La enfermedad del lado izquierdo

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jueves, 15 de septiembre de 2011

Un cuento de Jon Bilbao

Horror a bordo del Boris Butoma
Por
Jon Bilbao

del libro
RUSIA IMAGINADA: DIEZ VIAJES POR EL PAISAJE RUSO
Nevski Prospects



Desde la ventanilla del tren Anna Ivánovna Pretrova solo veía una llanura nevada. Las únicas alteraciones en el monótono panorama eran las torres de alta tensión y las estacas rojas que asomaban entre la nieve y señalaban las lindes de las propiedades. Sobre todo ello, una techumbre gris de nubes. El límite de los árboles había quedado atrás. Hacía demasiado frío para los árboles. Anna pensaba, sin embargo, que tal ausencia se debía en realidad a lo que moraba en el destino al que se dirigía, algo que con el tiempo lograba corromper árboles y cualquier otra forma de vida. Ni siquiera se podía consolar soñando con la aún lejana primavera. Entonces, cuando la nieve se derritiera, en los espacios despejados no asomarían los brotes nuevos de la tundra, sino que solo vería la luz una tierra negra y pútrida. Así pensaba que sucedería.

Un revisor recorrió el vagón anunciando que acababan de sobrepasar el Círculo Polar Ártico. Sonreía al decirlo. Algunos pasajeros aplaudieron.

Anna no necesitó que le dijeran que estaban llegando a Múrmansk. Un banco de niebla ocultó el triste paisaje. Después comenzaron a vislumbrarse las siluetas de los inmensos tanques de combustible, de los almacenes y de las fábricas.

La corriente del Golfo discurría ante la península de Kola a la altura de Múrmansk y evitaba que el mar se congelara incluso en lo más crudo del invierno, circunstancia que había convertido el lugar en el mayor puerto del norte de Rusia y, posteriormente, en cuartel de la Armada de Guerra Soviética. El precio a pagar por la ausencia de hielo era una niebla permanente, fruto del contraste entre la temperatura del mar y de la atmósfera. Pero Anna tampoco daba crédito a esa explicación.

Caído el comunismo, el dinero para las soldadas y el mantenimiento de los barcos había empezado a escasear. Múrmansk dejó atrás el esplendor vivido durante la Guerra Fría y se sumió en un declive que rebajó el puerto a la categoría de cementerio naval. La desembocadura del río Kola se hallaba erizada de muelles y diques, y estos a su vez de grúas, donde se desmantelaban, cuando no se dejaba que simplemente se pudrieran, naves tanto civiles como de guerra, incluidos los siempre temidos submarinos nucleares.

Su hermana la esperaba en el andén de la estación. A Anna le costó reconocerla. Ella solo era una niña cuando Sofía se casó y se fue de Moscú. Le sorprendió lo envejecida que estaba. Sofía llevaba un anorak con los colores de la bandera nacional, remendado con cinta aislante. Le quedaba demasiado grande; las mangas le tapaban las manos. Las dos hermanas se miraron sin abrazarse.

¿Es tu equipaje?, preguntó Sofía.

Anna asintió. Sostenía una maleta en cada mano.

Te dije que un solo bulto. En casa no tenemos mucho sitio.

Seguro que nos las apañaremos.

Sofía la miró fijamente. Luego dijo:

Ya veremos.

Cogió una de las maletas, hizo una seña a Anna para que la siguiera y echó a caminar hacia el coche. A mitad de camino se detuvo para decir:

Siento lo de tu marido.

Ya. Gracias.

Y siguieron caminando.

El edificio donde vivía Sofía parecía un bloque de nichos: un rectángulo tendido sobre el costado más largo, entre marrón y gris, con hileras de ventanas cuadradas. Alexéi, el marido, estaba sentado a la mesa del salón. Los gemelos, uno a cada lado, observaban lo que hacía. Alexéi aplicaba un soldador a un circuito electrónico. Cuando las dos mujeres entraron ninguno se levantó. Miraron de arriba a abajo a Anna.

Esta es vuestra tía, dijo Sofía.

Alexéi asintió. Los chicos ni siquiera eso. Tenían dieciocho años. A Anna le parecieron indistinguibles. Ambos, y también el padre, eran de rasgos alobunados.

Te enseñaré la casa, dijo Sofía.

Alexéi y los chicos volvieron a lo suyo.

La casa tenía una habitación, que ocupaban los padres; un salón, donde había unas literas para los chicos; una cocina y un baño. La mayor parte de este se hallaba ocupada por una bañera que no era la original de la estancia. Era enorme y reposaba en el suelo como un gran cascarón esmaltado.

Alexéi la trajo de los barcos, explicó Sofía.

También había conseguido en los barcos el calentador de agua, el armario del dormitorio y el óleo cuarteado que adornaba el salón. Anna descubriría más adelante otras cosas, como sábanas y toallas con el nombre de las naves de las que procedían bordado en ellas.

De momento dormirás en la cocina.

¿En el suelo?

Claro, en el suelo.

¿De momento?

Eso es.

Sofía guardó silencio, en guardia por si su hermana replicaba. Como no lo hizo, añadió:

Deja tus cosas donde no molesten demasiado.

Del salón llegaron exclamaciones de alegría. Alexéi y los chicos se daban palmadas en la espalda. Cuando Sofía preguntó qué pasaba, su marido levantó el circuito electrónico, al que había conectado un pequeño altavoz y algo que parecía un tubo negro de un palmo de largo, y dijo:

¡Mira, Sofía! ¡Está funcionando! ¡Funciona!

Del altavoz surgía un tenue crujido.

Muy bien, dijo Sofía, en absoluto impresionada. ¿Podemos cenar ya?

El responsable de que la casa de Sofía y Alexéi, así como varias más en Múrmansk, estuvieran repletas de objetos procedentes de barcos era el mayor Vitali Nóvikov, oficial al mando de la cercana base naval de Severomorsk. Este se veía a sí mismo como una bien aceitada bisagra entre dos eras: la comunista, que continuaba añorando, y la capitalista, que sabía inevitable pero cuya irrupción contemplaba con recelo. Cuando la actividad naval comenzó a mermar y el puerto de Múrmansk pasó a ser un gigantesco desguace y depósito de residuos nucleares, a Nóvikov se le ocurrió una idea para que los habitantes de la ciudad obtuvieran algún beneficio de la nueva situación.

Sirviéndose en parte de su autoridad, en parte de su notable poder de persuasión, había logrado que cada vez que una embarcación era desahuciada y remolcada a los diques de desguace, antes de que las cuadrillas con sopletes comenzaran a despiezarla, la gente de Múrmansk pudiera acceder a la nave y llevarse lo que quisiera. El pueblo recibiría así, sin más coste que el sudor de su frente, a la vieja usanza, unos bienes que podía disfrutar, o bien vender a cambio de unos muy necesarios rublos. Estos desguazadores no profesionales eran como las hormigas que mondan un cadáver hasta no dejar más que el esqueleto; en este caso, el esqueleto era lo realmente valioso: el acero, el noventa por ciento del peso del barco, que los ávidos vecinos de Múrmansk dejaban desnudo, dispuesto para ser troceado y enviado a las acerías, donde se fundía para fabricar los productos de la nueva era.

Anna ayudó a su hermana a preparar la cena. Desde que Sofía se había ido de Moscú solo se habían visto un par de veces; en ambos casos, encuentros breves y de compromiso. En la práctica eran dos desconocidas. Lo que sabían la una de la otra se reducía a recuerdos de una infancia lejana en Moscú; Anna, una niña caprichosa, y Sofía, una adolescente callada que permanentemente parecía estar rumiando algo. Cada una a su modo, siempre insatisfechas.

Anna miraba a Sofía de reojo. No recordaba que su hermana tuviera el rostro tan alargado. Sofía no había cumplido los cuarenta pero ya parecía una anciana. Estaba muy arrugada y tenía las manos callosas, de un color entre rosa y naranja. A Anna no le gustaría que la tocasen unas manos como esas.

Cenaron en el salón y Alexéi explicó a su cuñada cómo iban a ser las cosas en adelante. Toda la familia trabajaba en los barcos, y a partir del día siguiente Anna iría con ellos. A cambio obtendría techo, comida y puede que unos rublos. Por supuesto, también tendría que echar una mano a Sofía en la casa.

Añadió que era un buen trabajo. Algunos desguazadores hacían tonterías. Se metían donde no debían. Habló de cargueros con restos de mineral de uranio en las bodegas. Habló de respirar amianto y asbesto. Pero ellos no, ellos eran listos. Tenían equipos. Además conocían a la gente adecuada. Sabían antes que los demás cuáles eran los barcos que merecían la pena.

Alexéi hablaba con gravedad, los codos apoyados en la mesa, tomando un sorbo de vodka entre frase y frase. Anna le miraba las mejillas, recorridas por un entramado de capilares rotos, y el jersey con puntos saltados. Alexéi se llevó un bocado a la boca y trituró un trozo de cartílago.

