
martes, 2 de marzo de 2010
Próximo libro de relatos de Jon Bilbao

lunes, 16 de noviembre de 2009
Dos presentaciones de libros de cuentos esta semana


El próximo jueves 19 de noviembre, a las 20.00 horas, tendrá lugar la presentación al público en Madrid del libro de relatos De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (editorial Salto de Página). El acto se celebrará en la Delegación del Principado de Asturias (Glorieta Ruiz Jiménez, 2; metro: San Bernardo), y el autor del libro estará acompañado en la mesa por los editores, así como por el también cuentista Félix J. Palma.
miércoles, 28 de octubre de 2009
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Juan Jacinto Muñoz Rengel
(Ed. Salto de Página, 2009)
Por Esteban Gutiérrez Gómez
Intro.
Decir que Juan Jacinto Muñoz Rengel es un especialista en el cuento sería obvio para muchos de los seguidores de este blog, pues conocerán de sobra su trabajo. Decir, además, que domina las técnicas clásicas y que aplica la teoría con rigor científico para lograr su propósito (el propósito de cualquier cuentista: sorprender al lector, conmocionarlo, crearle una realidad paralela de la que le sea difícil salir, alterar su normalidad, cambiar su mundo de tal manera que éste no sea el mismo después de haber leído el cuento), es también una obviedad; añadir, además, que es heredero (Borges, Bioy Casares) y trasmisor (algunos de sus alumnos del taller Fuentetaja y muchos de sus admiradores en todo el mundo) de lo mejor que en cuento fantástico podemos llevarnos a los ojos es asumir una verdad.
I.
El proyecto literario que nos ofrece Juan Jacinto Muñoz Rengel no tiene equivalencia entre lo publicado en los últimos veinticinco años. No encontraran una propuesta tan armada de artificios y juegos, tan profunda, tan ambiciosa, tan inmortal.
Los cuentos fantásticos que conforman De mecánica y alquimia trasportarán al lector a mundos lejanos o inexistentes y les provocarán paradojas que se le van formulando en su mente según avanza la lectura. Y cada una de ellas en su momento. Qué gran conquista ésta, que independientemente del bagaje cultural del lector o de su práctica literaria, cada uno verá formulada su paradoja en el momento preciso. Porque ese es uno de los secretos que esconde este volumen de cuentos: han sido elaborados con infinidad de formulas para lograr llegar a todos.
El dominio de la maquinaria en su construcción, el tono narrativo empleado, los giros en las tramas y lo oculto (pero revelado); los principios y finales óptimos, que tensionan la atención del lector, hacen que el interés prenda en él como un fuego ambicioso que no parará hasta arrasar su mente. No en vano, muchos de estos cuentos han obtenido premios literarios de relevancia.
La atmosfera especial que emana de cada uno de los cuentos de este volumen (la típica atmósfera de cuento), la propuesta de innumerables mecanismos lúdicos al lector, la densidad que desprenden cada uno de ellos ( acumulativa, cuanto a cuento, como después explicaré), su contenido abismal en cuanto a pretensión literaria, y, atención, la vinculación de unos con otros de tal forma que la lectura lineal de los cuentos es casi obligatoria, hacen que la propuesta de Juan Jacinto Muñoz Rengel sea meritoria sólo por ello, por la causa, aunque no hubiese logrado el efecto deseado en el lector (que es muy poco probable).
Este libro se ha fraguado durante años, la vinculación de un relato con el siguiente (existe una ordenación temporal de los mismos) en forma de trama añadida, la utilización de instrumentos de decantación de humores, habrá obligado una y otra vez a Juan Jacinto Muñoz Rengel a la reescritura de los cuentos sin hacerles perder “naturalidad”.
Ese es el secreto de su alquimia: el lector disfrutará de la lectura y se preguntará cómo es posible. El lector admirará a Juan Jacinto Muñoz Rengel por su genialidad, por su chispa creativa. Sin embargo no sabe que para conseguir sorprenderle, cautivarlo, el autor estuvo tres años buscando el párrafo clave de la historia o aquella palabra demoledora que causó su nocaut.
II.
