La enfermedad del lado izquierdo

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miércoles, 3 de agosto de 2011

La bestia (para Vinalia Trippers, "Trippers from the crypt"

Queridos drugos,

como diría Vic, el padre padrone de la criatura,

Vinalia Trippers anda otra vez a la carga.

El fanzine mítico que regresará el año pasado desde las profundidades del abismo acaba de sacar su nuevo número, Trippers from the crypt, un homenaje a los clásicos del terror. Con calidad de hoy y aspecto de fanzine del pasado ofrece 33 alucinantes relatos (más 14 poemas del Master of horror) ilustrados por 33 excelentes dibujantes.

80 creadores en total para un número que merece la pena tener, os lo aseguro.


Os dejo mi colaboración:


(ilustración ad oc de Gsús Bonilla)



LA BESTIA


Notó como se le erizaba el pelo y procuró hacer coincidir el clímax con el momento final. Fue entonces, cuando presionaba con los pulgares dentro de la garganta, cada vez más hundidos en ella, cuando sintió los espasmos de aquella sangre joven en las yemas de los dedos, que respondían como ventosas ávidas de fluido. Un instante después la relajación de los músculos de la muchacha le hizo volver a la realidad. Se levantó jadeante, asqueado de sus manos engarfiadas, mirándolas como si no fuesen parte de sí mismo, y con ellas intentó arrancarse la piel de la cara. Gimió y gritó como un animal herido que pidiese explicaciones al cielo. Se golpeó contra las paredes de la habitación sin dejar de girar cómo un loco, hasta que cayó al suelo y se derrumbó junto al cuerpo flácido de ella.
Pasaron unos segundos de silencio, de total silencio, unos segundos.
Levantó la cabeza, apenas unos centímetros del suelo, y miró el cuerpo rendido y desnudo. Volvió a jadear. Cogió aquel pequeño bolso de puta y sacó un monedero desgastado de piel artificial. Se llamaba Irene, 22 años, polaca. Dentro del monedero había una alianza, sin nombre ni fecha grabados, y una foto de una niña que sonreía. Volvió a gritar intentando que la bestia saliese de su cuerpo por entre sus fauces desencajadas, bramó para dejar de oír sus propios pensamientos, pero estos no cesaban en su tormento. Por un instante vio el reflejo de su rostro en el plástico de la cartera, distorsionado, alargado, con ojos derretidos y labios hinchados.
Se incorporó pesadamente y orinó sobre ella.
Luego desapareció.

