miércoles, 9 de septiembre de 2009
Un cuento de Hipólito G. Navarro
PONER PRECIO A LA NADA
El escritor de diarios acaba de pasarse con todas las armas y todas las consecuencias al enemigo. Aguantó firme durante años, quizá demasiados, pero al fin no ha tenido más remedio que claudicar. En el reducido espacio de su estudio conviven ahora la más rabiosa tecnología digital y el más lamentable estado que le pueda caber a la artesanía de la madera. Se trata del enésimo comienzo de un duelo contemporáneo bastante simple y conocido, en el que el escritor de diarios, por más que lo quiera, apenas podrá mediar.
(Prender esas velas sobre el mueble no deja de ser una idea bastante pintoresca. Casi tanto como conservar la boina.)
Los duelistas se vigilan ya: no tiene el dietarista que fijarse mucho para comprobar cómo la nueva computadora y el viejo bargueño-escritorio se observan mutuamente, estudiándose en aparente silencio.
Han sido cuatro horas de vasta configuración, después de haber dado de baja con todos los honores a una preciosa colección de plumas. Ya despedido el técnico instalador, el dietarista pone en marcha al enemigo, un clónico puro y duro muy ostentoso de las tecnologías de la autoedición y el internet. Pero no deja de sentir el escritor de diarios alguna tristeza cuando abandona el selecto club de los estilográficos, cuando se lanza de bruces en las líneas enemigas. Incluso se le hacen extraños sus propios dedos enredados en ese chaparrón de teclas más o menos grises. Alt, control, efesiete, escape, intro.
Los discos que hicieron falta para darle vida al aparato quedan distribuidos descuidadamente por algunos cajoncillos del bargueño. Así, los megas de información y los nudos de la madera conversan en la noche, mientras las plumas, que hacen como que duermen, son testigos mudos de esa conversación.
De soslayo mira el escritor de diarios al mueble tantos años compañero, intentando vislumbrar en él algún atisbo de celos. Hace demasiado tiempo que el bargueño viene mostrando a las claras sus pocas ganas de vivir, así que no estaría mal un pequeño revulsivo. Ya se sabe: los muebles viejos aceleran su tendencia suicida a darse como alimento de la carcoma, a regalarle el paladar a las termitas.
En el silencio nocturno, junto al bargueño (y el dietarista sabe escuchar), se oye la charla de los bichos con la celulosa, una inmisericorde y continua roedura que a la vez que socava las entrañas del mueble construye un triste túnel en el corazón del escritor de dietarios cada noche. Por él atraviesa el tiempo y puede fácilmente llegar hasta aquél en el que todavía era un niño, cuando el abuelo le enseñaba las combinaciones que abrían aquellos cajoncillos atiborrados de insólitos secretos, sus nostálgicos y melancólicos cachivaches ya también arruinados.
Lástima que ahora el mueble, en su decrépita vejez, no pueda disimular más su pasión por la carcoma, que reducidas ya las entrañas cientos de agujeros comiencen a adornar torpemente su fachada. Se está quedando en los huesos.
Sale súbitamente el escritor de diarios de todos los programas, desconecta el aparato. Acaba de tomar una difícil decisión.
* * *
Tres semanas hace que lo descubrió por casualidad. Han sido tres semanas de indecisas vueltas a la manzana cada tarde. Hoy es distinto.
El escritor de dietarios, después de un leve titubeo, entra en la tienda de antigüedades y pregunta por el bargueño que tienen expuesto en el escaparate, casi idéntico al que heredó del abuelo pero muy lustroso de barnices, con todos sus tiradores y bisagras, recién restaurado.
Enseguida se encarga el anticuario de sacarlo del error: el mueble es nuevo, fabricado hace tan sólo un mes; eso sí, envejecido con técnicas que dan el pego a menos que uno sea un experto. Como todo lo contemporáneo, explica, y sonríe. También advierte al dietarista que el ejemplar expuesto está vendido, pero que en dos semanas podría facilitarle otro igual, o con variaciones a la carta, a su gusto.
Piensa el dietarista que se refiere el anticuario, y así se lo hace saber, a la disposición de los cajones, a los relieves del frontal, a la sustitución de éstas o aquellas cerraduras, pero no. Las variaciones son en exclusiva de color, de apariencia de edad, del número de agujeros de carcoma que el escritor de diarios quiera simular, a cinco euros cada uno (tres con veinte en los laterales).Los agujeros simulados sacan al dietarista de la red que comenzaba a tenderle el anticuario. "Lo pensaré, lo pensaré muy seriamente", se excusa de forma atropellada, y sale de la tienda lleno de espanto.
* * *
De regreso en casa se encierra en el estudio. Mira al bargueño, luego al ordenador. El escritor de dietarios lo ignora, pero el aparato, que ya tiene un día, ha comenzado de manera irreversible a envejecer, a quedarse viejo. Le da igual de todas formas, pues presiente que la computadora va a quedarse hueca, llena de agujeros, vacía por completo de su inspiración.
Saca entonces de sus recónditos cajones la colección de plumas; les pone nuevas cargas, las calienta dibujando algunos garabatos.
Cuando llega la noche el escritor de diarios enciende unas velas, se calza la boina y se sienta junto al mueble a escuchar a la carcoma, emocionado.
HIPÓLITO G. NAVARRO
Cuento extraido del blog La ronda del libro
(Gracias, José Manuel, por permitir esta usurpación)
La Ronda del Libro, nº 8 mayo, 2004
El escritor de diarios acaba de pasarse con todas las armas y todas las consecuencias al enemigo. Aguantó firme durante años, quizá demasiados, pero al fin no ha tenido más remedio que claudicar. En el reducido espacio de su estudio conviven ahora la más rabiosa tecnología digital y el más lamentable estado que le pueda caber a la artesanía de la madera. Se trata del enésimo comienzo de un duelo contemporáneo bastante simple y conocido, en el que el escritor de diarios, por más que lo quiera, apenas podrá mediar.
(Prender esas velas sobre el mueble no deja de ser una idea bastante pintoresca. Casi tanto como conservar la boina.)
Los duelistas se vigilan ya: no tiene el dietarista que fijarse mucho para comprobar cómo la nueva computadora y el viejo bargueño-escritorio se observan mutuamente, estudiándose en aparente silencio.
Han sido cuatro horas de vasta configuración, después de haber dado de baja con todos los honores a una preciosa colección de plumas. Ya despedido el técnico instalador, el dietarista pone en marcha al enemigo, un clónico puro y duro muy ostentoso de las tecnologías de la autoedición y el internet. Pero no deja de sentir el escritor de diarios alguna tristeza cuando abandona el selecto club de los estilográficos, cuando se lanza de bruces en las líneas enemigas. Incluso se le hacen extraños sus propios dedos enredados en ese chaparrón de teclas más o menos grises. Alt, control, efesiete, escape, intro.
Los discos que hicieron falta para darle vida al aparato quedan distribuidos descuidadamente por algunos cajoncillos del bargueño. Así, los megas de información y los nudos de la madera conversan en la noche, mientras las plumas, que hacen como que duermen, son testigos mudos de esa conversación.
De soslayo mira el escritor de diarios al mueble tantos años compañero, intentando vislumbrar en él algún atisbo de celos. Hace demasiado tiempo que el bargueño viene mostrando a las claras sus pocas ganas de vivir, así que no estaría mal un pequeño revulsivo. Ya se sabe: los muebles viejos aceleran su tendencia suicida a darse como alimento de la carcoma, a regalarle el paladar a las termitas.
En el silencio nocturno, junto al bargueño (y el dietarista sabe escuchar), se oye la charla de los bichos con la celulosa, una inmisericorde y continua roedura que a la vez que socava las entrañas del mueble construye un triste túnel en el corazón del escritor de dietarios cada noche. Por él atraviesa el tiempo y puede fácilmente llegar hasta aquél en el que todavía era un niño, cuando el abuelo le enseñaba las combinaciones que abrían aquellos cajoncillos atiborrados de insólitos secretos, sus nostálgicos y melancólicos cachivaches ya también arruinados.
Lástima que ahora el mueble, en su decrépita vejez, no pueda disimular más su pasión por la carcoma, que reducidas ya las entrañas cientos de agujeros comiencen a adornar torpemente su fachada. Se está quedando en los huesos.
Sale súbitamente el escritor de diarios de todos los programas, desconecta el aparato. Acaba de tomar una difícil decisión.
* * *
Tres semanas hace que lo descubrió por casualidad. Han sido tres semanas de indecisas vueltas a la manzana cada tarde. Hoy es distinto.
El escritor de dietarios, después de un leve titubeo, entra en la tienda de antigüedades y pregunta por el bargueño que tienen expuesto en el escaparate, casi idéntico al que heredó del abuelo pero muy lustroso de barnices, con todos sus tiradores y bisagras, recién restaurado.
Enseguida se encarga el anticuario de sacarlo del error: el mueble es nuevo, fabricado hace tan sólo un mes; eso sí, envejecido con técnicas que dan el pego a menos que uno sea un experto. Como todo lo contemporáneo, explica, y sonríe. También advierte al dietarista que el ejemplar expuesto está vendido, pero que en dos semanas podría facilitarle otro igual, o con variaciones a la carta, a su gusto.
Piensa el dietarista que se refiere el anticuario, y así se lo hace saber, a la disposición de los cajones, a los relieves del frontal, a la sustitución de éstas o aquellas cerraduras, pero no. Las variaciones son en exclusiva de color, de apariencia de edad, del número de agujeros de carcoma que el escritor de diarios quiera simular, a cinco euros cada uno (tres con veinte en los laterales).Los agujeros simulados sacan al dietarista de la red que comenzaba a tenderle el anticuario. "Lo pensaré, lo pensaré muy seriamente", se excusa de forma atropellada, y sale de la tienda lleno de espanto.
* * *
De regreso en casa se encierra en el estudio. Mira al bargueño, luego al ordenador. El escritor de dietarios lo ignora, pero el aparato, que ya tiene un día, ha comenzado de manera irreversible a envejecer, a quedarse viejo. Le da igual de todas formas, pues presiente que la computadora va a quedarse hueca, llena de agujeros, vacía por completo de su inspiración.
Saca entonces de sus recónditos cajones la colección de plumas; les pone nuevas cargas, las calienta dibujando algunos garabatos.
Cuando llega la noche el escritor de diarios enciende unas velas, se calza la boina y se sienta junto al mueble a escuchar a la carcoma, emocionado.
HIPÓLITO G. NAVARRO
Cuento extraido del blog La ronda del libro
(Gracias, José Manuel, por permitir esta usurpación)
La Ronda del Libro, nº 8 mayo, 2004
Etiquetas:
cuentos,
hipólito g. navarro
viernes, 4 de septiembre de 2009
Un cuento de Ambrose Bierce

Muerto en Resaca
El mejor soldado de nuestro estado mayor era el teniente Herman Brayle, uno de los dos edecanes. No recuerdo de dónde lo sacó el general, creo que de algún regimiento de Ohio. Ninguno de nosotros lo conocía, pero eso no era extraño, pues no había ni dos de nosotros que hubiéramos venido del mismo estado, y ni siquiera de estados contiguos. El general parecía pensar que había que reflexionar muy cuidadosamente a la hora de conceder la distinción de un puesto en su estado mayor, para no ocasionar celos regionales que pusieran en peligro la integridad de aquella parte de la Nación que todavía seguía unida. No elegía oficiales de su propio mando y hacía malabarismos en los servicios del cuartel general para obtenerlos de otras brigadas. En estas circunstancias, los servicios de un hombre tenían que ser, en verdad, muy relevantes, para que se extendieran al ámbito de su familia y de sus amigos de juventud. De todos modos, la «voz de la trompeta de la fama» había enronquecido un poco por exceso de locuacidad.
El teniente Brayle medía más de metro noventa de altura y poseía una espléndida constitución. Tenía el cabello claro y los ojos azul grisáceos que en los hombres de su talla suelen asociarse a un valor y entereza de primera magnitud. Solía vestir el uniforme completo, especialmente en acción, mientras la mayoría de los oficiales se contentaba con lucir un atuendo menos rimbombante, por lo cual su figura resultaba llamativa e impresionante. Como todo el resto, tenía las maneras de un caballero, una mente cultivada y un corazón de león. Tenía alrededor de treinta años.
