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martes, 4 de octubre de 2011

Caña al mono (que es de goma)




Un buen trabajo de crítica de David Liof sobre EN EL MUNDO DE YUPI, uno de mis relatos:

http://davidliov.blogspot.com/2010/11/en-el-mundo-de-yupi-critica-literaria.html








Lamento que se quede en anécdota, pero esa es su visión, lo que le ha transmitido y no puedo cambiarlo. Lo que pretendía decir era tan sutil...

viernes, 1 de julio de 2011

“Esquina inferior del cuadro”, de Miguel A. Zapata



Inquietantes obras de arte
Por Esteban Gutiérrez Gómez.


Miguel Ángel Zapata es uno de los grandes narradores de nanoficciones, el rey de los veinte centímetros sumergidos en castellano. Los dos libros que preceden a este Esquina inferior del cuadro, Baúl de prodigios y Revelaciones y magias, son dos compilaciones de microrrelatos de una hondura insuperable. No se puede decir nada más con tan pocas palabras ni insinuar mejor lo que se pretende transmitir. En cualquiera de estas propuestas literarias de cuarto de folio el lector habrá sido transportado a un más allá literario, a un mundo casi imposible, en la primera frase de la lectura. Ese poder literario persiste en Esquina inferior del cuadro, pero esta vez son relatos, cuentos en su distancia tradicional, lo que Miguel A. Zapata nos ofrece.


Aunque se hable de cuentos en los que el protagonista principal aparezca desdibujado, esquinado, yo encuentro en estos relatos historias terribles, sucesos enterrados en el pensamiento de los personajes, rescates de un pasado que subsistía bajo su piel y les daba forma. Reencuentros que sirven para reventar forúnculos mentales que latían aletargados. Así ocurre en el primero de los cuentos, “En flor”, que nos trasmite el poder creador y destructivo de la locura. Conversión y venganza se suceden en los relatos siguientes en esos pequeños Apocalipsis que Miguel A. Zapata nos ofrece. Locuras y pecados acontecerán también en las siguientes historias: mujeres que adoptan jabalíes a modo de hijos o coleccionistas de jóvenes, son dos de los ejemplos destacados. Puzzles literarios que mejorarán la salud intelectual del lector, ofrecimientos al Dios de Lo Novedoso, intrigas de voces con propuestas de juego extremo en fondo y forma. Voces que van y vienen, que se muestran solo un poco, lo necesario, para que nosotros completemos el cuadro en la cabeza, técnicas impresionistas blanco sobre negro.


Y estoy de acuerdo con Fernando Valls, director de la colección “Reloj de arena” que publica este Esquina inferior del cuadro en Menoscuarto ediciones, porque los dos relatos finales asegurarán la conmoción al lector, cerrando el círculo perfecto del cuento. Se trata de “Esquina inferior del cuadro”, relato que da título al libro y que el autor nos ha cedido en exclusiva para su difusión en Culturamas y, a modo de epílogo, “Los trabajos del astrónomo”. Dos inquietantes obras de arte.


Publicado en Cultura+

jueves, 31 de marzo de 2011

El gran fabulador (Matías Candeira)


Antes de las jirafas, de Matías Candeira
(Páginas de Espuma, 2011)

El gran fabulador, por Esteban Gutiérrez Gómez

El feto parece que se despereza, que cobra vida. Tiembla, se agita, parece que lucha con la tela viscosa que lo cubre, que cree protegerlo. Detrás vemos luces, luces apagadas que nos hacen percibir contornos difuminados, no definidos en el tiempo. Algún sonido llega a nuestros oídos, quizá un susurro, quizá un grito ahogado. Un hombre pasa vendiendo palomitas de colores. Va montado en bicicleta y lleva nariz de payaso, zapatos grandes de payaso, sombrero hongo de payaso. Al hombro porta un hacha afilada y sus ojos no dejan de brillar.

Matías Candeira acojona. Sorprende tanto en el fondo como en la forma, y sus cuentos son inseparables de la vaporosa tela que los cubre. Más allá de la fantasía existe un mundo inquietante, hogar de pesadillas nimbadas y personajes imposibles, diferentes, geniales.
¿Qué pasa por su cabeza? ¿Qué cabeza? ¿Quién dice que Matías Candeira tiene cabeza? Acaso no habéis leído el futuro en su corazón, acaso no sabéis que interpreta cada símbolo, que adivina cada puesta de sol.
¿Y por qué la cárcel? ¿Por qué la opresión? En qué mundo creéis que vivís. Tiene que venir un escritor empapado de ficción para enseñaros la realidad, para haceros llegar la angustia, la opresión, la inquietud, la locura y el surrealismo de la vida en la que os movéis, ¿o es que no os habéis dado cuenta?
Quizá un cuento como “El extraño” os llame la atención, pero “La dimensión del ojo” o “La estirpe amarilla” o “Exploradores” os dejarán con la boca abierta, deseosos de releer historias que ocultan detalles fundamentales en primeras lecturas.
Sí, lo siento, pero son relatos que hay que releer para obtener de ellos toda su esencia. Sí, es costoso, no es literatura de consumo, lo siento, siento tener que haceros pensar. Sí, son muescas en el futuro, de aquí a delante, más allá, volar, dejar la tierra abajo, algo diferente. Sí, qué se le va a hacer.
Tan apegado a la cerveza y al tabaco, al sudor y los restos de comida en las comisuras de los labios, había olvidado esos mundos lejanos que no sólo se alcanzar con naves espaciales y lsd, mundos oníricos en los que alojarme confortablemente mientras releo un cuadro o escucho la postal de mi niñez. Hace tiempo que no disfrutaba de la ficción por la cara como con estos relatos. Disfruto de su lectura, disfruto de su relectura, disfruto de su superación, cuando cierro el libro. Hace tiempo, quizá miles de años, que no soportaba tanta tensión.
Pero me ocurre lo que a algunos hombres inexistentes.
Que me gusta, la opresión, de la buena literatura.

lunes, 21 de marzo de 2011

"Antes de las jirafas", de Matías Candeira



EL GRAN FABULADOR

Por Esteban Gutiérrez Gómez


Antes de las jirafas, de Matías Candeira

Páginas de Espuma. 144 pp. 15€



El feto parece que se despereza, que cobra vida. Tiembla, se agita, parece que lucha con la tela viscosa que lo cubre, que cree protegerlo. Detrás vemos luces, luces apagadas que nos hacen percibir contornos difuminados, no definidos en el tiempo. Algún sonido llega a nuestros oídos, quizá un susurro, quizá un grito ahogado. Un hombre pasa vendiendo palomitas de colores. Va montado en bicicleta y lleva nariz de payaso, zapatos grandes de payaso, sombrero hongo de payaso. Al hombro porta un hacha afilada y sus ojos no dejan de brillar.
Matías Candeira acojona. Sorprende tanto en el fondo como en la forma, y sus cuentos son inseparables de la vaporosa tela que los cubre. Más allá de la fantasía existe un mundo inquietante, hogar de pesadillas nimbadas y personajes imposibles, diferentes, geniales.
¿Qué pasa por su cabeza? ¿Qué cabeza? ¿Quién dice que Matías Candeira tiene cabeza? Acaso no habéis leído el futuro en su corazón, acaso no sabéis que interpreta cada símbolo, que adivina cada puesta de sol.
¿Y por qué la cárcel? ¿Por qué la opresión? En qué mundo creéis que vivís. Tiene que venir un escritor empapado de ficción para enseñaros la realidad, para haceros llegar la angustia, la opresión, la inquietud, la locura y el surrealismo de la vida en la que os movéis, ¿o es que no os habéis dado cuenta?
Quizá un cuento como “El extraño” os llame la atención, pero “La dimensión del ojo” o “La estirpe amarilla” o “Exploradores” os dejarán con la boca abierta, deseosos de releer historias que ocultan detalles fundamentales en primeras lecturas.
Sí, lo siento, pero son relatos que hay que releer para obtener de ellos toda su esencia. Sí, es costoso, no es literatura de consumo, lo siento, siento tener que haceros pensar. Sí, son muescas en el futuro, de aquí a delante, más allá, volar, dejar la tierra abajo, algo diferente. Sí, qué se le va a hacer.
Tan apegado a la cerveza y al tabaco, al sudor y los restos de comida en las comisuras de los labios, había olvidado esos mundos lejanos que no sólo se alcanzar con naves espaciales y lsd, mundos oníricos en los que alojarme confortablemente mientras releo un cuadro o escucho la postal de mi niñez. Hace tiempo que no disfrutaba de la ficción por la cara como con estos relatos. Disfruto de su lectura, disfruto de su relectura, disfruto de su superación, cuando cierro el libro. Hace tiempo, quizá miles de años, que no soportaba tanta tensión.
Pero me ocurre lo que a algunos hombres inexistentes.
Que me gusta, la opresión, de la buena literatura.

