sábado, 22 de noviembre de 2008
REFLEJOS DE PLATA ESMALTADA
Desde luego este mundo no deja de sorprenderme. Encendimos las tobas.
–¿Qué clase de poema? –pregunté sin adivinar su entusiasmo.
–Uno que habla de la belleza y de lo delicado, de ballet de mariposas en pareja, de tormentas de sangre y mares calmados, de porcelana con reflejos de plata esmaltada.
–No te pongas en plan lírico –dije sin poder reprimir una mueca de asco ante tanto empalago– ¿Sabrías siquiera decirme de que color es la plata esmaltada?
–Claro que sí... –miró hacia el cielo y aspiró el humo del cigarro hasta sentirlo explotar en su pecho, tosió con gravedad, cerró los ojos y tras unos segundos continuó–. Es el color que tiene la mirada cuando estamos observando algo y, de repente, se pierde junto con nuestra alma y viaja a miles de años luz de aquí.
Indiscutiblemente se había enamorado. Sin perder sus ojos de vista quise adivinar algo más. Antes de llegar a abrir la boca sentí que me había leído el pensamiento.
–El color de lo apasionantemente indescifrable –añadió antes de desaparecer calle abajo empujando su carro de la compra lleno de desechos del ayer.
Alguna foto de lo de anoche en Bacovicious
Ya sabéis que ahora estoy de viaje. Cuando vuelva os cuento.
¡¡¡¡¡GRACIAS A TODOS!!!!!
viernes, 21 de noviembre de 2008
El laberinto en el Bukowski
El laberinto de Noé
en el Bukowski club
VIERNES 21 DE NOVIEMBRE
(Pedazo cartel del señor GSÚS BONILLA)
· Introducción (Libro de Manuel, Cortázar), por Carlos Salem· Café arábigo (fragmento Pag. 28 “intentaba recordar, si, algo activaba esa frase en mi cerebro”), por Pedro Basurto
· Pinball, por Luisa Fernández
· Roxy, por Antonio Sáez (Foro)
· La Sirena, por María Jesús Silva
· La voz, por Ceferino Otálora
· Por primera vez, por Gsús Bonilla
· VARIOS (lecturas espontáneas, atrevidas, sinceras, lo suficientemente birradas para no desentonar): Raúl, Inés, Salvador, Javier Das, y demás buena gente.
· Galaxia (fragmento pag 136-7), por José Ángel Barrueco (Jab)
· Galaxia (fragmento), por Miguel Ángel Martín
· Noé (fragmentos), por Diego Ruiz
· El Maestro(fragmento), por Esteban Gutiérrez
jueves, 20 de noviembre de 2008
Avisos de derrota, nuevo libro de cuentos de Óscar Sipán
Salió ayer. Esta calentito, recién sacado de la imprenta. Destila tinta brumosa, y tengo el placer de colgar en primicia uno de sus relatos.En unas semanas habrá reseña personal y entrevista.
“Llevábamos más de una década juntos. Entre los dos habíamos derrocado la figura de un padre enfermo de soriasis y de locura, habíamos superado los desórdenes de la adolescencia, el vértigo a vivir, el pánico a casi todo, habíamos enterrado seres queridos y trabajos absurdos, habíamos perdido el norte y la virginidad. Y ahora nos encontrábamos al final de algo, escudándonos en las malas rachas y en el estrés, achicando agua de un barco que se hundía por varios frentes. Le teníamos miedo a la soledad y le teníamos miedo a la vida en otros brazos, compañeros de piso portadores de esa apatía doliente de los que no viven ni dejan vivir, dummies esperando el próximo muro contra el que estrellarse, hormigas extrañas guardando provisiones de odio para el invierno”.
Óscar Sipán (Huesca, 1974) ha publicado cuentos en diversas revistas de ámbito nacional e internacional y ha sido galardonado en numerosos certámenes literarios. Autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Narrativa Odaluna 1998, Edisena), Pólvora Mojada (XVII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor), Tornaviajes (2006, Tropo Editores), Guía de hoteles inventados (IX Premio de Libro Ilustrado 2007, Diputación de Badajoz) y Leyendario. Criaturas de agua (Libro mejor editado en Aragón 2007, Tropo Editores).
