La enfermedad del lado izquierdo

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El destino no está escrito, ¿o sí? ---------- http://laenfermedaddelladoizquierdo.blogspot.com/

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lunes, 30 de junio de 2008

Narrativas Nº10


Ya está a vuestra disposición el Nº10 de Narrativas.

En esta ocasión con un impresionante monográfico sobre literatura erótica.


Encontraréis relatos de Lorenzo Silva, Pepe Cervera, José Luis Muñoz, el propio editor de la revista, Carlos Manzano, y muchos más.


En el apartado Novedades Editoriales, Magda y Carlos se hacen eco de la publicación de El laberinto de Noé. Gracias.


Os dejo con el índice de contenido.


narrativas
revista de narrativa contemporánea en castellano

Núm. 10
Julio-Septiembre 2008
ISSN 1886-2519
Editores: Magda Díaz y Morales - Carlos Manzano

MONOGRÁFICO SOBRE NARRATIVA ERÓTICA
● Ensayo
“La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria” de José Donoso: faz y antifaz del erotismo, por Lilian Elphick
Seducción, erotismo y amor en “Travesuras de la niña mala” de Mario Vargas Llosa, por Luis Quintana Tejera

● Relatos
La felicidad, por Sandro Cohen
Contártelo, Adela, por Lorenzo Silva
Los placeres de la Ilustración, por José Luis Muñoz
Piedras, por Alice Velázquez-Bellot
Tríptico, por Gonzalo Lizardo
Pregunta retórica, por Rafael Ballesteros Díaz
Microtrilogía erótica, por Salvador Gutiérrez Solís
Herida de hembra, por Diego Fonseca
Manos, por Ana Alcolea
Atadijo fervoroso para impregnar un cuerpo, por CNP
Nawa shibari, por Paula Lapido
Final feliz, por Javier Delgado
Erótica IV, por Fernando Sánchez Calvo
Después de un cuento de Boris Vian, por Pepe Cervera
Amor hinchable, por Javier Puche
Voyeur, por Purificación Menaya
El ángel de L'orangerie, por Gemma Pellicer
No marques las horas, por Mónica Gutiérrez Sancho y Andrés Felipe Gómez Shool
Un mal día, por María Dubón
Preguntas y respuestas, por Carlos Manzano
Preludio y fuga, Carlos Arnal
Su aliento sobre mi espalda, por Elena Casero
Jenny o el vacío ético, por Salvador Alario Bataller
El roce de unos pechos de mujer, por Pedro M. Martínez Corada
Arthur, por Wilco Johnson
Amaranto, por Luis Emel Topogenario
Julia, por Carlos Frühbeck
Je t’aime mais non plus, por Sonia Fides
Ángel de Atocha, por Antonio Toribios
Dentro de las páginas del tiempo, por Soledad Acedo Bueno
Muñeca triste, por María Aixa Sanz
Tu cuerpo resplandeciente, por Carlos González Zambrano
Pornografía, por Antonio Báez Rodríguez
Libro del estremecimiento, por Ana Muñoz de la Torre
Oscuro deseo, por Patricia de Souza

● Novela
El Camino de Santiago (capítulo), por Francis Novoa Ferry
La orgía de Flipp (capítulo de Viaje por las ramas), por Román Piña
Suspiro azul (fragmento de capítulo), por Sandra Becerril Robledo
La cara oculta de la luna (fragmento de capítulo), por Carmen Santo

● Narradores
Marco Tulio Aguilera

● Reseñas
“Guapa de cara” de Rafael Reig, por Eugenio Sánchez Bravo
“El teatro de Sabbath” de Philip Roth, por Javier Avilés
“La huella del bisonte” de Héctor Torres, por Jorge Gómez Jiménez
“Nueve semanas y media” de Elisabeth Mc Nelly, por C. Martín

● Miradas
La erótica de la máquina, por Miguel Esquirol Ríos
Escribir el sexo: ¿asignatura pendiente?, por Blanca Vázquez
Literatura erótica, por María Dubón

● Novedades editoriales

lunes, 23 de junio de 2008

Carlos Castán: Presentación en Madrid de "Museo de la soledad"
















Carlos Castán en Madrid. El próximo jueves, en la librería Tres Rosas Amarillas, Carlos presentará la reedición de su segundo libro de cuentos Museo de la Soledad, por Tropo Editores. Cita imprescindible para los amantes del cuento.

Aprovechando esta presentación, os dejo con un relato maravilloso de Museo de la Soledad. Espero que lo disfrutéis.




CASI MARINO

I
Siempre que llueve es así. Pocos espectáculos para
Elisa como mirar el aguacero desde la ventana, esa
cosa tan simple. Apenas empiezan a caer las primeras
gotas corre a la cocina para prepararse un té y, a toda
velocidad, acude con su taza caliente a descorrer por completo
las cortinas y se queda apostada allí, junto al cristal
que marca la frontera entre su casa y el mundo, tan cerca y
tan lejos a un tiempo del chaparrón; a veces de pie, a veces
arrodillada encima de una silla. Pocos momentos tan de
ella, porque su vida pasada vuelve siempre de la mano
del agua. Sólo en días así le llegan episodios olvidados de
su infancia en el país del norte, recuerdos brumosos, como
cartas empapadas y con la tinta corrida que hubiera que ir
desdoblando cuidadosamente para evitar que sus mensajes
se pierdan para siempre dejando entre los dedos diminutos
pedazos de pasta de papel.
El árido clima de la ciudad donde ahora vive cada vez
le regala con menos frecuencia la fiesta íntima, la danza
interior, de ver su ventana convertida en escaparate gris
de lo vivido. Por eso ya no extiende la tabla de planchar,
como hacía antes, frente a los cristales, ni se acerca a ellos
protegida por un libro al que desviar de vez en cuando,
como distraídamente, la mirada. Simplemente se asoma
y espera a que le vayan llegando, a través de ráfagas de
agua u ondas en el cielo encapotado, esas escenas borrosas
de un tiempo perdido que, de otro modo, a buen seguro
no habrá de volver; instantes entrevistos, trozos de recuerdos,
imágenes que parecen cabalgar en las nubes y se descuelgan
en días así sobre la ciudad de polvorientos tejados
para quedar reflejadas efímeramente sobre los charcos, ser
evocadas por el penetrante olor a mundo mojado o dibujar
preguntas y adivinanzas sobre el cristal con sus pinturas
transparentes, invisibles lapiceros de agua.
Así, cuando llueve, si hay un instante en el rumbo de su
mirada perdida que la conduce a pasear, de niña, entre castaños
a bordo de sus botas de agua, al momento siguiente
recupera la visión de un rosal que asomaba sobre un muro
de cemento, en su ciudad norteña, provinciana y natal, dejando
ver sus flores salpicadas de gotas, como en los anuncios
de perfume de la televisión. O le vuelven a la memoria,
con increíble nitidez, cuadernos escolares y libros de mapas
o aritmética, tardes de sábado escuchando los cuentos de la
radio, sus dedos manchados de tinta azul oscuro, aquella
falda plisada de las teresianas; y, siempre en una esquina,
como de reojo en el recuerdo, un montón de periódicos de
su padre manchados de café. Como en una película en blanco
y negro va pasando, aunque desordenada, la simple historia
de su vida sin historia: unos cuantos cromos descoloridos.
Descoloridos, pero que ahora, a la luz medio muerta de
los años transcurridos, cobran -ante su ventana surcada de
temblorosas carreteras de agua con sus inquietas encrucijadas
y desvíos que aparecen y desaparecen-la dimensión
de estampas luminosas o vidrieras góticas en technicolor, el
majestuoso fresco de un universo por recorrer a la salida del
colegio, con la cartera olvidada en cualquier parte, las trenzas
medio deshechas y toda esa inocencia extraña que en
sus manos tomaba la forma de pan con chocolate.
y una de las cosas que había empezado a ocurrir sin
falta desde las últimas lluvias era la aparición, de punta a
punta de su calle, de alguien a quien ella había llamado
desde el principio, desde las primeras veces, el caballero de
la triste figura. Era un hombre delgado que caminaba despacio,
embutido en una de esas gabardinas de las películas
de los años cincuenta, con el cinturón apretado hasta parecer
un insecto de dos cuerpos y empuñando un paraguas
negro que sólo abría en caso de que la lluvia arreciase mucho.
Elisa nunca había visto a esta persona fuera de la ventana
de sus tardes de lluvia, jamás había coincidido con él en
la cola de la panadería o de la fruta ni se habían cruzado en
ninguna de las calles del barrio, de manera que su encorvada
figura, acudiendo puntual a la cita del agua, cobraba
ante los ojos de ella el irreal aspecto de un fantasma. Se diría
que el hombre aguardaba en alguna parte agazapado, escrutando
los movimientos de las nubes en el cielo, esperando el
momento de salir y ser, cada tarde de lluvia, la única figura
humana paseándose por el pasado de Elisa, entre todas esas
flores mojadas, empapándose los zapatos en los charcos que
Elisa saltaba en su infancia con aquellas botas impermeables
de siete leguas, rozando al pasar todos sus recuerdos, la canción
del barquero y sus dibujos de hadas azules en papel
cuadriculado. Era como si aquella sombra recorriese el territorio
de los aromas y miedos de su vida pasada, galería de la
tristeza, de la desolación más tierna. Cada vez que el cielo
se venía abajo, aquel hombre misterioso caminaba impasible
bajo la tromba, con la mirada perdida y un periódico chorreante
debajo del brazo. Elisa ya no sabía, cada vez que
comenzaba un nuevo chaparrón, si se apresuraba a tornar
posiciones en la ventana en busca de imágenes evocadoras
que la acercasen hacia sí misma corno venía sucediendo
desde tiempo atrás o, por el contrario, era la certeza de ver
aparecer entre la arboleda del bulevar a ese extraño príncipe
de las aguas lo que la hacía recoger a toda prisa lo que tuviera
entre manos para correr hecha un nudo de nervios hacia
su puesto de nostálgica centinela.
Una tarde de verano, justo cuando se disponía a salir de
una zapatería acompañada por una de sus amígas, les sorprendió
una tormenta brutal y repentina, y protegiendo sus
peinados con bolsas de plástico, cruzaron la calle de la mano,
a todo correr, para guarecerse en la cafetería de enfrente que
se hallaba ya repleta de público que esperaba pacientemente
la escampada. Aún reían divertidas comentando cómo se
habían puesto en un momento cuando, desde una de las
mesas, alguien llamó a su amiga por el nombre y entonces lo
vio de cerca: el hombre del agua estaba allí y, sobre el mármol
en que apoyaba sus codos, junto a una taza vacía, tambíén
su inseparable periódico mojado. Tras las presentaciones,
ese torpe rito de nombres y besos, se sentaron y
pidieron tres cafés. Yél lo tornaba sin azúcar, él hizo un barco
minúsculo con una servilleta de papel, él fumaba un tabaco
de pipa holandés que liaba con parsimonia de pastor jubilado,
él había sido tiempo atrás borrosamente amigo de su
acompañante, aunque hacía tiempo que no se veían (ya ha
llovido, dijeron), él trabajaba en una biblioteca a cuatro manzanas
de allí, él hablaba despacio y miraba más a su barquito
que a los ojos de nadie, y sobre la mesa caían de vez en
cuando gotas de su pelo. YElisa, corno distraída, pescó una
de esas gotas con la yema del meñique y se la llevó a los labios,
y todo lo demás que hacía era escuchar y mirar y sentir
esa danza interior, la que sólo se desataba en ella viendo llover
desde la ventana de su casa, cuando los recuerdos llegados
con el agua le devolvian trozos de la Elisa perdida, de la
Elisa olvidada por Elisa.
Cuando la intensidad decreciente del chaparrón dejó de
justificar que aquellos tres seres estuvieran allí sentados,
sus manos tan cerca encima de la mesa, comenzó el aleteo
de la despedida. Si hubo miradas corno promesas, labios
que al besar se demoran en la mejilla una fracción de segundo
más que en cualquier otro beso puramente formal,
las palabras en cambio se aliaron con la realidad más cuerda
y acabaron por ceder a la casualidad el papel de decidir o
no un próximo encuentro. La casualidad, acaso otra vez
con su vestido de agua, los volvería a juntar otra tarde
frente a una taza de café corno esas que ahora abandonaban
sucias sobre la mesa; a lo mejor en un sitio corno éste, al
abrigo de los vendavales; y quizá con esta misma desnudez
del corazón, con un temblor corno éste. Él olvidó queriendo
su estropeado periódico encima de una silla, y Elisa, aunque
no pudo verlo bien, corrida corno estaba la tinta de la
cabecera, juraría que al pasar vio la fecha y que ésta correspondía
nada menos que a treinta años atrás.

