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lunes, 21 de septiembre de 2009

Los que vienen detrás y otros relatos, de Vicente Muñoz Álvarez


LOS QUE VIENEN DETRÁS Y OTROS RELATOS

VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
Prólogo de HERNÁN MIGOYA

DVD ediciones, 2009

Los que vienen detrás y otros relatos se publicó por DVD ediciones en el año 2002 y reúne varios de los cuentos que durante los 90 publicó Vicente Muñoz Álvarez en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.
Ahora se reeditan, también por DVD ediciones, para disfrute de los lectores.


Excluidos, perdedores (todos somos perdedores), marginados, outsiders (fuera de ley/fuera de la sociedad), fracasados (voluntarios o no) en un mundo competitivo e inhumano; jóvenes soñadores en búsqueda de “la perla azul”, anticonsumistas y aquellos que buscan una vida diferente, son los protagonistas de estos cuentos de Vicente Muñoz Álvarez. Junto a ellos, algunas historias de niños y adolescentes, con toda su crudeza, que marcan el paso del tiempo.

Algunos de los cuentos desprenden una maravillosa nostalgia, una saudade que impregnará al lector. Otros trasmiten la desolación, el hastío, el desencanto de personajes perdidos en la selva social. En alguno de ellos, el lector sentirá las palabras de Vic dirigidas directamente a su entrecejo (“¿Quién quiera saber lo que es la magia?”).

Destaca en su técnica narrativa la utilización de las descripciones, la adecuación de tonos narrativos con el fin que persigue en cada uno de los cuentos, el manejo excelente de los diálogos. Algunos de los cuentos, como “El juego”, utilizan el “cierre travelling” (a lo Aldecoa), de forma que tal como se inicia el relato cierra el cuento abandonando la historia con dos o tres descripciones que vienen a decir que la vida sigue.

Cuentos que viajan de polo a polo, de la ternura a la crudeza, que contienen joyas enigmáticas como “¿Quién quiere saber lo que es la magia?”, donde el protagonista nos invita a reírnos del mundo; realistas como “Yo fui un objetor frustrado adolescente” en el que trata de abrir los ojos a los jóvenes; o “Los que vienen detrás”, cuento que da título al libro y en un tono nostálgico nos muestra la inercia de la vida. Los que vienen detrás son los hijos, por ellos continúan luchando los padres.

Pero hay que llegar hasta el final y leer “Un cofre lleno de recuerdos”.
El personaje (el propio Vicente Muñoz) cuenta su vida, sus recuerdos, su eterna lucha en busca de “la perla azul”, el creer saberlo todo en la adolescencia, la huída de la masa siendo masa, envejecer y darse cuenta que la vida es insustancial, dejarse llevar, ser masa, también mina poco a poco. Vicente Muñoz sale del sueño de la perla azul de la mano de una mujer, con la que quiere vivir hasta el final de sus días. Sabe ya que el mundo es una mierda y que es imposible luchar con él para ganarle, pero lo lleva en la sangre “De niño soñaba que talaba árboles con un enorme cuchillo afilado y postes de teléfono y montañas”, y ahora ya no es un adolescente, ahora asume que el mundo es basura, lo sabe y deja de torturarse por ello. El mundo es basura, vale, asumido, pero que se prepare, porque no voy a dejar de luchar contra él.
Podríamos decir que este relato contiene una sinopsis del libro.

Una escritura pulcra, medida, sin florituras, al servicio de buenos argumentos y planteamientos estructurales perfectos, hacen de este libro una lectura recomendable.
Pero hay un valor añadido a este volumen de cuentos: el mágifico prólogo de Hernán Migoya, que en sí mismo es un cuento de una profundidad asombrosa; y las ilustraciones de Miguel Ángel Martín, uno de los mejores grafistas del momento.

martes, 1 de septiembre de 2009

Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra


Mirar al agua
Javier Sáez de Ibarra

(Páginas de Espuma, 2009)

Canon de belleza,
por Esteban Gutiérrez Gómez



Lápiz y papel
una estufa encendida
casa de poeta.
David González





El carillón del reloj del Ayuntamiento comienza a tañer las campanadas que marcan las cinco de la tarde y el anciano ya ha dado las tres vueltas al cerrojo que guarda el mundo gris que genera su sustento. Anda el hombre deprisa, sin miedo a resbalar por los adoquines mojados, porque el tiempo, fuera de la puerta que acaba de cerrar, es “su” tiempo, y no soporta desaprovecharlo.
Ya en casa, se desprende del abrigo de paño marrón, deposita la cartera de piel vuelta sobre la mesa de la entrada y pone a calentar agua para un té.
Un instante más tarde, aparece enfundado en su batín granate descolorido por la zona del cuello, los puños y los codos, y calzado con zapatillas de felpa a cuadros.
Silva el agua hirviendo. Dos cucharadas soperas de te negro con cardamomo y hierbabuena, dos de azúcar y unas gotas de licor de miel colman una jarra grande de cerveza con tapa que jamás conoció el sabor del agua de cebada.
El anciano, jarra en mano, abre con alivio la puerta que da paso a su mundo apenas veinte minutos después de abandonar sus obligados quehaceres diarios.