De mecánica y alquimia pretende mostrar la trasformación del mundo a través de los elementos mecánicos y químicos. La materia y la psique, cuerpo y alma, involucrados en el proyecto de la evolución. Desde el Toledo musulmán hasta nuestros días la ambición del hombre siempre ha sido la misma: obtener aquello que desea y no pagar un alto precio por ello. En diversas etapas en ese recorrido histórico se detiene Juan Jacinto Muñoz Rengel, mostrando las trasformaciones de ese mundo en cada época. Pero esas trasformaciones son una metáfora porque en realidad siempre ocurren. Ocurren con la muerte (se pasa del estado “vivo” al estado “muerto”), y ocurren cuando un personaje humano se trasforma en un pez o se humaniza un robot o cobra vida un pedazo de barro. Y estos son ejemplos de los personajes que pueblan estos cuentos: robots, golems, fantasmas, objetos inanimados que comienzan a hablar.
El primero de los cuentos “El libro de los instrumentos incendiarios” obligó al camarero que me servía el desayuno a calentarme dos veces el café porque me sumergía tanto en el ambiente de cuento, en ese Toledo musulmán de sabios astrónomos y de constructores de máquinas del futuro, que lograba abstraerme de la realidad. En el cuento ya se utilizan casi todas las armas narrativas de Juan Jacinto Muñoz Rengel, logrando la atmósfera ideal y proponiéndonos infinidad de juegos y lecturas.
El siguiente cuento, “El relojero de Praga”, muestra al menos dos (quizá en ulteriores lecturas descubra alguno más, porque les aseguro que este volumen de cuentos esconde muchísimos secretos), al menos, decía, dos hilos de seda casi imperceptibles que lo unen al primero, siendo consecutivo en el tiempo (ya dije que los cuentos están ordenados cronológicamente) volviendo a crear atmósfera de cuento legendario, clásico, inmortal. La historia no tiene desperdicio y todos aquellos que hayan visitado Praga y hayan estado frente a las esferas doradas del reloj, sentirán un estremecimiento helador.
Lo mismo ocurre con el siguiente cuento, con “Lapis philosophorum”. Juan Jacinto Muñoz Rengel nos introduce en una abadía medieval en la Provenza y nos presenta al hijo de Nostradamus. Hijo que hereda los poderes proféticos de su padre a pesar de sus impedimentos y que luchará contra su maestro, un monje que busca la Piedra Filosofal y que será consumido por su ambición.
Y así cuento tras cuento, situando la acción en algún lugar de Europa y en momentos consecutivos de la Historia. Sagas malditas, juegos de muerte, historias cada vez más fantásticas. La evolución por la trasformación del mundo, el cambio a través de elementos mecánicos y químicos.
Epílogo.
Hay un cuento clave en este volumen. Se trata de “El sueño del monstruo”. La historia es clásica, sobre todo para muchos de nosotros, los cuentistas que no publicamos porque parece ser que a nadie le importa lo más mínimo lo que tenemos que decir. El personaje principal es un escritor y la acción se sitúa en Londres mediado el siglo XIX. Nuestro escritor no logra publicar, pero su mente no deja de trasladarle historias que escribir. Son historias descabelladas, con personajes imposibles. Se nos presentan intercaladas entre frazadas de la realidad cotidiana y aburrida de ese personaje escritor. Quién sabe si no es este escritor “fracasado”, que acaba tragado por el mundo de la ficción, el personaje que, a modo de delegación cervantina en Cidi Hamete Benengeli, ha escrito los cuentos que conforman este volumen.
Vale.

El botón de muestra:
El pescador de esponjas
Entró en la cantina, buscó con la mirada, evitando los cuerpos de los feligreses que se desparramaban sobre las mesas, se acercó al capitán y le dijo:
—Soy un pescador de esponjas.
El capitán rio de buena gana.
—¡Todo el mundo en Kalymnos es pescador de esponjas! —Al reír descubrió la doble hilera de dientes podridos, y las encías ulceradas, enmarcadas en una barba gris. Luego la sonrisa volvió a sumirse en las comisuras de una boca torcida, y se bebió el vaso de un trago, como para cauterizar las llagas que lo mortificaban.— A ver, muchacho, ¿de cuántas expediciones has vuelto ya con vida?—
De ninguna todavía, señor. Pero puedo contener la respiración durante mucho tiempo, soy fuerte, no me importa el riesgo y aprendo rápido. Y si he venido hasta estas islas es porque quiero ser un pescador de esponjas de Kalymnos. —El pecho desnudo del joven precipitaba su ritmo conforme avanzaba en su discurso, y sus grandes pulmones parecían querer escapar a algún otro sitio.