II
Puede que el azar en las películas o las lecturas de Elisa
se mostrara siempre corno mágico urdidor de destinos con
mayúscula; en su vida real, por el contrario, no había pasado
de ser una fuerza aburrida e inútil, carente de la más
mínima imaginación y generadora, en todo caso, de unas
cuantas coincidencias triviales y casi siempre molestas. Si
de los hados dependía la posibilidad de un nuevo encuentro,
podía esperar sentada.
Un par de semanas más tarde, Elisa se hallaba en la
cama terminando de pasar una gripe cuando las gotas en
el alféizar de la ventana del dormitorio la despertaron
como una música que llama al combate. Se dio una ducha,
se tragó un par de aspirinas y, tiritando, se fue poniendo la
ropa que cuidadosamente había elegido para la ocasión.
Insistente, la fiebre le había traído durante la noche la imagen
del extraño viajero del tiempo chapoteando hacia su
encuentro en una extensión pantanosa, entre cortinas de
agua. Los partes meteorológicos anunciaban largos días
por delante de tiempo soleado y quería aprovechar este
chubasco aislado porque, si no, sabe Dios cuándo podría
volver a encontrarlo; sabe Dios dónde y si sería lo mismo.
Elisa no quiere nada, nada en particular, es sólo que
tampoco tiene por qué dejarlo pasar todo, todo, como ha
hecho siempre hasta ahora, quedarse mirando, Elisa en
una ventana, esa odiosa imagen de sí misma, viendo cómo
huyen las oportunidades, hombres y días y viajes y proyectos
que se asoman y desaparecen sin cambiar nada de
su ordenada vida de enfermera solitaria y casera, soñadora
según sus amigas del cine y las cenas de algunos sábados,
tan aficionada a guardarlo todo y sacar siempre el
tema de los tiempos del colegio; es sólo que, a estas alturas,
algunas veces se le ocurre pensar que a lo mejor al
lado de esa persona que trae en el cabello gotas de todas
las lluvias, la vida es menos fría y vacía que a este lado del
cristal, el de la soledad y los programas de radio, y las
montañas de revistas leídas; es sólo que si fuera verdad,
como parece, que él llega siempre atravesando cada otoño
del mundo y su mirada encierra el poder de revivir las cosas
que se fueron, las estaciones ya muertas y el deseo olvidado
como un pétalo seco entre las hojas de un libro, entonces,
si eso fuera así, quizá valdría la pena, es un decir,
esconder entre sus brazos la cabeza, caminar por la vida
bajo su viejo paraguas.
Llevaba bien pensadas las palabras y los gestos para
cuando lo viera. Todo menos saludarlo al pasar sin detenerse,
tener miedo y cruzarse sin más en la calle o en el parque
con un leve movimiento de cabeza, porque entonces,
tras haberlo dejado marchar, la soledad multiplicaría sin
duda su amarga densidad, iría ganando en volumen y se
haría fuerte hasta el final de la noche y de todas las noches
hasta volver a encontrarlo. Loca, loca es lo que estaba, se
decía, empapada y con treinta y ocho de fiebre dando vueltas
a las mismas manzanas, retocándose el pelo, cambiando
de repente la dirección de sus pasos. Loca pero entonces lo
vio: doblaba la esquina con su gabardina de siempre y ese
paso desgarbado y lento. Elisa se detuvo en el escaparate
de una papelería y se dejó alcanzar. Lo verdaderamente
complicado es encontrar las palabras adecuadas, no parecer
más idiota de lo que se es, pero llegados a este punto basta
con no soltar el clavo ardiendo, lo que en realidad importa
es que no falten las palabras, inteligentes o no, lo mejor es
que acudan a raudales las palabras, porque un silencio más
largo de cuatro o cinco segundos dispara el impulso innato
de los solitarios de querer salir corriendo cuanto antes para
regresar en paz al hilo interrumpido de sus pensamientos.
Así que, en tiempo récord, tras recibir un par de besos en
las mejillas, el abordado paseante supo que a Elisa le encanta
la lluvia, que para ella nada como mojarse, nada
como salir en días así a pasear sin rumbo fijo por el barrio,
aunque la televisión dice que se avecinan días de sol, tiempo
seco para largo; y el tipo de libros que le gusta leer, y
cuáles son los próximos que piensa comprarse, y qué ciudades
no ha visto pero en sueños camina por ellas, y el frío
que tienen de repente y lo que le apetece un café si es que él
conoce algún sitio por allí cerca y tiene tiempo, claro, y ella
no le está aburriendo con tanta tontería, no lo está mareando
con lo tranquilo que él iba, a su rollo y a su aire, tan
ensimismado.
El hombre que Elisa tuvo a su lado en el bar andaba
Camino de los cuarenta años, un poco mayor que ella, y tema
la timidez de los que habitan sin cesar ciudades sumergidas
y horas interiores, la gravedad de la gente propensa
a morir. Cuando él hablaba, Elisa tenía la impresión
de que las palabras, el lenguaje humano, no acertaba a
plasmar la riqueza y profundidad de las ideas, y el comentario
más banal era recibido por ella corno una sutil y hermética
metáfora, clave para comprender algo que ahora
no estaba en condiciones de determinar exactamente qué
era, pero que tenía que ver con su vida o con la forma adecuada
de mirar su vida, el pobre tiempo transcurrido y el
que se abría nuevo y prometedor al otro lado de la cristalera
del bar, más allá de la lluvia, del envejecido presente
y de la noche. No averiguó de él tanto corno hubiera deseado,
casi nada a decir verdad, pero regresó a su casa con la
promesa de futuros encuentros y una servilleta de papel,
que Iba apretando su puño dentro del bolsillo del abrigo,
en la que estaba apuntado su número de teléfono. La que
metió la llave en la ranura de la cerradura y silbó melodías
de moda mientras se ponía un albornoz seco y se olvidaba
por completo de la gripe, era ya otra mujer. Dejó el paraguas
abierto en la bañera para que se fuera escurriendo la
tristeza de toda una vida, de los años que se habían ido
sucediendo sin permitirle sentir un vértigo corno éste.


