La enfermedad del lado izquierdo

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lunes, 7 de marzo de 2011

El tamaño sí que importa: Especial erótico de AOLdE




Si te gusta escribir o leer microrrelatos, ven este miércoles 9 de Marzo a Diablos Azules (21:00H).
EL TAMAÑO SI QUE IMPORTA.
Participa en los concursos de improvisación, lee tus relatos y disfruta del Narrador Invitado.
Esta semana: ESPECIAL ERÓTICO (Al Otro Lado del Esepejo)


(Y si vives fuera de Madrid y no puedes venir, envías tus minificciones a siqueimporta@gmail.com, que las leeremos en directo.)
Coordina: Carlos Salem

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cuentos canallas


Pinchad en la imagen para ampliar la información.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Nuevo libro de relatos de Carlos Salem

Al parecer, ha dejado sus cuentos más canallas para este libro.

Ángeles y demonios separados por una barra de bar.

El pirata de los tugurios vuelve a la carga.

Arm & ready

viernes, 24 de abril de 2009

Entrevista a Carlos Salem


Yo también puedo escribir una jodida historia de amor
Carlos Salem
Ediciones Escalera

Es martes 14 de abril y son las 5 de la tarde. Acabamos de comer en Tijcal y no dejamos de hablar de literatura y vida. La foto de Cassius Clay nos observa al otro lado de la pared. De esa foto, hace meses, un escritor amigo (Leonardo Oyola) y él, contaron que podía escribirse una novela exclusivamente con la imagen de un fotógrafo calvito que aparece al fondo, de espaldas a esa fotografía que dio la vuelta al mundo. Cuatrocientas páginas hablando sólo de su frustración.
Así es Carlos Salem. Fabulador, fantástico creador, que de un charco de agua saca un transatlántico. Como les cuento.


Charlamos con él de su libro de relatos Yo también puedo escribir una jodida historia de amor.


Carlos, después de leer tus relatos, al lector le queda claro que para ti el cuento (quizá la literatura, en general) es un experimento lúdico. Cuéntame algo sobre esto. ¿Qué ha supuesto este libro de relatos para ti?

Es que básicamente para mí la literatura debe ser un transmisor de emociones, da igual qué emociones sean: tristeza, pena, miedo… La emoción es siempre previa a la reflexión. Si se produce lo contrario, una reflexión previa a la emoción, es un producto muerto, petrificado. Para mí la literatura es algo lúdico no sólo en el sentido de que sea algo divertido, porque lo que más miedo me da es la pretensión de trascendencia como narrador. Siempre digo que la solemnidad mata al arte o, por lo menos, evita que se le ponga dura. Gente como Cortázar, como Borges eran escritores que continuamente jugaban con el idioma, con el lenguaje, con la situación, con su sociedad. Es un ejercicio lúdico.
Yo en este libro de cuentos no construyo ningún gag, no intento acabar con un chiste que, por otro lado, siempre es el mismo. Yo creo que la vida es tan absurda, sobre todo lo relacionado con el amor, que el humor siempre debe estar presente en ella. Todo el mundo ha hecho el gilipollas por amor.
Este libro es el primero de relatos que publico tras tres novelas y varios libros de poesía. Entonces me encuentro con muchos relatos escritos que contienen varios registros porque cada historia tiene el suyo. Tú la puedes contar en muchas claves, pero esa historia, para ser buena, sólo puede contarse de una forma.
Para mí la literatura es ante todo exageración, pero exageración en el buen sentido de la palabra, porque pone en relieve determinados aspectos o sensaciones, para llamar la atención sobre ellos.



Hay mucho cachondeo e ironía en estos relatos. ¿Matas con tu escritura los diablos que llevas dentro? ¿Existe ese exorcismo del que hablaba Cortázar?

