La enfermedad del lado izquierdo

La enfermedad del lado izquierdo
El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

También estoy aquí...

También estoy aquí...
MI BLOG PERSONAL

lunes, 8 de diciembre de 2008

Haroldo Conti, Cuentos completos

¿Existen las casualidades? Yo no creo en ellas, pero deben existir. Los dos últimos libros de relatos que acabo de leer tienen un punto en común. No es un punto cualquiera de sus esferas, es el punto, el aspecto más sobresaliente de ambas: su extensión descriptiva. Tanto los relatos de Jon Bilbao como los cuentos de Haroldo Conti tienen una profusión de imágenes en su narración. Tantas y tan buenas son esas descripciones, que se acercan a lo cinematográfico. En muchos de los cuentos, Conti hace del paisaje, como Jon Bilbao, el verdadero protagonista de los mismos. Y existe un paisaje recurrente: el río. En los primeros relatos y en los últimos, el río y las historias que por él transitan, es el verdadero personaje.

Estos veintitrés cuentos están ordenados cronológicamente, por lo que Haroldo Conti cierra el círculo literario –¿presumía que todo se acababa, la vida y, por tanto, la literatura?– con las narraciones sobre el río. Estas narraciones contienen elementos vívidos, su mundo interior marcado en su infancia. Esta narrativa está muy cercana al denominado realismo mágico. Narraciones hipnotizantes de mundos nebulosos, personajes marcados y anhelos de progreso. Cuentos como “Todos los veranos” o “Marcado”, destacan en este grupo.

El cuerpo central de los cuentos lo dominan los cuentos más sociales, insertos en la militancia política del autor en su Argentina del alma. Destacaría “Como un león” que describe los suburbios de los poblados mineros y las historias que se tejen en ellos.

Uno de mis cuentos preferidos, él único en el que el autor se permite usar la ironía y el más breve, es “El último”.

El prólogo de la obra es de García Márquez (La última y mala noticia sobre Haroldo Conti) y es una delicia.

Ediciones Bartleby, ha hecho un excelente trabajo recuperando esta joya narrativa.

Ficha:

Haroldo Conti
“Cuentos Completos”
Bartleby, 2008




Haroldo Conti (1925-1976?) fue novelista, maestro de escuela primaria, profesor de latín, empleado de banco, piloto civil, nadador, navegante y guionista de cine.

Nació en 1925 en Chacabuco (provincia de Buenos Aires, Argentina). Estudió y se graduó en filosofía. Se casó dos veces, con una de sus parejas vivió en Buenos Aires junto a sus dos hijos.

Conti tenía adoración por el Delta del río Paraná, es por eso que pasaba mucho tiempo en su casa del Tigre y en algunas de sus obras (por ejemplo Sudeste) la descripción del gran río, las islas y los otros ríos y canales de la región tienen un papel importante. En sus cuentos menciona frecuentemente lugares de su ciudad natal, Chacabuco, y a su vez, describe con mucha exactitud personajes reales reconocidos en la ciudad, como a Bimbo Marsiletti, y a su tío Agustín Conti a quien le dedicó "Las doce a Bragado", cuento que aún hoy tiene mucha repercusión en Chacabuco.

En 1956 publica la pieza de teatro Examinado. Cuatro años más tarde recibe un premio de la revista Life por su relato La causa. En 1962 gana el premio Fabril con su primera novela, Sudeste, y se convierte en una de las figuras de la llamada «generación de Contorno».

Publica después las novelas Alrededor de la jaula (Premio Universidad de Veracruz, México, luego llevada al cine por Sergio Renán como Crecer de golpe) y En vida (Premio Barral, España, cuyo jurado integraban Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez) y los libros de cuentos Todos los veranos (Premio Municipal de Buenos Aires), Con otra gente y La balada del álamo carolina. Colabora con la revista Crisis. En 1975 publica la novela Mascaró, que gana el Premio Casa de las Américas (Cuba).

El 5 de mayo de 1976, tras el golpe militar en Argentina, fue secuestrado. Su nombre figura entre los desaparecidos. Cada año se conmemora en esa fecha el Día del Escritor Bonaerense en honor a su memoria.


EL ÚLTIMO
Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirian que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. También eso. Lo que posiblemente a nadie se le pase por la cabeza es que alguien pueda ser feliz justamente siendo el último de los hombres. Ni siquiera a mí mismo se me hubiera ocurrido hace un tiempo, cuando, dentro de mis alcances, luchaba con todas mis fuerzas para estar entre los primeros. Pero no es eso lo que quiero decir, al menos por ahora.

Me preguntaba sencillamente cuándo empezó. Éste es un hábito que me queda de la otra vida, es decir, la vida de ustedes porque qué puede importarle a un verdadero vago cómo y cuándo empezó cualquier cosa. El día que se me quite esta costumbre habré alcanzado la perfección pero comprenderán ustedes que no puedo proponérmelo porque, ante todo, un vago no se propone nada, de manera que lo mejor es dejar así las cosas.
Mezclando un asunto y otro, lo mismo me pregunté el día que, del brazo de Margarita, mis manoseos en Parque Lezama, que entonces no tenía esas malditas luces de mercurio que le alumbran a uno hasta el pensamiento, me encontré frente a un cura. Tal vez la cosa empezó ahí. No quiero decir que me tomara desprevenido pero de cualquier forma con el tiempo pareció que había sido así. Entonces me estaba preguntando cómo y cuándo fue que empezó aquella vida de perro. No es que hubiese dejado de querer a Margarita.
Supongo que tampoco ella había dejado de quererme, a su manera. Pero justamente era esa podrida manera lo que me tenía desconcertado. Bastara que yo dijera blanco para que ella dijera negro. De saberlo un poco antes yo también habría dicho negro aunque estoy seguro de que eso tampoco habría servido para nada porque lo más probable es que entonces ella hubiese dicho blanco. Así era Margarita y no le guardo rencor.
Quiero que comprendan esto. No le guardo rencor a Margarita ni a toda esa puta vida, como se dice vulgarmente y para abreviar. En ese caso no sería un verdadero vago, si bien tampoco lo soy del todo, aunque por otro motivo, como queda dicho.
¿Me creerán ustedes si les digo que, a pesar de todo, conservo muy buenos recuerdos de aquel tiempo? Yo era feliz, también a mi manera, y si aquello terminó es porque no podía pasar otra cosa. Quiero decir que mis pies apuntaban en una dirección y los de ella en otra y la tristeza habría sido seguir juntos cuando cada uno tenía su camino por delante. En cuanto a ella, es posible que a estas horas esté maldiciendo al tipo aquel que se le cruzó un día en el camino, lo cual es muy propio de Margarita. Si dejara de hacerlo pues simplemente dejaría de ser Margarita. Eso es lo que trato de decir. Cada uno es una flecha lanzada en una dirección y no hay como dejarse llevar para acertar en el blanco, cualquiera sea.
Hablando con estricta justicia más bien fue Margarita la que se me cruzó en mi camino y no yo en el de ella. Sin embargo, estoy dispuesto a reconocer que fue una simple coincidencia. Por coincidencia tomábamos el 48 a la misma hora, por coincidencia bajábamos en la misma esquina y, supongo que por coincidencia, un día me atravesó una de sus piernas entre las mías. En fin, otro día la acompañé hasta la casa y por coincidencia estaba el viejo en la puerta. Cuando quise acordarme estaba adentro tomando una copita de anís y hablando de la decadencia de las costumbres, un tema, como se ve, que puede terminar en cualquier cosa. En aquel tiempo yo era hincha furioso de Estudiantes de La Plata, cosa que todavía hoy no me explico. Los domingos iba a la cancha con toda la bosta en el camioncito de los hermanos Antonelli. La bosta fue lo que dijo Margarita el primer domingo después de casados que traté de ir a la cancha. Jugaban Estudiantes y Chacarita, lo recuerdo aunque no viene al caso. Hasta entonces la bosta habían sido "los muchachos", cariñosamente. Inclusive llegó a tejerme una bufanda con los colores de Estudiantes. Esto es lo que se dice astucia femenina pero yo digo simplemente la vida.Dije adiós a la bosta y me puse a trabajar como un condenado a trabajos forzados. Soy un tipo optimista por naturaleza, como ustedes habrán visto, de manera que con el tiempo hasta a eso le encontré el gusto. Los demás tipos, es decir, la verdadera bosta, gemían y crujían a mi alrededor. Yo en cambio pateaba alegremente la calle primero vendiendo seguros de La Agrícola y después caminos, esteras y carpetas de formio, coco y sisal. Los sábados me la pasaba cambiando los muebles de lugar, tapando las manchas de humedad y escuchando en todo momento los reproches y maldiciones de Margarita. Yo no escuchaba las palabras sino simplemente la voz y por inexplicable que les parezca esto me ponía más bien contento porque Margarita era algo vivo e intenso que me obligaba a tirar para adelante cuando los demás hacía tiempo que estaban muertos.
Los domingos íbamos a comer a lo de los viejos y por la tarde veíamos la tele hasta que se nos saltaban los ojos. He oído muchas cosas contra la tele pero yo digo que es el mejor invento de la bosta. Por de pronto era la única manera de callar a Margarita. Entonces la sentía más viva e intensa, sólo que en otro sentido. Si no había manera de entendernos el resto de la semana en aquel momento nuestros cuerpos se acercaban misteriosamente y éramos una sola y misma cosa pendientes de aquel agujero en la pared. El agujero que digo era la tele, como se comprende, y convendrán ustedes en que es una imagen bastante feliz. De cualquier forma, ésa era la impresión. Bastaba con girar la perilla y entonces se abría aquel boquete en el mísero departamento de la calle México, 5 piso "C", al lado del ascensor, que no funcionaba la mitad de las veces, y el mundo se derramaba alegremente por allí.

