La enfermedad del lado izquierdo

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El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Presentación en Madrid de "Velas al viento", antología de microrrelatos


Cuadernos del Vigía y Tres rosas amarillas te invitan a la presentación de
"VELAS AL VIENTO".
Los microrrelatos de "La nave de los locos" coordinada por Fernando Valls,
el próximo jueves 7 de octubre, a las 20 h.
Intervendrá Fernando Valls y leerán algunos de los autores antologados.
Te esperamos!

lunes, 4 de octubre de 2010

"Amor malo y feroz", de Larry Brown



Amor malo y feroz
Larry Brown

(Traducción de Luis Ingelmo)

Bartleby, 2010


La película es la siguiente: alguien va al cine, el film le deja impactado, averigua que está basado en un libro de relatos de un tal Larry Brown, adquiere el libro (ese alguien es un curioso peligroso, un perro de caza), el libro está en inglés (ese alguien domina el inglés, of course), le parece bárbaramente bueno, jodídamente increíble y decide traducirlo al español para compartirlo con los no angloparlantes, una vez traducido, confiado por el diamante que posee, se da de narices con docenas de puertas de editores, pero ese alguien (perro de presa, ya lo dije) no se da por vencido e inicia una cruzada para lograr publicarlo, más o menos al final de esta historia encuentra a otro alguien que algo de esto (de publicar, digo) sí que sabe y le convence para que se haga con los derechos en español de los cuentos, ese alguien que sí que sabe algo de esto de editar decide hacer un experimento y envía las galeradas a unos cuantos zumbados (perdón, profesionales, libreros, escritores, críticos y demás parranda del oficio) a ver qué sucede, y sucede que nadie queda indiferente ante la propuesta literaria que Larry Brown ofrece, sucede que las comparaciones con Carver o Cheveer o Bukowski se amontonan a la vuelta de correo, sucede que, aunque fuese imposible, se ha ido más allá de los maestros.

Ese primer alguien tiene nombre, Luis Ingelmo, y a él debo agradecer las horas que he disfrutado con la lectura de Amor malo y feroz.

De carácter marcadamente autobiográfico, los cuentos de Larry Brown son una propuesta casi definitiva sobre la Norteamérica más abismal. Bebedores compulsivos que no tienen otro entretenimiento que conducir sus furgonetas (las famosas pick-up) por carreteras secundarias escuchando música (buen rock, por cierto), perdedores en el infierno de una ciudad pequeña, paletos habituales en bares desangelados en la rueda de las rondas de cerveza, soñadores sin esperanzas en lograr el objetivo. Sus personajes son héroes de la vida: Viven a pesar de estar muertos.

Larry Brown se empapó de ese espíritu atractivo y bondadoso del perdedor leyendo los libros de Carver, Bukowski y Flannery O`Connor. Pasaba las noches de guardia en el puesto de bomberos leyendo y escribiendo lo que veía, lo que sentía, lo que vivía. Muchos de estos relatos hablan de eso, del anhelo por ser escritor, por llegar a publicar, algo que a él le atormentaba. A Larry Brown le costó muchos años ver publicado su primer cuento (concretamente diez) y su primer libro de relatos tardó unos cuentos más en llegar.



Fiel al espíritu de los autores que leía, alcanza y supera en algunos casos con sus escritos a sus ídolos. Relatos como Esperar a las señoras o Amor malo y feroz, que da título a este volumen de relatos, muestran un marcado acento hemingway. Profundiza aún más el autor en el secreto oculto a la búsqueda del lector cómplice que se identifique con el escrito (o con él, no estoy muy seguro). Los relatos de la primera parte del libro son homenajes a estos autores, pero homenajes que se convierten en joyas distintas, de diferente luminosidad.



¿Por qué sucede esto?¿Qué tienen que no tuvieran aquellos? Están muy bien escritos. Trabajados y medidos, la mayoría de los relatos dejan un regusto amargo en la boca por el tema tratado y una sensación de placidez por la composición del cuento en sí.

Si alguno de ustedes aprecia o ha apreciado los cuentos de Fante o Cheveer, Hemingway o McCarthy, si el realismo social le es próximo y amigable, si ha intentado escribir o es un escritor (ah, esa tercera parte, esos 92 días), si disfruta con la lectura de cuentos y relatos, estoy convencido de que este libro no les defraudará.



Por último, un consejo: busquen un álbum de Thin Lizzy ( Live and Dangerous o Jailbreak no estarían mal, pero vale cualquiera de su primera época con el inconfundible Phil Lynott al frente) y póngalo a bajo volumen mientras leen los primeros cuentos. No pregunten porqué y háganlo. Ya me dirán..