“Un escritor concienzudo, meticuloso incluso, a quien le gusta escoger con mimo cada adjetivo, cada giro estilístico, y que como alguno de los personajes de sus cuentos se descubre como un narrador altamente exigente y riguroso consigo mismo, al mismo tiempo que como un enamorado de la palabra”.CARLOS MANZANO, Revista Narrativas.
“El oficio, la madurez que demuestra en sus libros, su facilidad para la creación de mundos, la adecuación del tono y el estilo narrativo a cada relato que nos propone, su contagiosa pasión por el lenguaje y esa facultad innata para descubrir las historias allá donde se escondan hacen de él un valor actual y evidente”.
CARLOS CASTÁN, Turia
"Su palabra viene a arrancarnos de este sin sentido, este vivir sin ilusiones, sin lucha ni rebeldía, tan solo estar sentados, confundidos entre el estruendoso silencio de la nada".
“¿Puede uno recordar el amor? Es como tratar
de evocar el aroma de las rosas en un sótano.
Puedes ver la rosa, pero nunca el perfume”
ARTHUR MILLER
A Nanín, que me habló de la niebla.
Contestando a su pregunta, no es posible predecir la sequía o el granizo, pero sí las enfermedades de las vides. Y para ello el viticultor se sirve de la planta del rosal, más sensible a las plagas, que las detecta en primer lugar, otorgándole un valioso tiempo de respuesta, nos explica nuestra guía, Mónica, amazona treintañera de pezones tubulares que se erizan al entrar en contacto con su camisa bordada. Un niño vuela una cometa en un campo próximo. El sol calienta la tierra roja y Mónica, desplegando su encanto y sus dotes para la venta, nos invita a entrar en la bodega, un moderno edificio de hierro y cristal. Me reconozco en ella: los dos somos supervivientes del mercado de trabajo. Los dos hemos paladeado ya el miedo y ese regusto a mentira y vinagre, los primeros yacimientos de melancolía que descubres al cumplir años. La imagino enloquecida por el atronador tic tac de su reloj biológico, ensayando posturas ante un espejo de cuerpo entero, llevando una vida espartana de cremas, tablas de gimnasia y yogures sin azúcar, agarrándose a los números para sentirse humana, útil, necesaria: si Dios no existe, por lo menos que funcione el comercio.
Para escapar de nosotros, de la siniestra tranquilidad de las ciudades dormitorio y de los cuarenta días de niebla, hemos decidido visitar esta bodega. En realidad, Yolanda, mi mujer, trabaja en un pequeño estudio de diseño gráfico y ahora, con la crisis económica, intenta retenerlos desesperadamente en su cartera de clientes. Llevamos casados siete años. De un tiempo a esta parte engaño a mi mujer sistemáticamente, en cuanto se presenta una oportunidad. Supongo que me duele verle el odio, algo que debería llevarse en secreto, como las quemaduras. Cada vez que busco una corbata acaricio su traje de novia, envuelto entre plásticos, dormido en la penumbra del armario. Ignoro por qué seguimos juntos. Mis padres se divorciaron cuando yo cumplí los dieciocho. Mi padre nunca llegó a superarlo: en sus últimos años, parecía uno de esos hombres condenados a seguir la estela de tristeza que dejan algunas mujeres, como trasatlánticos arrastrando al hundirse a los pasajeros.
Como todos los sábados, nos hemos despertado con los gemidos de la vecina, multiorgásmica y dependienta de perfumería, fontanero pelirrojo él, amantes esforzados y ruidosos que en lugar de excitarnos nos han dejado a las puertas de una pelea. He salido a buscar el periódico y se me ha encogido el corazón: como en los treinta y nueve días anteriores, allí seguía la niebla. Al poco tiempo, dos testigos de Jehová han llamado al timbre. Les he abierto con la sudadera de los Ramones que uso de pijama y les he invitado a pasar. No han querido aceptar una taza de café recién hecho. Quizá en los estimulantes duerma el demonio. Estaban muy pálidos y parecían serios y disciplinados, con un pie en la locura y otro en la civilización. Se han sentado en el borde de la silla, sin apenas apoyar la espalda, y me han regalado dos revistas -¡Despertad! y La atalaya- con una pregunta en la portada: ¿Cómo hallar verdadera paz interior? Al acompañarlos a la puerta, al infierno blanco de la niebla, les he confesado mi escepticismo frente a las religiones. Su Jehová es sólo invento para que la gente no se arroje por la ventana. Las oraciones se evaporan antes de llegar a ningún cielo. Estamos solos.