En la penumbra pueden distinguirse los libros, las revistas y los periódicos que cubren cada uno de los muebles de la habitación. Son decenas de torres asimétricas que amenazan con venirse abajo, sin embargo, cierta estética decadente parece ampararlas. Las paredes están cubiertas de láminas a color de revistas, de reproducciones de cuadros de diferentes estilos y épocas. El narrador no reconoce ni uno solo de ellos, por lo que poca información más puede añadir. Frente a la ventana en la que se percibe la profundidad de la noche, a espaldas de una antiquísima estufa de carbón, una mesa de despacho cubierta de folios manuscritos nos da idea de a qué se dedica el anciano en su tiempo de ocio. Sin embargo, es el sillón orejero de piel, quizá marrón, desgastado en sus reposabrazos y estratégicamente colocado entre la estufa y la ventana, el que ocupa el anciano con premura depositando la jarra con el té sobre la mesa. Hace frío dentro de la habitación.

El rostro del anciano ofrece ahora una sonrisa de satisfacción. Empieza el momento más deseado del día, de cada uno de sus días. Con el sabor salado del poemario de ayer, que pretendía cambiar el mundo a golpes de verdadero amor, el anciano se enfrenta a su lectura favorita: los cuentos; porque poemas y cuentos son suficientes para colmar su ansia intelectual en lo concerniente a la literatura. Coge el libro largamente deseado que culmina una de aquellas columnas de papel, enciende la luz de la lamparilla que apenas mancha de amarillo su hombro izquierdo y se dispone a disfrutar, por sexta o séptima vez, de aquellos relatos que marcaron su juventud.

La relectura ya no le obliga, como al principio, a disfrutar de los cuentos por separado, a razón de uno al día, porque cree conocer cada uno de los mecanismos utilizados y la profundidad filosófica que ampara cada propuesta. Cree haber desentrañado los misterios que relato a relato se ofrecen al lector. Pero ello no es óbice para disfrutar una vez más de esas lecturas. Todo lo contrario.