Esteban Gutiérrez Gómez, 2010


Amor malo y feroz estará en librerías a partir de hoy 4 de octubre


ISBN: 978-84-92799-20-6


287 páginas


PVP: 18,00 €




Pinchando aquí pueden leer el relato Desenamorase y hacerse una idea de cómo es este libro.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Plan 9 del Espacio Exterior en el issuu

Ya podeís leer y descargar de modo gratuito la revista Plan 9 del Espacio Exterior


martes, 28 de septiembre de 2010

Un cuento de Vicente Muñoz Álvarez





EL ANIVERSARIO



Eran las once y diez de la mañana de un domingo. Ella aún no se había levantado, aunque llevaba ya un rato despierta. Él preparaba cuidadosamente el desayuno: café con tostadas, zumo naranja y huevos.
La noche anterior se habían acostado tarde, para celebrarlo, después de tomar unas cervezas y cenar con vino tinto. Al llegar a casa habían hecho el amor sobre la alfombra del pasillo y habían terminado diciendo tonterías y riéndose medio borrachos en la cama.
Ahora él caminaba despacio hacia el dormitorio, procurando mantener en equilibrio la bandeja. Buscó a tientas el interruptor y encendió la luz del cuarto.
- Felicidades, nena, el desayuno ya está listo...
Ella se incorporó, estiró los brazos y esbozó perezosamente una sonrisa.
- Igualmente, cielo - dijo mirando de reojo la bandeja -. Tiene un aspecto estupendo... Y en la cama, además, como en los viejos tiempos...
- Como en los viejos tiempos, claro que sí - añadió él -, como en los viejos tiempos...
Mientras desayunaban, eligieron en la Guía del Ocio un restaurante a la altura de las circunstancias e hicieron también planes para la tarde. Luego ella se levantó, salió de la habitación y regresó a continuación con un paquete.
- Es para ti - dijo -. Espero que te guste...
Él lo abrió nervioso, sin despegar el celo del envoltorio, rompiendo con estrépito el papel. Eran una gafas Ray Ban de cristales verdes, último modelo.
- ¡ Boahhhhhhh ! - gritó -. Son estupendas, Cris, de veras, ya sabes la ilusión que me hacen... Pero espera - añadió -, tú también tienes un regalo...
Se levantó con las ellas puestas, después de darle un beso, y sacó de su mesita de noche un paquete pequeño, de color azul brillante, que ella abrió cuidadosamente, como temiendo que pudiera romperse en sus dedos.
- Es una cruz maragata - dijo él -, de las que cuelgan de esos collares de plata y piedras rojas. ¿ Te gusta ? La encontré en un anticuario...
- Me encanta - dijo ella -. Es preciosa, de verdad, preciosa...
- Iba a comprarte una cadena, pero no vi ninguna que me gustara, me parecía que no pegaban demasiado con la cruz...
- Da lo mismo, quedará bien con un cordón de cuero, ya verás...
Apartaron de la cama la bandeja con los restos del desayuno y se volvieron a acostar.
- Van ya diez años - dijo él - ¿ Te das cuenta ?
- Claro que me doy cuenta - dijo ella -. Y hasta asusta... Llega un punto, a partir de cierta edad, en que no ya no controlas igual el tiempo, se vuela a toda prisa, días, semanas, meses... y cuando te das cuenta se ha esfumado media vida... ¿ Recuerdas cuando teníamos quince años ? - añadió -. O menos incluso, doce, diez... El tiempo entonces era algo distinto, sin sentido ni importancia alguna... Se estiraba como el chicle hasta la Navidad, hasta Semana Santa, hasta el verano... Y ahora es justo al revés: se esfuma, el tiempo... Y además lo olvidas todo... Las pequeñas cosas, quiero decir, las conversaciones, los detalles, los amigos, los regalos... Es triste, la verdad... Que te quedes con los grandes acontecimientos sólo... O con detalles absurdos, a lo sumo: olores, imágenes, secretos...
- ¿ Cómo que secretos ? - preguntó él sonriendo -. ¿ A qué te refieres ?
- Secretos - susurró ella -, juegos, cosas prohibidas... Los tienen todos los adolescentes, no te hagas el loco... Seguro que tú también tuviste alguno... a que sí, algo que no le hayas contado a nadie...
- ¿ Tú los tienes ?
- Todos los tenemos... Aunque sea mejor no confesarlos...
- ¿ Por qué ? - preguntó él.
- Porque son secretos, simplemente por eso - respondió ella.
Él se incorporó de la cama, apoyando su espalda en la pared y haciendo que ella se acomodara en sus piernas. La acarició los muslos, la melena, le besó el cuello.
- Quiero que me cuentes uno - dijo.
- Ni hablar - contestó ella -. Los secretos son secretos y punto. Se acabó.
- Por favor, Cris - insistió él -, cuéntame alguno, no me hagas esto, venga... Y yo te cuento otro...
Lo dijo impulsivamente, sin pensarlo apenas, mirándola a los ojos suplicante.
- Hay cosas que quizás sea mejor no saber de los otros - dijo ella -, cosas que tal vez los demás nunca entiendan...
- Pero es que yo no soy los otros - protestó él -. Soy tu marido desde hace diez años... Creo que tengo derecho a conocerte mejor, a que nos conozcamos algo más... Venga - insistió -, por favor, primero tú, me lo cuentas, algo que no le hayas contado a nadie, y luego yo, de verdad, te lo prometo...
- Vale, anda, no seas tan pesado... Pero tienes que jurarme que no te va a sentar mal ¿ de acuerdo ?
- De acuerdo - afirmó él
- Y luego tú - añadió ella -, sin trampas de ninguna clase...
