La enfermedad del lado izquierdo

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El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

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jueves, 10 de febrero de 2011

Un cuento

Hace mucho que no posteo un cuento mío en el blog. Este tiene unos añitos y me genera buenos recuerdos. La obra de Fermín es admirable y, cómo no, inspiradora.




EN EL ESTANQUE DORADO
(Texto de ©Esteban Gutiérrez Gómez, 2006
sobre pintura de Fermín Ramírez de Arellano, 2006)


Aquella mancha verde parecía observarme. La miraba y era ella la que calibraba mi entendimiento, era ella la que mostraba asombro ante mis dudas. Caminé hacia atrás, dos, tres pasos, sin dejar de posar mi mirada sobre ella. Había cambiado, ya no era la misma. Puede apreciar entonces los diferentes matices verdes, los reflejos aguados de las hojas, el verdín de las piedras pulidas y redondeadas, la laguna esmeralda. “Yo conozco ese sitio”, me dije. Pero no podía ser, no era realidad, no existía más que en la mente del pintor. Aún así, “yo conozco ese sitio”, me repetí.

De espaldas al cuadro, con los ojos en la nuca, mirando al pasado, busqué y encontré la mancha verde. No tardé mucho. Naturalezas inventadas en sueños de infancia. Naturalezas que enmarcaban inocentes, bondadosos sentimientos. “También él fue alguna vez niño”, sonreí.
Me acerqué un poco más de la pintura. Volvió a cambiar. Ahora sí, la mutación. Mis ojos se reflejaban en ella, estaban en ella, eran de ella. Primero el rayo de luz que deslumbra. Luego el rumor de los pasos, los cuchicheos sigilosos en la penumbra. Más tarde, ya recuperada la visión, las miradas de asombro, los gestos de asentimiento. “Parece contemplarnos”, pude oír.

La empatía de la infancia, después.


jueves, 23 de diciembre de 2010

VEN Y CÓGELO



La Elipa, septiembre, 1981.

Tenía 18 años cuando vi la portada del lp en la tienda de discos. Era una pasada, la serpiente encerrada en la manzana de cristal. Cada mañana me paraba frente a la tienda para ver esa portada al regresar del curro.

Un día entré y pedí el disco. En la contra la manzana estaba rota, los cristales sobre la mesa y la serpiente había desaparecido. Volví a la portada y me fijé en la boca de la serpiente, acerqué el disco a mis ojos para verlo mejor y no podía creerlo. Sí, era un coño, era un coño lo que guardaba la serpiente en la boca, un coño precioso, con su clítoris y todo.
Estaba flipado. Por entonces Estrella me estaba volviendo loco, que sí, que no.
La serpiente me decía "ven y cógelo" si tienes huevos. Era como una señal y yo me dejé guiar por ella.
Rompí el cristal.


Esteban Gutiérrez Gómez, 2010








Come an' get it


Are you woman enough
To take a man like me
Baby, I know what you got
You make it easy to see...


Now I wanna give you my loving
Believe me, babe, it's true
Maybe more than you bargained for,
But, now it's up to you...


So if you want it,
come an' get it,
I got something for you...
If you want it,
me an' get it,
I'll leave it up to you...



sábado, 9 de enero de 2010

Uno de mis relatos en LaFanzine




Dedican un especial Música&Literatura y colaboro con Angus, una "píldora" narrativa que me trae muy buenos recuerdos. Si quieres leerlo pincha aquí

miércoles, 6 de enero de 2010

Nº 9 revista SPJismos











Una nueva propuesta efectuada por la revista granadina SPJismos, vinculada al relato, que cuenta con una colaboración de Fernando Clemot, reciente premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicado en 2009 con su Estancos del Chiado. Podréis leer también una colaboración mía, el relato Chejov, que quedó finalista de uno de los premios "importantes" que se convocan sobre el cuento en España en el pasado 2009.

En todo caso, una gran apuesta por el cuento.

jueves, 23 de abril de 2009

"Pompas de jabón", fragmento de un cuento de Cris Monteoliva

La Revista digital La biblioteca imaginaria ha declarado fiesta toda la semana y renueva su contenido diariamente. Hoy, día del libro, publica una serie de relatos inéditos cedidos por diversos autores (yo uno de ellos). Os recomiendo su lectura.