El anciano recuerda entonces la primera vez. Era por entonces estudiante de periodismo y jamás hubiese pensado que acabaría gestionando contratos de suministro de gas en Iaşi, en la zona rumana de Moldavia. Eligió periodismo porque tuvo la no tan engañosa idea de que trascribir noticias tenía algo que ver con ficcionar la realidad. Porque lo que el quería, lo que ya por entonces deseaba, era escribir, sentirse escritor.
La primera vez, continuo contándoles los pensamientos del anciano (sentado en su sillón, enfundado en su batín, la vista perdida en los recuerdos), fue en julio del año dos mil nueve, poco después de la aparición del libro. Hubo por entonces un gran revuelo mediático porque se había alzado con el premio a libros de cuentos más dotado económicamente en aquel momento, el Ribera de Duero. Eso, en aquella época y en aquél país, en el que la literatura estaba dominada por la narrativa extensa o novela con sus diferentes apellidos, marcó un punto de inflexión y un camino a seguir por el mundo editorial. Bien es cierto que el mundo editorial sólo se movía a impulsos comerciales, y que dudaba a la hora de arriesgar cualquier mínima cantidad de dinero por un género “sin lectores”, pero pronto descubrieron que a los lectores del género extenso tan sólo había que descubrirles la posibilidad de disfrute cuasi instantáneo que el cuento les ofrecía. Algo así como obtener placer intelectual en unos minutos, sin tener que detenerse en tramas y descripciones que no hacían otra cosa que alargar el inevitable y esperado desenlace. El anciano recuerda aquella especie de batalla, en la que participó de modo activo, y a la que se sumó, con una importancia moderada, el sector publicista que acabó de crear la necesidad de lectura de lo breve en una sociedad por entonces tan alocada y presurosa, tan tonta. Pero el golpe definitivo a la novela se produjo desde los medios de publicación diarios justo cuando se iniciaba su declive definitivo a favor de la prensa digital. A ello contribuyó de forma definitiva el que la mayoría de editores y jefes de redacción eran cuentistas (de algo les servía, al fin, su licenciatura en periodismo).
Luego se supo que al premio optaron muy buenos libros de cuentos, de muy alta calidad, comparables al ganador en ese aspecto pero incomparables al mismo en su novedosa propuesta.
Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra, en aquel entonces profesor de Literatura para adolescentes y maestro de futuros escritores, supuso el inicio de la llamada revolución de lo breve. Con la distancia que ofrece el tiempo trascurrido, esa revolución coincidió con otros muchos factores que confluyeron en la llamada de atención, en el giro de cabeza de los lectores, que poco a poco participaron de la complicidad que el cuento les pedía y agradecieron ser parte de los textos que leían y, por descontado, tener en las manos un ligero libro que condensaba esencias frente a los voluminosos mamotretos que exigían esfuerzo físico más que mental y producían esguinces de muñecas.
Era el momento, recuerda el anciano, se exigía lo breve, lo intenso, lo difuminado, lo aparente: dar que pensar. Pero Mirar al agua no interesó a esos lectores conversos, a los descubridores de la Nueva América narrativa. No estaban preparados para disfrutar de un libro así. Mirar al agua ocupó altares en las bibliotecas de los amantes del cuento antes de la revolución. El porqué era lógico: se trataba de un libro que multiplicaba el riesgo, que proponía una visión nueva de la creatividad en los ordenes estéticos y literarios, un nuevo concepto de belleza no mercantilizado, que ahondaba como jamás se recordaba en propuestas filosóficas que obligaban a un replanteamiento de los nichos establecidos en la conciencia durante generaciones. De un libro que proponía dieciséis proyectos narrativos diferentes, en forma y fondo, con aplicación de técnicas y recursos formales novedosas en consonancia con los anteriores libros de cuentos que el autor publicó (El lector de Spinoza en 2004 y Propuesta imposible en 2008, ambos en una editorial, Páginas de Espuma, que en una década se convirtió en la editorial referente en cuanto al género breve concernía en España, hasta que dejó de apostar por los noveles y llegó la venta digital y poseer literatura en papel pasó a ser un lujo).
Cada uno de los cuentos era, aún hoy es, una invitación, un desafío al lector. Y eso es lo que más aprecian los lectores de cuentos, que se les ponga a prueba.
Eso recuerda el anciano, acariciando los lomos desgastados de su ejemplar de Mirar al agua, sin siquiera haberlo abierto todavía. Toda aquella conmoción le llega a la cabeza con ecos de cambio de rumbo. A él también le afectó y le supuso seleccionar el camino narrativo que elegiría y del que jamás se ha arrepentido. La mirada extraviada regresa desde sus pensamientos y sus ojos cobran la lucidez. Entonces mira a su alrededor y reconoce satisfecho el tesoro de los libros de papel que han sobrevivido al frío y las láminas (una a una miradas y disfrutadas cada noche) que cubren el papel ajado de las paredes. Aquel libro que marcó su nueva concepción de creación y dio un significado distinto al término “belleza”. Quizá eso fue lo más significativo, interiorizar que el arte puede ser abominable si utiliza la crueldad humana para satisfacerse o puede ser maravilloso si se representa como una vía de escape a esa realidad (Escribir mientras Pelestina), o la posibilidad de ver las cosas de otra manera, incluso de no verlas, de sentirlas de modo diferente apreciando otra realidad creativa, renegando de unos ojos ciclópeos acostumbrados y enseñados por un mal social (Jerónimo G.), y la determinación de que los amaneceres o los anocheceres son obras de arte que se nos ofrecen y despreciamos en su valor porque no cuestan nada, porque en el basurero una lata oxidada de sardinas parecía carente de belleza y colocada sobre un pedestal blanco e iluminada con una luz cegadora se nos aparecía como una metáfora de vida (Ready-made). Sí, lo recuerda perfectamente, como recuerda a aquella mujer que hace arte de un hecho cotidiano, y que repite anualmente para afirmar que todo lo que lleva dentro, todo su mundo abstracto, todas sus proyecciones creativas se simplifican en un desafío al mundo desde una ventana en un populoso barrio italiano (Una ventana en Via Speranzella), y, sobre todas aquellas propuestas, la necesidad de meditar sobre la relación entre el mal y la belleza, la necesidad de discernir, de apreciar lo bello sin obligarse a seguir los cánones comerciales y de enfrentar ese sentimiento que lo bello genera en los hombres frente a su aparentemente intrínseca maldad (La belleza).
El anciano menea la cabeza ligeramente, como negando algo pero, todo lo contrario, les aseguro que está afirmándose en sus recuerdos. Coge la jarra de té aromado (palabra de Javier Sáez de Ibarra que el narrador suscribe, si se le permite la licencia) y se brinda un sorbo largo que parece inundar su interior con satisfacción. Abre, entonces sí, el libro y busca el índice para elegir aquellos cuentos que más le apetece leer. Pero nada más posar su vista sobre la lista de relatos recuerda el otro aspecto sobresaliente de la obra: su voluntad de innovar, de traspasar límites, de disolver imposibilidades. Reconoce en los títulos de los relatos las imágenes proyectadas (composiciones contemporáneas que en aquella época utilizaban medios audiovisuales en mixtura con los orgánicos o con los elementos fundamentales de la naturaleza, fotografías, lienzos, performances, collages, graffitis, composiciones abstractas, ready-made, autorretratos, paisajes) y, más allá de lo visible, la cantidad de técnicas y recursos formales empleados que hacen de cada una de los relatos una propuesta literaria diferente.
El tono narrativo empleado en Mirar al agua, el relato con el que comienza el libro, es fundamental para llevar al lector allí donde Javier Sáez de Ibarra quiere llevarle, para hacerle subir desde la incomprensión simpática con el personaje a la posibilidad de empezar a saber si alguien te guía adecuadamente. Y se permite el anciano una sonrisa irónica, porque eso mismo hizo él con aquellos que renegaban del cuento como género literario, para pasar de contemplarlo como algo menor a ser fundamental para los buenos amantes de la literatura. Sonríe porque siempre pensó que el arte abstracto descrito en el relato por Javier Sáez de Ibarra podría ser una metáfora del cuento.
Y qué decir de Un hombre pone un cuadro, en el que la aparente historia principal que se cuenta con profusión de descripciones va tornándose secundaria una vez que el narrador da detalles de aquella fotografía que el hombre trata de colgar. Pero es tan liviano ese camino, suspira nuestro anciano quizá con ganas ya de la relectura.
No le da tiempo, el siguiente título que encuentra, Las Meninas, es un ejercicio extremo de la utilización del diálogo, un cuento dialogado (magnífico el tono narrativo diferenciador utilizado para cada personaje, el único recurso disponible por Javier Sáez de Ibarra al prescindir del narrador), que tiene la facultad de conformar una fotografía memorable.
Pero había uno, uno... Sí, vuelve a sonreír el anciano al reconocer el título de uno de los relatos preferido del libro: La superstición de Narciso o aprender del que enseña. Merece la pena recordarlo más sosegadamente, detenerse en él. Como en Mirar al agua, el autor da un vuelco total a la narración, y el relato principal, magistralmente urdido, sin una fisura que muestre equivocada la teoría del primer Narciso sobre el arte de atraer, aparece difuminándose por los comentarios a pié de página (más acá de Foster Wallace) de un aparente relato secundario que se muestra dominante al final, con completa pérdida de objetividad, y que nos ofrece al segundo Narciso. Pero no sólo eso: la captación de la mente del lector, el enfoque de la misma primero a la televisión, luego al narciso gigoló y, finalmente, sobre el crítico proclive a lanzar anatemas. Y, además, para completar la esfericidad del relato, la sutil patina de ironía que envuelve la trama, la que Javier Sáez de Ibarra otorga a los dos narcisos, cruel metáfora de sus respectivos fracasos.
En fin, mueve de nuevo el anciano la cabeza como negando, pero no, afirmando aquella maestría demostrada por el autor. Mira de nuevo el índice y levanta las cejas. Hay tantos y tantos buenos relatos en ese libro.
La belleza, sí, ¿qué es la belleza? Se levanta del sillón y gira noventa grados una de las láminas de la pared, se aleja un paso y la contempla un instante. Realiza la misma operación con cada lámina de la habitación. Sigo sin reconocer ninguno de los cuadros, pero todos parecen ahora diferentes. Desprenden, tengo que confesarles, una cierta atracción almada. Cuando acaba, el anciano recupera el libro que dejó sobre la mesa y se sienta de nuevo en el sillón.