- Conforme.
Se sentaron con las rodillas cruzadas sobre la cama, uno enfrente del otro, fumando un cigarrillo y mirándose fíjamente a los ojos.
- ¿ Listo ? preguntó ella.
- Listo - asintió él.
- Pues vale, venga: me lo hice con una amiga cuando tenía quince años... Una compañera de instituto. Esther, se llamaba...
- Nunca me contaste eso - dijo él sorprendido.
- Tampoco me lo preguntaste - contestó ella -. Además, era un secreto... No tenías por qué haberte enterado.
- Bueno ¿ y cómo fue ? Cuéntamelo...
- Éramos compañeras de clase. Algunas noches nos quedábamos a estudiar juntas y dormíamos en la misma cama, ya sabes, las mujeres... no somos como los hombres... nos acariciábamos, nos besábamos... Pero, por favor - añadió elevando la voz -, no pongas esa cara ¿ vale ? Encima que me has hecho contártelo...
- Es que estoy flipando - dijo él, de veras que estoy flipando... Diez años casados y me entero ahora de que de adolescente eras lesbiana, de que te gustaban las chicas...
- Oye, David, no lo tergiverses más tu ahora, por favor...No es que me gustasen las chicas, me gustó entonces mi amiga y punto... Y no como tú piensas, además... ¡ No éramos lesbianas !
- ¿ Bisexuales, entonces ? - preguntó él irónicamente.
- ¡ Amigas, David, sólo amigas ! Quieras aceptarlo o no... Y es bobada además que te lo intente explicar... No vas a entenderlo.
- Sí que lo entiendo, Cris - dijo él -, perfectamente: que te lo hiciste con una mujer... Es bastante sencillo...
- ¿ Bastante sencillo? - gritó ella -. La verdad es que no tenéis ni idea de cómo somos por dentro, las mujeres... Lo lleváis siempre todo al mismo sitio: sexo. Sólo eso. Y entre nosotras no siempre es así. ¿ Te enteras ?
- Vale, Cris, de acuerdo - dijo él -, no te enfades... Será mejor dejarlo así...
- Prometiste que no te iba a sentar mal, que lo ibas a entender... Eras tú el que querías que te lo contara a toda costa, ¿ no es así ?. Venga, dilo: ¿ no es así ?Me convences primero, me fuerzas a hablar, dices que puedes entenderlo y luego no ves más allá de tus narices, lo enrevesas todo, me pones mala cara... No debí habértelo contado, he sido una estúpida...
Se quedaron en silencio unos minutos, ella fumando un cigarrillo, él mordiéndose la lengua para no hacer más preguntas.
Entonces ella dijo:
- Ahora tú, David, te toca...
- No te preocupes - dijo él -, lo mío es más sencillo... No te llevarás grandes sorpresas...
- Adelante - dijo ella.
- Fue cuando vivía con mis padres en San Pedro, en un piso alquilado. Había un patio en la parte de atrás lleno de maleza y trastos viejos donde yo solía jugar por las tardes al regresar del colegio. Un día descubrí una camada de gatos dentro de una caja de cartón, detrás de los arbustos... Alguien debía haberlos dejado allí abandonados, en lugar de buscarles dueño o sacrificarlos al nacer. Y allí estaban, en la caja, maullando lastimeramente, negros, muy pequeños... Aún no habían llegado ni siquiera a abrir los ojos... Los estuve contemplando un rato, acariciándolos... y de pronto, no sé por qué, decidí matarlos yo mismo... Me dejé llevar por el instinto, supongo... Pero elegí un método erróneo... Llené la caja de papeles, ramas, cartones... y prendí fuego al interior... Fue horrible, el color negro del fuego, los maullidos y aquel olor... Me he arrepentido de ello muchas veces...
Ella le había estado escuchando en silencio y parecía a punto de echarse a llorar.
- Creí que te gustaban los animales - dijo -. Me lo has repetido mil veces: me encantan los animales, nena, sólo que no los quiero en casa... Me sé la frasecita de memoria...
- Eso no tiene nada que ver - dijo él -, claro que me gustan los animales... Aquello fue un acto reflejo, no me malinterpretes, en el fondo quería ayudarlos...Pero eso nada tiene que ver con el resto...
- ¿ Nada ? - preguntó ella -. ¿ Matas a sangre fría a esos cachorros y dices que te gustan de verdad los animales ? Eres bastante cínico, yo creo...
- No lo entiendes - dijo él -. Yo era un niño entonces... Fue algo instintivo e irracional, no por lo hice por malicia o porque me gusten o no los animales...
- Pero vamos a ver, David: te sorprendes porque te cuento que hace veinte años me acosté con mi mejor amiga y ahora quieres que yo acepte como si nada lo que tú me estás diciendo, que mataste a esos cachorros... Creo que no es justo...
- Vamos a dejarlo entonces, Cris - interrumpió él -. Vamos a dejarlo...
- No faltaba más - dijo ella -, ya estamos como siempre, cada vez que te enfadas, que algo te sienta mal, es lo que dices: vamos a dejarlo, Cris, vamos a dejarlo, y yo me tengo que callar porque te da la gana, porque eres todo un macho y punto. ¿ No es así ?
- Yo no te he insultado, Cristina - dijo él conteniéndose.
- Y yo tampoco, David, ¿ qué te crees ? Sólo te estoy diciendo la verdad, pero como siempre, no quieres hablar del tema, te mosqueas, cambias de conversación... Haces lo que te da la gana y estoy harta, ¿ me oyes ?: ¡ Estoy harta !
- Puedes irte cuando quieras - dijo él -. La puerta siempre ha estado abierta...
- ¡ Márchate tú ! - gritó ella -. ¡ También esta es mi casa !