La visita guiada dura cuarenta minutos e incluye una copa de vino y un regalo para cada pareja, lo que no está mal por tres euros. Mónica explica el proceso de embotellamiento y mira inconscientemente el reloj, como una ciega joven que aún no controla los ojos. Suena mi móvil y me separo unos metros del grupo, ante la mirada tensa de mi mujer. Me llama Claudia, de la oficina. No encuentra el expediente de los Pardo. Trabajo en una agencia inmobiliaria: me gano la vida buscándole ventajas a casas que no las tienen. Me gustan los edificios antiguos; los nuevos están neutros, limpios, vacíos; nadie ha nacido ni muerto en ellos. Los prefiero cargados de pasado, con huellas de niños en las paredes, baldosas que se mueven y manchas de tabaco. Percibo la energía de las casas: las que sanan y las furiosas, las que guardan secretos y las que no conocieron la felicidad. Y observo con escepticismo la ilusión de las parejas al firmar el contrato. Todavía no conocen la argamasa de la costumbre y la teoría de la eterna insatisfacción, lo hermoso y triste que es descubrir que somos compatibles con más personas: el matrimonio es una jaula mal diseñada y la libertad una cama combada de pensión y sexo sin preguntas con una divorciada que bebe Red Bull con ginebra y no sabe tu nombre. Le indico a Claudia la carpeta correspondiente.
A Mónica le vibran la lengua y los pechos al pronunciar una determinada variedad de uva alemana: Gewürztraminer. Desde niño me fascinan los pechos, como las luces de una feria a un heroinómano. Sirviéndose de una barrica cuya tapa es transparente, Mónica nos habla de la acidez y de la tonicidad. De la maceración y de las sensaciones. Del milagro de la fermentación y de cómo duerme el vino. Escuchándola, me doy cuenta de que cada año que pasa dota a la pareja de un grado de acidez similar al de los vinos. Envejecemos, cambiamos y nos volvemos ácidos. En realidad este caldo que Mónica agita con la varilla somos todos nosotros: un vino incomunicado y turbio que sólo busca que lo traten bien.
En una habitación circular, sin ventanas, nuestra guía nos propone una actividad con unas urnas de metracrilato. El juego consiste en adivinar a qué huelen los recipientes y comprobar nuestras respuestas en un panel. Reconocemos fácilmente la fresa, la vainilla y la avellana, pero no el almizcle ni el sándalo. El clavo huele a la anestesia de los dentistas. Le pregunto por el servicio. Mónica me orienta con su voz cálida y con esas manos que imagino apagando un cigarrillo en un café antes de enfrentarse con el mundo. Es guapa, demasiado guapa: la belleza invita a la desconfianza. Camino por unos pasillos pulidos e impecables, donde se podría engendrar a un santo, y alcanzo el baño que nadie ha utilizado hoy. Mirando la puerta, inmaculada y brillante, siento esa irresistible atracción de dibujar esvásticas en los retretes. Al salir, me cruzo con una mujer con la tez curtida por el sol y un pañuelo añil en la cabeza, pegotes de barro en los antebrazos y una cicatriz en la mejilla izquierda. Nos saludamos brevemente y atraviesa una puerta hacia la luz del día. El mundo es ancho y áspero como los tobillos de esta campesina rumana.
En la tienda, poco antes de despedirse, Mónica nos da la mano, uno por uno, clavando sus ojos celestes de Husky siberiano, nos regala un sacacorchos y un descapsulador con el anagrama de la bodega y nos invita a tomar una copa color orina, que bautiza como bendición blanca. Pero antes nos explica los orígenes del brindis, de cómo los anfitriones griegos levantaban la copa, se la mostraban a los invitados y libaban en primer lugar; era su forma de asegurarles que el vino no estaba envenenado. Tomo un sorbo y lo paladeo antes de tragar. No tiene un gran bouquet, es un vino incómodo que no consigo instalar ni en el placer ni en el asco. Aún así termino comprando una caja.
La carretera ejerce de cremallera entre viñedos. De camino a casa no hablamos. Por algo las canciones de la radio contienen tan pocas palabras. Nos acomodamos a todo: el oído se acostumbra a escuchar música mediocre, el cerebro a las conversaciones ligeras, el corazón a administrar el mal amor. Protegemos los sentimientos como fruta de invernadero: en cámaras frigoríficas para que no se estropeen. Pero, de repente, un tonto estribillo pop, un caramelo envuelto en una melodía, nos conmueve más que toda la ternura del mundo. Me limpio una lágrima con disimulo y apago la radio.