Pronto todos empezamos a sentir por Brayle tanto simpatía como admiración, y con sincero disgusto observamos, durante la batalla de Stone's River -nuestro primer combate desde que él se unió a nosotros-, que poseía uno de los defectos más criticables e indignos de un militar: se envanecía de su valentía. En el transcurso de las vicisitudes y alternancias de aquel odioso enfrentamiento, tanto cuando nuestras tropas se batían en los campos abiertos de algodón, o en los bosques de cedros, como cuando lo hacían detrás del terraplén del ferrocarril, él no se puso ni una vez a cubierto, hasta que se lo ordenó expresamente el general, que normalmente tenía otras cosas en qué pensar que en las vidas de los oficiales de su estado mayor, o en la de sus hombres, por el mismo motivo.
En los combates siguientes, mientras Brayle estaba con nosotros, ocurrió lo mismo. Permanecía sentado en su caballo como una estatua ecuestre, entre una tormenta de balas y metralla, en los puntos más expuestos, dondequiera que su deber, requiriéndole acudir, le permitiera permanecer. Sin embargo, sin ningún problema y en beneficio de su reputación de hombre con sensatez, hubiera podido situarse a resguardo, en la medida de lo posible, en esos breves momentos de inacción personal que se dan en una batalla.
Su comportamiento era el mismo cuando andaba a pie, por necesidad o por deferencia a su comandante y a sus compañeros apeados. Se erguía como una roca en campo descubierto, cuando oficiales y soldados se ponían a cubierto. Mientras hombres de más edad y más años de servicio, con más alto rango y con incuestionable coraje, preservaban sensatamente, tras alguna colina, sus vidas, infinitamente valiosas para el servicio del país, aquel hombre se colocaba en la cima de la colina, igualmente ocioso en aquel momento que sus compañeros, pero dando la cara en la dirección del fuego más nutrido.
Cuando los combates se desarrollan en campo abierto, a menudo sucede que los soldados confrontados, que se enfrentan entre ellos durante horas a la simple distancia de una pedrada, se aprietan contra la tierra como si estuvieran enamorados de ella. Los mismos oficiales, en los puestos asignados, se aplastan contra el suelo, y los oficiales superiores, cuando han matado a sus caballos o los han enviado a la retaguardia, se agazapan evitando la bóveda infernal de silbidos de plomo y aullidos de acero, sin pensar en su dignidad.
En tales circunstancias, la vida de un oficial del estado mayor de brigada no es, evidentemente, «una vida feliz»; tanto por su precaria duración como por los nerviosos cambios emocionales a que está expuesto. De una posición de relativa seguridad -de la que un civil, sin embargo, consideraría que sólo puede salvarse «de milagro»- puede ser enviado a transmitir una orden al coronel de algún regimiento situado en el frente de combate; una persona poco visible en ese momento y difícil de encontrar sin una intensa búsqueda entre hombres preocupados por otras cosas, en una madriguera en que tanto preguntas como respuestas se realizan por señales. En esos casos, se acostumbra a bajar la cabeza y a escabullirse galopando a toda prisa, pues el mensajero se ha convertido en un objeto de extraordinario interés para miles de maravillados tiradores. A la vuelta... bueno, no suele haber vuelta.
La actuación de Brayle era muy distinta. Confiaba su caballo al cuidado de su asistente -amaba mucho a su caballo- y se encaminaba muy tranquilo a cumplir su peligroso mandato, sin volverse nunca, fascinando las miradas de todos con su espléndida figura realzada por el uniforme. Lo observábamos conteniendo la respiración y con el corazón en la boca. En una de estas ocasiones, un compañero de nuestras filas se emocionó tanto que me gritó:
-Te a-apuesto d-dos d-dólares a que lo m-matan antes de que llegue a-al f-foso.
No acepté la brutal apuesta, porque yo también estaba seguro de que lo matarían.
Pero permítanme hacer justicia a la memoria de un hombre valiente. De todas las veces que exponía inútilmente su vida, no hacía después la menor baladronada ni el subsiguiente relato de sus hazañas. En las pocas ocasiones en que alguno de nosotros se había aventurado a reprenderlo, Brayle había sonreído amablemente y había dado una respuesta cortés pero firme, que no alentaba a proseguir con el tema. Un día le habló al capitán:
-Capitán, si alguna vez sufro un percance por olvidar sus consejos, espero que su querida voz me reconforte en mis últimos momentos murmurándome al oído las benditas palabras: «Ya se lo dije... »
Nos reímos del capitán, sin que hubiéramos sabido explicar por qué. Cuando aquella tarde le dispararon, hasta casi hacerlo pedazos en una emboscada, Brayle permaneció junto a su cuerpo mucho tiempo, colocando bien sus miembros con extrema delicadeza... ¡allí, en medio de un camino barrido por ráfagas de metralla y botes de humo! Es fácil censurar este tipo de cosas y no muy difícil abstenerse de imitarlas, pero es imposible no respetarlas. Y Brayle no era menos apreciado por aquella debilidad, que se expresaba de modo tan heroico. Deseábamos que no hiciera locuras, pero perseveró en su actitud hasta el final, resultando a veces gravemente herido, pero retornando siempre al cumplimiento de su deber, cuando estaba repuesto.
Por supuesto, al fin le llegó el momento. Aquel que ignora la ley de las probabilidades desafía a un adversario invencible. Fue en Resaca, en Georgia, durante el transcurso de una maniobra que resultó en la toma de Atlanta. Enfrente de nuestra brigada, las trincheras enemigas se extendían por campos abiertos a lo largo de la suave cima de una colina. Estábamos muy próximos a ellas, en el sotobosque, en cada extremo de este campo abierto, pero no albergábamos esperanzas de ocupar aquel claro hasta la noche, en que la oscuridad nos permitiría abrirnos camino como topos y surgir de las madrigueras. Nuestra línea se encontraba en el límite del bosque, a medio kilómetro del enemigo. Más o menos formábamos una especie de semicírculo en el que la línea enemiga quedaba como la cuerda del arco.
-Teniente, vaya a decir al coronel Ward que se acerque tanto como pueda, manteniéndose a cubierto, y que no malgaste munición en disparos innecesarios. Puede usted dejar su caballo.
Cuando el general impartió esta orden, nos encontrábamos en el margen del bosque, en el extremo derecho de aquel arco. El coronel Ward se hallaba en el extremo izquierdo. La sugerencia, hecha por el general, de dejar el caballo, significaba, obviamente, que Brayle debía tomar el camino más largo, a través del bosque y por en medio de los hombres. En realidad, era una sugerencia innecesaria. Ir por el camino más corto suponía fracasar con toda seguridad en la entrega del mensaje. Antes de que nadie hubiera podido interponerse, Brayle cabalgaba a medio galope por el campo abierto y de las trincheras enemigas surgía un fuego crepitante.
-¡Paren a ese maldito loco! -aulló el general.
Un soldado raso de la escolta, con más ambición que cerebro, espoleó al caballo hacia delante para obedecer, y en diez metros él y su caballo quedaron muertos en el campo del honor.
Brayle estaba ya fuera del alcance de las llamadas. Galopaba tranquilamente, en paralelo al enemigo, a menos de doscientos metros de distancia. ¡Parecía un cuadro admirable! El sombrero había volado o saltado de un disparo de su cabeza y su largo cabello rubio subía y bajaba en el aire con el movimiento del caballo. Se sentaba muy erguido en la montura, sujetando suavemente las riendas con la mano izquierda, y con la derecha colgando indolentemente a un lado. Una rápida mirada a su hermoso perfil cuando volvía la cabeza a uno u otro lado demostraba que el interés con que tomaba lo que estaba sucediendo era verdadero y sin ninguna afectación.
El espectáculo era intensamente dramático, pero en modo alguno teatral. Sucesivas hileras de rifles escupían fuego sobre él mientras avanzaba y pronto nuestra línea, en el linde del bosque, se rompió en una visible y sonora defensa. Sin más preocupación por sí mismos ni por las órdenes recibidas, nuestros compañeros se pusieron en pie de un salto y se precipitaron al campo abierto lanzando láminas de balas hacia la chispeante cima de las fortificaciones enemigas, que respondieron abriendo un bestial fuego sobre los grupos desprotegidos, con efectos mortales. La artillería de las dos partes se unió a la batalla, puntuando el crepitar y el clamor con explosiones sordas que hacían temblar la tierra y rasgando el aire con ensordecedoras tormentas de metralla. Desde el lado enemigo la metralla astillaba los árboles y los salpicaba de sangre; desde nuestro lado, ensuciaba el humo de sus armas con nubes de polvo que se levantaban de sus trincheras.
El combate general había concentrado mi atención por un momento, pero después, mirando hacia abajo, al camino despejado que quedaba entre aquellas dos nubes de tormenta, vi a Brayle, la causa de aquella carnicería. Invisible ahora para los dos bandos, condenado por igual por amigos y adversarios, estaba de pie en medio de aquel espacio barrido de disparos, con la cara vuelta al enemigo. A pocos metros, su caballo yacía en el suelo. Al instante vi lo que lo había detenido.
Como ingeniero topógrafo que yo era, a primeras horas del día había hecho un apresurado reconocimiento del terreno y en ese momento recordé que en aquel punto había un profundo y sinuoso barranco, que atravesaba el campo por el medio hasta las líneas enemigas con las que se unía al final en ángulo recto. Desde la posición donde nos encontrábamos no podía verse y Brayle, evidentemente, desconocía su existencia. Sin duda, era infranqueable. Sus ángulos salientes le hubieran proporcionado una completa seguridad si se hubiera contentado con el milagro que, sin duda, se había producido ya en su favor, y hubiera saltado dentro. No podía avanzar y no podía retroceder. Estaba de pie, aguardando la muerte. No lo hizo esperar mucho.
Por una misteriosa coincidencia, el fuego cesó casi en el mismo instante en que cayó. Unos pocos disparos aislados, a largos intervalos, acentuaron más el silencio, en lugar de romperlo. Era como si los dos bandos se hubieran arrepentido súbitamente de su inútil crimen. Poco después, cuatro de nuestros camilleros, seguidos por un sargento con bandera blanca, avanzaron por el campo sin ser molestados y se dirigieron directamente hacia el cuerpo de Brayle. Varios oficiales y soldados confederados salieron a su encuentro y, descubriéndose, los ayudaron a levantar su sagrada carga. Mientras lo traían a nuestras filas, oímos tras las trincheras enemigas el sonido apagado de los pífanos y los tambores... una marcha fúnebre. Un enemigo generoso honraba a un valiente caído.
Entre los efectos personales del muerto estaba una desgastada cartera de cuero de Rusia. Me tocó a mí en la distribución de los recuerdos de nuestro amigo, que hizo el general, en calidad de administrador.
Un año después del final de la guerra, en mi vuelta a California, la abrí y la inspeccioné sin mucha atención. De un compartimiento que había pasado por alto cayó una carta sin sobre ni dirección. Estaba escrita con letra de mujer y empezaba con unas palabras de cariño, pero sin encabezamiento. Estaba fechada en: «San Francisco, Cal., 9 de julio de 1862». La firma era: «Querida», entre comillas. De manera casual, la autora de la carta daba su nombre y apellidos en medio del texto: Marian Mendenhall.
La carta mostraba indicios de cultura y educación en su autora, pero era una carta de amor corriente, si es que una carta de amor puede ser corriente. No había en ella nada interesante, a excepción de un párrafo:
«El señor Winters (a quien aborreceré siempre por ello) ha ido contando que en una batalla en Virginia, durante la cual fue herido, te vio agazapado detrás de un árbol. Estoy segura de que quiere despreciarte ante mis ojos, como sabe que ocurriría si creyera tal historia. Podría soportar recibir la noticia de la muerte de mi amante soldado, pero no la de su cobardía.»
Aquéllas eran las palabras que aquella tarde soleada, en una lejana región, habían matado a un centenar de hombres. ¿Las mujeres son débiles?