Primero se levantó él. Y se encerró en el baño. Luego ella, tirando al suelo el cenicero y llenando de colillas la moqueta.
Cuando él salió, ya vestido, ella estaba en la cocina llorando, con un cigarrillo apagado en los dedos.
- Salgo a dar una vuelta - dijo él -. No me esperes para comer...
- ¿ Y adónde coño vas, si puede saberse ? - preguntó ella -. Siempre con la misma historia...
Pero él no contestó. Abrió la puerta muy tieso, con la boca contraída y sin mirarla, y salió a continuación de casa.
Ella, entonces, encendió temblando el cigarro apagado y se asomó a la ventana.
- ¡ Cabronazo ! - gritó al verle salir del portal -. Es nuestro aniversario...



Cuento perteneciente a Perro de la lluvia (Iralka, 1997) también recogido en la antología Mi vida en penumbra (Eclipsados, 2008)

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Un cuento de Petronio





EL LOBO




Logré que uno de mis compañeros de hostería -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: Lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.
Lobo, rompió a dar maullidos y huyó al bosque.
Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.
Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas.
-Si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: Un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.
Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.
Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello.

Capítulo LXII del Satiricón
Es necesario saber dónde están los orígenes de los mitos. Es cuento fundamenta la corriente fantástica escrita (lógicamente había una tradición oral anterior) del hombre que se convierte en lobo. Muchos siglos después, aún aterroriza.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Próximamente: SIMPATÍA POR EL RELATO


Portada de Enrique Cabezón (KB)
(un millón de gracias)

Y el vacío ese que te queda, cuando los sueños se hacen realidad... Es parte del estribillo de un tema que compuse para SaL SaTaM, un grupo de rock que formamos cuatro pirados de Las Matas (Sal Satam es Las Matas al revés) hace muchíiiiiisimos años.

Tras más de dieciocho meses de curro, Patxi Irurzun y yo estamos a punto de ver cumplido un sueño, y no nos sentimos vacíos, porque nos espera lo mejor: disfrutar como locos de todo esto.