© Esteban Gutiérrez Gómez (Bacø), 2011

martes, 28 de septiembre de 2010

Un cuento de Vicente Muñoz Álvarez





EL ANIVERSARIO



Eran las once y diez de la mañana de un domingo. Ella aún no se había levantado, aunque llevaba ya un rato despierta. Él preparaba cuidadosamente el desayuno: café con tostadas, zumo naranja y huevos.
La noche anterior se habían acostado tarde, para celebrarlo, después de tomar unas cervezas y cenar con vino tinto. Al llegar a casa habían hecho el amor sobre la alfombra del pasillo y habían terminado diciendo tonterías y riéndose medio borrachos en la cama.
Ahora él caminaba despacio hacia el dormitorio, procurando mantener en equilibrio la bandeja. Buscó a tientas el interruptor y encendió la luz del cuarto.
- Felicidades, nena, el desayuno ya está listo...
Ella se incorporó, estiró los brazos y esbozó perezosamente una sonrisa.
- Igualmente, cielo - dijo mirando de reojo la bandeja -. Tiene un aspecto estupendo... Y en la cama, además, como en los viejos tiempos...
- Como en los viejos tiempos, claro que sí - añadió él -, como en los viejos tiempos...
Mientras desayunaban, eligieron en la Guía del Ocio un restaurante a la altura de las circunstancias e hicieron también planes para la tarde. Luego ella se levantó, salió de la habitación y regresó a continuación con un paquete.
- Es para ti - dijo -. Espero que te guste...
Él lo abrió nervioso, sin despegar el celo del envoltorio, rompiendo con estrépito el papel. Eran una gafas Ray Ban de cristales verdes, último modelo.
- ¡ Boahhhhhhh ! - gritó -. Son estupendas, Cris, de veras, ya sabes la ilusión que me hacen... Pero espera - añadió -, tú también tienes un regalo...
Se levantó con las ellas puestas, después de darle un beso, y sacó de su mesita de noche un paquete pequeño, de color azul brillante, que ella abrió cuidadosamente, como temiendo que pudiera romperse en sus dedos.
- Es una cruz maragata - dijo él -, de las que cuelgan de esos collares de plata y piedras rojas. ¿ Te gusta ? La encontré en un anticuario...
- Me encanta - dijo ella -. Es preciosa, de verdad, preciosa...
- Iba a comprarte una cadena, pero no vi ninguna que me gustara, me parecía que no pegaban demasiado con la cruz...
- Da lo mismo, quedará bien con un cordón de cuero, ya verás...
Apartaron de la cama la bandeja con los restos del desayuno y se volvieron a acostar.
- Van ya diez años - dijo él - ¿ Te das cuenta ?
- Claro que me doy cuenta - dijo ella -. Y hasta asusta... Llega un punto, a partir de cierta edad, en que no ya no controlas igual el tiempo, se vuela a toda prisa, días, semanas, meses... y cuando te das cuenta se ha esfumado media vida... ¿ Recuerdas cuando teníamos quince años ? - añadió -. O menos incluso, doce, diez... El tiempo entonces era algo distinto, sin sentido ni importancia alguna... Se estiraba como el chicle hasta la Navidad, hasta Semana Santa, hasta el verano... Y ahora es justo al revés: se esfuma, el tiempo... Y además lo olvidas todo... Las pequeñas cosas, quiero decir, las conversaciones, los detalles, los amigos, los regalos... Es triste, la verdad... Que te quedes con los grandes acontecimientos sólo... O con detalles absurdos, a lo sumo: olores, imágenes, secretos...
- ¿ Cómo que secretos ? - preguntó él sonriendo -. ¿ A qué te refieres ?
- Secretos - susurró ella -, juegos, cosas prohibidas... Los tienen todos los adolescentes, no te hagas el loco... Seguro que tú también tuviste alguno... a que sí, algo que no le hayas contado a nadie...
- ¿ Tú los tienes ?
- Todos los tenemos... Aunque sea mejor no confesarlos...
- ¿ Por qué ? - preguntó él.
- Porque son secretos, simplemente por eso - respondió ella.
Él se incorporó de la cama, apoyando su espalda en la pared y haciendo que ella se acomodara en sus piernas. La acarició los muslos, la melena, le besó el cuello.
- Quiero que me cuentes uno - dijo.
- Ni hablar - contestó ella -. Los secretos son secretos y punto. Se acabó.
- Por favor, Cris - insistió él -, cuéntame alguno, no me hagas esto, venga... Y yo te cuento otro...
Lo dijo impulsivamente, sin pensarlo apenas, mirándola a los ojos suplicante.
- Hay cosas que quizás sea mejor no saber de los otros - dijo ella -, cosas que tal vez los demás nunca entiendan...
- Pero es que yo no soy los otros - protestó él -. Soy tu marido desde hace diez años... Creo que tengo derecho a conocerte mejor, a que nos conozcamos algo más... Venga - insistió -, por favor, primero tú, me lo cuentas, algo que no le hayas contado a nadie, y luego yo, de verdad, te lo prometo...
- Vale, anda, no seas tan pesado... Pero tienes que jurarme que no te va a sentar mal ¿ de acuerdo ?
- De acuerdo - afirmó él
- Y luego tú - añadió ella -, sin trampas de ninguna clase...
- Conforme.
Se sentaron con las rodillas cruzadas sobre la cama, uno enfrente del otro, fumando un cigarrillo y mirándose fíjamente a los ojos.
- ¿ Listo ? preguntó ella.
- Listo - asintió él.
- Pues vale, venga: me lo hice con una amiga cuando tenía quince años... Una compañera de instituto. Esther, se llamaba...
- Nunca me contaste eso - dijo él sorprendido.
- Tampoco me lo preguntaste - contestó ella -. Además, era un secreto... No tenías por qué haberte enterado.
- Bueno ¿ y cómo fue ? Cuéntamelo...
- Éramos compañeras de clase. Algunas noches nos quedábamos a estudiar juntas y dormíamos en la misma cama, ya sabes, las mujeres... no somos como los hombres... nos acariciábamos, nos besábamos... Pero, por favor - añadió elevando la voz -, no pongas esa cara ¿ vale ? Encima que me has hecho contártelo...
- Es que estoy flipando - dijo él, de veras que estoy flipando... Diez años casados y me entero ahora de que de adolescente eras lesbiana, de que te gustaban las chicas...
- Oye, David, no lo tergiverses más tu ahora, por favor...No es que me gustasen las chicas, me gustó entonces mi amiga y punto... Y no como tú piensas, además... ¡ No éramos lesbianas !
- ¿ Bisexuales, entonces ? - preguntó él irónicamente.
- ¡ Amigas, David, sólo amigas ! Quieras aceptarlo o no... Y es bobada además que te lo intente explicar... No vas a entenderlo.
- Sí que lo entiendo, Cris - dijo él -, perfectamente: que te lo hiciste con una mujer... Es bastante sencillo...
- ¿ Bastante sencillo? - gritó ella -. La verdad es que no tenéis ni idea de cómo somos por dentro, las mujeres... Lo lleváis siempre todo al mismo sitio: sexo. Sólo eso. Y entre nosotras no siempre es así. ¿ Te enteras ?
- Vale, Cris, de acuerdo - dijo él -, no te enfades... Será mejor dejarlo así...
- Prometiste que no te iba a sentar mal, que lo ibas a entender... Eras tú el que querías que te lo contara a toda costa, ¿ no es así ?. Venga, dilo: ¿ no es así ?Me convences primero, me fuerzas a hablar, dices que puedes entenderlo y luego no ves más allá de tus narices, lo enrevesas todo, me pones mala cara... No debí habértelo contado, he sido una estúpida...
Se quedaron en silencio unos minutos, ella fumando un cigarrillo, él mordiéndose la lengua para no hacer más preguntas.
Entonces ella dijo:
- Ahora tú, David, te toca...
- No te preocupes - dijo él -, lo mío es más sencillo... No te llevarás grandes sorpresas...
- Adelante - dijo ella.
- Fue cuando vivía con mis padres en San Pedro, en un piso alquilado. Había un patio en la parte de atrás lleno de maleza y trastos viejos donde yo solía jugar por las tardes al regresar del colegio. Un día descubrí una camada de gatos dentro de una caja de cartón, detrás de los arbustos... Alguien debía haberlos dejado allí abandonados, en lugar de buscarles dueño o sacrificarlos al nacer. Y allí estaban, en la caja, maullando lastimeramente, negros, muy pequeños... Aún no habían llegado ni siquiera a abrir los ojos... Los estuve contemplando un rato, acariciándolos... y de pronto, no sé por qué, decidí matarlos yo mismo... Me dejé llevar por el instinto, supongo... Pero elegí un método erróneo... Llené la caja de papeles, ramas, cartones... y prendí fuego al interior... Fue horrible, el color negro del fuego, los maullidos y aquel olor... Me he arrepentido de ello muchas veces...
Ella le había estado escuchando en silencio y parecía a punto de echarse a llorar.
- Creí que te gustaban los animales - dijo -. Me lo has repetido mil veces: me encantan los animales, nena, sólo que no los quiero en casa... Me sé la frasecita de memoria...
- Eso no tiene nada que ver - dijo él -, claro que me gustan los animales... Aquello fue un acto reflejo, no me malinterpretes, en el fondo quería ayudarlos...Pero eso nada tiene que ver con el resto...
- ¿ Nada ? - preguntó ella -. ¿ Matas a sangre fría a esos cachorros y dices que te gustan de verdad los animales ? Eres bastante cínico, yo creo...
- No lo entiendes - dijo él -. Yo era un niño entonces... Fue algo instintivo e irracional, no por lo hice por malicia o porque me gusten o no los animales...
- Pero vamos a ver, David: te sorprendes porque te cuento que hace veinte años me acosté con mi mejor amiga y ahora quieres que yo acepte como si nada lo que tú me estás diciendo, que mataste a esos cachorros... Creo que no es justo...
- Vamos a dejarlo entonces, Cris - interrumpió él -. Vamos a dejarlo...
- No faltaba más - dijo ella -, ya estamos como siempre, cada vez que te enfadas, que algo te sienta mal, es lo que dices: vamos a dejarlo, Cris, vamos a dejarlo, y yo me tengo que callar porque te da la gana, porque eres todo un macho y punto. ¿ No es así ?
- Yo no te he insultado, Cristina - dijo él conteniéndose.
- Y yo tampoco, David, ¿ qué te crees ? Sólo te estoy diciendo la verdad, pero como siempre, no quieres hablar del tema, te mosqueas, cambias de conversación... Haces lo que te da la gana y estoy harta, ¿ me oyes ?: ¡ Estoy harta !
- Puedes irte cuando quieras - dijo él -. La puerta siempre ha estado abierta...
- ¡ Márchate tú ! - gritó ella -. ¡ También esta es mi casa !