El aparato en el que estaba trabajando antes, explicó, era un contador Geiger. Antes tenían otro, pero dejó de funcionar. Le contó, sin ocultar su orgullo, cómo había comprado un tubo Geiger a un soldado de la base y cómo había fabricado él mismo un contador nuevo. Siempre llevaban un contador cuando entraban en un barco. Si detectaba radiación, daban media vuelta.

Anna no supo si sentirse inquieta o tranquilizada por esa información. Lo de la radiación, las historias que había oído, era todo cierto.

No te preocupes, dijo él leyendo su expresión. Es un buen trabajo, repitió. Los hay mucho peores. Desmantelar los submarinos nucleares. Eso sí que es malo. Malo de verdad. No te gustaría nada. A esa gente la desnudan en el mismo muelle y la manguean y la frotan con cepillos, a quince grados bajo cero.

Los chicos no abrieron la boca en toda la cena. Comían con la cabeza muy cerca del plato. Miraban de reojo a Anna, que se había soltado el pelo y llevaba las uñas pintadas de rojo.

Sofía tampoco habló.

En las siguientes semanas Anna descubrió que quizás hubiera trabajos peores, pero que desmantelar barcos no le gustaba nada. Cada mañana la familia acudía a algún muelle para sumarse a una masa de desguazadores pertrechados con palancas, destornilladores eléctricos y sopletes. Cuando los soldados les daban permiso para subir a bordo comenzaba una carrera para llegar los primeros a los camarotes y la cocina, donde se encontraban las mejores piezas. Abundaban los insultos, los empujones y los codazos. Al subir atropelladamente por la pasarela, de vez en cuando alguien caía al agua y los soldados reían a carcajadas. Arramblaban con todo lo que fuera vendible: muebles, vajillas, cocinas, generadores eléctricos, interruptores de la luz, cable, escotillas, ojos de buey, chalecos salvavidas... Para saber cuándo llegaban los barcos, había que pagar a los soldados; para subir a los barcos antes que los demás, había que pagar a los soldados; para acceder a la sala de máquinas y llevarse piezas de los motores, había que pagar a los soldados. Y aun así, instalados al pie de la pasarela, los soldados podían quedarse con lo que quisieran del botín. Del dinero pagado, la mayor parte iba a parar a los bolsillos de Nóvikov.

Había accidentes, había explosiones cuando un soplete cortaba una tubería donde quedaban restos de combustible, había peleas; los desguazadores llevaban cuchillos ocultos bajo las ropas, y algunos, pistolas. Olor a petróleo. El estruendo de los generadores portátiles para alimentar los focos. Días enteros y también noches desmontando tablillas de parqué.

Durante los descansos a Anna le contaban historias. Le hablaron de desguazadores que morían de asfixia al quedar atrapados en espacios confinados; de una bodega repleta de cerdos muertos; de un lobo famélico que encontraron a bordo de un cablero, hecho un ovillo en la cabina del capitán. Nadie sabía cómo había llegado allí. Sus aullidos resonaban en los corredores. Lo dejaron encerrado hasta que enmudeció. A los desguazadores les encantaban esas historias, las repetían una y otra vez, estaban ávidos de ellas, comparaban versiones. Parecían la auténtica razón por la que acudían a los barcos.

Alexéi felicitaba a sus hijos cuando conseguían una buena pieza -una brújula dorada, un samovar, una cristalería casi completa-. Descansaba las manos en la cintura mientras recuperaba el aliento y sonreía viéndolos desmontar una válvula o arrancar un lavabo. Los dos eran obedientes, recios y de pocas palabras. Le gustaría tener no dos, sino diez, veinte como ellos, todos a sus órdenes. Anna seguía sin distinguir a los gemelos, que apenas le hablaban, aunque la observaban fijamente cuando pensaban que ella no se daba cuenta.

Los dos pares de guantes que Anna tenía acabaron destrozados. Los usaba para trabajar. Con el poco dinero que le dio Alexéi, compró una crema para las manos y otros guantes, más resistentes que los anteriores pero no tanto como le recomendó su hermana. Los destrozó igualmente. Continuaba durmiendo en la cocina. Sus cosas, guardadas en las maletas. Cada noche, tumbada en un colchón que debía levantar al amanecer, imaginaba que el resto de la familia susurraba sobre ella. Vestía ropa vieja de los chicos. Se ponía varias camisetas, una encima de otra. Olían a lejía, y debajo de las mangas y a lo largo de la espalda tenían un indeleble color amarillento.

Cada día hacía más frío. Una tarde el sol se puso y ya no volvió a salir. Durante los dos meses siguientes una noche permanente se sumaría a la niebla de Múrmansk. Las chimeneas de las fábricas proyectaban columnas de humo a la oscuridad. Los mejores ratos para Anna llegaban cuando podía disfrutar de aquella inmensa bañera. Su hermana le había prohibido llenarla del todo y siempre aporreaba la puerta en el mejor momento, mientras ella dormitaba con la nuca apoyada en el borde esmaltado. La bañera reposaba sobre calzos de madera y un trozo de manguera conectaba el desagüe con un agujero en el suelo. Mientras Anna se bañaba, la vivienda se sumía en un silencio inhabitual. Cuando salía del baño envuelta en un albornoz y con una toalla en la cabeza, los rostros de todos se volvían hacia ella. Las fosas nasales de Alexéi y de los chicos se dilataban. Anna agachaba la mirada y se metía rápidamente en la cocina.

Por fin consiguió distinguir a los gemelos. Uno la siguió llamando tía pero el otro empezó a dirigirse a ella por su nombre.

Una mañana, mientras ella y el gemelo que la llamaba por su nombre desmontaban lámparas en un viejo dragaminas, este le dijo, sin mirarla a los ojos, que si necesitaba cualquier cosa se lo dijera a él, que podía ayudarla y que le gustaría mucho hacerlo. Añadió que no pensaba dedicarse a eso toda la vida, que iba a dejarlo lo antes posible, que ahorraba para irse a otro sitio.

Y ya no dijo más porque Alexéi apareció en la puerta del camarote donde desmontaban las lámparas y los miró detenidamente y les ordenó darse prisa. Esa noche, durante la cena, Alexéi bebió más vodka del que solía tomar entre semana. Lanzaba miradas de furia al gemelo que llamaba a Anna por su nombre. Después de la cena siguió bebiendo. Sofía intentó quitarle la botella, y él le gritó que se metiera en sus asuntos y la llamó bruja y espantapájaros. Poco después se ponía en pie derribando la silla y empezaba a golpear al gemelo que llamaba Anna a Anna. Este se limitó a cubrirse la cabeza con los brazos mientras su padre le daba puñetazos y patadas. El otro gemelo trataba de detenerlo sin conseguirlo; Alexéi era aún más robusto que sus hijos. Sofía gritaba. Lo llamaba animal y borracho. Por fin Alexéi se detuvo y se metió a zancadas en el dormitorio y cerró la puerta dando un portazo. Anna seguía refugiada en el rincón desde el que, horrorizada, había presenciado la escena.

Algunos días Sofía no iba a los barcos. Hacía la compra o se quedaba en casa limpiando o zurciendo la ropa de su marido y de sus hijos. Esos días le gustaban. Detestaba los barcos. Le habría gustado escapar de Múrmansk en cualquiera de aquellas embarcaciones. Sin embargo se dedicaba a despiezarlas, ayudaba a que nunca más volvieran a navegar.

Cuando se quedaba en casa husmeaba en las cosas de sus hijos y de su hermana. Un día descubrió en una de las maletas de Anna un paquete con tres pastillas de jabón envueltas en papel de celofán; una dorada, una lavanda y una rosa, cada una con su correspondiente lazo plateado. El aroma de las pastillas escapaba de los envoltorios. Y también encontró un par de pendientes que en inspecciones anteriores no estaban allí.

Su hermana no tenía dinero para comprar aquellas cosas. Ni los chicos para regalárselas.

Sofía volvió a dejarlo todo como lo había encontrado.

Alexéi nunca le había regalado pendientes.

Al mayor Nóvikov no le gustaba la comida de la base. Cada mediodía se desplazaba a Múrmansk, a una casa cercana a los muelles, donde una anciana, antigua cocinera de un restaurante en la época dorada del puerto, le preparaba sus platos favoritos. Después de comer hojeaba el periódico o echaba una cabezada en el sofá de la anciana. Si se sentía benevolente atendía a los que, sabiendo que se le podía encontrar allí, acudían a pedirle algo.