III
Ahora, por las noches, si la jornada había sido dura,
podía al menos coger el inalámbrico -¿Te molesto?, ¿hacías
algo?- y hablar con Salvador una vez acostada y,
entre historietas del hospital y comentarios al hilo de la
prensa del día, ir desgranando confidencias a esa hora
tan proclive al susurro, mostrarle gotas de la Elisa que
duerme dentro de Elisa, de la niña crecida, de la que a escondidas
siguió coleccionando mariposas y recortables, la
misionera frustrada, la que en las acampadas se apartaba
del grupo para leer contra el cielo los Himnos de Novalis;
Elisa que duerme cada vez peor, que sueña con diluvios
interminables, con Gene Kelly bailando en la acera y las
tormentas de su infancia en casa de la abuela, dormir
abrazada a su camisón amarillento, sentir corno aliada la
cólera de los truenos, toda la ira del cielo contra un
mundo que, queriendo o sin querer, la condenaba a la angustia.
Que rompan los cristales de la estación, que lo
rompan todo, que encharquen el patio de recreo, que suspendan
la clase de gimnasia, los juegos en el parque y los
paseos de los enamorados que amenazan con comerse todas
las perdices; que los nubarrones devuelvan a los días
un color a tono con esa soledad que sobrevuelan, con
todo el miedo y el aburrimiento de que en realidad están
hechos.
A veces se les hacían las tantas. Hablaban mucho más
por teléfono que en las pocas ocasiones en que podían
reunirse para tornar algo y dar una vuelta a última hora
de la tarde, corno si el lenguaje fuese a aminorar el disfrute
de la simple presencia, o corno si las palabras, cualquier
palabra, terminase siendo poco más que una molesta
interferencia en el juego de miradas que, en el caso
de Elisa, era a la vez un juego interior de recuerdos que se
hilan, se barajan y se combinan de diferentes maneras, entre
sí y con el color de la tarde, y los ruidos y los olores de
la ciudad al caer la noche, ciudad de repente tan distinta,
tan de otros, corno un humo lejano, nido de historias enmarañadas
que Elisa no quiere saber. Su primer beso, tan
sentido corno torpe y temblón, envuelto corno un regalo
en la fragancia del masaje Floid para caballeros que usaba
Salvador, fue para ella un nítido retorno a la barbería de
la calle mayor a la que tantas veces había acudido acompañando
a su padre: recorrió con la lengua aquella edad
de violenta inocencia, amapolas rotas que había recogido
para el jarrón de su madre, agua en los cristales, siempre
el agua, tebeos en el desván y torrijas de Santa Teresa. Y
así todas las veces, así en cada beso y en cada caricia de
sus dedos de tinta china, en su silencio de aula aterrorizada.
Su príncipe azul, azul oscuro, casi marino, le devolvía
su propia vida y a su lado, o al escucharle por la noche
arropada hasta el cuello, era por primera vez Elisa
completa, y se sentía extensa y navegable como las historias
recogidas en los gruesos libros que le leía su abuelo,y
no sólo, como sucedía antes, la pobre inmediatez de las
últimas horas: la triste cena a solas, el inmediato cansancio,
el último desconsuelo antes del sueño.


IV
Es difícil decir con precisión desde cuándo -qué pasó,
qué se rompió-, pero Salvador lleva tiempo viviendo en
las sombras. A menudo imagina su vida como un tren
que da vueltas en círculo mientras se va deteriorando poco
a poco, perdiendo pedazos y velocidad y aceite. Es como
un pozo o como una nube densa que lo envuelve y, entonces,
qué difícil moverse, encontrar una palabra, emprender
una huida, respirar a veces. Si desde siempre le resultó
trabajoso comunicarse con los demás y mantener amistades
más o menos sólidas, el aislamiento de un tiempo a
esta parte comenzaba a adquirir dimensiones salvajes,
hasta el punto de que cada vez existían menos esos momentos
de antes en los que, al menos, caía en la cuenta de
estar deseando una conversación, el sonido del teléfono,
una carta inesperada en el buzón. No sabe qué busca en
sus paseos sin rumbo ni de quién se esconde saliendo a la
calle en los momentos en que todo el mundo corre hacia
los portales o se refugia quedándose quieto bajo las cornisas.
Ha pensado en eso muchas veces, ha pensado la palabra
locura, pero cada puente que ha intentado tender al
mundo se derrumba al instante como su ánimo, arquitecturas
de humo que dejan como único rastro un cansancio
antiguo y el gusto a ceniza de las derrotas interiores. Por
todos los rechazos y todas las renuncias, por la mordedura
del dolor ausente, ha acabado quedando sólo esta soledad
y estas pocas palabras, este andar de alma en pena, encorvado
e inseguro, que le arrastra, en los días de agua, más
allá de los escaparates de las librerías de viejo y de los parques
encharcados, hacia un horizonte gris y borroso, helado,
que le arrebata.
y ahora resulta que una mujer encantadora, a la que
conoció por casualidad en el día menos pensado, como
quien no quiere la cosa, dice que no puede dejar de mirarlo;
y le llama por la noche para saber cómo ha pasado el
día, y ríe al otro lado del hilo, le cuenta mil cosas sin pies ni
cabeza, y reconoce al final, ruborosa, las ganas que tiene de
volver a verlo y pasear otra vez con él, cogidos del brazo
bajo la lluvia hablando de libros y de películas, o en silencio,
qué más da en silencio, el caso es mojarse, había reído
ella al otro lado del hilo, bueno, mojarse y estar juntos.
Cada vez, al colgar el teléfono, se prometía no perderla;
no perder esta vez; que, aunque sólo por esta vez,
su hurañía no tirase por tierra el dulce milagro, el último
tren, el inmerecido amor hallado en una tarde de tormenta.
Se conjuraba para cambiar, para sacudirse el peso
de las absurdas sombras que, como perros muertos, llevaba
a todas horas sobre los hombros y no ceder a la llamada
del dolor, apartar de un manotazo la tentación del
vacío; favorecer, al menos, los gestos que alentaran lo
contrario, intentar mirar lo bueno de la vida, es decir, pensar
en ella, en cómo ella se retira el flequillo de la frente
mojada, en ella suave, en ella contando historias de cuando
era niña, en ella de niña, en ella tan tierna echando azúcar
y más azúcar en su café con leche, yendo a trabajar cada
mañana en el metro, acordándose de él. En ella. Cambiaría
lo que hubiese que cambiar, pero una cosa era segura: en
su interior, contra los viejos fantasmas y terrores, contra
toda sal en sus heridas abiertas, iba a ganar la sangrienta e
invisible batalla.