Primero se levantó él. Y se encerró en el baño. Luego ella, tirando al suelo el cenicero y llenando de colillas la moqueta.
Cuando él salió, ya vestido, ella estaba en la cocina llorando, con un cigarrillo apagado en los dedos.
- Salgo a dar una vuelta - dijo él -. No me esperes para comer...
- ¿ Y adónde coño vas, si puede saberse ? - preguntó ella -. Siempre con la misma historia...
Pero él no contestó. Abrió la puerta muy tieso, con la boca contraída y sin mirarla, y salió a continuación de casa.
Ella, entonces, encendió temblando el cigarro apagado y se asomó a la ventana.
- ¡ Cabronazo ! - gritó al verle salir del portal -. Es nuestro aniversario...



Cuento perteneciente a Perro de la lluvia (Iralka, 1997) también recogido en la antología Mi vida en penumbra (Eclipsados, 2008)

martes, 14 de septiembre de 2010

VINALIA aterriza en Madrid


18 de Septiembre, 21 horas.
Casa de Los Jacintos, Arganzuela 11,
La Latina, Madrid
El fanzine más innovador y alternativo de todos los tiempos se ha reinventado.
Unos años después de la desaparición de la nave, ha acabado la hibernación voluntaria y la tripulación ha regresado a la Tierra.
Más que un zine el resultado es un libro de relatos impactante, con el valor añadido de una sepatada con poemas homenaje al primer vinálico: Raúl Núñez.
El sábado 18 de septiembre ocuparán Madrid.

lunes, 1 de febrero de 2010

El merodeador, de Vicente Muñoz Álvarez


El merodeador
Vicente Muñoz Álvarez

(Editorial Baile del sol, 2007)
Ilustraciones de Toño Benavides

Un vaciamiento
por Esteban Gutiérrez Gómez

Un vaciamiento. Ese es el subtítulo de esta propuesta narrativa de Vicente Muñoz Álvarez. En El merodeador nos ofrece unas escenas de su propia experiencia vital, una angustia latente fruto de la soledad, ya que Vicente Muñoz vivió durante diez años en casas deshabitadas de distintos pueblos leoneses. La soledad más extrema, aún buscada, que le hizo luchar con los demonios pesimistas que le habitan.

Vicente Muñoz Álvarez nos muestra diversas escenas relacionadas con la trama central de la obra que fue su vida: un personaje enfrentado a sus pensamientos en plena soledad, en la soledad más extrema, querida y odiada a partes iguales, en la que cualquier sonido es un mundo, y los ladridos de los perros o el trinar de los pájaros, una absoluta distracción. Aparecerán por estos parajes diversos relatos que trasmiten inquietud, que sumergen al lector en baldes de angustia en los que se reconocerá.

Dedica Vicente Muñoz Álvarez el libro a los insomnes, como él, como su personaje, y también a los hipertensos, a los que viven en el pánico interior e inexplicable, se lo dedica a ellos y a Thomas Bernhard. Al Thomas Bernhard de La Calera, me atrevería a decir, con las mismas obsesiones, con el mismo deseo de soledad y las mismas dosis de pesimismo existencial.

Los pasos, el primero de los relatos del libro (perfectamente hilados de tal forma que podría ser una novela o, para expresarlo mejor, una película narrada) sumerge ya al lector en la atmósfera angustiosa que domina toda la narración. Como en los buenos cuentos, en este relato ya se contiene todo el libro: quizás los ruidos, los pasos, los merodeadores estén dentro de mí. El narrador se confiesa en un pensamiento último que le cuesta creer, que teme pronunciar porque huyendo de la ciudad y de el hombre social e hipócrita no ha encontrado más bálsamo en su soledad que al propio monstruo que le habita: un ser intelectual e incomprendido que no pertenece a este mundo.


En Las tarjetas, el siguiente relato, continúa la introspección, en la que una confusión siembra más temor sobre nuestro personaje y, por ello, sobre el lector. Más miedo, más angustia. El insomnio sigue latente. Opresión. Magistral el tono narrativo elegido, la tensión que provoca en el lector, la intensidad de su propuesta.