Pero claro, Cris Monteoliva nos ha correspondido con un relato (un cuento, mejor dicho) del que más bajo podéis leer un fragmento.

Aprovechad que hoy los libros están un 10% más baratos.

Buen provecho.





POMPAS DE JABÓN
Recuerdo que me di a mí mismo el razonable plazo de tres días: si para el mediodía del jueves nadie lo había borrado por error, mi ordenador no desaparecía por arte de magia
o la chica volvía a escribirme para retractarse, tomaría cartas en el asunto. Por aquel entonces yo llevaba en la revista unos cinco años. Puesto que nunca había sido un lumbreras, en cuanto acabé la carrera mi padre se encargó de buscarme un empleo en una modesta publicación de nuestro Valladolid natal, dirigida por un buen amigo de la familia. Durante los primeros tres años todo fue idílico: la oficina me cogía casi al lado de casa, y como todo el mundo sabía que yo era el enchufado, no se me exigía demasiado. Cierto es que a veces me aburría; pero, por lo general, yo era feliz sin dar palo al agua y cobrando por ello. Así fue hasta que al jefazo le dio un infarto y tuvo que jubilarse. El nuevo capo, Manuel Gutiérrez, pronto me dejaría claro que yo era un estorbo en su revista. El despedirme, sin embargo, no entraba en sus planes, ya que soltar la indemnización le dolería más que si el dinero saliera de su propio bolsillo. Decidió, por tanto, pasar de mí y tratarme como si fuera un florero o un cuadro colgado en la pared. Curiosamente, cuanto más me ignoraba el Gutiérrez, más ganas tenía yo de trabajar. Tras demostrar que sabía escribir sin casi tener que utilizar el corrector ortográfico, y después de meses de insistencia, por fin tuve mi propia sección: CARTAS DE LOS LECTORES. No es que fuera gran cosa, pero tampoco estaba tan mal. Llegó la hora señalada de aquel jueves de octubre, y como el mail seguía intacto en mi bandeja de correo, no me quedó otra que imprimirlo y dirigirme al despacho del jefe.
­Así que una de tus lectoras te ha escrito para que vayas a Granada a hacer un reportaje. ¿Y quién se ha creído que eres? ¿Iker Jiménez? – dijo conteniendo una risita.
­Había pensado que, como tengo unos días libres y pensaba pasarlos en Granada, en la casa de mi hermana, pues...
­¡Ah, sí! Tu hermana, la rarita – me interrumpió Gutiérrez con desdén.­Haz lo que te de la gana, Domingo; pero que sepas que tú corres con todos los gastos. Le di las gracias y salí de aquel despacho como alma que lleva el diablo. Al Gutiérrez le faltaría tiempo para reírse estruendosamente de mí a mis espaldas una vez me hube marchado. Quizá en otras circunstancias me hubiera importado; pero entonces sólo podía pensar en el momento en que cogiera el autobús en dirección a Granada. [...]

miércoles, 18 de marzo de 2009

PARDAO, un cuento inédito



Otra ciudad solitaria. Otra tarde solitaria. Busca unos soportales que le protejan de la fina lluvia que cae eternamente. Saca la guitarra de su funda. Comienza a afinarla. La gente lo mira deprisa, de soslayo, con extrañeza, con incomprensión, sin parar. Contempla los adoquines mojados que reflejan el miedo y empieza a cantar.
Otra noche solitaria. Otra botella vacía. La lluvia de noviembre tamborilea sobre el cartón que vela sus sueños. Entre las últimas risas y las toses de la mañana, entre los zapatos que se arrastran y los taconeos rápidos del alba, entre la incomprensible línea que separa los días logra dormir.
No es demasiado joven para llorar, ni demasiado viejo para abandonar cuando una mujer le deja tirado. No es demasiado joven para mentir, ni demasiado viejo para preocuparse cuando piensa en su futuro.
Sabe lo que quiere hacer. Hace lo que quiere. Viaja de ciudad en ciudad. Se deja llevar por los camioneros que marcan su destino. Canta. Canta canciones de desamor, canta a amores perdidos, canta saudades con aroma a musgo que guarda dentro de su alma. Vive así. Sin tomar una decisión. Confía en su hado.
A veces piensa que debería cambiar. Dejar las carreteras solitarias, las otras nuevas ciudades solitarias. A veces mira las ciudades que deja atrás como los marineros miran el puerto que abandonan. A veces tiene, y no lo sabe, nostalgia.
No es demasiado joven como para soñar, ni demasiado viejo como para olvidar cuando intenta recordar donde está la línea de salida. No es demasiado joven como para darse cuenta, ni demasiado viejo para apresurarse cuando piensa en cambiar de vida.
Mientras tanto sólo quiere viajar. De ciudad en ciudad. Sintiéndose libre como un Dios. Con el aire golpeándole en el rostro. Cantando canciones tristes. Solo. Al borde de la carretera. Mojado. Con el dedo al aire y su guitarra detrás.