Una noche visité a la señorita Mendenhall para devolverle su carta. Tenía la intención, también, de contarle lo que ella había provocado, aunque sin decirle que había sido la causa. La encontré en una bonita casa de Rincón Hill. Era hermosa y bien educada; en una palabra, encantadora.
-Usted conocía al teniente Herman Brayle, ¿no es así? -empecé, de una manera algo brusca-. Sin duda sabe que desgraciadamente cayó en batalla. Entre sus efectos se encontró esta carta, remitida por usted. Mi misión al venir aquí es entregársela personalmente.
Tomó maquinalmente la carta, la miró por encima y se ruborizó. Luego, mirándome con una sonrisa, dijo:
-Es muy amable de su parte, aunque estoy segura de que no merecía la pena que se molestara.
De pronto se sobresaltó y cambió de color.
-Esta mancha... -dijo-, es... seguramente, no será...
-Señorita -dije yo-, discúlpeme, pero sí, es la sangre del corazón más fiel y más valeroso que ha palpitado jamás.
Entonces tiró apresuradamente la carta a los ardientes carbones de la chimenea.
-¡Oh! No puedo soportar la visión de la sangre -exclamó-. ¿Cómo murió?
Me había levantado instintivamente para rescatar aquel pedazo de papel, sagrado hasta para mí, y estaba de pie detrás de ella. Cuando hizo la pregunta volvió la cara ligeramente. La luz de la carta ardiendo se reflejó en sus ojos y le tintó una mejilla con un color carmesí igual que el rojo de la mancha del papel. Jamás había visto nada tan hermoso como aquella odiosa criatura.
-Lo mordió una serpiente -respondí.
martes, 1 de septiembre de 2009
Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra

Mirar al agua
Javier Sáez de Ibarra
(Páginas de Espuma, 2009)
Canon de belleza,
por Esteban Gutiérrez Gómez
Javier Sáez de Ibarra
(Páginas de Espuma, 2009)
Canon de belleza,
por Esteban Gutiérrez Gómez
Lápiz y papel
una estufa encendida
casa de poeta.
David González
El carillón del reloj del Ayuntamiento comienza a tañer las campanadas que marcan las cinco de la tarde y el anciano ya ha dado las tres vueltas al cerrojo que guarda el mundo gris que genera su sustento. Anda el hombre deprisa, sin miedo a resbalar por los adoquines mojados, porque el tiempo, fuera de la puerta que acaba de cerrar, es “su” tiempo, y no soporta desaprovecharlo.
Ya en casa, se desprende del abrigo de paño marrón, deposita la cartera de piel vuelta sobre la mesa de la entrada y pone a calentar agua para un té.
Un instante más tarde, aparece enfundado en su batín granate descolorido por la zona del cuello, los puños y los codos, y calzado con zapatillas de felpa a cuadros.
Silva el agua hirviendo. Dos cucharadas soperas de te negro con cardamomo y hierbabuena, dos de azúcar y unas gotas de licor de miel colman una jarra grande de cerveza con tapa que jamás conoció el sabor del agua de cebada.
El anciano, jarra en mano, abre con alivio la puerta que da paso a su mundo apenas veinte minutos después de abandonar sus obligados quehaceres diarios.
En la penumbra pueden distinguirse los libros, las revistas y los periódicos que cubren cada uno de los muebles de la habitación. Son decenas de torres asimétricas que amenazan con venirse abajo, sin embargo, cierta estética decadente parece ampararlas. Las paredes están cubiertas de láminas a color de revistas, de reproducciones de cuadros de diferentes estilos y épocas. El narrador no reconoce ni uno solo de ellos, por lo que poca información más puede añadir. Frente a la ventana en la que se percibe la profundidad de la noche, a espaldas de una antiquísima estufa de carbón, una mesa de despacho cubierta de folios manuscritos nos da idea de a qué se dedica el anciano en su tiempo de ocio. Sin embargo, es el sillón orejero de piel, quizá marrón, desgastado en sus reposabrazos y estratégicamente colocado entre la estufa y la ventana, el que ocupa el anciano con premura depositando la jarra con el té sobre la mesa. Hace frío dentro de la habitación.
El rostro del anciano ofrece ahora una sonrisa de satisfacción. Empieza el momento más deseado del día, de cada uno de sus días. Con el sabor salado del poemario de ayer, que pretendía cambiar el mundo a golpes de verdadero amor, el anciano se enfrenta a su lectura favorita: los cuentos; porque poemas y cuentos son suficientes para colmar su ansia intelectual en lo concerniente a la literatura. Coge el libro largamente deseado que culmina una de aquellas columnas de papel, enciende la luz de la lamparilla que apenas mancha de amarillo su hombro izquierdo y se dispone a disfrutar, por sexta o séptima vez, de aquellos relatos que marcaron su juventud.
La relectura ya no le obliga, como al principio, a disfrutar de los cuentos por separado, a razón de uno al día, porque cree conocer cada uno de los mecanismos utilizados y la profundidad filosófica que ampara cada propuesta. Cree haber desentrañado los misterios que relato a relato se ofrecen al lector. Pero ello no es óbice para disfrutar una vez más de esas lecturas. Todo lo contrario.
El anciano recuerda entonces la primera vez. Era por entonces estudiante de periodismo y jamás hubiese pensado que acabaría gestionando contratos de suministro de gas en Iaşi, en la zona rumana de Moldavia. Eligió periodismo porque tuvo la no tan engañosa idea de que trascribir noticias tenía algo que ver con ficcionar la realidad. Porque lo que el quería, lo que ya por entonces deseaba, era escribir, sentirse escritor.
La primera vez, continuo contándoles los pensamientos del anciano (sentado en su sillón, enfundado en su batín, la vista perdida en los recuerdos), fue en julio del año dos mil nueve, poco después de la aparición del libro. Hubo por entonces un gran revuelo mediático porque se había alzado con el premio a libros de cuentos más dotado económicamente en aquel momento, el Ribera de Duero. Eso, en aquella época y en aquél país, en el que la literatura estaba dominada por la narrativa extensa o novela con sus diferentes apellidos, marcó un punto de inflexión y un camino a seguir por el mundo editorial. Bien es cierto que el mundo editorial sólo se movía a impulsos comerciales, y que dudaba a la hora de arriesgar cualquier mínima cantidad de dinero por un género “sin lectores”, pero pronto descubrieron que a los lectores del género extenso tan sólo había que descubrirles la posibilidad de disfrute cuasi instantáneo que el cuento les ofrecía. Algo así como obtener placer intelectual en unos minutos, sin tener que detenerse en tramas y descripciones que no hacían otra cosa que alargar el inevitable y esperado desenlace. El anciano recuerda aquella especie de batalla, en la que participó de modo activo, y a la que se sumó, con una importancia moderada, el sector publicista que acabó de crear la necesidad de lectura de lo breve en una sociedad por entonces tan alocada y presurosa, tan tonta. Pero el golpe definitivo a la novela se produjo desde los medios de publicación diarios justo cuando se iniciaba su declive definitivo a favor de la prensa digital. A ello contribuyó de forma definitiva el que la mayoría de editores y jefes de redacción eran cuentistas (de algo les servía, al fin, su licenciatura en periodismo).
Luego se supo que al premio optaron muy buenos libros de cuentos, de muy alta calidad, comparables al ganador en ese aspecto pero incomparables al mismo en su novedosa propuesta.
Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra, en aquel entonces profesor de Literatura para adolescentes y maestro de futuros escritores, supuso el inicio de la llamada revolución de lo breve. Con la distancia que ofrece el tiempo trascurrido, esa revolución coincidió con otros muchos factores que confluyeron en la llamada de atención, en el giro de cabeza de los lectores, que poco a poco participaron de la complicidad que el cuento les pedía y agradecieron ser parte de los textos que leían y, por descontado, tener en las manos un ligero libro que condensaba esencias frente a los voluminosos mamotretos que exigían esfuerzo físico más que mental y producían esguinces de muñecas.
Era el momento, recuerda el anciano, se exigía lo breve, lo intenso, lo difuminado, lo aparente: dar que pensar. Pero Mirar al agua no interesó a esos lectores conversos, a los descubridores de la Nueva América narrativa. No estaban preparados para disfrutar de un libro así. Mirar al agua ocupó altares en las bibliotecas de los amantes del cuento antes de la revolución. El porqué era lógico: se trataba de un libro que multiplicaba el riesgo, que proponía una visión nueva de la creatividad en los ordenes estéticos y literarios, un nuevo concepto de belleza no mercantilizado, que ahondaba como jamás se recordaba en propuestas filosóficas que obligaban a un replanteamiento de los nichos establecidos en la conciencia durante generaciones. De un libro que proponía dieciséis proyectos narrativos diferentes, en forma y fondo, con aplicación de técnicas y recursos formales novedosas en consonancia con los anteriores libros de cuentos que el autor publicó (El lector de Spinoza en 2004 y Propuesta imposible en 2008, ambos en una editorial, Páginas de Espuma, que en una década se convirtió en la editorial referente en cuanto al género breve concernía en España, hasta que dejó de apostar por los noveles y llegó la venta digital y poseer literatura en papel pasó a ser un lujo).
Cada uno de los cuentos era, aún hoy es, una invitación, un desafío al lector. Y eso es lo que más aprecian los lectores de cuentos, que se les ponga a prueba.
Eso recuerda el anciano, acariciando los lomos desgastados de su ejemplar de Mirar al agua, sin siquiera haberlo abierto todavía. Toda aquella conmoción le llega a la cabeza con ecos de cambio de rumbo. A él también le afectó y le supuso seleccionar el camino narrativo que elegiría y del que jamás se ha arrepentido. La mirada extraviada regresa desde sus pensamientos y sus ojos cobran la lucidez. Entonces mira a su alrededor y reconoce satisfecho el tesoro de los libros de papel que han sobrevivido al frío y las láminas (una a una miradas y disfrutadas cada noche) que cubren el papel ajado de las paredes. Aquel libro que marcó su nueva concepción de creación y dio un significado distinto al término “belleza”. Quizá eso fue lo más significativo, interiorizar que el arte puede ser abominable si utiliza la crueldad humana para satisfacerse o puede ser maravilloso si se representa como una vía de escape a esa realidad (Escribir mientras Pelestina), o la posibilidad de ver las cosas de otra manera, incluso de no verlas, de sentirlas de modo diferente apreciando otra realidad creativa, renegando de unos ojos ciclópeos acostumbrados y enseñados por un mal social (Jerónimo G.), y la determinación de que los amaneceres o los anocheceres son obras de arte que se nos ofrecen y despreciamos en su valor porque no cuestan nada, porque en el basurero una lata oxidada de sardinas parecía carente de belleza y colocada sobre un pedestal blanco e iluminada con una luz cegadora se nos aparecía como una metáfora de vida (Ready-made). Sí, lo recuerda perfectamente, como recuerda a aquella mujer que hace arte de un hecho cotidiano, y que repite anualmente para afirmar que todo lo que lleva dentro, todo su mundo abstracto, todas sus proyecciones creativas se simplifican en un desafío al mundo desde una ventana en un populoso barrio italiano (Una ventana en Via Speranzella), y, sobre todas aquellas propuestas, la necesidad de meditar sobre la relación entre el mal y la belleza, la necesidad de discernir, de apreciar lo bello sin obligarse a seguir los cánones comerciales y de enfrentar ese sentimiento que lo bello genera en los hombres frente a su aparentemente intrínseca maldad (La belleza).
El anciano menea la cabeza ligeramente, como negando algo pero, todo lo contrario, les aseguro que está afirmándose en sus recuerdos. Coge la jarra de té aromado (palabra de Javier Sáez de Ibarra que el narrador suscribe, si se le permite la licencia) y se brinda un sorbo largo que parece inundar su interior con satisfacción. Abre, entonces sí, el libro y busca el índice para elegir aquellos cuentos que más le apetece leer. Pero nada más posar su vista sobre la lista de relatos recuerda el otro aspecto sobresaliente de la obra: su voluntad de innovar, de traspasar límites, de disolver imposibilidades. Reconoce en los títulos de los relatos las imágenes proyectadas (composiciones contemporáneas que en aquella época utilizaban medios audiovisuales en mixtura con los orgánicos o con los elementos fundamentales de la naturaleza, fotografías, lienzos, performances, collages, graffitis, composiciones abstractas, ready-made, autorretratos, paisajes) y, más allá de lo visible, la cantidad de técnicas y recursos formales empleados que hacen de cada una de los relatos una propuesta literaria diferente.