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Publicado en CULTURA+

martes, 23 de marzo de 2010

El vuelo del "Colibrí blanco"


Álvaro Quintero, poeta y asesor literario de EH Editores, me pidió un breve artículo sobre El colibrí blanco. Lo podéis leer pinchando sobre la portada del libro o marcando este link:
La revista-blog literaria gaditana EL CALLEJÓN DEL GATO, gestionado por el también poeta Domingo J. Failde, también se ha hecho eco del vuelo del colibrí:
Podéis también daros una vuelta por la nueva web de la editorial:

viernes, 5 de febrero de 2010

Una reseña de "El colibrí blanco" que valoro especialmente

Y la valoro especialmente porque Palip tiene la virtud de no escribir lo que no siente y porque mi narrativa le recuerda a uno de los escritores que más me han marcado, MANUEL RIVAS.
Gracias, Palip.


Juan Pablo Fuentes (Palip)
para Cuchitril Literario

...Leyéndolo me ha recordado a un Manuel Rivas de la meseta castellana (como elogio lo digo y espero que así lo entienda el autor). Me ha gustado más que El Laberinto de Noé y es una buena incursión en el terreno de la novela...
Leer reseña completa aquí


viernes, 29 de enero de 2010

Empieza el AñoLuján



En algún cielo
Marcelo Luján

Premio Ciudad de Alcalá de narrativa 2006
(Edita la Fundación Colegio del Rey, 2007)

Es una pena. Cuantos buenos cuentos se pierden en los concursos. Cuantos libros llenos de relatos magistrales. Los cuentistas somos seres humanos. Comemos y necesitamos cubrir esas mínimas necesidades básicas que se dan por supuesto en todos nosotros. Lo más accesible es enviar nuestros textos a concursos e intentar que los jurados aprecien vértices de nuestra obra que apunten hacia alguna genialidad. Ignacio Ferrando, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Oscar Sipán y, más recientemente y con el premio Setenil a sus espaldas, Fernando Clemot, son vivos ejemplos de ello. Excelentes cuentistas que dejaron sus obras diseminadas por ayuntamientos de toda España, publicadas ad hoc y sin distribución, en el mejor de los casos. El cuento, los cuentos, quedan enterrados por el éxito y los lectores no llegarán a ellos so pena de que luego los reúnan en un libro publicado por una editorial que cuente con eficiente distribución. Y aún así, es difícil llegar a las librerías.
Una especie de condena se cierne sobre nosotros.
Pero no vamos a llorar.
Es lo que hay.

Marcelo Luján es otro de los ejemplos de cuentistas condenados al olvido. Hasta hace unos meses, todo lo que ha publicado son premios literarios que lamentablemente han quedado varados en los anaqueles de las empresas gráficas que los imprimieron. Así ocurrió con su libro de relatos Flores para Irene, que ganó el Premio de cuentos Santa Cruz de Tenerife 2003 o El desvío, cuento ganador del Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007, o el libro del que les voy a hablar ahora: En algún cielo, que ganó el Premio Ciudad de Alcalá de narrativa 2006.

Y es que es una pena y de verdad lo siento. Lo siento por ustedes, que no podrán disfrutar de sus cuentos (a menos que contacten con la librería 3 rosas amarillas y lo encarguen, creo que es el único lugar donde este volumen de cuentos está disponible). Unos cuentos impregnados de aromas porteños (las propias esencias del autor, de nacionalidad argentina, y la de su principal influencia, Julio Cortázar), dotados de una prosa limpia, calibrada, no exenta de riesgos formales y de ansias por la renovación. Escritura sutil, como la del relato que da nombre al libro, En algún lugar, con uno de esos finales que impiden respirar. La experimentación avanza en el siguiente cuento, porque lo de Marcelo Luján son cuentos, donde nos muestra el juego de acá y de allá, la rayuela experimental de los sueños, dos voces y dos lenguas que se mezclan en la mente del lector con un resultado sorprendente. Habría que poner nombre a este coctel de palabras: “genial”. Ponme un genial, diría yo.
Con la copa en la mano disfrutarán de otra maravilla, La noche inminente, una copa nocturna, negra, llena de suspense, trazada como el resto de obras del autor: con tiralíneas, escuadra y cartabón. Nada se deja al azar.
Otro día (estos y todos los buenos libros de cuentos no se deben leer del tirón: empachan) abordarán el que quizá sea la más efervescente propuesta del libro, The queenless, otra incursión en el pasado, porque no les dije, pero ser recuerdos une estos relatos. Y, más tarde, llegarán a Cuidados intensivos, una obra de arte que ya explotó Marcelo tiempo atrás para fijar al jurado como se fija la mariposa a la tabla de corcho: con un alfiler en la garganta. Un cuento de barro y vida, humano y bestial. Y prosiguen las nuevas propuestas, los cambios de forma, el uso diferente del diálogo.
Para el cuento final les recomiendo una tarde, una bebida espirituosa y una hora de tranquilidad por delante. Por propia experiencia lo digo, porque una vez comiencen su lectura no podrán parar, y no digan que no se lo advertí. Una historia tremenda contada por uno de los personajes del cuento de forma tan magistral que el otro personaje, aprendiz de escritor, no logrará escribirla jamás y se refugiará en su intelectualidad y sus propios fantasmas, y un tren y un nombre de mujer: Irene, y esos hilos invisibles que unen las historias de los cuentos. Los aprendices, en plural, pondrán las cosas en su sitio.

En fin, un maravilloso libro que se perderán sobre todo aquellos a los que un eco de la voz de Cortázar les paraliza los sentidos. Pero creo que todo esto va a cambiar, porque este año 2010 será el AñoLuján. A la reciente publicación en septiembre de su primera novela La mala espera (otro premio, el Getafe Negro de Novela 2009, publicada por EDAF y, esta sí, con una excelente distribución) se sumarán un libro de relatos (Arder en invierno, que publicará Baile del Sol) y una nueva novela, Checoslovaquia, que publicará 451 Editores.

Entonces Marcelo Luján será más visible y lamentarán no haberlo leído antes.
Por cierto, el libro cuesta la escandalosa cantidad de seis euritos (6 €).
Una barbaridad.



Página web del autor: http://www.marcelolujan.com/

miércoles, 28 de octubre de 2009

De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel


De mecánica y alquimia
Juan Jacinto Muñoz Rengel

(Ed. Salto de Página, 2009)

La orfebrería del cuento
Por Esteban Gutiérrez Gómez

Intro.
Decir que Juan Jacinto Muñoz Rengel es un especialista en el cuento sería obvio para muchos de los seguidores de este blog, pues conocerán de sobra su trabajo. Decir, además, que domina las técnicas clásicas y que aplica la teoría con rigor científico para lograr su propósito (el propósito de cualquier cuentista: sorprender al lector, conmocionarlo, crearle una realidad paralela de la que le sea difícil salir, alterar su normalidad, cambiar su mundo de tal manera que éste no sea el mismo después de haber leído el cuento), es también una obviedad; añadir, además, que es heredero (Borges, Bioy Casares) y trasmisor (algunos de sus alumnos del taller Fuentetaja y muchos de sus admiradores en todo el mundo) de lo mejor que en cuento fantástico podemos llevarnos a los ojos es asumir una verdad.