En el preciso instante de abandonar el sol y la tierra roja y de cruzar a la niebla, al desamparo, un pájaro se estrella contra el cristal dejando un rastro de sangre y plumas.
--Le has matado. Como a mí.
Detengo el coche en el arcén. Siento furia, mareo y debilidad.
--¿Se puede saber qué te pasa?
--Estoy embarazada, dice con un cariño forzado, teatral, que calienta como un sol de invierno.
Me llevo un cigarrillo a los labios, las manos en el volante intentando asimilar sus palabras.
--¿Quieres tenerlo?
--Sí, contesta con la mirada nublada de biberones y polvos de talco.
--¿Estás segura?
Se queda muy seria, saturada de presente, con esa tendencia suya a recordar.
--¿Qué nombres te gustan?
--No sé, contesto sin vencer el vértigo. Mateo…Lucas, quizás.
--¿Y si es chica?
--Luisa, Marta, Claudia…
--¡Como la puta de tu secretaria!
--No empieces otra vez, aquello terminó hace mucho tiempo.
La lluvia de reproches nos deja a las puertas de la unifamiliar, donde un rosal plantado como una tumba en mitad de la niebla, se marchita enfermo de nosotros.
Oscar Sipán. “Cuarenta días de niebla” forma parte de AVISOS DE DERROTA (Onagro Ediciones, 2008).
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Delicioso helado de tutifruti
Acabé de leer "Abierto para fantoches" y me chupé los dedos. Me gustó tanto que volví a empezar. Como un niño pide repetir el postre. Una bola de cada. Una con sabor a traición, otra invisible, otra de dulce venganza, otra de sed de justicia, otra de soledad y una última con todos los colores de la cola de un pavo real. Y por encima delicioso coco rayado.Repetí. Lo leí dos veces, sin cansarme, igual que podemos admirar eternamente la belleza. Salí y volví a entrar, como el asesino vuelve al lugar del crimen. Lo bebí con ansia, como apuran la copa los sedientos.
Repetí. Volví a leerlo porque tengo conciencia de incrédulo y espíritu de náufrago. Lo volví a leer para creérmelo, para besar la arena de su orilla. Lo volví a leer para que sus palabras hagan más cálido este maldito invierno. Lo disfruté despacio, como se fuman el último cigarrillo los condenados.
Repetí. Repase mis notas y las emociones sentidas. Lo hice mío, como buscan el calor los huérfanos y el sol de enero los perros callejeros.
Sentí mi casa más pequeña y mi vida hecha de noches en blanco, acosado por el calor que trepa por las ventanas abiertas. Coloqué el paisaje idílico de una playa desierta en la mirilla de la puerta y recé a la buena suerte. Sentí alivio cuando mi mujer me dijo que con la extra de julio nos daría para poner aire acondicionado en casa, y cuando supe que mis vecinos no tenían intención de vender su piso. Patricia me ha enseñado que nuestra vida es corriente e incompleta y que nuestra felicidad está realquilada en la oficina de objetos perdidos. Los seres afortunados y perfectos viven en otros barrios, compran en otras tiendas y sus coches parecen de charol, los vemos en las revistas y en la televisión pensando que son pura fantasía. Pero si uno de ellos aparece en el piso de al lado, no lo dudes, cámbiate de casa, porque te arruinará la vida.
Sentí terror imaginando a una hermosa niña como un ángel pálido, de enormes ojos azules y carita inocente, ahogando a un perro en la piscina de casa. Sentí el mismo dolor desesperado de sus padres al no poder explicarme con la lógica sus juegos, cuchicheos y risas, con alguien que no estaba vivo. Sentí terror al ver a una niña tumbada en la cama, quieta como una muñeca, con las manos cruzadas sobre el pecho y los zapatos nuevos con la suela sin un arañazo. Patricia me ha enseñado que es preferible el juego a la locura, que es preferible ver fantasmas burlones que aceptar la nada y el vacío de la muerte, pero no por eso dejé de sentir un escalofrío auténtico.
martes, 18 de noviembre de 2008
La biblioteca imaginaria
Esta semana dedica sus contenidos al relato breve.
Enhorabuena, Cris y Raúl, y a seguir con el proyecto.