—Comprendo —dijo el hombre, volviendo a encajar la mirada entre las botellas que se alineaban tras la barra—, eres todo voluntad.
Esa noche el capitán llevó al joven a su casa, y le ofreció hospedaje y alimento a cambio de unas pocas monedas, hasta que partieran para la siguiente expedición. Mientras tanto, esos días practicarían la pesca de esponjas en la orilla, a tres o seis metros de profundidad, le dijo, algo que necesita tanto de técnica como de astucia, y de mucho tesón. Aquella misma noche comieron sardinas con pan y aceitunas, sobre una mesa de madera ennegrecida por el hollín y la grasa. Antes de que el joven se retirara a su alcoba, la esposa del capitán le pidió que le diera la mitad de las monedas como señal. El muchacho así lo hizo, y la mujer contó una a una cada pieza de cobre, y las envolvió en un pañuelo manido que fue a parar a su seno. Cuando subía las escaleras, el joven miró hacia el calor del hogar, y vio al hombre y a la mujer allí de pie, siguiendo sus pasos fijamente, con ojos redondos y chispeantes, como dos gatos que cazan en la noche.
Principiaba el otoño, la estación en la que comienzan las partidas de pesca a lo ancho del Egeo, para luego alcanzar las costas de Túnez, Libia y Egipto. El joven tendría que aprender pronto el oficio de buzo, si quería hacerse rico recolectando las esponjas que todos conocían como el oro de Kalymnos. En su primera jornada, nadando con un cilindro de metal entre los brazos, cuya base de vidrio le permitía ver el fondo marino, aprendió a distinguir la acaracolada y porosa psilo de la esponja lagophyto, que era más bien como un gran trozo de seta, o de la tsimoucha, que parecía alargar sus dedos anaranjados hacia los cuerpos de los pescadores.
—Es cierto que estos animales valen su peso en oro —le dijo el capitán, sentado junto a las capturas—. Pero no te engañes, ningún buzo de las islas del Dodecaneso se hace rico pescando esponjas. Con mayor probabilidad se dejará aquí la vida, prendida de cualquier arrecife. O quedará paralítico. Ni siquiera yo, con un pequeño barco de no más de seis tripulantes, llegaré nunca a escapar de la miseria. En estos fondos no hay ninguna piedra filosofal.
—Pero mucha gente se ha hecho rica con las esponjas... —decía el muchacho, siguiendo al capitán por las rocas, tratando de distinguir dónde pisaba el marinero para apoyar él su pie en el mismo sitio.
—Unas cuantas familias, sí. Pero ellos no pescan, ellos tienen sus empresas en Londres, en Kiev y en Moscú. ¿Has visto la casa de los Vouvalis, aquí en Pothia?
—Sí —asintió el joven, con un suspiro preñado de sueños.
—Pues tú nunca tendrás una casa así. —El capitán se volvió para mirarle.— Tú morirás aquí —sentenció con la línea negra de su boca, y al torso bronceado del muchacho lo recorrió un escalofrío disfrazado de húmeda brisa del crepúsculo.
—Me están saliendo unas extrañas durezas en las manos y en los pies— dijo el muchacho, sentado en la mesa de la oscura cocina, anegada por el humo de las sardinas asadas.
—Es normal —le contestó el capitán—, habrás cogido hongos.
—Pero son más bien como verrugas, enormes y llenas de escamas.
—¿Te duelen? —preguntó la mujer.La esposa del capitán era achaparrada y obesa, tenía la nariz torcida y pegada al labio superior, y llevaba el pelo grasiento recogido en un moño.
—No. Pero no dejan de crecer, y se me empiezan a extender por todo el cuerpo —continuó el joven, señalando con el dedo algunas erupciones que le rodeaban el codo.
—Tonterías, eso son tonterías para un mozo sano y fuerte como tú. Se te curarán solas —zanjó la mujer, frotando con ambas manos los hombros desnudos del apuesto muchacho.
Más tarde en la cama, el joven pescador de esponjas soñó que estaba en el fondo del mar, y que no podía librarse de la piedra que los buceadores usan como lastre para mantenerse pegados al lecho marino. Arriba, en el sueño, de pie sobre la cubierta de un barco, deformados por las ondulaciones de una masa de agua verde, estaban el capitán y su esposa, observando cómo se ahogaba sin que ninguna onda conmoviera la expresión de sus semblantes, con ojos grandes como platos.