Hemos reunido a un buen puñado de músicos de rock (en su mayoría cantantes y letristas de grandes bandas) en torno al relato. Han escrito un cuento, un relato, una historia para ofrecérsela a sus más fieles seguidores.

Ni la falta de música que les acompañe, ni la ausencia del apoyo de la poesía que desprenden muchas de sus letras, ni el abismo de enfrentarse a un papel en blanco han conseguido doblegarlos.

Simpatía por el relato verá la luz a principios de noviembre. La editorial fuenlabreña Drakul ha apostado por un proyecto que esperamos que cuaje y tenga continuidad. Autores y antólogos ceden sus derechos a causas solidarias a beneficio de un comedor social en Pamplona y de una asociación de acogida a niños saharahuis en Fuenlabrada.

Como no podía ser de otro modo tratándose de rockeros, habrá una gira de presentación de Simpatía por el relato. Se presentará en librerías y después habrá una fiesta en garitos rockeros con música en directo.

MADRID, 17 NOV.
19:30 horas, presentación en Fnac callao. Ya hay confirmados muchos de los participantes en el libro.
21:30 horas, fiesta-concierto en Gruta 77. Se alternarán lecturas y conciertos de los músicos-autores con sus bandas.

FUENLABRA, 18 NOV.
19:30 horas, presentación y fiesta concierto en el Espacio jóven "La Plaza", con el mismo formato.

OVIEDO, 19 NOV.
19:30 horas, presentación en la Librería Cervantes.
21:30 horas, fiesta-concierto en La antígua estación.

Iremos colgando más fechas cuando estén confirmadas.

Y esta es la lista de participantes en la antología:

Julián Hernández (SINIESTRO TOTAL)
Kutxi Romero (MAREA)
Kike Suárez “Babas” (KIKE SUÁREZ & LA DESBANDADA)
Ajo (MIL DOLORES PEQUEÑOS/AJO)
Pablo Tamargo (BLACK HORDE)
Monty (SWEET LITTLE SISTER)
Carlos Pina (PANZER)
Juan Abarca (MAMÁ LADILLA)
Félix FX (HASH/BOSCO EL TOSCO)
Indio Zammit (TARZÁN Y SU PUTA MADRE OCUPANDO PISO EN ALCOBENDAS)
Antonio Yeska (YESKA)
Eduardo Izquierdo (LOS HIJOS BASTARDOS DE HENRY CHINASKI)
Josu Arteaga (LA BANDA DEL ABUELO)
Antonio Suárez “Lulu” (FORRAJE)
Ángel Petisme (ANGEL PETISME)
Roberto Moso (ZARAMA)
Francisco Nixón (Fran Fernández) (AUSTRALIAN BLONDE)
Rubén Pozo (PEREZA)
Agnes (LILITH)
Enrique Villarreal Armendáriz “El Drogas” (BARRICADA)
David Mardaras (HORSES OF DISASTER)
Miguel Conejo “Leiva” (PEREZA)
David Suárez “Suarón” (LOS MAJADEROS)
Enrique Cabezón (ENBLANCO)
Daniel Sancet Cueto (INSOLENZIA)
Felipe Zapico Alonso (DEICIDAS)
Eduardo García Martín “Luter” (LUTER)
Octavio Gómez Milián (EXPERIMENTOS IN DA NOTTE)
Kike Turrón (TURRONES)
José Luis Moreno-Ruiz (LA ENFERMERÍA ELÉCTRICA)
Iñaki Estévez (THE BLACK DOGS)
Javier Gallego “Crudo” (DEAD CAPO)


Salud&rock!!

martes, 14 de septiembre de 2010

VINALIA aterriza en Madrid


18 de Septiembre, 21 horas.
Casa de Los Jacintos, Arganzuela 11,
La Latina, Madrid
El fanzine más innovador y alternativo de todos los tiempos se ha reinventado.
Unos años después de la desaparición de la nave, ha acabado la hibernación voluntaria y la tripulación ha regresado a la Tierra.
Más que un zine el resultado es un libro de relatos impactante, con el valor añadido de una sepatada con poemas homenaje al primer vinálico: Raúl Núñez.
El sábado 18 de septiembre ocuparán Madrid.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Verdades absolutas que no quitan la ceguera


Leo los suplementos culturales que me guarda mi amiga Guadalupe cuando me apetece, no cuando se publican. Recupero en este blog un ensayo de Luisgé Martín de agosto pasado publicado en Babelia, con el que estoy totalmente de acuerdo.