Texto: Esteban Gutiérrez Gómez
(otra versión del "Ride on" de AC/DC)
Foto de Aldo RnR. Gracias.

viernes, 13 de febrero de 2009

Un microrrelato agridulce (cosas de la vida)

TODA UNA VIDA
Durante un minuto no supe qué decir. Miraba el anillo, una simple arandela de plástico, y le miraba a él, con su pelo alborotado y el cerco de chocolate en los labios. Sonreía, como siempre, y le brillaban los ojos como cuando se tiene fiebre. Le dije que sí, que sería lo que tuviese que ser. Me cogió de la mano y volvimos juntos a clase un instante antes de que sonase la sirena que marcaba el final del recreo.
De esto hace más de setenta años. Sé que seguimos llenos de amor, aunque él, ahora, no recuerde nada.

Micro ganador del 2º certámen "Amor en 1 minuto" de la Cadena Ser.

Ver noticia aquí y aquí


Ni les cuento cómo lo voy a pasar el fin de semana...

lunes, 2 de febrero de 2009

Un adelanto de lo que puede venir


Monotonía de lluvia
tras los cristales
(fragmento)
(título de un poema de Antonio Machado)


Se fumaban un porro después de cenar. Así desde que se casaron, hace más de cinco años.
Era una rutina, el calmante de una jornada áspera y vulgar que se reflejaba en sus pupilas.
Aprovechaban ese momento, sentados en la mesa de la cocina, uno frente a otro, bajo la luz blanquecina del fluorescente, para charlar un poco de los asuntos que tuviesen en la cabeza.
Juan comenzaba su rollo diario sobre actitudes irrespetuosas, jefes desconsiderados, incomunicación organizativa, envidias manifiestas, leyes selváticas y demás reproches sobre el ambiente de trabajo. Fuese el trabajo que fuese.
En esos momentos, según el grado de indignación de Juan, Adela empezaba a saber cómo de verdad estaban las cosas, y si tenía que temerse o no, unas semanas de convivencia extra que cada vez le resultaban más insoportables. Era ya un imposible convencerle de que el problema no eran los demás. Había salido tarifando de más de doce empleos en estos cinco años. Y no más porque el padre de Adela contuvo todos sus nervios antes de explotar, dos años después de haberlo contratado y ponerlo al frente de un brillante negocio de mensajería, que Juan solito derribó por completo.
Adela parecía escucharle con atención, pero en realidad hacía tiempo que sabía desconectar y esperaba paciente que el efecto de la maría apareciese. Mientras tanto, ella solía preguntarse, todas y cada una de aquellas noches de los últimos diez meses, por qué no había abandonado esa casa cuando pudo hacerlo, cuando cambiaba sin riesgo un hombre por otro, una realidad por una promesa que no podía ser peor. Y, de seguido, recordaba a aquel tipo y, todas y cada una de esas noches, se preguntaba qué sería de él.
Adela tenía, por supuesto, algún puente tendido a la realidad y era capaz de mover el rostro en sentido afirmativo o negativo con pleno acierto cuando Juan preguntaba ¿No hubieses hecho tú lo mismo?, o ¿Tú crees que eso es lógico?, y todo ese tipo de preguntas imbéciles que él hacía para autoafirmarse en sus convicciones, aún a costa de ser un eterno perdedor.
Hacía tiempo ya que Adela dejó de decir la verdad, intentando apoyarlo, sacarlo de esa espiral de crecimiento negativo que le llevaba, invariablemente, al pozo que él mismo cavaba bajo sus pies. Intentó también lo contrario, utilizar la ironía con malicia para hacerle ver la realidad, pero Juan, pagado de sí mismo, no tenía la inteligencia suficiente para captar las sutilezas de Adela, y Adela no sabía hacerlo peor. No, no era tan vulgar como para eso.
Compartían el porro de cada noche que, los viernes, se convertía en dos o tres más. Esa era la única noche que Adela disfrutaba algo de la compañía de su marido, cuando olvidaba todas aquellas batallas de sus trabajos y todo aquel lodo se deshacía entre una espesa nube de humo y comenzaban las risas y no te preocupes porque lo que tiene solución, se solucionará, y lo que no, ¿para qué preocuparse?, y menos mal que te tengo a mi lado, y, tú, ¿no tienes nada que contarme?