Sofía vio el coche de Nóvikov ante la casa de la anciana. Dos soldados montaban guardia en la entrada. Les dijo que quería ver al mayor. Uno pasó adentro mientras el otro se quedaba con ella sin quitarle ojo. Un momento después salía el secretario del mayor y le preguntaba quién era y qué quería. Sofía dijo que era la mujer de Alexéi Vasíliev y que quería hablar con el mayor sobre un barco. El secretario asintió. La iniciativa del mayor de permitir a los vecinos el acceso a los barcos había disfrutado de gran éxito al principio, cuando la gente de Múrmansk había acudido en masa a los muelles, ya fuera por necesidad o como mero pasatiempo. Pero la dureza del trabajo y, sobre todo, el comportamiento territorial de los que afrontaron de forma más profesional la tarea pronto redujeron la afluencia a una serie de grupos organizados. Alexéi y sus gemelos eran bien conocidos por el secretario, que ordenó a Sofía que esperara. Entró en la casa y poco después salía con la noticia de que el mayor hablaría con ella. Antes de permitirle entrar, uno de los soldados la cacheó. En uno de los bolsillos encontró una bolsa de plástico que contenía un fajo de billetes; a Sofía le había costado años ahorrarlos en secreto. El secretario examinó brevemente el dinero y se lo devolvió.

Pasaron al salón, donde el mayor tomaba té en compañía de la anciana. Esta se abrigaba con una bata floreada y de su barbilla crecían unos pelos grises. Nóvikov llevaba la guerrera desabotonada y tenía la cara roja. Los dos habían estado riéndose, recordando viejos cotilleos sobre oficiales que habían pasado por Múrmansk, habituales del restaurante de la anciana. Sofía miró a esta esperando que se levantara y se fuera, pero eso no sucedió. La vieja le dedicó una sonrisa burlona sin moverse de su butaca.

¿Qué quieres?, preguntó el mayor.

Un barco. Antes que los demás.

¿Cuánto tiempo antes?

Unos días. Todos los posibles.

¿Qué tipo de barco?

Uno grande.

El mayor sorbió de su té.

¿Por qué vienes tú en lugar de tu marido?

Él está trabajando.

Está trabajando, y piensa que si te envía a ti a pedírmelo hay más posibilidades de que acceda, dijo el mayor mirándola de la cabeza a los pies.

No tengo ni idea de lo que piensa mi marido, dijo Sofía tendiendo la bolsa con el dinero.

El secretario se adelantó para cogerla y asintió al mayor, que se acarició el vientre y luego preguntó:

¿Hay algún barco como el que nos pide?

El secretario dijo que el Borís Butoma llevaba varios días atracado pero que no tendría turno en los muelles de desguace hasta, por lo menos, dentro de dos semanas.

¿Qué tipo de barco es?, quiso saber Sofía.

Un buque cisterna militar. Veintidós mil toneladas.

Podéis subir a bordo mañana.

Ella negó con la cabeza.

Iremos dentro de dos días.

El secretario se encogió de hombros.

¿Algo más?, preguntó el mayor. Si no es así, puedes irte.

Dos días después Alexéi y los chicos dedicaron la jornada a recorrer Múrmansk y la vecina ciudad de Kola para vender las últimas cosas recuperadas de los barcos. En ocasiones como esa alquilaban la furgoneta de un conocido. Llevaban hablando de ello una semana. A veces las negociaciones se ponían tensas y a Alexéi le gustaba hacerse acompañar por los gemelos para que le guardasen las espaldas. Salvo en esos casos, era una labor mucho más liviana que el trabajo en los muelles. Volvían a casa con dinero en los bolsillos y caprichos que se concedían, como alguna cinta de música para los chicos y, para Alexéi, vodka mejor que el que bebía habitualmente.

A Anna también le gustaban esos días, en los que se veía liberada de ir a los barcos. Podía quedarse en casa con Sofía, que siempre se las arreglaba para mantenerla ocupada o hacerla sentir culpable por algo, pero eso era mejor que desmontar inodoros cubiertos por una costra de porquería o abrir un armario y que una rata te saltara a la cara.

Se tapó hasta la coronilla cuando su cuñado y los gemelos entraron en la cocina a desayunar. Poco después se relajaba al oírlos salir de casa. Cambió de postura, dispuesta a seguir durmiendo un rato más, pero no le fue posible. Minutos más tarde su hermana le ordenaba ponerse en pie. Tenían que ir a un barco. Ellas dos. Le habían hablado de uno al que los desguazadores no podrían subir hasta más adelante, pero ellas iban a hacerlo hoy. Ya lo había arreglado con los soldados.

Anna se quejó, dijo que ellas solas no conseguirían nada. Su hermana respondió que se centrarían en las cosas valiosas de verdad. Y añadió que si dejaban pasar esa oportunidad y Alexéi se enteraba, las echaría de casa a las dos. Anna se puso en marcha a regañadientes, con los pliegues de la almohada aún marcados en la cara. Era de noche. Seguiría siendo de noche durante unas semanas más.

Sofía llevaba anotada la ubicación del Borís Butoma.El muelle donde estaba atracado se encontraba aguas abajo de Múrmansk, cerca de la desembocadura del Kola. Aquella era una zona que no solían frecuentar, un cajón de sastre donde languidecían barcos cubiertos de herrumbre, algunos de ellos escorados o yaciendo ya en el lecho del puerto, junto a otros que aguardaban un atraque mejor. Sofía se detuvo frente a una garita y entregó al soldado que dormitaba dentro el pase facilitado por el secretario de Nóvikov. El soldado lo echó al fondo de un cajón y siguió dormitando. Ellas condujeron todavía un largo trecho hasta alcanzar el muelle. Pasaron ante hileras de almacenes cerrados o en ruinas.

Aquí no hay nadie, dijo Anna.

Mejor. Menos molestias.

Sofía dejó el coche en un callejón entre dos almacenes. Cuando su hermana le preguntó por qué no aparcaba junto al barco, aquella respondió que debían ser discretas. No querían que el coche llamara la atención de alguien, ¿verdad?

¿Quién va a venir aquí?

Coge tus cosas.

La pasarela era estrecha, empinada y solo teníapasamanos a un costado. Subieron por ella haciendo equilibrios, cargadas con el equipo.

¡Vaya!, exclamó Anna cuando llegaron arriba.

Era el barco más grande en el que había estado. Caminaron por la amplia cubierta, recorrida por elsistema contra incendios y de la que asomaban las salidas de venteo de los inmensos tanques que había debajo. Sofía se detuvo.

Es mayor de lo que pensaba, dijo. Si cargamos con todo esto no nos dará tiempo a acabar hoy. Cogeremos solo lo imprescindible y dejaremos aquí el resto.

Comenzó a seleccionar las herramientas que llevarían y a repartirlas entre ella y su hermana.

¿Solo una linterna?, preguntó Anna.

Será suficiente. Estaremos todo el tiempo juntas.

Llevamos el Geiger, ¿verdad?

Por supuesto.

Se dirigieron a la popa y buscaron una escotilla.

Pero en lugar de subir hacia el puente y los camarotes, Sofía comenzó a bajar hacia las bodegas y la sala de máquinas.

¿Adónde vamos?, quiso saber su hermana.

Hoy no tenemos competencia. Lo que haya en los camarotes seguirá allí dentro de un rato. Por una vezquiero echar un vistazo ahí abajo.

Con Alexéi nunca vamos ahí abajo.

Sofía, que iba en primer lugar y empuñaba la linterna, se detuvo y apuntó a su hermana a la cara. Anna se quejó y alzó una mano para protegerse de la luz.

Alexéi se equivoca a menudo, pero no le gusta que se lo digan. Muchos de estos barcos los usaban parahacer contrabando. Si queda algo, no estará en el puente de mando.

Está bien, dijo Anna con reticencia. Pero enciende el Geiger.

Sofía torció la boca pero obedeció a su hermana pequeña. El contador crujió; la medida correspondía a la radiación de fondo que podía encontrarse en cualquier lugar.

¿Más tranquila?

Anna resopló. Siguieron bajando. Se asomaban a las estancias ante las que pasaban pero no veían nada de interés. El suelo de los corredores estaba cubierto de prendas de ropa sucias y arrugadas, cajas rotas y papeles polvorientos. La linterna dibujaba un cono bien definido en la espesa negrura.

¿Sabes dónde estamos?, preguntó Anna. Esto parece un laberinto.

Deja de decir tonterías y abre los ojos. Busca algo que nos podamos llevar. No me dejes todo el trabajo como de costumbre.

Bajaron aún más. Bajaron tanto que Anna no podía creer que todavía siguieran en el barco. Le parecía que tenían que haber abandonado la nave y que lo que ahora recorrían era una red de túneles que se extendía quién sabe si bajo el muelle o bajo el mar. Los mamparos oxidados, el fuerte olor a humedad y el aire pesado, que costaba introducir en los pulmones, reforzaban su impresión. Se cruzaron con unas cuantas ratas.

Sofía se detuvo junto a una compuerta, la abrió y se asomó adentro.

Parece un almacén. Hay cajas. Puede que hayamos tenido suerte.