El tono narrativo empleado en Mirar al agua, el relato con el que comienza el libro, es fundamental para llevar al lector allí donde Javier Sáez de Ibarra quiere llevarle, para hacerle subir desde la incomprensión simpática con el personaje a la posibilidad de empezar a saber si alguien te guía adecuadamente. Y se permite el anciano una sonrisa irónica, porque eso mismo hizo él con aquellos que renegaban del cuento como género literario, para pasar de contemplarlo como algo menor a ser fundamental para los buenos amantes de la literatura. Sonríe porque siempre pensó que el arte abstracto descrito en el relato por Javier Sáez de Ibarra podría ser una metáfora del cuento.
Y qué decir de Un hombre pone un cuadro, en el que la aparente historia principal que se cuenta con profusión de descripciones va tornándose secundaria una vez que el narrador da detalles de aquella fotografía que el hombre trata de colgar. Pero es tan liviano ese camino, suspira nuestro anciano quizá con ganas ya de la relectura.
No le da tiempo, el siguiente título que encuentra, Las Meninas, es un ejercicio extremo de la utilización del diálogo, un cuento dialogado (magnífico el tono narrativo diferenciador utilizado para cada personaje, el único recurso disponible por Javier Sáez de Ibarra al prescindir del narrador), que tiene la facultad de conformar una fotografía memorable.
Pero había uno, uno... Sí, vuelve a sonreír el anciano al reconocer el título de uno de los relatos preferido del libro: La superstición de Narciso o aprender del que enseña. Merece la pena recordarlo más sosegadamente, detenerse en él. Como en Mirar al agua, el autor da un vuelco total a la narración, y el relato principal, magistralmente urdido, sin una fisura que muestre equivocada la teoría del primer Narciso sobre el arte de atraer, aparece difuminándose por los comentarios a pié de página (más acá de Foster Wallace) de un aparente relato secundario que se muestra dominante al final, con completa pérdida de objetividad, y que nos ofrece al segundo Narciso. Pero no sólo eso: la captación de la mente del lector, el enfoque de la misma primero a la televisión, luego al narciso gigoló y, finalmente, sobre el crítico proclive a lanzar anatemas. Y, además, para completar la esfericidad del relato, la sutil patina de ironía que envuelve la trama, la que Javier Sáez de Ibarra otorga a los dos narcisos, cruel metáfora de sus respectivos fracasos.
En fin, mueve de nuevo el anciano la cabeza como negando, pero no, afirmando aquella maestría demostrada por el autor. Mira de nuevo el índice y levanta las cejas. Hay tantos y tantos buenos relatos en ese libro.
La belleza, sí, ¿qué es la belleza? Se levanta del sillón y gira noventa grados una de las láminas de la pared, se aleja un paso y la contempla un instante. Realiza la misma operación con cada lámina de la habitación. Sigo sin reconocer ninguno de los cuadros, pero todos parecen ahora diferentes. Desprenden, tengo que confesarles, una cierta atracción almada. Cuando acaba, el anciano recupera el libro que dejó sobre la mesa y se sienta de nuevo en el sillón.
Dejémosle con sus cuentos, dejémosle disfrutar de la lectura. Parece que, ahora sí, abre las páginas del mismo y se ajusta las gafas a la nariz. Seguro que el libro volverá a una de las repisas y la estufa permanecerá apagada una noche más. Qué mayor sacrificio puede hacer. Pero tomó su elección y fue consciente de ello: decidió amar la literatura.

El botón de muestra: Mirar al agua (primer cuento del libro)
lunes, 31 de agosto de 2009
EL CENTAURO, un cuento de Vicente Muñoz Álvarez

EL CENTAURO
Vicente Muñoz Álvarez
Escuchamos en la lejanía un rumor sordo y creciente, el trueno de una doble tempestad, y en el horizonte una nube de polvo hinchada precedió la llegada de los invasores del allende. Cayeron sobre nosotros como el viento, sembrando en nuestras filas el terror con largos cuchillos refulgentes y báculos de fuego que herían desde la distancia. Pero, más aún que sus ingenios, asombraba la fisonomía de sus cuerpos, fusión de hombre y bestia en un solo perfil. Su aspecto era fiero y espantoso: lo que parecía ser un hombre demediado se enfundaba en una carcasa rutilante y cegadora sobre la que rebotaban nuestras lanzas. Su cara apenas era discernible, oculta como estaba en una profusa masa de pelo desgreñado. El término de su espalda se fundía con la grupa de la bestia, de enorme vientre y ojos destellantes. Era ágil y fuerte, y la vimos varias veces saltando sobre nuestras cabezas impulsada por sus patas delanteras. Aturdidos por su magia y conscientes de su poder nos postramos frente a ellos sin ofrecer apenas resistencia, prestos a idolatrarles como a dioses. Y entonces sucedió el mayor de los prodigios. Uno de ellos se acercó hasta nuestro grupo y ante nuestra mirada se escindió en dos partes sin esfuerzo, quedando bestia y hombre separados y aumentando así nuestro pavor. Su voz era ronca y cavernosa. Su nombre, Hernán Cortés.
jueves, 27 de agosto de 2009
Un cuento de Clarín

El gallo de Sócrates
Leopoldo Alas (Clarín)
Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó a los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto a cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio o no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder a sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:
-Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda. -Y no habló más.
Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, o si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese a la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba a los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime o ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates a veces, a pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).
Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.
Y Sócrates no había dicho que él no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aun respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.
Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vio, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba a saltar a la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.
Conoció Critón el intento del ave de corral, y esperó a que saltase a la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando a transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, o sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón a voluntad de los dioses.
Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.
Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.
«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía a volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo».
Corría el gallo y le iba a los alcances el filósofo. Cuando ya iba a echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.
-¡Oh, gallo irreverente! -gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo. Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo», pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio».
Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.
-¡Oh, filósofo idealista, de imitación! -dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias; -no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco a ti. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven a los maestros. Quedan acá, a manera de larvas, para asustar a la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.
-«¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles».
-Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oír hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.
-¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?
-Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto a semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el porqué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.
-Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas a morir. ¡Date!
-¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?
-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.
-¿Dijo Sócrates todo eso?
-No; dijo que debíamos un gallo a Esculapio.
-De modo que lo demás te lo figuras tú.
-¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?
-El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme a mí para contentar a un dios, en que Sócrates no creía, es ofender a Sócrates, insultar a los Dioses verdaderos... y hacerme a mí, que sí existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.
-Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.
-Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.
-Gallo de Gorgias, calla y muere.
-Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.
-Yo a las palabras me atengo. Date...
Critón buscó una piedra, apuntó a la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre...
El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:
-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.
Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.
Un cuento de un gran cuentista del siglo XIX.
martes, 25 de agosto de 2009
Reseñas sobre El Colibrí blanco
...o , como dice mi hermano David González: autobombo.

El Colibrí Blanco
por Miguel Ángel Zapata
para la Revista Spejismos y para Comentariosdelibros.com
No pocas concepciones nacionales e ideologías patrias se elevan sobre el monolito de una trágica fecha. Y no poca literatura bebe de tales cronologías a la búsqueda de una identidad colectiva que dé su esencia a tal o cual pueblo. El 17 de julio de 1936 comienza el siglo XX para la España aún finisecular, aún agraria, aún imbuida de la tradición que confrontaba un liberalismo ingenuo con el azote de los tradicionalistas, dicotomía que los alzados contra el orden constitucional republicano dinamitaron definitivamente en ese verano trágico del 39. Los intentos recientes de nuestra literatura (pienso en la obra del joven Isaac Rosa o en la espléndida Los girasoles ciegos de Alberto Méndez) han pretendido un revisionismo narrativo que aparcara las visiones maniqueas o sentimentales del conflicto armado y la posguerra maqui o nacionalcatólica.
En esta línea renovadora y profundamente novedosa abría que incluir la segunda obra del escritor madrileño Esteban Gutiérrez, El colibrí blanco, novela breve finalista del prestigioso certamen Felipe Trigo en su edición de 2009. Armada mediante una compleja y sutilísima arquitectura coral, El colibrí blanco revela la extraordinaria capacidad de Gutiérrez para el arriesgado equilibrio entre la elipsis y la revelación. Trabando magistralmente diferentes instancias temporales (la España rural durante el conflicto bélico, el penoso exilio y el goteo de los retornos en los albores de la democracia), el autor traza un escenario de espectros que recuerda a los osarios de Rulfo y Luis Mateo Díez. Sin embargo, y a diferencia de éstos, Esteban Gutiérrez huye de la concepción fantástica para penetrar en un singular sustrato realista (igualmente alejado del costumbrismo al uso) que se recrea en la existencia condenada de los personajes, vivos pero fatalmente zarandeados por el destino, fantasmales en su azaroso caminar.
Seguir leyendo aquí y aquí
Reseña de Raúl Rubio Millares para la Revista digital La biblioteca imaginaria
En su labor como crítico literario, Leopoldo Alas “Clarín”, al analizar los personajes de la novela, distingue entre personajes «tipo» y personajes «carácter». Los primeros representan una idea, no evolucionan ni cambian, y los segundos son los que están en continuo proceso de transformación, no son marionetas, sino que poseen vida propia dentro de la novela. Obviamente, son estos los que le interesa estudiar. Sin duda, Antonio Menéndez Seoane, personaje principal de «El colibrí blanco», habría sido encuadrado por Clarín en esta segunda clase de personajes.
Escribe Miguel Ángel Zapata en la contraportada del libro que Seoane es “quizá, uno de los personajes más arrebatadores y de trazo más escalofriante que he tenido la suerte de poder disfrutar en mucho tiempo”. Y es cierto, porque Seoane rebosa humanidad en cada línea que ocupa en el texto, humanidad en sentido pleno, con toda su complejidad, algo que el lector va descubriendo a medida que la narración avanza.
Porque «El colibrí blanco» cuenta la historia de Seoane, pero a la vez, es una fotografía de un tiempo difícil para muchos, huyendo de maniqueísmos, pues en la vida real de las personas anónimas, no están tan claros los límites entre el blanco y el negro, siendo el gris de la duda el que lo impregna todo. Del heroísmo a la atrocidad sólo hay un paso.
Seguir leyendo aquí.
Reseña de Andrés Ramón Pérez Blanco para el blog EL KEBRANTAVERSOS
En primer lugar agradecer al autor de este libro el que me lo enviase y lo pudiese disfrutar por la cara. MUCHÍSIMAS GRACIAS ESTEBAN(BACOVICIOUS). Este libro fue Finalista del Premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008. Y con todo merecimiento. Una historia breve, pero con mucha historia y , muy larga, y muy dura, detrás. Dominio perfecto de la técnica. Capítulos breves, impactantes. Esta historia podía haber sido perfectamente real. ( Estoy seguro que han habido en este país muchos ANTONIOS MENÉNDEZ SEOANE, muchos "CARNICEROS" en apariencia, pero ángeles para sus hermanos, para sus compañeros y vecinos. Es un libro editado en EH NARRATIVA. Es un libro que te atrapa y que no puedes dejar de leer hasta el final.
Seguir leyendo aquí
Entrevista y reseña de Sandra Rubio para la Revista blog El cuartito de pensar
Este es un fragmento de “El colibrí blanco”, el segundo libro del escritor Esteban Gutiérrez, finalista del premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008 y primera apuesta de EH en su recientemente inaugurada colección de narrativa. No habría podido, la editorial, tener mejor acierto. Que el autor ama a las letras y las letras le aman, es un hecho irrebatible.