Y entonces Adela hablaba de lo suyo, de aquel ordenador lleno de cactus que cada día le ofrecía la información del tiempo y que distribuía entre las compañías de transporte para evitar incidencias. Era todo tan monótono, tan mecánico, tan aburrido. Pero ella siempre decía lo mismo: evité unos cuantos accidentes de La Peninsular con el asunto de una niebla espesa en el norte. Siempre lo mismo: evité unos cuantos accidentes de La Peninsular con el asunto de una niebla espesa en el norte. Fuese la estación del año que fuese. Y Juan, sorprendiendo una vez más a Adela, nunca decía que se repetía, nunca dijo nada. Se limitaba a acariciarle con el dorso de la mano uno de sus carrillos, a pellizcárselo con cariño y a besarle la frente antes de decir, con las voz más dulce que sabía poner, eres un ángel, un ángel de la guarda.
Entonces venían las copas, gin tonic con pulpa de limón, ella; whisky de malta, doce años, sólo con hielo, él; y todo se limitaba a hablar de padres, hermanos, amigos, vecinos; desconocidos mencionados por padres, hermanos, amigos y vecinos; famosos y tertulianos de la tele, y de más vida externa en la búsqueda de una diana apetecible.
No podían evitarlo. Las comparaciones, por supuesto a propuesta de Juan, eran dolorosas y el jugo a sacar de todo aquello, no tenía desperdicio. Adela lo sabía, y al principio se indignaba porque se daba cuenta que estaba haciendo precisamente aquello que ella criticaba a los demás, pero luego pensó que era la única manera de sobrevivir en aquel matrimonio. Sí, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
Últimamente el objeto de todos aquellos comentarios maléficos solía ser Gabriel, el hermano mayor de Juan. Gabriel era la diana preferida por muchos factores que no necesariamente coincidían en ambos. Para Juan era un ser despreciable, un multimillonario que se estaba forrando a costa del trabajo de los ilegales en su empresa de construcción. Era además un villano que trataba con la mafia administrativa para conseguir favores, y recordaba, cada día, cada viernes, la fiesta que dio en su chalet de cuatro plantas con ascensor, garaje para diez coches, piscina cubierta y parcela de diez mil metros cuadrados, y a la que acudieron el alcalde, un famosillo de los de sesenta mil euros por aparición y dos paletos trajeados con cara de ser hermanos de Tony Soprano. No podía ver sus coches de lujo, sus sirvientas mulatas, y su pose de empresario del año cada vez que le preguntaba cómo le iban las cosas. Sólo se contentaba cuando hablaba de sus tres divorcios y cuando recordaba su mirada perdida en aquellos encuentros a solas, casi de resaca, cuando en conversaciones de hermano le confesaba que jamás había sido feliz.
A Adela el odio le venía de haber sido seducida, utilizada y rechazada, por este orden, en varias ocasiones durante sus primeros años de matrimonio. Es más, a punto de casarse con Juan, unas semanas antes, follaron como locos en un motel de carretera durante un fin de semana entero, cuando Juan se marchó con los amigos (me perdonarás hermano, pero tengo un proyecto entre las manos que no puedo dejar escapar) haciéndose mil quinientos kilómetros al sur para disfrutar de una despedida de soltero en las islas.También le odiaba porque era el tipo de hombre que a ella le gustaba, guapo y cabrón seduciendo, como los niños malos; delicado y violento en la cama, como los hombres que saben perfectamente dónde está el barómetro de una mujer. Era un encantador de serpientes, y le odiaba porque le amaba, y no soportaba verlo con aquellas mujeres, cada vez más jóvenes y bonitas, a las que conquistaba y las hacía pasar por el juzgado para garantizarse algo de amor. [....]