Anna entró. La estancia era amplia, el techo se elevaba a unos cuantos metros y, en efecto, al fondo había varias cajas de madera, aunque alguien ya las había revisado; estaban abiertas y el suelo sembrado de espuma de poliestireno. Iba a decírselo a su hermana cuando la compuerta se cerró con un fuerte golpe y el almacén, o lo que fuera aquel lugar, quedó sumido en la oscuridad. No había ni un resquicio de luz. Anna gritó llamando a Sofía. No hubo respuesta. Avanzó a tientas hacia la compuerta, o hacia donde creía que estaba. Tropezó con algo y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Siguió adelante arrastrándose. Tanteó el mamparo hasta dar con la compuerta, que encontró bloqueada. Se puso a golpearla con los puños. Mientras tanto no dejó de llamar a su hermana con todas sus fuerzas.

Después de cerrar la compuerta, Sofía había dejado caer todo lo que llevaba consigo, salvo la linterna, y echado a correr para alejarse de los gritos de Anna. Llegó a unas escaleras que subió de tres en tres. El haz de luz brincaba ante ella. Tomó un corredor por el que no recordaba haber pasado antes; los gritos de Anna cada vez más distantes. Nuevas escaleras y otro corredor, medio obstruido por unas estanterías y una pila de cajones y sillas rotas. Al sobrepasar la barrera, esta se vino abajo y terminó de cegar el pasillo. Siguió corriendo. Su hermana golpeaba un mamparo con algo sólido, seguramente la palanca que llevaba entre su equipo. Todo el Borís Butoma temblaba.

Al acometer un nuevo tramo de escaleras, Sofía tropezó, la linterna se le escapó de la mano, cayó contra un escalón, se oyó el ruido de un cristal al romperse y todo quedó a oscuras. En el almacén, Anna reunió sus últimas fuerzas para dar otro golpe con la palanca. Luego se dejó caer sentada en el suelo. Lloraba. Se le ocurrió que podría aplicar la palanca al borde de la compuerta y que quizás así lograra abrirla. Sin embargo siguió sentada y llorando y repitiendo entre sollozos e hipidos el nombre de su hermana.

Sofía tanteó los escalones hasta dar con la linterna. No hubo forma de encenderla. La bombilla estaba rota. Se cortó en un dedo al comprobarlo. Se maldijo a sí misma. Luego se repitió que tenía que mantener la serenidad, que con serenidad saldría de allí. No sabía en qué parte del barco estaba, pero todo lo que tenía que hacer era subir. Buscar unas escaleras y subir. Siempre hacia arriba. De esa forma llegaría a la cubierta o a algún sitio donde hubiera luz. Entonces recuperaría la otra linterna y volvería a por su hermana.

Solo quería asustarla. Dejarla encerrada a oscuras un rato. Luego le diría que se había desorientado y dado vueltas por los corredores hasta conseguir encontrar de nuevo el almacén. Su hermana no la creería, aunque eso no tendría importancia. Sofía quería que se fuera. Por el miedo producido por el encierro, por la evidencia de que no era querida o por ambas razones. Eso era lo que Sofía había planeado. Quería que las cosas volvieran a ser como antes, cuando Alexéi y ella y los gemelos estaban solos y todo iba bien.

Se pegó a un mamparo y, arrastrando los pies para no tropezar con las cosas que había por el suelo, avanzó en busca de unas escaleras.

Anna dejó de repetir el nombre de su hermana. Calló un momento y empezó a llamar a Alexéi. Él encontraría aquel sitio y la sacaría de allí. Alexéi derribaría la puerta si no quedaba más remedio. En cuanto notara su ausencia se lanzaría a buscarla. Y luego echaría a Sofía de casa por haberle hecho aquello a su hermana. La echaría a patadas.

Alexéi era mucho mejor que su difunto marido. Este se emborrachaba cada noche; Alexéi, solo los fines de semana. Y era inteligente; había fabricado el contador Geiger para protegerse a sí mismo y proteger a su familia. Había mantenido a Anna a salvo de la radiación. Gracias a él seguía conservando los dientes y su bonito pelo. Y la casa no estaba mal, con todas aquellas cosas que había llevado de los barcos. Solo le hacían falta unos arreglos. Los chicos eran mayores y pronto se irían, y entonces ella y Alexéi dispondrían de tranquilidad y de más sitio para ellos.

Alexéi, Alexéi... ¿Dónde estás?

Se abrazó a sí misma y cerró los ojos con fuerza para no ver la oscuridad. Seguiría así todo el tiempo que fuera necesario.

Adelante y hacia arriba.

Sofía subió a tientas un tramo de escaleras y se topó con una compuerta cerrada. Fue incapaz de abrirla. Deshizo el camino. Había adoptado el método de no apartar su mano izquierda del mamparo del mismo lado. Creía que así evitaría moverse en círculos. Respiró hondo. Había que dar con otra escalera. Buscar luz. Cualquier luz.

Maldijo la noche polar.

Adelante y hacia arriba.

Alexéi y los gemelos entraron en casa riéndose. Habían vendido todo el cargamento y a buen precio. Alexéi llegaba achispado. Había comprado una botella de vodka por el camino y la había abierto en la furgoneta. Uno de los gemelos se encargó de conducir.

Se extrañaron al no encontrar en casa a ninguna de las mujeres. Alexéi estaba hambriento y rompió a maldecir. Las cosas de Sofía y Anna seguían donde siempre. No había ninguna nota que informara de que hubieran salido. De pronto Alexéi corrió al dormitorio y miró bajo la cama, donde guardaban el equipo que llevaban a los barcos. Sus maldiciones se redoblaron. Aquellas perras se lo habían llevado todo. Los sopletes, el contador Geiger… Habían abandonado sus escasas y estúpidas pertenencias pero se habían llevado lo único que había de verdadero valor en la casa. A continuación Alexéi miró en el escondite secreto de su mujer, un hueco detrás de un rodapié, donde ella guardaba sus ahorros, y lo encontró vacío. Ordenó a uno de los gemelos que corriera a ver si el coche estaba donde tenía que estar. Mientras tanto siguió insultando a las dos hermanas. Aseguró que ellas solas no conseguirían nada. Que morirían de hambre o que volverían a casa con la cabeza gacha y en adelante tendrían que hacer siempre lo que él dijera. Y añadió que entonces preferirían haber muerto de hambre.

Luego ordenó al otro gemelo que le preparara algo de cenar y él se sentó a la mesa del salón y siguió maldiciendo y bebiendo.

Su hijo obedeció. Entró en la cocina y cerró la puerta. Apoyado en el borde del fregadero lloró en silencio. Se tapó los ojos con una mano mientras se mordía la otra para que su padre no lo oyera. El llanto le deformó los rasgos. Imposible saber de cuál de los gemelos se trataba.

Primer amanecer después de dos meses de oscuridad. El sol asoma tras el horizonte y tiñe de color salmón las nubes.

La casa de Alexéi está más desordenada y sucia que cuando su mujer vivía allí, pero entre él y los chicos se las apañan. Vuelven de los barcos al final de la tarde, Alexéi se sienta a beber, se acuerda de Sofía. Seguro que ella llevaba tiempo pensando en irse; la llegada de su hermana aceleró sus planes. La echa de menos a ratos. Los gemelos preparan la cena, la llevan a la mesa. Él toma un bocado y dice:

No está mal. No está mal.

Después dice que ha oído hablar de un buque cisterna que llegará a los muelles en pocos días. Podría ser interesante. Se pregunta en voz alta si merecerá la pena pagar a Nóvikov para subir a bordo antes que los demás. Los gemelos cenan en silencio. Su opinión no importa.

Al mayor Nóvikov no le ha sentado bien la comida. La empanada que la anciana le ha servido como segundo plato llevaba demasiadas coles en el relleno. Se suelta el botón del pantalón y resopla. Se pone en pie tambaleándose y llama a su secretario. Cuando este aparece Nóvikov le dice que antes de volver a la base dará un paseo para bajar la comida. Luego le ordena buscar a esa bruja y sacarla del rincón donde esté escondida. Quiere que ella lo acompañe.

Poco después Nóvikov recorre los muelles a pie. Lleva el cuello del abrigo levantado y suelta pequeños eructos por un costado de la boca. La anciana lo sigue a regañadientes. Sopla un viento húmedo y helador. La anciana tirita. Nóvikov se da cuenta pero hace como que no. Esa vieja no se moverá de allí hasta que él le permita irse. La próxima vez tendrá más cuidado a la hora de preparar el relleno de la empanada. Ya le había dicho que tiene problemas para digerir las coles.

El mayor se detiene con expresión contraída en el borde del muelle. El agua es de color grafito y en la superficie flota basura y las manchas de hidrocarburo forman unas auras multicolores alrededor. Si la maldita corriente del Golfo no pasara por allí, tendrían hielo, piensa. El hielo tiene sus cosas buenas. Evita ver el sucio color del agua y también la basura. En otros puertos tienen hielo y se las apañan. A continuación menea la cabeza y sonríe, divertido por la capacidad de las personas para envidiar incluso lo que no quieren.

