La enfermedad del lado izquierdo

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El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

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lunes, 31 de agosto de 2009

EL CENTAURO, un cuento de Vicente Muñoz Álvarez


EL CENTAURO

Vicente Muñoz Álvarez


Escuchamos en la lejanía un rumor sordo y creciente, el trueno de una doble tempestad, y en el horizonte una nube de polvo hinchada precedió la llegada de los invasores del allende. Cayeron sobre nosotros como el viento, sembrando en nuestras filas el terror con largos cuchillos refulgentes y báculos de fuego que herían desde la distancia. Pero, más aún que sus ingenios, asombraba la fisonomía de sus cuerpos, fusión de hombre y bestia en un solo perfil. Su aspecto era fiero y espantoso: lo que parecía ser un hombre demediado se enfundaba en una carcasa rutilante y cegadora sobre la que rebotaban nuestras lanzas. Su cara apenas era discernible, oculta como estaba en una profusa masa de pelo desgreñado. El término de su espalda se fundía con la grupa de la bestia, de enorme vientre y ojos destellantes. Era ágil y fuerte, y la vimos varias veces saltando sobre nuestras cabezas impulsada por sus patas delanteras. Aturdidos por su magia y conscientes de su poder nos postramos frente a ellos sin ofrecer apenas resistencia, prestos a idolatrarles como a dioses. Y entonces sucedió el mayor de los prodigios. Uno de ellos se acercó hasta nuestro grupo y ante nuestra mirada se escindió en dos partes sin esfuerzo, quedando bestia y hombre separados y aumentando así nuestro pavor. Su voz era ronca y cavernosa. Su nombre, Hernán Cortés.

jueves, 27 de agosto de 2009

Un cuento de Clarín



El gallo de Sócrates

Leopoldo Alas (Clarín)


Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó a los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto a cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio o no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder a sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:
-Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda. -Y no habló más.
Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, o si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese a la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba a los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime o ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates a veces, a pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).
Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.
Y Sócrates no había dicho que él no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aun respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.
Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vio, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba a saltar a la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.
Conoció Critón el intento del ave de corral, y esperó a que saltase a la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando a transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, o sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón a voluntad de los dioses.
Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.
Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.
«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía a volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo».
Corría el gallo y le iba a los alcances el filósofo. Cuando ya iba a echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.
-¡Oh, gallo irreverente! -gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo. Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo», pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio».
Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.
-¡Oh, filósofo idealista, de imitación! -dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias; -no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco a ti. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven a los maestros. Quedan acá, a manera de larvas, para asustar a la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.
-«¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles».
-Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oír hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.
-¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?
-Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto a semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el porqué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.
-Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas a morir. ¡Date!
-¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?
-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.
-¿Dijo Sócrates todo eso?
-No; dijo que debíamos un gallo a Esculapio.
-De modo que lo demás te lo figuras tú.
-¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?
-El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme a mí para contentar a un dios, en que Sócrates no creía, es ofender a Sócrates, insultar a los Dioses verdaderos... y hacerme a mí, que sí existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.
-Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.
-Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.
-Gallo de Gorgias, calla y muere.
-Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.
-Yo a las palabras me atengo. Date...
Critón buscó una piedra, apuntó a la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre...
El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:
-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.
Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.


Un cuento de un gran cuentista del siglo XIX.

martes, 25 de agosto de 2009

Reseñas sobre El Colibrí blanco

...o , como dice mi hermano David González: autobombo.



El Colibrí Blanco
por Miguel Ángel Zapata


para la Revista Spejismos y para Comentariosdelibros.com

No pocas concepciones nacionales e ideologías patrias se elevan sobre el monolito de una trágica fecha. Y no poca literatura bebe de tales cronologías a la búsqueda de una identidad colectiva que dé su esencia a tal o cual pueblo. El 17 de julio de 1936 comienza el siglo XX para la España aún finisecular, aún agraria, aún imbuida de la tradición que confrontaba un liberalismo ingenuo con el azote de los tradicionalistas, dicotomía que los alzados contra el orden constitucional republicano dinamitaron definitivamente en ese verano trágico del 39. Los intentos recientes de nuestra literatura (pienso en la obra del joven Isaac Rosa o en la espléndida Los girasoles ciegos de Alberto Méndez) han pretendido un revisionismo narrativo que aparcara las visiones maniqueas o sentimentales del conflicto armado y la posguerra maqui o nacionalcatólica.





En esta línea renovadora y profundamente novedosa abría que incluir la segunda obra del escritor madrileño Esteban Gutiérrez, El colibrí blanco, novela breve finalista del prestigioso certamen Felipe Trigo en su edición de 2009. Armada mediante una compleja y sutilísima arquitectura coral, El colibrí blanco revela la extraordinaria capacidad de Gutiérrez para el arriesgado equilibrio entre la elipsis y la revelación. Trabando magistralmente diferentes instancias temporales (la España rural durante el conflicto bélico, el penoso exilio y el goteo de los retornos en los albores de la democracia), el autor traza un escenario de espectros que recuerda a los osarios de Rulfo y Luis Mateo Díez. Sin embargo, y a diferencia de éstos, Esteban Gutiérrez huye de la concepción fantástica para penetrar en un singular sustrato realista (igualmente alejado del costumbrismo al uso) que se recrea en la existencia condenada de los personajes, vivos pero fatalmente zarandeados por el destino, fantasmales en su azaroso caminar.





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Reseña de Raúl Rubio Millares para la Revista digital La biblioteca imaginaria

En su labor como crítico literario, Leopoldo Alas “Clarín”, al analizar los personajes de la novela, distingue entre personajes «tipo» y personajes «carácter». Los primeros representan una idea, no evolucionan ni cambian, y los segundos son los que están en continuo proceso de transformación, no son marionetas, sino que poseen vida propia dentro de la novela. Obviamente, son estos los que le interesa estudiar. Sin duda, Antonio Menéndez Seoane, personaje principal de «El colibrí blanco», habría sido encuadrado por Clarín en esta segunda clase de personajes.



Escribe Miguel Ángel Zapata en la contraportada del libro que Seoane es “quizá, uno de los personajes más arrebatadores y de trazo más escalofriante que he tenido la suerte de poder disfrutar en mucho tiempo”. Y es cierto, porque Seoane rebosa humanidad en cada línea que ocupa en el texto, humanidad en sentido pleno, con toda su complejidad, algo que el lector va descubriendo a medida que la narración avanza.



Porque «El colibrí blanco» cuenta la historia de Seoane, pero a la vez, es una fotografía de un tiempo difícil para muchos, huyendo de maniqueísmos, pues en la vida real de las personas anónimas, no están tan claros los límites entre el blanco y el negro, siendo el gris de la duda el que lo impregna todo. Del heroísmo a la atrocidad sólo hay un paso.





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Reseña de Andrés Ramón Pérez Blanco para el blog EL KEBRANTAVERSOS

En primer lugar agradecer al autor de este libro el que me lo enviase y lo pudiese disfrutar por la cara. MUCHÍSIMAS GRACIAS ESTEBAN(BACOVICIOUS). Este libro fue Finalista del Premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008. Y con todo merecimiento. Una historia breve, pero con mucha historia y , muy larga, y muy dura, detrás. Dominio perfecto de la técnica. Capítulos breves, impactantes. Esta historia podía haber sido perfectamente real. ( Estoy seguro que han habido en este país muchos ANTONIOS MENÉNDEZ SEOANE, muchos "CARNICEROS" en apariencia, pero ángeles para sus hermanos, para sus compañeros y vecinos. Es un libro editado en EH NARRATIVA. Es un libro que te atrapa y que no puedes dejar de leer hasta el final.





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Entrevista y reseña de Sandra Rubio para la Revista blog El cuartito de pensar

Este es un fragmento de “El colibrí blanco”, el segundo libro del escritor Esteban Gutiérrez, finalista del premio Felipe Trigo de Narración Corta 2008 y primera apuesta de EH en su recientemente inaugurada colección de narrativa. No habría podido, la editorial, tener mejor acierto. Que el autor ama a las letras y las letras le aman, es un hecho irrebatible.





Si buscáis el placer consumista de etiquetar, y tenéis esa necesidad imperiosa y os digo desde ya, absurda, de clasificarlo todo y meterlo en un bote y mirarlo, lo vais a tener difícil con Esteban. Lo bueno es genuino y no se parece a nada, y “El colibrí blanco” carece de etiquetas, no podemos afirmar que se trate de una novela, ni de un cuento largo, sino que como él mismo confiesa, se trata de una mixtura donde el lector, debe terminar de hornear la masa en su cabeza.





Así, se suceden saltos de tiempo, se inmiscuye como otro personaje más de la historia el género epistolar, encontramos informes policiales y muchas más sorpresas, que conforman un gran rompecabezas ciertamente exquisito.