sábado, 3 de enero de 2009

CABALLOS (relato inédito)

Habíamos estado dando un paseo por el bosque. Durante el verano se estiraban las ramas del hayedo cubriendo con su inmenso manto la tierra a la que protegen, una tierra revestida de hojas acuosas caídas durante los pasados otoños. A pesar del calor, dentro del hayedo se estaba bien. La humedad mantenía fresco el musgo y cubría de verdín los troncos en la umbría. Me gustaba hacer esa travesía todos los años con papá.
Desde muy pequeño el hayedo se me aparecía como el bosque donde debían habitar las brujas. Era para mí un sitio misterioso, mágico, hechizado.
Papá para hacer más agradable la subida desde el valle, me narraba historias que sobre él se contaban. Mi preferida era la de los caballos salvajes que vivían en la espesura del bosque: todos decían que los oían pero nadie los había visto nunca. Bueno mi padre y yo si los hemos visto.
Un día los oímos bufar al otro lado de las zarzas, y patear el suelo. Incluso vimos como se movían las ramas bajas de los abetos. Papá me preguntó si quería ver los caballos y yo por supuesto dije que sí. Si, dijo él, ya es hora que descubras algunas cosas de la vida. Estiró los chubasqueros en el suelo en medio del sendero y nos tumbamos en ellos. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te lo diga, me dijo sujetándome el pecho con su brazo. Estuvimos un buen rato con los ojos cerrados tumbados en medio del camino. No se oía nada más que el vuelo de alguna de las aves del bosque. Aguanta, me dijo, que falta poco ya verás. Entonces sentí que el suelo se movía. Estate quieto y no abras los ojos todavía, susurró presionando algo más su brazo. Estaban allí. Los podía sentir: su respiración caliente sobre mi cara y su olor a barro. Ahora, escuché, y abrí los ojos. Me asusté un poco al verlos encima de nosotros. Papá me esta mirando y con un suave cerrar de pestañas me tranquilizó.
–¿Qué bonitos verdad? –dijo mientras volvía la cabeza hacia ellos.
Sí eran bonitos. Tenían mucho pelo negro en las crines y en la cola. Eran unos cinco o seis, todos de color pardo oscuro. Estaban tranquilos. Intenté incorporarme para verlos mejor y entonces, lentamente, empezaron a formar una fila y se internaron de nuevo en el bosque.

Años después descubrí el secreto de papá: por supuesto que la gente había visto los caballos, sólo había que ofrecerles un poco de sal en la palma de la mano para atraerlos.
Pero ese día papá y yo hicimos magia.






















El 1 de enero, como todos los primeros días del año, acudí a mi santuario en la sierra de Madrid. Jamás lo había visto así de expresivo, tan lleno de belleza, con girones de niebla enganchados entre los pinos, con el agua del deshielo corriendo en cascadas desde los neveros, con los líquenes y el musgo cubriendo las piedras y los árboles como si me encontrase en un bosque del terciario, con la humedad máxima en el ambiente que producía un chispear brillante en el paisaje.
Tan sólo me encontré en el camino con unos caballos que pastaban mansamente en un claro del bosque cubierto de nieve y niebla.
Entonces recordé el relato que acabáis de leer.
Sirva como homenaje a la naturaleza que es capaz de crear tantas sensaciones placenteras en el alma.

Texto: Esteban Gutiérrez Gómez, 2006
Foto: Robert. (http://coloresygrises.blogspot.com/). Gracias.

lunes, 15 de diciembre de 2008

LA CAMISA BLANCA


LA CAMISA BLANCA (relato inédito)