Cuando las esponjas son sacadas del agua, son de color negro y tienen un aspecto poco atractivo. Apenas el muchacho arrojaba sobre las rocas las esponjas que había amontonado en su cilindro de metal, el capitán las pisoteaba con fuerza, hasta romper los tejidos internos. Luego, entre ambos, las sumergían en el mar en una red, y las dejaban allí durante horas, para que se les desprendiera la membrana exterior y todos los tejidos, y se quedaran en la mera fibra del esqueleto. El muchacho era tenaz e incansable, sonreía por cualquier motivo, y cada jornada sus proporciones clásicas de efebo se sumergían en el mar dos veces más que el resto de los aprendices de buzo que practicaban en la orilla. A pesar de que la enfermedad que le atacaba las manos y los pies lo estaba deformando por completo.
Cada atardecer, al final de la jornada, los dos hombres golpeaban las esponjas capturadas con las ramas de una palma, para eliminar cualquier cuerpo extraño trabado entre las fibras, una vez desechados los tejidos. Pero aquel día lo hubo de hacer el capitán sin ayuda, porque los dedos del muchacho se habían convertido en un manojo de bultos chatos, como una ristra de mórbidos berberechos, que no le permitía coger nada punzante. Más tarde, al regresar a casa, el joven se tuvo que apoyar en los viejos hombros del capitán, porque sus pies regastados no le permitían ya desplazarse por la tierra firme.
—Las tenderemos en el patio, y cuando estén secas las prensaremos —le decía el capitán, para hacerle pensar en algo distinto que su dolor—. Luego el comerciante al que se las vendamos las recortará en su taller, y les dará formas de fantasía, y las bañará en agua y ácido hasta que se tornen doradas.
En la casa, la mujer ayudó a su marido a subir al joven a su alcoba, y sumando las fuerzas de ambos lo consiguieron introducir en la cama; los peldaños quedaron manchados por un rastro blanquecino, como la baba de un molusco gigante. Una vez bien arropado en su jergón, los ancianos permanecieron un rato mirándolo, complacidos. El lecho del joven era blando y confortable, tenía el poder de sumirlo en el sueño apenas lo tocaba, meciéndolo con el vaivén de las algas acunadas por la marea; y sin embargo, luego, el joven acababa siempre arrastrado hasta pesadillas angustiosas, pesadas, con la forma de un remolino que se hunde y se hunde en las profundidades. A la mañana siguiente, las piernas del muchacho terminaban donde empezaban sus rodillas.
—¡No tengo piernas! —lloró el muchacho venido del norte en busca de fortuna.
—No te preocupes —le tranquilizó el viejo marino—, para bucear no son estrictamente necesarias las piernas. Podrás seguir haciéndolo en cuanto te recuperes.
—¡Pero no podré andar! ¡Ya no puedo andar, ya no hay nada ahí abajo, mis pies no están! ¡Y puede que pierda mis manos! Entonces no podré pescar, ni coger nada, no volveré a ser una persona normal nunca más...
—Vamos, tienes que ser fuerte —dijo la vieja, acompañándolo de nuevo a la cama—. Acuéstate y pronto estarás bien.—¿Han llamado a un médico? —preguntó el muchacho.
—Sí —respondió ella—. Pronto estará aquí. Ahora está en otra isla, pero es muy buen médico y pronto llegará. Duérmete.
La mujer lo ayudó a meterse en la cama, estiró la sábana sobre el colchón deforme, que cada día se mostraba más y más grande, y revistió los extremos de membrana que habían quedado al descubierto. Allí, arropado, el perfil del joven pescador de esponjas parecía una cordillera de arena deshaciéndose bajo el agua, un hatillo de sangre, carne y esperanzas filtrándose sobre un tamiz de millares de poros. Los viejos, sin perder detalle, se abrazaron.
Relato extraído de “De mecánica y alquimia", Salto de Página, 2009
miércoles, 20 de mayo de 2009
Presentación en Madrid de PERTURBACIONES (Antología del relato fantástico español actual)
jueves, 21 de mayo de 2009
Hora:
20:00 - 22:00
Lugar:
Delegación del Principado de Asturias
Calle:
Glorieta Ruiz Jiménez, 1
Ciudad/Pueblo:
Madrid, Spain

PERTURBACIONES es una antología de la última narrativa fantástica española realizada por Juan Jacinto MUÑOZ RENGEL que recomiendo a los amantes del cuento fantástico y surrealista, y a aquellos que quieran acercarse al cuento moderno.