Ahora que lo pienso, tal vez la cosa empezó recién entonces. Yo me quitaba los zapatos en la penumbra, me aflojaba el cinturón y al rato estaba en las islas Marquesas, por ejemplo. Como dije las Marquesas pude haber dicho Hong Kong o Miami o el fondo del mar. En un par de horas saltaba de un lado a otro e inclusive de un tiempo a otro. Randall, Peter Gunn, Kentucky Jones, Maverick y hasta Gorila Maguila me resultaban tan familiares como mi viejo o mi vieja, por así decir, porque en realidad nunca entendí a mi vieja y apenas si conocí a mi padre. Hablábamos de ellos con Margarita como si vivieran en la misma cuadra y algunas veces les hablaba a ellos mismos, como si pudieran oírme. Opino que son todos unos grandes tipos, los verdaderos grandes tipos que se necesitan y no esos pelmas que salen en los diarios todos los días, y sinceramente me felicito de que los domingos se asomaran por aquel agujero para hacernos ver las cosas tal cual son.

En cuanto a los avisos, que para muchos resultan la cosa más estúpida del mundo, nos divertían como locos. No sé qué sentido tiene pretender que nos echen un discurso con citas de algún gran tipo para vendemos una pasta de afeitar o un frasco de café instantáneo. Las cosas hay que tomarlas como son. Eso es lo que siempre he dicho. Para nosotros, en cambio, aquello fue una verdadera revelación. Yo, por lo menos, aprendí a apreciar las cosa recién entonces y hoy me parece perfectamente natural que una lata de tomates le hable a una cacerola a presión y que un reloj con voz de pito nos avise el momento de tomar tal o cual pastilla para la digestión.

Quiero decir que las cosas están llenas de vida, o por lo menos muertas o vivas en la medida que nosotros estamos muertos o vivos, y que mis zapatos tienen algo que decirme con sólo que les preste un poco de atención. Que es lo que hago, justamente, cuando no sé para dónde tirar el primer paso.A Margarita le gustaba acompañar los jingles, mientras yo le hacía una especie de contracanto, y por lo que recuerdo fue la única ocasión en que oí cantar a Margarita. Por lo que a mí toca, muchas veces pateando la calle con las muestras de aquellas benditas esteras y carpetas y el mundo que se ponía realmente negro me bastaba con silbar una de esas musiquitas y el cielo se abría en alguna parte.

En fin, que todo eso también terminó. Margarita le tomó fastidio a Mike Hammer que, según ella, en el fondo era un fascista hijo de puta y a mí que se me dio por defender al tipo como si fuera mi hermano. Total que un día, mientras volaban los tiros de un lado a otro detrás del agujero, Margarita le zampó la plancha justo en el medio. El televisor, es decir, el mundo saltó en mil pedazos y al principio creí que uno de los tiros me había volado la cabeza. Herido como estaba, tomé lo primero que encontré a mano, creo que uno de esos ceniceros hechos con un pistón recortado, y se lo tiré a la cabeza con tan buena puntería que cayó al suelo como si la hubiera tumbado un rayo. Todavía humeaba el televisor y ya estaban allí los viejos, el administrador y un cabo de policía con cara de patíbulo que parecía salido de la propia televisión.

Cuando volví de la 2a el administrador todavía estaba allí, o simplemente estaba de nuevo allí. Es un detalle. Lo que me interesa señalar es que había llegado la hora de que cada uno echara a andar para su lado, sólo que en ese momento no me di cuenta. De todas maneras fue lo que pasó. La vida decide por uno las más de las veces y todo lo que queda por hacer es preguntarse un tiempo después cómo y cuándo empezó, lo que sea.

Por esos días, y ésta es otra señal, quebró el tipo de las esteras y quedé en la calle, lo cual es un decir porque nunca había salido de ella. Las cosas iban tan mal entonces que en lugar de amargarme más bien me alegré. Sea lo que fuere que me reservara la vida nunca iba a ser peor de lo que había sido hasta entonces. Cuando uno siente deseos de darse la cabeza contra la pared ése es el momento preciso para las grandes cosas porque uno en realidad está tan limpio y vacío como si acabara de nacer.

Claro que yo no pensé en eso. Eché mano de un par de diarios y en una página de los clasificados topé con el siguiente aviso: "Joven emprendedor con experiencia comercial para importante negocio". Allí estaba el destino. Me corté el pelo a la americana, me puse un saco sport con cueritos y al rato estaba golpeando en la puerta de una oficina en el segundo patio de una especie de gallinero en la calle Lima y que a primera vista no tenía el aspecto de un negocio ni de otra cosa importante sino más bien de una pocilga.

Me atendió un tipo parecido al de "Patrulla de caminos" que sin mirarme siquiera dijo: "Usted es el hombre!" y se puso a hablar sobre el futuro, un futuro que no sé muy bien a quién correspondía, en todo caso a la humanidad en general y como tal proporcionalmente a mí también. Cualquier otro se habría dado cuenta de que el tipo estaba medio chiflado, por no decir del todo.

En realidad eso me pareció a mí también pero en lugar de largarme como hubiera hecho cualquiera de ustedes en su sano juicio ya que nada bueno podía salir de allí, en el sentido de la bosta, me quedé escuchando al tipo tal vez por eso mismo. Quiero decir que esta clase de chiflados son justamente la sal del mundo sólo que la bosta se da cuenta demasiado tarde.

El tipo hablaba como un profeta. Nunca he oído hablar a un profeta, por supuesto, pero me figuro que deben hacerlo así.

Según me pareció se trataba de fundar una sociedad nueva a partir de la venta de lotes en mensualidades. Digo que me pareció porque, como siempre, yo más bien le prestaba atención al sonido de la voz y al aspecto general del fulano. Tal vez las cosas que decía no tuvieran mucho sentido pero igual era hermoso oírlas porque en medio de toda la roña sencillamente había un tipo que creía en algo distinto de lo que cree el resto de la bosta.Cuando terminó el discurso sacó un plano que extendió sobre el piso y comenzó a explicarme el aspecto más vulgar del asunto. Se trataba de unos lotes en San Vicente con el pomposo título de Barrio Parque "La Esperanza". Según el tipo aquélla era la tierra del futuro y estoy seguro de que estaba en lo cierto porque, como decía mi viejo, si hay algo que tiene futuro es la tierra, cualquiera sea. Solamente se trata de esperar el tiempo necesario. Lo digo aun de esta tierra en la que estoy echado y que, por ahora, no es más que polvo y silencio. Día vendrá. ..

¿Pero para qué hablar del día que vendrá? Es el estilo que me contagió el tipo. Lo arreglaba todo con el día que vendrá.

Cuando le pregunté cuánto me tocaba en todo eso, no del futuro, se entiende, sino de lo que pagarían por él me echó otro discurso. Yo lo miré a la cara y comprendí en el acto que era el destino el que me hablaba a través de aquel chiflado. De manera que tomé los planos, boletas y folletos que me dio y salí a patear la calle como si esta vez tirara de mí una fuerza desconocida y cada paso que diera de ahora en adelante fuese a abrir un camino entre la gente.Al domingo siguiente fuimos a San Vicente en una "banadera" que cargamos con los candidatos que habíamos juntado entre Requena y yo. Requena se llamaba el tipo. La mitad de los candidatos iban porque no tenían nada que hacer y seguramente habrían ido al mismo culo del mundo con tal de viajar de arriba. Antes de partir, desde la plaza Congreso, Requena enarboló una especie de estandarte e improvisó un breve discurso sobre el futuro, el día que vendrá y todas esas cosas. Los tipos quedaron desconcertados y uno preguntó si detrás de eso no estaban los comunistas. De cualquier forma subieron a la "banadera", Requena colgó el estandarte de un costado y zarpamos alegremente hacia esa tierra de promisión.

Aquello era un desierto. Me refiero a los terrenos. Sólo faltaba un par de camellos y no me hubiera sorprendido que aparecieran en cualquier momento. La mitad de los tipos ni siquiera quiso bajar a cambiar el agua. Yo vi tan pronto como los otros que era un verdadero desierto y que lo seguiría siendo aún por mucho tiempo pero el sur me tiró siempre y la tierra pelada y vacía me llena de ansiedad, aunque no está bien dicho ansiedad, ni entusiasmo, ni ninguna otra cosa de las que ustedes dicen en tales casos.

Es algo distinto. Yo sé que entre ustedes hay muchos que esperan el día, que quisieran sacudirle un puntapié a la vieja o al jefe o al primer botón que se les cruce en el camino y por eso me permito un consejo. No hagan nada de eso. No lo van a hacer de todas maneras. Vengan y miren la tierra vacía, así como la veo yo ahora, y tal vez las cosas les dejen de dar vueltas dentro de la cabeza y echen a andar por su camino.

En ese sentido Requena tenía razón. Aquélla era la tierra del futuro, por lo menos para mí. De manera que eché a andar detrás del estandarte sin importarme un pito los tipos que quedaban en la "banadera". No tenían ni ojos, ni oídos.

Requena plantó el estandarte en medio del campo y se puso a hablar. El viento traía y llevaba su voz y al rato nos pareció que hablaba la misma tierra. Así era aquel tipo. Yo sé que estaba solo y que en el fondo le importaba muy poco de nosotros porque sencillamente no necesitaba de nosotros ni de nadie y veía con claridad dónde ponía los pies. Mientras hablaba empezamos a ver que brotaban de la tierra casas, torres, fábricas, negocios, una estación del Roca, un supermercado, dos escuelas, cuatro edificios en torre y un lago artificial.

Cuando terminó, los tipos siguieron haciendo cálculos y suposiciones por su cuenta y al rato había una usina, un cuartel, dos hospitales, un matadero, un frigorífico, un canal de televisión, un monumento a San Martín y por lo menos cuatro Bancos. Vendimos 15 lotes en total. Tres mil quinientos en la mano y 24 cuotas de mil. En los meses que siguieron vendimos otros 30 pero llegó el invierno y con las primeras lluvias un arroyito de esos que nunca faltan se salió de madre y de la noche a la mañana el desierto se transformó en un lago, casi en un mar interior. La policía tuvo que sacar en un bote a un tipo que había levantado una casilla.