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Gracias a todos.
La palabra en el oído es lo que alienta el vuelo del colibrí.

viernes, 21 de agosto de 2009

Un cuento de Fernando Aramburu


Los peces de la amargura


Fuimos Andoni y yo a buscarla a media mañana. Esto fue a finales de noviembre del año pasado. El día no podía ser más desapacible. Uno de esos días grises de lluvia, de viento racheado que lo mismo sopla de aquí que de allá. En días como ése uno mejor se queda en casa a menos que lo saque a la calle una obligación. En el momento de despedirme, le dije a mi Juani que a esta hija nuestra la persigue la mala suerte. Juani, en la cama con jaqueca, respondió que a ella también la perseguían la mala suerte y cosas peores. La enfadaba no poder acompañarme. Bueno, bueno, no te hagas mala sangre, le dije. Una jaqueca se pasa; en cambio, lo de la hija ya no tiene remedio. No hablamos más porque Andoni estaba esperándome abajo. Queríamos evitarle a la hija un viaje con sacudidas que le pudieran causar dolor. Por eso fuimos en el coche de Andoni, que era más cómodo que el mío. Yo a Andoni le tenía afecto. Chico callado, formal, trabajador. Todo lo que se diga es poco. Por la carretera del hospital, delante de un semáforo en rojo, me dijo de golpe: Jesús, mantengo mi promesa de matrimonio. Lo miré sin hablar. Él me miró igual. No sé por qué nos miramos. Después de unos segundos, no pude aguantarle la mirada. Entonces volví la cara hacia la ventanilla de mi costado. El viento inclinaba la punta de los árboles. Volaban las hojas de un lado para otro. Desde la víspera no paraba de llover. El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Triste.


No la encontramos en la habitación. El corazón me dio un vuelco. Yo soy así. El miedo se me suelta enseguida. Y desde que sucedió aquello, no digamos. En el lugar donde la hija había estado penando durante seis meses, sin contar los días en la UVI, había ahora otra cama con otra paciente. Fuimos a preguntar. Nos dijeron que esperáramos al final del pasillo, que ya nos la iban a traer. Al rato vimos que aparecía por el fondo, sentada en una silla de ruedas. Mi hija. Llevaba un ramo de rosas blancas sobre el regazo. De algunas habitaciones salió gente a decirle adiós. La silla de ruedas la empujaba la enfermera esa de la que se había hecho tan amiga. A su lado venía otra que cargaba con las bolsas, el neceser y las muletas. Andoni se apresuró a hacerse cargo de los bultos. Oí a la hija advertirle que tuviera cuidado, que no dejara caer nada al suelo. Eso fue en el momento en que me acerqué a besarla. ¿La amá ?, preguntó. Le noté en las mejillas más hueso que carne. Andoni y yo nos pusimos detrás de ellas para no cortarles la conversación. Como no cabíamos todos en el ascensor, él y yo bajamos por las escaleras. Aun así llegamos los primeros a la planta baja. Pensé que en adelante cada uno de nosotros tendría que apañárselas para acostumbrarse a la lentitud. La hija me pidió que le cogiera las rosas. A Andoni las enfermeras le mandaron acercar el coche a una entrada reservada al personal sanitario. No era aconsejable andar con la hija por medio del gentío que suele juntarse delante de la puerta principal. Por primera vez después de mucho tiempo la vi ponerse de pie. Mi hija de pie. Ya es desgracia que tenga uno que maravillarse de una cosa así. Y, sin embargo, me parecía estar asistiendo a un milagro. La hija se apoyó en las muletas. Sentí un pinchazo por dentro al ver su fragilidad, sus delgadas manos sin fuerza. Mi hija, la única que tengo. Quieta, se dejó besar por las dos enfermeras. Hasta la próxima, les dijo en un tono que les cortó de golpe la sonrisa. ¿Qué iba a decir ella si más tarde o más temprano debía volver a que le retiraran los clavos de la pierna? Andoni cometió la indelicadeza de recordar a las tres mujeres, las tres al borde de las lágrimas, que estaba lloviendo. Buen chico, el Andoni. Tan bueno como grande, tan grande como torpe. La hija rechazó su brazo en el momento de tomar asiento en la parte trasera del coche. Como no lograba entrar me pidió a mí que la ayudara. Ya en la carretera que baja a la ciudad, la lluvia azotaba con fuerza el parabrisas. La hija protestó: más despacio. Miré el indicador de velocidad. Íbamos a cuarenta por hora. A cuarenta y cuesta abajo. Andoni, obediente, redujo la marcha. A todo esto, se nos pegó detrás un autobús urbano. El conductor hizo una maniobra brusca para adelantarnos. Cuando pasaba por nuestro lado hizo un gesto ofensivo. Yo no lo vi, pero Andoni sí lo vio. Triste.


Al mar. Que quería ir al mar. Que llevaba varios meses con la ilusión de ver el mar. Le daba igual que lloviera. Otros hacen una promesa a Dios o peregrinan a Santiago. A ella se le había metido en la cabeza que si algún día lograba salir del hospital iría derecha a ver el mar. Andoni me miró como suplicándome que interviniese. Pregunté: ¿No prefieres que vayamos primero a casa a buscar un paraguas y una gabardina, y a ver a la amá , que te está esperando? Después de un rato de silencio, ella se limitó a decir que no necesitaba más de cinco minutos para cumplir el capricho. Encontramos el paseo marítimo desierto. Normal. ¿A quién se le podía ocurrir andar por aquel sitio tan expuesto a las inclemencias, con el tiempo que hacía y con la marejada que cada dos por tres levantaba una rociada de espuma hasta la carretera? Intentó abrir la puerta y no pudo. Aitá , dijo. Me hice el sordo para que fuera su novio quien la ayudase. Llovía menos, pero llovía. Pretendía ir sola a la barandilla. Andoni y yo dijimos que no. Aceptó que la acompañáramos a condición de que después nos apartásemos de su lado. Aún le faltaba práctica con las muletas. Le preguntamos si no le parecía mejor sentarse en el banco, desde donde tenía las mismas vistas que de pie. El banco estaba mojado. Andoni le trajo una manta. Ella se sentó encima. Por fin estaba sola frente al mar. Nosotros, dentro del coche, como a diez metros, esperábamos a que nos llamase. El salitre daña la carrocería. Pues sí, dije, y me callé. Pasaron cinco minutos. Pasaron más. Andoni se empezó a impacientar. Que sólo faltaba que pillase una pulmonía. Jesús, la que nos va a armar Juani cuando se entere. La hija llevaba un pañuelo anudado al cuello. Una punta le caía sobre la espalda. A veces venía una racha de viento y la punta se agitaba. A todo esto, la hija volvió un poco la cara para hablarnos. Andoni bajó la ventanilla. Las rosas. Que le lleváramos el ramo de rosas. Se lo llevamos. Con nuestra ayuda avanzó hasta la barandilla. Estaba todo el mar de color ceniza y blanco, con un desorden furioso de aguas. El cielo era una pasta de nubes sucias. Una a una ella fue tirando las rosas al fondo del acantilado. Tenía el pelo y la ropa empapados de lluvia y del rocío de las olas. Y nosotros, al poco rato, lo mismo. Cuando hubo tirado todo el ramo, respiró profundamente. Ahora sí, dijo, ahora a casa. Triste.


Se empeñó en subir sola la escalera. Andoni subió detrás, a un peldaño de distancia por si acaso. Menos mal que vivimos en el primer piso y no más arriba. La pierna izquierda la tiene curada; en cambio, la derecha nunca podrá apoyarla como es debido ni apenas doblarla por la rodilla. Le cuelga, eso es todo. Ella solía echar en cara a los médicos que no se la hubiesen amputado. ¿Para qué me sirve, decía, un miembro inútil que, encima, rara vez deja de dolerme? Una tarde llegamos Juani y yo al hospital y la pillamos en la cama escribiendo. Eso fue por los tiempos en que ya no la tenían colgada de la grúa. Mi hija. Ya se podía levantar; ya se ejercitaba un poco con las muletas. ¿Qué andas, de poesías? A mí me aguanta las bromas. A los demás no les consiente ni una. Pero yo soy su aitá y ella sabe que dentro de su aitá no hay sitio para las malas intenciones. Nos respondió que estaba escribiendo una lista de las cosas que nunca podría hacer. Vi que tenía la hoja llena. Empezó a leerla: Trabajar fuera de casa, volver a las clases de aeróbic, montar en bicicleta... Bueno, bueno, le cortó Juani, no hemos venido aquí a que nos deprimas. Yo reconozco que sí, que soy propenso al desánimo. Mi Juani es más entera. Se crece con los problemas, se enfada, nos estropea un poco la vida a los demás, pero sale adelante. Yo no se lo tomo a mal. Si quiere pegar gritos, que los pegue. Porque la verdad es que sin Juani y sin la energía y fortaleza de Juani estaríamos todos mucho peor. Cuando entramos en casa, se asomó en camisón a la puerta. Se notaba en las ojeras y en las arrugas de la frente que ese día le estaba pegando duro la jaqueca. La hija le dijo que se acostara, que ya habría tiempo más tarde para besos. Juani le preguntó con los ojos cerrados si venía con dolor. También con los ojos cerrados esperó la respuesta. Mi Juani habla con los ojos cerrados cuando se siente muy mal. A punto de retirarse, levantó un poco los párpados. Lo suficiente para darse cuenta de que la hija venía mojada. Andoni empezó a balbucear una explicación. Le hice gestos para que se callara. Triste.
A la hija se le encendió la cara de gusto nada más entrar en su dormitorio. Habíamos dejado todo tal como estaba el día en que salió a sacar dinero de la caja de ahorros y ya no volvió. Se alegró del reencuentro con sus objetos personales. Desde el umbral nombró unos cuantos paladeando las palabras. Mis chinelas, decía en el tono ensimismado de quien habla a solas. Mi colcha de rayas. Mi espejo. Mi ordenador. Y cada vez que nombraba un objeto, a mí me parecía como si hubiera un temblor en el aire. Entró y los demás entramos en fila india detrás de ella. Nos estábamos acostumbrando a la lentitud. Con pasos inseguros se dirigió al ropero. Juani le abrió las puertas. La hija me entregó una muleta. De ese modo le quedó una mano libre para pasarla por sus chaquetas, sus blusas, sus zapatos repartidos por las baldas. Se estuvo mirando en el espejo. La pierna no se la miraba. En eso me fijé. Se miraba la cara sonriente. Guiñó un ojo y se sacó la lengua. Luego encontró sobre el escritorio una novela. Un calendario de bolsillo marcaba la última página leída más de seis meses atrás. Encontró asimismo unas flores resecas dentro de un vaso sin agua, regaladas alguna vez por Andoni. A mi Juani, entretanto, le pareció que había llegado el momento de sacar ropa seca del armario. Al momento se pusieron a discutir las dos mujeres. Andoni y yo nos marchamos a la cocina. A mí me gustaba Andoni para yerno por su tranquilidad. Me acuerdo de cuando compramos el sofá. Andoni lo subió solo desde la calle. El trasto cabía justo, justo, por el hueco de la escalera. Más tarde, yo intenté moverlo cuando nadie me veía. A duras penas conseguí despegarlo unos centímetros del suelo. Me parecía inconcebible que alguien pudiera tener tanta fuerza. Temí por la hija. Y, sin embargo, ella manejaba al fortachón como a un corderito. Haz esto, haz lo otro. Levántate, siéntate. Así a todas horas. Y el coloso, feliz. Será que la relación es mucho más fácil cuando uno manda y el otro obedece. Juani y la hija tienen demasiado carácter. Para ellas no hay diferencia entre conversar y discutir. Discuten hasta cuando están de acuerdo. Y no es que se lleven mal en el sentido de no quererse. Se quieren a rabiar. Pero tienen ese arranque autoritario que les impide dar el brazo a torcer. No tuve que hacerle una seña a Andoni. En cuanto empezaron las dos a llevarse la contraria salimos del dormitorio. Nos tomamos un café sentados a la mesa de la cocina. Jesús, me preguntó, ¿tú cuándo crees que nos podremos casar? Le dije: Ahora, difícil. Un rato después me preguntó si yo suelo tomar el café con mucho o poco azúcar. Yo lo tomo con bastante. Él, también. Eso fue todo lo que hablamos. Triste.