LA BIBLIOTECA IMAGINARIA
Novedades a fecha 17/11/2008
Y seguimos con novedades en este mes de noviembre. Esta semana dedicamos la actualización de LA BIBLIOTECA IMAGINARIA al relato breve. No te pierdas:
- CARA A CARA CON ESPIDO FREIRE, la autora vasca es la primera (pero no la última) en concedernos una entrevista.
- El trabajo os hará libres, de Espido Freire, reseña escrita por Cristina Monteoliva.
- Los últimos percances, de Poli G. Navarro, reseña escrita por Raúl Rubio Millares.
- Helarte de amar, de Fernando Iwasaki, reseña escrita por Raúl Rubio Millares.
- La Cocina Caníbal, de Roland Topor, reseña escrita por Cristina Monteoliva.
www.labibliotecaimaginaria.es
viernes, 14 de noviembre de 2008
Un relato policíaco, de Imre Kertész
No deja de asombrarme la lectura de estos escritores del este (todos o casi todos publicados en Acantilado). A Imre Kertész no lo conocía –ya saben que reconozco lo poco que sé– y sin embargo fue premio Nobel de Literatura en el año 2002. Su vida demuestra el coraje y el espíritu de lucha que poseen ciertas personas. Baste decir que nació en 1929 en Budapest, que en 1944 fue deportado a Auschwitz (sí, con quince años) y que su mundo desde entonces fue la Literatura (con mayúscula, David). El reconocimiento no empezó a llegar hasta mediados de los noventa y aún es un desconocido.El relato del que hablo es prueba de ello. Como todo autor del este de Europa, presentó su escrito a las editoriales oficiales húngaras para su publicación, pero ¿cómo presentar un libro que denuncia las dictaduras y el acceso al poder por medios ilegales ante las editoriales oficiales (tan sólo había dos) de un estado en el que por entonces (1975) reinaba una de las más fieras dictaduras? La voluntad de denuncia llevó al autor a reelaborar su obra, a situarla en otras latitudes y a cambiar nombres que fácilmente podrían confundirse con los de personas reales.
Aquí la ficción nos obliga a mirar hacia otro lado si no queremos ser concientes de que dentro de las personas caben todas las maldades. Todas, incluso aquellas inimaginables para seres autodenominados “humanos”. La barbaridad otra vez.
La valentía de Imre Kertész, trajo consigo muchos problemas. Sin embargo, el principal de ellos, el que más le preocupaba según palabras del autor, no era su propia seguridad o el seguimiento constante al que era sometido. Lo que más preocupaba al autor fue convertir en ficción la realidad sobre la que escribía, que era, ya lo imaginarán, la que estaba viviendo.
Pero, ¿saben ustedes lo mejor? Por azares de eso que llaman destino, ando ahora leyendo los extraordinarios cuentos de Haroldo Conti, un escritor que fue “desaparecido” por la dictadura argentina en 1976.
Mierda de vida.
sinopsis
Un miembro de la policía secreta de un país latinoamericano sin precisar relata, poco antes de ser ejecutado, su experiencia en el Cuerpo. Vuelven a surgir de este modo las preguntas que Imre Kertész siempre nos formula: ¿Cómo se implica el ser humano en la maquinaria de una dictadura? ¿Cómo llega a participar en ella? En este caso, Kertész lo narra desde la perspectiva no de la víctima, sino del verdugo. Con extrema economía, con frialdad, explica la caída de un hombre en la indiferencia moral y en el empobrecimiento definitivo del alma y da así con una de las claves para entender nuestra época.