Yo me divierto escribiendo porque cuando no me divierta tres días seguidos viviendo, me suicido. Creo que todo en la vida es divertido, hasta cuando estás lleno de ira y de rabia, cuando tienes que explotar, eso también es divertido si lo miras desde los ojos del otro.
Matas muchas cosas al escribir. Escribo más sobre lo que no quiero ser que sobre lo que quiero ser, porqué todavía no sé lo que quiero ser. Y me tomo el pelo a mí mismo. De todas formas, salvo algunos cuentos de este libro, el resto son autobiográficos, de un modo u otro, aparte de exagerados, claro. Por ejemplo, cada una de las doce historias que conforman “Ligar en todos los sentidos” o me ha ocurrido a mí o le ha ocurrido a gente muy cercana a mí.
Pero no creo que mate a mis demonios, lo que hago es distraerlos para que se diviertan también ellos y dejen de tocar las pelotas.


Utilizas diferentes formas narrativas en los cuentos, además de las tradicionales, como la carta, el correo electrónico, el monólogo... ¿Qué buscas con ello?

Yo tengo tres o cuatro registros a la hora de escribir cuentos. Uno lo llamo “clásico” que se enmarca en lo que tradicionalmente se entiende como cuento. Otro es lo que denomino “borisvianesco”, que es más delirante (los cuentos de Sotanovsky son un ejemplo). Otra es más “bukowskiana”, de lenguaje crudo pero cercano. Por último está la “bucólica” que aparece en este volumen de cuentos en “Ventanas” o “Eclipse”. De los cuatro registros podía haber editado un libro de cuentos, porque tenía mucho material escrito, pero me resistía a optar por uno de ellos. He publicado muchos cuentos en revistas y periódicos y en seguida tienes el feedback del lector, pero un libro es otra cosa. Revisando la colección de relatos descubrí que aquellos que más me apetecía contar tenían un hilo conector: el amor. Se lo propuse así a Ediciones Escalera, les pareció bien, asumimos el riesgo y aquí está el libro.




Un par de tus cuentos al menos (“El ladrón enamorado” y “Cabeza hueca”), se sale un poco de la norma del final cerrado o del final abierto para proponer al lector un doble final. ¿Por qué?

Es una marca de la casa. En las novelas, en casi todas mis novelas, siempre ofrezco un doble final al lector. No un final alternativo, sino un final y después el otro, porque nunca hay un final definitivo, como en el cine. Nunca nada acaba del todo. Yo escribo mucho sobre dobles oportunidades.


Tienes una voz narrativa peculiar, ya no sólo en los cuentos. Dime qué maestros te llevaron a conseguirla con su lectura, además de escribir y escribir todos los días.

La verdad es que me han influido los mismos autores que recomiendo leer cuando doy talleres de narrativa: Benedetti, Cortázar, alguno de Borges, Osvaldo Soriano, Boris Vian, Raydmond Chandler, Daniel Pennac, Conrad, Maupassant, London… Hay que leer de todo, llenar la caja negra y luego olvidarte de ello. Los escritores somos como los músicos, aprendemos a escribir tocando canciones de otros, pero luego componemos nuestras propias canciones: estamos destinados a leer mucho de otros y luego olvidarnos de la palabra exacta para formar nuestra propia voz sólo con la música.


Hablando de cuentos, ¿Qué estás leyendo ahora y cuales son tus próximos proyectos?

Estoy con “El desvío” de Marcelo Luján. Ahora, lo confieso, he aprendido que leer un libro de cuentos es leer un cuento al día, paladearlo para disfrutarlo al completo y no atracarte de narrativa.
Como proyectos inmediatos acaba de salir mi tercera novela en Salto de Página, Sigo siendo el rey, y estoy preparando un nuevo libro de cuentos para final de año. También se estrenará una obra de teatro en Barcelona antes de final de año que se llama El torturador arrepentido. También es probable que publique otro poemario, aunque no tengo prisas.