Pasé la tarde solo en el comedor limpiando el filtro del acuario, rellenando crucigramas y sopas de letras; en fin, matando el rato como acostumbro desde que me jubilé. En la vasca repitieron el partido de pelota de la víspera. Lo vi de nuevo, aunque sin sonido para no molestar. El viento soplaba en la calle con más fuerza que por la mañana. A veces las ráfagas de lluvia repiqueteaban contra los vidrios. Fuera estaba tan oscuro que antes de las cuatro tuve que encender la lámpara. Llevábamos largo tiempo soñando con la vuelta de la hija. El sueño por fin se había cumplido. Se supone que deberíamos estar todos dando botes de alegría. Sin embargo, el piso continuaba tan silencioso como desde hacía medio año. Quizá cuando Juani se recuperase podríamos celebrar el acontecimiento. De hacer algo juntos tendría que ser por la mañana para que Andoni también estuviera presente. A Andoni le tocaba esa semana turno de tarde. No le había quedado más remedio que irse poco después de mediodía. Lo acompañé hasta la puerta. Era tan alto que debía agacharse para no pegar con la frente en el dintel. Bueno, Jesús, dijo con aire mustio desde el descansillo. Me miró como esperando que yo añadiera algo. Agur , Andoni. Otra cosa no se me ocurrió. Cerré la puerta. A lo mejor pensó que le daba con ella en las narices, pero es que tenía una cazuela en el fuego. Mi Juani no comió. En cuanto vio a la hija con ropa seca se volvió a la cama. La hija se acostó a las dos. Casi no probó la comida. Estaba ella sentada ahí y yo aquí. Hundía el borde de la cuchara en la sopa. Sacaba lo justo para mojarse la punta de la lengua. Sorbes como un caballo, me reprochó. Al final empujó el plato casi lleno hacia un lado y comió sin apetito tres o cuatro granos de uva. Insistió en fregar los cacharros. No eran muchos. Intenté disuadirla. ¿Me consideras una inútil o qué? Bueno, bueno. Arrimé una banqueta al fregadero. La hija se sentó con mi ayuda. No me aparté de su lado mientras fregaba lo poco que había para fregar. ¿Ves como sí puedo? La espuma del detergente cubría sus manos delgadas. Las agujas del hospital le habían dejado marcas moradas en los dos antebrazos. La ayudé a bajar de la banqueta. Se tomó un analgésico, cogió sus muletas y salió de la cocina diciendo que se retiraba a su dormitorio a escuchar música y estar sola. Esto último lo entendí muy bien. Por la tarde, el teléfono sonó cuatro o cinco veces. Parientes y conocidos. Que qué tal. Bien, pero no se puede poner. Mi cuñada tocó el tema de empezar una vida nueva. Me apresuré a darle la razón para que se callara. También Andoni llamó, pero tarde, cuando estábamos cenando. La hija me pidió en voz baja que le dijera que aún no se había levantado. Transmití la mentira y colgué. Juani desaprobó aquella manera tan poco amable de tratar a un novio. Amá, no te metas. A Juani le dolía demasiado la cabeza como para enzarzarse en una discusión. Se calló y hubo paz. Les preparé pisto para cenar. La una: Cuántas veces te he pedido que cortes el pimiento en trozos más pequeños, ¿o es que crees que tenemos boca de elefante? La otra: Deja tranquilo al aitá, hace lo que puede. Poco después, mi defensora: Se te ha olvidado la sal, ¿verdad?, esto no sabe a nada. Juani: ¿Por qué no lo dejas ahora tú tranquilo? Y la hija: No se lo digo como crítica sino para que lo tenga en cuenta la próxima vez. En una de ésas, metí baza. Al momento me arrepentí. Les dije de buena fe, para reconciliarlas: Me gusta vuestra discordia, es señal de que os sentís mejor. La hija replicó que nadie contara con ella para formar un hogar feliz. La frase me dejó de piedra. No me la pude apartar del pensamiento en toda la noche. Por lo general, cuando Juani se acuesta yo ya duermo. Es raro que la sienta llegar. Esa vez me pilló mirando el techo. ¿En qué piensas? En nada. Apagó la luz. Ella tampoco podía dormir. ¿Todavía te duele la cabeza? Un poco. Al rato, en la oscuridad, dijo: Que se ande con cuidado si no quiere perderlo. Triste.


Una noche, la hija nos despertó. Faltaba semana y media para que los periódicos la describiesen como una mujer de 29 años que pasaba casualmente por el lugar de la explosión. Serían las tres o las cuatro, no estoy seguro. En realidad, a mí me despertó Juani de un codazo. Yo ni sentí a la hija llegar ni oí que había empezado a hablarnos con la cabeza metida por la abertura de la puerta. Entraba luz del pasillo. Jesús, dice ésta que se casa. Pregunté, medio dormido, que con quién. Juani se adelantó a la respuesta de la hija. Con quién va a ser, con el gigante. Se llama Andoni, precisó la hija desde la puerta. Se le notaba alegre. Eran otros tiempos. Pienso en el año pasado como si formara parte de una época antigua. Yo al menos me he hecho muy viejo en los últimos seis meses y pico. El hombre había venido un par de veces a casa. Pensábamos que sería un amigo de la cuadrilla, a lo mejor un compañero de trabajo. No se agarraban de la mano ni se besaban en nuestra presencia. Recuerdo la primera vez que hablé con él. Me vio en la sala, con la tapa del acuario levantada. Le estreché la mano. Una mano, sin exagerar, el doble de grande que la mía. ¿Qué, dando de comer a los peces? Pues sí. Estuvo un rato mirándolos sin hablar. De pronto enderezó el cuerpo y dijo: Bonitos. A partir de aquel instante me cayó simpático. Conque a mí me pareció bien que la hija se quisiera casar con él. Andoni tenía un buen puesto de trabajo, vestía y se comportaba con decencia, estaba pagando los plazos de una vivienda y encima había dicho que mis peces le gustaban. Para mí, el yerno ideal, y para Juani, lo mismo. Lo que pasa es que ella es como es, metete y discutidora, y necesita soltar la última palabra, se hable de lo que se hable. Mandó a la hija a dormir. Se conoce que no la creía. Mañana hablaremos. Que me caso, amá . No he bebido. Claro, claro, habrás estado toda la noche dale que te pego al agua bendita. Tercié: Enhorabuena. Juani se revolvió en la cama. De un tirón a la manta me dejó, como quien dice, a la intemperie. Tú estáte calladito. Gracias, aitá . Fue lo último que dijo la hija antes de cerrar la puerta. El cuarto volvió a llenarse de oscuridad. Juani me imitó en son de burla: Enhorabuena, enhorabuena. ¿Te crees que ha ganado en una rifa o qué? ¡Si supiera ésa lo que es estar casada! Triste.