Tras este reconocimiento a una sapiencia, comenzaré la reseña de este libro por el final: deben leerlo, es imprescindible tanto si les apasiona el cuento fantástico como si se apegan a la realidad, deben leerlo si les gusta sumergirse en atmósferas inquietantes, si buscan el simple entretenimiento, la evasión de lo cotidiano, si encuentran placer en los juegos narrativos que dan qué pensar. En cualquier caso, deben leerlo, porque les aseguro que este volumen de cuentos no les defraudará.

I.
El proyecto literario que nos ofrece Juan Jacinto Muñoz Rengel no tiene equivalencia entre lo publicado en los últimos veinticinco años. No encontraran una propuesta tan armada de artificios y juegos, tan profunda, tan ambiciosa, tan inmortal.


Los cuentos fantásticos que conforman De mecánica y alquimia trasportarán al lector a mundos lejanos o inexistentes y les provocarán paradojas que se le van formulando en su mente según avanza la lectura. Y cada una de ellas en su momento. Qué gran conquista ésta, que independientemente del bagaje cultural del lector o de su práctica literaria, cada uno verá formulada su paradoja en el momento preciso. Porque ese es uno de los secretos que esconde este volumen de cuentos: han sido elaborados con infinidad de formulas para lograr llegar a todos.

El dominio de la maquinaria en su construcción, el tono narrativo empleado, los giros en las tramas y lo oculto (pero revelado); los principios y finales óptimos, que tensionan la atención del lector, hacen que el interés prenda en él como un fuego ambicioso que no parará hasta arrasar su mente. No en vano, muchos de estos cuentos han obtenido premios literarios de relevancia.
La atmosfera especial que emana de cada uno de los cuentos de este volumen (la típica atmósfera de cuento), la propuesta de innumerables mecanismos lúdicos al lector, la densidad que desprenden cada uno de ellos ( acumulativa, cuanto a cuento, como después explicaré), su contenido abismal en cuanto a pretensión literaria, y, atención, la vinculación de unos con otros de tal forma que la lectura lineal de los cuentos es casi obligatoria, hacen que la propuesta de Juan Jacinto Muñoz Rengel sea meritoria sólo por ello, por la causa, aunque no hubiese logrado el efecto deseado en el lector (que es muy poco probable).

Este libro se ha fraguado durante años, la vinculación de un relato con el siguiente (existe una ordenación temporal de los mismos) en forma de trama añadida, la utilización de instrumentos de decantación de humores, habrá obligado una y otra vez a Juan Jacinto Muñoz Rengel a la reescritura de los cuentos sin hacerles perder “naturalidad”.

Ese es el secreto de su alquimia: el lector disfrutará de la lectura y se preguntará cómo es posible. El lector admirará a Juan Jacinto Muñoz Rengel por su genialidad, por su chispa creativa. Sin embargo no sabe que para conseguir sorprenderle, cautivarlo, el autor estuvo tres años buscando el párrafo clave de la historia o aquella palabra demoledora que causó su nocaut.


II.
De mecánica y alquimia
pretende mostrar la trasformación del mundo a través de los elementos mecánicos y químicos. La materia y la psique, cuerpo y alma, involucrados en el proyecto de la evolución. Desde el Toledo musulmán hasta nuestros días la ambición del hombre siempre ha sido la misma: obtener aquello que desea y no pagar un alto precio por ello. En diversas etapas en ese recorrido histórico se detiene Juan Jacinto Muñoz Rengel, mostrando las trasformaciones de ese mundo en cada época. Pero esas trasformaciones son una metáfora porque en realidad siempre ocurren. Ocurren con la muerte (se pasa del estado “vivo” al estado “muerto”), y ocurren cuando un personaje humano se trasforma en un pez o se humaniza un robot o cobra vida un pedazo de barro. Y estos son ejemplos de los personajes que pueblan estos cuentos: robots, golems, fantasmas, objetos inanimados que comienzan a hablar.

El libro conforma un puzzle en todos los sentidos (fondo y forma) y cada relato se acumula en el siguiente, hilvanándose, añadiendo valor al conjunto. Lo repito, ya sé, pero es que es muy importante para entender el alcance de este proyecto narrativo.

El primero de los cuentos “El libro de los instrumentos incendiarios” obligó al camarero que me servía el desayuno a calentarme dos veces el café porque me sumergía tanto en el ambiente de cuento, en ese Toledo musulmán de sabios astrónomos y de constructores de máquinas del futuro, que lograba abstraerme de la realidad. En el cuento ya se utilizan casi todas las armas narrativas de Juan Jacinto Muñoz Rengel, logrando la atmósfera ideal y proponiéndonos infinidad de juegos y lecturas.

El siguiente cuento, “El relojero de Praga”, muestra al menos dos (quizá en ulteriores lecturas descubra alguno más, porque les aseguro que este volumen de cuentos esconde muchísimos secretos), al menos, decía, dos hilos de seda casi imperceptibles que lo unen al primero, siendo consecutivo en el tiempo (ya dije que los cuentos están ordenados cronológicamente) volviendo a crear atmósfera de cuento legendario, clásico, inmortal. La historia no tiene desperdicio y todos aquellos que hayan visitado Praga y hayan estado frente a las esferas doradas del reloj, sentirán un estremecimiento helador.

Lo mismo ocurre con el siguiente cuento, con “Lapis philosophorum”. Juan Jacinto Muñoz Rengel nos introduce en una abadía medieval en la Provenza y nos presenta al hijo de Nostradamus. Hijo que hereda los poderes proféticos de su padre a pesar de sus impedimentos y que luchará contra su maestro, un monje que busca la Piedra Filosofal y que será consumido por su ambición.

Y así cuento tras cuento, situando la acción en algún lugar de Europa y en momentos consecutivos de la Historia. Sagas malditas, juegos de muerte, historias cada vez más fantásticas. La evolución por la trasformación del mundo, el cambio a través de elementos mecánicos y químicos.


Epílogo.
Hay un cuento clave en este volumen. Se trata de “El sueño del monstruo”. La historia es clásica, sobre todo para muchos de nosotros, los cuentistas que no publicamos porque parece ser que a nadie le importa lo más mínimo lo que tenemos que decir. El personaje principal es un escritor y la acción se sitúa en Londres mediado el siglo XIX. Nuestro escritor no logra publicar, pero su mente no deja de trasladarle historias que escribir. Son historias descabelladas, con personajes imposibles. Se nos presentan intercaladas entre frazadas de la realidad cotidiana y aburrida de ese personaje escritor. Quién sabe si no es este escritor “fracasado”, que acaba tragado por el mundo de la ficción, el personaje que, a modo de delegación cervantina en Cidi Hamete Benengeli, ha escrito los cuentos que conforman este volumen.

Vale.