(fragmneto de entrevista que se publicará en el número 1 de Al Otro Lado del Espejo)

martes, 10 de marzo de 2009

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem


Carlos Salem es un jugón. Utiliza la distancia corta en la narrativa para experimentar, para buscar los límites literarios. Estos veintiún relatos son pura alquimia. Por sus historias pasean personajes de a pie, en situaciones ordinarias que su mente transforma en aventuras fantásticas. Y es que, ¡oh, el amor!, ¿el amor?
El amor trasforma a un ladrón. En vez de desvalijar una casa, la amuebla cuando lee el diario de la dueña abandonada y, con la esperanza de ocupar su corazón, repone poco a poco todo aquello que un antiguo amante se llevó (¿todo aquello que se llevó?).
El amor que salva a un suicida en el metro, a punto de tirarse a la vía, cuando una dama idílica se acerca a él (¡a él!) y descarga a su lado una ventosidad que le hace volver a creer en el mundo. El mundo, como él, como todo, es imperfecto. Así que todo va bien.
El amor en una relación libidinosa, puro morbo, que salva la vulgaridad casi monótona de la vida marital de una pareja enmohecida.

Carlos Salem es un innovador jugón. Busca el más allá en cada cuento. El dualismo de personajes-escritores; los finales dobles, alternativos; el poder del monólogo; el rayo paralizante hacia el lector con la fórmula epistolar; el punto exacto donde confluyen los extremos. Con una prosa medida, precisa, sitúa a los personajes en la acción. Domina el ritmo, la intensidad en la narración, y dota a cada historia del tono narrativo adecuado.
Del tono hablaré después.
El estilo directo que utiliza, basado en frases cortas y párrafos mínimos (por supuesto, compensado con otros de longitud más extensa), ofrece un contrapunto al lector, que le hace detenerse a meditar en medio de una avalancha de datos irrefutables. Como hachazos. Maneja incluso párrafos que son una sola palabra, una demoledora palabra.

Carlos Salem es un cabronazo innovador jugón. Escribe para dar hostias encima de la mesa y despertar al lector. Incluso en alguna ocasión se dirige directamente a él. Un exorcismo del que disfruta, utilizando la ironía como nadie y aderezando la vida de sus personajes de una pátina de cachondeo de la mejor cosecha. Por eso lo del tono narrativo, no cualquier tono, sino el suyo, el que requiere la historia que está contado.

Carlos Salem es un magnífico cabronazo innovador jugón. Si no, ¿a quién se le ocurriría hacer un relato con las doce definiciones que el diccionario de la RAE ofrece de la palabra “ligar” demostrando, con doce microrrelatos como doce piezas de un puzzle perfecto, que todas son una? ¿Y qué me dicen del juego metaliterario por excelencia: que el personaje (los personajes, en este caso que, mira tú por donde, son escritores) busquen, por amor, claro, la muerte de su autor? ¿Y eso de utilizar la primera frase de El Quijote como mándala verbal invocador del amor? ¿Y, más al límite, jugar con personajes que hacen de personajes y se relacionan con personajes que son representados por otros personajes? (No lo entienden, claro, ya lo entenderán cuando lean el cuento).

Carlos Salem es un currante literario magnífico, un cabronazo que domina la ironía y que busca la innovación y el juego en cada uno de sus proyectos literarios.
Este pirata de barra de bar, con cada uno de ellos (sea poesía, novela o cuento), me consigue sorprender.
Lo odio.