Dejémosle con sus cuentos, dejémosle disfrutar de la lectura. Parece que, ahora sí, abre las páginas del mismo y se ajusta las gafas a la nariz. Seguro que el libro volverá a una de las repisas y la estufa permanecerá apagada una noche más. Qué mayor sacrificio puede hacer. Pero tomó su elección y fue consciente de ello: decidió amar la literatura.

El botón de muestra: Mirar al agua (primer cuento del libro)

lunes, 9 de febrero de 2009

Manuel Rivas: el cuentista del mes

Creo que merece la pena la repetición del post.

MARTES 11 DE FEBRERO.

Manuel Rivas es una debilidad para mí. Su buen hacer creador, tanto en poesía como en narrativa, especialmente sus cuentos, fueron la catapulta para hacerme regresar a la creación literaria.
Admiro su tono narrativo, sus mundos mágicos y reales a la vez, sus metáforas brillantes, conseguidas; su saber envolver al lector desde la primera línea y la sinceridad de sus propuestas narrativas.
El cuento en Rivas es todo un arte. De él aprendí a ir más allá de las palabras para dejar conmocionado al lector. Con él, el relato era un sueño inacabado. La magia de su prosa me trasladaba por igual a las aldeas gallegas escondidas en la profundidad telúrica de sus bosques, o al cercano supermercado del barrio de A Coruña donde un chaval de hoy sueña con conquistar a la cajera rubia a fuerza de enseñarle que es capaz de atracar un banco por amor.
Sus libros de cuentos son el regalo preferido a mis amigos, para que los lean y disfruten de su prosa, para que acudan a ellos más de una vez, para perder la noción del tiempo, para olvidarse por unos minutos de la realidad.

Manuel Rivas estará en Fuenlabrada el martes 11 de febrero a las 20:30 horas en el auditorio de la Escuela de Música Dionisio Aguado, dentro del Centro Cultural Tomás y Valiente (C/Leganes s/n). Aunque nos conocemos y charlamos un rato cuando coincidimos firmas en la Feria del Libro de Madrid del año pasado, no puedo ocultar que estoy deseando estrechar su mano otra vez y perderme en el mar pacífico de su ojos.






*******

La escuela del relato
de Manuel Rivas
(extraido de http://www.elboomeran.com)

La vida tiene vocación de cuento.

La vida, con toda la caravana del lenguaje, lleva sobre sus hombros la
memoria. No es un lastre. Es el peso de los bienes que justifican su viaje hacia
adelante. Su sentido. Aunque a veces desconoce el verdadero contenido de los
fardos.


En todo caso, cuando la memoria se cae de los hombros de la vida y del lomo
de las palabras, porque ha estallado una tormenta, o por descuido, o por
indiferencia, sobreviene el impacto de la pérdida, la sensación de vacío. Ha de
volver sobre sus pasos, pero ya no se trata propiamente de un viaje hacia
atrás. Su tiempo ahora es la nostalgia del porvenir, un presente recordado.
Esa temblorosa excitación de las palabras que olfatean el rastro del sentido.



Sí, la vida tiene vocación de relato.

Muchos escritores hablan de primeras lecturas, de los libros que le
impresionaron, para situar el comienzo de su andadura literaria. Yo tendría
que hablar de una escalera. Esa escalera, con peldaños de madera muy
rugosa, pues así envejece el pino del país, era la que llevaba a los dormitorios
en el piso. La planta baja estaba dividida en dos espacios: el de una cuadra
interior para el ganado y el comedor campesino. Era la casa de mis abuelos
por parte de madre. Allí, alrededor del fuego del hogar, se contaban todas las
noches historias. Podría decir que mi vocación literaria comenzó al lado de
aquel fuego donde crepitaban las palabras de los mayores tintadas de vino.
Pero no. Nació en la escalera.


Yo debería estar en la cama, pero estaba en la escalera, oculto por un tabique
de tablas. Ellos no me veían, pero yo, desde mi posición, veía el resplandor del
fuego reflejado en los cristales de la ventana del lavadero. Y veía la parteiluminada de sus rostros. La memoria, tan voluntariosa, pinta ahora el lienzo
de esa ventana como un Caravaggio.