De la calle Lima nos mudamos a la calle Piedras. De Piedras a Bolívar. De Bolívar a Golfarini, que en realidad es una calle que no existe. Su verdadero nombre es Giuffra pero todo el mundo la conoce por Golfarini. Para Requena era una cosa u otra según los casos. Golfarini cuando tenía que cobrar y Giuffra en todos los demás. Les digo, de paso, que si quieren conocer una calle de la vida vayan alguna vez por ahí.

A todo esto yo apenas si pisaba el departamento de México. Estaba todo el día en la calle o en uno de esos desiertos que loteaba Requena, marcando calles o clavando banderitas o plantando un letrero y atendiendo al mismo tiempo a los tipos. Era una vida vagabunda. Sólo que yo no era un vago propiamente dicho sino como un tipo perdido, hasta que tomara la medida justa de la tierra. Dormía en cualquier parte y comía salteado. Eso puede desmoralizar a cualquiera, para mí, en cambio, fue un gran aprendizaje. Uno duerme y come más de la cuenta.

No me voy a poner en moralista ahora. Precisamente estoy echado sobre la tierra hace un par de horas sin hacer nada, como no sea pensar en esto que les digo. Además aunque no estuviera tirado aquí tampoco haría nada. En el sentido de la bosta, se entiende. De manera que soy el menos indicado para echarles un sermón, aparte de que me importa un queso. Pero quiero poner las cosas en su lugar. Hay que dejar que el cuerpo se maneje solo y no estarle todo el día encima. En ese caso se vuelve un estorbo y nos planta cuando todavía nos quedan un par de cosas por hacer. Eso fue lo que aprendí entonces. Cuando menos atención le prestaba más liviano y alegre se volvía. Es justo el cuerpo que necesita un vago.

Las pocas veces que aparecía por mi casa (para llamarla de algún modo) entraba o salía el administrador. Sigue siendo un detalle. Margarita había dado vuelta el televisor contra la pared y no se habló más del asunto. En realidad tampoco hablábamos de otra cosa. No parecía guardarme rencor sino que se mostraba más bien solícita. Tal vez yo hubiera preferido que me regañara porque así me resultaba casi una desconocida, pero no tiene importancia. Cenamos una vez en casa del administrador y otra el tipo cenó en la nuestra. Ambos se interesaron juiciosamente en mi nueva vida y, supongo que por casualidad, también ellos hablaron del futuro. A cada rato nos mirábamos y sonreíamos. Dimos vuelta el asunto de todos lados pero la verdad que no daba para mucho.Lo de Requena tenía que terminar tarde o temprano, si es que iba a seguir mi camino. Fue por la venta de unos lotes en Garín. Trescientos veinte fabulosos lotes, 2a serie, barrio Los Tilos, sobre ruta pavimentada, 3 cuotas de anticipo y posesión 3 cuotas más. Los tilos brillaban por su ausencia y la ruta pavimentada era sólo un proyecto del año 34, pero de cualquier forma los lotes eran muy buenos. En una sola tarde vendimos 54 lotes. Yo mismo compré uno de tan entusiasmado que estaba con lo que decía. Y eso fue lo que me salvó. Los lotes eran buenos, como dije, pero resulta que ya habían sido vendidos en un loteo anterior. Cuando cayó la taquería estaba solo en la oficina y me salvé por un pelo porque, perdido por perdido, les mostré la boleta y les dije que era uno de los candidatos.No sé qué se habrá hecho de Requena pero donde quiera que esté allá va la vida. Era un gran tipo, a pesar de todo, y estaba vivo de la cabeza a los pies. Al principio, después que me largué solo, si alguna vez me sentía descorazonado pensaba en Requena y las cosas volvían a sonreír. Yo sé que debe estar en alguna parte sobre esta misma tierra hablando sobre el futuro y el día que vendrá y espero toparme con él un día de éstos, en la primera vuelta del camino.Había llegado mi momento. Con la poca plata que pude arañar en los bolsillos me compré una bicicleta de paseo. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver en esto una bicicleta. Si quena largarme todo lo que debía hacer era tomar el primer camino que se me pusiera por delante.
Tienen razón. Sin embargo todavía estaba lleno de dudas y vacilaciones, es decir, en el fondo aún tomaba en cuenta a la bosta. De manera que me compré una bicicleta, como digo, le reforcé el cuadro, le alargué el portaequipaje, me conseguí un equipo de boyscout, me saqué una foto e hice imprimir un centenar de hojas en las cuales anunciaba mis propósitos, daba una serie de detalles sobre la bicicleta, fijaba metas y objetivos, recomendaba el uso de gomas Pirelli, por lo cual me habían pagado unos pesos, y terminaba con un par de consejos que saqué de un libro titulado La mansedumbre de las flores que me había regalado Margarita cuando andábamos de novios, seguramente para impresionarme.

Cuando estuve listo le anuncié mis proyectos a Margarita para ver la cara que ponía.

Contra lo que esperaba, le pareció la mejor idea que había tenido en toda mi vida. Entre ella y el administrador me ayudaron a terminar lo que faltaba, me proveyeron de vituallas y dinero, me sugirieron rutas prolongadas y desconocidas y, por fin, una neblinosa mañana de abril me despidieron junto con un grupito de curiosos que se había reunido en la vereda. Di una vuelta a la manzana seguido por un par de chicos y cuando pasé frente a la casa Margarita ya había desaparecido. Levanté una mano de cualquier forma y dije adiós a aquella vida.

No voy a contarles los pormenores del viaje pero, en general, la pasé bien y todavía le estaría dando a los pedales si no fuese que estaba hecho para otra cosa. Es necesario que entiendan esto. Tengo en un gran concepto a los andarines, exploradores, raidistas y demás gente por el estilo, pero un vago es otra cosa. No establezco comparaciones. Son algo distinto, simplemente. Desde afuera parece todo lo contrario. Por eso comencé yo en esa forma, porque veía las cosas desde afuera.

Por un tiempo me encontré a gusto con aquella vida. La gente me trataba bien. No me tomaba muy en serio pero estoy seguro de que más de uno habría cambiado su maldita jaula por mi bicicleta Alpina. A ése le digo que todavía está a tiempo.

Allá iba yo silbando y pedaleando y el mundo tiraba de mí alegremente. Hasta que un día la verdad me golpeó en la cabeza, así de rápido y simple. Y fue el día que vi un verdadero vago tumbado al costado del camino. Estaba echado así como yo en este momento y aunque seguramente era la única persona que veía en mucho tiempo no se le movió un pelo cuando pasé junto a él arrastrando una nube de polvo. Sin embargo me bastó mirarlo a los ojos y comprendí en el acto. Yo iba de un punto a otro, él sencillamente estaba tumbado en el centro del mundo. Quiero decir que para mí las cosas se resolvían en distancias, estaban más o menos lejos y yo más o menos cerca, pero por mucho que me moviera no iban a cambiar demasiado.

No pretendo que me comprendan, pero con sólo que hagan un esfuerzo sabrán lo que digo. Algunos, por supuesto. Los que todavía están vivos pero con el agua al cuello.

Vendí la bicicleta en el primer pueblo que me salió al paso y volví al camino nada más que con lo que tenía puesto. Desde ahí arranca mi verdadera historia porque en cierta forma acababa de nacer. No les voy a contar esa historia porque sólo tiene sentido para un vago.

Veo una nube de polvo en la punta del camino. Debe ser un camión.

Solamente les digo esto. No tengo nada, de manera que tampoco tengo de qué preocuparme, lo poco que recuerdo, en los términos de ustedes, lo recuerdo como si fuera de otro y si miro para adelante pues sencillamente no espero nada, lo cual es la mejor manera de estar preparado para lo que sea. Debiera explicar lo que entiendo por estar preparado porque es un término más bien de ustedes pero no vale la pena y además el camión está cerca.

Es un camión, efectivamente.

Mi cuerpo se pone de pie liviano y contento. Es la ventaja que les decía. Eso me tiene constantemente de buen humor o a lo sumo de un humor melancólico, lo cual me ayuda a pensar en todas estas cosas que me enseña el camino. Estoy limpio y vacío en medio de él, de manera que siento la tierra como nadie podría hacerlo en este momento, excepto otro vago.

El tipo me debe haber visto y tal vez se alegre porque viene solo. Extiendo mi admiración por los raidistas a los camioneros también. Por lo menos cuando están en el camino se parecen más a nosotros que a ustedes. Lo digo sin rencor.

No sé a dónde me llevará ese camión ni qué será de mí el día de mañana. La verdad que el día de mañana no existe para mí y creo que por eso me siento vivo.

Levanto la mano y el camión se detiene.

Hace un rato era una mancha borrosa al extremo del camino. Sé que en este punto mi vida se cruza con la del tipo que trae encima y que a partir de ahora me nace otra vida, por así decir. Sé también que como estoy limpio y vacío le sacaré todo el gusto posible.

Así una vez y otra vez.

El tipo abre la puerta y agita una mano.

¡Allá voy, donde sea!

viernes, 5 de diciembre de 2008

Entrevista a Jon Bilbao




Jon Bilbao es el autor del momento.
Su libro de relatos Como una historia de terror está siendo acogido con excelentes críticas.
Ha conseguido, además, el prestigioso Premio Ojo Crítico de Narrativa 2008.
Su propuesta literaria sorprende y atrapa.
Sobre este nuevo libro charlamos con él.




Esta es una entrevista centrada en Como una historia de terror, tu nueva propuesta narrativa. Lo primero que me llama la atención son las descripciones. ¿Qué valor tienen las descripciones en este conjunto de relatos?
Me gusta que los personajes no floten en el aire, que tengan un decorado sólido donde moverse. Cuando me planteo una historia una de las primeras cosas que trato de visualizar es precisamente ese decorado, aunque luego no lo plasmo totalmente al papel porque muchas cosas no son necesarias y la lectura se haría farragosa, pero sí quiero proporcionar al lector unas coordenadas claras. Por otra parte, en general trabajo con ambientaciones que, si bien no llegan a ser “un personaje más”, sí que tienen una influencia importante en el comportamiento de los personajes. Esto, el detenerme en la ambientación, puede que se salga de la ortodoxia clásica del relato, ortodoxia quizá mal entendida, en la que todo tiene que ser muy enjuto, ir muy al grano, que no haya nada de grasa. Es una ortodoxia contra la que personalmente me rebelo.