Fuente:
http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/2083/Horror_a_bordo_del_Boris_Butoma

viernes, 30 de abril de 2010

Bajo el influjo del cometa


Bajo el influjo del cometa
Jon Bilbao
Editorial Salto de Página, 2010


El temor a nosotros mismos
por Esteban Gutiérrez Gómez

El anterior libro de relatos de Jon Bilbao, Como una historia de terror, publicado por Salto de Página a finales de 2008 supuso un seísmo en el panorama narrativo español en lo que a literatura breve se refiere. Una nueva voz narrativa aparecía, perfectamente diferenciada del resto de voces en el cuento. Una voz heredera de la mejor tradición norteamericana. Influencias de Cheveer, de Maxwell, de Melville; historias atemporales, universales, que podrían ocurrir en cualquier lugar del denominado primer mundo; artesanía de la palabra, ahondamiento en la psique de los personajes y, como resultado final, una tremenda conmoción en la mente del lector que descubre el lado oscuro de su persona.
Un libro, en resumen, imprescindible.
Con ese antecedente, esperábamos ávidos de lectura su siguiente propuesta narrativa.

Bajo el influjo del cometa es uno de esos libros tan largamente deseados que cuando llegan a las manos del lector expectante, suelen defraudar. Pero este no ha sido el caso.
Mantiene Jon Bilbao el gusto por el trabajo bien hecho, ahonda en la psicología de sus personajes mostrándonos los resortes invisibles que nos mueven y que intentamos ocultar, vuelve a sembrar la incertidumbre en nuestras mentes, el terror ocasionado por pequeños cambios que alteran nuestra normalidad.

Estos ocho relatos no son una continuación de aquellos relatos de Como una historia de terror, sino que son parte de ellos, porque podían haber sido incluidos sin ningún tipo de dudas en aquel primer libro.

Dice Jon Bilbao que le preocupa poco que haya o no haya una unidad temática en sus propuestas breves, que no busca esa unidad. Sin embargo, su voz narrativa y la pulsión interna que consigue en sus lectores por la atmósfera de sus relatos o por la inquietud sembrada, son argumentos más que suficientes para unirlos. Al igual que en el anterior libro de cuentos, las descripciones y los paisajes “universales” tienen también un peso específico.

En Bajo el influjo del cometa avanza el autor en la experimentación de su escritura. Me llaman la atención los quiebros finales en algunos de sus relatos. En la primera narración del libro, Los espías, propone un final nada acorde con el tono narrativo del resto de la narración, lo que en principio me sorprende. Eso mismo ocurre con Ha desaparecido un niño, en el que me llega a desconcertar un final disparado al futuro en todas direcciones tras un relato sereno y pausado. Para un autor que ha logrado que ni su voz ni la del narrador aparezca en sus relatos, el giro final propuesto supone que ambos se asomen al lector.

No quiero en esta reseña destripar ninguno de los cuentos, me limitaré a señalar aspectos de los mismos que destacan. Uno de ellos, quizás el principal, es la utilización de metáforas. Aparecen continuamente, como elementos de una simbología en general referida a “el cambio”, por lo que alcanzo a pensar que tras la lectura lineal de las historias se esconden muchas lecturas secretas, abisales. A menudo esas metáforas van unidas a animales. Este tomo narrativo no es un animalario al uso, pero podría serlo, porque en todos los relatos pululan un sin fin de ellos (ballenas, zorros, perros, gallinas...).

Sigue Jon Bilbao pendiente de la psicología del ser humano, de ese lado oscuro, apenas alimentado que guardamos los humanos y que nos suele ser mostrado en estados de excitación como el de un posible cambio en nuestra cotidianidad.

Sigue también sembrado entonces la inquietud, porque ese lado oscuro que nos muestra pertenece a todos los lectores, y lo sabemos, pero quisiéramos no saberlo. Seremos entonces, quizá, más animales que los animales. El querer saber más allá de la intimidad (cotillear, en castellano), el probar fortuna lejos de la ciudad en la que se ha producido la herida aún sabiendo que la herida viaja con nosotros y allí también sangrará, el querer volver allí donde se ha sido feliz aún sabiendo que eso jamás se debe hacer porque la desilusión está asegurada, lo que se esconde tras una sonrisa amable o tras una actitud sumisa, lo que somos capaces de hacer en situaciones límite o, simplemente, escondidos de los ojos de los demás.

Sigue Jon Bilbao buscando la palabra precisa que evite la descripción superflua, sigue limando el lenguaje en busca de la perfección. Por eso me han llamado la atención algunas construcciones extrañas, en todo caso, opciones elegidas por el autor en su progreso de escritura.

Uno de los relatos del libro, Soy dueño de este perro, tiene para mí la máxima categoría que puede alcanzar un cuento. Es, en una palabra, soberbio. Y lo es por muchas razones: por su trama, que atrapa al lector desde el inicio; por su intemporalidad y su ubicación en cualquier lugar del mundo occidental; por el acojonamiento que siembra en el lector; por el final, el magnífico final; por la técnica cinematográfica que sabe desarrollar a la perfección el autor en la creación del texto; por el sabor de boca a herrumbre que deja aún sir lograr ver ni una gota de sangre. Es un cuento magistral, como pocos, que por sí sólo coloca a Jon Bilbao en la cabeza de los cuentistas españoles.

Ahora sólo queda esperar un tiempo, volver a desear, y conformarse en las horas vacías de buena literatura con releer cualquiera de sus dos libros de relatos.



SINOPSIS:
En este libro, lo inquietante y lo amenazador surgen de lo cotidiano.
Así, una ballena varada en la playa puede estropear el tranquilo día de verano del que pensaba disfrutar una familia. Curiosear a esos vecinos que leen la Biblia puede alterar la paz de una pareja de agnósticos. El paso de un cometa sacude inexplicablemente la existencia de los habitantes de un pequeño pueblo costero. Incluso retirarse unos días a la montaña puede complicarse si se entablan relaciones con un zorro.
Puestos a prueba por tales situaciones, los personajes de estos relatos se ven forzados a conocerse mejor. Lo que descubren les sorprende, y en algunos casos les asusta. Cuando se encuentran con esa faceta oscura y hasta entonces desconocida de sí mismos, las cosas no tienen por qué empeorar. No siempre.

jueves, 25 de marzo de 2010

Un cuento de Jon Bilbao



Rata

JON BILBAO

El jefe tenía la costumbre de rezar. Se trataba de algo que no hacía con una frecuencia establecida, ni en un lugar concreto, cada noche antes de acostarse o en la iglesia. El momento venía dictado en cada caso por las circunstancias. Y en cuanto al lugar, éste importaba poco, siempre que el jefe se hallara a solas y tuviera la certeza de que nadie podía interrumpirlo.
No confiaba en obtener respuesta a sus rezos. Ni siquiera era creyente. No acudía a los oficios. Tampoco conocía las oraciones del catecismo. La letanía que desgranaba era fruto exclusivo de su invención, depurada por la práctica de años y años.
Rezar lo ayudaba a definir sus deseos y necesidades, a valorarlos, a establecer una adecuada jerarquía entre ellos.
Había rezado antes de lograr su cargo en la Compañía, al frente de uno de los departamentos de mayor relevancia. Medio centenar de personas a su cargo. Un presupuesto anual cuyo desglose cubría más de mil páginas de papel reciclado. Toda una planta en la sede de la Compañía; una planta alta, elevada sobre los edificios circundantes. En los días nublados, al otro lado de las ventanas sólo era posible distinguir una tupida masa gaseosa que dejaba el mundo reducido al espacio que ocupaban aquellas oficinas.
Casi un año después, cuando se acercaba su primera Navidad en el puesto, el jefe rezó de nuevo. Había organizado una fiesta para su gente, en la oficina; contribuiría a estrechar lazos. No es que esto fuera de veras necesario, opinaba él. Se llevaba bien con todos, conocía sus nombres, si estaban casados o solteros, algún detalle personal de la mayoría de ellos… Pero también era cierto que existían tiranteces. Casos aislados. Lo que se puede esperar en cualquier lugar, se decía a sí mismo. Siempre hay elementos que prefieren guardar las distancias, con estilos propios de actuar.
Mediante su rezo concluyó que deseaba, de veras, que la fiesta saliera bien.
Escogió un viernes para la celebración, que tendría lugar a media mañana. Contrató un servicio de catering. Se hizo con un equipo de música. Adquirió de su bolsillo un presente para cada uno de los empleados a su cargo: un llavero de plata para los hombres; un monedero de piel, repujado con una filigrana vegetal, para las mujeres. Se reprendió por sentar tal precedente. En las Navidades siguientes, predijo, esperarían una atención similar, si no mejor.
Pero a pesar de ello cedió a la tentación del derroche. Quería impresionarlos.
Trató de mantener la celebración en secreto. Y lo consiguió hasta que los del catering lo telefonearon al trabajo para aclarar una duda sobre el menú y una de sus secretarias contestó la llamada. Cuando todavía faltaba una semana para la fiesta, todo el mundo se encontraba ya al tanto. Las agendas se reordenaron a fin de liberar la mañana del viernes.