El botón de muestra:

El pescador de esponjas

Entró en la cantina, buscó con la mirada, evitando los cuerpos de los feligreses que se desparramaban sobre las mesas, se acercó al capitán y le dijo:

—Soy un pescador de esponjas.
El capitán rio de buena gana.
—¡Todo el mundo en Kalymnos es pescador de esponjas! —Al reír descubrió la doble hilera de dientes podridos, y las encías ulceradas, enmarcadas en una barba gris. Luego la sonrisa volvió a sumirse en las comisuras de una boca torcida, y se bebió el vaso de un trago, como para cauterizar las llagas que lo mortificaban.— A ver, muchacho, ¿de cuántas expediciones has vuelto ya con vida?—
De ninguna todavía, señor. Pero puedo contener la respiración durante mucho tiempo, soy fuerte, no me importa el riesgo y aprendo rápido. Y si he venido hasta estas islas es porque quiero ser un pescador de esponjas de Kalymnos. —El pecho desnudo del joven precipitaba su ritmo conforme avanzaba en su discurso, y sus grandes pulmones parecían querer escapar a algún otro sitio.
—Comprendo —dijo el hombre, volviendo a encajar la mirada entre las botellas que se alineaban tras la barra—, eres todo voluntad.
Esa noche el capitán llevó al joven a su casa, y le ofreció hospedaje y alimento a cambio de unas pocas monedas, hasta que partieran para la siguiente expedición. Mientras tanto, esos días practicarían la pesca de esponjas en la orilla, a tres o seis metros de profundidad, le dijo, algo que necesita tanto de técnica como de astucia, y de mucho tesón. Aquella misma noche comieron sardinas con pan y aceitunas, sobre una mesa de madera ennegrecida por el hollín y la grasa. Antes de que el joven se retirara a su alcoba, la esposa del capitán le pidió que le diera la mitad de las monedas como señal. El muchacho así lo hizo, y la mujer contó una a una cada pieza de cobre, y las envolvió en un pañuelo manido que fue a parar a su seno. Cuando subía las escaleras, el joven miró hacia el calor del hogar, y vio al hombre y a la mujer allí de pie, siguiendo sus pasos fijamente, con ojos redondos y chispeantes, como dos gatos que cazan en la noche.
Principiaba el otoño, la estación en la que comienzan las partidas de pesca a lo ancho del Egeo, para luego alcanzar las costas de Túnez, Libia y Egipto. El joven tendría que aprender pronto el oficio de buzo, si quería hacerse rico recolectando las esponjas que todos conocían como el oro de Kalymnos. En su primera jornada, nadando con un cilindro de metal entre los brazos, cuya base de vidrio le permitía ver el fondo marino, aprendió a distinguir la acaracolada y porosa psilo de la esponja lagophyto, que era más bien como un gran trozo de seta, o de la tsimoucha, que parecía alargar sus dedos anaranjados hacia los cuerpos de los pescadores.
—Es cierto que estos animales valen su peso en oro —le dijo el capitán, sentado junto a las capturas—. Pero no te engañes, ningún buzo de las islas del Dodecaneso se hace rico pescando esponjas. Con mayor probabilidad se dejará aquí la vida, prendida de cualquier arrecife. O quedará paralítico. Ni siquiera yo, con un pequeño barco de no más de seis tripulantes, llegaré nunca a escapar de la miseria. En estos fondos no hay ninguna piedra filosofal.
—Pero mucha gente se ha hecho rica con las esponjas... —decía el muchacho, siguiendo al capitán por las rocas, tratando de distinguir dónde pisaba el marinero para apoyar él su pie en el mismo sitio.
—Unas cuantas familias, sí. Pero ellos no pescan, ellos tienen sus empresas en Londres, en Kiev y en Moscú. ¿Has visto la casa de los Vouvalis, aquí en Pothia?
—Sí —asintió el joven, con un suspiro preñado de sueños.
—Pues tú nunca tendrás una casa así. —El capitán se volvió para mirarle.— Tú morirás aquí —sentenció con la línea negra de su boca, y al torso bronceado del muchacho lo recorrió un escalofrío disfrazado de húmeda brisa del crepúsculo.
—Me están saliendo unas extrañas durezas en las manos y en los pies— dijo el muchacho, sentado en la mesa de la oscura cocina, anegada por el humo de las sardinas asadas.
—Es normal —le contestó el capitán—, habrás cogido hongos.
—Pero son más bien como verrugas, enormes y llenas de escamas.
—¿Te duelen? —preguntó la mujer.La esposa del capitán era achaparrada y obesa, tenía la nariz torcida y pegada al labio superior, y llevaba el pelo grasiento recogido en un moño.
—No. Pero no dejan de crecer, y se me empiezan a extender por todo el cuerpo —continuó el joven, señalando con el dedo algunas erupciones que le rodeaban el codo.
—Tonterías, eso son tonterías para un mozo sano y fuerte como tú. Se te curarán solas —zanjó la mujer, frotando con ambas manos los hombros desnudos del apuesto muchacho.
Más tarde en la cama, el joven pescador de esponjas soñó que estaba en el fondo del mar, y que no podía librarse de la piedra que los buceadores usan como lastre para mantenerse pegados al lecho marino. Arriba, en el sueño, de pie sobre la cubierta de un barco, deformados por las ondulaciones de una masa de agua verde, estaban el capitán y su esposa, observando cómo se ahogaba sin que ninguna onda conmoviera la expresión de sus semblantes, con ojos grandes como platos.
Cuando las esponjas son sacadas del agua, son de color negro y tienen un aspecto poco atractivo. Apenas el muchacho arrojaba sobre las rocas las esponjas que había amontonado en su cilindro de metal, el capitán las pisoteaba con fuerza, hasta romper los tejidos internos. Luego, entre ambos, las sumergían en el mar en una red, y las dejaban allí durante horas, para que se les desprendiera la membrana exterior y todos los tejidos, y se quedaran en la mera fibra del esqueleto. El muchacho era tenaz e incansable, sonreía por cualquier motivo, y cada jornada sus proporciones clásicas de efebo se sumergían en el mar dos veces más que el resto de los aprendices de buzo que practicaban en la orilla. A pesar de que la enfermedad que le atacaba las manos y los pies lo estaba deformando por completo.
Cada atardecer, al final de la jornada, los dos hombres golpeaban las esponjas capturadas con las ramas de una palma, para eliminar cualquier cuerpo extraño trabado entre las fibras, una vez desechados los tejidos. Pero aquel día lo hubo de hacer el capitán sin ayuda, porque los dedos del muchacho se habían convertido en un manojo de bultos chatos, como una ristra de mórbidos berberechos, que no le permitía coger nada punzante. Más tarde, al regresar a casa, el joven se tuvo que apoyar en los viejos hombros del capitán, porque sus pies regastados no le permitían ya desplazarse por la tierra firme.
—Las tenderemos en el patio, y cuando estén secas las prensaremos —le decía el capitán, para hacerle pensar en algo distinto que su dolor—. Luego el comerciante al que se las vendamos las recortará en su taller, y les dará formas de fantasía, y las bañará en agua y ácido hasta que se tornen doradas.
En la casa, la mujer ayudó a su marido a subir al joven a su alcoba, y sumando las fuerzas de ambos lo consiguieron introducir en la cama; los peldaños quedaron manchados por un rastro blanquecino, como la baba de un molusco gigante. Una vez bien arropado en su jergón, los ancianos permanecieron un rato mirándolo, complacidos. El lecho del joven era blando y confortable, tenía el poder de sumirlo en el sueño apenas lo tocaba, meciéndolo con el vaivén de las algas acunadas por la marea; y sin embargo, luego, el joven acababa siempre arrastrado hasta pesadillas angustiosas, pesadas, con la forma de un remolino que se hunde y se hunde en las profundidades. A la mañana siguiente, las piernas del muchacho terminaban donde empezaban sus rodillas.
—¡No tengo piernas! —lloró el muchacho venido del norte en busca de fortuna.
—No te preocupes —le tranquilizó el viejo marino—, para bucear no son estrictamente necesarias las piernas. Podrás seguir haciéndolo en cuanto te recuperes.
—¡Pero no podré andar! ¡Ya no puedo andar, ya no hay nada ahí abajo, mis pies no están! ¡Y puede que pierda mis manos! Entonces no podré pescar, ni coger nada, no volveré a ser una persona normal nunca más...
—Vamos, tienes que ser fuerte —dijo la vieja, acompañándolo de nuevo a la cama—. Acuéstate y pronto estarás bien.—¿Han llamado a un médico? —preguntó el muchacho.
—Sí —respondió ella—. Pronto estará aquí. Ahora está en otra isla, pero es muy buen médico y pronto llegará. Duérmete.
La mujer lo ayudó a meterse en la cama, estiró la sábana sobre el colchón deforme, que cada día se mostraba más y más grande, y revistió los extremos de membrana que habían quedado al descubierto. Allí, arropado, el perfil del joven pescador de esponjas parecía una cordillera de arena deshaciéndose bajo el agua, un hatillo de sangre, carne y esperanzas filtrándose sobre un tamiz de millares de poros. Los viejos, sin perder detalle, se abrazaron.