LUISGÉ MARTÍN
Los legionarios de Cervantes


Tengo un amigo escritor -y colaborador ocasional de estas páginas- que siempre que puede abomina de la mercantilización de la cultura pero que está intentando desesperadamente ganar el Premio Nadal, el Alfaguara, el Biblioteca Breve o incluso el Planeta. Me relaciono también con otros dos o tres autores, conocidos de todos, que en sus columnas periodísticas arremeten apocalípticamente contra la partitocracia que gobierna España, contra la corrupción rampante y contra la inmoralidad de la sociedad en la que vivimos, y al mismo tiempo forman parte de jurados amañados, acuden a actos inanes pagados suntuosamente con dinero público y organizan camarillas de compadres endogámicas y mafiosas. Y son legión los que, invocando la elevada misión del arte y la austeridad que se le debe, desprecian los laureles y las glorias mundanas justamente hasta que les son concedidos a ellos. En realidad, los escritores no somos muy diferentes de esos obispos que, después de haber manoseado a un niño, se suben al púlpito para tronar contra los pecados de la carne.
Hay dos célebres aforismos que sirven en estos asuntos para aliviar la conciencia: "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago" (Do as I say, not as I do) y "Todos debemos aprender a vivir con nuestras propias contradicciones". Con estas coartadas ya se puede cometer cualquier desmán. Ahí está, por ejemplo, Marcial Maciel, que, aunque fue pederasta, libertino, chantajista, estafador, plagiador, drogadicto e incluso asesino, según aseguran algunos periodistas que investigan su vida, no dejó nunca de predicar la pobreza, la castidad y la misericordia. Sus legionarios reniegan hoy de él, pero siguen bendiciendo sus enseñanzas sin pararse ni un instante a pensar que tal vez tanto rigor moral sólo puede ser concebido por una mente gangrenada. El trigo que es fácil de predicar pero imposible de ser dado no es nunca trigo limpio.
Hace poco le oí decir a Carlos Zanón, un escritor casi secreto, que la inteligencia es esa cualidad que le sirve a quien la tiene para darse cuenta de las trampas que se tiende a sí mismo, de los engaños con los que trata de embaucarse. Me pareció una definición fascinante. La inteligencia, de ese modo, sería la capacidad de no ser inconsecuente. La capacidad de mantener algún grado de coherencia -más allá de la retórica- entre lo que se dice y lo que se hace. El hilo que une los pensamientos y los actos.
Un sermoneador sólo tiene tres posibilidades taxonómicas: ser consecuente con sus sermones, ser un cínico o ser imbécil. ¿En cuál de las tres categorías debemos colocar al aspirante a un gran premio comercial que rechaza la mercantilización de la cultura, al apóstol de la pureza que exige un hotel de cinco estrellas pagado con dinero público y al fustigador de la frivolidad del mundo literario que busca cada noche su nombre en Google? En la primera de ellas no, por supuesto.
En los libros he encontrado siempre, desde mi adolescencia, las cavilaciones más lúcidas sobre la naturaleza humana. Los escritores -los buenos- son capaces de representar como nadie las flaquezas, las ambiciones y las miserias del alma. Resulta llamativo, por tanto, que no acierten a reconocerlas en sí mismos al primer vistazo. O que, si lo hacen, no enmienden luego sus soflamas. Habría que plantearles a muchos de ellos la disyuntiva que Juan Ramón Jiménez le ofrecía a León Felipe en la guerra, según recuerda Trapiello en Las armas y las letras: "O no gritar tanto o a las trincheras, León Felipe".
Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor entre otros libros de Las manos cortadas.



*************


A Luisgé Martín llegué de la mano de Rafael Chirbes hace 8 ó 9 años. Enardecido por los gintonics de costumbre, me dijo que no podía dejar de leer Los oscuros. Tenía toda la razón. No pudo hacerme mejor recomendación.

Años después coincidí con el autor en una tertulia en el Café Gijón de Madrid a propósito del cuento, y fue el único de los contertulios que no se rió cuando alguién preguntó por la sensación orgásmica al saber que se ha escrito un relato perfecto. Eso era la prueba de que él sí conocía esa sensación, de que alguna vez había disfrutado de ella, de que sabía que alguno de sus relatos rozaba la perfección. El resto de tertulianos, evidentemente, no.

Seré bueno y no daré ahora sus nombres.

Aquella noche con Chirbes también hablamos de otro joven autor que él me recomendaba y yo también conocía, Juan Bonilla. Acababa de editar La Noche del Skylab y los dos estábamos subyugados por su primer libro de relatos, El que apaga la luz.