Bueno, la riqueza en las descripciones no deja de ser un método muy Cheever, por poner un ejemplo.
Totalmente. Esa ortodoxia de la que hablo, que se da bastante en la literatura en castellano, me parece una interpretación errónea, por lo literal, de la anécdota del clavo de Chejov: eso de que todo tiene que tener un propósito y debe haber una sorpresa al final. Y está muy bien, pero también pueden hacerse cosas diferentes aplicando al relato técnicas propias de la novela corta o de la novela a secas. Esto es algo que me interesa mucho y con lo que he jugado en este grupo de historias.

La impresión que da la lectura de los cuentos es que el ambiente que rodea a los personajes, a pesar de lo que me has dicho antes, es un personaje más en los relatos y, en alguno de ellos, el personaje principal.
Esa atmósfera es determinante en el sentido de influir sobre el comportamiento de los personajes, como en el relato que da título al libro, “Como una historia de terror”, que se desarrolla en una casa de paredes transparentes, situada junto a un bosque tenebroso, que parece que va a devorarla. Un decorado semejante está ahí por una razón. Su presencia trae consecuencias.

Da la sensación en estas narraciones que todos los personajes buscan un giro en su vida, que lo que ocurre es una especie de viaje iniciático, ¿es ese el hilo conductor de todas las narraciones?
Como una historia de terror no es una colección planteada como tal desde un principio. Nunca pretendí que los relatos estuvieran enlazados, que tuviesen un hilo conductor común, sino que fueron escogidos por mí y por la gente de Salto de Página entre otros muchos que tenía escritos, basándonos en los criterios de calidad y variedad: diferentes ambientaciones, diferentes puntos de vista, extensión, primera persona, tercera, finales más o menos abiertos, finales cerrados... Pero luego, cuando me puse a revisarlos me dije: ¡Sí hay un punto en común! Y éste es el de las huidas. Casi todos los personajes están escapando de algo. En sus vidas hay algo que no les satisface y deciden poner tierra por medio. Unos se van a Londres, otros a una isla del Mediterráneo, otras a California, otros a un bosque en mitad de ninguna parte... Pero lo que en realidad sucede es que esos personajes están huyendo de sí mismos, y eso es algo que no puede hacerse. Por eso en sus lugares de retiro sus insatisfacciones y terrores resurgen, y además potenciados. Efectivamente, hay un giro en sus vidas y no es un giro para bien.

Me llama la atención en estos cuentos tu búsqueda de la palabra exacta y la frase medida. Quiero decir que me da la impresión de que eres un artesano a la hora de escribir.
Doy muchísima importancia a las revisiones. En este sentido soy bastante obsesivo. A partir del borrador inicial hago numerosas versiones, puliendo, corrigiendo.

De estos siete cuentos, me gustaría que descubrieses a los lectores la intrahistoria de uno de ellos.
“Rata”, el relato más corto del libro, es para mí el más singular. Le tengo cariño porque lo escribí de una forma que no es la habitual en mí. Me vino a la cabeza de golpe: comienzo, desarrollo y desenlace. Lo escribí en una tarde, lo revisé al día siguiente y así se ha quedado. Fue como un vómito del subconsciente.

Eso es muy de Cortázar, ese escribir del tirón, esa revelación.
Fue un flash, algo que sólo me ha pasado una vez (al menos con buenos resultados).

Para acabar la entrevista, me gustaría que contases a los lectores qué es lo que estás leyendo ahora mismo, cuáles son los libros o autores que te influenciaron y cuál es tu próximo proyecto.
De entre lo último que he leído, me ha gustado mucho Adiós, hasta mañana de William Maxwell, una novela corta del que fue durante bastante tiempo editor de ficción de la revista The New Yorker. Es una novelita preciosa, redonda, de esas que te hacen pensar: “Joder, yo escribo esto y me retiro”. Muy bonita, sensible, muy bien hecha.
Lo de las influencias es difícil de concretar, así que prefiero citar a (algunos de) mis escritores favoritos: Melville, Faulkner, Cormac McCarthy y, dentro del género del relato, John Cheever, todo John Cheever, sus novelas, sus cuentos y sus diarios.
Respecto a mis proyectos, tengo terminada otra colección de relatos y ahora estoy trabajando en mi segunda novela, con mucha calma.

JON BILBAO
Nació en Ribadesella (Asturias) en 1972 y estudió Ingeniería de Minas en la Universidad de Oviedo. Antes de dedicarse a la escritura trabajó en diversos lugares, entre ellos una central nuclear y una refinería de petróleo. En 2005 participó en la recopilación Ficciones, publicada por la editorial Edaf en colaboración con la Asociación Colegial de Escritores, y el mismo año obtuvo el premio Asturias Joven de Narrativa con el libro 3 relatos. En 2007 resultó ganador del XXXVI Concurso de Cuentos Ignacio Aldecoa por el relato Calor. En el catálogo de Salto de Página ha publicado la novela El hermano de las moscas y la colección de relatos Como una historia de terror. En la actualidad reside en Bilbao, donde trabaja como guionista de televisión.
Como una historia de terror

© Texto e imágenes: Esteban Gutiérrez Gómez

miércoles, 3 de diciembre de 2008

De culos y manzanas, de Patricia Esteban Erlés

"Manderley en venta" de Patricia Esteban Erlés ha resultado ser uno de los libros de relatos revelación de este 2008. Llegó a ser finalista del pretigioso premio Setenil. ¿Por qué? Juzguen ustedes después de la lectura de este relato cedido amablemente por Tropo Editores para esta publicación.

DE CULOS Y MANZANAS

Cuando Culo de Manzana me dejó llevé a cabo un dramático ejercicio de exorcismo para arrancarla de mi vida. Borré todos sus correos, rompí las cartas que me había mandado en sus fases de romanticismo más exaltado y eliminé nuestro perfil de la página de contactos donde nos habíamos inscrito en busca de nuevas experiencias. Sin embargo, confieso que no reuní el valor suficiente para deshacerme de las fotos que acompañaban nuestros escuetos datos de presentación (pareja de 30 años, atractiva, liberal...) y acabé pasándolas a un archivo del ordenador que se llamó culodemanzanadoc. Intuía que se acercaban tiempos muy difíciles para mí.Para entonces, Culo de Manzana ya estaba con otro. Siempre pensé que la historia venía de antes, aunque cuando tuvimos ocasión de hablar de ello juró y perjuró que habían empezado a tontear por e-mail a últimos de octubre y que no se vieron en persona hasta cinco días después de la que para ella fue nuestra «bronca definitiva». Como si eso pudiera servirme de algún consuelo, no te jode. El caso es que me enteré muy pronto de los detalles de aquella devastadora relación, tanto más devastadora porque hasta bien entrado el mes de diciembre yo todavía albergaba la esperanza de una reconciliación gloriosa, como gloriosas habían sido todas las anteriores. Claro que antes no estaba él, tan alternativo, tan cool, tan ufano en su faceta de expendedor ambulante de entradas para los mejores estrenos teatrales y los conciertos de esos cantautores sexagenarios que a ella le chiflaban. El muy cretino tuvo que encontrar por casualidad el blog donde Culo de Manzana colgaba algunos de los relatos que nunca le premiaban en los modestos concursos locales a los que concurría, y dejar un ingenioso comentario cargado de oscuras intenciones en uno de sus posts más flojos.La primera noche se bebieron toda la cerveza de la calle Alfonso mientras hablaban como cotorras de la nueva poesía aragonesa y el cine mexicano de Buñuel, temas en los que él, modestamente, se autoproclamaba experto. Se enamoraron perdidamente y nadie en la ciudad dejó de saberlo: iban de la mano a festivales de cortos, al rastro, a cenar en restaurantes de comida minimalista. Una buena amiga me contó que a mediados de diciembre se había encontrado a Culo de Manzana en la sección de complementos del Corte Inglés, comprando un gorro de lana y unos guantes Thinsulate, porque, según le explicó, riendo alborozada, qué locos estamos, maja, este chico es la pera, se iban a Moscú a pasar el fin de año. Hace falta ser idiota.

Para seguir leyendo pinche aquí (yo lo haría)

martes, 2 de diciembre de 2008

Homenaje a Nelson Marra (Un cuento de Oscar Sipán)



Creo que merece la pena difundirlo.


Tierno y sobrecogedor a la vez.


Pincha sobre la foto y aparecerás en la página de Antón Castro.


Errar es lo que siempre trae el olvido.

lunes, 1 de diciembre de 2008

"Como una historia de terror", de Jon Bilbao

Está acabando de leer la última narración y una sonrisa se perfila en su rostro. Es una mueca de satisfacción, la mejor señal de que todas aquellas líneas escritas en el papel, acaban de rozarle el alma. Cierra el libro y mira la portada. No ve a esa mujer dormida con antifaz y marcas intrigantes en la cara. Ve imágenes, multitud de imágenes, desfilando en su mente. Un carrusel de imágenes que no logra parar.

Sujeta el libro, con su mano izquierda, mientras posa el pulgar derecho sobre el filo de hojas y las hace aletear abriéndolo de nuevo muy lentamente. No busca nada especial, un párrafo concreto, el comienzo o final de alguna de las narraciones. Ese acto de dejar pasar las hojas, con sosiego, de derecha a izquierda, le está ayudando a pensar. ¿Qué tienen esas narraciones que le han dejado perplejo? Lo primero, lo que queda patente desde el primer renglón, es el gusto exquisito del autor, Jon Bilbao, por el trabajo bien hecho. Cada palabra está tallada en el texto, cada frase medida en la narración, cada párrafo trabajado hasta dar con el resultado apetecido: suspense y tensión que atrapan al lector. Entonces recuerda las palabras de Luis Landero y su metodología de escritura. Algo así, se dice. Labor paciente de artesano.