Esas personas que contaban historias eran distintas a las que yo había dejado
minutos antes. Eran las mismas, pero eran distintas. Eran narradores.
Colgado en la percha del día, habían dejado el silencio o la parquedad de quien
habla con las manos. Mis familiares y algunos vecinos que se unían a la velada
eran otros seres, transformados por el lenguaje y los juegos de luz. No tenía
sentido preguntarse si lo que contaban era real o era ficción. El relato sucedía
en ese momento. Crepitaba con la excitación de las palabras. Era verdad. ¡Era
verdad!


Quien haya llegado hasta este punto, quizás piense que les hablo de una
especie de estampa campesina idealizada, donde se cuentan leyendas y
tradiciones alrededor del fuego. Una especie de redoma, de bola de cristal,
donde habita la infancia. Nada de eso.


Los relatos que subían por la escalera para envolver al niño escondido
trataban sobre todo de crímenes y guerra, de amoríos en los que no faltaban
detalles de erótica lujuria, de escapados, de travesías en el mar y viajes de
emigrantes. Es decir, todo muy moderno. Nada de hadas, ni de brujas, ni de
duendes. Si acaso, algún aparecido, el ánima de algún muerto que volvía. Pero
también eso es muy moderno. En lo alto de la escalera había una bombilla de
luz muy, muy débil. Desnuda, sostenida por un cable trenzado. La intensidad
de la luz de esa bombilla tenía, para mí, una relación directa, a la vez, con lo
que sucedía en los relatos y en el exterior. Disminuía, hasta casi extinguirse,
cuando aullaba el viento o arreciaba la lluvia. La voz de quien hablaba se
hacía también casi inaudible. Desde entonces, cuando me hablan de "realismo
mágico" pienso en la electricidad. En aquella bombilla de pocos watios donde
revoloteaba, jugando a quemarse, la mariposa nocturna de la literatura.


Aunque todos tuviesen historias que contar, no todos los mayores las
contaban. Había una técnica muy depurada en el contar. No había lugar paralas generalidades, para las abstracciones. El relato tenía que ser sensorial:
entenderse y sentirse. Hoy diría que las palabras tenían un instinto ecológico:
volvían a nacer, recuperaban el sentido. No importaba la medida, en el contar
no se aplicaba el sistema métrico decimal. Lo importante era la densidad de
emoción. Y el narrador se tomaba libertades formales siempre que estuviesen
al servicio de la excitación, como la ardilla que recorre las ramas de un nogal y
vuelve al punto de partida con un fruto nuevo.


Los que más habían vivido, los que habían sido, por ejemplo, emigrantes,
ponían a veces sus relatos en boca de los otros, de los que contaban y que
quizás no habían ido nunca a ninguna parte. Y escuchaban con mucha
atención, sorprendidos, emocionados o riéndose, lo que se suponía que era su
propia vida como si fuese la primera vez que tuviesen noticia de ella. Y era
verdad. Era la primavera vez que su vida flameaba en llamas, excitada, en la
cámara oscura de la noche, pegada y esquiva con el mundo real como el vuelo
del murciélago.


No eran historias de la vida. Era la vida que contaba historias para sobrevivir
una noche más. Para entrelazar soledades. Y también subir peldaño a peldaño,
con la memoria a cuestas, los peldaños de la escalera donde se escondía el
clandestino.

***********


LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS







"¿Qué hay, Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas".

El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de como se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes."

La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar.

Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa".Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.

Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi maestro. Cuando era un "picarito", la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.

"¡Ya verás cuando vayas a la escuela!

"Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.

Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. "Pareces un gorrión".

Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica."¡Ya verás cuando vayas a la escuela!

"Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua nin jato ni jracias. "Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!" Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil de carnicero. No mentiría si le dijera a mis padres que estaba enfermo.

El miedo, como un ratón, me roía por dentro.

Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.

Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la Alameda.

"A ver, usted, ¡póngase de pie!"

El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.

"¿Cuál es su nombre?"

"Gorrión".

Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas en las orejas.

"¿Gorrión?"

No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.

Y fue entonces cuando me meé.

Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las piernas decidieron por mi. Caminaron hacia al Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. "Tranquilo Gorrión, ya pasó todo".

Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.

Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en toda la noche.Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.

El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. "¡Me gusta ese nombre, Gorrión!". Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de pie, agarró un libro y dijo:

"Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso". Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. "Bien, y ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta".A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.

Una tarde parda y fría...

"Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?"

"Una poesía, señor".

"¿Y como se titula?"

"Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado".

"Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la puntuación".

El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.

Una tarde parda y fría
de invierno.
Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...

"Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?", preguntó el maestro.

"Que llueve después de llover, don Gregorio".

"¿Rezaste?", preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.

"Pues si", dije yo no muy seguro.

"Una cosa que hablaba de Caín y Abel".

"Eso está bien", dijo mamá.

"No se por que dicen que ese nuevo maestro es un ateo".

"¿Qué es un ateo?"

"Alguien que dice que Dios no existe". Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.

"¿Papá es un ateo?"

Mamá posó la plancha y me miró fijo.

"¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?"

Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.

Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.

"¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?"

"¡Por supuesto!"

El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.

"El Demonio era un ángel, pero se hizo malo".

La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las sombras."El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?"

"Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?"

"Mucho. Y no pega. El maestro no pega".

No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, " parecen carneros", y hacía que se dieran la mano.

Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio.

"Si ustedes no se callan, tendré que callar yo".

Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país.Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.

Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.