Al principio todo marchó bien, tal como el jefe había planeado, e incluso mejor. Recibió agradecimientos por los regalos. Se desplazó de un grupo a otro, charlando con todos y deseándoles unas felices fiestas. Acogió con risas los comentarios jocosos sobre la ausencia de alcohol en el surtido de bebidas. Todos parecían felices y satisfechos.
La celebración aún mejoró. En lo más alto de la fiesta, la esposa del jefe hizo aparición al frente de una columna de empleados del catering cargados con bandejas de dulces. Llevaba un abrigo de piel sobre los hombros y la rodeaban los olores de la peluquería. Por delante de ella, a modo de pajes, desfilaron sus hijas gemelas de cinco años, ataviadas con vestidos a juego y zapatos de charol, quienes lo contemplaban todo entre admiradas y sobrecogidas. Durante años persistiría en ellas la idea de que en el lugar donde su padre trabajaba, la gente lucía a diario gorritos de fiesta, sonaba la música y adornos navideños pendían de las lámparas y coronaban los ordenadores.
Empleados de otras plantas del edificio se unieron a la celebración. Cada vez había más gente. Resultaba complicado hacerse oír entre el vocerío. Por eso en un primer momento casi nadie prestó atención al grito lanzado por una de las secretarias. Luego éste se repitió, multiplicado al sumarse a él nuevas voces, y las conversaciones comenzaron a enmudecer, con lo que los gritos pudieron por fin ser oídos claramente, y las miradas se dirigieron hacia el centro de la conmoción. El jefe, sosteniendo un vaso en la mano, se abrió paso a codazos hasta allí. La gente había retrocedido despejando un círculo.
A primera vista no había nada anormal. Una mesa, una silla…, el puesto de trabajo de alguien. Pero bajo la mesa había una papelera y ésta se hallaba volcada. Su contenido, incluido un canapé de la fiesta a medio comer, estaba en el suelo. Y una rata mordisqueaba los restos del canapé. Y la rata era grande. Y ante el griterío y los dedos que la señalaban se alzó sobre sus patas traseras para hacer frente a la congregación. Y la rata llevaba un primoroso lazo rojo en torno al cuello. Como un regalo de Navidad.
Luego el roedor echó a correr y se zambulló en la maraña de pies. Se produjeron nuevos chillidos y varias personas se encaramaron a mesas y sillas. La carrera del animal permitió que fueran muchos los que pudieron verlo con sus propios ojos, y también el lazo rojo que lo adornaba y probaba que su presencia allí no se trataba de algo casual.
Finalmente la rata quedó acorralada en una esquina y de nuevo se irguió en actitud retadora, como si hubiera sido adiestrada para resistir hasta el final. Pero eso no la salvó. Uno de los empleados se adelantó decidido y le lanzó, a modo de red, la funda de un monitor de ordenador. Y una vez atrapada acabó con ella mediante un pisotón. El sonido hizo estremecerse a quienes estaban más cerca.
Las conversaciones habían concluido. La esposa del jefe trataba de tranquilizar a sus hijas, a las que el griterío y la confusión había hecho llorar. Sin despedirse de nadie las tomó de la mano y desapareció camino de los ascensores.
La misma persona que había terminado con la rata la alzó del suelo sirviéndose de la funda de monitor, que oportunamente mantenía el cuerpo sin vida fuera de la vista. Por debajo del envoltorio oscilaban el largo rabo rosado y un extremo del lazo.
Sosteniéndolo todo lejos de sí se dirigió al cuarto de la limpieza mientras decía:
Ya está. Ya está. No pasa nada. Tranquilos.
Sobre la moqueta quedaron una mancha de sangre y un amasijo de restos blandos, entre rojo y gris.
Tras lo ocurrido, el ambiente se enfrió con rapidez. Alguien desconectó el equipo de música. Los grupos se disolvieron. Cada empleado regresó a su puesto de trabajo. Se observaban entre ellos de reojo, comenzando ya las conjeturas. Los del catering empezaron a recoger las mesas.
Solo, en el centro de donde unos minutos antes la gente había estado comiendo, bebiendo y conversando, quedó el jefe, todavía con su vaso en la mano, mirando aturdido a su alrededor y preguntando a quien quisiera escucharlo a dónde habían ido su mujer y las niñas.
Así concluyó su fiesta de Navidad, por cuyo éxito y consecuencias beneficiosas él había rezado.


Hubo consecuencias, por supuesto. La aparición de una rata con un lazo alrededor del cuello era algo demasiado jugoso para dejarlo correr o que se olvidara en poco tiempo. Nunca había ocurrido algo semejante en la Compañía, ni siquiera que se le aproximara. Alguien tenía que haber llevado la rata hasta allí. Se había tomado la desagradable molestia de capturarla, la había adornado con el lazo, la había introducido en la fiesta y la había soltado teniendo la precaución de que nadie se percatara de ello.
¿Quién lo hizo?
Nadie lo sabía.
Los empleados bromeaban señalándose unos a otros como culpables, aunque tenían buen cuidado de cerrar la boca si el jefe estaba cerca.
De modo casi inmediato, la noticia se había propagado por todo el edificio y también fuera de él, hasta la última sucursal de la Compañía.
El jefe tuvo que soportar comentarios sarcásticos con motivo del insólito invitado a su fiesta. Comentarios que provenían de sus superiores e iguales, y también de los empleados a su cargo. Empleados que nunca antes se habían atrevido a bromear con él, pero a los que el incidente de la rata parecía haber dotado de coraje.
Porque desde el primer instante todos habían dado por sentado que la rata iba dirigida a él, al jefe: un regalo; o mejor: un mensaje. Había alguien entre ellos que no sólo no le profesaba respeto, sino que albergaba algo contra él. Aquello no se trataba tan sólo del trabajo de un bromista. Alguien se había tomado numerosas molestias para sabotear el que debía haber sido uno de los momentos álgidos del jefe. Y lo había logrado con creces, de un modo tan sencillo como efectivo: una rata y un lazo. Y esto –la meditada elaboración–, unido a que ninguno de los empleados supiera, que ni siquiera pudiera sospechar respaldado por un mínimo grado de certeza, quién había sido el culpable, que todos pudieran serlo –todos–, les hacía pensar que quizás el saboteador había obrado impulsado por motivos legítimos, que quizás el jefe se lo merecía, que detrás de la fiesta, de los regalos, del desempeño correcto aunque no brillante de su cargo, de su familia salida de un anuncio de mobiliario de gama alta, de todo el conjunto de su persona, había algo turbio que justificaba un ataque semejante, algo que estaba ahí pero que hasta la fecha sólo esa persona desconocida había tenido la perspicacia de apreciar. Y si era así, la rata ya no era un regalo, ni siquiera un mensaje. Era un castigo.
Mientras todos llegaban a tal conclusión, la historia de la rata iba creciendo, ganando en detalles, sin que tampoco nadie supiera de dónde éstos surgían, y sin que a nadie le importara si eran ciertos o falsos.
Cuando apareció en la fiesta de Navidad, la rata presentaba muy buen aspecto. No parecía una vulgar rata de alcantarilla.
Había sido alimentada.
Había sido desparasitada.
El lazo que portaba tenía un ribete dorado.
La rata había sido lavada.
La rata había sido perfumada.
El perfume que llevaba era el mismo que el de la mujer del jefe.
Así, fragmento a fragmento, la historia se desarrolló, asegurándose la pervivencia, pasando a formar parte de la mitología de la Compañía.
Sólo faltaba una pieza más para completarla. La más importante de todas. Y ésta también terminó por llegar; al igual que las anteriores, sin que se supiera quién la había descubierto. Alguien había oído un nombre, y se lo deslizó a otro alguien, que a su vez se lo dijo a otra persona, y ésta a otra, y ésta a otra…
Y así hasta que una mañana todos los empleados del departamento, en una planta elevada del edificio, con el sol matutino entrando oblicuo por las ventanas, volvieron la cabeza, estiraron el cuello, se pusieron en pie, para ver cómo el saboteador, el dueño de la rata, entraba en la oficina como cualquier otro día y tomaba asiento en su puesto. En apariencia indiferente a la atención que despertaba.
Un hombre introvertido, de escasas palabras pero de trato amable, buen trabajador, eficiente. Nadie habría creído que pudiera tratarse del culpable. Habían sospechado de él lo mismo que habían sospechado de todos los demás. Pero las sospechas habían pasado sobre su persona sin detenerse.
El autor era un buen hombre. Intachable.
Luego era cierto, pensaron todos.
Un castigo.
La rata se trataba de un castigo.
La puerta del despacho del jefe se abrió y éste se asomó. La noticia también lo había alcanzado. Ante la expectación de los presentes, los dos intercambiaron una breve mirada. Luego la puerta volvió a cerrarse.