Desde la vuelta de la hija yo dedicaba más tiempo a los peces. Los había tenido bastante abandonados mientras ella estuvo ingresada en el hospital. Un día de tantos me levanté por la mañana y encontré seis o siete muertos. Tambien el chupador, que alguna vez había sido mi pieza más preciada. Ahora había recuperado el interés por los peces y volvía a cambiarles el agua a menudo. Arranqué todas las plantas cubiertas de algas negras, puse otras nuevas, compré un chupador parecido al anterior y vertí en el agua un líquido que me recomendaron en la tienda de animales. La ocupación me entretenía, pero sobre todo era una manera de quitarme de en medio. Como lo ven a uno atareado lo dejan en paz. Nadie, además, ponía objeciones al acuario. De las visitas que pasaban al comedor, rara era la que no les dedicase a los peces un comentario elogioso. Mi Juani gusta de sentarse junto al acuario. Por lo visto, la proximidad de los peces y las plantas acuáticas la relaja. Y como los tubos fluorescentes que hay dentro dan una luz clara, que no hiere en los ojos, muchas veces se sienta allí con sus agujas y sus hilos. Yo estaba probando una de esas tardes lluviosas de finales del otoño un artilugio para limpiar los cristales por dentro. El chupador hace su parte, pero eso no basta. De pronto oí unos ruidos provenientes del cuarto de baño. Sonaban como a frascos rotos al estrellarse contra las baldosas. Enseguida me di cuenta de que aquello era intencionado. No por eso dejé de alarmarme. Juani había ido a la pescadería. Teníamos un convenio secreto para que la hija no se quedara sola en casa. Llamé con los nudillos en la puerta. Los ruidos cesaron al instante. Le pregunté si le pasaba algo. Entra, dijo. Hacía muchos años, desde que era pequeña, que yo no la veía desnuda. A su alrededor se esparcían trozos de cristal mezclados con toda clase de líquidos y sustancias viscosas. Había también recipientes de plástico, intactos. Me dio en la nariz un fuerte olor a productos de higiene. Reconocí mi espuma de afeitar en medio del estropicio. No te cortes, le dije. Estaba descalza, apoyada en las muletas. Su cara traslucía enfado. Con un giro brusco de barbilla señaló hacia la bañera. La había llenado hasta la mitad. Del agua se desprendía un tenue vapor. Me pareció extraño que tratara de bañarse no estando su madre en casa. Por la mañana había tenido, además, su sesión de rehabilitación y yo sé que en esos casos siempre se duchaba antes de ponerse en camino. Aitá , méteme en el agua y limpia esto. No fue una orden estricta. Fue un ruego envuelto en una voz brusca. Tiró llena de rabia las muletas al suelo antes de rodear mi cuello con sus brazos. La levanté con cautela. Pesaba poco. La introduje en el agua. De la cocina traje el cepillo, el recogedor y una bolsa de plástico. Mientras limpiaba el suelo yo evitaba mirar a la hija. No sé, me daba apuro. Me lo reprochó. ¿Por qué no me miras? La miré, pero no la veía. Estaba delante de mí, dentro de la bañera, con el agua hasta la cintura y, sin embargo, yo tenía la sensación de poder ver los azulejos de la pared a través de su cuerpo. Aitá , eres demasiado bueno. Me encogí de hombros. ¿Qué le iba a responder? Cuando terminé de limpiar volví a mis peces. Largo rato después me llamó. La saqué de la bañera. Acto seguido la tuve que secar. La sequé sin tiquismiquis ni pudores, de arriba abajo, como ella quería. Por lo visto, aún tenía el pelo mojado cuando llegó Juani. La puerta del comedor estaba abierta. La oí renegar: No me digas que has vuelto a ducharte. ¿Sola? Huele a perfume de baño hasta en el portal. Y echándome a mí la culpa: Ése te habrá llenado la bañera de sales. Triste.


Lo intentamos tres veces. La idea me pareció disparatada desde el comienzo; pero como había partido de Juani hubo que llevarla a cabo. La primera vez fue el domingo anterior a la Navidad. Acabábamos de comer. La mesa estaba recogida. Nos disponíamos a compartir una docena de pasteles. Eran obsequio de Andoni para celebrar su reciente cumpleaños. Entre semana había cumplido treinta y dos. Mientras servía el café, Juani les preguntó si pensaban salir. Andoni miró a la hija y la hija andaba remolona y más bien con ganas de quedarse en casa. Que si la pierna, que si el mal tiempo. Empezó un rifirrafe entre las dos mujeres. Aquí te vas a oxidar como un hierro viejo. Como lo que soy, amá. Intervine con la primera ocurrencia que me acudió a la lengua. ¿Por qué no vais al cine? A Andoni se le alegró el semblante. Echaban una de risa, dijo. No se ponían de acuerdo y me fui a la cama. Al levantarme de la siesta supe que la hija había cambiado de opinión. La pareja estaría de vuelta a las nueve. A las nueve menos veinte, Juani me metió prisa para que me cambiase de ropa. Nos íbamos. Mientras bajábamos por la escalera le pregunté adónde. Pronto lo sabrás. No me di por satisfecho. Me contestó que había dejado una nota encima de la mesa de la cocina para que la hija no se preocupase. Nada más salir a la calle me tuve que agarrar la boina. Soplaba un viento de cuidado. A Juani se le dobló el paraguas y lo tuvo que cerrar. Había oscurecido. A la luz de las farolas, las gotas de lluvia caían como disparadas, a veces casi horizontales. Andaba poca gente por las aceras. Cerca de nuestro portal hay una cafetería, pero cierra los domingos por la tarde. Jesús, habrá que buscar un escondite. Me puse serio: Ya me estás explicando para qué me has hecho salir o me vuelvo a casa. Antes de las diez no vamos a volver, así que calla y sígueme. Nos resguardamos en el porche que hay al lado de la farmacia. Como el sitio hace esquina, había mucha corriente. El frío se nos colaba por dentro de la ropa. La única ventaja era que estábamos a salvo de la lluvia. Me voy a perder el partido de pelota. Juani no me escuchaba. De vez en cuando sacaba la cabeza entre las columnas para mirar en dirección a nuestro portal. Pasadas las nueve, los vimos llegar. Andoni se apeó del coche, pasó al otro lado y ayudó a la hija a salir. Con la gabardina hizo una especie de techo para que la hija no se mojase. Hombre atento, el Andoni. Con sus muletas y sus dificultades para desplazarse, la hija desapareció dentro del portal. Al rato se encendió la ventana de su cuarto. Fue entonces cuando mi mirada y la de Juani se encontraron. No le quise preguntar. ¿Para qué? Su cara hacía inútil cualquier aclaración. Estábamos de acuerdo en que la hija no debía quedarse sola en casa. Por si no se podía valer. Por si se caía. Ahora era distinto. Estaba con Andoni. Y había luz en el cuarto. Intenté imaginar lo que estaría sucediendo allá arriba. Juani me sacó de mis cavilaciones. Ponte ahí detrás. Con uno que mire, basta. Transcurridos apenas cinco minutos desde que se había encendido la luz, Andoni salió del portal. Nos escondimos detrás de una columna para que no nos viera al cruzar por delante con el coche. Juani no podía disimular su decepción. Subimos a casa enseguida. Hemos venido antes de lo que te he puesto en la nota, dijo. ¿Qué tal la película? ¿Y Andoni? La hija respondió con sequedad: Se ha ido. ¿Os habéis enfadado o qué? En absoluto. Hemos pasado una tarde agradable. Juani dijo que Andoni se podía haber quedado a cenar. Amá , sabes de sobra que mañana es día de trabajo. La segunda vez fue después de Navidad. Un jueves. Ocurrió más o menos lo mismo, con la única novedad de que habían discutido y Andoni sólo la acompañó hasta la puerta del piso. La ayudó a entrar y se fue. Esa tarde también llovió, pero por fortuna pudimos meternos en la cafetería. La tercera vez, a principios de año, encontramos a la hija ojeando una revista en la cocina. Andoni estaba tumbado en el suelo del cuarto de baño. A su lado se veía mi caja de herramientas y una palangana llena hasta la mitad de agua turbia. ¿Qué haces? Había desatascado la tubería del lavabo. Ya sólo le faltaba apretar las tuercas de ajuste con la llave inglesa. Me podías haber dejado a mí. Tranquilo, Jesús. Juani y yo no lo volvimos a intentar. A mí la idea aquella me parecía un disparate. No lo quise decir porque, conociendo a mi Juani, tratar de abrirle los ojos habría sido una pérdida de tiempo. Que se desengañe sola, pensé. Triste.