"Las patatas vinieron de América", le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.

"¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas", sentenció ella.

"No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz". Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían.

Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.

Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del rio, las gándaras el bosque, y subíamos al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mi como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois Y una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.

De regreso, cantábamos por las corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: "Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión".Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. "No hacía falta, señora, yo ya voy comido", insistía don Gregorio. Pero a la vuelta, decía: "Gracias, señora, exquisita la merienda".

"Estoy segura de que pasa necesidades", decía mi madre por la noche.

"Los maestros no ganan lo que tienen que ganar", sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. "Ellos son las luces de la República".

"¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la República!"

Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.

Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los sorprendía.

"¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda calentando la cabeza".

"Yo a misa voy a rezar", decía mi madre.

"Tú, si, pero el cura no".

Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría "tomarle las medidas para un traje".

El maestro miró alrededor con desconcierto.

"Es mi oficio", dijo mi padre con una sonrisa.

"Respeto muchos los oficios", dijo por fin el maestro.

Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.

"¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a las mariposas".

Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca viera sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: "¡Arriba España!" Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de estallidos.

Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.

Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.

"¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil".

"¡Santo cielo!", se persignó mi madre.

"Y aquí", continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, " Se dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo",Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de la Alameda como hojas secas.

Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en media hora.

"Están pasando cosas terribles, Ramón", oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.

"Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo"

Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: "Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la alameda".

Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave:"Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro".

"Si que lo regaló".

"No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!"

Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande.

Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.

Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero a quien llamaban Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.

Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.

"¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!"

"Grita tú también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!".

Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su fuerza para que no desfalleciera.

"¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!"

Y entonces oí como mi padre decía "¡Traidores" con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, "¡Criminales! ¡Rojos!" Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida cara al maestro. "¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!"

Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. "¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡ Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. "Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso". Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. "¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tu también!"

Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoi era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: "¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!"

sábado, 1 de noviembre de 2008

Medardo Fraile

Ayer lo conocí, en la presentación de Nosotros, todos nosotros del escritor turolense Victor García Antón (y del que escribiré un post sin duda, después de leer el primer relato de ese libro, y releerlo y releerlo, por el sólo hecho de disfrutar de su lectura. No adelanto más.)Nos estrechamos la mano y miré de cerca sus ojos claros y sinceros.
Un honor. Sabía o había oído hablar (no sé si bien o mal) de El laberinto de Noé. Más honor.

Medardo Fraile, el Maestro, me comentó lo gratificante que es escribir un buen cuento, lo dificultoso de este arte que exige precisión de relojero y lo poco valorado que está. Sonreí. Lo tengo asumido y, aun así, me declaro cuentista.


MEDARDO FRAILE (UNA ENTREVISTA)
Nombre indispensable de la narrativa española, y maestro del cuento, Medardo Fraile lleva años alejado físicamente de España, aunque su obra no ha dejado de estar presente. En estos días sale a la calle una edición de sus cuentos completos, Escritura y verdad (editorial Páginas de Espuma), con un denso y esclarecedor prólogo de Angel Zapata, acerca del cual el escritor no escatima elogios.

En la narrativa española, Medardo Fraile es un caso curioso. En cierto modo, se puede parecer a ese tópico del escritor de culto, es decir, alguien, tan idolatrado por minorías de entendidos como desconocido del gran público. Quizá haya algo de eso, pero no sería un término adecuado para este autor al que nada menos que Augusto Monterroso considera el gran cuentista español. Su caso es, más bien, el de alguien cuyo nombre se pronuncia con auténtico respeto por mucha gente del mundo literario (críticos, editores, escritores, lectores), y cuya obra está bien recogida en las ediciones más prestigiosas, pero que, tal vez, no tiene la repercusión pública que merece. Lo primero no requiere de mayor explicación que la calidad intrínseca de la obra de Medardo Fraile. En cuanto a lo segundo, caben dos explicaciones que no son excluyentes: la pertenencia de Medardo Fraile a una generación hoy muy mermada y algo olvidada, y el alejamiento físico del escritor durante muchos años.

¿Cree que ese alejamiento le ha perjudicado?

Para mi vida, me ha venido bien, porque en Gran Bretaña me casé, llegué a catedrático, pero para la profesión ha sido fatal, porque la presencia aquí es necesaria. Es verdad lo de que el ojo del amo engorda el caballo. Ya estoy jubilado y vengo dos o tres veces al año. Creo que mi nombre vuelve a estar funcionando, porque se estaba borrando.

La nueva edición de sus cuentos, Escritura y verdad, puede ser el mejor síntoma.

De esta edición me parece extraordinario el prólogo de Ángel Zapata. La crítica me ha tratado siempre bien, pero la profundidad de Zapata es única.

Dice Zapata que sus cuentos son de una belleza disidente o, más bien, son una disidencia bella.

¿Qué es lo sustantivo y qué lo adjetivo?

Prima la disidencia. La belleza tiene que ser la justa. Recrearse en la belleza no es lo mío, nunca lo ha sido. A mí no me interesa tanto la forma por sí misma. La forma debe estar al servicio de lo que cuentas y no al revés. La disciplina del cuento tiene que ser muy estricta. Yo no me recreo en la forma; si me sobran palabras, las quito.

Ha dicho usted que lo humano es lo único que le interesa.

Sí, prefiero lo humano, que perdura; lo social acaba diluyéndose. Lo social depende de la política; si la política mejora, lo social se acaba. Lo existencial, sin embargo, nos atañe a todos.