Un relato policíaco
Traducción de Adan Kovacsics
Narrativa del Acantilado
Aquí un expléndido trabajo: "Imre Kertész: la degradación de la víctima"
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Vías paralelas

Nunca se encontrarían”
Miguel Torga “Otoño”
Vías paralelas
Después de cenar, veían juntos la televisión. Apenas hablaban y si lo hacían, nadie deduciría de ello una conversación. Después se acostaban, se deseaban buenas noches con un beso y dormían. Hasta la tarde siguiente, ya al anochecer, no volverían a verse. Se diría que todos aquellos años otorgaban la conformidad a su matrimonio, pero en realidad siempre había sido así. Sus vidas eran dos raíles de tren, vías paralelas. Nunca llegarán a encontrarse.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Presentación de "El trabajo os hará libres", de Espido Freire
19:30 horas
Círculo de Bellas Artes
Sala Maria Zambrano
Madrid
Presentación de El trabajo os hará libres. Cuentos
Con estos cuentos, Espido, una de las jóvenes escritoras de más éxito en España, inicia una etapa de colaboración con Páginas de Espuma.Espido Freire nos propone en sus catorce cuentos un viaje en el que asistiremos al trabajo y la voluntad que en un momento dado todos ponemos en nuestro día a día. Son historias que ahondan en la naturaleza de nuestro esfuerzo por vivir y en la libertad que poseemos para elegir qué decisiones tomar y llevar a cabo en nuestra existencia. Sus personajes transitan hacia la incertidumbre, provocan su destino, observan la existencia que les rodea, esperan lo soñado. Un bellísimo libro sobre el amor, el más sublime y el más deseable, sobre la atracción y el engaño que ejercemos en los demás, sobre la memoria y la relación que nos suscita el paso del tiempo en nuestro universo inmediato. Páginas sobrecogedoras, entrañables, terribles, tiernas. Una lectura que nos hará más sabios y, por tanto, más libres.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Al otro lado del espejo, nueva Revista literaria dedicada al cuento

jueves, 6 de noviembre de 2008
La sección - Adám Bodor

En mi repaso a los escritores del este de Europa que mi amigo Bernabé tuvo a bien recomendarme, me he encontrado con este relato breve del húngaro Adám Bodor que es una maravilla de cuento.
Pensaba escribir mi reseña, pero he encontrado ésta, de la misteriosa Señora Castro, tan completa y acertada que me ahorro palabras innecesarias.
En todo caso, un relato tremendo, efectivo, donde el autor sabe guardar el secreto hasta la última palabra. Social y fantástico a la vez. Telúrico.
Es, sin duda, una lectura obligada
miércoles, 5 de noviembre de 2008
El sofá rojo, un nuevo blog dedicado al mundo del cuento
Pues lo dicho, una nueva Revista literaria dedica al relato y al microrrelato.He tenido el honor de inaugurarla con un relato inédito. Os dejo una líneas del mismo y enlazó con la página de la Revista El Sofá Rojo para que podáis leer el resto.
Aquel lapicero de Cinzano
Las noches son interminables y ya no se revuelve en la cama como antes. Está quieta, boca arriba, con los párpados apretados a la espera de que los cubra de oro la luz. No quiere dormir. Prefiere pensar, ocupar la mente con el zumbido de las moscas en la cocina, con los ladridos lejanos en el páramo, contando los descorches del yeso de la fachada que caen al suelo –frutos vencidos por la helada–, como la muda vieja de las serpientes. Pero el sueño vuelve y, otra vez, la ve correr por el sendero del río, camino de casa. Entonces, despliega las pestañas como para despertarse, pero la luz no ha llegado. No es que no quiera soñarlo, es que sabe que nunca podrá dar una explicación. Ella lo sabe. Está resignada desde hace mucho. Ella sí, pero la otra, la niña que la habita mientras duerme, no. [....]
Sigue leyendo aquí
Bueno, Delia Olmos y Juan Javier Murillo, mucho éxito con esta aventura.
Todo por el cuento.
martes, 4 de noviembre de 2008
MANIFIESTO POR EL CUENTO
(carta abierta a todas las publicaciones periódicas)
¿Qué motivó que el cuento como nuevo género literario hubiese tenido dos espectaculares apariciones, primero en el siglo XIX y, después, en el XX?
Curiosamente la respuesta es la misma: su publicación en revistas y diarios.
Los cuentos modernos, nacen primero en los periódicos y luego se convierten en libros que los recopilan.
Poe, Chejov, London escribían sus cuentos para periódicos. Carver, Cheever, Fante, Bukowski, y toda la generación del realismo sucio americano de mediados del siglo XX, adelantaban sus publicaciones con cuentos en periódicos. La nueva generación americana del desarraigo publica en fanzines y diarios locales, algunos incluso nacionales con gran tirada, antes siquiera de presentar su primer libro de cuentos.
En la América de habla castellana, el cuento está siempre presente en ellos.
¿Qué coño ocurre en España con el cuento?
¿Ningún periódico es capaz de liberar una columna para acoger un cuento moderno?
Se trata de dar oportunidades a gente desconocida, pero fielmente cuentistas, no de ofrecer una columna a escritores consagrados que publican como cuento el recorte de un amago de novela.