Esa lentitud que se desprende por el gusto al trabajo bien hecho, esa prosa cuidada con mimo de escritor dedicado, marca un ritmo lento, sensible, atmosférico. Y esa prosa es la necesaria para ahondar en las descripciones, para hacer ver el lector, sin dejarle un resquicio a su imaginación, que el ambiente que describe casi de modo cinematográfico, el espacio que rodea a los personajes, es otro personaje en las narraciones. En algunas de ellas, el personaje principal.

Vuelca un poco más de licor de café en el vaso, antes de dejar seguir divagar a sus pensamientos. Las descripciones de algunos de los paisajes, en efecto, quedan marcadas en su mente de lector habituado a la complicidad. Paisajes idílicos, maravillosos, pero que nos ofrecen la otra cara, una cara hostil, antipática, inquietante.
Se pregunta el porqué. Jon Bilbao elige sitios encantadores y los transforma en nubes amenazantes que ahogan a los personajes de las narraciones. Se desprende en ellos desde melancolía a terror. ¿Por qué?
Bebe un sorbo helado de licor y vuelve a dejar aletear las hojas de papel como mirando un zoótropo. Las escucha mecerse, crujir, acostarse unas sobre otras.
Es el ambiente perfecto, piensa, para personajes desamparados, almas perdidas, que quieren dar un giro a sus vidas. Entonces recuerda –imágenes, más imágenes– las parejas de la mayoría de las narraciones, comenzando un camino iniciático a la búsqueda de ellas mismas.

Vuelve a sonreír. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una lectura, es cierto. El Objeto, el yate, la rata, el cuidador de palomas, los tangas, el Señor del Bosque. Imágenes, más imágenes giran y giran en su cabeza. El hombre de bigote rubio, el jefe que pretende ser encantador, las dos vertientes del hambre, la confusión en los equívocos y el valor de las apariencias, la fluctuación personal en el límite de lo tolerable, la lluvia de Londres. Imágenes, más imágenes.

Cierra el libro al fin y se levanta del sillón que le ha cobijado toda aquella tarde gozosa. Al hacerlo, deja que su vista se pasee por el alfeizar de la chimenea. Aquel enanito del bosque con el macetero portavelas nunca le ha gustado, la verdad. Lo coge y se queda observando la deformidad de su rostro hecho para estar distante. El tacto áspero de la arcilla y el polvo acumulado sobre su gorro rojo de enano, le causan una impresión desagradable.
Se dirige a la cocina pensando cómo calificar esas narraciones. Pero lo cierto, lo que realmente va pensando, es que le importa muy poco calificarlas, porque precisamente él, siempre ha huido de etiquetas y encajonamientos; porque precisamente él, es un magma alquitranado que rebosa todos los recipientes en los que han intentado cobijarlo. Y, justo en el momento que pisa el pedal del cubo de la basura y deja caer el enano del bosque que hace años habita sobre la repisa de la chimenea sin saber a cuento de qué, recuerda las palabras del Maestro, y se dice, como para cerrar el asunto a la vez que el enano ha desaparecido de su vista, que aquello no es más que Literatura. Exquisita Literatura.

*****************
*****************

El próximo 2 de diciembre, a las 20 horas, la editorial Salto de Página y Tres rosas amarillas te invitan a la lectura comentada de cuentos del libro Como una historia de terror de JON BILBAO, para celebrar el prestigioso Premio OJO CRÍTICO DE NARRATIVA 2008 que acaba de recibir por su aclamado libro.



LIBRERÍA

TRES ROSAS AMARILLAS

C/ San Vicente Ferrer 34; mailto:info@tresrosasamarillas.com

viernes, 28 de noviembre de 2008

¡¡¡YA ERA HORA!!!

Juan Marsé gana el Premio Cervantes

Me sumo a las felicitaciones a Juan Marsé por el premio Cervantes. Por fin el “niño malo” tiene lo que se merece desde hace años. Juan Marsé es uno de la triada de mis dinosaurios literarios preferidos (los otros dos: Francisco Ayala y Miguel Delibes).

Los periódicos dicen:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Juan/Marse/gana/Premio/Cervantes/elpepucul/20081127elpepucul_2/Tes
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/11/27/cultura/1227796893.html
http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20081127/53588446849/juan-marse-gana-el-premio-cervantes.html
http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/290531/juan/marse/gana/premio/cervantes/por/su/recreacion/la/posguerra.html

jueves, 27 de noviembre de 2008

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, nuevo libro de relatos de Carlos Salem

Carlos Salem presenta nuevo libro. Este hombre es un ser hiperactivo que vuelca la creatividad que desborda. Esta vez son cuentos.

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor

VIERNES, 28 NOVIEMBRE
21,30 HORAS
BUKOWSKI CLUB

Aquí está la lista de relatos y sus dedicatorias:

"Son 20 relatos (o 31, según se mire, porque uno está formado por 12 microrrelatos), y cada uno está dedicado a alguien que conozco y respeto.

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor(A Óscar Urra)
Triángulo(A Jokin)
Qué extraño, amor(A Gonzalo Torrente Malvido)
Pentágono(A Juan Guinot)
El pedo más bello del mundo(A Edwin)
No quiero acordarme(A Carmen Sandoval)
Memoria para el olvido(A mi mismo, si vivo lo suficiente)
Ventanas(A Ana y Epi)
Un lunar con forma de estrella(A Superloyds)
Cabeza hueca(A Elia Maqueda)
Eclipse(A Arturo Martínez)
Diminutas sabanitas voladoras(A Daniel Herrera)
Pompas de jabón (A Inés Pradilla)
La carta prometida(A Óscar Aguado)
Apuntes para una breve historia del artisteo (el primer enamorado)(A Silvi, Patty u Escandar)Tus cartas me dan la vida(A Juan Pinilla)
El ladrón enamorado (A Leo Oyola)
Tarde de miércoles(A Cris y Mac)
Ligar, en todos los sentidos(A Pablo Mazo, que es un maestro)
Teselas( A Reyes y Naveiras)"


Recupero uno de ellos (Un lunar con forma de estrella) de su blog.
A mí me gustó cuando lo leí.
Ustedes dirán.