Por eso muchos de sus personajes son como santos inocentes, pienso en el protagonista del cuento “En vilo.”

No todos son así. El de “En vilo”, sí; otros no. Son gente normal y corriente.

Pero sí hay un ingrediente en el que coincide la crítica, que es la ternura. Lo señala Pilar Palomo en la edición de Cátedra, y Ángel Zapata titula su trabajo introductorio a Escritura y verdad “la ternura del nómada”.

Es cierto, pero con la ternura no hay que pasarse, hay que controlarla, si no, uno se convierte en una especie de tanguista.

En sus cuentos, a veces el argumento se adelgaza hasta casi desaparecer, como si lo esencial estuviera fuera de lo que se narra.

Creo que el lector tiene que buscar lo esencial del cuento, que pueden ser dos frases, pero que tienen que estar abrigadas por el resto. No hay que contarlo todo, contarlo todo es el modo de aburrir a la gente. [Quizá convenga recordar aquí algo que el propio Medardo Fraile dijo hace casi cincuenta años: “Siempre he tenido fe ciega en los cuentos en los que no pasa nada”].

El cuento, decía Cortázar, tiene que ganar por K.O.

Es cierto, ésa es una buena frase que, además, es verdad; el cuento que no gana por k.o. no vale. Requiere menos tiempo que una novela, evidentemente, pero en el cuento no te puedes permitir ninguna transición, ningún descanso. En el cuento, cada línea es una batalla.

¿Quiénes son sus autores de referencia?

Siempre he tendido a hacer lo que me daba la gana. Pero me han interesado autores muy distintos, como Ramón Gómez de la Serna, Katherine Mansfield, Carson McCullers, O’Henry, que tiene mucha gracia aunque esté algo anticuado, Dublineses de Joyce; de Samuel Ros, al que dediqué mi tesis, me interesan más los artículos que los cuentos.

Del cuento se dice que tiene peor salida editorial que la novela, pero se dice cada vez que aparece un nuevo volumen de cuentos, por lo que, quizá, haya que ponerlo en duda.

Es totalmente cierto. Es más, se suele decir también que el cuento resucita, y el cuento ya había resucitado. Hay problemas en las editoriales, que no saben vender el cuento, no sé qué les pasa.

Pueden faltar revistas que acojan cuentos.

En mi época, ésa era la salida para publicar, había montones de revistas. El problema venía al meter los cuentos en libros. Decía García Pavón, que las revistas ayudan y las editoriales fallan.

Su época fue la de una generación excelente en cuyas iniciativas estuvo usted muy implicado.

Había muchísima gente en aquella facultad de Filosofía y Letras de la Complutense. Juan Guerrero Zamora, que hizo la revista Raíz, José María Valverde, un poco mayor que nosotros y que ya había tenido éxito como poeta, Aldecoa, que era muy noble y tenía una vocación literaria extraordinaria, Jesús Fernández Santos, que hacía teatro como Alfonso Sastre y Alfonso Paso, Manuel Seco, Rafael Sánchez Ferlosio, que no acabó la carrera...

Frente a su larga dedicación al cuento, sólo ha publicado una novela, Autobiografía.

Quizá yo sea un poco cabezota, y si desde joven me decían que escribiera novela, yo replicaba que por qué, si lo que me gustaban eran los cuentos. Escribí Autobiografía para demostrar que sabía hacer novela y que me dejaran tranquilo.

Tampoco ha escrito poesía, pero sí teatro.

Escribí poesía de joven, como todo el mundo. Pero sólo tengo cinco o seis poemas publicados. Ahora he vuelto un poco, pero es como una especie de deporte. El teatro, sí; es con lo que empecé. Lo dejé porque en el teatro dependes mucho de otros, de directores, empresarios... Fue una huida un poco ingenua porque lo que daba dinero entonces era el teatro. Pero, teniendo lo esencial, me ha importado siempre poco el ganar dinero.

martes, 7 de octubre de 2008

Hoy temprano: Pedro Mairal


Hoy por hoy es mi narrador argentino favorito. Me deslumbró con su Una noche con Sabrina Love y me hipnotizó con un poemario llamado Tigre como los pájaros que contiene joyas como Por eso.

Hoy temprano es un libro de relatos que te envuelve con la prosa melódica de su autor. En alguno de esos relatos, como el que da título al libro, nos entregamos a un experimento temporal que acaba por convencernos de que la extraña métrica del viaje es la natural. En otros como La virginidad de Karina Durán o La suplencia nos encontramos con personajes adolescentes en situaciones anómalas, pero vivibles, que nos transportan a aquellos años en los que todo estaba por llegar. La magia presente en la realidad cotidiana se hace carne en Amor en Colonia o en Amazonia. La inquietud, el final esbozado, anidan a lo largo de todo el relato de Los héroes y, por el contrario, existen finales sorprendentes y, a la vez, entrañables como el de Cuadros.

La escritura de Pedro Mairal tiene la facultad de engancharte desde la primera línea, de atraerte de modo que el lector le da la mano al narrador y se deja llevar a esos mundos, extraños pero amigables, que logran trasportar al lector fuera de la realidad. Pedro entronca con los autores del boom cuentista latinoamericano y propone realidades paralelas.


No se las pierdan.

CUENTO (Hoy temprano)
Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, reciéncomprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahía lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidriode atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir apasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamentodel centro, durante la semana, lo único que hago es patearuna pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que estásobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianerasaltísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miropara arriba en ese patio parece que estuviera adentrode una chimenea, si grito, el grito apenas sube pero no llegahasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me sacade ese pozo.