Las antologías, entre otras cosas, te hacen descubrir autores que luego resultarán imprencindibles.
En este caso, conozco a muchos de ellos, y algunos son amigos.
No he acabado la lectura del libro, pero estoy disfrutando con cada una de las propuestas literarias que encuentro.
Estan antologados en PERTURBACIONES (ordenados por fecha de nacimiento):
José María MERINO Juan Pedro APARICIO Cristina PERI ROSSI Cristina FERNÁNDEZ CUBAS Pilar PEDRAZA Norberto Luis ROMERO Julia OTXOA Elía BARCELÓ Laura FREIXAS Ignacio MARTÍNEZ DE PISÓN Carlos CASTÁN Luis GARCÍA JAMBRINA Ángel OLGOSO Fernando IWASAKI Pedro UGARTE Manuel MOYANO David ROAS Félix J. PALMA Miguel Ángel MUÑOZ Ignacio FERRANDO Óscar ESQUIVIAS Jon BILBAO Patricia ESTEBAN ERLÉS Luis Manuel RUIZ Óscar SIPÁN Miguel Ángel ZAPATA
viernes, 3 de abril de 2009
SUBMÁQUINA, de Esther García Llovet

Esther García Llovet
Ed. Salto de Página
Fernando Royuela dice en la introducción a este proyecto literario: “Cualquier experimento narrativo debe ser de entrada celebrado...”. Yo opino lo mismo que él.
Es mucho el riesgo que corre Esther García Llovet y es de alabar la apuesta que Salto de Página realiza al editar SUBMÁQUINA.
Nos encontramos con un conjunto de relatos que muestra a frazadas la vida de la protagonista central de la obra, Tiffani Figueroa. La lectura de los relatos nos ofrece distintos aspectos de su vida: los traumas que marcaron su infancia, su adolescencia, la forja de su carácter extremo y libertario, los despojos de sus familias, el gusto por la vida al filo, su trabajo como detective, el porqué de su ausencia, de su permanente búsqueda. A frazadas, sin llegar a completar el puzzle, pero ofreciendo los suficientes datos como para hacer de los relatos un todo que haga al lector tener una comprensión cenital de la obra. Esa visión del todo le llevará al convencimiento de estar en tierra de nadie: esas breves narraciones podrían conformar una novela, un nuevo modelo de novela.
El juego literario está presente en todos los aspectos de SUBMÁQUINA. Es pues una obra que busca la complicidad del lector, su implicación en ella de modo activo. Eso me gusta.
De entrada la estructura es novedosa, fragmentaria y actual, en la que se detectan influencias cinematográficas de películas como “21 gramos” o la oscarizada “Crash”. Es un caso inverso a lo tradicional: suele ser el cine el que se nutre de la literatura a la hora de estructurar una obra, y no al revés.
Hay entre los relatos una serie de hilos de seda invisibles, aparentados, que unen unas historias con otras; apenas un apunte, un dato, que explica actuaciones en los otros relatos, comportamientos futuros.
Otra característica de los mismos es la búsqueda de la situación límite, del territorio-frontera, no sólo físico, también síquico. El gusto por el vértigo, por vivir en el filo de la navaja.
Ese lector cómplice debe desentrañar los símbolos presentes en las narraciones, debe anotar mentalmente voces de niños al otro lado del teléfono, sonidos de disparos en la noche, imágenes descritas con acierto, hechas para perdurar en la mente del lector, para conducirlo hasta el final del laberinto.
Esa misma busqueda del límite la podemos encontrar en el estilo de su escritura. El gusto por trasgredir (esas sucesiones y enumeraciones sin cambio de sentido con la puntuación) que hace también algo más complicada la lectura.
Estamos, pues, ante una obra arriesgada, que experimenta con el argumento (no todo se dice, ni siquiera se muestra), con la estructura (un puzzle al que, precisamente por lo anterior, le faltan piezas) y con el estilo narrativo. Quizás demasiados riesgos pueden pensar ustedes, y quizás tengan razón, pero yo veo en SUBMÁQUINA un traje único, un modelo de pasarela extremo, imponible, que nadie llevaría por la calle, pero que, a la larga, marca una tendencia.