El cuento es un género narrativo mayor, quizá el más complejo en su elaboración a pesar de su aparente sencillez, que requiere una excelente técnica de relojero para lograr que en el lector surja el efecto deseado.
El cuento es corto por definición, y muy intenso. El buen cuento marca un antes y un después en la mente del lector que ha sentido como un terremoto bajo sus pies.
El cuento explota en la cabeza, anida en el alma y enseña a ver la vida desde otra perspectiva.
El cuento aguanta sin respirar tres estaciones de cercanías y varias de metro. El lector viaja, sí, pero no en el vagón.
El cuento es el género literario más acorde con el actual mundo, presuroso y alocado. Y lo es por dos motivos. Primero, por su minimalismo intrínseco. Y, segundo, porque en su interior guarda una bomba intelectual.
Demos una oportunidad al cuento.
Cada año más cuentistas se suman al movimiento. Mucho tienen que ver en ello las escuelas de creación literaria y los talleres que se han multiplicado por cien en los últimos tiempos.
El cuento como paso de la nada a la novela ya no es un simple ejercicio de preparación. Muchos de los cuentistas modernos son conscientes de que han encontrado en el relato corto su distancia.
El cuento, el buen cuento, es un reto.
Los cuentistas son a su vez devoradores de cuentos; fagocitan y degluten relatos con la esperanza de descubrir una nueva forma de tallar ese “diamante” en bruto que es la idea previa a la composición.
Demos una oportunidad al cuento.
Esteban Gutiérrez Gómez.
Cuentista.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Muelas y señales, de José Ángel Barrueco
Sigo a vueltas con la antología HANK OVER (RESACA) dedicada a Charles Bukowski por los hijos de Satanás. Como dice Pepo Paz, "la cabra tira al monte", y alguno de los cuentos que se incluyen en esta antología, aún resuenan en mi cabeza.Eso ocurre con Muelas y señales, de José Ángel Barrueco. Es un cuento plenamente inserto en la tradición del realismo sucio español (heredera de aquellos cuentos de Carver, Cheever, Fante y el mismísimo Charles Bukowski). Es, además, una narración que parte de un hecho real: el autor fue el protagonista principal del cuento.
El cuento llega al lector. Sudas, sudas, como ellos. Penas, como ellos. Te jodes, como ellos. Y te beberías las cervezas bien frías, como ellos. Eso significa que transmite, que las descripciones están conseguidas y que los personajes son no sólo creíbles, sino verdaderos.
Que el protagonista sea, además, escritor (como Jab), y recurra a este tipo de curro para sobrevivir, dice muy a las claras cómo están las cosas en la realidad literaria de los "sin nombre". Pero como dijo una vez David González: “nadie dijo que esto fuera fácil”.
Otra cosa: dice el axioma “Si algo puede ir mal, irá mal. Si puede ir a peor (peor que mal), irá a peor”. Todo ello se verifica en este relato de JAB. A pesar de ello, como descubriréis si el fragmento que podéis leer a continuación es lo suficientemente atractivo como para ir a la librería y haceros con un ejemplar por 12 euros (de risa), “la cabra tira al monte”, y nada le impide a ese personaje-escritor ponerse delante de un papel en blanco a volcar historias que rondan su cabeza.
Muelas y señales (fragmento)
Hete aquí viviendo como un gusano
día tras día, genio del hambre,
fiel a una vocación sagrada.
John Fante
Maldigo a quienes creen que ser bohemio y maldito es agradable y encantador.
Me llamo Martín de Acero y soy escritor. Algunas personas, en esta ciudad, se empeñan en ofenderme despojando mi identidad de ese sustantivo, pero siempre dije que si uno pasa la mañana escribiendo cuentos, o fragmentos de novelas, o ensayos, o lo que sea, bueno, el caso es que no es barrendero, ni notario, ni empleado de oficina. Es, simplemente, un tipo que escribe, que se dedica a escribir. No hay vuelta de hoja.
Tengo veintinueve años y en breve voy a cumplir los treinta y sé que quizá estas páginas no vean nunca la luz. No me importa. Llevo los zapatos gastados y rotos y los dobladillos del pantalón hechos trizas. Mis camisas, a menudo, conservan los lamparones del día anterior. Suelo ir por la calle sin afeitar, con barba de una semana, y en invierno me pongo un abrigo largo, uno de esos que llaman tres cuartos, que me otorga el aspecto de bohemio cuya etiqueta se empeñan en adjudicarme. Mi estampa no es elegante y nunca me he puesto traje y corbata, pero siempre salgo a la calle con el cabello limpio. En las cafeterías a las que acudo pido café o un zumo que me revitalice el organismo, y los sábados procuro emborracharme, así que, en teoría, para los habitantes de esta ciudad estoy empezando a tomar una inusual fama.