El año pasado nos encontramos en Cosecha Eñe, junto al editor de Ya lo dijo Casimiro Parker, Marcus Versus. Por lo que hablamos acerca del panorama literario español en la actualidad, estoy seguro de que también Juan Bonilla suscribriría las palabras de este ensayo de Luisgé Martín.

¿Casualidades?

Las casualidades no existen, y menos si por medio anda el buen sentido literario de Rafael Chirbes: Los no alineados siempre andan escalando montañas.

Finalistas del Premio Setenil 2010

Este año se presentaron 82 libros de relatos y han superado el corte y pasan a ser valorados por el jurado, estos 10 títulos:

Los hábitos del azar
Francisco López Serrano
Renacimiento

Teoría de todo
Paula Lapido
Tropo

Un koala en el armario
Ginés S. Cutillas
Cuadernos del Vigía

Atractores extraños
Javier Moreno
InÉditor

Fantasías animadas
Berta Marsé
Anagrama

El menor espectáculo del mundo
Félix J. Palma
Páginas de Espuma

Azul ruso
Patricia Esteban Arlés
Páginas de Espuma

De mecánica y alquimia
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Salto de Página

Bajo el influjo del cometa
Jon Bilbao
Salto de Página

El mes más cruel
Pilar Adón
Impedimenta


Lamento la ausencia de algún título, pero esperaré a saber el ganador para hacer un análisis de la edición de este año.
Suerte a todos y, como dice Juan Carlos Márquez en su blog (del que he rescatado la lista de finalistas, gracias JC, porque a fecha de hoy no figura la relación en la página oficial del premio), que gane el que le guste al jurado.

viernes, 30 de julio de 2010

Un cuento de Borges



El evangelio según Marcos


El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.
Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.
A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.
Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.


En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

-Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.




Últimamente tengo descuidados los blogs.

La razón es sencilla:

ESTOY ESCRIBIENDO.

Quiero decir que tengo horas y horas por delante

para lograr acabar lo que empiezo.

Eso, como es lógico, es prioritario.

Nos vemos en septiembre.

Salud&Literatura

martes, 20 de julio de 2010

Un cuento de Hemingway


EL GATO BAJO LA LLUVIA
Ernest Hemingway



Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario. La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás.
–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.
–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.
–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!
El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.
–No te mojes –le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.
–Il piove –expresó la americana.
El dueño del hotel le resultaba simpático.
–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.
Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.
–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.
–Ha perduto qualque cosa, signora?
–Había un gato aquí –contestó la americana.
–¿Un gato?
–Sí il gatto.
–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?
–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.
–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.
–Me lo imagino –dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.
–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.
–Se ha ido.
–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.
La mujer se sentó en la cama.
–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.
–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.
George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.
–A mí me gusta como está.
–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.
George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.
–¡Caramba! Si estas muy bonita – dijo.
La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.
–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.
–¿Sí? –dijo George.
–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.
–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta
–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.



Otro de los cuentos fundamentales para entender la teoría del iceberg. "Guardar un secreto" era la premisa indispensable de Hemingway en sus cuentos. Vila Matas dice que es el mejor cuento jamás escrito.

martes, 13 de julio de 2010

Nº3 de aL oTRO lADO del eSPEJO




¿Qué es lo que lleva dentro una mujer en su bolso?

Y, ¿qué ocurre si esos objetos se convierten en palabras?

¿Y si esas palabras deslavazadas forman oraciones, párrafos y relatos?

Yo que ustedes, me atrevía a mirar dentro de este bolso.




Dejamos para septiembre las presentaciones de la revista en formato tradicional. Ya avisaremos de dónde y cuándo.

Contenidos:


NOS CUENTAN:
H. P. Lovecraft; Fernando Aramburu; Antonio Crespo Massieu; Luis Miguel Rabanal; Eva Monzón; Leonardo Oyola; Carlos Manzano; Xen Rabanal; J. Jorge Sánchez; Iñaki Echarte Vidarte; Guillermo Ortiz; Miguel Ángel Martín; Antonio Díez; Violeta Castaño; David Mardaras; Elia Maqueda; El Kebran; Sonia Fides; Adolfo Gilaberte; Antonio Romero; Daniel García; Víctor Lorenzo; Lili Naveiras; Javier Serrano


PORTADA
Marina Tapia;

RELATO GRÁFICO
Cerdaka;

NOS ILUSTRAN:
Antonio Gª Villarán; Julia D. Velázquez; J.Llorente; Julio Vegas; Danilac; Ángel Muñoz(voltios); Mayte Sánchez Sempere

lunes, 5 de julio de 2010

Nº18 de NARRATIVAS

Una vez más, y fiel a su cita trimestral, aparece un nuevo número de la revista NARRATIVAS, una de las pocas publicaciones que apuesta por el relato.