No debemos saberlo todo de las personas, de hecho, no lo sabemos, ¿por qué habríamos de saberlo de un personaje? El estilo es a veces exquisito y a veces repetitivo, pero lo que es indudable es que es el estilo narrativo que ella ha querido otorgarle a su obra. Quizás, sí, quizás la estructura esté bien apuntalada, ese bocadillo con un sabroso relato central, pero el declive a partir de él, por la menor fortaleza de los relatos finales va aguando el licor en nuestra boca dejando un poso último de promesa sin cumplir.
Ese es el único pero. Todo lo demás son felicitaciones porque Esther ha sido valiente y ya lo dijo William Faulkner: “El mérito de una obra se mide por los riesgos de fracaso que el autor afronta, entre lo efímero de su esfuerzo y la intención de ser perdurable."
Sólo una apostilla a estas palabras de Faulkner: no creo que el esfuerzo haya sido efímero.
© Esteban Gutiérrez Gómez, 2009
jueves, 26 de marzo de 2009
viernes, 27 de febrero de 2009
Presentación de "Submáquina", de Esther Garcia Llovet
Seguro (fragmento)
—Los muertos cambian —dijo Ochoa mientras acariciaba el cromado de su silla de ruedas ultraligera. Tenía los párpados hinchados y olía a Davidoff y a gasolina de mechero y a cada vuelta del ventilador se encendían las brasas del fondo de su habano.
Era medianoche pasada y no quedaba nadie en el hotel, en verano, en agosto. En una habitación que daba a la piscina. Yo miraba la pantalla del televisor sentada al borde de la cama doble, con los pies descalzos sobre la moqueta morada y el pelo empapado en sudor.
—Los muertos cambian tanto que muchos se olvidan de que alguna vez estuvieron de paso por este mugre mundo —murmuró.
Ochoa detuvo el vídeo y la imagen parpadeó unos segundos entre las paredes color coral con fotos de orquídeas y surfistas y palmeras salvajes. La imagen era de una fiesta o de algo que podía haber sido una fiesta si la gente hubiera tenido otra expresión en sus caras. Todos vestían de oscuro y miraban en la misma dirección. Algunas mujeres se tapaban los labios con la punta de los dedos.
También podría ser un velatorio.
Ochoa dio una larga calada a su cigarro. Movió la silla hasta el televisor y puso un dedo sobre la pantalla. Llevaba guantes de cuero rojo como los pilotos de fórmula uno y debajo de su índice asomó una mujer vestida de negro, con gafas de sol y un gran escote de blanda carne oscura. Con muchos crucifijos y perlas y medallas pequeñas. Unos cincuenta y tantos años. Una mujer muy grande de brazos desnudos, imponentes.
—Si encuentras a esta mujer antes de una semana te doy sesenta mil pavos. Más los gastos.
Miré el cráneo de Ochoa contra la pantalla del televisor donde su dedo había dejado un halo en el cristal como si la mujer fuera una aparecida. Me aproximé a él despacio.
—¿Por qué me lo pides a mí?
La mujer tenía una expresión extraña y si eso era una sonrisa mejor que no lo fuera.
—¿Por qué no vas a la policía?
—Porque prefiero una ex policía para esto —contestó.
—Entonces cien. Cien mil. Más gastos.
Ochoa graznó una carcajada. Se calló y volvió a reír con la boca muy abierta. Miré el reflejo añil de la pantalla sobre su cráneo moreno de cabina. Luego le apreté el hombro y él colocó su mano sobre mi muñeca.
—Cien mil si consigues dar con ella. Sin anticipo.
—A pelo.
Levantó la vista y después me apretó la mano con demasiada fuerza.
—A pelo.
—¿Y cuando la encuentre?
Me arañó los nudillos.
—Cuando la encuentres ya te diré yo lo que tienes que hacer con ella.
—Hecho.
Fui a abrir las cortinas y la ventana. Afuera olía al plástico de la hierba artificial recalentado por los focos y las luces de los helipuertos parpadeaban en los rascacielos. La luna crecía, alta, ácida; lisérgica.
—¿Estás seguro de que está viva? —dije—. Calculo que este vídeo tiene más de cinco años.
Ochoa se pasó la mano por el cráneo y sentí el crepitar del vello contra su palma.