Si buscáis el placer consumista de etiquetar, y tenéis esa necesidad imperiosa y os digo desde ya, absurda, de clasificarlo todo y meterlo en un bote y mirarlo, lo vais a tener difícil con Esteban. Lo bueno es genuino y no se parece a nada, y “El colibrí blanco” carece de etiquetas, no podemos afirmar que se trate de una novela, ni de un cuento largo, sino que como él mismo confiesa, se trata de una mixtura donde el lector, debe terminar de hornear la masa en su cabeza.
Así, se suceden saltos de tiempo, se inmiscuye como otro personaje más de la historia el género epistolar, encontramos informes policiales y muchas más sorpresas, que conforman un gran rompecabezas ciertamente exquisito.
Seguir leyendo aquí
Gracias a todos.
La palabra en el oído es lo que alienta el vuelo del colibrí.

El Colibrí Blanco
por Miguel Ángel Zapata
para la Revista Spejismos y para Comentariosdelibros.com
No pocas concepciones nacionales e ideologías patrias se elevan sobre el monolito de una trágica fecha. Y no poca literatura bebe de tales cronologías a la búsqueda de una identidad colectiva que dé su esencia a tal o cual pueblo. El 17 de julio de 1936 comienza el siglo XX para la España aún finisecular, aún agraria, aún imbuida de la tradición que confrontaba un liberalismo ingenuo con el azote de los tradicionalistas, dicotomía que los alzados contra el orden constitucional republicano dinamitaron definitivamente en ese verano trágico del 39. Los intentos recientes de nuestra literatura (pienso en la obra del joven Isaac Rosa o en la espléndida Los girasoles ciegos de Alberto Méndez) han pretendido un revisionismo narrativo que aparcara las visiones maniqueas o sentimentales del conflicto armado y la posguerra maqui o nacionalcatólica.
En esta línea renovadora y profundamente novedosa abría que incluir la segunda obra del escritor madrileño Esteban Gutiérrez, El colibrí blanco, novela breve finalista del prestigioso certamen Felipe Trigo en su edición de 2009. Armada mediante una compleja y sutilísima arquitectura coral, El colibrí blanco revela la extraordinaria capacidad de Gutiérrez para el arriesgado equilibrio entre la elipsis y la revelación. Trabando magistralmente diferentes instancias temporales (la España rural durante el conflicto bélico, el penoso exilio y el goteo de los retornos en los albores de la democracia), el autor traza un escenario de espectros que recuerda a los osarios de Rulfo y Luis Mateo Díez. Sin embargo, y a diferencia de éstos, Esteban Gutiérrez huye de la concepción fantástica para penetrar en un singular sustrato realista (igualmente alejado del costumbrismo al uso) que se recrea en la existencia condenada de los personajes, vivos pero fatalmente zarandeados por el destino, fantasmales en su azaroso caminar.
Seguir leyendo aquí y aquí
Reseña de Raúl Rubio Millares para la Revista digital La biblioteca imaginaria
En su labor como crítico literario, Leopoldo Alas “Clarín”, al analizar los personajes de la novela, distingue entre personajes «tipo» y personajes «carácter». Los primeros representan una idea, no evolucionan ni cambian, y los segundos son los que están en continuo proceso de transformación, no son marionetas, sino que poseen vida propia dentro de la novela. Obviamente, son estos los que le interesa estudiar. Sin duda, Antonio Menéndez Seoane, personaje principal de «El colibrí blanco», habría sido encuadrado por Clarín en esta segunda clase de personajes.
Escribe Miguel Ángel Zapata en la contraportada del libro que Seoane es “quizá, uno de los personajes más arrebatadores y de trazo más escalofriante que he tenido la suerte de poder disfrutar en mucho tiempo”. Y es cierto, porque Seoane rebosa humanidad en cada línea que ocupa en el texto, humanidad en sentido pleno, con toda su complejidad, algo que el lector va descubriendo a medida que la narración avanza.
Porque «El colibrí blanco» cuenta la historia de Seoane, pero a la vez, es una fotografía de un tiempo difícil para muchos, huyendo de maniqueísmos, pues en la vida real de las personas anónimas, no están tan claros los límites entre el blanco y el negro, siendo el gris de la duda el que lo impregna todo. Del heroísmo a la atrocidad sólo hay un paso.
Seguir leyendo aquí.
Reseña de Andrés Ramón Pérez Blanco para el blog EL KEBRANTAVERSOS
En primer lugar agradecer al autor de este libro el que me lo enviase y lo pudiese disfrutar por la cara. MUCHÍSIMAS GRACIAS ESTEBAN(BACOVICIOUS). Este libro fue Finalista del Premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008. Y con todo merecimiento. Una historia breve, pero con mucha historia y , muy larga, y muy dura, detrás. Dominio perfecto de la técnica. Capítulos breves, impactantes. Esta historia podía haber sido perfectamente real. ( Estoy seguro que han habido en este país muchos ANTONIOS MENÉNDEZ SEOANE, muchos "CARNICEROS" en apariencia, pero ángeles para sus hermanos, para sus compañeros y vecinos. Es un libro editado en EH NARRATIVA. Es un libro que te atrapa y que no puedes dejar de leer hasta el final.
Seguir leyendo aquí
Entrevista y reseña de Sandra Rubio para la Revista blog El cuartito de pensar
Este es un fragmento de “El colibrí blanco”, el segundo libro del escritor Esteban Gutiérrez, finalista del premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008 y primera apuesta de EH en su recientemente inaugurada colección de narrativa. No habría podido, la editorial, tener mejor acierto. Que el autor ama a las letras y las letras le aman, es un hecho irrebatible.
Si buscáis el placer consumista de etiquetar, y tenéis esa necesidad imperiosa y os digo desde ya, absurda, de clasificarlo todo y meterlo en un bote y mirarlo, lo vais a tener difícil con Esteban. Lo bueno es genuino y no se parece a nada, y “El colibrí blanco” carece de etiquetas, no podemos afirmar que se trate de una novela, ni de un cuento largo, sino que como él mismo confiesa, se trata de una mixtura donde el lector, debe terminar de hornear la masa en su cabeza.
Así, se suceden saltos de tiempo, se inmiscuye como otro personaje más de la historia el género epistolar, encontramos informes policiales y muchas más sorpresas, que conforman un gran rompecabezas ciertamente exquisito.
Seguir leyendo aquí
Gracias a todos.
La palabra en el oído es lo que alienta el vuelo del colibrí.
viernes, 21 de agosto de 2009
Un cuento de Fernando Aramburu

Los peces de la amargura
Fuimos Andoni y yo a buscarla a media mañana. Esto fue a finales de noviembre del año pasado. El día no podía ser más desapacible. Uno de esos días grises de lluvia, de viento racheado que lo mismo sopla de aquí que de allá. En días como ése uno mejor se queda en casa a menos que lo saque a la calle una obligación. En el momento de despedirme, le dije a mi Juani que a esta hija nuestra la persigue la mala suerte. Juani, en la cama con jaqueca, respondió que a ella también la perseguían la mala suerte y cosas peores. La enfadaba no poder acompañarme. Bueno, bueno, no te hagas mala sangre, le dije. Una jaqueca se pasa; en cambio, lo de la hija ya no tiene remedio. No hablamos más porque Andoni estaba esperándome abajo. Queríamos evitarle a la hija un viaje con sacudidas que le pudieran causar dolor. Por eso fuimos en el coche de Andoni, que era más cómodo que el mío. Yo a Andoni le tenía afecto. Chico callado, formal, trabajador. Todo lo que se diga es poco. Por la carretera del hospital, delante de un semáforo en rojo, me dijo de golpe: Jesús, mantengo mi promesa de matrimonio. Lo miré sin hablar. Él me miró igual. No sé por qué nos miramos. Después de unos segundos, no pude aguantarle la mirada. Entonces volví la cara hacia la ventanilla de mi costado. El viento inclinaba la punta de los árboles. Volaban las hojas de un lado para otro. Desde la víspera no paraba de llover. El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Triste.
No la encontramos en la habitación. El corazón me dio un vuelco. Yo soy así. El miedo se me suelta enseguida. Y desde que sucedió aquello, no digamos. En el lugar donde la hija había estado penando durante seis meses, sin contar los días en la UVI, había ahora otra cama con otra paciente. Fuimos a preguntar. Nos dijeron que esperáramos al final del pasillo, que ya nos la iban a traer. Al rato vimos que aparecía por el fondo, sentada en una silla de ruedas. Mi hija. Llevaba un ramo de rosas blancas sobre el regazo. De algunas habitaciones salió gente a decirle adiós. La silla de ruedas la empujaba la enfermera esa de la que se había hecho tan amiga. A su lado venía otra que cargaba con las bolsas, el neceser y las muletas. Andoni se apresuró a hacerse cargo de los bultos. Oí a la hija advertirle que tuviera cuidado, que no dejara caer nada al suelo. Eso fue en el momento en que me acerqué a besarla. ¿La amá ?, preguntó. Le noté en las mejillas más hueso que carne. Andoni y yo nos pusimos detrás de ellas para no cortarles la conversación. Como no cabíamos todos en el ascensor, él y yo bajamos por las escaleras. Aun así llegamos los primeros a la planta baja. Pensé que en adelante cada uno de nosotros tendría que apañárselas para acostumbrarse a la lentitud. La hija me pidió que le cogiera las rosas. A Andoni las enfermeras le mandaron acercar el coche a una entrada reservada al personal sanitario. No era aconsejable andar con la hija por medio del gentío que suele juntarse delante de la puerta principal. Por primera vez después de mucho tiempo la vi ponerse de pie. Mi hija de pie. Ya es desgracia que tenga uno que maravillarse de una cosa así. Y, sin embargo, me parecía estar asistiendo a un milagro. La hija se apoyó en las muletas. Sentí un pinchazo por dentro al ver su fragilidad, sus delgadas manos sin fuerza. Mi hija, la única que tengo. Quieta, se dejó besar por las dos enfermeras. Hasta la próxima, les dijo en un tono que les cortó de golpe la sonrisa. ¿Qué iba a decir ella si más tarde o más temprano debía volver a que le retiraran los clavos de la pierna? Andoni cometió la indelicadeza de recordar a las tres mujeres, las tres al borde de las lágrimas, que estaba lloviendo. Buen chico, el Andoni. Tan bueno como grande, tan grande como torpe. La hija rechazó su brazo en el momento de tomar asiento en la parte trasera del coche. Como no lograba entrar me pidió a mí que la ayudara. Ya en la carretera que baja a la ciudad, la lluvia azotaba con fuerza el parabrisas. La hija protestó: más despacio. Miré el indicador de velocidad. Íbamos a cuarenta por hora. A cuarenta y cuesta abajo. Andoni, obediente, redujo la marcha. A todo esto, se nos pegó detrás un autobús urbano. El conductor hizo una maniobra brusca para adelantarnos. Cuando pasaba por nuestro lado hizo un gesto ofensivo. Yo no lo vi, pero Andoni sí lo vio. Triste.
Al mar. Que quería ir al mar. Que llevaba varios meses con la ilusión de ver el mar. Le daba igual que lloviera. Otros hacen una promesa a Dios o peregrinan a Santiago. A ella se le había metido en la cabeza que si algún día lograba salir del hospital iría derecha a ver el mar. Andoni me miró como suplicándome que interviniese. Pregunté: ¿No prefieres que vayamos primero a casa a buscar un paraguas y una gabardina, y a ver a la amá , que te está esperando? Después de un rato de silencio, ella se limitó a decir que no necesitaba más de cinco minutos para cumplir el capricho. Encontramos el paseo marítimo desierto. Normal. ¿A quién se le podía ocurrir andar por aquel sitio tan expuesto a las inclemencias, con el tiempo que hacía y con la marejada que cada dos por tres levantaba una rociada de espuma hasta la carretera? Intentó abrir la puerta y no pudo. Aitá , dijo. Me hice el sordo para que fuera su novio quien la ayudase. Llovía menos, pero llovía. Pretendía ir sola a la barandilla. Andoni y yo dijimos que no. Aceptó que la acompañáramos a condición de que después nos apartásemos de su lado. Aún le faltaba práctica con las muletas. Le preguntamos si no le parecía mejor sentarse en el banco, desde donde tenía las mismas vistas que de pie. El banco estaba mojado. Andoni le trajo una manta. Ella se sentó encima. Por fin estaba sola frente al mar. Nosotros, dentro del coche, como a diez metros, esperábamos a que nos llamase. El salitre daña la carrocería. Pues sí, dije, y me callé. Pasaron cinco minutos. Pasaron más. Andoni se empezó a impacientar. Que sólo faltaba que pillase una pulmonía. Jesús, la que nos va a armar Juani cuando se entere. La hija llevaba un pañuelo anudado al cuello. Una punta le caía sobre la espalda. A veces venía una racha de viento y la punta se agitaba. A todo esto, la hija volvió un poco la cara para hablarnos. Andoni bajó la ventanilla. Las rosas. Que le lleváramos el ramo de rosas. Se lo llevamos. Con nuestra ayuda avanzó hasta la barandilla. Estaba todo el mar de color ceniza y blanco, con un desorden furioso de aguas. El cielo era una pasta de nubes sucias. Una a una ella fue tirando las rosas al fondo del acantilado. Tenía el pelo y la ropa empapados de lluvia y del rocío de las olas. Y nosotros, al poco rato, lo mismo. Cuando hubo tirado todo el ramo, respiró profundamente. Ahora sí, dijo, ahora a casa. Triste.