Esteban Gutiérrez Gómez, 2009




Yo también puedo escribir una jodida historia de amor
Carlos Salem

Un locutorio atestado de voces, un andén de metro desierto, un guiñol en el parque del Retiro o una cueva prehistórica: cualquier marco es válido para narrar una historia de amor. Incluso las páginas de un diccionario. Carlos Salem muestra en este libro diferentes registros de estilo: el humor irreverente en unos relatos, el lenguaje directo o la prosa en espiral en otros, y en todos un fondo de ternura poética que el autor niega "porque hay una imagen de duro que proteger". Esta colección de relatos nace de un desafío. Y tras aceptarlo, Salem comprobó que sus cuentos preferidos o los que más le apetecía escribir tenían mucho que ver con el amor. Como dice el narrador en el relato que da título a este libro. "Yo también puedo escribir una jodida historia de amor. Sólo hay que rebuscar en mi propia vida, cambiar nombres y finales. Sobre todo finales."

jueves, 27 de noviembre de 2008

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, nuevo libro de relatos de Carlos Salem

Carlos Salem presenta nuevo libro. Este hombre es un ser hiperactivo que vuelca la creatividad que desborda. Esta vez son cuentos.

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor

VIERNES, 28 NOVIEMBRE
21,30 HORAS
BUKOWSKI CLUB

Aquí está la lista de relatos y sus dedicatorias:

"Son 20 relatos (o 31, según se mire, porque uno está formado por 12 microrrelatos), y cada uno está dedicado a alguien que conozco y respeto.

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor(A Óscar Urra)
Triángulo(A Jokin)
Qué extraño, amor(A Gonzalo Torrente Malvido)
Pentágono(A Juan Guinot)
El pedo más bello del mundo(A Edwin)
No quiero acordarme(A Carmen Sandoval)
Memoria para el olvido(A mi mismo, si vivo lo suficiente)
Ventanas(A Ana y Epi)
Un lunar con forma de estrella(A Superloyds)
Cabeza hueca(A Elia Maqueda)
Eclipse(A Arturo Martínez)
Diminutas sabanitas voladoras(A Daniel Herrera)
Pompas de jabón (A Inés Pradilla)
La carta prometida(A Óscar Aguado)
Apuntes para una breve historia del artisteo (el primer enamorado)(A Silvi, Patty u Escandar)Tus cartas me dan la vida(A Juan Pinilla)
El ladrón enamorado (A Leo Oyola)
Tarde de miércoles(A Cris y Mac)
Ligar, en todos los sentidos(A Pablo Mazo, que es un maestro)
Teselas( A Reyes y Naveiras)"


Recupero uno de ellos (Un lunar con forma de estrella) de su blog.
A mí me gustó cuando lo leí.
Ustedes dirán.