Relato extraído de “De mecánica y alquimia", Salto de Página, 2009

Esteban Gutiérrez Gómez, 2009

jueves, 11 de junio de 2009

El peluquero de Dios, de Antonio Crespo Massieu


El peluquero de Dios
Antonio Crespo Massieu
Narrativa Bartleby,2009


7 obras de arte
por Esteban Gutiérrez Gómez


El valor de los recuerdos, el poder de evocarlos en una fotografía, en un cuadro; volver allí donde nunca deberíamos volver, el momento en que todo se perdió.

Antonio Crespo Massieu con estos siete relatos nos presenta a personajes que vuelven su mirada al pasado para encontrar aquél suceso que marcó su destino para siempre. Todas las historias marcadas a fuego en la mente, todas con olor a guerra. Sucesos gravísimos que han madurado en el tiempo y se divisan lejanos y asumidos.

Para ello se ayuda de profusas descripciones y un tono narrativo tierno y melancólico que nos sitúan inmediatamente en la vivencia personal del personaje, que son hacen vivir con él cada una de las historias, vivir personalmente cada uno de los sentimientos que ellos parecen sentir.
Ese tono narrativo será el que seguramente (y sin comparación porque en todo caso sería un logro del autor) recuerde al lector aquellos Girasoles ciegos de Alberto Méndez. A ello ayuda utilizarlo también en sucesos extremos, relacionados con todo tipo de guerras.

Los siete relatos son obras de arte.

“Un olor a verbena”, el primero de ellos, llena de esperanza los corazones en una situación crítica, seguramente la más espantosa que un ser humano puede vivir, y da la pauta para lo que el lector se va a encontrar en el libro: buscar la fuerza para seguir adelante en los recuerdos, porque el pasado que no nos ha matado nos hará más fuertes.

Don Alberto, el viejo profesor que se jubila, y que de todos los recuerdos imborrables que llegan en ese momento a su mente, el único que quisiera olvidar es el que cada día le atormenta, el fantasma de ese alumno al que defraudó, es el personaje del segundo relato: “La última clase”.
“El peluquero de Dios”, relato que da título al libro, es una historia bárbara pero entrañable que no voy a desvelar al lector. La vida de Samuel Lipstein se quebró aquél día que dio un paso al frente y decidió vivir. Juzguen ustedes mismos.

“Una fotografía”, al igual que el siguiente relato, “Pequeño paisaje con mirada”, nos muestra el poder telúrico de las descripciones de Antonio Crespo Massieu , su capacidad para envolver al lector y situarlo lejos en el tiempo para vivir uno de los momentos de quiebros al destino. La única diferencia es que en el segundo de los relatos el autor madrileño se reserva la única excepción al realismo que domina el libro, y lo hace también de manera silenciosa, natural, perfectamente lógica, como ocurrió con los peces aquellos de Cortázar.

“Madrid en otoño” es una bellísima historia de amor truncado por la dictadura argentina, que invita a la relectura por el placer de volver a disfrutar de ella.

El último de los relatos, “El regreso”, muestra una trama más complicada, también relacionada con los horrores de la guerra y de las dictaduras, y contiene a mi modo de ver la clave para comprender la profundidad del libro: “A veces hay que regresar. Irse, tomar distancia, luego volver. Mirar entonces con otra mirada. Descubrir este paisaje [...] y verlo como recién aparecido. Tan diferente, tan extraño, tan reconocible y ya tan ajeno.”


Este es, en definitiva, un libro de relatos muy valioso, imprescindible diría yo, que gustará a los lectores a los que encantó aquella única y asombrosa propuesta literaria de Alberto Méndez, y al que deseo su misma suerte porque habrá muchos lectores, como yo, que estaban deseando volver a posar sus ojos en relatos como aquellos, que narraban la barbaridad del mundo desde la melancolía del perdedor pero no vencido.

Y que nadie busque polémicas en el parecido de ese peculiar tono narrativo tan difícil de lograr. Antonio Crespo Massieu, más poeta que narrador, define los objetivos de su poesía de esta manera: “Mirar el mundo con los ojos de las víctimas, los olvidados, los excluidos de la historia. La poesía es esta mirada, esta voz herida”.
No cabe entonces ninguna duda.


Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Profesor de literatura española en Enseñanza Secundaria. Ha publicado la antología comentada Una mano tomó la otra. Poemas para construir sueños (Comunidad de Madrid, 2002), en coautoría con Pedro Hilario, Roberto Bravo y Fernando Cañamares. Desde 1997 es responsable de las páginas literarias de la revista "Viento Sur", de cuya redacción forma parte. Ha escrito los poemarios: Acaso revelación, En este lugar (Fundación Kutxa, Donostia- San Sebastián, 2004) que obtuvo en 2004 el “Premio de Poesía Kutxa. Ciudad de Irún” en su XXXV edición, Orilla del tiempo (Germania, Valencia, 2005) y Elegía en Portbou. Ha publicado trabajos de investigación y de creación literaria en revistas como Anthropos, Revista da Faculdade de Letras-Universidade de Lisboa, Asparkía, La ortiga, Dossiers feministes, Diálogo de la lengua, El cielo de Salamanca, Riff-Raff y Viento Sur. Poemas suyos han sido incluidos en las antologías poéticas: La paz y la palabra, Letras contra la guerra (edición de Manuel Francisco Reina, Odisea Editorial, Madrid, 2003), Una mirada hacia la poesía española actual (revista Luna Nueva, Colombia, 2003), Voces del extremo V. Poesía y Realidad (Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, 2003), Agua. Símbolo y memoria (Slovento, Madrid, 2006), Vida de perros (Editorial Buscarini. Logroño, 2007), Calendario de la poesía española. Antología poética (Alambra Publishing, Bertem, Belgium, 2007), Calendario de la poesía en español. Antología poética (Alambra Publishing, Bertem, Belgium, 2008), Voces del extremo IX-X. Poesía y capitalismo (Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, 2008) y Los centros de la calle. Antología pequeña (Germania, Valencia, 2008) .

domingo, 7 de junio de 2009

Sarta de cuentos y otros relatos, de Raúl Rubio


Una vez acabado el libro de cuentos de Raúl Rubio, Sarta de cuentos y otros relatos, lo primero que denotará el lector es que todo el amor por la literatura en general y por el cuento en particular que desprende el libro ha traspasado la cubierta y es capaz de alojarse en su corazón.
Casi todos los relatos cuentan con un personaje lector, escritor, mayormente cuentista, que focaliza en la literatura el Sol de su vida. Para mí entonces fue fácil empatizar con ellos, porque compartimos la misma pasión.
Las propuestas son interesantes, denotan las influencias cortazianas que esperaba encontrar y el gusto por el riesgo y la experimentación que seguro el amigo Poli ha inculcado en él.
Fruto de ello es un cuento excepcional, original y muy trabajado, que sería merecedor de un espacio reservado en los talleres de escritura creativa. Estoy escribiendo sobre “Manual de instrucciones”, una ensoñación atrevida que cautivará a cualquier lector. ¿Qué dirían ustedes si leyendo las instrucciones de uso de su pequeño electrodoméstico recién comprado descubriese que alguien les cuenta su vida?
Fantástico.
Otros relatos que destacaría de la propuesta de Raúl Rubio son: “La epidemia”, cuento en el que la historia subyacente está presente desde su inicio para al final emerger, como mandan los cánones, superando la aparente historia principal. En este relato la literatura es pan de vida. “La boda del primo Beltrán” les llamará la atención por su final y porque demuestra que Raúl sabe guardar el secreto. “Aquelarre” me hizo disfrutar especialmente. Es un cuento para cuentistas que se verán reflejados en alguno de los personajes que pululan por él. El hastío final es compresible.
Con sólo estos cuatro cuentos el libro ya merece la pena. Pero hay más... y no se los voy a descubrir.

martes, 26 de mayo de 2009

PERTURBACIONES (fantásticas perturbaciones)



PERTURBACIONES
Antología del relato fantástico español actual
Varios autores
Edición y prólogo del escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel

Ed. Salto de Página, 2009

Ni que decir tiene que el cuento en España no se valora, y si es fantástico, se valora menos todavía. Se ve que el mundo de fantasmas, dúplices, desaparecidos, predeterminaciones, abismos mentales, universos paralelos, metamorfosis y bucles temporales (por nombrar algunos ejemplos) no se lleva hoy, no es last.