v
Hoy, casi un año después de aquel escarceo que prometía
ser una historia eterna, Elisa todavía no comprende
por qué su hombre misterioso, su adorable capitán del dolor,
comenzó a vestirse con camisetas de colores, se empeñaba
siempre en ir a bailar a ruidosos locales de moda y
hablaba sin parar de los temas más frívolos, forzando muchas
veces aquella risa que, en su rostro, cuya tristeza tantas
veces había recorrido antes con las yemas de los dedos, parecía
la mueca de una máscara barata. Todo lo que en él había
amado se esfumó, como convertido en vapor por el
calor de los soleados días que la televisión anunciaba sin
fin por aquel entonces y que se prolongaron desde aquella
primavera extraña hasta bien entrado el otoño. Con frecuencia
insistía en ir a la playa, silbaba las peores melodías
de la radio y, en apariencia lleno de energía, hacía
planes en nombre de los dos para un futuro luminoso y
pleno, una casita blanca bajo el arco iris. No hubo más lluvia
ni paseos, y su encantadora flaqueza, su adorable lan-
guidez, fueron sustituidas de la noche a la mañana por
una postiza seguridad, jovial y arrogante, que le hacían
preguntarse a Elisa ante quién estaba en realidad y, sobre
todo, dónde se ocultaba ahora, en qué abismo había desaparecido
su amor, su príncipe azul oscuro, casi marino, de
todas las lluvias, que arrastraba al andar un otoño inmenso,
un país de castaños mojados en el que ella reencontraba
su infancia y su sentido. Le parecía ahora un ser
tan sucio de presente, tan de hoy en día... Como grotesca
criatura del momento, podría sin mayor esfuerzo convertirse
en ávido excursionista, desenfadado concursante de
cualquier programa de televisión, la alegría de una boda,
el bailarín más borracho de la pista.
Ni Elisa comprendía aquellos cambios ni Salvador entendió
su despedida, por qué se le negaba el premio tras
haber cumplido con lo más difícil y derrotar al monstruo
que le mordía desde su niebla más interna; por qué, si por
primera vez caminaba erguido y seguro por la vida, dejando
atrás su isla, su vieja soledad a merced de las olas,
sin volverse a mirarla. Todas las fuerzas habían entrado en
juego y ya no había más en la reserva. Tras semejante revés,
a duras penas pudo regresar hacia sí mismo, recomponer
los pedazos de una existencia ya de por sí rota y volver
a ser, como había sido antes, la retraída sombra que se desliza
por la ciudad bajo un enorme paraguas negro: el personaje
que a Elisa, a oscuras en su ventana, le hace llorar
cada tarde de lluvia porque va vestido de nuevo de la amargura
que ella había amado en él, y arrastra otra vez todos
los otoños, y le devuelve fragmentos olvidados de su propia
historia, los cromos más difíciles, las fotografías perdidas
en un naufragio del que se salvó apenas su pobre vida
de hoy, vacía en la ventana, herida bajo las tormentas.

Os recuerdo el especial dedicado a Carlos Castán como cuentista del mes por su libro Frío de vivir. Si queréis volverlo a leer, pinchad aquí

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2008

viernes, 20 de junio de 2008

¡¡¡Pregonero!!!

Sí, a mí también me cuesta creerlo, pero es así. La buena gente de la Junta de Distrito del barrio de Nuevo Versalles-Loranca en Fuenlabrada, me invitó a dar el pregón de las fiestas de este año.

Pasado el estupor inicial me puse a ello. La noche de San Juan, la noche más corta y mágica del año, el solsticio de verano, el fuego purificador. Las ideas se me desbordaban.

Creo que ha quedado un bonito pregón, lleno de buen rollo.

Esta noche a las 21:45 horas en la Plaza de la Concordia de Loranca.

PROGRAMA DE FIESTAS
Viernes, 20 de Junio
Alas20:00h: “Mercadillo Solidario” organizado
por los educadores de Calle de la Junta Municipal. Lugar:
Recinto Ferial de Loranca.


Alas21:00h: Espectáculo Infantil
“Dr. Ficante”
por la compañía LOS KIKOLAS
Genial Espectáculo de Malabares
Lugar: Plaza de las Artes


Alas21:45h:
Pregón de Fiestas a cargo de:
Esteban Gutiérrez Gómez
Escritor de Fuenlabrada, autor de la novela “El Laberinto de Noé”
Lugar: Plaza de la Concordia.


Alas22:00h:
Gran Concierto de Fiestas

“MODESTIA APARTE”
(Pop-rock)
Lugar: Plaza de la Concordia

martes, 17 de junio de 2008

Reseñas sobre El Laberinto de Noé

Gracias a los amigos que están colgando post sobre el libro.
Se trata de eso, de que la bola de nieve engorde hasta hacerse visible.
Dejo apuntados los dos últimos post:

http://davidgonzalezpoeta.blogspot.com/2008/06/el-laberinto-de-no-de-esteban-gutirrez.html

http://franciscocenamor.blogspot.com/2008/06/artculo-de-miguel-ngel-martn-sobre-la.html

domingo, 8 de junio de 2008

Feria del Libro 2008 en Madrid



No nos damos cuenta, pero cuando caminamos por las calles atestadas de gente, somos miméticos, como los bancos de peces, formamos corrientes que son ríos humanos y, a veces, nos dejamos llevar hacia el desagüe.

Lo pude comprobar el domingo, cuando buscaba desesperado la caseta 347 donde debería de firmar y aquellos bancos de peces me impedían el paso.

Es un lujo y una alegría poder haber estado en aquella caseta, rodeado de amigos que no se quisieron perder el acontecimiento. Y fue una verdadera gozada conocer a lectores anónimos a los que El laberinto de Noé les ha llegado al alma.




Por no olvidarme de alguno no pondré los nombres.
Gracias a todos por acompañarme.

jueves, 5 de junio de 2008

El cuentista del mes.MERCEDES CEBRIÁN: Algo resentido de este pie

Una vez más las clases de Luisa dan fruto. Nos trajo este relato como ejemplo que Eduardo Benavides ofrece de prosopopeya y etopeya (palabrotas malsonantes y descaradas) para construir un personaje tridimensional.

A mí, de por sí, el relato me parece de antología a tenor, sobre todo, del plano sicológico (del personaje narrador, por supuesto), por lo que creo que, efectivamente, consigue un todo de un personaje elíptico.

Dejo, una vez más, a la opinión del respetable lector el comentario acertado sobre este extraordinario caso de mala leche.