Un lunar con forma de estrella

Estoy harto de majaras. Se me pegan sin previo aviso y la naturalidad con que asumo sus delirios me preocupa, a veces. Cuando estoy sobrio. Me preocupa pocas veces.
Entra esa mujer y los clientes contienen el aliento Hay mucha gente hoy porque tocará alguna banda de jazz con muchas ganas pero poco talento. Se sienta a mi lado. Pide un whisky y me dice:
—No pienso follar contigo. Eres un canalla.
Va a empezar. Estoy harto de majaras. De verdad. Pero ha dicho “canalla”. No ha dicho mamón, maldito cabrón, jodido hijo de puta, o definición parecida. Una mujer que dice canalla frunciendo así los labios, tiene algo de reina. Aunque esté loca.
Lleva un vestido rojo y el amarillo de su pelo en un sol de bote pero le sienta muy bien. La tela roja ciñe su cuerpo y no le sobra nada. El escote podría servir de escenario para la actuación de un coro de pueblo, pero dudo que nadie prestara atención a las voces ni a la melodía. Lola me asesina con la mirada pero nunca dirá nada. Nadie es de nadie y yo soy nadie.
—Eso es lo que eres: un canalla. Y ni sueñes en llevarme al servicio de este bar y romperme las bragas y hacérmelo contra los azulejos. Ni lo sueñes—. insiste ella.
—Llevo siglos sin soñar —informo—. Y sin romper bragas.
—No intentes liarme con tus tretas de poeta. He leído tu libro.
—No esperes que te felicite.
Se remueve en el taburete y el movimiento agita su cuerpo. Joder. Necesito otra cerveza.
Busco las cerillas en el bolsillo y las arrojo sobre la barra.
Cuento. Diez. Diez es par. Par es sí. Joder.
—La sexta, Poe —contabiliza Lola mientras me alcanza mi Maohu.
—No te hagas el apático —dice la rubia—. Sé que eres un maldito canalla. Con el cuento del escritor te dedicabas a engañar jovencitas ingenuas para tirártelas.
No discuto. Hace tiempo que sospecho lo mismo, pero entonces era tan idiota que pensaba lo contrario. Hasta que empecé a caer. Aún estoy en ello.
—“Pájaros de amor pegados en los azulejos y en los cuerpos”— declama con tono burlón. A mí también me suena muy cursi—. Menuda chorrada. ¿Te suena el nombre de Daniela? Tenía dieciéis años, hace unos siete..., delgada, cintura estrecha, caderas generosas, un lunar con forma de estrella en la teta izquierda...
Lo del lunar con forma de estrella sí que me suena de algo. Hubo un tiempo en que me interesó la astronomía. Luego dejó de interesarme todo. La mujer abre su bolso, espia el contenido, comprueba que todavía lleva lo que busca y sigue hablando. Por algún motivo el bolso me parece muy pesado para ser tan pequeño.
La banda se prepara y antes del primer acorde se que atacarán con una versión de La chica de Ipanema. Atacar es el verbo adecuado.
—El taller literario. ¿Recuerdas? Daniela era sensible y tierna, llena de ideas y ganas de escribir. Y llevaba tu libro a todas partes. Su poema preferido era el de los azulejos, decía que dentro de la brutalidad de tus descripciones, había mucha dulzura...
Un lunar con forma de estrella en la teta izquierda. Diez cerillas y es un sí. Joder. Estoy harto de los majaras. La rubia se acerca y ya va por el tercer whisky sin soltar el bolso que pesa demasiado. Tiene un cuerpo de pecado y aunque intenta ser vulgar no puede ocultar que tiene clase. Y un pecho impresionante. Dos.
—Daniela hizo de todo para conocerte, y en cuanto supo del taller literario, se apuntó sin dudarlo. Decía que tu decisión de hacer las reuniones en un bar era un rasgo de autenticidad. JA.
No me gusta esto. Ella se acerca más en cada frase y las cerillas han dicho sí y el bolso entreabierto es una fea promesa. Recuerdo un lunar pero no en una teta.
—Daniela hizo lo posible por destacar, por llamar tu atención. Tenía una fotocopia de una foto tuya de una revista, ampliada y pegada sobre su cama.
—No es para tanto. Hay gente que tiene la foto de Michael Jackson.
—No juegues al cínico conmigo, Poe. ¿Así te llaman ahora, verdad? Me costó encontrarte, nadie sabía de tí y no pensé que hubieras caído tan bajo. Pero te encontré. Cuando una tiene una misión, acaba por cumplirla. Mete la mano en el bolso pero se arrepiente. No es el momento.Bebemos un rato en silencio. Varios moscones se acercan a ella pero los espanta con una mirada de desdén.