Oímos el estruendo desde casa. Yo estaba limpiando de caracolillos el acuario. Temblaron las paredes. El perro de la vecina se puso a ladrar. Juani, que se estaba preparando para ir a su misa del sábado, en los jesuitas, no lo dudó: Eso ha sido una bomba, pon la tele. Había programación normal. Al poco rato oímos, un poco lejos, sirenas de ambulancia. Hacía un día espléndido de primavera. Escuchamos las primeras noticias del atentado en una emisora local. El locutor hablaba de víctimas mortales, no decía cuántas, y de varios heridos, algunos de gravedad. Cuando tuvimos conocimiento del lugar de la explosión, le pregunté a Juani adónde había ido la hija a sacar dinero. Si ha ido a un cajero de la central, me contestó, a lo mejor ha visto algo. Ya nos lo contará cuando vuelva. No volvió. Casualidades de la vida: una prima de Andoni prestó el pañuelo de cuello con que le hicieron un torniquete a la hija. Entre sí decía, según nos contó más tarde: Yo a esta chica la conozco. La hija estaba todavía consciente. Antes que se la llevara la ambulancia, Andoni supo lo ocurrido. Su prima lo había llamado por teléfono y él nos llamó a nosotros. Juani ya estaba vestida con ropa de calle; yo salí con lo puesto. Me sentía incapaz de conducir. Estábamos tan nerviosos que ninguno de los dos consiguió cerrar con llave la puerta de casa. La vecina nos pidió un taxi. Su perro había salido al descansillo. Un collie que, por lo general, da poca guerra. Nos ladraba sin acercarse a olernos como es su costumbre. Mi hija. La estaban operando de urgencia. Al cabo de largo rato mandaron a una enfermera a comunicarnos que el equipo médico estaba haciendo lo posible por salvarle la pierna derecha. De momento, dijo, lo que más nos preocupa es la pérdida de sangre. Tenía, además, otras heridas, aunque de menor gravedad. No nos movimos de aquella sala donde nos pidieron que esperáramos. Había en el techo una lámpara. Yo todavía sueño con ella por las noches. Era una lámpara sin nada especial. Las he visto a centenares por todas partes, pero sólo aquélla se me quedó marcada en la memoria. Anochecía cuando vino uno de los cirujanos. Nada más verle el gesto, me dio un escalofrío. En su opinión, el caso se presentaba difícil, pero afortunadamente no había órganos vitales afectados. En la cara de Juani vi el mismo alivio que me recorría por dentro. La hija vivirá. El problema se concentraba en una pierna. Habrá que volver a operar. Eso seguro. Otras heridas de escasa importancia habían podido tratarse con puntos de sutura. Teníamos los tres cara de alelados. Nos mirábamos y mirábamos al personal sanitario que iba y venía por el pasillo, como esperando que alguien entrara a decirnos que no había motivo para estar preocupados. Ustedes se han metido en un sueño, en un mal sueño, eso es todo. Pero tranquilos, porque nada de lo que están viendo y sintiendo es verdad. Nos dieron una bata verde a cada uno y unas fundas para los zapatos. Nos llamaron y entramos. No dejaban entrar a más de dos a la vez. Me salí enseguida para que Andoni también pudiera verla. Y porque se me hundió el alma cuando vi a la hija en aquel estado. No se le podía hablar. Estaba inconsciente. Mi hija. Le dije a Andoni que lo esperaba en la cafetería. Por el trayecto me retiré a unos servicios a llorar. Mi problema es que nunca he aprendido a desahogarme en silencio. Juani sí puede; yo, no. Ella está llorando y, como no la mires, no te enteras. A mí, en cambio, me salen unos hipos como de crío. No lo puedo evitar. Conque, mientras subíamos por la carretera del hospital, me previno: Si notas que te emocionas te vas corriendo al servicio, a mí no me montes el numerito, ¿eh? Y eso hice. Me sequé las lágrimas con papel higiénico. También Andoni tenía los ojos rojos cuando llegó a la cafetería. Parece que dentro de lo que cabe ha habido suerte. Jesús, me respondió clavándome una mirada seria, a otros les pilló la bomba más cerca y no les pasó nada. Ésos sí han tenido suerte. No parábamos de dar vueltas con la cucharilla al café. Algún trozo del coche le llevó la pierna. Era lo que suponía el médico. Por la misma razón había muerto un transeúnte, un señor mayor, sin contar los que iban en el coche. Tendréis que posponer la boda. Pues sí. Llevábamos como dos o tres minutos sin parar de dar vueltas a la cucharilla. Triste.


Entró una tarde en el comedor. Faltaba poco para que acabase el invierno. En el aire flotaba ya ese olor tan rico del mar que anuncia la primavera. Se nota incluso dentro de las habitaciones. Una ventaja de vivir en la costa. Le propusimos a la hija solicitar al Gobierno Vasco una silla de ruedas. Si no nos la proporcionaba la compraríamos nosotros. Se enfadó. El trasto se le figuraba un estorbo. Con las muletas podía subir y bajar bordillos, entrar en los cines, viajar con mayor facilidad en el autobús. Que si se nos había aflojado un tornillo. Mi Juani sospechaba que a la hija le daba vergüenza que la viesen en silla de ruedas por la calle. Insistió en que la silla la ayudaría a moverse mejor por la casa. La hija se opuso. Que no era una paralítica. Que si empezaba a vivir sentada, las piernas se le iban a volver de trapo. Que ya dependía demasiado de nosotros como para esperar que encima la empujáramos de aquí para allá. Su madre le dijo: Tienes un orgullo que te lo pisas. La hija siguió con sus muletas. Había aprendido a manejarse bastante bien con ellas. A fuerza de usarlas se le habían fortalecido los brazos. En la cara tenía mejor color. Lo malo era que el médico le había insinuado recientemente que convendría tal vez intentar una nueva intervención quirúrgica. A la hija se le veía la preocupación en los ojos. Dormía mal. Según Juani, andaba de noche por la casa. Ésa no se aguanta de dolor, me susurraba. De día le notábamos el entrecejo arrugado. Aquella tarde que entró en el comedor me sorprendió que mostrara interés por el acuario. Sin embargo, allá estaba mirando atentamente lo que yo hacía. Me preguntó qué función cumplía la pastilla. Le dije que era la comida del chupador. Ahora anda por ahí escondido. Es muy cobarde. Pero la encontrará. Siempre la encuentra. Ya pronto iba a hacer un año. La hija quiso saber dónde estábamos cuando sonó la explosión. Juani y yo nos tenemos prohibido sacar el tema. ¿Dan en la radio o en la televisión la noticia de un atentado? Nosotros, ni media palabra. ¿Captura la policía un comando? Lo mismo. La hija, en cambio, habla de la tarde de su desgracia cada vez que le viene en gana. La tarde que fui a sacar dinero, suele decir. Le respondimos que habíamos oído el estruendo desde casa. Sí, pero desde qué sitio de la casa. Juani ni se acordaba ni quería acordarse. Yo estaba con mis peces. Aitá , tú y tus peces. Juani le saltó como una gata: Mejor que se entretenga con los peces que yendo a los bares. La hija se descolgó con una de sus réplicas: A mí me dan a escoger entre ser un pez en el acuario del aitá y ser lo que soy, y no lo dudo un instante. Como de costumbre, algunos peces nadaban cerca de la pastilla caída sobre las piedras del fondo. La olían sin llegar a mordisquearla. La pastilla es para el chupador y ellos lo saben. A la hija se le soltó la risa. La pastilla, el chupador, decía. ¡Hay que ver lo fácil que lo tienen algunos para ser felices! Le entró capricho por saber cuál de los peces creía yo que podía ser ella si ella fuera uno de mis peces. No la entendí a la primera. Me gustaba tanto verla sonreír que le seguí el juego. Por la parte de arriba, cerca de la superficie, nadaba un molly blanco, el único que me queda de esa clase. Había nacido en el acuario. Un día, hace lo menos tres años, fui a limpiar el filtro y encontré dentro dos alevines, uno que ya murió y ése. Sus progenitores tampoco sobrevivieron a los meses en que descuidé el acuario. Aunque pequeño, puede que sea el pez más viejo de cuantos me quedan. Tú eres el blanco. ¿Por qué el blanco? Nunca he sido especialmente ingenioso. Me encogí de hombros y le dije: Eres el blanco, no hay más que hablar. Desde aquella tarde se acercaba al acuario con más frecuencia que en tiempos anteriores. ¿Dónde estoy que no me veo? Lo preguntaba con la cara casi pegada al cristal. La llenaba de contento descubrir al molly escondido entre las plantas. Lo saludaba, se dirigía a él con su propio nombre, le decía cosas por lo general graciosas. También le decía que le daba pena su soledad. Triste.