A Jesús Ortega

Apagué aquel chiflido infernal que hería mis oídos y me incorporé. Bajé de la cama, como siempre, por el lado derecho. Mis pies agradecieron encontrar en el suelo el tacto acolchado de la alfombra de lana. Se hundieron en ella cuando comencé a moverme. Sin contar los pasos y sin palpar las paredes caminé a lo largo de la cama, crucé por delante de ella y llegué al otro extremo, donde estaba el vestidor. Eva dormía a este lado de la cama sin casi respirar. Abrí la puerta de piano cien veces lacada y tanteé en busca del traje negro. Fue fácil una vez reconocido el marrón: un, dos, el tercero a la izquierda. Por si acaso palpé el pantalón en busca de la quemadura y allí estaba, como la costra de una herida. Lo dejé colgado en la silla del vestidor. Busqué la camisa blanca de seda. Después de la primera batida no logré reconocerla. Dudaba entre las tres últimas, el tacto era parecido: delicado, femenino, deliciosamente tierno. Deseché una que tenía doble abotonadura en el cuello (la de la boda pensé a la vez que se me dibujaba una sonrisa boba en la boca). Descolgué las otras dos. Una debía ser azul y la otra era la blanca. La situación comenzaba a impacientarme. Olí las camisas. Una de ellas desprendía aromas de lavanda (recién lavada, pensé), la otra desprendía un pequeño tufo a tabaco, a fiesta. Recordé. Intenté recordar. No había duda. Esa primera camisa era la que buscaba, la de seda blanca. Al ir a colocármela me sentí extraño, parecía que la camisa hubiese encogido y se hubiesen cerrado todas sus aberturas. No lograba encontrar los huecos de las mangas. Tras tres intentos maldije en un susurro bronco a Adolfo Domínguez y a la madre que lo parió.

Eva se levantó. Posó su mano caliente sobre mi hombro y me quitó la camisa de las manos. Abrió de nuevo el armario y sacó otra camisa. Me ayudó a colocármela, me la abotonó, me dejó sentado en la silla y volvió a la cama. No dijo nada.

Cuando despertó de nuevo ya debía haber amanecido y yo lloraba todavía sentado en la silla, en calzoncillos y con una camisa que olía ligeramente a tabaco de pipa y a sal. Recordaba con dificultad, entre hipos apagados, colores que ya no podía ver.
Texto: Esteban Gutiérrez Gómez
Fotografía: Desnudo con linterna, del fotógrafo esloveno Evger Bavcan que, al igual que el personaje del relato, es ciego.

sábado, 22 de noviembre de 2008

REFLEJOS DE PLATA ESMALTADA

–Tenías que haberla visto. Era como un poema.
Desde luego este mundo no deja de sorprenderme. Encendimos las tobas.
–¿Qué clase de poema? –pregunté sin adivinar su entusiasmo.
–Uno que habla de la belleza y de lo delicado, de ballet de mariposas en pareja, de tormentas de sangre y mares calmados, de porcelana con reflejos de plata esmaltada.
–No te pongas en plan lírico –dije sin poder reprimir una mueca de asco ante tanto empalago– ¿Sabrías siquiera decirme de que color es la plata esmaltada?
–Claro que sí... –miró hacia el cielo y aspiró el humo del cigarro hasta sentirlo explotar en su pecho, tosió con gravedad, cerró los ojos y tras unos segundos continuó–. Es el color que tiene la mirada cuando estamos observando algo y, de repente, se pierde junto con nuestra alma y viaja a miles de años luz de aquí.
Indiscutiblemente se había enamorado. Sin perder sus ojos de vista quise adivinar algo más. Antes de llegar a abrir la boca sentí que me había leído el pensamiento.
–El color de lo apasionantemente indescifrable –añadió antes de desaparecer calle abajo empujando su carro de la compra lleno de desechos del ayer.



Alguna foto de lo de anoche en Bacovicious
Ya sabéis que ahora estoy de viaje. Cuando vuelva os cuento.
¡¡¡¡¡GRACIAS A TODOS!!!!!

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Vías paralelas



“Su vida y la de su mujer eran paralelas.
Nunca se encontrarían”
Miguel Torga “Otoño”




Vías paralelas

Después de cenar, veían juntos la televisión. Apenas hablaban y si lo hacían, nadie deduciría de ello una conversación. Después se acostaban, se deseaban buenas noches con un beso y dormían. Hasta la tarde siguiente, ya al anochecer, no volverían a verse. Se diría que todos aquellos años otorgaban la conformidad a su matrimonio, pero en realidad siempre había sido así. Sus vidas eran dos raíles de tren, vías paralelas. Nunca llegarán a encontrarse.