—Daniela estaba obsesionada por ese poema. Una guarrada más, un listo describiendo cómo se tira a una tía en el baño de un bar. Pero ella se lo sabía de memoria y siempre lo recitaba. Pero tú sólo tenías ojos para esa jodida cría calva… Una noche, la última noche que fue a tu asqueroso taller literario, no lo soportó más y se coló en el baño detrás de ti, se desnudó para ofrecerse, y tú la rechazaste.
Veo un desfile de baños y azulejos, estrellas que brillan en tetas izquierdas, y el humo de unos ojos que no consigo recordar. Eso fue antes de caer el todo, y desde entonces he oído varios cracs y muy pocos clics. Uno puede seguir tirando cuando oye un clic de vez en cuando. Pero cuando todo son cracs, sólo puede dejarse caer.
El local se anima y sólo veo la mano dentro del bolso. Termino mi cerveza. Las cerillas pares te arruinan la vida, porque significan “sí” y contra eso no se puede hacer mucho.
—Vamos —le digo y tomo su mano.
Nos mezclamos entre la gente que sigue el ritmo con la cabeza o con sus vasos. Lola ha quedado atrás. Entramos a los servicios. El Flautista loco mira su flauta extrañado. Sólo consigue tocar cuando se sienta en el váter y entonces sopla maravillas. Pero esta noche la flauta sigue muda. Me mira un momento y sale.
—Daniela...—dice ella.
La empujo sin violencia hacia una de las puertas. Busca con la mano en el bolso pequeño y pesado. La abrazo por detrás pero no se resiste. Le muerdo el cuello y gime. Mis manos caminan por su cuerpo, se meten debajo del vestido rojo, aferran sus caderas como si fueran asas de un ánfora llena de un líquido caliente y volátil. Encuentro las tiras del tanga y al sentir la presión se revuelve contra mí. Tiro hasta romperlas y la tela resbala hacia abajo. Juego con dedos en su sexo y está húmeda. Otra mano recoge el vestido rojo, acaricia su vientre y sube hasta el pecho. También bajo los tirantes y enrollo el vestido en su cintura. No lleva sujetador. No lo necesita.
—Daniela... dice otra vez pero se interrumpe.
Entran un par de clientes a descargar para hacer sitio para más cerveza. Hablan a tropezones pero comentan lo buena que está la rubia de la barra y que no se explican cómo pierde el tiempo con el borracho de Poe. Yo no pierdo el tiempo y buscó en mi pantalón y entro. Los tíos se van y nuestros gemidos rebotan en los azulejos del baño. Ni siquiera era un buen poema, no sé por qué a todas les causa el mismo efecto. La rubia colabora, gobierna con la cara contra los azulejos, ataca y vuelve, parece no advertir que su cabeza golpea contra la pared al volver. Todo es brumoso y ruin, todo es brillante. Sigo hasta estallar y un poco más, mientras ella se sacude. Y cuando salgo, suspira y recupera la decisión. Se vuelve con la mano dentro del bolso y ya no me importa.
—¿Por qué? —pregunta.
—¿Por qué no?
—¿Por qué ahora y no entonces, cuando Daniela...?
—Porque era una chiquilla tierna, porque hasta yo tengo mis principios, y, seguramente, porque estaría muy borracho. Además, el baño de aquél bar donde nos reuníamos, era muy cutre.
Me mira a los ojos y me sorprende que tenga unas ojeras nuevas, de sexo, y ese brillo en los ojos. Se baja el vestido. Antes se subir la parte superior, se exhibe. En la teta izquierda tiene un bonito lunar con forma de estrella.
—Llevo tiempo buscándote —dice mientras mantiene la mano en el bolso—. Tengo algo para ti.
Cierro los ojos. No vale. Quiero verlo venir. Los abro.
Saca un sobre que contiene un tarjetón de color sepia. Es una invitación para la boda de una tal Daniela López con un tal Orlando Sanz. Es un tarjetón caro, como la sala de fiestas donde se celebrará la fiesta.
—He podido olvidarte, canalla. He conocido a un chico bueno y sensible y me caso el sábado.
—Ya.
—¿Irás? —pregunta.
—No lo sé. ¿Habrá buena bebida?
—La mejor y en cantidad. Yo misma me ocupé de elegir el menú y la sala. Además, tiene unos baños impresionantes.
Se arregla el vestido y se marcha, como una reina.
Fumo un cigarrillo sentado en el inodoro.
Estoy harto de los majaras. De verdad.
Salgo al bar y eludo la mirada de Lola.
Busco la puerta de la calle y me siento en la acera.
Necesito mirar las estrellas.
© Carlos Salem