Un lunar con forma de estrella

Estoy harto de majaras. Se me pegan sin previo aviso y la naturalidad con que asumo sus delirios me preocupa, a veces. Cuando estoy sobrio. Me preocupa pocas veces.
Entra esa mujer y los clientes contienen el aliento Hay mucha gente hoy porque tocará alguna banda de jazz con muchas ganas pero poco talento. Se sienta a mi lado. Pide un whisky y me dice:
—No pienso follar contigo. Eres un canalla.
Va a empezar. Estoy harto de majaras. De verdad. Pero ha dicho “canalla”. No ha dicho mamón, maldito cabrón, jodido hijo de puta, o definición parecida. Una mujer que dice canalla frunciendo así los labios, tiene algo de reina. Aunque esté loca.
Lleva un vestido rojo y el amarillo de su pelo en un sol de bote pero le sienta muy bien. La tela roja ciñe su cuerpo y no le sobra nada. El escote podría servir de escenario para la actuación de un coro de pueblo, pero dudo que nadie prestara atención a las voces ni a la melodía. Lola me asesina con la mirada pero nunca dirá nada. Nadie es de nadie y yo soy nadie.
—Eso es lo que eres: un canalla. Y ni sueñes en llevarme al servicio de este bar y romperme las bragas y hacérmelo contra los azulejos. Ni lo sueñes—. insiste ella.
—Llevo siglos sin soñar —informo—. Y sin romper bragas.
—No intentes liarme con tus tretas de poeta. He leído tu libro.
—No esperes que te felicite.
Se remueve en el taburete y el movimiento agita su cuerpo. Joder. Necesito otra cerveza.
Busco las cerillas en el bolsillo y las arrojo sobre la barra.
Cuento. Diez. Diez es par. Par es sí. Joder.
—La sexta, Poe —contabiliza Lola mientras me alcanza mi Maohu.
—No te hagas el apático —dice la rubia—. Sé que eres un maldito canalla. Con el cuento del escritor te dedicabas a engañar jovencitas ingenuas para tirártelas.
No discuto. Hace tiempo que sospecho lo mismo, pero entonces era tan idiota que pensaba lo contrario. Hasta que empecé a caer. Aún estoy en ello.
—“Pájaros de amor pegados en los azulejos y en los cuerpos”— declama con tono burlón. A mí también me suena muy cursi—. Menuda chorrada. ¿Te suena el nombre de Daniela? Tenía dieciéis años, hace unos siete..., delgada, cintura estrecha, caderas generosas, un lunar con forma de estrella en la teta izquierda...
Lo del lunar con forma de estrella sí que me suena de algo. Hubo un tiempo en que me interesó la astronomía. Luego dejó de interesarme todo. La mujer abre su bolso, espia el contenido, comprueba que todavía lleva lo que busca y sigue hablando. Por algún motivo el bolso me parece muy pesado para ser tan pequeño.
La banda se prepara y antes del primer acorde se que atacarán con una versión de La chica de Ipanema. Atacar es el verbo adecuado.
—El taller literario. ¿Recuerdas? Daniela era sensible y tierna, llena de ideas y ganas de escribir. Y llevaba tu libro a todas partes. Su poema preferido era el de los azulejos, decía que dentro de la brutalidad de tus descripciones, había mucha dulzura...
Un lunar con forma de estrella en la teta izquierda. Diez cerillas y es un sí. Joder. Estoy harto de los majaras. La rubia se acerca y ya va por el tercer whisky sin soltar el bolso que pesa demasiado. Tiene un cuerpo de pecado y aunque intenta ser vulgar no puede ocultar que tiene clase. Y un pecho impresionante. Dos.
—Daniela hizo de todo para conocerte, y en cuanto supo del taller literario, se apuntó sin dudarlo. Decía que tu decisión de hacer las reuniones en un bar era un rasgo de autenticidad. JA.
No me gusta esto. Ella se acerca más en cada frase y las cerillas han dicho sí y el bolso entreabierto es una fea promesa. Recuerdo un lunar pero no en una teta.
—Daniela hizo lo posible por destacar, por llamar tu atención. Tenía una fotocopia de una foto tuya de una revista, ampliada y pegada sobre su cama.
—No es para tanto. Hay gente que tiene la foto de Michael Jackson.
—No juegues al cínico conmigo, Poe. ¿Así te llaman ahora, verdad? Me costó encontrarte, nadie sabía de tí y no pensé que hubieras caído tan bajo. Pero te encontré. Cuando una tiene una misión, acaba por cumplirla. Mete la mano en el bolso pero se arrepiente. No es el momento.Bebemos un rato en silencio. Varios moscones se acercan a ella pero los espanta con una mirada de desdén.
—Daniela estaba obsesionada por ese poema. Una guarrada más, un listo describiendo cómo se tira a una tía en el baño de un bar. Pero ella se lo sabía de memoria y siempre lo recitaba. Pero tú sólo tenías ojos para esa jodida cría calva… Una noche, la última noche que fue a tu asqueroso taller literario, no lo soportó más y se coló en el baño detrás de ti, se desnudó para ofrecerse, y tú la rechazaste.
Veo un desfile de baños y azulejos, estrellas que brillan en tetas izquierdas, y el humo de unos ojos que no consigo recordar. Eso fue antes de caer el todo, y desde entonces he oído varios cracs y muy pocos clics. Uno puede seguir tirando cuando oye un clic de vez en cuando. Pero cuando todo son cracs, sólo puede dejarse caer.
El local se anima y sólo veo la mano dentro del bolso. Termino mi cerveza. Las cerillas pares te arruinan la vida, porque significan “sí” y contra eso no se puede hacer mucho.
—Vamos —le digo y tomo su mano.
Nos mezclamos entre la gente que sigue el ritmo con la cabeza o con sus vasos. Lola ha quedado atrás. Entramos a los servicios. El Flautista loco mira su flauta extrañado. Sólo consigue tocar cuando se sienta en el váter y entonces sopla maravillas. Pero esta noche la flauta sigue muda. Me mira un momento y sale.
—Daniela...—dice ella.
La empujo sin violencia hacia una de las puertas. Busca con la mano en el bolso pequeño y pesado. La abrazo por detrás pero no se resiste. Le muerdo el cuello y gime. Mis manos caminan por su cuerpo, se meten debajo del vestido rojo, aferran sus caderas como si fueran asas de un ánfora llena de un líquido caliente y volátil. Encuentro las tiras del tanga y al sentir la presión se revuelve contra mí. Tiro hasta romperlas y la tela resbala hacia abajo. Juego con dedos en su sexo y está húmeda. Otra mano recoge el vestido rojo, acaricia su vientre y sube hasta el pecho. También bajo los tirantes y enrollo el vestido en su cintura. No lleva sujetador. No lo necesita.
—Daniela... dice otra vez pero se interrumpe.
Entran un par de clientes a descargar para hacer sitio para más cerveza. Hablan a tropezones pero comentan lo buena que está la rubia de la barra y que no se explican cómo pierde el tiempo con el borracho de Poe. Yo no pierdo el tiempo y buscó en mi pantalón y entro. Los tíos se van y nuestros gemidos rebotan en los azulejos del baño. Ni siquiera era un buen poema, no sé por qué a todas les causa el mismo efecto. La rubia colabora, gobierna con la cara contra los azulejos, ataca y vuelve, parece no advertir que su cabeza golpea contra la pared al volver. Todo es brumoso y ruin, todo es brillante. Sigo hasta estallar y un poco más, mientras ella se sacude. Y cuando salgo, suspira y recupera la decisión. Se vuelve con la mano dentro del bolso y ya no me importa.
—¿Por qué? —pregunta.
—¿Por qué no?
—¿Por qué ahora y no entonces, cuando Daniela...?
—Porque era una chiquilla tierna, porque hasta yo tengo mis principios, y, seguramente, porque estaría muy borracho. Además, el baño de aquél bar donde nos reuníamos, era muy cutre.
Me mira a los ojos y me sorprende que tenga unas ojeras nuevas, de sexo, y ese brillo en los ojos. Se baja el vestido. Antes se subir la parte superior, se exhibe. En la teta izquierda tiene un bonito lunar con forma de estrella.
—Llevo tiempo buscándote —dice mientras mantiene la mano en el bolso—. Tengo algo para ti.
Cierro los ojos. No vale. Quiero verlo venir. Los abro.
Saca un sobre que contiene un tarjetón de color sepia. Es una invitación para la boda de una tal Daniela López con un tal Orlando Sanz. Es un tarjetón caro, como la sala de fiestas donde se celebrará la fiesta.
—He podido olvidarte, canalla. He conocido a un chico bueno y sensible y me caso el sábado.
—Ya.
—¿Irás? —pregunta.
—No lo sé. ¿Habrá buena bebida?
—La mejor y en cantidad. Yo misma me ocupé de elegir el menú y la sala. Además, tiene unos baños impresionantes.
Se arregla el vestido y se marcha, como una reina.
Fumo un cigarrillo sentado en el inodoro.
Estoy harto de los majaras. De verdad.
Salgo al bar y eludo la mirada de Lola.
Busco la puerta de la calle y me siento en la acera.
Necesito mirar las estrellas.
© Carlos Salem

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La cuestión de Bruno, de Aleksandar Hemon

(reseña cedida por el escritor y periodista José Ángel Barrueco, publicada en su bitácora personal Escrito en el viento )

La cuestión de Bruno es uno de los mejores libros de relatos que he leído este año. En ellos, el bosnio Aleksandar Hemon nos desvela episodios de su vida: la infancia, la emigración, la guerra de los Balcanes vista en una tele en USA. En Islas utiliza la narración fragmentaria para contar un viaje que hizo de niño a la isla de Mljet.
Fragmentario, pero de párrafos más breves, es el relato Vida y andanzas de Alphonse Kauders, donde un personaje sirve de nexo entre algunos de los protagonistas de las guerras mundiales.
En El acordeón, Hemon hace algo muy original: divide el cuento en dos. En la primera parte, narra los instantes previos al asesinato del archiduque Francisco Fernando (lo cual desencadenó la Primera Guerra Mundial), en los que éste vio al bisabuelo de Hemon, quien acababa de comprarse un acordeón y estaba de paso en Sarajevo. En la segunda, el autor afirma que la historia anterior es fruto de una imaginación irresponsable, y que se basa en anécdotas y capítulos de Historia para recrear aquel asesinato.
Una moneda vuelve a dar un giro narrativo. Hay dos historias: las cartas que una mujer escribe desde Sarajevo, mientras se encarga de montar las imágenes de guerra que luego envían a los telediarios; y las cartas del narrador, metido en un apartamento de Chicago repleto de cucarachas.
La infancia vuelve a aparecer en Imitación a la vida, un relato donde las películas del cine y la televisión dominan esos años iniciales del protagonista.
A. H. es un escritor al que le interesan mucho la historia y los orígenes de sus antepasados, lo que encontramos en Charlas agradables, donde los Hemon deciden convidar a sus parientes lejanos, los Hemun, a una fiesta de música, comida, bebida y baile.
El autor se mudó a los Estados Unidos a principios de los 90. Allí se estableció, aprendiendo a escribir en inglés y a meterse en trabajos esporádicos mientras su tierra caía bajo las bombas. Todo esto aparece en el cuento Blind Jozef Pronek & Dead Souls, aunque es más bien una novela corta donde los olores, los detalles, los objetos, las sensaciones, adquieren un cometido fundamental en el choque entre culturas. Pronek llega a Chicago y todo es nuevo para él. Los norteamericanos que conoce creen que es ruso.
No debemos olvidar uno de los mejores: La red de espionaje de Sorge, donde se nos cuentan dos historias verdaderas de forma paralela. Hemon es, para mí, una sorpresa. Uno de los más exquisitos narradores en lengua inglesa. De este último relato hay más información abajo, en
el artículo de hoy.

(no dejen de pinchar arriba. Artículo publicado en el diario La opinión de Zamora, y comprenderán la grandeza de Hemon)

Por cierto, y sin querer hacer sangre de ello, casualmente Hemon comenzó publicando sus cuentos en periódicos y revistas antes siquiera de pensar en editar un libro.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El espíritu del Buko

La literatura comienza a satisfacer en la lectura. Leemos porque nos gusta leer. Tendemos a leer lo que nos place, lo que sintoniza con algún mecanismo interno que se halla en nuestra alma. Si no nos place, solemos dejar el libro al que se le otorgó una oportunidad, para mejor ocasión. Ya sé, ya sé que hay excepciones, Aznar sin ir más lejos, pero peor para él.


Cuando damos un paso adelante y nos ponemos frente al folio, el cuaderno o la pantalla del ordenador con la intención de pasar al otro lado, se obtiene una nueva satisfacción. Habremos escrito mal o bien, gustará o no gustará, pero hemos escrito algo que leer. Hemos creado, plasmado aquellas historias que invadían nuestra mente, con personajes a los que sacamos del anonimato y les damos vida. Nos gusta meterlos en problemas. No para que se fastidien, no; sino para dejar de estar fastidiados nosotros mismos. Las historias pueden ser de dos tipos: increíbles o increíbles. Luego, después del hechizo que sucede a la lectura, nos damos cuenta de que todas las buenas historias son iguales: increíbles.