texto: Esteban Gutiérrez Gómez

lunes, 13 de octubre de 2008

ANGUS

ANGUS

Dedicado al hijo de Juan Carlos Márquez


Se llama Daniel, pero yo le llamo Angus, porque tiene el pelo largo y ensortijado y se pasa todo el día dando pataditas al suelo. Tiene dos años y será melómano. No atiende a nadie, hace lo que quiere, pero si escucha algo de música conecta inmediatamente con ella.
Cuando viene a casa con su padre, mi vecino Mariano, y tengo puesto en el equipo algo blusero tipo BB King me mira con cara de interrogación y ojos de ver almas. Si suena algo de rock (muy, muy marchoso, por supuesto) se pone como una moto, en el sentido literal de la palabra, y corre de una lado a otro del salón haciendo pedorretas con los labios.
Algunas noches, ahora cada vez menos, mi vecino Mariano me lo trae después de cenar. Le enchufo los cascos con algo de Vangelis muy bajito, apagamos la luz, y sólo con la pecera iluminada en unos minutos se queda dormido.
Tiene suerte Mariano, yo al mío tenía que darle tres vueltas a la manzana con el coche.

jueves, 25 de septiembre de 2008

¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! (relato inédito)

Alguien escuchó sus gritos y llamó a la policía. Tuvieron que derribar la puerta. Olía a sal y a hierro oxidado. Siguiendo sus aullidos dieron con él. Con sus puños ensangrentados golpeaba incesantemente el pecho de ella sin dejar de gritar: ¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! ¡Vive!
La policía no se atrevía a apartarle de aquel cuerpo convertido en un amasijo de carne y vísceras. La sangre cubría todo su pecho y sus brazos y su rostro. Los ojos parecían a punto de saltar de sus cuencas. Una y otra vez, como un imparable martillo hidráulico, levantaba las manos dirección al cielo y las descargaba sobre el cadáver gritando:
¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! ¡Vive!
Le sujetaron los brazos entre seis o siete personas. En ese momento tensó su cuerpo arqueándolo hacia atrás como un toro, aulló larga y profundamente y, después, se derrumbó sobre el entarimado de madera como una estatua griega de mármol. El estruendo fue atronador.

Él llevaba dos horas intentando reanimarla con un masaje cardiaco.

Ella llevaba dos horas muerta.

© Esteban Gutiérrez Gómez

domingo, 31 de agosto de 2008

Agradecimientos

Se acabó.

Los días sin madrugar
y las noches eternas
ya son
frutos pasados.

No voy a volver
atras vista la.

"De vuelta a casa,
enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles..."
y me encuentro con dos sorpresas:


Andrés Ramón Pérez Blanco, El Kebrantaversos, que por casualidades de la vida nació el mismo día que yo y demuestra en su blog (hace poco tuvimos una muestra con su Señor lagrimitas), ser un Piscis del copón, se hace eco de uno de mis relatos, Los ajenos, en su cuaderno de bitácora:
http://elkebrantaversos.blogspot.com/2008/08/un-cuento-de-esteban-gutirrez-gmez-los.html.




Gsús Bonilla, poeta completo que lleva la poesía allí donde jamás pensabamos que podía llevarse (y que ha acuñado un término que me encanta: poevida), se hizo con un ejemplar de El Laberinto de Noé en la caseta de la feria del Libro de Madrid donde firmé ésta primavera (¡qué ilusión!) con intención de jugar con su lectura, y ha salido de El Laberinto con moderada satisfacción. Ha colgado en uno de sus blog una referencia que me conmueve por su demostrada sinceridad:


A los dos: GRACIAS, AMIGOS.


martes, 22 de julio de 2008

LOS AJENOS

LOS AJENOS
(cuento inédito)


Para Carlitos,
que flipó y se rió con ganas
y me dijo que dejase de enviarlo a concursos
y lo colgase para disfrute de la peña
de una puta vez.