El cartero y su retraso en suficiente argumento para desolarlo, para impedir que se concentre en su trabajo. Su trabajo, algo indigno que cada vez le cuesta más llevar a cabo. Una condena. Y los estudios, las oposiciones, son como la fronteras imposibles de salvar.


Ante la perspectiva de no encontrarse, opta por El paseo, por la búsqueda de la paz, por intentar dejar la mente en blanco, pero los demonios interiores son tan poderosos...
Los relatos se suceden a modo de imágenes de una película de autor, de un film de culto que sólo pretende mostrar la humanidad de la persona, con sus defectos, con sus carencias, con sus obsesiones y con sus miedos.

Entonces El lunar, el primero de los quiebros del libro. Un relato en el que nuestro protagonista comparte escena con otro hombre en la consulta del médico y nos muestra su asombrosa (y convincente) visión de la realidad. Una metáfora, una explicación extrapolable a lo que en verdad es el mundo.

Y la angustia se mezcla con la agonía de Los gatos, y nuestro personaje no encuentra el final del abismo. Y no encuentra confort en La noche, porque el insomnio agranda su vacío. Se exige mucho Vicente Muñoz Álvarez, llegar a querer entender el mundo nada menos. Y eso le lleva a confundir la vida con Los sueños.

A estas alturas de la obra, el lector estará completamente desasosegado, empatizará con el protagonista y autor de la obra, porque los demonios son los mismos y alguna vez habrán llamado a su puerta. Sobre todo de aquellas personas sensibles, creativas, de aquellos que se proponen cambiar el mundo. De ellos es este libro.


En El relato, Vicente Muñoz Álvarez quiere cumplir el exorcismo del personaje-narrador-autor, dar de comer a la bestia para poder cerrar los ojos y dejar de pensar.

Pero pronto llegan Los malentendidos que buscan la herida, porque la incomprensión, el no entenderse con “otros”, es su condena. De ahí la búsqueda de la soledad. Una búsqueda incansable que en El artículo le coloca al borde de la locura. Es conciente de que no puede seguir así, pero es tan difícil reencontrar el camino adecuado que le haga salir de sí mismo. Y entonces aquel recuerdo, descrito en La playa, aquellas imágenes con su admirado padre, aquella soledad compartida por el silencio en una playa donde, recuerda, fue feliz por un instante y su alma reposaba en paz.

Inmediatamente después, como pegada a la felicidad, la desdicha. Felicidad y fatalidad, cara y cruz de la misma moneda: la vida. Los peces son la antesala de La carta, el relato más impactante, la imagen más desoladora, a la que el lector deberá haber llegado después de leer casi todo el libro para obtener de ella todas las sensaciones que ofrece, toda su desolación. Un relato magistral, equilibrado, trama y forma perfectamente medidas, intensidad creciente, tensión en el momento cumbre: una obra de arte narrativa.

La lluvia trae la realidad de la asfixia del personaje y El merodeador, relato final, cierra el libro de modo perfecto, porque el merodeador no existe, piensa el narrador encerrado en una casa vacía, donde el silencio de la soledad suena a crujir de vigas de madera, a repiqueteo de gotas de lluvia en el tejado, a pasos arrastrados sobre la tarima de madera, a cuchicheos extraños, a inquietantes susurros animales.

El merodeador no existe Vic, no existe, está dentro de ti, de nosotros, y estamos condenados a vivir con él, a entendernos, ya sea en la ciudad o en la soledad de unas montañas. Debemos aprender a dormirlo, a dejarlo descansar después de un empacho de sus obsesiones, para disfrutar de esos momentos únicos, de esos instantes que a lo largo de una vida seguro que sólo completan unas pocas horas y que llamamos, de modo iluso, felicidad.

Sí, debemos perseguir siempre esa "perla azul". Si no sería como estar muertos.

El merodeador, un libro grande, que permanecerá en la mente del lector. Una propuesta literaria que traspasará el tiempo, siempre de actualidad, que sobrevivirá otras épocas, porque en el fondo no es más que la confesión de una buena persona que intenta alejarse de la mezquindad del mundo y descubre que el mundo enemigo del que quiere alejarse también se encuentra dentro de él.

El botón de muestra:

LOS PASOS


Quien quisiera hacer un catálogo de monstruos no tendría más que
fotografiar con palabras esas cosas que la noche trae a las almas somnolientas
que no consiguen dormir. Planean como murciélagos sobre la pasividad del
alma, o vampiros que chupasen la sangre de la sumisión.
Fernando Pessoa