MERCEDES CEBRIÁN: Algo resentido de este pié

Salgo con un hombre desde hace seis meses. Es cojo. Él no me lo ha dicho así de viva voz pero no hace falta ser un lince para darse cuenta. Lleva un alza en el zapato derecho; discreta, de, no sé, como tres dedos. Es un hombre muy inteligente: da clases en la escuela diplomática y está especializado en relaciones hispano-francesas. Se formó en Dijon, donde la mostaza esa que pica, porque sus padres tuvieron que emigrar a Francia. De ahí su nombre, Floreal, que es el equivalente al mes de abril o mayo en el calendario republicano francés. Eso me explicó, yo no tenía ni idea. Aprendo mucho a su lado, me cuenta un montón de anécdotas y curiosidades, pero lo que es de sí mismo y de sus sentimientos habla más bien poco.
Le conocí aquí en Madrid, en una cafetería de las de ir a merendar con alguien. Yo estaba allí sola comiéndome un cruasán plancha y me fijé en él y en su mesa llena de papeles emborronados. Tenía pinta de existencialista parisino que se hubiera equivocado de local o incluso de ciudad. A veces miraba a su alrededor, parecía esperar a alguien que no llegaba y como a mí me ocurría más o menos lo mismo, que llevaba más de un año sin que apareciera nadie, pues me atreví a acercarme. ¿Qué escribes?, le pregunté, y él que pensamientos, impresiones a las que luego daba forma. Si trabajo un poco más estos textos es fácil que me los publiquen, ya estoy en conversaciones con una editorial, me dijo. Le miré con pupilas de cómic manga: Oooh, así que escritor. Yo soy profe en la facultad de pedagogía, le dije. Acabo de publicar mi tesis, La función del dibujo animado en el aprendizaje, pero esto último no quise mencionarlo en ese momento, a los hombres no les suele gustar que les abrumen con saberes ajenos. Dio resultado, gracias a mi discreción fui premiada con la oportunidad de quedar con él otro día, y después otro más, y otro.
A veces se muestra arisco, o eso me dicen mis amigas: Tu chico nuevo es un pocoooo (tardan en encontrar el término pero al final lo dicen) arisco, ¿no? Y no es eso, es que es cojo y al pobre le acompleja bastante. Para mí está claro pero Paula y Carmen no lo ven así. Qué tendrá que ver, me dicen. Pues claro que tiene que ver; cuando uno está acomplejado por algo, cree que los demás sólo se fijan en eso y su temor les hace estar siempre a la defensiva. A mí me pasaba de pequeña, cuando tenía que llevar el parche ese horrible en el ojo para corregirme la vista. E incluso ahora sigo teniendo mis neuras raras, por ejemplo con lo de las arañas, que les tengo verdadero pánico aunque a mí no me importe reconocerlo ante los más allegados. Por eso me enternece Floreal, me llama la atención su ego tan frágil, tan de azúcar caramelizado que al hacerle crij crij con una cucharilla enseguida se quiebra. Yo por supuesto nunca he osado sacar el tema: sé que él lo esquivaría como pudiese, a pesar de tratarse de una cosa tan tonta, de una leve cojera. Es cierto que debido a su inseguridad a veces se pone un poco agresivo si las cosas no están a su gusto, y sé que a Paula no se le olvida lo que pasó cuando ella metió un rato el vino tinto en el congelador en una cena que hicimos. Le montó una: que te has cargado el vino, que un tinto crianza frío es totalmente inexpresivo y pierde frutosidad, que eres una ignorante. En fin, tuvimos que sufrir un rato la cólera del enólogo, pero no fue para tanto.
Con mucha paciencia he llamado a la puerta blindada de su vida y he ido entrando en ella poco a poco cuando él me dejaba algún resquicio, adaptándome a sus rarezas y aceptando la presencia silenciosa de su cojera. Pero no he sido yo la única que ha tirado del carro; él, que jamás se quedaba a dormir en mi casa y no ponía buena cara cuando yo decidía amanecer en la suya, me propuso irnos de puente a París el mes pasado. A mí me apetecía más una de campo, una de Heidi y Pedro triscando por el monte, pero él se empeñaba en que mejor ir a una ciudad, a un sitio donde se pudiera pisar zona urbana y ver arte contemporáneo. Yo al principio no entendí por qué, a veces hasta se me olvida lo de su pierna, como no lo menciona. Luego caí en la cuenta y por eso le respeté. Veo que se cansa si anda mucho, y más en terrenos irregulares, por eso en París hicimos muchos planes de estar sentados tipo Café Flore, últimos estrenos de cine francés, cenas con velitas y cosas por el estilo. Él estaba en su salsa traduciéndome el menú en los restaurantes y enseñándomelo todo en plan Te voy a llevar a un sitio que ningún turista conoce, vas a ver, y yo, aunque ya había estado dos veces en París, no quise quitarle la ilusión, se le veía tan contento en su faceta de cicerone.
Además, igual el calzado deportivo o campestre no admite las alzas, o por lo menos eso me pareció al abrir su armario a escondidas y ver los siete u ocho pares de zapatos que tiene. Todos parecidos: negros o marrones, con o sin cordón; el típico zapato clásico de padre o de notario pero con su alcita correspondiente. Y ni rastro de zapatillas de andar por casa o de calzado informal de cualquier tipo, con lo que a él le gustan las nuevas tendencias en todo. Claro, a ver cómo se le coloca un alza a unas chanclas de goma de playa, supongo que habrá que ir a un zapatero especializado y ese zapatero, ¿tendrá suela de goma de colores? Quizá Floreal tenga su alcista particular, Ibáñez e hijos, maestros alcistas desde 1917. Es curioso hasta qué punto pueden condicionar unos zapatos la vida de alguien.
* * *
La gente rumorea que no nos va bien desde que vivimos juntos, pero puedo asegurar que no es así. Los roces de la convivencia son normales, y más con un hombre tan peculiar como Floreal. Es verdad que ahora, como quiere terminar su libro, está siempre delante del ordenador y a veces se pone un poco intransitable. Cuando voy a hacerle carantoñas me hace sentir infantil, pero no puedo evitar acercarme a él mientras escribe, taparle los ojos y preguntarle un obvio Quién soy mientras le doy mordisquitos en el cuello. Total para recibir siempre su chasqueo de lengua y su cara de Papá está trabajando, no le molestes.
Yo sé que lo dicen por lo que pasó hace dos semanas. Estuvimos jugando al Trivial en casa de Paula, la del vino tinto inexpresivo. Estaba su novio, Santi, y también mi amiga Carmen con el suyo. Decidimos hacer dos equipos: chicos contra chicas. A Floreal le tocó con Santi y Paco, que son bien majos pero que todo apunta a que escriben echar de menos con hache y son en parte responsables de los malos resultados en las encuestas sobre hábitos de lectura. En cambio las chicas éramos imbatibles. Las de ciencias las contestaba Carmen (¿cuántos tentáculos tiene el calamar? Diez. Correcto), yo las de historia y literatura y Paula resultó ser un hacha en espectáculos. Sólo flaqueábamos en deportes. El equipo de Floreal iba perdiendo al principio, tenían dos quesitos de plástico mientras que nosotras, por mi buen papel en una sobre la guerra fría, llevábamos el doble. Luego remontaron, en parte gracias a Santi y Paco que controlaban de ciclismo y de En qué año ganó tal equipo la copa de Europa. Una vez que todos nos habíamos hecho con los seis quesos, empezó la pugna por alcanzar el centro del tablero. Ellos llegaron antes que nosotras y, cuando ya estaban en el momento final, el de responder correctamente a todo un lote de preguntas, les tocó una de las qué sólo Floreal sabía (¿Cuál fue la última obra que escribió Molière?) y perdieron. No era El Misántropo sino El enfermo imaginario.
Al volver a casa, Floreal salió a la terraza a fumarse un cigarro. Estaba insufrible, no había quien le hablara. Yo, mientras, me fui a la cocina a hacer una ensalada César, con picatostes, bacon frito y esas cosas, pensando que para olvidarse del berrinche le apetecería cenar algo rico (los hombres funcionan a veces como los niños, cogen rabietas tontas pero con una piruleta se les pasa). Cuando acabó vino hacia mi y me abrazó por detrás, como yo suelo hacerle a él. Me dio un amago de beso, me metió la mano por debajo del jersey y me dijo Toma campeona, que te lo has ganado.
El alarido que di se oyó en todo el barrio, por eso vinieron los vecinos de enfrente con cara de querer asistir a un caso de malos tratos para luego decir por la tele Cómo pudo ser capaz de eso, un hombre tan educado. Se decepcionaron al no ver ojos morados ni contusiones, y como yo no podía hablar por el sofoco, él les explicó todo quitándole importancia No se preocupen, es que ha entrado una araña en la cocina y a mi novia le asustan tanto los insectos que se ha puesto histérica la pobre.
Cuando se fueron me dijo que mis amigas y sus novios eran una panda de analfabetos y que no quería volver a verles, que en lo sucesivo o salíamos los dos solos o quedábamos con su gente, que la verdad, aunque yo soy bastante abierta, me parecen todos una panda de engreídos acartonados.
Después de aquello hemos estado varios días sin hablarnos. Ahora las aguas han vuelto más o menos a su cauce, pero sí que he aprendido algo importante: que la gente acomplejada puede llegar a ser muy cruel. Yo no lo quería asumir pero es así. De todas formas, he aceptado sus condiciones. Ahora siempre vamos solos o con sus amigos, y a los míos los veo yo luego por mi cuenta. A pesar de todo no le guardo rencor y quiero que la gente lo sepa para que dejen de chismorrear. Es más, hoy, como era su cumple, le he montado una fiesta sorpresa en casa. Al llegar de trabajar y encender la luz se ha encontrado las paredes cubiertas de guirnaldas multicolores, la mesa puesta con un montón de viandas ricas y hasta una tarta con sus 36 velitas. Han venido mis amigas Paula, Carmen y dos o tres más con sus parejas y allí estábamos todos esperándole en el salón, y en medio su regalo: una caja cuadrada enorme con un envoltorio plateado y un lazo rojo brillante, como el paquete ese explosivo que lleva siempre el pitufo bromista en los tebeos. Me he gastado un dineral pero no importa, la ocasión lo merecía. Le he comprado unos zapatos preciosos, de superdiseño italiano. Son de cuero verde botella con apliques de nylon y un cierre de velcro negro que les da un aire futurista. Y bueno, la suela es chulísima, medio transparente con dibujos raros como de caligrafía china. Al pisar dejan una huella huecograbada que pone Number One. Supuse que le gustarían, como se pirra por lo vanguardista. Cuando abrió el paquete le dije: póntelos, Floreal, póntelos ahora y déjame ver cómo te quedan. Venga, hombre (mi amiga Paula también insistía) anda un poco con ellos en plan desfile de moda, ¿qué pasa, es que no te gustan? Y allí todos coreando como en las bodas Que se los ponga, que se los ponga. Yo, al verle la cara dudosa le dije Oye, si prefieres otro modelo se pueden cambiar sin ningún problema, eso me han dicho en la tienda. Pero la verdad es que sería una pena porque son de una piel buenísima, muy blandita. Espero que no le hagan daño.