Cuando llegaron al otro lado de la montaña vieron a un grupo de hombres, agachados, trabajando la tierra. Les pareció extraño, pero siguieron por la senda en dirección al pueblo. Comenzaba a anochecer. Podía distinguirse la colmena de casas al fondo del valle. De ellas emergían columnas de humo grisáceo y se aproximaba un olor a alimento caliente. Colón se quedó con su formación a la espera.
Se sobresaltaron cuando llegaron junto a las primeras viviendas y vieron las teas encendidas. Las calles parecían desiertas y la noche lo teñía todo de misterio. Bajaron de las comas y Ariel ordenó mudez. Escucharon el rumor, la incipiente marabunta, y se dirigieron hacia allí. Paralizaron la acción nada más llegar y ver la comitiva. Una partida de hombres parecía golpearse la espalda con unas cuerdas rugosas, provocándose dolor y sangre. Hablaron entre ellos, alarmados por la visión, y decidieron con gran nerviosismo volver a la vida eliminando los males. Los gritos siguieron a la inicial estupefacción de la gente, arracimada en la calle alrededor de los desaparecidos penitentes. Después, la huida, en todas direcciones, sin orden, con desesperación.
Ya la noche dominaba a todos los colores cuando entraron en busca de algo de calor en un local muy animado. Nada más llegar allí volvieron a paralizar la acción. Los hombres comían vísceras, entrañas. Aquellos animales se comían entre sí. Volvieron a discutir y llegaron a la conclusión de que eliminarían a los carnívoros de la escena. Al reactivarse cayeron vasijas con vino y cerveza, y las ropas cubrieron los bancos. Los gritos comenzaron cuando volvieron a paralizar la acción. Ariel dijo algo sobre la mirada de los huidizos. Conversaron y concluyeron que jamás habían visto tanto terror en unos ojos. Decidieron volver a la vida apropiándose de las miradas, y los dejaron allí, entre lloros y gritos, empujándose unos contra otros buscando a tientas la salida.
Skip dirigió la segunda columna hacia el edificio más alto de la población. Bajaron de las comas en cuanto ordenó parada y mudez. Las campanas no dejaban de tañer con sonido triste. El rumor parecía acercarse por una calle, la luz de las antorchas delataba la futura presencia. Ordenó izar, y todos se guardaron las comas en el bolsillo, encogiéndolas con el pensamiento hasta convertirlas en diminutas lentejas. Skip ordenó aire, y formaron corriente hasta llegar ante la procesión de gente. Paralizaron la acción en cuanto vieron al sujeto humano clavado a los maderos, sangrando por heridas incisivas y rostro de dolor. Ampliaron el radio mental y, los tres oficiales, se comunicaron opciones de futuro inmediato ante la más alta de las ilegalidades. Decidieron abandonar el occidente civilizado. Colón estaba de acuerdo con Skip, sin embargo Ariel mantenía la prioridad de la orden: 1.reconocimiento, 2.información, 3.1.mantenimiento o 3.2.transformación, decisión final autorizada. Cerraron comunicaciones mentales con 3.2.transformación.
El grupo de Skip escuchó alaridos antes de defenderse de los primeros contingentes guerreros al volver a la acción. Luzil, el traductor de voces, habló de dioses terribles, de castigos eternos en hogueras, de miedos dirigidos, y no supo ver poder. Los hombres, agachados como animales, se aferraban a cruces de metal y, arrodillados, suplicaban por su vida a dioses etéreos. Montados en las comas, les veían como los monstruos sagrados hacedores del fin de los días. El Cabrón de Satán. Dixán, el intérprete de sueños, adivinó miedos heredados, supersticiones latentes, sumisión ancestral. Skip ordenó fuego, y el edificio alto comenzó a arder. La gente lloraba y ni Luzil ni Dixán eran capaces de encontrar la solución al enigma de la adoración por terror.
Cuando Ariel se reunió con ellos traía consigo un reciente femenino delicado. Confirmó que era un presente a cambio de vida. Paralizó la acción, y diluyó al obsequiante “padre” en un ataque de ira, confesó que sólo por ignorante. Colón y Skip pensaron y asintieron, luego propusieron cónclave. Tendidos boca arriba, sobre el manto sagrado de hierba terrenal, las luces de los ojos en busca de las luces del cielo, pensamientos entrecruzados, conectaron con el ancestro, Todo Lagarto, en busca de futuro cierto. Al instante supieron qué hacer.
Cercados por el fuego, que se había extendido a las construcciones vecinas, hicieron altar con las ascuas. Sacaron los oros y coincidieron los anillos de luna sobre el fuego destructor. Paralizaron la vida y la extinción se produjo al instante.
Tan sólo uno de los mortales quedó con vida. Los trabajadores, los temerosos de dios, los amantes del dolor, los envidiosos, los amargados, los caníbales, ninguno de ellos sobrevivió. Sólo uno, el que aquellos animales llamaban “imbécil”, se pudo salvar de la implosión cerebral.



© Esteban Gutiérrez Gómez, 2006