Y el jefe volvió a rezar. Porque detestaba a aquel hombre y deseaba que desapareciera. Lo quería en un lugar lo bastante alejado como para que ni él ni nadie en toda la Compañía lo recordara.
No.
No es así.
Lo quería reducido.
Lo quería humillado.
Claro que no podía hacer nada al respecto. Carecía de pruebas en su contra. No existían más que rumores, que nadie –y menos aún el presunto culpable– iba a encargarse de confirmar. Aunque esto no resultaba necesario. Todos sabían lo que había ocurrido y quién era el protagonista. Y si todos pensaban igual, era cierto.
Cierto, pero el jefe continuaba sin poder hacer nada.
Y aunque hubiera podido hacerlo, tampoco habría dado ningún paso al respecto. Tomar medidas contra el empleado, trasladarlo a otro puesto, incluso aumentar su carga de tareas, incluso adoptar con él una actitud que fuera tan sólo un poco menos amigable, un poco más exigente, habría significado el reconocimiento definitivo de que aquella rata iba, en efecto, dirigida a él.
Luego no podía hacer más que soportar su presencia.
Y rezar para que el culpable desapareciera –del modo que fuese–, y –por encima de todo– para que no surgieran más ratas con lazos.
En la oficina le parecía que se topaba con él en todo momento. Lo veía en la sala de descanso, junto a la máquina de café, siempre rodeado por otros empleados que lo escuchaban atentamente. El jefe nunca era capaz de averiguar lo que les estaba diciendo. Lo veía salir a la hora del almuerzo, de nuevo en compañía, a aquel hombrecillo callado que antes siempre comía solo en su mesa mientras leía una novela de bolsillo.
Pensaba en él los fines de semana en que, junto a su mujer, visitaba almacenes de materiales procedentes de derribos y seleccionaba antiguos ladrillos árabes, puertas de cuarterones y columnas de fundición con que decorar su nueva casa, adquirida gracias al incremento de ingresos que acompañaba el cargo al frente del departamento. Una casa que iba a parecer un palacio. Y un cargo para el cual –a decir de algunos– él no era la persona idónea.
Y en particular, pensaba en él cuando se reunía con sus superiores y apreciaba en ellos una desconfianza hasta entonces nunca demostrada, como si de veras creyeran que existía en él un motivo de sospecha, que era merecedor de un castigo. Las señales eran sutiles, pero estaban ahí. Saludos esquivos. Un especial escrutinio de las actividades de su departamento. Petición de aclaraciones ante sus informes de resultados.
Y a medida que su popularidad disminuía, la del manipulador de ratas crecía sin cesar. En este caso las señales no eran sutiles, sino evidentes. O al jefe así se lo parecían. El respeto que los demás empleados le profesaban de repente. El aire desenvuelto con que se movía por la oficina. Su imborrable sombra de sonrisa cada vez que el jefe se dirigía a él. Cada vez.


La situación se mantuvo así, uno bajando, el otro subiendo, durante varias semanas, hasta que el verdadero responsable de llevar la rata a la fiesta de Navidad decidió que ya era suficiente.
Una tarde aguardó en un rincón del garaje del edificio, fuera del alcance de las cámaras de seguridad, hasta que el hombre introvertido, de escasas palabras pero de trato amable, buen trabajador, eficiente y que estaba gozando del beneficio de algo que no había hecho, y que tampoco se le hubiera ocurrido nunca hacer, pues carecía de la imaginación y mucho menos aún del impulso necesario para ello, apareció al final de la jornada camino de su coche.
El garaje estaba desierto salvo por ellos dos.
Entonces el verdadero responsable salió de su escondrijo, y antes de que el otro alcanzara a tener un atisbo de su rostro lo golpeó en la cabeza con una llave inglesa. No demasiado fuerte. Sólo lo justo para darle una lección. Porque él sí era de veras eficiente, además de cuidadoso. Y cuando el farsante cayó al suelo, todavía lo castigó con varias patadas y nuevos golpes de llave, en el rostro y el cuerpo, dando desahogo al resentimiento acumulado a lo largo de todos los días y semanas anteriores, cuando en la oficina, desde una mesa cercana, lo veía alardear y alardear a diario. A diario.
A continuación se guardó la llave inglesa en el bolsillo, comprobó que continuaban solos y sin mirar atrás desapareció a paso ligero.


Fue el jefe quien momentos después, también de camino a su coche, encontró el cuerpo. Sangraba por la cabeza. Balbuceaba. El jefe corrió hacia él, sin saber de quién se trataba. Intentaba levantarse y él se lo impidió, manchándose a su vez de sangre.
Aguarde. No se mueva, dijo. Pediremos ayuda.
Fue entonces cuando lo reconoció, al hombre de la rata.
Tenía la nariz rota y la cara machacada. Había dos dientes sobre el pavimento del garaje.
Y mientras seguía diciéndole, ordenándole, ahora en un tono más frío, y también perplejo, que no se moviera hasta que llegara la ayuda, el jefe oyó unos pasos que se aproximaban.
Eran tres, también empleados de la Compañía. Altos cargos. Antes comía con ellos y tomaban una copa juntos después del trabajo. Ya no.
Se detuvieron al unísono cuando lo descubrieron junto al cuerpo ensangrentado. Los miraron, boquiabiertos. Sus miradas saltando de uno a otro. Y parecieron querer retroceder cuando el jefe se irguió, apretó los puños y se dirigió a ellos diciendo:
¿Y cuál es vuestro problema, eh? ¿Cuál es? Venid si os atrevéis. De uno en uno.


*********


Cuento perteneciente a su libro Como una historia de terror (Salto de Página, 2008), también publicado en el nº0 de Al otro lado del espejo. Está próximo a aparecer un nuevo libro de relatos, Bajo el influjo del cometa, también con Salto de Página.

martes, 2 de marzo de 2010

Próximo libro de relatos de Jon Bilbao


Me envía Salto de Página su anticipo de novedades. Entre ellas el nuevo libro de relatos de Jon Bilbao, que todos estamos esperando después del descubrimiento de Como una historia de terror.

Será una de las lecturas de primavera. El título, Bajo el influjo del cometa, ya promete.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Entrevista a Jon Bilbao




Jon Bilbao es el autor del momento.
Su libro de relatos Como una historia de terror está siendo acogido con excelentes críticas.
Ha conseguido, además, el prestigioso Premio Ojo Crítico de Narrativa 2008.
Su propuesta literaria sorprende y atrapa.
Sobre este nuevo libro charlamos con él.




Esta es una entrevista centrada en Como una historia de terror, tu nueva propuesta narrativa. Lo primero que me llama la atención son las descripciones. ¿Qué valor tienen las descripciones en este conjunto de relatos?
Me gusta que los personajes no floten en el aire, que tengan un decorado sólido donde moverse. Cuando me planteo una historia una de las primeras cosas que trato de visualizar es precisamente ese decorado, aunque luego no lo plasmo totalmente al papel porque muchas cosas no son necesarias y la lectura se haría farragosa, pero sí quiero proporcionar al lector unas coordenadas claras. Por otra parte, en general trabajo con ambientaciones que, si bien no llegan a ser “un personaje más”, sí que tienen una influencia importante en el comportamiento de los personajes. Esto, el detenerme en la ambientación, puede que se salga de la ortodoxia clásica del relato, ortodoxia quizá mal entendida, en la que todo tiene que ser muy enjuto, ir muy al grano, que no haya nada de grasa. Es una ortodoxia contra la que personalmente me rebelo.

Bueno, la riqueza en las descripciones no deja de ser un método muy Cheever, por poner un ejemplo.
Totalmente. Esa ortodoxia de la que hablo, que se da bastante en la literatura en castellano, me parece una interpretación errónea, por lo literal, de la anécdota del clavo de Chejov: eso de que todo tiene que tener un propósito y debe haber una sorpresa al final. Y está muy bien, pero también pueden hacerse cosas diferentes aplicando al relato técnicas propias de la novela corta o de la novela a secas. Esto es algo que me interesa mucho y con lo que he jugado en este grupo de historias.

La impresión que da la lectura de los cuentos es que el ambiente que rodea a los personajes, a pesar de lo que me has dicho antes, es un personaje más en los relatos y, en alguno de ellos, el personaje principal.
Esa atmósfera es determinante en el sentido de influir sobre el comportamiento de los personajes, como en el relato que da título al libro, “Como una historia de terror”, que se desarrolla en una casa de paredes transparentes, situada junto a un bosque tenebroso, que parece que va a devorarla. Un decorado semejante está ahí por una razón. Su presencia trae consecuencias.

