo...
No dudé y acepté florido el dibujo, le ofrezco una silla pero al cerrar el libro me indica que siga, que en esa traza quiere que sea así, yo de lado y con las piernas cruzadas, me quiere distraído, y en eso acierta, pues quizá no hay manera mejor de leer a Pavese... Trato de cuadrarme en una pose digna, una mezcla entre Arthur Miller y un tribuno romano, y ella sigue raspando con su carboncillo la hoja, entre nosotros sólo ese cuchicheo del lápiz deshaciéndose entre la maraña de fibras del papel, y yo que me muevo inquieto, deseo levantar la vista, libar en aquellos ojos melosos que tan cerca presiento... En las pocas palabras que hemos cruzado he creído reconocer su acento, parece norteamericana, probablemente del interior, de las enormes llanuras de cereales que cruzan aquel país, ojalá sea así, son estupendas estas mujeres de tierra adentro, fieles y solícitas, fuertes como mastines... Intenté levantar la vista pero finalmente desisto, entre nosotros sólo el cri-cri del carbón, insecto que sigue excavando su túnel, y el leve rumor del viento que me abre de nuevo la chaqueta, no puedo evitar un escalofrío inquieto y me imagino ya a solas con ella, hasta siento mis manos apoderándose ya de aquellas caderas anchas, maternales, posadas en aquel pecho breve, de aureolas rosadas a buen seguro...
- ¡Ya lo tiene!- me despierta su voz y extiende hacia mí su cuaderno- ¿Quiere verlo?
- Claro que sí...
Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado. Preferí no mirar hacia la chica, notaba las mejillas encendidas como si tuviera una hoguera bajo las piernas... Entre un juego de líneas y sombras oscuras adiviné mis facciones, aquella panocha canosa, con las arrugas cayendo de los pómulos como si fuera una tartera, el pelo ralo y escaso empezaba mucho más atrás de lo que siempre había imaginado, papada de camaleón abajo y ojos mínimos, necróticos, arriba... todo coronado por una suma expresión de envanecimiento, de estupidez, que puede que fuera lo peor de aquel retrato, mi pose ridícula, engallada, que daba un toque cómico al retrato. Sentía mi cuerpo tal que si ganara peso, como si reblandecidas mis carnes empezaran a filtrase a través de las trabas de la silla. Sólo la voz de la chica me despertó de aquella pesadilla... no sé si lo hubo o sólo imaginé pero noté un deje socarrón en sus palabras.
- No sé si le acaba de gustar... pero lo que sí tiene que hacer es pagarme.
Sin pedir precio ni mediar palabra alcancé un billete que llevaba en el bolsillo y ella pareció quedar satisfecha. Se levantó y la vi perderse avenida abajo, pegada a lo largo de muralla, el cuaderno cogido por el codo, como solía llevar yo mis libros, los pantalones sueltos dejaban casi sus caderas al descubierto... Se movía con un descaro que me ofendía; no volvió la vista atrás, pensé que los saqueadores tampoco vuelven la vista hacia la ciudad incendiada.
Pagué y tomé el camino de mi casa. El viento soplaba más fuerte de vuelta, me abría la chaqueta y parecía entrar por cada intersticio de la ropa, temblaba y rehuía ojear mi figura en fuga en los cristales lustrados. Mi paso ya no tableteaba tan enérgico sobre las chapas que cubren las obras... Subí los dos tramos de la escalera y busqué con ahínco el sofá; una última mirada al retrato, boqueaba humillado y herido, el cuerpo como si lo hubieran manteado, fláccido, el yelmo deslustrado, mi cota y armadura deshechas como si me hubiera reventado el espaldar una lanza.
Me puse con parsimonia una copa y pensé qué amargos son los frutos que deja la caballería andante, y mientras bebía me fui sintiendo más y más viejo, vencido, como Alonso Quijano en la playa de la Barceloneta, rebozado en arena, inválido para más aventuras.


(c) Fernando Clemot


miércoles, 18 de noviembre de 2009

"Estancos de Chiado", de Fernando Clemot, premio Setenil al mejor libro de relatos de 2009



La noticia la supe la noche del miércoles 4 de noviembre por Carlos Salem. Esta entrada debería de haberse hecho el día siguiente, pero estuve unos días en Lisboa (qué casualidad) y hasta ahora.

Los finalistas del premio eran:

Juan Carlos Márquez, Oficios, Castalia
Juan Bonilla, Tanta gente sola, Seix Barral.

Arturo Enríquez, El espacio alrededor, De la luna libros.

Juan José Millás, Los objetos nos llaman, Seix Barral.

Juan Ramón Santos, Cuaderno escolar, Editora Regional de Extremadura.

Vicente Molina Foix, Con tal de no morir, Anagrama.

Jon Bilbao, Como una historia de terror, Salto de Página.

Fernando Clemot, Estancos del Chiado, Paralelo Sur.

Carlos Salem, Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, Ed. Escalera

Andrés Pérez Domínguez, El centro de la tierra, Paréntesis.




En algún blog escribí que Fernando Clemot podía dar la sopresa con Estancos del Chiado. También Carlos Salem lo dijo en su blog: quería ganarlo él, claro, pero si no era así, que se lo llevase Fernado. El porqué era el mismo: es un gran libro de cuentos y está editado por una pequeña editorial. Los dos, autor y editorial, necesitan el impulso del Setenil. Ya lo tienen, ahora espero que tanto él como la editorial sepan moverlo, hacelo ver, prolongar los ecos de la noticia, venderlo.
El Setenil es un premio muy importante como para que pase por los medios un instante y luego quede olvidado.

Algunas editoriales cuyos autores lograron el Setenil , en mi opinión, no han sabido (o no han podido) hacerlo.
Creo que el esfuerzo merecerá la pena.


Próximamente escribiré una reseña sobre el libro, pero, en cualquier caso, recomiendo su lectura. Además, por 10 euros (buen precio, ¿verdad?), disfrutarán de unas cuantas horas de buena literatura y, sobre todo, de la intensidad de lo breve.