Se oyen pasos.
Arriba se oyen pasos. En el sótano, en la galería, en el desván,
en toda la casa se oyen pasos: un ligero arrastrar de pies, deslizarse
a lo largo de los tabiques, en las paredes, bajo la tarima y en los
techos. Pasos de animales, de obsesiones, de merodeadores o insectos,
pero pasos: inequívocos e irregulares pasos en el interior de
la casa. No lo parecen, a veces, como un susurro o un silbido en los
tabiques, algo acuoso, una corriente de aire o el agua en la tubería,
quizás, porque las casas viejas, los caserones de pueblo están llenos
de extraños ruidos, inmemoriales vigas que crujen, que crepitan,
ratas en el sótano y en el desván, polillas, arañas e infatigables
termitas. Es el pulso, la respiración, la vida interior de la casa, compuesta
por cientos de diminutas criaturas, pequeños e inquietos
corazones latiendo al compás del reloj de pared que monótono,
obsesivo, desgrana en el salón las horas. Pero a veces, en ocasiones,
ciertas noches se despierta uno súbitamente y escucha sobrecogido
esos nítidos pasos que resuenan por encima del tic tac del reloj de
pared y que en nada se parecen a la habitual pulsión de la casa,
pasos en las paredes, de abajo a arriba y de arriba a abajo, sobre el
techo, irregulares pasos que parecen avanzar hacia ti, acercarse pausadamente
a ti, y que se detienen sobre tu cabeza, justo encima, o
en el tabique que roza la cama, a escasos centímetros de tu cuerpo,
para escuchar tu respiración jadeante y nerviosa, entrecortada, y el
acelerado fluir de la sangre en tus venas... O se acompañan, los
pasos, de otros ruidos, cuerpos que se deslizan, que se arrastran,
que reptan, y arañazos estridentes en la pared... Ratas corriendo, tal
vez, o polillas que incuban en la oscuridad sus huevos... Cualquier
cosa puede ser en estos caserones de pueblo, con cámaras de aire
vacías, aislantes, entre los tabiques interiores y los gruesos muros de
adobe que delimitan el exterior. Cualquier cosa: gatas maullando como
bebés sobre el tejado o murciélagos batiendo sus alas membranosas
en la cuadra. Pero uno tiende siempre a pensar lo peor cuando en las
noches de insomnio escucha esos pasos, ratas, merodeadores o insectos
acechando tras los tabiques, esperando no se sabe qué ni por
qué... Tiende uno siempre a pensar lo peor porque el insomnio es
así, dado a fantasmagorías, creador infatigable de monstruos... Ratas
corriendo, quizás, o cualquier otra cosa... niños encerrados,
emparedados, llorando... manos amputadas que se abren camino...
Delirios nocturnos, por supuesto, divagaciones de una mente agotada,
necesitada de descanso y sueño, porque a decir verdad no
pueden ser más que ratones, los causantes, ratas o ratones y sus
crías, probablemente cientos, que se deslizan y arrastran por esas
cámaras de aire a las que no existe acceso. Habría que derribar alguna
pared interior para cerciorarnos de lo que allí pueda haber. Claro
que entonces habría que estar preparados, habría que tener calculado
y previsto de qué manera proceder, cómo enfrentarse a ellas, las
ratas, si es que en el mejor de los casos son realmente ratas lo que
se agita tras la pared. Podríamos utilizar entonces gatos, cepos, venenos
durante unos días, limpiar las cámaras en cuestión y volver a
levantar luego el tabique... Podríamos entonces serenarnos, podríamos
dormir al fin tranquilos... Sólo que a veces, por las noches, no
parecen de ratones ni ratas, esos pasos, sino de algo más grande y
pesado, pasos humanos, diría yo, si no fuera porque sé que nadie
puede entrar ahí, ni por el tejado ni por el sótano ni por el desván se
puede acceder a esas cámaras, de unos treinta centímetros de anchura,
cuya única finalidad es proteger el interior del frío... Cámaras
vacías, inhabitables, selladas... Sólo pueden ser por tanto insectos o
en todo caso ratas, las causantes, y sin embargo a veces esos pasos
parecen humanos, pasos de alguien aprisionado, comprimido, que
se arrastra lentamente y se dirige vacilante hacia nuestra habitación,
recorre ominosamente la casa hacia nuestro dormitorio y allí
se detiene, junto a nuestra cama, al otro lado, y nos escucha y araña
insistentemente la pared... Parecen pasos humanos y sin embargo
nadie puede entrar ahí, nadie puede sobrevivir ahí encerrado por
más que yo me empeñe en razonar lo contrario... Es la inteligencia,
la coordinación, la dirección de esos pasos lo que en realidad me
inquieta: por qué hacia nuestra habitación, por qué siempre de noche,
por qué invariablemente ese destino... Las ratas, creo, no se
comportan así. Aunque a decir verdad, tampoco los merodeadores
se comportan así... Nadie se comporta así, pero yo sigo escuchando
esos pasos... Por la noche, cuando mi mujer duerme, se dirigen lentamente
hacia nuestro dormitorio y allí se detienen, alguien o algo
nos controla, acecha, nos vigila desde el otro lado y no sé para qué
ni por qué... Claro que eso a ella no se lo puedo decir, esta vez no,
porque entonces sobrevendría de nuevo el terror, nos dominaría
seguramente el pánico y tendríamos que cambiar de vivienda otra
vez... Una vez más tendríamos que mudarnos de casa y seguramente
en la próxima nos pasará lo mismo, empezaríamos cualquier día a
escuchar ruidos, pasos tal vez, y poco a poco todo se poblaría de
sombras, se tornaría siniestro, extraño, hostil... Quizás los ruidos,
los merodeadores, los pasos estén dentro de mí, en lo profundo, al
interior, y sea yo el que al fin y al cabo se los haga escuchar a ella,
pasos y ruidos que no existen y que sólo nosotros dos escuchamos...
Quizá esta vez sean sólo ratas, las causantes, y pura y simple
sugestión, sobreexcitación, cansancio, fatiga... Sólo eso. Así que no
debemos precipitarnos, tampoco, mejor considerar esos ruidos simples
ruidos y esos pasos simples pasos, ratas corriendo tal vez, en
lugar de sacar de quicio las cosas y forzar de nuevo otro traslado...
No puede uno cambiar de vivienda sólo por eso y pese a todo
nosotros lo hemos hecho ya, hemos cambiado de casa por escuchar
susurros, pasos, ruidos, y por sentirnos dentro asfixiados, descorazonados,
vacíos... Pero no siempre se puede seguir así, no siempre
se puede cambiar de vivienda, mudarse sólo por escuchar ruidos, a
algún sitio alguna vez hay que llegar... Mejor quedarse, no decir
nada, no hablar del tema y esperar. Porque no obstante es pese a
todo muy probable que sean solamente ratas, las culpables, y abriendo
algún tabique, el de nuestra habitación tal vez, podamos terminar
con ellas, eliminarlas, zanjar el asunto, y podamos asimismo
serenarnos, relajarnos y dormir al fin tranquilos...