Da la sensación en estas narraciones que todos los personajes buscan un giro en su vida, que lo que ocurre es una especie de viaje iniciático, ¿es ese el hilo conductor de todas las narraciones?
Como una historia de terror no es una colección planteada como tal desde un principio. Nunca pretendí que los relatos estuvieran enlazados, que tuviesen un hilo conductor común, sino que fueron escogidos por mí y por la gente de Salto de Página entre otros muchos que tenía escritos, basándonos en los criterios de calidad y variedad: diferentes ambientaciones, diferentes puntos de vista, extensión, primera persona, tercera, finales más o menos abiertos, finales cerrados... Pero luego, cuando me puse a revisarlos me dije: ¡Sí hay un punto en común! Y éste es el de las huidas. Casi todos los personajes están escapando de algo. En sus vidas hay algo que no les satisface y deciden poner tierra por medio. Unos se van a Londres, otros a una isla del Mediterráneo, otras a California, otros a un bosque en mitad de ninguna parte... Pero lo que en realidad sucede es que esos personajes están huyendo de sí mismos, y eso es algo que no puede hacerse. Por eso en sus lugares de retiro sus insatisfacciones y terrores resurgen, y además potenciados. Efectivamente, hay un giro en sus vidas y no es un giro para bien.

Me llama la atención en estos cuentos tu búsqueda de la palabra exacta y la frase medida. Quiero decir que me da la impresión de que eres un artesano a la hora de escribir.
Doy muchísima importancia a las revisiones. En este sentido soy bastante obsesivo. A partir del borrador inicial hago numerosas versiones, puliendo, corrigiendo.

De estos siete cuentos, me gustaría que descubrieses a los lectores la intrahistoria de uno de ellos.
“Rata”, el relato más corto del libro, es para mí el más singular. Le tengo cariño porque lo escribí de una forma que no es la habitual en mí. Me vino a la cabeza de golpe: comienzo, desarrollo y desenlace. Lo escribí en una tarde, lo revisé al día siguiente y así se ha quedado. Fue como un vómito del subconsciente.

Eso es muy de Cortázar, ese escribir del tirón, esa revelación.
Fue un flash, algo que sólo me ha pasado una vez (al menos con buenos resultados).

Para acabar la entrevista, me gustaría que contases a los lectores qué es lo que estás leyendo ahora mismo, cuáles son los libros o autores que te influenciaron y cuál es tu próximo proyecto.
De entre lo último que he leído, me ha gustado mucho Adiós, hasta mañana de William Maxwell, una novela corta del que fue durante bastante tiempo editor de ficción de la revista The New Yorker. Es una novelita preciosa, redonda, de esas que te hacen pensar: “Joder, yo escribo esto y me retiro”. Muy bonita, sensible, muy bien hecha.
Lo de las influencias es difícil de concretar, así que prefiero citar a (algunos de) mis escritores favoritos: Melville, Faulkner, Cormac McCarthy y, dentro del género del relato, John Cheever, todo John Cheever, sus novelas, sus cuentos y sus diarios.
Respecto a mis proyectos, tengo terminada otra colección de relatos y ahora estoy trabajando en mi segunda novela, con mucha calma.

JON BILBAO
Nació en Ribadesella (Asturias) en 1972 y estudió Ingeniería de Minas en la Universidad de Oviedo. Antes de dedicarse a la escritura trabajó en diversos lugares, entre ellos una central nuclear y una refinería de petróleo. En 2005 participó en la recopilación Ficciones, publicada por la editorial Edaf en colaboración con la Asociación Colegial de Escritores, y el mismo año obtuvo el premio Asturias Joven de Narrativa con el libro 3 relatos. En 2007 resultó ganador del XXXVI Concurso de Cuentos Ignacio Aldecoa por el relato Calor. En el catálogo de Salto de Página ha publicado la novela El hermano de las moscas y la colección de relatos Como una historia de terror. En la actualidad reside en Bilbao, donde trabaja como guionista de televisión.
Como una historia de terror

© Texto e imágenes: Esteban Gutiérrez Gómez

lunes, 1 de diciembre de 2008

"Como una historia de terror", de Jon Bilbao

Está acabando de leer la última narración y una sonrisa se perfila en su rostro. Es una mueca de satisfacción, la mejor señal de que todas aquellas líneas escritas en el papel, acaban de rozarle el alma. Cierra el libro y mira la portada. No ve a esa mujer dormida con antifaz y marcas intrigantes en la cara. Ve imágenes, multitud de imágenes, desfilando en su mente. Un carrusel de imágenes que no logra parar.

Sujeta el libro, con su mano izquierda, mientras posa el pulgar derecho sobre el filo de hojas y las hace aletear abriéndolo de nuevo muy lentamente. No busca nada especial, un párrafo concreto, el comienzo o final de alguna de las narraciones. Ese acto de dejar pasar las hojas, con sosiego, de derecha a izquierda, le está ayudando a pensar. ¿Qué tienen esas narraciones que le han dejado perplejo? Lo primero, lo que queda patente desde el primer renglón, es el gusto exquisito del autor, Jon Bilbao, por el trabajo bien hecho. Cada palabra está tallada en el texto, cada frase medida en la narración, cada párrafo trabajado hasta dar con el resultado apetecido: suspense y tensión que atrapan al lector. Entonces recuerda las palabras de Luis Landero y su metodología de escritura. Algo así, se dice. Labor paciente de artesano.

Esa lentitud que se desprende por el gusto al trabajo bien hecho, esa prosa cuidada con mimo de escritor dedicado, marca un ritmo lento, sensible, atmosférico. Y esa prosa es la necesaria para ahondar en las descripciones, para hacer ver el lector, sin dejarle un resquicio a su imaginación, que el ambiente que describe casi de modo cinematográfico, el espacio que rodea a los personajes, es otro personaje en las narraciones. En algunas de ellas, el personaje principal.

Vuelca un poco más de licor de café en el vaso, antes de dejar seguir divagar a sus pensamientos. Las descripciones de algunos de los paisajes, en efecto, quedan marcadas en su mente de lector habituado a la complicidad. Paisajes idílicos, maravillosos, pero que nos ofrecen la otra cara, una cara hostil, antipática, inquietante.
Se pregunta el porqué. Jon Bilbao elige sitios encantadores y los transforma en nubes amenazantes que ahogan a los personajes de las narraciones. Se desprende en ellos desde melancolía a terror. ¿Por qué?
Bebe un sorbo helado de licor y vuelve a dejar aletear las hojas de papel como mirando un zoótropo. Las escucha mecerse, crujir, acostarse unas sobre otras.
Es el ambiente perfecto, piensa, para personajes desamparados, almas perdidas, que quieren dar un giro a sus vidas. Entonces recuerda –imágenes, más imágenes– las parejas de la mayoría de las narraciones, comenzando un camino iniciático a la búsqueda de ellas mismas.

Vuelve a sonreír. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una lectura, es cierto. El Objeto, el yate, la rata, el cuidador de palomas, los tangas, el Señor del Bosque. Imágenes, más imágenes giran y giran en su cabeza. El hombre de bigote rubio, el jefe que pretende ser encantador, las dos vertientes del hambre, la confusión en los equívocos y el valor de las apariencias, la fluctuación personal en el límite de lo tolerable, la lluvia de Londres. Imágenes, más imágenes.

Cierra el libro al fin y se levanta del sillón que le ha cobijado toda aquella tarde gozosa. Al hacerlo, deja que su vista se pasee por el alfeizar de la chimenea. Aquel enanito del bosque con el macetero portavelas nunca le ha gustado, la verdad. Lo coge y se queda observando la deformidad de su rostro hecho para estar distante. El tacto áspero de la arcilla y el polvo acumulado sobre su gorro rojo de enano, le causan una impresión desagradable.
Se dirige a la cocina pensando cómo calificar esas narraciones. Pero lo cierto, lo que realmente va pensando, es que le importa muy poco calificarlas, porque precisamente él, siempre ha huido de etiquetas y encajonamientos; porque precisamente él, es un magma alquitranado que rebosa todos los recipientes en los que han intentado cobijarlo. Y, justo en el momento que pisa el pedal del cubo de la basura y deja caer el enano del bosque que hace años habita sobre la repisa de la chimenea sin saber a cuento de qué, recuerda las palabras del Maestro, y se dice, como para cerrar el asunto a la vez que el enano ha desaparecido de su vista, que aquello no es más que Literatura. Exquisita Literatura.

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El próximo 2 de diciembre, a las 20 horas, la editorial Salto de Página y Tres rosas amarillas te invitan a la lectura comentada de cuentos del libro Como una historia de terror de JON BILBAO, para celebrar el prestigioso Premio OJO CRÍTICO DE NARRATIVA 2008 que acaba de recibir por su aclamado libro.



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