Para mí, lector compulsivo y escritor por necesidad mental, la tercera satisfacción se produjo el viernes 21 de noviembre en el Bukowski Club, porque los amigos lectores (en palabras que suscribo de Lorenzo Silva, “un lector es un amigo”) estuvieron dispuestos a subir a un escenario y leer aquello que más les ha gustado de ese libro, mi libro, que reposaba muerto sobre el atril que las piernas de Jennifer sustentan, con la esperanza de revivir en cada uno de los actos, con el deseo interno de que unos ojos se fijen en él y él, recobre la vida. Otra vida, diferente en cada uno de los lectores, pero vida al fin y al cabo. Vida.
Escuchar esas historias que salieron de mi cabeza (o de mis entrañas) con otra voz diferente a cuando me escucho leer mentalmente, con entonaciones que hasta entonces no creía posibles, con la emotividad con la que se leyeron el viernes, me produjo una satisfacción mayor que las dos primeras. La pulsión ejercida por cada uno de los amigos que subieron al pequeño estrado del Buko, me hizo sentirme inmensamente feliz.


Gracias a todos: a los que estuvieron allí, a los que dieron publicidad a la fiesta, a los que no estuvieron pero me mostraron su apoyo.
A todos.
A él, a ese espíritu que genera tan buenas vibraciones en el Bukowski Club, tambien.














Por problemas con este blog, las fotos están colgadas en Bacovicious.

La noche de aquel día:
Una crónica de José Angel Barrueco: http://www.laopiniondezamora.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2008112600_12_317227__Opinion-vuelta-Buko

Otra crónica de MAMartín:
http://cuco.getafe.es/?p=373

sábado, 22 de noviembre de 2008

REFLEJOS DE PLATA ESMALTADA

–Tenías que haberla visto. Era como un poema.
Desde luego este mundo no deja de sorprenderme. Encendimos las tobas.
–¿Qué clase de poema? –pregunté sin adivinar su entusiasmo.
–Uno que habla de la belleza y de lo delicado, de ballet de mariposas en pareja, de tormentas de sangre y mares calmados, de porcelana con reflejos de plata esmaltada.
–No te pongas en plan lírico –dije sin poder reprimir una mueca de asco ante tanto empalago– ¿Sabrías siquiera decirme de que color es la plata esmaltada?
–Claro que sí... –miró hacia el cielo y aspiró el humo del cigarro hasta sentirlo explotar en su pecho, tosió con gravedad, cerró los ojos y tras unos segundos continuó–. Es el color que tiene la mirada cuando estamos observando algo y, de repente, se pierde junto con nuestra alma y viaja a miles de años luz de aquí.
Indiscutiblemente se había enamorado. Sin perder sus ojos de vista quise adivinar algo más. Antes de llegar a abrir la boca sentí que me había leído el pensamiento.
–El color de lo apasionantemente indescifrable –añadió antes de desaparecer calle abajo empujando su carro de la compra lleno de desechos del ayer.



Alguna foto de lo de anoche en Bacovicious
Ya sabéis que ahora estoy de viaje. Cuando vuelva os cuento.
¡¡¡¡¡GRACIAS A TODOS!!!!!

viernes, 21 de noviembre de 2008

El laberinto en el Bukowski

Lista de lecturas de
El laberinto de Noé
en el Bukowski club
VIERNES 21 DE NOVIEMBRE

(Pedazo cartel del señor GSÚS BONILLA)
· Introducción (Libro de Manuel, Cortázar), por Carlos Salem
· Café arábigo (fragmento Pag. 28 “intentaba recordar, si, algo activaba esa frase en mi cerebro”), por Pedro Basurto
· Pinball, por Luisa Fernández
· Roxy, por Antonio Sáez (Foro)
· La Sirena, por María Jesús Silva
· La voz, por Ceferino Otálora
· Por primera vez, por Gsús Bonilla
· VARIOS (lecturas espontáneas, atrevidas, sinceras, lo suficientemente birradas para no desentonar): Raúl, Inés, Salvador, Javier Das, y demás buena gente.
· Galaxia (fragmento pag 136-7), por José Ángel Barrueco (Jab)
· Galaxia (fragmento), por Miguel Ángel Martín
· Noé (fragmentos), por Diego Ruiz
· El Maestro(fragmento), por Esteban Gutiérrez





















¡AFORO ILIMITADO!


jueves, 20 de noviembre de 2008

Avisos de derrota, nuevo libro de cuentos de Óscar Sipán

Salió ayer. Esta calentito, recién sacado de la imprenta. Destila tinta brumosa, y tengo el placer de colgar en primicia uno de sus relatos.

En unas semanas habrá reseña personal y entrevista.




AVISOS DE DERROTA

“Llevábamos más de una década juntos. Entre los dos habíamos derrocado la figura de un padre enfermo de soriasis y de locura, habíamos superado los desórdenes de la adolescencia, el vértigo a vivir, el pánico a casi todo, habíamos enterrado seres queridos y trabajos absurdos, habíamos perdido el norte y la virginidad. Y ahora nos encontrábamos al final de algo, escudándonos en las malas rachas y en el estrés, achicando agua de un barco que se hundía por varios frentes. Le teníamos miedo a la soledad y le teníamos miedo a la vida en otros brazos, compañeros de piso portadores de esa apatía doliente de los que no viven ni dejan vivir, dummies esperando el próximo muro contra el que estrellarse, hormigas extrañas guardando provisiones de odio para el invierno”.


Óscar Sipán (Huesca, 1974) ha publicado cuentos en diversas revistas de ámbito nacional e internacional y ha sido galardonado en numerosos certámenes literarios. Autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Narrativa Odaluna 1998, Edisena), Pólvora Mojada (XVII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor), Tornaviajes (2006, Tropo Editores), Guía de hoteles inventados (IX Premio de Libro Ilustrado 2007, Diputación de Badajoz) y Leyendario. Criaturas de agua (Libro mejor editado en Aragón 2007, Tropo Editores).

“Un escritor concienzudo, meticuloso incluso, a quien le gusta escoger con mimo cada adjetivo, cada giro estilístico, y que como alguno de los personajes de sus cuentos se descubre como un narrador altamente exigente y riguroso consigo mismo, al mismo tiempo que como un enamorado de la palabra”.
CARLOS MANZANO, Revista Narrativas.

“El oficio, la madurez que demuestra en sus libros, su facilidad para la creación de mundos, la adecuación del tono y el estilo narrativo a cada relato que nos propone, su contagiosa pasión por el lenguaje y esa facultad innata para descubrir las historias allá donde se escondan hacen de él un valor actual y evidente”.
CARLOS CASTÁN, Turia

"Su palabra viene a arrancarnos de este sin sentido, este vivir sin ilusiones, sin lucha ni rebeldía, tan solo estar sentados, confundidos entre el estruendoso silencio de la nada".




“El método Sipán es diáfano y honesto, y el autor construye sus relatos basándose en tres constantes que domina muy bien: la creación de personajes, la detallista dosificación de pinceladas de estilo, y la fascinación por la propia literatura”.

MIGUEL ÁNGEL ORDOVÁS, El Periódico de Aragón



"Para mí, Avisos de derrota es el Mar de los Sargazos, el mar de las despedidas".

IDA FERRERO.


************************************


CUARENTA DÍAS DE NIEBLA

“¿Puede uno recordar el amor? Es como tratar
de evocar el aroma de las rosas en un sótano.
Puedes ver la rosa, pero nunca el perfume”

ARTHUR MILLER

A Nanín, que me habló de la niebla.

Contestando a su pregunta, no es posible predecir la sequía o el granizo, pero sí las enfermedades de las vides. Y para ello el viticultor se sirve de la planta del rosal, más sensible a las plagas, que las detecta en primer lugar, otorgándole un valioso tiempo de respuesta, nos explica nuestra guía, Mónica, amazona treintañera de pezones tubulares que se erizan al entrar en contacto con su camisa bordada. Un niño vuela una cometa en un campo próximo. El sol calienta la tierra roja y Mónica, desplegando su encanto y sus dotes para la venta, nos invita a entrar en la bodega, un moderno edificio de hierro y cristal. Me reconozco en ella: los dos somos supervivientes del mercado de trabajo. Los dos hemos paladeado ya el miedo y ese regusto a mentira y vinagre, los primeros yacimientos de melancolía que descubres al cumplir años. La imagino enloquecida por el atronador tic tac de su reloj biológico, ensayando posturas ante un espejo de cuerpo entero, llevando una vida espartana de cremas, tablas de gimnasia y yogures sin azúcar, agarrándose a los números para sentirse humana, útil, necesaria: si Dios no existe, por lo menos que funcione el comercio.

Para escapar de nosotros, de la siniestra tranquilidad de las ciudades dormitorio y de los cuarenta días de niebla, hemos decidido visitar esta bodega. En realidad, Yolanda, mi mujer, trabaja en un pequeño estudio de diseño gráfico y ahora, con la crisis económica, intenta retenerlos desesperadamente en su cartera de clientes. Llevamos casados siete años. De un tiempo a esta parte engaño a mi mujer sistemáticamente, en cuanto se presenta una oportunidad. Supongo que me duele verle el odio, algo que debería llevarse en secreto, como las quemaduras. Cada vez que busco una corbata acaricio su traje de novia, envuelto entre plásticos, dormido en la penumbra del armario. Ignoro por qué seguimos juntos. Mis padres se divorciaron cuando yo cumplí los dieciocho. Mi padre nunca llegó a superarlo: en sus últimos años, parecía uno de esos hombres condenados a seguir la estela de tristeza que dejan algunas mujeres, como trasatlánticos arrastrando al hundirse a los pasajeros.

Como todos los sábados, nos hemos despertado con los gemidos de la vecina, multiorgásmica y dependienta de perfumería, fontanero pelirrojo él, amantes esforzados y ruidosos que en lugar de excitarnos nos han dejado a las puertas de una pelea. He salido a buscar el periódico y se me ha encogido el corazón: como en los treinta y nueve días anteriores, allí seguía la niebla. Al poco tiempo, dos testigos de Jehová han llamado al timbre. Les he abierto con la sudadera de los Ramones que uso de pijama y les he invitado a pasar. No han querido aceptar una taza de café recién hecho. Quizá en los estimulantes duerma el demonio. Estaban muy pálidos y parecían serios y disciplinados, con un pie en la locura y otro en la civilización. Se han sentado en el borde de la silla, sin apenas apoyar la espalda, y me han regalado dos revistas -¡Despertad! y La atalaya- con una pregunta en la portada: ¿Cómo hallar verdadera paz interior? Al acompañarlos a la puerta, al infierno blanco de la niebla, les he confesado mi escepticismo frente a las religiones. Su Jehová es sólo invento para que la gente no se arroje por la ventana. Las oraciones se evaporan antes de llegar a ningún cielo. Estamos solos.