Al otro lado del río hay una tienda de animales donde nunca he comprado nada. Fui el otro día, un poco por curiosidad, un poco por comparar los precios. En la planta baja tienen un surtido abundante de libros. Me gustó uno con muchas ilustraciones, sobre plantas de acuario. Lo devolví a la balda después de comprobar lo que costaba. Había que preguntarle a Juani. Ella es la que se encarga del dinero. De vuelta a casa, al cruzar el puente, lo vi venir. Con semejante estatura es difícil que uno no se fije en él. Nos encontramos hacia la mitad. Llevaba bastantes días sin verlo. Supuse que estaría liado con el trabajo o con el arreglo del piso. Me preguntó qué tal. Tirando, le dije, ¿y tú? Ya ves. Nos quedamos en silencio. La mujer cogida de su mano vestía unos pantalones ceñidos. A pesar de los tacones no llegaba con la cabeza a los hombros de Andoni. No me la presentó. Bueno, a seguir bien, les dije. Me volví a mirarlos desde el final del puente. Para entonces ya habían alcanzado la franja de jardín que precede a las casas. La mujer tenía buena planta. Pronto los perdí de vista. Juani me dijo que ni hablar. Le parecía muy caro. Agregó que de momento tenemos otras necesidades. La hija nos oyó y vino a la cocina. He presenciado incontables discusiones entre ellas. Ésa, en concreto, me desagradó más que otra ninguna. Me asusté de las miradas que se echaban y del tono de sus palabras. Un tono agrio, un tono feo. Intervine para decirles que no merecía la pena pelearse por un simple libro. Juani me contestó: Si tanto te interesa apunta el nombre en un papel y esperas hasta Reyes. La hija salió de la cocina. La contera de goma de sus muletas producía un ruido de ira a cada contacto con el suelo. No te preocupes, aitá, dijo desde el pasillo. Yo te lo compraré. Mi hija. Me puse a secar con un trapo la vajilla del escurreplatos. Nadie me lo mandó, pero yo soy así. Preveía el rapapolvo inminente de Juani. Terminó de fregar. Con el rabillo del ojo la vi secarse las manos en el delantal. Bajó la voz para decirme: ¿Te das cuenta de la que has armado? No tenemos lavaplatos ni microondas, y tú todavía te empeñas en comprar libros. Volví la cabeza para asegurarme de que la hija no nos escuchaba. En susurros mencioné mi encuentro con Andoni por la mañana. Y con su acompañante. Sí, cogidos de la mano. Juani adoptó un tono natural de voz. Jesús, me dijo, te pasas el día con tus peces, tus sopas de letras y tus partidos de pelota, y no te enteras de lo que ocurre a tu alrededor. Andoni y la hija habían decidido de mutuo acuerdo poner fin a su relación. Pero... ¿tú lo sabías?, le pregunté. Claro que lo sabía. Lo sabe todo el mundo, dijo, menos tú. Había tenido que avisar a los parientes para que no compraran los regalos de boda. Me callé. ¿Qué iba yo a decir? Continué secando la vajilla. Juani se fue a la cama. Al parecer le estaba empezando otra jaqueca. A mí Andoni me caía simpático. No creo que haya muchos como él. Estoy seguro de que habríamos congeniado. Ahora me tendré que hacer el ánimo de que no vendrá a nuestra casa. Bueno, a lo mejor viene alguna vez de visita. Era una persona excelente, pero hay cosas que no pueden ser. ¿Para qué darles más vueltas? Colgué el trapo húmedo en la escarpia. Me remordía la conciencia el asunto del libro. En el fondo me puedo pasar sin él, puesto que tengo el acuario lleno de plantas. Incluso debería arrancar algunas para hacerles más sitio a los peces. Decidí ir al comedor a pedirle a la hija que no me comprara el libro. El precio era una exageración. Me paré en seco antes de entrar. A través de la puerta cerrada se oía la voz de la hija. Ven a saludarme, no me dejes aquí sola. En lugar de echar una cabezada en el sofá me fui a la calle. Pensaba aprovechar el buen tiempo para dar un paseo hasta la playa. No llegué lejos. En el porche, al lado de la farmacia, me tropecé con la vecina. El collie se acercó con el propósito evidente de que le acariciara el lomo. Jesús, me dijo ella, ¿adónde vas en zapatillas? Me miré los pies sorprendido. Me vinieron tentaciones de inventar una excusa, pero para qué. Volví a casa con la vecina y su perro. Ya no me acuerdo de qué hablamos. Supongo que sería de algo triste.


Extraído de

LOS PECES DE LA AMARGURA
Tusquets editores, 2006

Ayer, en una comida en la que nos juntamos unos cuantos escritores, Hasier Larretxea y yo charlamos apasionadamente sobre este fantástico volumen de cuentos de Fernando Aramburu.

Son muchos los aspectos a destacar en este libro de relatos.
Está maravillosamente escrito, utilizando un tono narrativo melancólico que atrapa al lector desde la primera línea y que parece el adecuado a un narrador que dejó pasar el tiempo para objetivar algo su historia. La ternura con la que trata a los personajes, la resignación que emana de ellos, hará llorar o sonreir al lector.
Además no rehúye la experimentación propia de la narrativa corta y ofrece piezas dignas de ser estudiadas por todos aquellos que veneran el cuento. Por ejemplo,“Enemigo del pueblo”, es para mí un relato magistral porque consigue trasmitir la angustia del personaje al lector y porque utiliza una técnica de escritura que admiro: empieza por el final de la historia y va avanzando a contratiempo sin que el lector pierda un ápice de interés. Aquí Aramburu muestra su sapiencia en el arte de escribir.
Por otro lado, el tema tratado en todos los cuentos implica un compromiso con la libertad, un compromiso valiente y decidido en busca de la “normalidad” en el País Vasco frente a la violencia de ETA y su entorno.
Todo esto hace que este libro de relatos sea imprescindible en la librería de cualquier cuentista.

martes, 30 de junio de 2009

Quemado

Por avería en la cabeza del administrador, este blog se va a tomar un descanso de un par de meses y, a la vuelta, ya veremos qué pasa.

El martes 7 de julio presento "El colibrí blanco" en Jerez de la Frontera (Cádiz), casa de mis editores. Será a las 9 de la noche. Si algún amigo del sur se quiere pasar por allí y acompañarme, por correo electrónico le ampliaré la información.

Pasadlo bien.

(sí, es el mismo mensaje, no estoy para pensar)

Os dejo con un cuento de Cortázar. Uno de sus insuperables buenos cuentos. Tan fantástico es que todavía da qué hablar y, aún sabiendo lo que se esconde tras él, da gusto releerlo una y otra vez.

Después del almuerzo
Julio Cortázar

Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.
Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.
Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.
-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.
Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.
Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.
Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.
A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.
Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.
Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.
A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.
Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.
No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.
No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez... No era fácil, pero a lo mejor... Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara
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jueves, 25 de junio de 2009

En días idénticos a nubes, Ana Pérez Cañamares









En días idénticos a nubes
Ana Pérez Cañamares
(Ed. Baile del Sol, 2009)

Adolescente fui en días idénticos a nubes,

cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,

y extraño es, si ese recuerdo busco,

que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.


Perder placer es triste

como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;

aquél fui, aquél fui, aquél he sido;

era la ignorancia mi sombra.


Ni gozo ni pena; fui niño

prisionero entre muros cambiantes;

historias como cuerpos, cristales como cielos,

sueño luego, un sueño más alto que la vida.


Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos,

las hallará vacías, como en la adolescencia

ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.


Luis Cernuda


La edad de las luces
por Esteban Gutiérrez Gómez

Este poema de Luis Cernuda es el preámbulo al libro de relatos de Ana Pérez Cañamares centrado sobre aquella edad en la que todos nos sentíamos algo perdidos entre tantos descubrimientos: la adolescencia.

El libro se publicó por primera vez en el año 2003 editado por Mileto, y ha sido una feliz idea su reedición por parte de Baile del Sol.

En días idénticos a nubes muestra una prosa cuidada, medida, nada ñoña al tratar un tema tan delicado como los sentimientos de los quinceañeros. Las historias que cuenta Ana Pérez Cañamares nos llevan de la mano a nuestra propia adolescencia en la que descubríamos los secretos de la vida que nos ocultaban los adultos. Esa complicidad del lector, máxime tratándose de cuentos bien formados, con finales abiertos muy del estilo de Cheever y Carver (pero a punto de despeñarse por el acantilado), hace de cada uno de los relatos una joya narrativa.


No faltan las referencias al pecado de jugar con los tabúes, como el incesto, si bien se presentan de forma natural, sin tener en cuenta imposiciones sociales, vistos desde la perspectiva de quién se abre a lo novedoso en esa edad de las rvelaciones.




La locura de entonces, el no saber pero querer explorar, el desconfiar del propia pensamiento, el estar aburrido de vivir sin siquiera haber empezado a hacerlo, el tener pocas esperanzas en un futuro que se abre inmenso ante nosotros, está tratado de forma magistral por Ana Pérez Cañamares que ha logrado un tono narrativo y una distancia en el tiempo ideal para que el lector aborde estas historias.

Los veintiún cuentos que presenta el libro nos llegarán muy adentro, nos harán recordar aquellos tiempos de pérdida del sentido de la orientación, de caminar sin mano a la que agarrarse, de aventura cada minuto, cada segundo. Ese es uno de los méritos más importantes de esta obra: lograr una complicidad del lector en cada relato, no es nada fácil.


Destaco dos cuentos espléndidos de trama trabajada, con utilización de recursos técnicos importantes propios del cuento y muy bien acabados. Son “El biquini rojo” y “Tocarle la cara”. Ana consigue en ellos una atmósfera y una captación del lector mayúscula.

El relato que he elegido para ilustrar el libro es un buen ejemplo de lo que escribo. No pude evitar recordar al leerlo, con una sonrisa en los labios, aquellas pantallas de plástico que, situadas sobre la pantalla original del televisor en blanco y negro, lograban el milagro de dotar de colores supuestamente originales a aquella vieja televisión. Todo se veía verde o rojo, o se veía de un color u otro parte de la pantalla, pero en ningún caso aquello semejaba una televisión en color.
Así vivíamos nosotros por entonces, en la edad de las luces, de los descubrimientos, cuando las cosas parecían de una manera y realmente eran de otra, y llegaban los primeros desencantos y ya empezábamos a tener ganas de dejar de vivir.





John Wayne cabalga sobre el arcoiris




Vino a llamarme Pura. Yo estaba tumbada en el sofá del cuarto de estar, leyendo un tebeo. Por encima de mi cabeza la oí, a través de la ventana que daba al rellano de la escalera.


—¡Tere! ¡Tere! ¡Que te lo estás perdiendo!



La mandé callar porque mis padres dormían la siesta. Cuando abrí la puerta, me agarró por la manga y nos precipitamos escale­ras abajo. Me hablaba en lo que a ella le parecía voz baja, una particular forma de grito ahogado.