Se empeñó en subir sola la escalera. Andoni subió detrás, a un peldaño de distancia por si acaso. Menos mal que vivimos en el primer piso y no más arriba. La pierna izquierda la tiene curada; en cambio, la derecha nunca podrá apoyarla como es debido ni apenas doblarla por la rodilla. Le cuelga, eso es todo. Ella solía echar en cara a los médicos que no se la hubiesen amputado. ¿Para qué me sirve, decía, un miembro inútil que, encima, rara vez deja de dolerme? Una tarde llegamos Juani y yo al hospital y la pillamos en la cama escribiendo. Eso fue por los tiempos en que ya no la tenían colgada de la grúa. Mi hija. Ya se podía levantar; ya se ejercitaba un poco con las muletas. ¿Qué andas, de poesías? A mí me aguanta las bromas. A los demás no les consiente ni una. Pero yo soy su aitá y ella sabe que dentro de su aitá no hay sitio para las malas intenciones. Nos respondió que estaba escribiendo una lista de las cosas que nunca podría hacer. Vi que tenía la hoja llena. Empezó a leerla: Trabajar fuera de casa, volver a las clases de aeróbic, montar en bicicleta... Bueno, bueno, le cortó Juani, no hemos venido aquí a que nos deprimas. Yo reconozco que sí, que soy propenso al desánimo. Mi Juani es más entera. Se crece con los problemas, se enfada, nos estropea un poco la vida a los demás, pero sale adelante. Yo no se lo tomo a mal. Si quiere pegar gritos, que los pegue. Porque la verdad es que sin Juani y sin la energía y fortaleza de Juani estaríamos todos mucho peor. Cuando entramos en casa, se asomó en camisón a la puerta. Se notaba en las ojeras y en las arrugas de la frente que ese día le estaba pegando duro la jaqueca. La hija le dijo que se acostara, que ya habría tiempo más tarde para besos. Juani le preguntó con los ojos cerrados si venía con dolor. También con los ojos cerrados esperó la respuesta. Mi Juani habla con los ojos cerrados cuando se siente muy mal. A punto de retirarse, levantó un poco los párpados. Lo suficiente para darse cuenta de que la hija venía mojada. Andoni empezó a balbucear una explicación. Le hice gestos para que se callara. Triste.
A la hija se le encendió la cara de gusto nada más entrar en su dormitorio. Habíamos dejado todo tal como estaba el día en que salió a sacar dinero de la caja de ahorros y ya no volvió. Se alegró del reencuentro con sus objetos personales. Desde el umbral nombró unos cuantos paladeando las palabras. Mis chinelas, decía en el tono ensimismado de quien habla a solas. Mi colcha de rayas. Mi espejo. Mi ordenador. Y cada vez que nombraba un objeto, a mí me parecía como si hubiera un temblor en el aire. Entró y los demás entramos en fila india detrás de ella. Nos estábamos acostumbrando a la lentitud. Con pasos inseguros se dirigió al ropero. Juani le abrió las puertas. La hija me entregó una muleta. De ese modo le quedó una mano libre para pasarla por sus chaquetas, sus blusas, sus zapatos repartidos por las baldas. Se estuvo mirando en el espejo. La pierna no se la miraba. En eso me fijé. Se miraba la cara sonriente. Guiñó un ojo y se sacó la lengua. Luego encontró sobre el escritorio una novela. Un calendario de bolsillo marcaba la última página leída más de seis meses atrás. Encontró asimismo unas flores resecas dentro de un vaso sin agua, regaladas alguna vez por Andoni. A mi Juani, entretanto, le pareció que había llegado el momento de sacar ropa seca del armario. Al momento se pusieron a discutir las dos mujeres. Andoni y yo nos marchamos a la cocina. A mí me gustaba Andoni para yerno por su tranquilidad. Me acuerdo de cuando compramos el sofá. Andoni lo subió solo desde la calle. El trasto cabía justo, justo, por el hueco de la escalera. Más tarde, yo intenté moverlo cuando nadie me veía. A duras penas conseguí despegarlo unos centímetros del suelo. Me parecía inconcebible que alguien pudiera tener tanta fuerza. Temí por la hija. Y, sin embargo, ella manejaba al fortachón como a un corderito. Haz esto, haz lo otro. Levántate, siéntate. Así a todas horas. Y el coloso, feliz. Será que la relación es mucho más fácil cuando uno manda y el otro obedece. Juani y la hija tienen demasiado carácter. Para ellas no hay diferencia entre conversar y discutir. Discuten hasta cuando están de acuerdo. Y no es que se lleven mal en el sentido de no quererse. Se quieren a rabiar. Pero tienen ese arranque autoritario que les impide dar el brazo a torcer. No tuve que hacerle una seña a Andoni. En cuanto empezaron las dos a llevarse la contraria salimos del dormitorio. Nos tomamos un café sentados a la mesa de la cocina. Jesús, me preguntó, ¿tú cuándo crees que nos podremos casar? Le dije: Ahora, difícil. Un rato después me preguntó si yo suelo tomar el café con mucho o poco azúcar. Yo lo tomo con bastante. Él, también. Eso fue todo lo que hablamos. Triste.
Pasé la tarde solo en el comedor limpiando el filtro del acuario, rellenando crucigramas y sopas de letras; en fin, matando el rato como acostumbro desde que me jubilé. En la vasca repitieron el partido de pelota de la víspera. Lo vi de nuevo, aunque sin sonido para no molestar. El viento soplaba en la calle con más fuerza que por la mañana. A veces las ráfagas de lluvia repiqueteaban contra los vidrios. Fuera estaba tan oscuro que antes de las cuatro tuve que encender la lámpara. Llevábamos largo tiempo soñando con la vuelta de la hija. El sueño por fin se había cumplido. Se supone que deberíamos estar todos dando botes de alegría. Sin embargo, el piso continuaba tan silencioso como desde hacía medio año. Quizá cuando Juani se recuperase podríamos celebrar el acontecimiento. De hacer algo juntos tendría que ser por la mañana para que Andoni también estuviera presente. A Andoni le tocaba esa semana turno de tarde. No le había quedado más remedio que irse poco después de mediodía. Lo acompañé hasta la puerta. Era tan alto que debía agacharse para no pegar con la frente en el dintel. Bueno, Jesús, dijo con aire mustio desde el descansillo. Me miró como esperando que yo añadiera algo. Agur , Andoni. Otra cosa no se me ocurrió. Cerré la puerta. A lo mejor pensó que le daba con ella en las narices, pero es que tenía una cazuela en el fuego. Mi Juani no comió. En cuanto vio a la hija con ropa seca se volvió a la cama. La hija se acostó a las dos. Casi no probó la comida. Estaba ella sentada ahí y yo aquí. Hundía el borde de la cuchara en la sopa. Sacaba lo justo para mojarse la punta de la lengua. Sorbes como un caballo, me reprochó. Al final empujó el plato casi lleno hacia un lado y comió sin apetito tres o cuatro granos de uva. Insistió en fregar los cacharros. No eran muchos. Intenté disuadirla. ¿Me consideras una inútil o qué? Bueno, bueno. Arrimé una banqueta al fregadero. La hija se sentó con mi ayuda. No me aparté de su lado mientras fregaba lo poco que había para fregar. ¿Ves como sí puedo? La espuma del detergente cubría sus manos delgadas. Las agujas del hospital le habían dejado marcas moradas en los dos antebrazos. La ayudé a bajar de la banqueta. Se tomó un analgésico, cogió sus muletas y salió de la cocina diciendo que se retiraba a su dormitorio a escuchar música y estar sola. Esto último lo entendí muy bien. Por la tarde, el teléfono sonó cuatro o cinco veces. Parientes y conocidos. Que qué tal. Bien, pero no se puede poner. Mi cuñada tocó el tema de empezar una vida nueva. Me apresuré a darle la razón para que se callara. También Andoni llamó, pero tarde, cuando estábamos cenando. La hija me pidió en voz baja que le dijera que aún no se había levantado. Transmití la mentira y colgué. Juani desaprobó aquella manera tan poco amable de tratar a un novio. Amá, no te metas. A Juani le dolía demasiado la cabeza como para enzarzarse en una discusión. Se calló y hubo paz. Les preparé pisto para cenar. La una: Cuántas veces te he pedido que cortes el pimiento en trozos más pequeños, ¿o es que crees que tenemos boca de elefante? La otra: Deja tranquilo al aitá, hace lo que puede. Poco después, mi defensora: Se te ha olvidado la sal, ¿verdad?, esto no sabe a nada. Juani: ¿Por qué no lo dejas ahora tú tranquilo? Y la hija: No se lo digo como crítica sino para que lo tenga en cuenta la próxima vez. En una de ésas, metí baza. Al momento me arrepentí. Les dije de buena fe, para reconciliarlas: Me gusta vuestra discordia, es señal de que os sentís mejor. La hija replicó que nadie contara con ella para formar un hogar feliz. La frase me dejó de piedra. No me la pude apartar del pensamiento en toda la noche. Por lo general, cuando Juani se acuesta yo ya duermo. Es raro que la sienta llegar. Esa vez me pilló mirando el techo. ¿En qué piensas? En nada. Apagó la luz. Ella tampoco podía dormir. ¿Todavía te duele la cabeza? Un poco. Al rato, en la oscuridad, dijo: Que se ande con cuidado si no quiere perderlo. Triste.
Una noche, la hija nos despertó. Faltaba semana y media para que los periódicos la describiesen como una mujer de 29 años que pasaba casualmente por el lugar de la explosión. Serían las tres o las cuatro, no estoy seguro. En realidad, a mí me despertó Juani de un codazo. Yo ni sentí a la hija llegar ni oí que había empezado a hablarnos con la cabeza metida por la abertura de la puerta. Entraba luz del pasillo. Jesús, dice ésta que se casa. Pregunté, medio dormido, que con quién. Juani se adelantó a la respuesta de la hija. Con quién va a ser, con el gigante. Se llama Andoni, precisó la hija desde la puerta. Se le notaba alegre. Eran otros tiempos. Pienso en el año pasado como si formara parte de una época antigua. Yo al menos me he hecho muy viejo en los últimos seis meses y pico. El hombre había venido un par de veces a casa. Pensábamos que sería un amigo de la cuadrilla, a lo mejor un compañero de trabajo. No se agarraban de la mano ni se besaban en nuestra presencia. Recuerdo la primera vez que hablé con él. Me vio en la sala, con la tapa del acuario levantada. Le estreché la mano. Una mano, sin exagerar, el doble de grande que la mía. ¿Qué, dando de comer a los peces? Pues sí. Estuvo un rato mirándolos sin hablar. De pronto enderezó el cuerpo y dijo: Bonitos. A partir de aquel instante me cayó simpático. Conque a mí me pareció bien que la hija se quisiera casar con él. Andoni tenía un buen puesto de trabajo, vestía y se comportaba con decencia, estaba pagando los plazos de una vivienda y encima había dicho que mis peces le gustaban. Para mí, el yerno ideal, y para Juani, lo mismo. Lo que pasa es que ella es como es, metete y discutidora, y necesita soltar la última palabra, se hable de lo que se hable. Mandó a la hija a dormir. Se conoce que no la creía. Mañana hablaremos. Que me caso, amá . No he bebido. Claro, claro, habrás estado toda la noche dale que te pego al agua bendita. Tercié: Enhorabuena. Juani se revolvió en la cama. De un tirón a la manta me dejó, como quien dice, a la intemperie. Tú estáte calladito. Gracias, aitá . Fue lo último que dijo la hija antes de cerrar la puerta. El cuarto volvió a llenarse de oscuridad. Juani me imitó en son de burla: Enhorabuena, enhorabuena. ¿Te crees que ha ganado en una rifa o qué? ¡Si supiera ésa lo que es estar casada! Triste.