En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábadoo porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires.Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturarinsectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que nome tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadiele parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta.Me gusta el rincón protector que se hace con el vidriode atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva.En el camino miro el frente de los autos porque parecencaras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes,y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienencara de buenos, otros cara de malos. Mis hermanos prefierenque yo vaya en la luneta porque así tienen más lugarpara ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante,cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepoen la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenidalarga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamosdespacio, además después ya el Peugeot está medio roto,tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar;una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató conel hilo del barrilete de Miguel.



El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no estánsincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana,ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la GeneralPaz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventanacon las antiparras de agua de Vicky, para que no nos llorenlos ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvocuando pasamos por la policía: ahí hay que sentarse derechosy estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguelse le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de "Titanesen el Ring" y papá frena en la banquina para juntarlasporque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repenteque se nos acercan dos soldados apuntándonos con lametralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacenpreguntas a papá, lo palpan de armas, le revisanlos documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntarlas figuritas que quedan ahí desparramadas, inclusola autografiada por Martín Karadagián.



Papá busca música clásica en la radio, a veces consiguesintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamosa las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papásube el volumen y dice "escuchen esto, escuchen esto"y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una tomade judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio.Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viajea la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart.Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árbolespodados con los troncos pintados de blanco, y escuchamoslos quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertospara piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapara las sopranos de "Las bodas de Fígaro" o de "Don Giovanni"con nuestro cántico filial favorito que dice "Queremos comer,queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...".Pero después Vicky empieza a traer libros para el viajey los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio,cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hastaque le dan permiso para quedarse los fines de semanaen el centro para ir al cine con sus amigas que ya salencon chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada unosu ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.



Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperasa medio camino mientras mamá compra muebles de jardíno plantas, aprovechando que papá se quedó trabajandoen casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a verquién aguanta más sin respirar, cada uno le tapa el tubodel snorkel al otro para que no haga trampa, o si no,improvisamos un partido de paleta con un bollo de papely las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se ponea ladrar, porque no aguanta más, encerrada en la partede atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault.Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algúnmueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.



Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los mirocon asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuandolleguemos van a empezar a caer en las trampas que Migueldeja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botasde goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsade los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramasal lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentrodel auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana,yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vezel mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque séque les va a resultar más intensa la humillaciónde esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo,indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.



Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponenel peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta,con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene.En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguelme usa el cuaderno de dibujo garabateando planosy elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vickycuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vezmenos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamáfrena y me despierta para que le ponga agua al radiadorque pierde y recalienta el motor. Compramos una sandíaal costado de la ruta.



En la barrera del tren, donde antes había uno o dosvendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticosque piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas,biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforosdel pueblo que atravesamos piden una moneda o vendenflores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierrade la empresa, que tiene botones automáticos y comoa Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar losseguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le danmiedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que,además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aireacondicionado ayuda a que ya no vayamos más con laventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula deseguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay másbasura, más pintadas políticas. Adentro, la música suenanítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencialos cassettes que yo pongo de Soda o de Police.



El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamospor llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo,que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porqueviene tranquila en el asiento del acompañante mirandoen el espejo su último lifting que le tira la piel para atráscomo si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuandomuere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volviócomo el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendoen Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porquemanejo el Taunus amarillo del padre del Chino en el quedejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos robensino para que el humo de la marihuana no pierda densidad.Escuchamos "Wild horses" y hay momentos casi espiritualesen los que la velocidad total de la ruta parece cobraruna lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Despuésmanejo el auto de la madre de Gabriela que por suertees gasolero y no gasta demasiado en las escapadasque nos hacemos cualquier día de semana para estar solosun rato. Ya se está hablando del tema de la expropiaciónpero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos.Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejarcon una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra,subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de ponerlos cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabrielame pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar.Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos,inalcanzable.



Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panzay viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamosen el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamoscinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan haciaatrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la rutay más peajes. Están terminando la autopista. Frenamosen una estación de servicio, discutimos. Gabriela lloraen el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramosel baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormidaen el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad.Los tres atados.



Piso el acelerador porque quiero llegar temprano paraalmorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos pararen el Mc Donald's. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo mepongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viajepara escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con lasmanos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pideque vaya más despacio, después deja de venir, se vacon Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo,escucho los conciertos para piano de Mozart en compactsque suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido.La autopista está terminada, con alambre a los costadospara que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miroel velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasarpor el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y esperoque se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primerapalmera tapa a las otras dos y digo "acá", y es comosi lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exactodonde estaba la casa antes de la expropiación, antesde que la demolieran y construyeran arriba la autopista.Siento que por una milésima de segundo paso por adentrode los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamoscon Miguel a "Titanes en el Ring", paso por las tumbasde Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olorhúmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradasen el fondo de la pileta para sacarlas buceando más tarde,paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vueltauna chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocaruna pelota en el único cuadrado roto de la ventana paraobligarnos a buscarla con linterna entre los saposy los charcos. Ahora es un malón incesante de autosque pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doceen punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombredivorciado, un publicista que va al country de su hermanopor primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegary está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigueviajando en el auto desde que salió hoy temprano, hacemucho, acostado en la luneta de atrás.

(lo lamento pero no tengo ganas de pulirlo. Creo que se puede leer con facilidad. Otra opción es leerlo directamente en el blog de Pedro Mairal, con enlace directo al cuento aquí)