Algo resentido de este pie (de El malestar al alcance de todos), Mercedes Cebrián
Cuento extraído de su libro de relatos y poemas El malestar al alcance de todos publicado en marzo de 2004 por Editorial Caballo de Troya.
Tomado prestado de El boomerang

Más cosas sobre Mercedes Cebrián:


© Esteban Gutiérrez Gómez

jueves, 29 de mayo de 2008

Reseña sobre "El laberinto de Noé " en el diario Gente en Madrid


GENTE EN MADRID · del 29 de mayo al 5 de junio de 2008
“Si la vida no gusta de una
forma, hay que darle otro color”
El escritor fuenlabreño estuvo en la Feria del Libro de Fuenlabrada, que
estará abierta hasta el uno de junio, firmando ejemplares de su primera novela

ESTEBAN GUTIÉRREZ Escritor
Patricia Rodríguez

Se define como un cuentista, en
“ambos sentidos”. Esteban Gutiérrez
es un escritor fuenlabreño
cuya filosofía de vida es
“que si ésta no nos gusta de
una manera habrá que darle
otro color”. Por eso este autor,
que de joven soñaba con ser estrella
del rock, como indicaba
en la novela que escribió con
diecisiete años, decidió apostar
por el cuento para desarrollar
su carrera literaria.
Después de ganar un premio
nacional de literatura epistolar
que sumaba a los que ya había
ganado en certámenes literarios
de poesía y cuento celebrados
por todo Madrid, decidió lanzarse
a publicar. Siete años escribiendo
y adaptando una serie
de relatos y ocho meses
buscando un editor que apostara
por él. “Alguno me decía que
era un taller literario, otro que
le gustaban los cuentos pero
que no era novela”, recuerda el
escritor. Finalmente la editorial
La Tierra Hoy decidió apostar
por él y, el pasado mes de marzo,
Esteban presentaba su primera
novela. Desde entonces
‘El Laberinto de Noé’ ha contado
con buenas críticas, que alaban
este libro que su autor define
como “positivo”. Hilada por
relatos, cuya temática es el destino,
esta novela cuenta la historia
de Martín, quien regresa
al lugar donde fue feliz en su
infancia y donde vivió su abuelo
Noé, alguien muy importante
para él. A través de Julián, uno
de los últimos amigos de Noé,
Martín intentará saber quién
fue en realidad su abuelo
aprendiendo de la vida con guiños
a obras universales de la literatura
de Miguel de Cervantes,
El Quijote, Julio Cortázar y
Bernardo Atxaga.
Esteban Gutiérrez quiere reivindicar
así la importancia del
cuento en la literatura, “que no
es un género menor”, como
afirma, y, junto al resto de géneros,
lo promueve a través de
la Asociación de Escritores de
Fuenlabrada ESFERAdeLETRAS,
que preside. Allí sus
compañeros le habrán oído leer
alguno de los 140 relatos registrados
con los que cuenta, de
los que uno pronto se podrá
adquirir en librerías, porque
aunque no le gusta “comentarlo”,
un editor le ha propuesto la
publicación. “Antes los buscaba
yo y ahora vienen a mí”, afirma
este fuenlabreño, quien agradece
el apoyo que ha tenido.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El Laberinto de Noé: Firma en la Feria del libro de Madrid

El día 7 de junio a partir de las 19:00 horas, estaré firmando en la caseta de UDL (caseta 347) en la Feria del Libro de Madrid.

Otras firmas el sábado 7 por la tarde:
Manuel Rivas (caseta 90)
Julio Llamazares (caseta 310)
Kepa Murúa (caseta 247)
Jose Mª Merino (caseta 90)

Si os queréis pasar por allí, os espero con los brazos abiertos. Será un buen momento para charlar sobre el libro.

miércoles, 21 de mayo de 2008

EL LABERINTO DE NOÉ: Firmas en Feria del Libro de Fuenlabrada y Madrid

El día 24 de mayo a las 19:00 estaré firmando ejemplares de El laberinto de Noé en la caseta de la Librería ATENAS en la Feria del Libro de Fuenlabrada.

El día 7 de junio a las 19:00 horas, estaré firmando en la caseta de UDL (caseta 347) en la Feria del Libro de Madrid.

Otras firmas el sábado 7 por la tarde:

Manuel Rivas (caseta 90)

Julio Llamazares (caseta 310)

Kepa Murúa (caseta 247)

Jose Mª Merino (caseta 90)

Si os queréis pasar por allí, os espero con los brazos abiertos.

lunes, 12 de mayo de 2008

Presentación de EL LABERINTO DE NOÉ en El Corte Inglés

Gracias a todos los que me acompañasteis el martes.


Fue un día bonito y la tertulia del libro estuvo genial.



Gracias, en especial, a Marisa Cobo: no cabía más entusiasmo con El Laberinto de Noé por su parte. Entusiasmo sincero, con promesa de comunicación a todos aquellos que la quisieran escuchar sobre las bondades de la novela.

Ojala funciones el boca a boca y entre todos extendamos las redes del libro.


Me empiezo a creer que esto ya no es un sueño, que el libro gusta de verdad y puede llegar a ser un referente de la nueva literatura.




Os dejo algunas fotos del acto en la Sala Ámbito Cultural.





















jueves, 8 de mayo de 2008

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS Ernest Hemingway

Excelente ejemplo de técnica literaría del cuento que, junto con la teoría del iceberg, confiere a Hemingway un halo de excepcional cuentista. Así dice él que "contar un cuento es saber esconder un secreto”.

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS
Ernest Hemingway

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El americano y la muchacha que iba con él tomaron asiento a una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

—¿Qué tomamos? —preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

—Hace calor —dijo el hombre.

—Tomemos cerveza.

—Dos cervezas —dijo el hombre hacia la cortina.


Sigue leyendo en...

miércoles, 7 de mayo de 2008

Entrevista en Rincón Literario (Cadena SER)

El 12 de abril tuve la satisfacción de ser invitado por José Manuel Contreras a su espacio radiofónico de los sábados, RINCÓN LITERARIO, en Cadena Ser Madrid Sur (94.4 del dial).


Fue una entrevista amena y muy dinámica.

Merece la pena acordarse de que los sábados, de 12:30 a 13:00 horas hay un programa de radio dedicado a la literatura. Ofrece muy buenas recomendaciones, concursos (cada vez con más participación) y entrevistas con autores de actualidad literaria.


A ver si algún día soy capaz de saber colgar un vídeo y lo pongo.

Gracias José Manuel.




martes, 6 de mayo de 2008

El cuentista del mes MANUEL RIVAS (I): ¿QUÉ ME QUIERES AMOR?

Tarde o temprano tendría que colgar algo de Manuel Rivas. El gallego es, en mi opinión, uno de los máximos exponentes del cuento moderno en castellano y, por supuesto, el mejor escritor gallego. Manuel Rivas, procedente de la poesía (como Julio Llamazares) imprime a su prosa un tono poético envuelto en metáforas y una melancolía propia del país de la saudade. Manuel Rivas no se conforma con eso y busca el juego con el lector, en la forma y en el contenido, como discípulo aventajado de Cortázar. Su novela El lápiz del carpintero, o su excelente cuento largo En salvaje compañía, confirman ese juego. Todo ello (prosa poética, melancolía, atrevimiento literario con gruesas pinceladas de realismo mágico) comporta unas lecturas obligatorias para todo amante del género corto.
No voy a escribir hoy, aunque esa era mi intención primera, de Ella, maldita alma. Al ir a buscar el libro en los anaqueles del cuento en mi biblioteca, observo su ausencia. No puedo por menos que pensar quién fue la última persona que estuvo en casa y no se lo había leído, puesto que es el libro que más regalo, incluso de mis propias lecturas.
Pero no tiene importancia, si Ella, maldita alma es para mí un libro de cuentos sublime, ¿Qué me quieres, amor?, el libro de cuentos del que escribiré este mes, no le va a la zaga. Fue, además, Premio Nacional de Narrativa en 1996.
¿Qué me quieres, amor? Contiene un racimo de obras maestras del género. La más conocida, por haber sido llevada al cine con éxito es “La lengua de las mariposas”, relato que fundamenta la historia central de la película del mismo nombre dirigida por Jose Luis Cuerda, la del maestro republicano represaliado interpretado por Fernando Fernán Gómez y la del niño Moncho, apodado Pardal, que ve la luz del mundo por primera vez acompañado de las enseñanzas del maestro y, es precisamente esa perspectiva infantil, la que utiliza Manuel Rivas para narrar toda la historia. A tener en cuenta que otros dos relatos “Un saxo en la niebla” y “Carmiña” también forman parte de la trama argumental de la película.
Todos son relatos de terruño, de personas bien almadas; relatos rescatados del recuerdo en las recónditas aldeas gallegas, o irlandesas, en cualquier caso, celtas; o relatos extraídos del tiempo y del barrio coruñes actual en que fueron escritos. Relatos de mi generación, como “El Mister & Iron Maiden”, en la que Rivas utiliza con maestría una situación posiblemente verídica para llegar de lo abstracto a lo concreto (de Arsenio Iglesias, entrenador del Superdepor de entonces, al padre del chaval que al otro lado de la televisión pide la jubilación del entrenador y, sin saberlo, la de su padre percebeiro) y situarnos ante una lectura universal e inmutable: el mal de juventud se cura con el tiempo; verdad inexorable, sin embargo, algunos enfermos se quedan en el camino y otros provocan desastres irremediables. O el relato que da título al libro ¿Qué me quieres, amor?, en el que un chico es capaz cometer un atraco con el único fin de que la chica de sus sueños se fije aunque sólo sea una vez, en él.
Pero de todos los buenos relatos que encierra el libro y que muestran una manera de narrar tan diferente y atrevida, tan íntima y fantástica, pero tan real, destaco uno que incluso sentí la necesidad de incluirlo como referencia en El Laberinto de Noé. “Solo por ahí”, otro relato de chicos jóvenes y, por tanto, alocados; y de padres amantes de sus polluelos y, por tanto, preocupados cuando a la hora del amanecer todavía no han aparecido por casa. Y cómo la trama se va engarzando en torno a un disco de rock que en un principio separaba las conciencias de padre e hijo, y, al final, acaba uniéndolas, porque todos hemos sido jóvenes y aquel sujeto con boca de buzón de correos, anillos con plumas en las orejas y gesto descarado, llamado Steve Tyler, cantante y líder de Aerosmith, tenía la misma edad o más que el padre y allí lo tenía su hijo Miro, ocupando toda la pared de la habitación con un póster inmenso, mucho más inmenso a las cinco de la mañana, la habitación vacía y la cama sin deshacer. Y lo último, que siempre se suele dejar para el final, lo último es lo más estremecedor y maravilloso, el cierre perfecto de la historia.
Pero, además, “Solo por ahí” contiene un guiño que Rivas hizo al lector, un guiño que yo si fui capaz de ver y que he perpetuado en El Laberinto de Noé. Un guiño fantástico que da otra visión del cuento, no muy diferente, pero distinta. Algo relacionado con el título del álbum que hasta ahora sólo Raúl, el mejor hacedor de sonetos de Fuenlabrada, ha logrado ver en El laberinto de Noé, en el capítulo del mismo nombre. El día de la presentación me preguntó y yo le confirmé. “Hostias, tío”, dijo arqueando las cejas con la cara iluminada, igual que dije yo años antes cuando acabé de releerme el cuento de Rivas y me di cuenta de que aquel guiño lo había escrito sólo para mí.