Y es posible que lo que ahora se valora esté más alejado de la concepción clásica de cuento. Sin embargo, no conviene olvidar los orígenes que el cuento tiene, bien para divisar el faro a la hora de abordarlo, bien para abandonar la luz y adentrarse en terrenos más realistas.


La antología de la que hablamos, PERTURBACIONES, contiene muy buenos ejemplos de autores actuales que cultivan el género fantástico, de casi todas las facetas que éste ofrece y demuestra, a pesar de todo, la buena salud de la que goza.


El antólogo, Juan Jacinto Muñoz Rengel, ofrece en su prólogo un estudio para ayudar al lector a delimitar el género fantástico de otros géneros concomitantes, un estudio que a mí me ha ayudado a ordenar etiquetas. En este sentido, la separación que más cuesta definir es la delgada línea que separa lo fantástico de lo surrealista. Pienso en los mundos oníricos de muchos autores de cuento (muchos de ellos jóvenes) y, la verdad, me era muy dificultoso discernir lo fantástico de los surrealista. Después de las palabras de Juan Jacinto, el panorama se aclara.


La antología tiene el aliciente de contener autores actuales (vivos), ordenados de mayor a menor edad, lo que ofrece una perspectiva de lo que ha evolucionado en género: apenas nada. Un relato fantástico será siempre un relato fantástico. Poe, Cortázar, Borges, Maupassant, Lovecraft y demás espíritus cuentistas estarán orgullosos de sus hijos intelectuales.


Más que interesante es en mi opinión la entrada de microrrelatistas en al antología, cualquiera de ellos (Aparicio, Iwasaki, Zapata) rompiendo esquemas racionales en unas breves líneas, llevándonos a mundos lejanos pero posibles.


Más abajo nombraré a los antologados, pero antes debo descubrirles el autor de la antología (las antologías tienen la facultad de hacernos descubrir autores que hasta entonces nos eran desconocidos o se nos habían pasado por alto) que más me ha sorprendido. Para muchos de ustedes será ya un joven maestro, así que perdónenme el desconocimiento. Se trata de Ignacio Ferrando: un magistral cuentista, de aquellos que utiliza la técnica y el saber para buscar la esfericidad, la perfección formal, el asombro del lector. Después de leer el cuento (el espejo mágico como referente, otro clásico), acudí a Wikipedia para descubrir a un autor que ha ganado casi todos los premios importantes de cuento de este país y que maneja los recursos, ya lo he dicho, de forma magnífica.


Pero cualquiera de los relatos que contiene el libro asegura una lectura amena, una inclusión en mundos perdidos, un paseo espiritual entre lo diferente, otra forma de ver el mundo.


Están antologados en PERTURBACIONES (ordenados por fecha de nacimiento):

José María MERINO

Juan Pedro APARICIO

Cristina PERI ROSSI

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS

Pilar PEDRAZA

Norberto Luis ROMERO

Julia OTXOA

Elía BARCELÓ

Laura FREIXAS

Ignacio MARTÍNEZ DE PISÓN

Carlos CASTÁN

Luis GARCÍA JAMBRINA

Ángel OLGOSO

Fernando IWASAKI

Pedro UGARTE

Manuel MOYANO

David ROAS

Félix J. PALMA

Miguel Ángel MUÑOZ

Ignacio FERRANDO

Óscar ESQUIVIAS

Jon BILBAO

Patricia ESTEBAN ERLÉS

Luis Manuel RUIZ

Óscar SIPÁN

Miguel Ángel ZAPATA


No están todos, y lo dije en otro post, pero la muestra sí es muy representativa del cuento fantástico español actual.
Pase y lea, adéntrese sin temor, es sólo un libro.
¿O no?


sábado, 23 de mayo de 2009

"Quédate donde estás", de Miguel Ángel Muñoz


Quédate donde estás
Miguel Ángel Muñoz

Ed. Páginas de espuma, 2009

Hace unos días tuvo lugar la presentación del nuevo libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz. Conocí al autor, al que admiro por la apuesta a favor del género narrativo breve que realiza desde su blog El síndrome Chejov, y compartimos charla amena sobre este mundo del cuento que nos fascina.

Lo primero, lo que más me ha llamado la atención de este volumen de cuentos, es la profundidad literaria en la que se sumerge Miguel Ángel Muñoz. No sólo formal, no sólo en el empleo de las técnicas literarias, que también. Las referencias a autores en los relatos, a actitudes de escritores pudiera decirse, es enorme: Salinger, Kafka, Onetti, Carver, Ford, Chéjov, Tolstoi, Dostoievski, Faulkner, Proust, Rimbaud, Cheever, Cortázar y otros autores desfilan por ellos. No se trata de metaliteratura, es más bien un juego en el que los autores se convierten en personajes y la mente de Miguel Ángel Muñoz les hace actuar en tramas posibles pero irreales con una naturalidad que anula la capacidad de asombro del lector. Más de la mitad de los relatos tiene alguna referencia literaria.

Miguel Ángel Muñoz alterna relatos cortos (que él llama microrrelatos) con otros de mayor longitud. Casi todos los relatos cortos son obras de arte miniada, pero yo destacaría “Quiero ser Salinger”, el primer relato del libro, por la propuesta, franca y directa, que ofrece al lector; y, sobre todo “Vaiven”, una historia imaginaria absolutamente maravillosa en la que Ford y Carver son protagonistas de un “duelo por el cuento”, y “Jabón de Marsella” un delicioso cuento tan entrañable como intenso.

De los relatos largos, habría que destacar dos que me han sorprendido, que me han obligado a una relectura posterior por el placer de volver a leer. Uno es el inquietante “Vitruvio”, cuento de una fantasía al servicio literario que llega a hacerme preguntar hasta qué punto Miguel Ángel Muñoz está sumergido en este mundo de la narrativa, qué fantasma interior le hizo la propuesta del argumento que él desarrolla tan ejemplarmente. El otro es “Los niños hundidos”. Ni idea de lo que pasó con este relato la primera vez que lo leí, eso si lo leí, porque ni lo recordaba. Nada de aquello me era familiar cuando me encontré con él en la antología de cuentos fantásticos realizada para Salto de Página por Juan Jacinto Muñoz Rengel. Después de su descubrimiento, he de considerado un grandísimo cuento por la tensión creada en la narración, por la atmosfera onírica que lo envuelve (un personaje más en la historia, quizá el principal), y por la angustia que esa tensión narrativa y esa atmósfera irreal causa en el lector.
Un último consejo: no dejen de pasarse diariamente por el blog del autor. Es, quizás, el mejor blog español dedicado a la narrativa breve. Ayer mismo publicó una de sus soberbias entrevistas, esta vez a Javier Sáez de Ibarra, ganador del I premio Ribera de Duero de cuentos, con una dotación económica bárbara (pero justa).

jueves, 30 de abril de 2009

Revelaciones y magias, de Miguel Ángel Zapata


Revelaciones y magias
Miguel Ángel Zapata

Ediciones Traspiés, 2009
PÁSAME EL ESCALPELO
por Esteban Gutiérrez Gómez

En el género narrativo breve, a la búsqueda extrema de la concisión y el minimalismo fundamental, el microrrelato se muestra como el más difícil todavía.