—De lo que estaba seguro hasta ayer mismo y durante los últimos cuarenta años era de que estaba bien muerta.
Apagué el ventilador. Miré a Ochoa mientras se ponía las Ray-Ban. Miré su cuello cruzado de venas gruesas como vides de la ira y su tatuaje en la nuca y de pronto me pareció un condenado a la silla eléctrica que fuera a la vez verdugo.
Bajé al bar del hotel, pedí un Martini muy seco. Llamé a un amigo productor de cine que contestó medio dormido. Le pedí un préstamo de mil quinientos y me dijo que sí, aunque con condiciones. Habló un rato sobre sus condiciones. Mientras le escuchaba me senté en un taburete en la esquina de la barra. El suelo retumbaba sobre la discoteca del sótano. Tocaban un reggaetón detrás de otro pero cuando bajé no había casi nadie. El suelo estaba viscoso y había dos hombres de traje y corbata bailando solos y borrachos. Hacían como si se pegaran en broma. Al verme dejaron de hacerlo.
Estaba cansada y preferí dormir en el hotel a volver al apartamento.
Dormí cuatro horas.
Me despertó una conversación entre las camareras en el cuarto de al lado, algo acerca de otra a la que habían cogido robando en una habitación. Una lloraba. La otra se reía a voz en grito.
Intenté dormir otra vez pero no lo conseguí.
Geppo, el productor, vivía en un ático de doscientos metros cuadrados con ventanas tintadas y asientos de pelo de vaca y kitchenette y una cinta de correr tras una mampara blanca como el revestimiento de los aviones. Cuando llegué encontré la puerta abierta y al entrar oí el motor engrasado de la máquina y la respiración de Geppo entre las voces de la tele. Me dijo «ahora salgo» y esperé de pie en el salón. En la tele estaban emitiendo un largo anuncio de un perfume que olía como el verano asiático.
Debajo del ventanal había una videoteca con unos mil quinientos títulos. Porno doméstico, grabaciones de vigilancia en aduanas, sesiones de Alcohólicos Anónimos. Antiguas grabaciones de terapia de grupo. Muchas fiestas en sótanos privados, en infrarrojo, con mujeres de pupilas blancas y brillantes e intermitentes como estaciones orbitales.
Conocía a Geppo desde que entré en la Brigada de Desaparecidos de la Policía, en el noventa y tantos. No dejamos de vernos cuando dejé el servicio y a esas alturas sabía ya que si no era el mejor era porque tenía también otras aficiones y otras compañías.
Me dirigí al televisor y coloqué la cinta de Ochoa en el aparato de vídeo. Las imágenes se sucedieron a toda velocidad: cuatro hombres corriendo a lo largo de una verja. De noche. En un campo nevado. Corrían huyendo de algo. El primero cayó de golpe. El segundo cayó de golpe y de rodillas. El tercero cayó de golpe y de rodillas y de bruces contra el suelo y el cuarto, el que llevaba la cámara, continuó avanzando a saltos y cruzó por una abertura en la verja y siguió corriendo campo a través hasta llegar a una carpa de convenciones donde se celebraba una especie de fiesta y todo el mundo miraba de un lado a otro como si buscaran a alguien o hubieran oído un ruido muy fuerte en algún lugar. Ese aire desprevenido antes del miedo. Dispersos. Ahí aparecía la mujer de los crucifijos, entre una multitud de caras muy blancas. Detuve el vídeo. Geppo estaba junto a mí. Llevaba sus chanclas japonesas y un pantalón de camuflaje.
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó desperezándose. Geppo era lento y muy elástico y parecía recién pasado por una centrifugadora de alta tecnología.
—De un cliente. La compró hace un mes vía eBay y por el apodo del vendedor me parece que quien se la vendió fuiste tú.
La mujer era la única que parecía no prestar atención a nadie y giraba despacio su cabeza cardada, observando a la gente y acariciando distraída el reloj, una pieza minúscula que se hundía en el pliegue de la muñeca.
—Te digo de dónde saqué esto si me consigues una Smith and Wesson. Nueva. Sin número de serie —dijo mientras manipulaba el mando a distancia. La imagen se aceleró y el cámara salió de nuevo al campo abierto donde dos camareros hablaban con un policía que llevaba un perro enorme, un perro que parecía muy sucio y muy enfermo. Detrás de ellos había un viejo anuncio de Firestone recortado contra el cielo negro del desierto. El policía se llevó la mano a la pistola y le hizo un gesto al cámara para que cortara y la película acabó ahí.