Blog personal de autor: http://mividaenlapenumbra-vinaliatrippers.blogspot.com/

domingo, 13 de diciembre de 2009

AOLdE en León: una crónica personal








Ocurrió hace más o menos un mes. Hacía 25 años que no había vuelto a ver a Carlos Pina, cantante del grupo madrileño Panzer, 22 años en RNE 3 pinchando rock, experto musicólogo y, sobre todo, un buen amigo. Cuando nos reencontramos hablamos como si solo hiciese unas horas que no nos veíamos. Empezó la charla preguntándome qué podía decir de estos 25 años, una frase que lo resumiese ya que eres escritor, y sin pensar, le dije: Tengo muchos amigos.

Luego medité lo que había dicho. Lo pensé por las noches, esos últimos pensamientos que no se fuerzan en la noche. Sí, tengo muy buenos amigos. Y cada día más, porque hace tiempo que decidí que era lo único que me importaba del verbo “tener”.

En León, por suerte, amplié esa lista; porque esto de la amistad es una cosa de sentimiento, de vibración del alma, que no se puede forzar ni improvisar. Esa empatía que nos une, esos hilos invisibles de seda, volvieron a aflorar allí.

Vicente Muñoz Álvarez no sólo fue para nosotros un maestro de ceremonias, un generoso cicerone en su ciudad, no sólo nos dedicó su tiempo y sus esfuerzos, sino que ofreció su mirada, a veces serena y dulce, a veces ceñuda y dura, las más de las ocasiones reflexiva, abierta para aquel que quisiese entender. En la mirada se forjan esos hilos de seda invisibles de los que hablo. Sólo entendiendo que la fraternidad no es una cuestión de familia se comprenderá lo que digo. Seguramente fueron esos hilos, hace tiempo tejidos entre ese corazón andante que es Gsús Bonilla y el propio Vic, lo que nos llevó a León a presentar nuestros proyectos.
Seguramente.
Así que no tiene nada que ver con el débito de tiempo, de peticiones, de lo que haga falta, que seguro haré cuando Vic decida venir a Madrid. No, es más que eso, muchísimo más. Eso son favores a devolver entre la gente agradecida. Pero las palabras, las miradas, el calor, la simpatía de caracteres, me dicen que me he traído algo de él a casa y que allí dejé también un pedazo de mí.
Gracias, bro. Gracias por todo.

Pero no sólo Vic. Me reencontré con Raquel Lanseros. Nos conocimos fugazmente hace más de dos años en una Feria del libro en Fuenlabrada. Se iluminaron sus ojos al verme (siempre los ojos, las miradas que no saben mentir, ya sabéis) y nos abrazamos, corazón con corazón, diez, veinte, treinta segundos, porque algo de uno y otro compartíamos sin saberlo. Raquel, que colgado de su sonrisa me llevaba su nuevo poemario, Croniria (Hiperión, 2009), poemario que acaba de salir del horno y con el que ha ganado el premio Antonio Machado 2009. Intercambiamos hachas de guerra, por supuesto, y un colibrí más quedó en León. Y no sólo el colibrí...

Y a ese tren de humanidad e inconformismo que es Xen Rabanal, al que tenía muchísimas ganas de conocer. Xen que se lanzó al vacío con la lectura del relato con el que José Ángel Barrueco (hilito invisible también) colaboró en el nº 1 de AOLdE (y que él mismo, con buen criterio, se niega a leer en público dado el tono narrativo del mismo). Se tiró al vacío, a esa niebla en la que se zambulle a diario de su blog, y salió airoso (sí, Jab, lo puedes flipar, salió airoso. Metió diez o doce morcillas de las suyas, picantes, y fue el más aplaudido de la noche). Xen, que me miró a los ojos y me dijo que él era Bufa por las mismas razones por las que yo soy Baco, y nos dimos un abrazo de los de soldar almas. Porque somos perdedores, como todos, pero nosotros lo sabemos y no tenemos miedo a nada.

Espíritus indomables el de Vic, el de Xen, y el de otros muchos que elegimos esa razón para vivir.
Forjadores.

Allí estaba también Rafael Saravia, al que vi recientemente en la presentación conjunta de la colección de poesía que para Amargord está realizando Luis Luna, y en la que participa con Pequeñas Conversaciones. Rafael anda liado con las IX Jornadas Leteo que se inauguran el día 16 de diciembre en León y que contarán con la presencia de Paul Auster. También Rafa desprendía calor humano amigable que compartir con abrazos.

Conocí a Jorge Pascual, poeta que tensa su cuerpo como un arco a la hora de recitar, porque las palabras son dardos que disparar al corazón; a Antonio T. (cachi en la hostia, se me olvidó el apellido), que se llevó mis dos libros y las dos revistas y que escribe cuentos "que son la vida"; a Cruz, que viajará por los autobuses de León de casa al trabajo, del trabajo a casa, abriendo los lomos rojos y negros y haciendo aletear al colibrí; a Markos Bayón, que me hizo acabar la noche con un subidón de buen rollo (por si ya no era poco el que colmaba mi alma) gracias al polifacético recital que siguió a la presentación de AOLdE. Markos es elautognomo, y lo es porque, gracias a la tecnología digital, se basta y se sobra para transformarse en cinco sobre un escenario. Ya antes disfruté de una experiencia parecida con The Secret Society en las Noches Árticas de la sala El Grito en Fuenlabrada. Me llevé su CD yEN ALGÚNlugarmomento y lo disfruté de regreso a Madrid en el coche.

Disfruté relamiéndome del sábado, recordando todos y cada uno de los sorbos que bebí, todos y cada uno de los abrazos, todas las manos que estreché, los cigarrillos que compartí, las pieles que besé y los labios que me besaron y, por supuesto, todas las miradas amistosas que entendí.

Ya sabéis:
invisibles
hilos trenzados
de seda.