—En el segundo, que tienen tele en color.



—¿Quiénes del segundo?



—¿Quiénes van a ser? ¡Mario y Cristina! Están todos viéndola desde el descansillo. ¡Ponen una de John Wayne! Hasta los caba­llos se ven de colores.



Bajamos de cuatro en cuatro los escalones, aplaudiendo con nuestras chanclas el espectáculo por anticipado. La música de saloon sonaba tan alta como si las bailarinas de cancán estuvieran levan­tando las piernas sobre la mesa de centro del segundo izquierda.



Mario y Cristina estaban en primera fila, haciendo valer su con­dición de anfitriones. Detrás estaban Conchi, Pilar y por último los gemelos del quinto. Pura y yo nos colocamos al final. Entre todos ocupábamos el tramo de escalera desde el tercero al segun­do, como si estuviéramos sentados en gradas. Tuvimos que espe­rar a que los ojos se nos acostumbraran para captar algo más que destellos y figuras que volaban y caían. Cuando por fin pude dis­tinguir a John Wayne entre la barahunda, le aticé un codazo a Pura, cuyos ojos de miope se salían por encima de las gafas.



—Pura..., pero, Pura, eso es trampa, eso no es una tele en co­lor. Mi tía tiene una y no es así...



—Schssssssss —me contestaron todos.



Lo que podía vislumbrar, entre las cabezas de mis vecinos y las rejas de la ventana, era una televisión en blanco y negro cubierta por un cuadrado de tiras de celofán pegadas unas a otras en hori­zontal, de forma que el sombrero de John Wayne era verde, su cara de un rosa primer día de playa, la camisa naranja y los panta­lones azul celeste. Era un John Wayne de carnaval, al que nadie podía tomar en serio.



Pura se acercó a mi oído y me dio en el punto que ella tan bien conocía.



—Si no te gusta, te puedes ir, pero que sepas que ha sido idea de Mario.



Miré el cogote de Mario y le imaginé orgulloso de haber guiado a sus amigos hasta el lejano oeste, y sin pensarlo más me lancé a cabalgar con él por llanuras rosas, montados sobre caballos azu­les, bajo un cielo verde esperanza.



Y allí estábamos, asistiendo en primera fila a la arenga del jefe indio hacia sus nunca tan coloridos guerreros, cuando sobre sus gritos se superpusieron otros que surgían de la habitación del fon­do. La madre de Mario y Cristina cruzó el cuarto de estar a trompicones, tapándose la cara con un pañuelo de hombre, y se encerró en el cuarto de baño. Luego apareció el padre, que arran­có el celofán, lo arrugó y lo lanzó a través de la ventana en un escorzado primer plano, gritando: «¿Qué es esta mierda?». La per­siana se cerró en un repentino THE END.



Lo peor no fue el silencio, ni siquiera cuando lo rompieron los sollozos de Cristina. Lo peor fue ver a Mario subiendo las escale- ras con su papel de celofán en la mano, doblemente herido y humillado. Nos quedamos como tontos, sin saber qué hacer. Pura le pasó el brazo por los hombros a Cristina, y ambas encabezaron la triste procesión de descenso a la calle.



Yo seguí a Mario hasta el pasillo de los trasteros. Allí estaba, sentado en el último escalón, la cabeza apoyada en la mano que agarraba el celofán. Me senté a su lado, bajo la luz de la claraboya por la que se veía el cielo gris.



Por primera vez sentía que no había nada que decir. Cogí su mano y el celofán quedó allí, como un huevo de colores empolla­do en el hueco de nuestras palmas.



—Tere, ¿tú me tienes miedo?



—¿Quién, yo? ¿Miedo? ¿Por qué?



La vergüenza y la ira tiñeron su rostro como el de un John Wayne de trece años.



—Porque a lo mejor yo soy como él. Porque a lo mejor yo de mayor también pego. Porque podría pegarte a ti. No sabía qué decir, pero supe que tenía que hacer algo. Algo que lo sacara de aquel futuro horrible. Me levanté, bajé dos escalones, puse mi cara a la altura de la suya. Aquellos ojos azules me inspiraban. Y de repente lo hice. Zas. Zas. Le aticé dos bofetadas con todas mis fuerzas.



—Que no se te olvide que yo tengo la misma edad que tú. Y que yo también puedo pegarte a ti. Sus ojos se abrieron de sorpresa y dolor. Y como si por fin se hubieran dilatado los bastante como para hacerles hueco, dos enor­mes lágrimas gemelas cayeron por sus mejillas cruzadas por cinco franjas rosas.



Cuando se dejó caer de espaldas sobre el suelo me abalancé sobre él, dispuesta a pedirle perdón, a decirle que no sabía por qué había hecho aquello.



Por sus convulsiones supe que se estaba riendo. Como si le hubiera contado un buen chiste. Me tumbé a su lado y seguimos riendo cuando extendió el papel celofán sobre nosotros, para que las nubes que se veían por la claraboya fueran nubes en technicolor.

miércoles, 24 de junio de 2009

Ismaíl Kadaré, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2009



Se ha hecho justicia.

Leer más aquí


Y una recomendación: EL CORTEJO NUPCIAL HELADO EN LA NIEVE, un cuento imprescindible.