Luego venía la nieve chirriante de la pantalla vacía.
Geppo sonrió y asintió y aspiró con fuerza por la nariz.
—¿Tienes la Smith?
—Ya veremos —contesté.
—Esto lo compré hace un par de años a una script de la PanAx, y lo que ves es una grabación del noventa y tantos, de unos reportajes que hicieron sobre la frontera y que no llegaron a emitirse nunca. Es difícil de encontrar. Una rareza de coleccionista. Se lo vendí a tu amigo al triple que lo compré. —Se acercó a la pantalla y se acuclilló despacio.— Mira la película. Esto es de Cáneva. Telmo Cáneva, el cámara —dijo—. Coincidimos en varios rodajes. Telmo. Su pelo. Le gustaba salir a correr; me acuerdo. Estaba siempre cansado pero le gustaba salir a correr y yo lo acompañaba por las noches como un buen soldado. Dos monjes del dolor. Me esperaba en el bar de los hoteles, a eso de las tres de la mañana, con las gafas de espejo siempre colocadas sobre la barra para ver quién se acercaba por detrás. Un chico nervioso. Éramos amigos pero no sabría decirte muy bien cómo era. Te puedo decir lo que hacía. No quién era. —Dio una larga calada al cigarrillo y se frotó los ojos enrojecidos.
—¿Dónde vive? ¿Cómo puedo encontrarlo?
—Cáneva murió. Murió durante el rodaje de esta película.
—¿Cómo fue?
—No lo sé —contestó—. Nunca se encontró el cadáver.
—El cadáver.
La sangre se me espesó de golpe, lo noté en la cara y en las manos.
—Quizás pueda encontrar algo en su casa —dije—. Sabrás su dirección, dónde vivía.
—No tenía sitio fijo. A veces dormía en casa de un amigo. Otras dormía con la novia del momento. Otras no dormía. Pero te puedo dar la dirección del último sitio donde estuvo cuando rodaron, en La Federal, porque estuvo en casa de una amiga mía y se dejó allí una maleta o una caja con cosas. Solía alojarse en el Hotel Fleming cuando iba para allá.
—¿Tienes alguna idea de lo que pasó? Si te llamó alguna vez o algo.
—Me llamó. Una noche, pero no le entendí nada porque estaba borracho o estaba llorando, o las dos cosas. Me dijo que se le había parado el reloj —continuó—. Era muy tarde. Tres o cuatro de la madrugada. Dijo que primero se le había parado el reloj y que luego había empezado a andar para atrás. Arrastraba las erres. Estaba muy borracho. A veces tomaba otras cosas. Me dijo que tenía miedo y que lo llamara al día siguiente y que si no contestaba avisara a alguien. Le pregunté: miedo de qué. Y me dijo que a él también le gustaría saberlo. Luego cortó y al cabo de un rato volvió a llamar y empezó a contar algo de una mujer pero entonces colgué yo. Cuando llamé al día siguiente no contestó.
—¿No avisaste a la policía?
—¿En La Federal?
—¿Tienes todavía el teléfono de tu amiga?
Asintió. Sacó el móvil y me apuntó un número.
—Era un tipo raro este Cáneva —dijo—. No parecía nunca el mismo. Muchos cambios de humor, demasiadas mujeres.
—¿Y la script?
—Se aburrió. Ni idea. Volvería a casarse. No sabría dar con ella —dijo Geppo—. Ahora quédate a tomar algo. Hace meses que no nos vemos.
Me sirvió algo en un vaso largo y luego se sentó en el sofá de cuero blanco de Ferrari. Aún tenía el pelo mojado y las plantas de los pies muy blandas y sonrosadas, como las de los gatos.
—Siempre que reapareces estás distinta. ¿Te has hecho algo? ¿En la cara? ¿En el pelo? No —replicó mirándome—. No te entiendo pero da lo mismo.
Dio un largo bostezo y dos tragos después estaba dormido en el sofá.
Me senté un momento a su lado. Lo vi dormir. Apagué la luz antes de marcharme y su cara se movió en la penumbra.
—Eso es lo malo de los desaparecidos —dijo—. Que si regresan ya no son los mismos.