La visita guiada dura cuarenta minutos e incluye una copa de vino y un regalo para cada pareja, lo que no está mal por tres euros. Mónica explica el proceso de embotellamiento y mira inconscientemente el reloj, como una ciega joven que aún no controla los ojos. Suena mi móvil y me separo unos metros del grupo, ante la mirada tensa de mi mujer. Me llama Claudia, de la oficina. No encuentra el expediente de los Pardo. Trabajo en una agencia inmobiliaria: me gano la vida buscándole ventajas a casas que no las tienen. Me gustan los edificios antiguos; los nuevos están neutros, limpios, vacíos; nadie ha nacido ni muerto en ellos. Los prefiero cargados de pasado, con huellas de niños en las paredes, baldosas que se mueven y manchas de tabaco. Percibo la energía de las casas: las que sanan y las furiosas, las que guardan secretos y las que no conocieron la felicidad. Y observo con escepticismo la ilusión de las parejas al firmar el contrato. Todavía no conocen la argamasa de la costumbre y la teoría de la eterna insatisfacción, lo hermoso y triste que es descubrir que somos compatibles con más personas: el matrimonio es una jaula mal diseñada y la libertad una cama combada de pensión y sexo sin preguntas con una divorciada que bebe Red Bull con ginebra y no sabe tu nombre. Le indico a Claudia la carpeta correspondiente.

A Mónica le vibran la lengua y los pechos al pronunciar una determinada variedad de uva alemana: Gewürztraminer. Desde niño me fascinan los pechos, como las luces de una feria a un heroinómano. Sirviéndose de una barrica cuya tapa es transparente, Mónica nos habla de la acidez y de la tonicidad. De la maceración y de las sensaciones. Del milagro de la fermentación y de cómo duerme el vino. Escuchándola, me doy cuenta de que cada año que pasa dota a la pareja de un grado de acidez similar al de los vinos. Envejecemos, cambiamos y nos volvemos ácidos. En realidad este caldo que Mónica agita con la varilla somos todos nosotros: un vino incomunicado y turbio que sólo busca que lo traten bien.

En una habitación circular, sin ventanas, nuestra guía nos propone una actividad con unas urnas de metracrilato. El juego consiste en adivinar a qué huelen los recipientes y comprobar nuestras respuestas en un panel. Reconocemos fácilmente la fresa, la vainilla y la avellana, pero no el almizcle ni el sándalo. El clavo huele a la anestesia de los dentistas. Le pregunto por el servicio. Mónica me orienta con su voz cálida y con esas manos que imagino apagando un cigarrillo en un café antes de enfrentarse con el mundo. Es guapa, demasiado guapa: la belleza invita a la desconfianza. Camino por unos pasillos pulidos e impecables, donde se podría engendrar a un santo, y alcanzo el baño que nadie ha utilizado hoy. Mirando la puerta, inmaculada y brillante, siento esa irresistible atracción de dibujar esvásticas en los retretes. Al salir, me cruzo con una mujer con la tez curtida por el sol y un pañuelo añil en la cabeza, pegotes de barro en los antebrazos y una cicatriz en la mejilla izquierda. Nos saludamos brevemente y atraviesa una puerta hacia la luz del día. El mundo es ancho y áspero como los tobillos de esta campesina rumana.

En la tienda, poco antes de despedirse, Mónica nos da la mano, uno por uno, clavando sus ojos celestes de Husky siberiano, nos regala un sacacorchos y un descapsulador con el anagrama de la bodega y nos invita a tomar una copa color orina, que bautiza como bendición blanca. Pero antes nos explica los orígenes del brindis, de cómo los anfitriones griegos levantaban la copa, se la mostraban a los invitados y libaban en primer lugar; era su forma de asegurarles que el vino no estaba envenenado. Tomo un sorbo y lo paladeo antes de tragar. No tiene un gran bouquet, es un vino incómodo que no consigo instalar ni en el placer ni en el asco. Aún así termino comprando una caja.

La carretera ejerce de cremallera entre viñedos. De camino a casa no hablamos. Por algo las canciones de la radio contienen tan pocas palabras. Nos acomodamos a todo: el oído se acostumbra a escuchar música mediocre, el cerebro a las conversaciones ligeras, el corazón a administrar el mal amor. Protegemos los sentimientos como fruta de invernadero: en cámaras frigoríficas para que no se estropeen. Pero, de repente, un tonto estribillo pop, un caramelo envuelto en una melodía, nos conmueve más que toda la ternura del mundo. Me limpio una lágrima con disimulo y apago la radio.

En el preciso instante de abandonar el sol y la tierra roja y de cruzar a la niebla, al desamparo, un pájaro se estrella contra el cristal dejando un rastro de sangre y plumas.

--Le has matado. Como a mí.

Detengo el coche en el arcén. Siento furia, mareo y debilidad.

--¿Se puede saber qué te pasa?
--Estoy embarazada, dice con un cariño forzado, teatral, que calienta como un sol de invierno.

Me llevo un cigarrillo a los labios, las manos en el volante intentando asimilar sus palabras.

--¿Quieres tenerlo?
--Sí, contesta con la mirada nublada de biberones y polvos de talco.
--¿Estás segura?

Se queda muy seria, saturada de presente, con esa tendencia suya a recordar.

--¿Qué nombres te gustan?
--No sé, contesto sin vencer el vértigo. Mateo…Lucas, quizás.
--¿Y si es chica?
--Luisa, Marta, Claudia…
--¡Como la puta de tu secretaria!
--No empieces otra vez, aquello terminó hace mucho tiempo.

La lluvia de reproches nos deja a las puertas de la unifamiliar, donde un rosal plantado como una tumba en mitad de la niebla, se marchita enfermo de nosotros.

Oscar Sipán. “Cuarenta días de niebla” forma parte de AVISOS DE DERROTA (Onagro Ediciones, 2008).

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Delicioso helado de tutifruti

Una reseña de Luis Borrás para Aragón Literario


Acabé de leer "Abierto para fantoches" y me chupé los dedos. Me gustó tanto que volví a empezar. Como un niño pide repetir el postre. Una bola de cada. Una con sabor a traición, otra invisible, otra de dulce venganza, otra de sed de justicia, otra de soledad y una última con todos los colores de la cola de un pavo real. Y por encima delicioso coco rayado.
Repetí. Lo leí dos veces, sin cansarme, igual que podemos admirar eternamente la belleza. Salí y volví a entrar, como el asesino vuelve al lugar del crimen. Lo bebí con ansia, como apuran la copa los sedientos.
Repetí. Volví a leerlo porque tengo conciencia de incrédulo y espíritu de náufrago. Lo volví a leer para creérmelo, para besar la arena de su orilla. Lo volví a leer para que sus palabras hagan más cálido este maldito invierno. Lo disfruté despacio, como se fuman el último cigarrillo los condenados.
Repetí. Repase mis notas y las emociones sentidas. Lo hice mío, como buscan el calor los huérfanos y el sol de enero los perros callejeros.
Sentí mi casa más pequeña y mi vida hecha de noches en blanco, acosado por el calor que trepa por las ventanas abiertas. Coloqué el paisaje idílico de una playa desierta en la mirilla de la puerta y recé a la buena suerte. Sentí alivio cuando mi mujer me dijo que con la extra de julio nos daría para poner aire acondicionado en casa, y cuando supe que mis vecinos no tenían intención de vender su piso. Patricia me ha enseñado que nuestra vida es corriente e incompleta y que nuestra felicidad está realquilada en la oficina de objetos perdidos. Los seres afortunados y perfectos viven en otros barrios, compran en otras tiendas y sus coches parecen de charol, los vemos en las revistas y en la televisión pensando que son pura fantasía. Pero si uno de ellos aparece en el piso de al lado, no lo dudes, cámbiate de casa, porque te arruinará la vida.
Sentí terror imaginando a una hermosa niña como un ángel pálido, de enormes ojos azules y carita inocente, ahogando a un perro en la piscina de casa. Sentí el mismo dolor desesperado de sus padres al no poder explicarme con la lógica sus juegos, cuchicheos y risas, con alguien que no estaba vivo. Sentí terror al ver a una niña tumbada en la cama, quieta como una muñeca, con las manos cruzadas sobre el pecho y los zapatos nuevos con la suela sin un arañazo. Patricia me ha enseñado que es preferible el juego a la locura, que es preferible ver fantasmas burlones que aceptar la nada y el vacío de la muerte, pero no por eso dejé de sentir un escalofrío auténtico.


Seguir leyendo én el blog Aragón literario

martes, 18 de noviembre de 2008

La biblioteca imaginaria

Un blog-revista más que interesante ubicado en Granada.
Esta semana dedica sus contenidos al relato breve.
Enhorabuena, Cris y Raúl, y a seguir con el proyecto.




LA BIBLIOTECA IMAGINARIA
Novedades a fecha 17/11/2008

Y seguimos con novedades en este mes de noviembre. Esta semana dedicamos la actualización de LA BIBLIOTECA IMAGINARIA al relato breve. No te pierdas:

- CARA A CARA CON ESPIDO FREIRE, la autora vasca es la primera (pero no la última) en concedernos una entrevista.
- El trabajo os hará libres, de Espido Freire, reseña escrita por Cristina Monteoliva.
- Los últimos percances, de Poli G. Navarro, reseña escrita por Raúl Rubio Millares.
- Helarte de amar, de Fernando Iwasaki, reseña escrita por Raúl Rubio Millares.
- La Cocina Caníbal, de Roland Topor, reseña escrita por Cristina Monteoliva.

www.labibliotecaimaginaria.es