Desde la vuelta de la hija yo dedicaba más tiempo a los peces. Los había tenido bastante abandonados mientras ella estuvo ingresada en el hospital. Un día de tantos me levanté por la mañana y encontré seis o siete muertos. Tambien el chupador, que alguna vez había sido mi pieza más preciada. Ahora había recuperado el interés por los peces y volvía a cambiarles el agua a menudo. Arranqué todas las plantas cubiertas de algas negras, puse otras nuevas, compré un chupador parecido al anterior y vertí en el agua un líquido que me recomendaron en la tienda de animales. La ocupación me entretenía, pero sobre todo era una manera de quitarme de en medio. Como lo ven a uno atareado lo dejan en paz. Nadie, además, ponía objeciones al acuario. De las visitas que pasaban al comedor, rara era la que no les dedicase a los peces un comentario elogioso. Mi Juani gusta de sentarse junto al acuario. Por lo visto, la proximidad de los peces y las plantas acuáticas la relaja. Y como los tubos fluorescentes que hay dentro dan una luz clara, que no hiere en los ojos, muchas veces se sienta allí con sus agujas y sus hilos. Yo estaba probando una de esas tardes lluviosas de finales del otoño un artilugio para limpiar los cristales por dentro. El chupador hace su parte, pero eso no basta. De pronto oí unos ruidos provenientes del cuarto de baño. Sonaban como a frascos rotos al estrellarse contra las baldosas. Enseguida me di cuenta de que aquello era intencionado. No por eso dejé de alarmarme. Juani había ido a la pescadería. Teníamos un convenio secreto para que la hija no se quedara sola en casa. Llamé con los nudillos en la puerta. Los ruidos cesaron al instante. Le pregunté si le pasaba algo. Entra, dijo. Hacía muchos años, desde que era pequeña, que yo no la veía desnuda. A su alrededor se esparcían trozos de cristal mezclados con toda clase de líquidos y sustancias viscosas. Había también recipientes de plástico, intactos. Me dio en la nariz un fuerte olor a productos de higiene. Reconocí mi espuma de afeitar en medio del estropicio. No te cortes, le dije. Estaba descalza, apoyada en las muletas. Su cara traslucía enfado. Con un giro brusco de barbilla señaló hacia la bañera. La había llenado hasta la mitad. Del agua se desprendía un tenue vapor. Me pareció extraño que tratara de bañarse no estando su madre en casa. Por la mañana había tenido, además, su sesión de rehabilitación y yo sé que en esos casos siempre se duchaba antes de ponerse en camino. Aitá , méteme en el agua y limpia esto. No fue una orden estricta. Fue un ruego envuelto en una voz brusca. Tiró llena de rabia las muletas al suelo antes de rodear mi cuello con sus brazos. La levanté con cautela. Pesaba poco. La introduje en el agua. De la cocina traje el cepillo, el recogedor y una bolsa de plástico. Mientras limpiaba el suelo yo evitaba mirar a la hija. No sé, me daba apuro. Me lo reprochó. ¿Por qué no me miras? La miré, pero no la veía. Estaba delante de mí, dentro de la bañera, con el agua hasta la cintura y, sin embargo, yo tenía la sensación de poder ver los azulejos de la pared a través de su cuerpo. Aitá , eres demasiado bueno. Me encogí de hombros. ¿Qué le iba a responder? Cuando terminé de limpiar volví a mis peces. Largo rato después me llamó. La saqué de la bañera. Acto seguido la tuve que secar. La sequé sin tiquismiquis ni pudores, de arriba abajo, como ella quería. Por lo visto, aún tenía el pelo mojado cuando llegó Juani. La puerta del comedor estaba abierta. La oí renegar: No me digas que has vuelto a ducharte. ¿Sola? Huele a perfume de baño hasta en el portal. Y echándome a mí la culpa: Ése te habrá llenado la bañera de sales. Triste.
Lo intentamos tres veces. La idea me pareció disparatada desde el comienzo; pero como había partido de Juani hubo que llevarla a cabo. La primera vez fue el domingo anterior a la Navidad. Acabábamos de comer. La mesa estaba recogida. Nos disponíamos a compartir una docena de pasteles. Eran obsequio de Andoni para celebrar su reciente cumpleaños. Entre semana había cumplido treinta y dos. Mientras servía el café, Juani les preguntó si pensaban salir. Andoni miró a la hija y la hija andaba remolona y más bien con ganas de quedarse en casa. Que si la pierna, que si el mal tiempo. Empezó un rifirrafe entre las dos mujeres. Aquí te vas a oxidar como un hierro viejo. Como lo que soy, amá. Intervine con la primera ocurrencia que me acudió a la lengua. ¿Por qué no vais al cine? A Andoni se le alegró el semblante. Echaban una de risa, dijo. No se ponían de acuerdo y me fui a la cama. Al levantarme de la siesta supe que la hija había cambiado de opinión. La pareja estaría de vuelta a las nueve. A las nueve menos veinte, Juani me metió prisa para que me cambiase de ropa. Nos íbamos. Mientras bajábamos por la escalera le pregunté adónde. Pronto lo sabrás. No me di por satisfecho. Me contestó que había dejado una nota encima de la mesa de la cocina para que la hija no se preocupase. Nada más salir a la calle me tuve que agarrar la boina. Soplaba un viento de cuidado. A Juani se le dobló el paraguas y lo tuvo que cerrar. Había oscurecido. A la luz de las farolas, las gotas de lluvia caían como disparadas, a veces casi horizontales. Andaba poca gente por las aceras. Cerca de nuestro portal hay una cafetería, pero cierra los domingos por la tarde. Jesús, habrá que buscar un escondite. Me puse serio: Ya me estás explicando para qué me has hecho salir o me vuelvo a casa. Antes de las diez no vamos a volver, así que calla y sígueme. Nos resguardamos en el porche que hay al lado de la farmacia. Como el sitio hace esquina, había mucha corriente. El frío se nos colaba por dentro de la ropa. La única ventaja era que estábamos a salvo de la lluvia. Me voy a perder el partido de pelota. Juani no me escuchaba. De vez en cuando sacaba la cabeza entre las columnas para mirar en dirección a nuestro portal. Pasadas las nueve, los vimos llegar. Andoni se apeó del coche, pasó al otro lado y ayudó a la hija a salir. Con la gabardina hizo una especie de techo para que la hija no se mojase. Hombre atento, el Andoni. Con sus muletas y sus dificultades para desplazarse, la hija desapareció dentro del portal. Al rato se encendió la ventana de su cuarto. Fue entonces cuando mi mirada y la de Juani se encontraron. No le quise preguntar. ¿Para qué? Su cara hacía inútil cualquier aclaración. Estábamos de acuerdo en que la hija no debía quedarse sola en casa. Por si no se podía valer. Por si se caía. Ahora era distinto. Estaba con Andoni. Y había luz en el cuarto. Intenté imaginar lo que estaría sucediendo allá arriba. Juani me sacó de mis cavilaciones. Ponte ahí detrás. Con uno que mire, basta. Transcurridos apenas cinco minutos desde que se había encendido la luz, Andoni salió del portal. Nos escondimos detrás de una columna para que no nos viera al cruzar por delante con el coche. Juani no podía disimular su decepción. Subimos a casa enseguida. Hemos venido antes de lo que te he puesto en la nota, dijo. ¿Qué tal la película? ¿Y Andoni? La hija respondió con sequedad: Se ha ido. ¿Os habéis enfadado o qué? En absoluto. Hemos pasado una tarde agradable. Juani dijo que Andoni se podía haber quedado a cenar. Amá , sabes de sobra que mañana es día de trabajo. La segunda vez fue después de Navidad. Un jueves. Ocurrió más o menos lo mismo, con la única novedad de que habían discutido y Andoni sólo la acompañó hasta la puerta del piso. La ayudó a entrar y se fue. Esa tarde también llovió, pero por fortuna pudimos meternos en la cafetería. La tercera vez, a principios de año, encontramos a la hija ojeando una revista en la cocina. Andoni estaba tumbado en el suelo del cuarto de baño. A su lado se veía mi caja de herramientas y una palangana llena hasta la mitad de agua turbia. ¿Qué haces? Había desatascado la tubería del lavabo. Ya sólo le faltaba apretar las tuercas de ajuste con la llave inglesa. Me podías haber dejado a mí. Tranquilo, Jesús. Juani y yo no lo volvimos a intentar. A mí la idea aquella me parecía un disparate. No lo quise decir porque, conociendo a mi Juani, tratar de abrirle los ojos habría sido una pérdida de tiempo. Que se desengañe sola, pensé. Triste.
Oímos el estruendo desde casa. Yo estaba limpiando de caracolillos el acuario. Temblaron las paredes. El perro de la vecina se puso a ladrar. Juani, que se estaba preparando para ir a su misa del sábado, en los jesuitas, no lo dudó: Eso ha sido una bomba, pon la tele. Había programación normal. Al poco rato oímos, un poco lejos, sirenas de ambulancia. Hacía un día espléndido de primavera. Escuchamos las primeras noticias del atentado en una emisora local. El locutor hablaba de víctimas mortales, no decía cuántas, y de varios heridos, algunos de gravedad. Cuando tuvimos conocimiento del lugar de la explosión, le pregunté a Juani adónde había ido la hija a sacar dinero. Si ha ido a un cajero de la central, me contestó, a lo mejor ha visto algo. Ya nos lo contará cuando vuelva. No volvió. Casualidades de la vida: una prima de Andoni prestó el pañuelo de cuello con que le hicieron un torniquete a la hija. Entre sí decía, según nos contó más tarde: Yo a esta chica la conozco. La hija estaba todavía consciente. Antes que se la llevara la ambulancia, Andoni supo lo ocurrido. Su prima lo había llamado por teléfono y él nos llamó a nosotros. Juani ya estaba vestida con ropa de calle; yo salí con lo puesto. Me sentía incapaz de conducir. Estábamos tan nerviosos que ninguno de los dos consiguió cerrar con llave la puerta de casa. La vecina nos pidió un taxi. Su perro había salido al descansillo. Un collie que, por lo general, da poca guerra. Nos ladraba sin acercarse a olernos como es su costumbre. Mi hija. La estaban operando de urgencia. Al cabo de largo rato mandaron a una enfermera a comunicarnos que el equipo médico estaba haciendo lo posible por salvarle la pierna derecha. De momento, dijo, lo que más nos preocupa es la pérdida de sangre. Tenía, además, otras heridas, aunque de menor gravedad. No nos movimos de aquella sala donde nos pidieron que esperáramos. Había en el techo una lámpara. Yo todavía sueño con ella por las noches. Era una lámpara sin nada especial. Las he visto a centenares por todas partes, pero sólo aquélla se me quedó marcada en la memoria. Anochecía cuando vino uno de los cirujanos. Nada más verle el gesto, me dio un escalofrío. En su opinión, el caso se presentaba difícil, pero afortunadamente no había órganos vitales afectados. En la cara de Juani vi el mismo alivio que me recorría por dentro. La hija vivirá. El problema se concentraba en una pierna. Habrá que volver a operar. Eso seguro. Otras heridas de escasa importancia habían podido tratarse con puntos de sutura. Teníamos los tres cara de alelados. Nos mirábamos y mirábamos al personal sanitario que iba y venía por el pasillo, como esperando que alguien entrara a decirnos que no había motivo para estar preocupados. Ustedes se han metido en un sueño, en un mal sueño, eso es todo. Pero tranquilos, porque nada de lo que están viendo y sintiendo es verdad. Nos dieron una bata verde a cada uno y unas fundas para los zapatos. Nos llamaron y entramos. No dejaban entrar a más de dos a la vez. Me salí enseguida para que Andoni también pudiera verla. Y porque se me hundió el alma cuando vi a la hija en aquel estado. No se le podía hablar. Estaba inconsciente. Mi hija. Le dije a Andoni que lo esperaba en la cafetería. Por el trayecto me retiré a unos servicios a llorar. Mi problema es que nunca he aprendido a desahogarme en silencio. Juani sí puede; yo, no. Ella está llorando y, como no la mires, no te enteras. A mí, en cambio, me salen unos hipos como de crío. No lo puedo evitar. Conque, mientras subíamos por la carretera del hospital, me previno: Si notas que te emocionas te vas corriendo al servicio, a mí no me montes el numerito, ¿eh? Y eso hice. Me sequé las lágrimas con papel higiénico. También Andoni tenía los ojos rojos cuando llegó a la cafetería. Parece que dentro de lo que cabe ha habido suerte. Jesús, me respondió clavándome una mirada seria, a otros les pilló la bomba más cerca y no les pasó nada. Ésos sí han tenido suerte. No parábamos de dar vueltas con la cucharilla al café. Algún trozo del coche le llevó la pierna. Era lo que suponía el médico. Por la misma razón había muerto un transeúnte, un señor mayor, sin contar los que iban en el coche. Tendréis que posponer la boda. Pues sí. Llevábamos como dos o tres minutos sin parar de dar vueltas a la cucharilla. Triste.