Solo por ahí

No tuvo la sensación de despertar sino de
salir de un sopor de tila templada. Ma estaba allí,
al pie de la cama, aguijoneándolo con aquellos
ojos de perra sonámbula.
—-¡Cielo santo! ¿Dónde se metería?
—Tranquila, mujer.
Habían esperado por él hasta las cuatro de
la mañana, dando vueltas en torno al teléfono y
con un nervio eléctrico tendido por el pasillo
hasta la cerradura de la puerta.
—¡Si hubiésemos llamado antes! —se quejaba
ella—. A lo mejor, está en casa de Ricky. O
de Mini. Sí, seguro que en la de Mini. Me dijo
que sus padres les dejan ensayar hasta tarde. Viven
en un dúplex, claro.
—Por mucho dúplex que tengan no creo
que les dejen armar follón por la noche. ¡Angelitos*,
ni que tocaran nanas!
Ella cruzó los brazos y buscó algo que mirar
en el muro opaco de la noche.
—De eso te quería hablar, Pa. Creo... creo
que deberíamos procurar que estuviese más a
gusto en casa.
—¿A gusto? ¿A qué te refieres? ¡Si tiene
toda la casa para él! El otro día llegué y había
aquí, aquí mismo, en la sala, cuatro mocosos comiendo
pizza y viendo un vídeo de tipos y tipas
que se cortaban piernas y brazos con una sierra
eléctrica. ¡Manda carajo! ¿Por qué no ven pelis
pomo? ¡Me llevaría una alegría...!
—Son así. Hay que entenderlos.
—¿Entenderlos? ¿Sabes lo que le dije?
Oye, de puta madre esa película. ¿La última de
Walt Disney? Eso fue lo que le dije. ¿Duro, eh?
—Le pareció fatal. Dijo que habías sido un
borde, que siempre le tomabas el pelo delante
de sus amigos.
—¿Y qué quieres que haga? ¿A ver? ¡Unas
hostias! Eso es lo que yo tenía que hacer. Darle
unas buenas hostias.
—¡Por favor, Pa!
—A mí me las dio mi padre un día que le
dije mierda. ¡Vete a la mierda! Yo ya era un mozo,
no creas. Y me metió una bofetada que casi me
tumba. Le estaré agradecido toda la vida. Me
aclaró las ideas.
—Él nunca te mandó a la mierda.
—No. Eso es cierto. Me dijo "¡Muérete!".
Pero nunca me mandó a la mierda...
Eran las cuatro de la mañana y a esa hora ya
no podían llamar por teléfono a los padres de Ricky
o de Mini. Sería como entrar sin permiso en casa
ajena con los zapatos llenos de barro. Intentó convencerla
de que lo mejor era ir a dormir un poco.
—No pasa nada, ya verás. Estará a punto
de llegar, O se quedaría a dormir en casa de sus
amigos. Hay que descansar, anda.
—Acuéstate tú. Mañana tienes que conducir.
¿Quieres una tila?
Ahora eran las siete y ella estaba allí, con
las ojeras de la mujer que atiende el guardarropa
en un club nocturno.
Le pedía sin hablar que hiciese algo, antes
de que se quedase sola y el pasillo se convirtiese
en un largo embudo.
—Todavía es un poco temprano. Tranquila.
Esperamos media hora y llamamos.
Se vistió y se afeitó. Mojó la cabeza más de
lo normal y se peinó para atrás, alisando con las
manos. Tomó un café solo y sintió en la cabeza
el combate con la tila, el encontronazo de un
viajante acelerado con un vagabundo que iba a
pie por el borde de la calzada. Fue el viajante
quien se puso en pie y se dirigió hacia el teléfono,
seguido por una mujer al acecho.
—Disculpa que llame a estas horas. Soy
Armando, el padre de Miro. ¿Quería... quería
saber si se quedó a dormir por ahí?
—¿No? Vale, perdonad, ¿eh? -
~No, no pasa nada. Era por si...
—Claro, claro, estará por ahí. Gracias y
perdona, ¿eh?
Nada, dijo. Y marcó otro número, el de los
padres de Mini. No contestaban y volvió a marcar.
—Nada. Para éstos debe de ser muy temprano.
Cogió a la mujer por los hombros y le dio
un beso. Toda ella parecía tan leve como su camisón.
—Llama tú dentro de media hora. Yo ahora
tengo que irme. Ya voy muy retrasado. Venga,
venga, tranquila. A ver, alegra esa cara. Venga, una
sonrisa. Venga, mujer, venga. Así me gusta. Estamos
en contacto, ¿eh?
Antes de marcharse, se asomó a la habitación
de su hijo. Sobre la almohada había un
arlequín de trapo con la cabeza de porcelana.
Otros días le daba risa aquel detalle infantil, pero
hoy hizo un gesto de desagrado. La expresión del
muñeco le parecía inquietante. Una sonrisa doliente
y triste. En la pared, en el póster más grande
y visible, estaba aquel tipo, Steven Tyler, líder de
Aerosmith. Murmuró: "¿Qué, qué pasa, tío?". La
boca todavía más grande que la de Mick Jagger.
Greñas muy largas y alborotadas. El pecho desnudo,
con dos grandes colmillos colgando de un collar.
De pantalón, una malla ceñida, como piel de
felino, que le marcaba el paquete con descaro. De
hecho, pensó, todo el personaje es un descaro. Por
vez primera le asaltó la duda de que aquel póster
estaba allí por él. Tenía su misma edad, ¿O no?
Steven Tyler era más viejo. Cuando Miro se lo
dijo, se había quedado mudo.
Pasó por el almacén y repasó la mercancía.
Cargó los cinco maletones. Se puso en camino.
Cuando ya llevaba un trecho, notó un aviso.
Siempre le hacía caso a su instinto. Tenía que
llevar otra maleta de Superbreasts. Pensó en llamar
desde allí a casa, pero cambió de idea. Si no
había noticias de Miro, iba a aumentar la alarma.
Acabaría estropeando el día y la cosa no estaba
para bromas. Pensó en la competencia. Si el mocoso
supiera lo que es la vida...
Conducía a contracorriente. En dirección
a la ciudad, en lenta formación, los coches del
carril contrario cabeceaban como ganado impaciente.
Paró en la gasolinera de Bens, antes de
meterse en la autopista de Carballo. Mientras le
llenaban el depósito, miró el muestrario de casetes
para consumo rápido de automovilistas. Una
mezcla de cosas de siempre, con tapas descoloridas
por el sol. Los corridos mejicanos de Javier
Solís. Antonio Molina. Carlos Gardel. Chistes
verdes. Los Chunguitos. Fuxan os ventos. Ana
Belén & Víctor Manuel. Julio Iglesias. Orquesta
Compostela. Y allí, en el medio, como una maldita
casualidad tramada por un guionista de películas,
la portada de una vaca con un tatuaje en
el pemil, Aerosmith, y un aro de metal clavado
en una mama. Get a trip.
—Me llevo esto también —dijo, señalando
la cásete.
Hoy haría todo el recorrido por la costa,
por lo menos hasta Ribeira. Tenía que cronome-
trar bien y detenerse el tiempo justo en cada
tienda. En Carballo paró en la corsetería Lucy.
La dueña del comercio rebuscaba entre unas
prendas y tardó en responder a sus buenos días.
Paciencia, pensó él, la vieja acaba de abrir los
ojos y, además, tiene malas pulgas.
—La veo muy bien, señora.
—No me venga con pamplinas a estas horas.
—A quien madruga, Dios le ayuda.
—¿Dios? Esto es un desastre. Una calamidad.
—Pasó febrero. ¡Ya verá ahora!
—No necesito nada. Nada de nada —dijo
con un gesto rotundo de las manos, como si quisiera