Agradecimientos: a los que nos acompañaron la noche del sábado, a July (un beso), a Joaquín Revuelta que se hizo eco de la visita en La Crónica de León y a todos aquellos que están dispuestos a saber vivir una amistad.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Los que vienen detrás y otros relatos, de Vicente Muñoz Álvarez


LOS QUE VIENEN DETRÁS Y OTROS RELATOS

VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
Prólogo de HERNÁN MIGOYA

DVD ediciones, 2009

Los que vienen detrás y otros relatos se publicó por DVD ediciones en el año 2002 y reúne varios de los cuentos que durante los 90 publicó Vicente Muñoz Álvarez en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.
Ahora se reeditan, también por DVD ediciones, para disfrute de los lectores.


Excluidos, perdedores (todos somos perdedores), marginados, outsiders (fuera de ley/fuera de la sociedad), fracasados (voluntarios o no) en un mundo competitivo e inhumano; jóvenes soñadores en búsqueda de “la perla azul”, anticonsumistas y aquellos que buscan una vida diferente, son los protagonistas de estos cuentos de Vicente Muñoz Álvarez. Junto a ellos, algunas historias de niños y adolescentes, con toda su crudeza, que marcan el paso del tiempo.

Algunos de los cuentos desprenden una maravillosa nostalgia, una saudade que impregnará al lector. Otros trasmiten la desolación, el hastío, el desencanto de personajes perdidos en la selva social. En alguno de ellos, el lector sentirá las palabras de Vic dirigidas directamente a su entrecejo (“¿Quién quiera saber lo que es la magia?”).

Destaca en su técnica narrativa la utilización de las descripciones, la adecuación de tonos narrativos con el fin que persigue en cada uno de los cuentos, el manejo excelente de los diálogos. Algunos de los cuentos, como “El juego”, utilizan el “cierre travelling” (a lo Aldecoa), de forma que tal como se inicia el relato cierra el cuento abandonando la historia con dos o tres descripciones que vienen a decir que la vida sigue.

Cuentos que viajan de polo a polo, de la ternura a la crudeza, que contienen joyas enigmáticas como “¿Quién quiere saber lo que es la magia?”, donde el protagonista nos invita a reírnos del mundo; realistas como “Yo fui un objetor frustrado adolescente” en el que trata de abrir los ojos a los jóvenes; o “Los que vienen detrás”, cuento que da título al libro y en un tono nostálgico nos muestra la inercia de la vida. Los que vienen detrás son los hijos, por ellos continúan luchando los padres.

Pero hay que llegar hasta el final y leer “Un cofre lleno de recuerdos”.
El personaje (el propio Vicente Muñoz) cuenta su vida, sus recuerdos, su eterna lucha en busca de “la perla azul”, el creer saberlo todo en la adolescencia, la huída de la masa siendo masa, envejecer y darse cuenta que la vida es insustancial, dejarse llevar, ser masa, también mina poco a poco. Vicente Muñoz sale del sueño de la perla azul de la mano de una mujer, con la que quiere vivir hasta el final de sus días. Sabe ya que el mundo es una mierda y que es imposible luchar con él para ganarle, pero lo lleva en la sangre “De niño soñaba que talaba árboles con un enorme cuchillo afilado y postes de teléfono y montañas”, y ahora ya no es un adolescente, ahora asume que el mundo es basura, lo sabe y deja de torturarse por ello. El mundo es basura, vale, asumido, pero que se prepare, porque no voy a dejar de luchar contra él.
Podríamos decir que este relato contiene una sinopsis del libro.

Una escritura pulcra, medida, sin florituras, al servicio de buenos argumentos y planteamientos estructurales perfectos, hacen de este libro una lectura recomendable.
Pero hay un valor añadido a este volumen de cuentos: el mágifico prólogo de Hernán Migoya, que en sí mismo es un cuento de una profundidad asombrosa; y las ilustraciones de Miguel Ángel Martín, uno de los mejores grafistas del momento.

lunes, 31 de agosto de 2009

EL CENTAURO, un cuento de Vicente Muñoz Álvarez


EL CENTAURO

Vicente Muñoz Álvarez


Escuchamos en la lejanía un rumor sordo y creciente, el trueno de una doble tempestad, y en el horizonte una nube de polvo hinchada precedió la llegada de los invasores del allende. Cayeron sobre nosotros como el viento, sembrando en nuestras filas el terror con largos cuchillos refulgentes y báculos de fuego que herían desde la distancia. Pero, más aún que sus ingenios, asombraba la fisonomía de sus cuerpos, fusión de hombre y bestia en un solo perfil. Su aspecto era fiero y espantoso: lo que parecía ser un hombre demediado se enfundaba en una carcasa rutilante y cegadora sobre la que rebotaban nuestras lanzas. Su cara apenas era discernible, oculta como estaba en una profusa masa de pelo desgreñado. El término de su espalda se fundía con la grupa de la bestia, de enorme vientre y ojos destellantes. Era ágil y fuerte, y la vimos varias veces saltando sobre nuestras cabezas impulsada por sus patas delanteras. Aturdidos por su magia y conscientes de su poder nos postramos frente a ellos sin ofrecer apenas resistencia, prestos a idolatrarles como a dioses. Y entonces sucedió el mayor de los prodigios. Uno de ellos se acercó hasta nuestro grupo y ante nuestra mirada se escindió en dos partes sin esfuerzo, quedando bestia y hombre separados y aumentando así nuestro pavor. Su voz era ronca y cavernosa. Su nombre, Hernán Cortés.

sábado, 14 de marzo de 2009

domingo, 15 de febrero de 2009

Vicente y Patxi. Libros de cuentos con Eclipsados




Los 20 relatos que integran Mi vida en la penumbra (Vicente Muñoz Álvarez) fueron publicados, en primitivas y diversas versiones, en el fanzine Vinalia Trippers y en los volúmenes Perro de la lluvia y otros cuentos (Iralka Editorial, 1997) y Los que vienen detrás y otros relatos (DVD ediciones, 2002. Ilustraciones de Miguel Martín) durante los años 1996 a 2002.
La presente antología incluye una selección de los cuentos más representativos de aquel período, reescritos especialmente para la ocasión y estructurados en un orden nuevo, y propone una lectura de los mismos sustancialmente distinta y, desde mi punto de vista, más homogénea.