Entró una tarde en el comedor. Faltaba poco para que acabase el invierno. En el aire flotaba ya ese olor tan rico del mar que anuncia la primavera. Se nota incluso dentro de las habitaciones. Una ventaja de vivir en la costa. Le propusimos a la hija solicitar al Gobierno Vasco una silla de ruedas. Si no nos la proporcionaba la compraríamos nosotros. Se enfadó. El trasto se le figuraba un estorbo. Con las muletas podía subir y bajar bordillos, entrar en los cines, viajar con mayor facilidad en el autobús. Que si se nos había aflojado un tornillo. Mi Juani sospechaba que a la hija le daba vergüenza que la viesen en silla de ruedas por la calle. Insistió en que la silla la ayudaría a moverse mejor por la casa. La hija se opuso. Que no era una paralítica. Que si empezaba a vivir sentada, las piernas se le iban a volver de trapo. Que ya dependía demasiado de nosotros como para esperar que encima la empujáramos de aquí para allá. Su madre le dijo: Tienes un orgullo que te lo pisas. La hija siguió con sus muletas. Había aprendido a manejarse bastante bien con ellas. A fuerza de usarlas se le habían fortalecido los brazos. En la cara tenía mejor color. Lo malo era que el médico le había insinuado recientemente que convendría tal vez intentar una nueva intervención quirúrgica. A la hija se le veía la preocupación en los ojos. Dormía mal. Según Juani, andaba de noche por la casa. Ésa no se aguanta de dolor, me susurraba. De día le notábamos el entrecejo arrugado. Aquella tarde que entró en el comedor me sorprendió que mostrara interés por el acuario. Sin embargo, allá estaba mirando atentamente lo que yo hacía. Me preguntó qué función cumplía la pastilla. Le dije que era la comida del chupador. Ahora anda por ahí escondido. Es muy cobarde. Pero la encontrará. Siempre la encuentra. Ya pronto iba a hacer un año. La hija quiso saber dónde estábamos cuando sonó la explosión. Juani y yo nos tenemos prohibido sacar el tema. ¿Dan en la radio o en la televisión la noticia de un atentado? Nosotros, ni media palabra. ¿Captura la policía un comando? Lo mismo. La hija, en cambio, habla de la tarde de su desgracia cada vez que le viene en gana. La tarde que fui a sacar dinero, suele decir. Le respondimos que habíamos oído el estruendo desde casa. Sí, pero desde qué sitio de la casa. Juani ni se acordaba ni quería acordarse. Yo estaba con mis peces. Aitá , tú y tus peces. Juani le saltó como una gata: Mejor que se entretenga con los peces que yendo a los bares. La hija se descolgó con una de sus réplicas: A mí me dan a escoger entre ser un pez en el acuario del aitá y ser lo que soy, y no lo dudo un instante. Como de costumbre, algunos peces nadaban cerca de la pastilla caída sobre las piedras del fondo. La olían sin llegar a mordisquearla. La pastilla es para el chupador y ellos lo saben. A la hija se le soltó la risa. La pastilla, el chupador, decía. ¡Hay que ver lo fácil que lo tienen algunos para ser felices! Le entró capricho por saber cuál de los peces creía yo que podía ser ella si ella fuera uno de mis peces. No la entendí a la primera. Me gustaba tanto verla sonreír que le seguí el juego. Por la parte de arriba, cerca de la superficie, nadaba un molly blanco, el único que me queda de esa clase. Había nacido en el acuario. Un día, hace lo menos tres años, fui a limpiar el filtro y encontré dentro dos alevines, uno que ya murió y ése. Sus progenitores tampoco sobrevivieron a los meses en que descuidé el acuario. Aunque pequeño, puede que sea el pez más viejo de cuantos me quedan. Tú eres el blanco. ¿Por qué el blanco? Nunca he sido especialmente ingenioso. Me encogí de hombros y le dije: Eres el blanco, no hay más que hablar. Desde aquella tarde se acercaba al acuario con más frecuencia que en tiempos anteriores. ¿Dónde estoy que no me veo? Lo preguntaba con la cara casi pegada al cristal. La llenaba de contento descubrir al molly escondido entre las plantas. Lo saludaba, se dirigía a él con su propio nombre, le decía cosas por lo general graciosas. También le decía que le daba pena su soledad. Triste.
Al otro lado del río hay una tienda de animales donde nunca he comprado nada. Fui el otro día, un poco por curiosidad, un poco por comparar los precios. En la planta baja tienen un surtido abundante de libros. Me gustó uno con muchas ilustraciones, sobre plantas de acuario. Lo devolví a la balda después de comprobar lo que costaba. Había que preguntarle a Juani. Ella es la que se encarga del dinero. De vuelta a casa, al cruzar el puente, lo vi venir. Con semejante estatura es difícil que uno no se fije en él. Nos encontramos hacia la mitad. Llevaba bastantes días sin verlo. Supuse que estaría liado con el trabajo o con el arreglo del piso. Me preguntó qué tal. Tirando, le dije, ¿y tú? Ya ves. Nos quedamos en silencio. La mujer cogida de su mano vestía unos pantalones ceñidos. A pesar de los tacones no llegaba con la cabeza a los hombros de Andoni. No me la presentó. Bueno, a seguir bien, les dije. Me volví a mirarlos desde el final del puente. Para entonces ya habían alcanzado la franja de jardín que precede a las casas. La mujer tenía buena planta. Pronto los perdí de vista. Juani me dijo que ni hablar. Le parecía muy caro. Agregó que de momento tenemos otras necesidades. La hija nos oyó y vino a la cocina. He presenciado incontables discusiones entre ellas. Ésa, en concreto, me desagradó más que otra ninguna. Me asusté de las miradas que se echaban y del tono de sus palabras. Un tono agrio, un tono feo. Intervine para decirles que no merecía la pena pelearse por un simple libro. Juani me contestó: Si tanto te interesa apunta el nombre en un papel y esperas hasta Reyes. La hija salió de la cocina. La contera de goma de sus muletas producía un ruido de ira a cada contacto con el suelo. No te preocupes, aitá, dijo desde el pasillo. Yo te lo compraré. Mi hija. Me puse a secar con un trapo la vajilla del escurreplatos. Nadie me lo mandó, pero yo soy así. Preveía el rapapolvo inminente de Juani. Terminó de fregar. Con el rabillo del ojo la vi secarse las manos en el delantal. Bajó la voz para decirme: ¿Te das cuenta de la que has armado? No tenemos lavaplatos ni microondas, y tú todavía te empeñas en comprar libros. Volví la cabeza para asegurarme de que la hija no nos escuchaba. En susurros mencioné mi encuentro con Andoni por la mañana. Y con su acompañante. Sí, cogidos de la mano. Juani adoptó un tono natural de voz. Jesús, me dijo, te pasas el día con tus peces, tus sopas de letras y tus partidos de pelota, y no te enteras de lo que ocurre a tu alrededor. Andoni y la hija habían decidido de mutuo acuerdo poner fin a su relación. Pero... ¿tú lo sabías?, le pregunté. Claro que lo sabía. Lo sabe todo el mundo, dijo, menos tú. Había tenido que avisar a los parientes para que no compraran los regalos de boda. Me callé. ¿Qué iba yo a decir? Continué secando la vajilla. Juani se fue a la cama. Al parecer le estaba empezando otra jaqueca. A mí Andoni me caía simpático. No creo que haya muchos como él. Estoy seguro de que habríamos congeniado. Ahora me tendré que hacer el ánimo de que no vendrá a nuestra casa. Bueno, a lo mejor viene alguna vez de visita. Era una persona excelente, pero hay cosas que no pueden ser. ¿Para qué darles más vueltas? Colgué el trapo húmedo en la escarpia. Me remordía la conciencia el asunto del libro. En el fondo me puedo pasar sin él, puesto que tengo el acuario lleno de plantas. Incluso debería arrancar algunas para hacerles más sitio a los peces. Decidí ir al comedor a pedirle a la hija que no me comprara el libro. El precio era una exageración. Me paré en seco antes de entrar. A través de la puerta cerrada se oía la voz de la hija. Ven a saludarme, no me dejes aquí sola. En lugar de echar una cabezada en el sofá me fui a la calle. Pensaba aprovechar el buen tiempo para dar un paseo hasta la playa. No llegué lejos. En el porche, al lado de la farmacia, me tropecé con la vecina. El collie se acercó con el propósito evidente de que le acariciara el lomo. Jesús, me dijo ella, ¿adónde vas en zapatillas? Me miré los pies sorprendido. Me vinieron tentaciones de inventar una excusa, pero para qué. Volví a casa con la vecina y su perro. Ya no me acuerdo de qué hablamos. Supongo que sería de algo triste.
Extraído de
LOS PECES DE LA AMARGURA
Tusquets editores, 2006
Ayer, en una comida en la que nos juntamos unos cuantos escritores, Hasier Larretxea y yo charlamos apasionadamente sobre este fantástico volumen de cuentos de Fernando Aramburu.
Son muchos los aspectos a destacar en este libro de relatos.
Está maravillosamente escrito, utilizando un tono narrativo melancólico que atrapa al lector desde la primera línea y que parece el adecuado a un narrador que dejó pasar el tiempo para objetivar algo su historia. La ternura con la que trata a los personajes, la resignación que emana de ellos, hará llorar o sonreir al lector.
Además no rehúye la experimentación propia de la narrativa corta y ofrece piezas dignas de ser estudiadas por todos aquellos que veneran el cuento. Por ejemplo,“Enemigo del pueblo”, es para mí un relato magistral porque consigue trasmitir la angustia del personaje al lector y porque utiliza una técnica de escritura que admiro: empieza por el final de la historia y va avanzando a contratiempo sin que el lector pierda un ápice de interés. Aquí Aramburu muestra su sapiencia en el arte de escribir.
Por otro lado, el tema tratado en todos los cuentos implica un compromiso con la libertad, un compromiso valiente y decidido en busca de la “normalidad” en el País Vasco frente a la violencia de ETA y su entorno.
Todo esto hace que este libro de relatos sea imprescindible en la librería de cualquier cuentista.
Los peces de la amargura ganó el Premio Dulce Chacón de Narrativa Española 2007, el Premio NH al mejor libro de relatos 2007 y el Premio Real Academia Española 2008.
Etiquetas:
fernando aramburu,
los peces de la amargura
Suscribirse a:
Entradas (Atom)