Ya está en línea el nº 18 de NARRATIVAS. Revista de narrativa contemporánea en castellano. El número, editado en formato PDF, se puede descargar gratuitamente desde la siguiente página web:http://www.revistanarrativas.com
Este número consta de los siguientes contenidos:
- Ensayo
Ciudad de México, espacio de la palabra. Introducción a género y ciudad en la novela mexicana, por Demetrio Anzaldo González
Ensayo sobre “El rumor de los desarraigados” (conflicto de lenguas en la península ibérica), por Nerea Marco Reus
Penélope en La Habana en la obra “Te di la vida entera” de Zoé Valdés, por Orlando Betancor Don Quijote armado caballero: la parodia o la dignidad y el idealismo, por Daniel Alejandro Gómez

- Relatos
Alicia en el país del sueño, por Víctor Montoya
Ciclos, por Rosana Alonso
París - Impresión sol naciente: la plaza de la Vaca negra, por Marina Sanmartín
Ojos verdes, por José A. Figueroa
Lluvia de trompetas, por Ekaitz Ortega
Ansiedad, por Gabriel Bonillakarakuri, por axel l. krustofski
Cambalache, por Manu S. Vicente
Las minas, por Carlos Santi
Resaca, por Carlos Ardohain
Así se hace mi cuerpo historia escrita de otros, por Zulma Oliveras Vega
La noche de las gárgolas, por Enrique Martínez Llenas
Las noches maravillosas son cosa de dos, por Sara Martínez
Confesarás tus pecados, por Gustavo M. Galliano
Torta casera (o ejercicio #52 de sadismo), por José Alejandro Brito Boadas
Día laboral, por Sara Caba
El ataúd, por Marcos Abal
Pompas de jabón, peces y otras historias, por Rafael Bartolomé
La vie secrète des femmes, por María Aixa Sanz
Renacimiento verde, por Víctor M. Valenzuela
Eres, por Pascual Moreno
Microrrelatos, por David Moreno
Correspondencia nicaragüense (VI), por Berenice Noir
Escalofríos, por Jesús M. Santiago Rosado
La culpa, por Jesús Esnaola
La exquisitez del deseo, por Cristina Martínez
Ella, por Enrique García Díaz
Renacimiento, por José María Morales Berbegal
El patio, por Carlos Almira
Transformaciones, por Rolando Revagliatti
Manuscrito hallado a la orilla de una oreja que sangra, por Jonatan Frías
Las afueras, por Pedro Porres
El fumigador, por Adam Gai

- Narradores
José Luis Muñoz

- Reseñas
“El mes más cruel”, de Pilar Adón, por Segundo Tercero Iglesias
“Todo el amor y casi toda la muerte” de Fernando Marías, por José Luis Muñoz
“Instrucciones para salvar el mundo” de Rosa Montero, por Ághata
“El hombre es un gran faisán en el mundo” de Herta Müller, por José Luis Muñoz
“La fábrica de huesos” de José Giménez Corbatón, por Luis Borrás
“La librería” de Penelope Fitzgerald, por María Aixa Saiz
“Cuentos históricos del pueblo africano” de Johari Gautier Carmona, por Luis Hernández
“La crueldad del fotógrafo” de Antonio Cardiel, por Luis Borrás

- Novedades editoriales

Un saludo

Revista Narrativas
http://www.revistanarrativas.com

jueves, 1 de julio de 2010

Nº3 aL oTRO lADO dEL eSPEJO

En unos días saldrá la versión digital del nuevo número de la Revista Al Otro Lado del Espejo.
Después del verano haremos alguna presentación de la revista impresa.
Os dejo con la portada (de Marina Tapia), para ir abriendo boca.

Los políticos, lideres destacados en la adjudicación del término CUENTO



eN aolDe, sIR bONILLA hA cOLOCADO uN bUSCADOR dE nOTICIAS rELACIONADAS cON lA nARRACIÓN bREVE. iNTRODUJO lAS pALABRAS cuento relato cuentistas narradores y eL rESULTADO nO pUEDE eSTAR mÁS cLARO:


LAS REFERENCIAS A LOS POLÍTICOS "CUENTISTAS" ES ABRUMADORA.




mI cORDIAL eNHORABUENA, uSTEDES sÍ qUE sABEN