echarlo.
—Usted sabe que no la engaño. ¿La he
engañado alguna vez? Le digo que una cosa se
va a vender y se vende, ¿o no?
—También se iban a vender los panties en
el invierno. ¿Quiere saber una cosa? Hay panties
ahí para calentarle la boca de abajo a media España.
—Me encanta verla enfadada. Se parece, se
parece a... ¿Cómo se llama esta actriz? ¡Liz Taylor!
—Sí, ya. No necesito nada.
—Quiero que vea una cosa, sólo una cosa.
¿Se imagina algo mejor que el Wonderbra, pero a
mitad de precio? ¿A que no me cree?
—No. A ver.
—No la engaño. Mire esto. El mejor sujetador
del mercado. Realza el pecho, pero no es
una armadura. Toque, toque. ¡Viene la primavera,
Lucy, viene la primavera!
Siguió la ruta por Malpica, Y luego Ponteceso,
Laxe, Baio, Vimianzo, Camarinas, Muxía,
Cee, Corcubión, Fisterra. La cosa iba yendo.
¡Menos mal que había traído un extra de Superbreastsl
Gracias, corazón, sexto sentido, que no
me fallas. Habría que comer algo. Miró el reloj.
De repente, sintió una bofetada, una bofetada
más fuerte que aquella de su padre. ¡Cielo santo!
Pero qué bestia, qué cabrón soy. Corrió, corrió
como loco hacia la cabina de teléfono.
—¿Ma? ¿Eres tú, Ma?
—Perdona, perdona, por Dios. Tuve problemas,
de verdad, Ma, créeme, una complicación.
—No, nada. Una avería. ¿Y el chico?
¿Apareció Miro?
—¿No apareció?
—Bueno, mujer. Si llamó, ya está. ¿Qué le
pasó? ¿Le pasó algo?
—Sí, voy a hablar con él. Voy a hablar con
él muy en serio. Tú tranquila. Yo me encargo de
que esto no vuelva a pasar. Anda, ahora duerme
un poco. Descansa. Ya te llamaré. Todavía tengo
mucho curro por delante. Descansa, ¿eh?
Al salir de la cabina, en el muelle de Fisterra,
se fijó en el mar por primera vez en todo el
día. El sol de marzo le daba un brillo duro, de metal
de acero. Regresó a la cabina y volvió a marcar.
—¿Ma? Soy yo. Perdona, ¿eh? Perdona
que no llamara antes. No sé que me pasó.
—Todo irá bien. Ya verás. Todo irá bien.
Un beso muy grande. Y descansa, ¿eh?
Por la tarde, en la playa de Corrubedo, un
grupo de chicos y chicas haciendo surf. Los miró
con envidia. No por él, sino por su hijo. Le gustaría
que él estuviese así, con aquellos trajes ceñidos
y de colores vivos. Alegres, sanos, seguramente ricos,
luchando con el mar bravo, deslizándose con
suavidad sobre la cresta de las olas. Bueno, pensó,
él no tiene mal corazón. Y parece que toca bien, a
su manera. Saldrá adelante. También yo salí.
Dio por finalizada la jornada en Ribeira. Estaba
contento. En la lencería Flor de Piel le compraron
la última partida de Superbreasts y también
de bragas Basic Instinct. El tipo de la competencia,
aquel vendedor achulapado, con más anillos que
dedos, de corbata excesiva como ramo de gladiolos,
iba a quedar con un palmo de narices cuando
llegase mañana. Se la jugó por sorpresa y el que da
primero da dos veces. Estaba contento y cansado.
Cuando cerró el maletero del coche, sintió que sus
párpados también se dejarían abatir con gusto.
Decidió tomar un café y llamar desde el bar.
—Hola, Ma. ¿Cómo va eso?
—Bien. Dile que se ponga. —
¿Cómo que no le diga nada?
—¿Que no le grite? Tú eres peor que él.
Unas hostias, eso es lo que necesita ese mocoso.
—¿Que no lo va a hacer más? ¡Pues menos
mal!
su
parte!
—¿Solo por ahí?
Hubo un silencio entre ellos, como si por
el túnel del teléfono se escuchara el eco de los
pasos de un caminante insomne y solitario, y el
repique de una gotera. Miró de reojo. Toda la
clientela del bar estaba pendiente del resumen
deportivo en la televisión.
—¿Cómo que solo por ahí? ¿Durmió en
un portal o qué? En algún sitio dormiría.
—¿Que no durmió?
—No, no me amargo. ¿Qué hace ahora?
—¿Traía hambre, eh?
—Eso está bien.
—Claro, claro. ¡Qué delicadeza por
e! ¿Y dónde pasó la noche?
—Ma, dile, dile que... ¡Bah! No le digas
nada.
—En Ribeira.
—No, no llueve.
—Cuelgo. No te preocupes por la cena.
Ya picaré algo de la nevera.
—Buenas noches, Ma.
—Sí, iré despacio.
Antes de encender el coche, respiró hondo.
Los primeros neones se encendían desganados y
las farolas tenían aún una luz tullida. "Solo y por
ahí", murmuró. De todo lo sucedido, aquello fue
lo que más lo había perturbado. Escuchaba los pasos
de Miro por un túnel. Llevaba la cara maquillada
de blanco como un arlequín. Aquella imagen
le dolía. Preferiría mil veces que hubiese estado de
parranda con los amigos y amaneciese fumando
una china de hachís en la playa.
Por enésima vez en el día puso la cinta de
Aerosmith. Aquel regalo para Miro. Después,
volviéndose hacia Steven Tyler, que iba de copiloto,
hizo un gesto de complicidad.
—Será mejor que conduzcas tú.
Le pesaban los ojos como las puertas de
un maletero infinito.


*En castellano en el original.

© 1995, Manuel Rivas
© De la traducción: Dolores Vilavedra

Sirva este cuento como ejemplo de lo que es todo el libro. Una obra maestra que hay que comprar y devorar un año sí y otro también.
Más cosas:
aquí una formidable entrevista con Manuel Rivas
aquí un comentario completo del cuento La lengua de las mariposas y de la película de J.L. Cuerda.

© Esteban Gutiérrez Gómez, 2008

miércoles, 23 de abril de 2008

El laberinto de Noé: Fiesta de presentación

MARTES
6 MAYO
19:00 h.
















Los amigos se han propuesto que El Laberinto de Noé funcione, y lo van a conseguir.

Por ejemplo, Ramón Pernas, escritor y director de Ámbito Cultural, el espacio que El Corte Inglés dedica al mundo de la cultura.

Estarán conmigo Alberto Ávila Salazar, ganador con su primera novela Todo lo que se ve (Lengua de Trapo, 2006), del IX Premio Arte Joven de Narrativa de la Comunidad de Madrid, y José Jiménez, escritor y editor de La Tierra Hoy.
Otra ocasión para disfrutar de los amigos, otra ocasión de charlar sobre el libro, otra tarde de literatura. Y, al final, un vino.

martes, 22 de abril de 2008

TRES ROSAS AMARILLAS


Han llegado tres chicos a la ciudad.
Parece que buscan problemas.
De entrada, se declaran cuentistas. Así, como suena, cuentistas; como si ser cuentista fuera algo fácil.
María Martinón Torres, José Luis Pereira y Antonio Albors han aterrizado en el corazón de Malasaña con un proyecto alentador:
Tres rosas amarillas, una librería dedicada sólo al relato corto, exclusivamente al cuento.





Nada más que desearles mucha suerte, y decirles que pasan a ser mi librería favorita aún sin haberme pasado por ahí todavía, que espero que mi libro no falte en sus estantes y que el miércoles 23 estaré allí conociéndoles.







Recordar:
tres rosas amarillas
San Vicente Ferrer, 34
28004 Madrid
Telf. 91-5228108