No son muchos los autores que se ciñen casi exclusivamente a este arte, explorando todas sus posibilidades creativas. Miguel Ángel Zapata es uno de ellos. En su anterior libro, Baúl de prodigios, nos demostró lo aparentemente fácil que es evadirse y hacer llegar al lector a mundos oníricos en pocas líneas. Aparentemente, claro, porque este arte mínimo, requiere la utilización de una innumerable lista de técnicas de escritura específicas, amén de la elección de tonos narrativos adecuados y puntos de vista únicos en cada una de las propuestas.

Aquel Baúl de prodigios reunía alrededor de 150 microrrelatos, divididos en 5 libros-partes, pero que mostraban un amplio abanico de lo que puede entenderse por microcuento. En todos, como hasta ahora ha sido tradición, Miguel Ángel Zapata (en lo sucesivo, MAZ, Señor de los Micros) utilizaba el título como parte de cada una de esas propuestas narrativas; parte importante, definitiva. Pero eso era antes, porque uno de los elementos que sorprenderán al lector al abrir Revelaciones y magias, es que eso ya no es importante.

Este es un ejemplo de la constante experimentación y evolución que hace MAZ de su prosa. Buscador infatigable de los límites, divide su nuevo libro en dos partes completamente diferentes: Magias y Revelaciones.

Magias contiene su propuesta más novedosa de microrrelatos. Con las dos o tres narraciones primeras, ya tiene al lector asombrado por aquel mundo onírico y surrealista en el que situaciones disparatadas y personajes increíbles, se hacen realidad. Pasan por los ojos del lector, a título de ejemplo: muñecas que envejecen, fantasmas que se encuentran con sus fantasmas, hombres diminutos, ciudades habitadas sólo por médicos, un pequeño trozo de nada en medio del salón.
La imaginación de MAZ para dar la vuelta a la realidad de las cosas, es portentosa, inagotable. Pero eso no sería suficiente si no añadiese a muchas de las breves historias una gota de ironía, un bis de cachondeo, una mueca de sonrisa.
Esa mirada diferente de la realidad, continuadora de aquel Baúl de hace dos años, es el tema común de sus narraciones breves.
Pero todo sería nada si el punto de vista elegido fuese otro u otro fuese el tono narrativo. Todo quedaría olvidado si no colocase la lupa en su ojo izquierdo y con las pinzas (léase técnicas literarias, sapiencia) diese vida al reloj.
Y ya lo anticipaba. Un paso más allá, casi definitivo, desafiante. MAZ no titula ni uno sólo de estos micros. Pierde el referente, renuncia al bombazo de la relectura por el lector (normalmente cuando uno acaba de leer un micro que no ha llegado a explotar en la mente, casi por instinto vuelve a leer el título y, en muchas ocasiones, el título activa la mecha que inmediatamente conduce a la explosión). Pues MAZ no quiere segundas oportunidades. Su apuesta, quizá penúltima (nunca se debe decir nunca jamás), es lúdica y extremada, original y satisfactoria.
Para terminar el análisis de esta primera parte del libro, recomiendo leer y marcar aquellos micros que en la lectura nos hayan producido alguna sensación. No serán todos, claro. Pasados unos días (el libro un tiempo en la nevera) volver a releerlos y volver a marcar los micros que nos digan algo. Verán que sorpresa.
Revelaciones es, en palabras del autor, “una micronovela”. Una micronovela, entiendo yo después de su lectura, es un conjunto de microrrelatos ofrecidos al lector a modo de fichas de un puzzle, para que componga la historia que se cuenta.
¿Y qué se cuenta? Él y Ella. Principalmente Ella, Priscilla, y Él. Dos almas en pena, a la deriva, en una relación de pareja que se hunde. Ese es el tema, pero lo importante, lo sorprendente, la demiurgia de estos textos, es el modo en el que MAZ nos cuenta la trama, la estructura que la soporta.
Ignoro de cuál de los demonios que habitan a MAZ ha surgido esta concepción, pero habrá que tenerle presente en el futuro; porque el futuro, supongo, no acaba aquí.

Por último, no perderse la introducción y el juego con Houdini al inicio de cada parte del libro. Genial ironía la suya.

viernes, 3 de abril de 2009

SUBMÁQUINA, de Esther García Llovet


SUBMÁQUINA
Esther García Llovet
Ed. Salto de Página

Fernando Royuela dice en la introducción a este proyecto literario: “Cualquier experimento narrativo debe ser de entrada celebrado...”. Yo opino lo mismo que él.
Es mucho el riesgo que corre Esther García Llovet y es de alabar la apuesta que Salto de Página realiza al editar SUBMÁQUINA.
Nos encontramos con un conjunto de relatos que muestra a frazadas la vida de la protagonista central de la obra, Tiffani Figueroa. La lectura de los relatos nos ofrece distintos aspectos de su vida: los traumas que marcaron su infancia, su adolescencia, la forja de su carácter extremo y libertario, los despojos de sus familias, el gusto por la vida al filo, su trabajo como detective, el porqué de su ausencia, de su permanente búsqueda. A frazadas, sin llegar a completar el puzzle, pero ofreciendo los suficientes datos como para hacer de los relatos un todo que haga al lector tener una comprensión cenital de la obra. Esa visión del todo le llevará al convencimiento de estar en tierra de nadie: esas breves narraciones podrían conformar una novela, un nuevo modelo de novela.
El juego literario está presente en todos los aspectos de SUBMÁQUINA. Es pues una obra que busca la complicidad del lector, su implicación en ella de modo activo. Eso me gusta.
De entrada la estructura es novedosa, fragmentaria y actual, en la que se detectan influencias cinematográficas de películas como “21 gramos” o la oscarizada “Crash”. Es un caso inverso a lo tradicional: suele ser el cine el que se nutre de la literatura a la hora de estructurar una obra, y no al revés.
Hay entre los relatos una serie de hilos de seda invisibles, aparentados, que unen unas historias con otras; apenas un apunte, un dato, que explica actuaciones en los otros relatos, comportamientos futuros.
Otra característica de los mismos es la búsqueda de la situación límite, del territorio-frontera, no sólo físico, también síquico. El gusto por el vértigo, por vivir en el filo de la navaja.
Ese lector cómplice debe desentrañar los símbolos presentes en las narraciones, debe anotar mentalmente voces de niños al otro lado del teléfono, sonidos de disparos en la noche, imágenes descritas con acierto, hechas para perdurar en la mente del lector, para conducirlo hasta el final del laberinto.
Esa misma busqueda del límite la podemos encontrar en el estilo de su escritura. El gusto por trasgredir (esas sucesiones y enumeraciones sin cambio de sentido con la puntuación) que hace también algo más complicada la lectura.
Estamos, pues, ante una obra arriesgada, que experimenta con el argumento (no todo se dice, ni siquiera se muestra), con la estructura (un puzzle al que, precisamente por lo anterior, le faltan piezas) y con el estilo narrativo. Quizás demasiados riesgos pueden pensar ustedes, y quizás tengan razón, pero yo veo en SUBMÁQUINA un traje único, un modelo de pasarela extremo, imponible, que nadie llevaría por la calle, pero que, a la larga, marca una tendencia.
No debemos saberlo todo de las personas, de hecho, no lo sabemos, ¿por qué habríamos de saberlo de un personaje? El estilo es a veces exquisito y a veces repetitivo, pero lo que es indudable es que es el estilo narrativo que ella ha querido otorgarle a su obra. Quizás, sí, quizás la estructura esté bien apuntalada, ese bocadillo con un sabroso relato central, pero el declive a partir de él, por la menor fortaleza de los relatos finales va aguando el licor en nuestra boca dejando un poso último de promesa sin cumplir.
Ese es el único pero. Todo lo demás son felicitaciones porque Esther ha sido valiente y ya lo dijo William Faulkner: “El mérito de una obra se mide por los riesgos de fracaso que el autor afronta, entre lo efímero de su esfuerzo y la intención de ser perdurable."
Sólo una apostilla a estas palabras de Faulkner: no creo que el esfuerzo haya sido efímero.