Aún vivo con mi familia. Pertenecíamos a la clase media. Pero eso era antes. Ahora me temo que somos de la clase baja. A veces nos cuesta llegar a fin de mes sin que nos corten el agua caliente o sin que la compañía de la luz nos deje a oscuras.
Quizá sea mi aspecto, pero algunas personas me consideran un escritor maldito y un bohemio en regla. Para ser un maldito nadie tendría que haberme publicado, y algunas de mis obras circulan por ahí. Y, si doy pinta de bohemio, tal vez sea por mi bajo nivel de vida.
Escribir es un trabajo. La gente piensa que es una aventura romántica. Nada de eso. Procuro madrugar, me siento ante el ordenador y las horas transcurren. Es un ordenador viejo que va a trompicones y tiene las teclas desgastadas. Cuando la mañana termina, suele dolerme el culo y en la espalda tengo molestias.
Un escritor vende poco, salvo si es uno de esos tipos célebres que arrasan en las librerías y cuyos libros todo el mundo regala por Navidad. Los críticos y los esnobs acostumbran a machacar sus novelas y su reputación, pero no veo nada de perjudicial en enriquecerse escribiendo. Si un doctor se enriquece sanando enfermos, ¿querrá eso decir que es un mal médico?
Hace unas semanas pasé unos momentos malos. Muy malos. Debía algún dinero y, a menudo, me encontraba a esa gente con la que había contraído deudas.
-¿Cuándo demonios vas a pagarme?
-Pronto, muy pronto.
-¿Vas a ganar algún premio gordo?
-Sí, Alfredo, voy a ganar un premio gordo y luego te pagaré.
-Más vale que sea cierto.
Por supuesto, era mentira. No es barato enviar relatos y novelas a los concursos. Cuesta dinero. Dinero para el cartucho de tinta, dinero para hacer copias en la copistería, dinero para los sobres y los sellos y también para los envíos certificados.
En aquellos días de los que hablo no llevaba mis cuentas muy mal. Con mis ahorros podía permitirme salir los fines de semana, invitar a una chica de vez en cuando a cenar y comprar folios y cartuchos de tinta. Entonces me cogí un catarro (a pesar de que era verano) y empezaron a dolerme las muelas. [....]
sábado, 1 de noviembre de 2008
Medardo Fraile
Ayer lo conocí, en la presentación de Nosotros, todos nosotros del escritor turolense Victor García Antón (y del que escribiré un post sin duda, después de leer el primer relato de ese libro, y releerlo y releerlo, por el sólo hecho de disfrutar de su lectura. No adelanto más.)Nos estrechamos la mano y miré de cerca sus ojos claros y sinceros.Nombre indispensable de la narrativa española, y maestro del cuento, Medardo Fraile lleva años alejado físicamente de España, aunque su obra no ha dejado de estar presente. En estos días sale a la calle una edición de sus cuentos completos, Escritura y verdad (editorial Páginas de Espuma), con un denso y esclarecedor prólogo de Angel Zapata, acerca del cual el escritor no escatima elogios.
En la narrativa española, Medardo Fraile es un caso curioso. En cierto modo, se puede parecer a ese tópico del escritor de culto, es decir, alguien, tan idolatrado por minorías de entendidos como desconocido del gran público. Quizá haya algo de eso, pero no sería un término adecuado para este autor al que nada menos que Augusto Monterroso considera el gran cuentista español. Su caso es, más bien, el de alguien cuyo nombre se pronuncia con auténtico respeto por mucha gente del mundo literario (críticos, editores, escritores, lectores), y cuya obra está bien recogida en las ediciones más prestigiosas, pero que, tal vez, no tiene la repercusión pública que merece. Lo primero no requiere de mayor explicación que la calidad intrínseca de la obra de Medardo Fraile. En cuanto a lo segundo, caben dos explicaciones que no son excluyentes: la pertenencia de Medardo Fraile a una generación hoy muy mermada y algo olvidada, y el alejamiento físico del escritor durante muchos años.