martes, 23 de junio de 2009

Un relato de Manolo D. Abad




UN ARGUMENTO PELIGROSO
Los días pasaban y Xavi Vega veía cómo la fecha de entrega de su manuscrito se acercaba más y más. Ya se había gastado dos anticipos y cuando Ernesto Vázquez, su editor, volviese a llamarle ya no quedaría ninguna excusa que poner. Vega paseaba por el bello boulevard, tomaba café o vino en la terraza del hotel, se bañaba en la coqueta piscina o deambulaba por las noches por algunos de los locales de la ciudad, pero no conseguía quitarse de sus pensamientos a Sofía Farreras. Hacía dos meses que le había abandonado y, desde entonces, apenas si había conseguido terminar los artículos semanales comprometidos por un buen contrato con un diario de difusión nacional. Sólo fantaseaba con el cuerpo de Sofía cimbreándose sobre el suyo, recordando los veintiún meses de fuego y rosas. La culpa había sido suya, no cabía duda. Demasiadas infidelidades, demasiado alcohol, demasiada noche, demasiados éxitos inesperados. Eso, y una mujer ambiciosa que se había aproximado a su sombra para brillar más que él. A ella no le bastaba la reducida fama de ser una de las pequeñas estrellas de la televisión autonómica. Necesitaba más. Y Xavi no parecía dispuesto a ser ese servicial y brillante perro faldero en el que ella quería convertirle.
Siempre le habían hecho gracia los desajustes sentimentales y ahora era él quien padecía esos efectos: Una sequía creativa pertinaz. Hasta Farreras, siempre había encontrado remedio a los finales inesperados. Él había sido quien los había provocado, yéndose a una nueva aventura, a una nueva historia antes de que la otra hubiese acabado. Cuando los hechos se consumaban ya no había heridas que lamer. El rostro de la precedente se difuminaba hasta no percibir su expresión en las escasas ocasiones en que pudieran cruzarse por las calles. En cambio, la figura de Farreras se colaba, tras el programa cultural que Vega consumía muchas noches, exultante, plena de esa belleza que derrotaba cualquier reticencia. Cada aparición invitaba al lamento, a una noche en blanco dando vueltas en la cama y a la cabeza. Vega no quería escribir sobre lo suyo. Fue una idea ridícula que se le apareció en uno de los momentos de mayor debilidad. Pero no, no podía acabar siendo una especie de Corín Tellado posmoderna, como le había sucedido a alguna que otra promesa literaria proclamada realidad apresuradamente. Debía buscar, aunque se tratase de una contrarreloj contra sí mismo. La temperatura primaveral, los paseos, ayudaban a mitigar la sensación de fracaso total que se asomaba siempre que un hermoso cuerpo le sugería el de Sofía Farreras.
Apenas si hablaba con nadie. Tampoco tenía muchas ganas, no era de esa clase de tipos capaces de observar en torno a sí mientras entablan conversación con el primer extraño con el que se encuentran. Sólo algunos barmans habían logrado traspasar apenas la máscara de silencio que Xavi Vega había tejido en torno a sí. Aquella noche de jueves era una de esas noches en que las defensas estaban bajas y el escritor se encontraba más dicharachero que de costumbre. Quizás habían ayudado los cuatro gin-tónics que llevaba en el cuerpo, quizás. El caso es que Vega comenzó a recorrer con su mirada el club de jazz en el que se encontraba, a la busca de una mujer o de una historia. Alrededor del escenario, donde un cuarteto desgranaba blues, una decena de mesas presentaban escenas que podrían servir para abrir la mente del artista en crisis. El escritor, desde la atalaya de la barra tres escalones más alto que las mesas, observaba sin fijarse, dejándose llevar por los sonidos tristes de la armónica, el bajo, la guitarra y la batería, por la voz profunda del cantante, por sus historias de amor y desamor. El humo, la música, el alcohol comenzaban a hacer su efecto en el ánimo de Vega.
-Otro gin-tónic. Oye, ¿quién es esa tía?
-¿Cúal?
-Esa que lleva ese vestido negro tan sexy, está sola en esa mesa y parece tan triste.
-Se llama Tatiana. Es la novia de Cabanas, un tiburón peligroso.
-¿Peligroso?
-Peligroso si llevas un negocio y tienes algo que a él le interese.
-Y, ¿qué le interesa?
-Todo aquello que le pueda dar dinero fácil. Un club de jazz como éste, por ejemplo, no. Además aborrece el rock y el jazz. Cabanas sólo quiere locales de música borrega.
-Y ella, ¿qué pinta aquí?
-A ella sí le gustan los locales nocturnos y la música con clase. Viene aquí escapando de él. Creo que quiere dejarlo, pero nadie abandona al gran Cabanas. Es él quien lo hace.
-¡Menudo elemento!
-No lo sabes bien, Xavi.
Ya se tuteaba con René, el rubio camarero, siempre de traje impoluto y estampa de duro de película.
El grupo terminó tras una hora de actuación en la que Tatiana apenas si había despegado sus ojos del escenario. Al finalizar, el cantante y armonicista se acercó a ella y le besó, cariñoso, en ambas mejillas. Charlaron distendidos varios minutos tras los que Tatiana se dispuso a salir del local. Cogió su largo abrigo de cuero del guardarropa seguida de cerca por Vega. Tomó el camino del boulevard de la playa y comenzó a pasear mirando al cielo, presidido por una enorme luna a punto de ser llena. El escritor la seguía a una distancia prudencial mientras observaba el mar iluminado por la luna, toda una invitación a abrir la mente. El corazón le latía con fuerza, por fin parecía haber encontrado algo emocionante en la tediosa rutina en la que se había sumergido para huir del recuerdo de Sofía Farreras. La misteriosa mujer de negro estaba llegando al final del paseo de la playa cuando el chirrido de las ruedas de un coche frenando bruscamente despertó a Vega de sus pensamientos. Un grandullón se bajó de un enorme Mercedes negro y mantuvo unas palabras con Tatiana al tiempo que sujetaba con fuerza su brazo izquierdo. La mujer trató de desasirse del matón pero éste cejó en su empeño. Vega trató de acercarse más, desafiando la prudencia y la discreción. Finalmente, tras un feo forcejeo, durante el cual Tatiana intentó abofetear, sin éxito, al matón, éste optó por subir al asiento trasero del coche e irse. La mujer lanzó su pequeño bolso contra el suelo y dio dos pasos tambaleándose. El tacón de uno de sus zapatos se había roto. El escritor se acercó a ella. Era el momento.
-¿Se encuentra bien? Parece mareada...
-¡Y a usted que le importa!
Era aún más hermosa vista de cerca. También rubia, como Farreras, pero su rostro no imponía esa belleza de quien se sabe seguro de sí mismo y del poder de su físico. Tatiana poseía unos rasgos mucho más dulces, la de aquella que no fía a su hermosura su camino en la vida.
Xavi había llegado hasta ahí y ahora nada podría detenerle. La exclamación de la mujer parecía venir más de la excitación del momento vivido que de un rechazo hacia él.
-Perdone, yo no...
La mujer escrutó su mirada con curiosidad.
-Discúlpeme a mí. Estoy bastante nerviosa...
-He visto lo que ha pasado y, luego, la he visto tambalearse y me ha preocupado. Le reitero mis disculpas si la he molestado.
-No, no, no es nada. Por favor, quédese. No me encuentro muy bien.
-¿Quiere que vayamos a algún sitio a tomar algo? Le relajará.
-¡Oh..., bien, sí! Sus mejillas enrojecieron.
El escritor conocía un pequeño local muy cerca de allí, de iluminación oscura, bastante discreto, donde podrían pasar desapercibidos. Se acomodaron en uno de los seis discretos reservados del pub, lejos de la pista donde bailaban, amarteladas, cuatro parejas. El lugar idóneo para una pareja que pretende pasar desapercibida.
Hablaron durante horas como si se conocieran desde hacía muchos años. Cuando el encargado del local les indicó que la hora del cierre ya había sido rebasada con creces, se dieron cuenta que sólo ellos permanecían dentro. Xavi acompañó a Tatiana a su casa y, en el momento de la despedida, optó por un beso en la mejilla derecha de la rubia. No pudo evitar el recuerdo de la trifulca con los guardaespaldas de Cabanas y la posibilidad de que éstos estuvieran observando la escena. Un bello amanecer se cernía sobre la ciudad y el escritor apuró el tiempo paseando por el boulevard de la playa, sin prisa por llegar a su hotel.
El teléfono de la habitación despertó a Vega. Lo hizo con esa extraña sensación de no saber dónde se encontraba ni en qué momento del día se hallaba.
La voz servicial del conserje del hotel le indicó que una mujer le esperaba.
-¿Podría decirme la hora que es, por favor?
-Son las nueve y media de la noche.
Fue entonces cuando recordó con nitidez todo lo acontecido y que la mujer en cuestión debía ser con toda seguridad la novia o exnovia del empresario Cabanas. La ducha consiguió despejarle lo suficiente para abordar lo que podía ser una gran velada.
La mujer estaba mucho más hermosa que la noche precedente. Vega contempló su rostro, más maquillado, sin la turbación que la había agitado veinticuatro horas antes. Fueron a cenar, pero no acudieron al club de jazz. Vega se escondía, era fundamental no ser visto por personas conocidas. Volvieron al mismo pub de la noche anterior y acabaron en la casa de Tatiana. Hicieron el amor apasionadamente toda la noche. Mientras fumaban un pitillo, entrelazados, el escritor no recordó que Sofía Farreras se hubiera entregado nunca como Tatiana lo había hecho.
-Voy a dormir un poco, dijo la mujer.
-Será mejor que me vaya a mi hotel. A veces ronco un poco y no quiero estropearte el descanso. La besó en la boca y el aroma del tabaco rubio le supo a gloria.
Volvió a pasear por el boulevard de la playa, donde los primeros bañistas comenzaban a tomar posiciones. Se sintió liberado. Un gran peso parecía haberle abandonado. En su hotel desayunó en abundancia, se dio una ducha y escribió sin parar hasta que el cansancio pudo con él, a eso de las cinco de la tarde.
La llamada de la conserjería del hotel le despertó como en la noche pasada. Y, como entonces, era Tatiana quien le esperaba.
Durante la cena, en el mismo restaurante, la exnovia del empresario Cabanas se mostró más reservada. Algo parecía inquietarle hasta que, a los postres, acabó por decirle.
-Tengo que hablar con él antes de que nos vayamos.
Habían planeado irse al día siguiente. Era final de mes y Tatiana abandonaría su apartamento, su vida anterior y se iría a una nueva ciudad, aquella en la que vivía Vega, lejos de Cabanas, lejos de líos, en pos de un nuevo horizonte. Volvería a buscar trabajo como azafata de congresos y abrazaría una vida en común junto a Xavi Vega.
-No me parece una buena idea, respondió el escritor.
-Lo sé, pero tengo que hacerlo. No soporto huir más tiempo de él.
-De acuerdo. Vega sabía que ella había tomado una determinación y sería inútil disuadirla. Tras la cena, Xavi la acompañó hasta su portal y se despidió de ella. Ambos tenían que hacer.
El escritor acudió muy temprano a alquilar un automóvil con el que se dirigió a montar guardia en el portal de Tatiana. No quería perderla de vista. Tenía miedo que pudiera sucederle algo, era una de esas inquietudes que desatan gestos, expresiones apenas perceptibles pero de las que emanan síntomas nocivos.
Dos paquetes de tabaco después, Tatiana salió de su domicilio. Vega no se precipitó y esperó para ver si sería más fácil seguirla a pie o en el recién alquilado coche. Se decidió por ir a pie y la elección fue correcta, puesto que el trayecto de la rubia fue bastante corto. Un par de manzanas y flanqueó un elegante portal de una vivienda de lujo, con un portero a la entrada que saludó como si la conociera de toda la vida. El escritor aprovechó para ir a buscar su automóvil y tratar de estacionarlo cerca de ese lugar.
Habían pasado varias horas sin novedad. Vega dudaba pensando en la posibilidad de que Tatiana hubiese salido inmediatamente y no la hubiera visto salir al haber acudido a buscar su automóvil. Recordó a uno de los matones de Cabanas al verlo salir del portal con andares de boxeador sonado. Pero de la rubia, ni rastro.
Una media hora después, un terrible estruendo hizo a Xavi salir de su coche. Miró en torno suyo: Gente corriendo, voces, confusión. Trató de abstraerse de la situación, de los gritos de pánico, de las carreras. Unos diez metros delante de donde había aparcado el coche de alquiler, en la acera de enfrente, un cuerpo yacía sobre el capó de un automóvil. Vega permaneció en silencio, sujetando la puerta de su vehículo, cuando la voz de Tatiana le sobresaltó.
-Vámonos de aquí. El problema ya está resuelto.
-¡Pero...!
El escritor sintió un extraño escalofrío pero condujo despacio abriéndose paso entre la alboratada multitud que contemplaba, asombrada, el cuerpo sin vida del conocido empresario Mateo Cabanas.

Este relato es el botón de muestra de lo que puedes encontrarte al leer cualquiera de las historias de Vasos sucios en la madrugada. Relatos marcados por dos hilos conductores presentes en todos ellos: la noche y el alcohol. Los dos elementos que guarecen, que transforman, que amparan secretos: los dos ingredientes de la alquimia de la mala vida.

Estas historias no os dejarán indiferentes.

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