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009

sábado, 28 de marzo de 2009

John Cheever






Relatos 1 y 2
John Cheever
Emecé editorial



Uno (ya saben, el rarito), compró los Relatos 1 y 2 de John Cheveer en Tres rosas amarillas el 3 de mayo de 2008 (50 euritos PVP, los dos tomos) y se dispuso a disfrutar con ellos aquél mismo fin de semana. Para eso, Uno puso en el equipo de música, a mínimo volumen, casi como un susurro, el cedé de Van Morrison “Magic time”, y empezó con el primer cuento. Enseguida, esa misma tarde, Uno comprobó que no debía tener prisa, que había que darle tiempo al tiempo y que era mejor leer un relato de vez en cuando, esto es, cuando las circunstancias lo permitiesen: soledad, licor, tabaco... En fin: cuando la tranquilidad estuviese asegurada.


Uno ha acabado de leer estos cuentos el 4 de marzo de 2008 y se siente satisfecho de haberlo hecho así. Echa la mirada atrás y es mucho lo que ha obtenido de las lecturas de estos relatos.
El retrogusto es intenso, y la cabeza está llena de imágenes. En ellas predominan las familias de clase media norteamericanas con pretensiones de llegar más arriba (pretensiones frustradas), los tipos con el vaso lleno de hielo y licor en la mano (utilícese el eufemismo cócteles), de secretos medio desvelados de puertas adentro. Y esas historias italianas, y esa mezcla de realismo social y fantasía, y ese narrar desde dentro y desde fuera a la vez.



Dicen que Cheever tuvo como influencia inicial a Hemingway, y es muy posible. Sin embargo, Uno tiene que reconocer que Cheveer buscó pronto su camino, que no cesó de transitarlo, que poco a poco, relato a relato, éste se hizo menos empinado y que ha conseguido algunos cuentos que son obras maestras del género. Uno admira la estructuración argumental de árbol (tronco-rama1-rama1.3-rama1.3.1-rama 1.3.1.2-tallo final) para mostrar sólo una parte de la realidad que aparenta existir, sombreando el resto del mundo de ficción y, a la vez, dejando patente que ese mundo también está ahí. Focaliza el asunto que en ese momento le interesa mostrar, pero podría ser cualquier otro asunto de los tocados tangencialmente, cualquier otra rama del árbol.



Uno no va a pormenorizar cuentos que están en la mente de todos, así que se queda con uno que son tres, “Tres cuentos”, penúltima narración del segundo tomo. Soberbios.
Al parecer, no son todos los relatos (lástima) de Cheever, faltan otros muchos.

Al final del segundo tomo, Rodrigo Fresán hace, eso opina Uno, un estupendo análisis de los cuentos de Cheever. En él aparecen algunas afirmaciones sobre el cuento hechas por el propio autor. Uno se permite rescatar éstas, obtenidas de un artículo del mismo autor (Rodrigo Fresan):

«Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela. El cuento corto tiene en la vida, me parece a mí, una gran función. Es, también, en un sentido muy especial, un eficaz bálsamo para el dolor: en un telesilla que te lleva a la pista de esquí y que se queda atascado a mitad de camino, en un bote que se hunde, frente a un doctor que mira fijo tus radiografías... Pasamos el tiempo esperando una contraorden para nuestra muerte y cuando no tienes tiempo suficiente para una novela, bueno, ahí está el cuento corto. El cuento es el motor que mantiene en movimiento tanto a la novela como a la poesía... Sus responsabilidades son mayores y más trascendentes. Estoy muy seguro de que, en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela», dijo y -en «Why I Write Short Stories», ensayo especialmente escrito para la revista Newsweek con motivo de la publicación y éxito de Cuentos y relatos- precisa: «¿Quién lee cuentos?, uno se pregunta, y me gusta pensar que los leen hombres y mujeres en salas de espera; que los leen en viajes aéreos transcontinentales en lugar de ver películas banales y vulgares para matar el tiempo; que los leen hombres y mujeres sagaces y bien informados quienes parecen sentir que la ficción narrativa bien puede contribuir a nuestra comprensión de unos y otros y, algunas veces, del confuso mundo que nos rodea. La novela, en toda su grandeza, exige, al menos, algún conocimiento de las unidades clásicas, que preservan ese lazo misterioso entre la estética y la moral; pero que esta antigüedad inexorable excluyera la novedad en nuestras formas de vida sería lamentable. Algunos conocemos esta novedad a través de La guerra de las galaxias, otros a través de la melancolía que sigue al error cometido por un jugador que no batea en las últimas entradas de un partido de béisbol. En la búsqueda de esta novedad, la pintura contemporánea parece haber perdido el lenguaje del paisaje y-mucho más importante- del desnudo. La música moderna se ha separado de aquellos ritmos profundamente enraizados en nuestra memoria, pero la literatura aún posee la narrativa -el cuento- y uno defendería esto con la propia vida. En los cuentos de mis estimados colegas -y en algunos míos- encuentro esas casas de verano alquiladas, esos amores de una noche, y esos lazos extraviados que desconciertan la estética tradicional. No somos nómadas, pero -sin embargo- subsiste más que una insinuación en el espíritu de nuestro gran país, y el cuento es la literatura del nómada».



Y el cuento es la literatura del expulsado.



© Rodrigo Fresán “John Cheever: Apuntes para una teoría del expulsado”


Esteban Gutierrez Gómez, 2009



Y el botón de muestra no podía ser otro que este magistral relato que auna crítica social y fantasía. Esta es una traducción anterior que no se desdibuja mucho de la que contiene el libro.

EL NADADOR
Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan:-Anoche bebí demasiado. –Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.-Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.-Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.-Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy-. Bebí demasiado clarete.Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacía el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba- que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud- y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla- y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.-Caramba, Neddy –dijo la señora Graham-, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa. –Comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:-¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría. –Se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.Habría tormenta. El grupo de cúmulos –esa ciudad- se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible del agua que caí de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.
Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas- expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas-, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse –perjudicar su propio bienestar y su encanto- nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:-¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.-Estoy nadando a través del condado –dijo Ned.-Vaya, no sabía que era posible –exclamó la señora Halloran.-Bien, vengo de la casa de los Westerhazy –afirmó Ned-. Unos seis kilómetros.Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:-Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.-¿Mis desgracias? –preguntó Ned-. No sé de qué habla.-Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…-No recuerdo haber vendido la casa –dijo Ned-, y las niñas están allí.-Sí –suspiró la señora Halloran-. Sí… -Su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad-. Gracias por permitirme nadar.-Bien, que tenga un buen viaje –dijo la señora Halloran.Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.-Oh, Neddy –exclamó Helen-. ¿Almorzaste en casa de mamá?-En realidad, no –dijo Ned-. Pero en efecto vi a tus padres. –Le pareció que la explicación bastaba-. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.-Bien, me encantaría –dijo Helen-, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?-Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger –dijo Helen-. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.-Bien, me mojaré –dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro-. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos –dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger-. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.
Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.-Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo –dijo en voz alta- y también los intrusos.Ella no podía perjudicarlo socialmente… eso era indudable, y él no se impresionó.-En mi carácter de intruso –preguntó cortésmente-, ¿puedo pedir una copa?-Como guste –dijo ella-. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:-Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan. –Y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… -Esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. –Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor –en realidad, el combate sexual- era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un asunto la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, que era quien prevalecía, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?-¿Qué deseas? –preguntó.-Estoy nadando a través del condado.-Santo Dios. ¿Jamás crecerás?-¿Qué pasa?-Si viniste a buscar dinero –dijo-, no te daré un centavo más.-Podrías ofrecerme una bebida.-Podría, pero no lo haré. No estoy sola.-Bien, ya me voy.Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas –una tenaz fragancia otoñal- en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.
Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tamboleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.


The New Yorker, 18 de julio de 1964.
© John Cheever

© traducción de Aníbal Leal

"El nadador" fue publicado por la editorial Emecé en la colección de cuentos La geometría del amor, 2002.

Título original: The Stories of John Cheever, Knopf, 1978