Sangre, sexo, ultraviolencia, drogas, alienación, amor y desamor y crueldad y ternura ( presentes siempre de algún modo en mi prosa ), entre otras cosas, es lo que aquí y ahora, queridos drugos, os vais a encontrar.
Y la huella inconfundible del zine Vinalia Trippers.
Bienvenidos, pues, a esta penumbra.






Ajuste de cuentos es una recopilación de cuentos publicados y desperdigados en diferentes publicaciones entre 1991 y 2001: las míticas revistas El Europeo y El Canto de la Tripulación, periódicos como La Jornada (México) o populares fanzines como Monográfico o Vinalia Trippers. El libro se divide en cuatro grandes bloques: cuentos de amor (propio); cuentos de curriquis; cuentos punkis; y cuentos antimonárquicos.


Cada uno de ellos viene acompañados de un pequeño dibujo de Kalvellido, casi un exlibris, y hay un prólogo escrito por Kutxi Romero (Marea) y un epílogo de El Drogas (Barricada).


Entre medio, Patxi Irurzun en estado puro: 13 cuentos corrosivos, descacharrantes, tiernos, combativos...

Una muestra de los cuentos de Patxi:

Me gustan los gatos, los gatos callejeros. Hace unos meses el ayuntamiento colocó contenedores de basura por toda la ciudad y se lo puso difícil. Antes la basura se amontonaba en las esquinas y cuando bajabas al barrio andando podías ver turbas de gatos que huían a tu paso entre las bolsas de desperdicios. Eran gatos como los chavales del barrio, callejeros que se buscaban la vida entre las sobras de los ricos, callejeros castigados, como ellos, por eso; los chicos encerrados en coches Z, camino de la comisaría; los gatos apedreados por los niños, por los viejos, por todos.
Ahora no sé dónde están esos gatos salvajes.
A veces, antes, cuando los gatos lo tenían más fácil, algunos se te quedaban mirando con arrogancia, clavando sus preciosos ojos en ti, y maullaban, y hasta se dejaban acariciar, sin apartar nunca esa mirada descarada y brillante. Los gatos sabían que tú eras como ellos, un perdedor, un salvaje, un callejero, que tú también buscabas entre la basura de los hombres algo que te permitiera sobrevivir. Los gatos te miraban y tú te acordabas del sabor amargo de una cerveza, y sentías el humo de mil cigarrillos haciéndote cosquillas en los pulmones, y sabías que tenías los bolsillos vacíos, que eras pobre, y querías escupirle tu rabia y tu orgullo a alguien, a la sociedad, a la cara...
Ahora ya no sé dónde están esos gatos callejeros. El ayuntamiento, con sus contenedores, se lo puso difícil. El ayuntamiento, sin embargo, con sus contenedores, nos lo puso fácil a nosotros. Arden que da gusto.

Fragmento de Parpadeos (1991), relato incluido en Ajuste de cuentos (Patxi Irurzun).

jueves, 18 de diciembre de 2008

HOY EN LEÓN: Novedades Eclipsados y Leteo


Dentro de las VIII Jornadas Leteo, la editorial Eclipsados y Ediciones Leteo presentan 5 libros recientemente publicados, firmados por cuatro autores leoneses y un barcelonés; el acto tendrá lugar esta tarde, a partir de las 20:00 horas en la biblioteca Azcárate (sita en la calle Sierra Pambley, 2).


Los autores y sus obras a presentar son ‘Mi vida en la penumbra’ de Vicente Muñoz Álvarez, ‘El empleo’ de Nacho Abad, ‘La cámara de niebla’ de Alfonso Xen Rabanal, ‘La carretera muerta’ de Gabriel Oca Fidalgo e ‘Imbécil y Desnudo’ de Rubén Lardín; los primeros en la editorial Eclipsados y el último en Leteo Ediciones.

Alfonso Xen Rabanal (León, 1967) es miembro fundador del fanzine literario Vinalia Trippers; publica habitualmente el blog titulado ‘Crónicas para decorar un vacío’.


Nacho Abad (León, 1980) publicó en 2001 su primer poemario, ‘De las palabras palomas’ (Diputación de León, colección Provincia, N 123). En 2006 publicó ‘Comunicado’ (Ed Leteo, Colección Azul de Metileno, N 14.) Es también autor del cortometraje documental ‘Tripulantes’.


Gabriel Oca Fidalgo, de quien ‘La carretera muerta’ es su primer libro, aunque ya está preparando próximos capítulos de su apasionante historia-vida...


Rubén Lardín (Barcelona, 1972) es autor de diversos libros de divulgación cinematográfica y ensayos culturales, ha comisariado exposiciones para el Salón Internacional del Cómic de Barcelona o la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, ha sido miembro del equipo organizador del Festival Internacional de Cine Erótico de BCN y Jefe de Publicaciones y miembro del comité de selección del Sitges. Ha trabajado en radio y televisión, es firma frecuente en prensa y coautor de un par de guiones. Entre sus últimas ocupaciones se encuentran labores de script para la película ‘El orfanato’ y la traducción de autores como Charles Burns, Robert Crumb o R. Kikuo Johnson.


Vicente Muñoz (León, 1966) es editor del fanzine ‘Vinalia Trippers’, ha publicado poemarios, ensayos, antologías de relatos, y otras actividades; es un auténtico agitador cultural, inquieto y siempre dispuesto a embarcarse en nuevas aventuras.